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miércoles, septiembre 28, 2011

Los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

El Compendio del Catecismo explica que los ángeles “son criaturas puramente espirituales, incorpóreas, invisibles e inmortales; son seres personales dotados de inteligencia y voluntad. Los ángeles, contemplando cara a cara, incesantemente, a Dios, lo glorifican, lo sirven y son sus mensajeros en el cumplimiento de la misión de salvación para todos los hombres”(n. 60) .

Así los representa la Escritura. Por ejemplo, el libro de Daniel (7,9-10.13-14), describe la visión de Dios y de su corte angelical: “Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes”. Y en el salmo 137 se promete dar gracias a Dios de un modo peculiar, tocando la cítara: “Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor, me postraré hacia tu santuario. Daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama”.

En el Evangelio también aparecen los ángeles en varias ocasiones: para dar la Buena Nueva de la Encarnación a María y a los pastores, para consolar a Jesús después de las tentaciones y en Getsemaní, después de la Resurrección... El mismo Señor hace varias alusiones a estos seres, que podrían servirle en legiones, a los custodios de los niños, etc.

En la escena de la vocación de Natanael (Juan 1,51), vemos a Jesús que concluye el pasaje con una alusión al sueño de Jacob, que había visto una escalera desde la tierra hasta el cielo: “veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre”. Benedicto XVI glosa estas palabras diciendo que Jesús se da a conocer como el nuevo y más grande Jacob: “Ése sueño se ha hecho realidad en Jesús. Él mismo es la "puerta del cielo" (cf. Gn 28,10-22), Él es el verdadero Jacob, el "Hijo del hombre", el padre fundador del Israel definitivo”. Y los ángeles son testigos privilegiados de esa gloria...

El Compendio también aclara  que “la Iglesia se une a los ángeles para adorar a Dios, invoca la asistencia de los ángeles y celebra litúrgicamente la memoria de algunos de ellos”. El próximo 2 de octubre festejaremos a los Santos Ángeles Custodios, a los que se refiere San Basilio: «Cada fiel tiene a su lado su ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida»(n. 61)




La Iglesia se une a ellos, los invoca y los celebra. Quizá desde pequeñitos repetimos esa oración tan sencilla y llena de fe: "Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, hasta que me pongas en paz y alegría con todos los santos, Jesús, José y María".

Además, hoy celebramos precisamente la fiesta de tres ángeles que tuvieron misiones importantes, por lo cual son llamados Arcángeles: Miguel, Gabriel y Rafael. Por eso, la Misa comienza con esta antífona: “Bendecid al Señor, ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra”.  

San Gregorio Magno enseñaba que el nombre de "ángel", designa la función, no el ser del que lo lleva: “no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros. Se les asignan nombres personales, que designan cuál es su actuación propia. Y así, Miguel significa "¿Quién como Dios?”, Gabriel significa “Fortaleza de Dios" y Rafael significa "Medicina de Dios”.

Hoy, en concreto, pedimos la protección de los tres grandes arcángeles, seguros del poder de su intercesión. Así lo hacía, por ejemplo, San Josemaría al comienzo de su labor apostólica. Se conservan unos apuntes íntimos de 1932: — Recé las preces de la Obra de Dios, invocando a los Santos Arcángeles nuestros Patronos: San Miguel, S. Gabriel, S. Rafael... Y ¡qué seguridad tengo de que esta triple llamada, a señores tan altos en el reino de los cielos, ha de ser —es— agradabilísima al Trino y Uno, y ha de apresurar la hora de la Obra! 

- Miguel, en primer lugar, es venerado como el defensor del pueblo de Dios. En Ap. 12,7-12, se narra el combate en el que vence al demonio: “Y se entabló un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. Fue arrojado aquel gran dragón. Entonces oí en el cielo una fuerte voz que decía: Ahora ha llegado la salvación, la fuerza, el reino de nuestro Dios, y el poder de su Cristo, pues ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche”.

La doctrina cristiana es consciente del poder –limitado- del demonio, que es un ángel y se empeña en “acusar a nuestros hermanos día y noche”. Pero, sobre todo, la Iglesia se goza con el triunfo eterno de aquél Arcángel que defendió la verdad de Dios. Frente al “seréis como dioses” de la tentación diabólica, aparece la respuesta de Miguel: “¿Quién como Dios?”

Por eso, es tradicional invocar cada día, después de la Misa, a este defensor en el combate cristiano: “Arcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha, sé nuestro amparo contra la maldad y las asechanzas del demonio. Pedimos suplicantes que Dios lo mantenga bajo su imperio; y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno -con el poder divino- a Satanás y a los otros espíritus malvados, que andan por el mundo tratando de perder a las almas. Amén”.

Pidámosle al Arcángel San Miguel, una vez más, que nos defienda, que nos ampare, que nos acompañe en esta lucha interior de nuestra vida cristiana. Pidamos por la Iglesia, por el Papa y por sus intenciones, por los Obispos, los sacerdotes y los religiosos. Y por todo el Pueblo santo de Dios, que lucha en todo el mundo para implantar el Reino de Cristo.

Y aprovechemos para examinar cómo es la fidelidad en nuestra lucha, si nos tomamos en serio que nuestra vocación es de combate, de milicia, que no cabe estar mano sobre mano, pues muchas personas esperan nuestra ayuda. Como dice el Papa, “el Bautismo no produce automáticamente una vida coherente: esta es fruto de la voluntad y del esfuerzo perseverante por colaborar con el don, con la Gracia recibida. Y este esfuerzo cuesta, hay que pagar un precio personalmente” (Homilía 040311).

- Gabriel tuvo la excelsa misión de anunciar a María que era la escogida para ser Madre de Dios. Y fue testigo privilegiado de su respuesta positiva. Con su misión, llegó el momento en que el Hijo se hizo hombre. Supo de una concepción particularísima: una nueva vida humana, la Vida con mayúscula.

Al arcángel Gabriel le encomendamos el apostolado de la familia, tan importante en nuestro tiempo: la pureza de costumbres, la “cruzada” de la que habla San Josemaría: Hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia. —Y esa cruzada es obra vuestra (Camino, 121).

Y también le pedimos ayuda para tantos aspectos que son muy importantes en la nueva evangelización: no solo el amor humano vivido según el orden natural, en el noviazgo y en el matrimonio, sino también todas las demás intenciones relacionadas. Entre estas pedimos por el respeto a la vida, la educación de los hijos, la formación de las nuevas generaciones –la “urgencia educativa” de la que habla el Papa-, los matrimonios jóvenes. Como fruto de esta apasionante labor, continuaremos la nueva primavera de la Iglesia, con un florecimiento de vocaciones generosas, a imagen de lo aprendido en esos hogares “luminosos y alegres”.

- Por último, celebramos al arcángel San Rafael, conocido por el libro de Tobías, en el que se narra cómo acompañó al joven protagonista en su misión a través de un largo viaje, en la que terminó encontrando a la que sería su esposa.   

San Josemaría hace un divertido comentario sobre la devoción a san Rafael en la formación de los jóvenes: “¡Cómo te reías, noblemente, cuando te aconsejé que pusieras tus años mozos bajo la protección de San Rafael!: para que te lleve a un matrimonio santo, como al joven Tobías, con una mujer buena y guapa y rica —te dije, bromista. Y luego, ¡qué pensativo te quedaste!, cuando seguí aconsejándote que te pusieras también bajo el patrocinio de aquel apóstol adolescente, Juan: por si el Señor te pedía más” (Camino, n. 360).

También aprovechamos este rato de oración para pedir al Señor, por medio de la intercesión de este santo Arcángel, que muchos jóvenes descubran esos horizontes de servicio y apostolado que han llenado a lo largo de la historia el corazón de tantas almas, dispuestas a convertir su vida en una aventura divina, llevando el mensaje del Evangelio hasta los últimos rincones del mundo.

También ahora hacen falta esas personas. Hay muchas que están dispuestas, pero quizá pueden decir como Pablo (Rm 10,14-15): “¿Pero cómo invocarán a Aquel en quien no creyeron? ¿O cómo creerán, si no oyeron hablar de él? ¿Y cómo oirán sin alguien que predique? ¿Y cómo predicarán, si no hay enviados?

A San Rafael encomendamos nuestro apostolado con la juventud, para que sean muchos los que sientan la llamada que el Papa dirigía a una multitud de muchachos: Permitid que Cristo arda en vosotros, aun cuando ello comporte a veces sacrificio y renuncia. No temáis perder algo y, por decirlo así, quedaros al final con las manos vacías. Tened la valentía de usar vuestros talentos y dones al servicio del Reino de Dios y de entregaros vosotros mismos, como la cera de la vela, para que el Señor ilumine la oscuridad a través de vosotros. Tened la osadía de ser santos brillantes, en cuyos ojos y corazones resplandezca el amor de Cristo, llevando así la luz al mundo (Discurso, 240911).

Concluyamos nuestra oración acudiendo a la Virgen, Reina de los Ángeles. Le pedimos su intercesión que no perdamos nunca de vista lo que diremos en la Misa y que el Señor no deja de concedernos: “Oh Dios, que con admirable sabiduría distribuyes los ministerios de los ángeles y los hombres, te pedimos que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el cielo”.

miércoles, agosto 23, 2006

San Bartolomé, un hombre sin doblez ni engaño.


(24 de agosto) En la Antífona de entrada se nos pide: Anuncia, día tras día, que la salvación viene de Dios; proclama sus maravillas a todas las naciones. En respuesta nosotros suplicamos, en la Oración colecta, fortaleza para nuestra fe, sinceridad como la de Bartolomé y eficacia en el apostolado de la Iglesia: «Fortalece, Señor, nuestra fe para que sigamos a Cristo con la misma sinceridad de san Bartolomé, apóstol; y concédenos, por su intercesión, que la Iglesia sea un instrumento eficaz de salvación para todos los seres humanos».
La primera lectura de la fiesta está tomada del Apocalipsis (21,9-14), donde el ángel le dice a san Juan: —Ven, te mostraré a la novia, la esposa del Cordero. Y el autor describe la visión del nuevo mundo, después de que se ha vencido el mal definitivamente: Me llevó en espíritu a un monte de gran altura y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios, reflejando la gloria de Dios: su luz era semejante a una piedra preciosísima, como la piedra de jaspe, transparente como el cristal. Tenía una muralla de gran altura con doce puertas, y sobre las puertas doce ángeles y unos nombres escritos que son los de las doce tribus de los hijos de Israel. Tres puertas al oriente, tres puertas al norte, tres puertas al sur y tres puertas al occidente. La muralla de la ciudad tenía doce pilares y en ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.
La iglesia, esposa del Cordero, baja del cielo. Es un regalo de la Trinidad a los hombres. También es la continuación del pueblo elegido, es el nuevo Israel (por eso los nombres de las doce tribus). La continuidad en el tiempo la darán los doce pilares de la ciudad: los doce apóstoles, uno de los cuales es san Bartolomé, cuya fiesta celebramos hoy.
También nosotros somos Discípulos y queremos decir, como el salmista (Sal 144): Señor, que tus obras te den gracias, y tus fieles te bendigan; que proclamen la gloria de tu reinado y hablen de tus hazañas. Que den a conocer a los hombres tus proezas, la gloria y el esplendor de tu reinado. Podemos examinar cómo aprovechamos apostólicamente las circunstancias en las que se habla de la Iglesia, aunque sea burlándose de ella. A cuántas personas hemos procurado acercar a la Iglesia, a los sacramentos, a la dirección espiritual.
El Evangelista san Juan nos cuenta al comienzo de su relato (1,45-51) la historia de la vocación de san Bartolomé: Felipe encontró a Natanael y le dijo: —Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Entonces le dijo Natanael: —¿De Nazaret puede salir algo bueno?—Ven y verás –le respondió Felipe. Aprendamos del ejemplo de este Apóstol, que no se arredra ante la descortés negativa inicial de su amigo, que deberá superar los prejuicios pueblerinos. Felipe tiene fe en que aquel joven rabino es el Mesías, y por eso lo anuncia con valentía. Pensemos a quién podríamos decir, como a Natanael —Ven y verás.
Señor, en esta escena también aprendemos de ti a tratar a las personas. Quizá nosotros hubiéramos reaccionado con soberbia al saber del comentario irrespetuoso del cananeo, tal vez con otra observación acerca de los defectos de su pueblo. Tu reacción, en cambio, es de completa acogida: Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él: —Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez.
¡Cuánto habrías rezado al Padre, Señor, por esa vocación! ¡Qué bien conocías de su ánimo impetuoso ―como el de Pedro―, que sería muy importante para defender el Evangelio por media Asia después de tu ascensión  a los cielos! Y, quizás para que supiéramos del valor que le das a esa virtud, lo defines con su sencillez, con su sinceridad, con su humildad. —Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez. Por eso decíamos que la colecta de la Misa centra su petición en que nos hagas sinceros como él: «Fortalece, Señor, nuestra fe para que sigamos a Cristo con la misma sinceridad de san Bartolomé».
 Le contestó Natanael: —¿De qué me conoces? Respondió Jesús y le dijo: —Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Uno de los misterios que solo sabremos en el cielo es este: ¿qué pensaba Natanael cuando estaba debajo de la higuera, para que Jesús se refiriera justo a ese momento como la clave para que entendiera con quién estaba hablando? No solo es misteriosa la afirmación de Jesús, sino también el cambio de actitud del nuevo apóstol. Respondió Natanael: —Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.
Parte de esa virtud que Jesús valora en Bartolomé es precisamente la humildad para reconocer que estaba en el error, para acoger en su vida la verdad de Dios. Pero no se trata de un simple cambio de idea, sino de aceptar el proyecto del Señor para él, de cambiar su derrotero y seguir a Jesús hasta dar la vida en el martirio.
El Señor eleva la mirada de los apóstoles, citando una profecía de Daniel. Contestó Jesús: —¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás. Y añadió: —En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre. Confirma que Él es el Mesías, que está acompañado por el Padre, como Jacob en el sueño de la escala; pero también anuncia que en Él se cumplirán las profecías sobre el Hijo del Hombre: los discípulos ―nosotros también― debemos acompañarlo en su entrega sacerdotal, hasta el sacrificio de la Cruz.
Pocos días después, esos jóvenes seguidores de Jesús creerían en Él al ver cómo convertía quinientos litros de agua en vino de la mejor calidad. Y lo haría precisamente en Caná, la tierra de Natanael. Podría tomarse como un detalle con ese muchacho hasta pocos días antes cegado por el regionalismo. Pero sabemos también que la principal protagonista de ese pasaje es la Madre de Dios. La Virgen adelantó el momento de los signos de su Hijo y, de esa manera, también aceleró la fe de aquellos seguidores para que fueran idóneos de la vocación de Apóstoles.
También a Ella acudimos para que nos alcance del Señor las gracias necesarias que hemos pedido en esta celebración: «Fortalece, Señor, nuestra fe para que sigamos a Cristo con la misma sinceridad de san Bartolomé, apóstol; y concédenos, por su intercesión, que la Iglesia sea un instrumento eficaz de salvación para todos los seres humanos».