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sábado, junio 25, 2016

San Josemaría y el Año de la misericordia

Celebramos la fiesta de San Josemaría, y recordamos que, en la ceremonia de su canonización, el papa san Juan Pablo II lo nombró «el santo de lo ordinario»: el motivo es que el Fundador del Opus Dei «estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo ofrece ocasión de un encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. La vida diaria, vista así, revela una grandeza insospechada. La santidad está realmente al alcance de todos» (Discurso, 7-X-2002).

Uno de los puntos en los que insistía san Josemaría es la importancia que tiene para un católico la unión con el Santo Padre, hasta acuñó una frase que resume el itinerario de su misión apostólica: «Todos, con Pedro, a Jesús por María» (C,833). Siguiendo su ejemplo de amor al Romano Pontífice, aprovechemos esta Eucaristía para renovar nuestra unión a sus intenciones. En concreto, al año jubilar de la misericordia, que estamos viviendo desde diciembre del año pasado hasta el próximo 20 de noviembre.

El papa Francisco ha visto que el punto central que Dios quiere legar a la Iglesia y a la humanidad entera, como fruto de su pontificado, es el anuncio de la misericordia divina. Ese amor de Dios se manifiesta desde la creación, como hemos escuchado en la primera lectura: el diseño original, amoroso, del Creador, antes del pecado original, era que el ser humano colaborase en la perfección del cosmos. Por eso, san Josemaría resaltaba dos palabras del Génesis: Dios puso al hombre en el mundo ut operaretur, para que trabajara. El trabajo no es castigo, sino misericordia, camino de santificación.

La revelación del amor divino se completó con la Encarnación del Hijo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra» (Francisco, MV, 1). El Señor nos invita, como vimos en el Evangelio, a seguirle mar adentro y a echar las redes para la pesca.

Esa llamada también es misericordiosa, como escribió san Josemaría en una frase que podría resumir el sentido del año jubilar para los que siguen su espiritualidad: «nuestra entrega, al servicio de las almas, es una manifestación de esa misericordia del Señor, no solo hacia nosotros, sino hacia la humanidad toda» (Carta, 24-III-1930, n.1. Citada por Echevarría, Carta pastoral, 4-XI-2015, n.3).

Jesús nos invita a ir mar adentro, a que invitemos a todas las personas que queremos, a cruzar la Puerta Santa de la misericordia divina. Por esa razón, durante este año la tradicional Puerta jubilar no solo está en Roma, sino en todas las diócesis, como un signo «a través de la cual quien quiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza» (MV,3).

Esa peregrinación hacia la Puerta Santa es una muestra del esfuerzo que conlleva la conversión. El tema central de la predicación del Papa es que «Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros quienes nos cansamos de pedir perdón». Gracias a Dios, son muchos los que regresan a la Iglesia, como el hijo pródigo, quizá después de bastante tiempo alejados de la vida cristiana, al escuchar estas palabras.

En este Año Santo, además de la absolución de la culpa, que recibimos en el sacramento de la reconciliación, podemos lucrar la indulgencia, que es el perdón de la pena que debemos por esos pecados ya perdonados. En un gesto de misericordia, podemos ofrecerla por las almas del purgatorio de nuestros seres queridos, o simplemente de quien más lo necesite. Los otros requisitos para alcanzar la indulgencia del año jubilar, además de cruzar la Puerta Santa y confesarse, son: comulgar, rezar el Credo, y pedir por las intenciones del papa Francisco.

Por otra parte, como una manera concreta de manifestar la transformación que la gracia de Dios realiza en nosotros, el Papa desea «que la Iglesia redescubra en este tiempo jubilar la riqueza contenida en las obras de misericordia corporales y espirituales. La experiencia de la misericordia se hace visible en el testimonio de signos concretos, como Jesús mismo nos enseñó. Cada vez que un fiel viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar» (Carta, 1-IX-2015).

San Josemaría fue muy generoso, con su ministerio sacerdotal, en la atención a las personas pobres, enfermas y necesitadas. Y quería que todos sintiésemos esa necesidad de salir al encuentro de Jesucristo, presente en sus hermanos más pequeños. Por eso fomentó las visitas a los pobres y las catequesis en barrios necesitados, entre otras labores que aún se continúan en los cinco continentes. Bajo su inspiración se han desarrollado muchísimas actividades en favor de las personas que viven en las «periferias existenciales», también en esta ciudad: consultorios médicos y de orientación familiar, centros educativos populares, bancos de alimentos, etc. Pensemos en este momento cuáles obras de misericordia, corporales y espirituales, podríamos concretar como fruto de esta celebración.

Un ámbito privilegiado para ejercitar esas obras de misericordia es la propia familia. Como enseñaba san Josemaría, «los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad» (Conv 91).

El Santo Padre ha recordado recientemente, en la Exhortación Apostólica Amoris laetitia, algunas virtudes que manifiestan esa misericordia intrafamiliar: la paciencia, el servicio, la amabilidad, el desprendimiento, el perdón, la alegría, la confianza, la esperanza; en una palabra: el amor.

Concluyamos agradeciendo al Señor por los regalos que nos ha hecho con el ejemplo de la vida santa de San Josemaría, con su predicación y con su intercesión. Aprendamos a imitarlo en su amor al Santo Padre, secundando esas dos enseñanzas que el Papa quiere fomentar ahora: que acojamos la misericordia divina y que nos esforcemos por ser misericordiosos como el Padre, comenzando con nuestra propia familia, que son las personas que más cerca tenemos.

En los últimos años de su vida, el Señor le hizo ver a san Josemaría que, para alcanzar misericordia, «hemos de ir con mucha fe al trono de la gloria, la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra (…). Vayamos, a través del Corazón Dulcísimo de María, al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, a pedirle que, por su misericordia, manifieste su poder en la Iglesia y nos llene de fortaleza para seguir adelante en nuestro camino, atrayendo a Él muchas almas» (Notas de una reunión familiar, 9-IX-1971, citado por Echevarría, Carta pastoral 4-XI-2015, n.8). 

martes, octubre 05, 2010

2 de octubre: la vocación de San Josemaría


 Celebramos hoy el aniversario de la Fundación del Opus Dei. Hace 82 años, un joven sacerdote estaba haciendo su retiro espiritual en una residencia sacerdotal de Madrid. Había llevado, entre los elementos para meditar, una serie de papeles que había ido escribiendo durante los últimos años, en los que apuntaba las luces que el Señor le iba dando en su oración y también sus respuestas: eran una exteriorización de su diálogo con Dios.
La historia de su llamada al sacerdocio se remonta varios años atrás: “Tenía yo catorce o quince años cuando comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor”, recordaría hacia el final de su vida. 
En otra ocasión predicaba: “El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de este estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión... y a la penitencia”.
Para aprender a ser buenos cristianos, es muy recomendable leer biografías de santos. Descubriremos que algunos son muy cercanos a nosotros. Por eso, los últimos Papas han procurado promover que haya muchas vidas ejemplares que nos sirvan como modelos. Uno de los momentos más entrañables en la vida de esos santos es el de su vocación.
Sobre la llamada de Josemaría Escrivá tenemos varios relatos, que nos ayudan a hacernos una idea clara y quizá nos sirvan para preguntarnos cuál es nuestra vocación, qué espera el Señor de nosotros y cómo será nuestra respuesta. La juventud es una época para plantearse grandes ideales: el corazón me pedía algo grande y que fuese amor.
Hace pocos días, el Papa decía a un grupo de jóvenes en Inglaterra: “Dios quiere vuestra amistad. Y cuando comenzáis a ser amigos de Dios, todo en la vida empieza a cambiar. A medida que lo vais conociendo mejor, percibís el deseo de reflejar algo de su infinita bondad en vuestra propia vida. Os atrae la práctica de las virtudes. Comenzáis a ver la avaricia y el egoísmo y tantos otros pecados como lo que realmente son, tendencias destructivas y peligrosas que causan profundo sufrimiento y un gran daño, y deseáis evitar caer en esas trampas. Empezáis a sentir compasión por la gente con dificultades y ansiáis hacer algo por ayudarles. Queréis prestar ayuda a los pobres y hambrientos, consolar a los tristes, deseáis ser amables y generosos. Cuando todo esto comience a sucederos, estáis en camino hacia la santidad”.
Probablemente a nosotros también el corazón nos pide algo grande y que sea amor. Por algo estamos compartiendo estos momentos… Llevamos un tiempo, más o menos largo, tratando de ser amigos de Dios y esta actitud ha cambiado –en mayor o menor medida- nuestra vida. Podemos decir que, a pesar de nuestras limitaciones, también esperamos estar en camino hacia la santidad. Aunque quizá todavía nos falta camino por recorrer hasta llegar a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión... y a la penitencia.
Pero volvamos a meditar en la vocación de San Josemaría: su décimo sexto cumpleaños estuvo más invernal que nunca: con nieves y temperaturas de hasta 16o C bajo cero y varios muertos por hipotermia. Cuenta su biógrafo que “una mañana de esas vacaciones navideñas vio en la calle las huellas que habían dejado en la nieve unos pies descalzos. Se paró a examinar con curiosidad la blanca impronta marcada por la pisada desnuda de un fraile y, conmovido en la raíz del alma, se preguntó: Si otros hacen tantos sacrificios por Dios y por el prójimo, ¿no voy a ser yo capaz de ofrecerle algo?” De un hecho tan sencillo -aunque heroico-, el Señor se sirvió para hacerle ver que esperaba mucho de él, aún adolescente. Después de meditarlo y pedir consejo, decidió hacerse sacerdote.
Sin embargo, Dios le hacía ver que aquella decisión no concluía su llamada. Que ingresaba al Seminario para “algo más”. Y así llegamos al 2 de octubre de 1928, al retiro de aquel sacerdote con tres años de ordenado. Él mismo nos cuenta que, después de la Misa, “recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles”.
El mismo biógrafo nos cuenta que “fueron unos instantes de indescriptible grandeza. Ante su vista, dentro del alma, aquel sacerdote en oración vio desplegado el panorama histórico de la redención humana, iluminado por el Amor de Dios. En ese momento, de manera indecible, captó el meollo divino de la excelsa vocación del cristiano, que, en medio de sus tareas terrenales, era llamado a la santificación de su persona y de su trabajo”.
Esta es la clave de nuestra celebración de hoy: hace 82 años, quiso el Señor recordar a esta sociedad postmoderna que estamos llamados a santificarnos y a santificar las realidades en que nos movemos. Con esas campanadas recordaba la predicación de Jesucristo: Tienes obligación de santificarte. –Tú también. –¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: "Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto" (Camino, n. 291).
Esa doctrina se había ido difuminando hasta llegar a pensar que, si alguien sentía que Dios le llamaba, su único destino posible era el convento. Los demás, los que nos quedábamos en la calle, teníamos una vocación de segunda categoría. “A la vuelta de tantos siglos, quiere el Señor servirse de nosotros para que todos los cristianos descubran, al fin, el valor santificador y santificante de la vida ordinaria —el trabajo profesional— y la eficacia del apostolado de la doctrina con el ejemplo, la amistad y la confidencia”. Hoy le damos gracias al Señor por este descubrimiento y le pedimos su ayuda para llevarlo a la práctica: a nuestro trabajo, a nuestra familia, a nuestra labor cotidiana.
En una Carta a sus hijos del Opus Dei, San Josemaría explica que la vida interior, el trato con Dios, no se realiza a pesar del trabajo sino en medio de él: «Donde quiera que estemos, en medio del rumor de la calle y de los afanes humanos —en la fábrica, en la universidad, en el campo, en la oficina o en el hogar—, nos encontramos en sencilla contemplación filial, en un constante diálogo con Dios. Porque todo —personas, cosas, tareas— nos ofrece la ocasión y el tema para una continua conversación con el Señor”.
El último aspecto que podemos considerar es que “con esa luz vio la esencia de la Obra, destinada a promover el designio divino de la llamada universal a la santidad. (…) Con inmenso pasmo, entendió, en el centro de su alma, que dicha iluminación no sólo era respuesta a sus peticiones, sino también la invitación a aceptar un encargo divino” (Vázquez de Prada A. El Fundador del Opus Dei). Fue una “iluminación”, pero también una misión. La respuesta fue generosísima: arrodillarse y comenzar a trabajar para cumplir la voluntad divina.
Pidamos al Señor que nosotros seamos igual de generosos. Que se cumplan en nuestra vida las palabras de Benedicto XVI: “Cuando os invito a ser santos, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila. Os pido que no persigáis una meta limitada y que ignoréis las demás. (…) La verdadera felicidad se encuentra en Dios, (…) no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o en nuestras relaciones personales. Sólo él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón”.
Podemos concluir con la oración para la devoción a San Josemaría: “Oh Dios (...) haz que yo sepa también convertir todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, iluminando los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor”.

sábado, junio 26, 2010

Vocación a la santidad

Celebramos hoy la fiesta de San Josemaría Escrivá, conocido por recordar en el siglo XX la llamada universal a la santidad en la vida ordinaria. Ese mensaje sigue siendo llamativo: para algunos, simplemente se trata de un mensaje “provocativamente pasado de moda”. Para otros, suena a exigencia descarnada o utópica; éstos ven la santidad como una meta inalcanzable, solo a la mano de unos pocos privilegiados –monjas, curas, frailes exóticos-, nada que ver con ellos.

Les ocurre a estas personas como a los niños rusos, de los que dice Tatiana Goritcheva que, cuando les preguntaban: “¿Qué son los santos?” respondían: -Son unos señores calvos a los que les hacen estatuas”. En esta misma línea, alguna persona con un poco más de experiencia lo verá como un objetivo maravilloso, pero difícil de conseguir a la vista de la propia debilidad.

Sin embargo, el Señor quiso recordar ese mensaje en pleno siglo XX y no solo con la predicación de San Josemaría. De alguna manera, es uno de los frutos más sabrosos del Concilio Vaticano II: “todos los fieles, de cualquier edad y condición, están llamados a la plenitud de la caridad”.

Vocación universal a la santidad. Podemos detenernos en cada una de esos conceptos, que nos ayudarán a aprovechar más la fiesta de hoy. En primer lugar, “vocación”. Llamada. Quiere decir que no somos nosotros quienes nos lo proponemos, porque seamos grandes, fuertes, bellos o aventureros. Es el Señor quien llama: “no me habéis elegido vosotros, fui yo mismo quien os eligió”.

Aquí aparece una primera respuesta a las objeciones que veíamos al comienzo. Quien piensa que ser santo es un objetivo personal, que uno se propone como quien decide ser campeón mundial de un deporte o premio Nobel de Literatura, está muy equivocado. Y más temprano que tarde acaba por darse cuenta de la propia incapacidad. Pero si se trata de responder a una llamada divina, el tema cambia: la iniciativa no es del limitado ser humano, sino del Dios todopoderoso. Lo vemos en las lecturas del domingo XIII (Ciclo C): en la vocación de Eliseo, es Dios quien se adelanta. De la persona llamada solo se espera una respuesta generosa: “Eliseo se levantó, siguió a Elías y fue su servidor” (1 Re 19,16-21).

La primera idea de esta meditación es que la llamada a la santidad es un don, un regalo inmerecido. Esta verdad nos llena de esperanza, pues no depende solamente de nuestras capacidades, sino de la gracia de Dios. Cuando sintamos que somos como Pablo, poseedores de un “cuerpo de muerte” que se opone a las realidades más altas, debemos escuchar como dirigidas a nosotros las palabras que él escuchó para confirmarlo en su vocación: “Te basta mi gracia, sé fiel y vencerás”.

Don y misterio. Así llamó Juan Pablo II el libro autobiográfico sobre su propia vocación. Por eso, enseñaba San Josemaría que “No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor para que se santifiquen en su propio estado”.

2. De esta manera, entramos en la segunda parte de la expresión que estamos meditando: llamada universal a la santidad: “Sed santos como vuestro Padre celestial”. Señor: te damos gracias por la llamada y por confiar en nosotros, que somos tan poca cosa. Sin embargo, Tú que nos conoces mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos, nos pones metas altas, nos indicas el modelo en la vida de tu Hijo. En eso consiste la santidad: en identificarnos con Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Por eso es que el Evangelio y el Crucifijo son las armas de los discípulos de Cristo: ahí está el norte, como la brújula para el camino.

Santidad universal: A todos invita el Señor para que se santifiquen en su propio estado. Ahí radica la novedad de la predicación de San Josemaría: en dirigir ese mensaje a todos: "Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa (…) que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio”.

En algunas novelas figura la historia del mendigo que, de la noche a la mañana, descubre que es el príncipe heredero. Quizá a nosotros nos pasó lo mismo la primera vez que escuchamos esta doctrina. Y hoy puede ser un buen día para retomarlo con la misma ilusión: el Señor no llama solo a los grandes genios de la humanidad; para ser santos no hace falta tener especiales iluminaciones místicas ni deseos de abandonar el mundo. Todo lo contrario: a todos invita el Señor para que se santifiquen en su propio estado. De todos espera Amor.

Llamada universal. Los teólogos distinguen ese universalismo: santidad subjetiva, como venimos meditando, se refiere a todas las personas. Y santidad objetiva: todas las realidades humanas nobles son santificables: De todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio.

Qué maravilla, Señor, saber que para seguirte no debo abandonar esa vocación humana que Tú mismo pusiste en mi corazón: la medicina, la ingeniería, el derecho… Ni tantas ilusiones que me han ayudado a encontrarte en mi vida: la música, la poesía, el arte, la literatura, el deporte, la amistad…

3. Llamada universal… a la santidad. La vocación –que todos recibimos en el sacramento del Bautismo- implica por nuestra parte el compromiso, el esfuerzo, la tarea de comportarnos como el Señor espera. Este es el sentido de la frase que hemos meditado antes: “No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas”.

La llamada es exigente. Lo vemos en el Evangelio del mismo domingo XIII (Lc 9,51-62): “Mientras iban de camino, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las raposas tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Dijo a otro: «Sígueme». Y él respondió: «Señor, déjame antes ir a enterrar a mi padre». Y le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ven a anunciar el reino de Dios». Un tercero dijo a Jesús: «Yo te seguiré, Señor, pero permíteme que me despida antes de mi familia». Y Jesús le dijo: «El que pone la mano en el arado y mira atrás no es apto para el reino de Dios»”.

En nuestra vida ordinaria tenemos que vivir ese heroísmo en las pequeñas batallas de cada día: La santidad está en la lucha, en saber que tenemos defectos y en tratar heroicamente de evitarlos. La santidad —insisto— está en superar esos defectos..., pero nos moriremos con defectos: si no, seríamos unos soberbios (Forja, 312).

Hemos dicho que la santidad es identificarse con Cristo, que nos da su gracia para lograrlo. Pero Cristo dio su vida, murió en la Cruz. Se olvidó de sí mismo. A veces tenemos una idea edulcorada del cristianismo, como veíamos la semana pasada: algunos piensan que Jesús es un ambientalista, o un pacifista, pero poco más. Los mismos apóstoles se escandalizaron cuando Él les dijo que su mesianismo consistía en morir en la Cruz.



Ese mismo escándalo se repite hoy, y es el que hace tremendamente provocador al cristianismo para nuestra sociedad “líquida”, cómoda, aburguesada. Hace pocos meses, el Papa Benedicto XVI animaba a los jóvenes a tomarse en serio esta llamada a ser santos: “Queridos amigos, poned vuestra juventud al servicio de Dios y de los hermanos. Seguir a Cristo implica siempre la audacia de ir contra corriente. Pero vale la pena: este es el camino de la verdadera realización personal y, por tanto, de la verdadera felicidad, pues con Cristo se experimenta que "hay mayor felicidad en dar que en recibir" (Hch 20, 35). Por eso, os animo a tomar en serio el ideal de la santidad”.

Y continuaba citando a Léon Bloy, quien decía que "Hay una sola tristeza: no ser santos". El Papa concluía: “Queridos jóvenes, atreveos a comprometer vuestra vida en opciones valientes; naturalmente, no solos, sino con el Señor. Dad a vuestra ciudad el impulso y el entusiasmo que derivan de vuestra experiencia viva de fe, una experiencia que no mortifica las expectativas de la vida humana, sino que las exalta al participar en la misma experiencia de Cristo” (Homilía 17-V-2008).

3. Llamada universal a la santidad… en la vida ordinaria. En el trabajo cotidiano. Por eso, decía San Josemaría en Forja (n. 702): “Las tareas profesionales —también el trabajo del hogar es una profesión de primer orden— son testimonio de la dignidad de la criatura humana; ocasión de desarrollo de la propia personalidad; vínculo de unión con los demás; fuente de recursos; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vivimos, y de fomentar el progreso de la humanidad entera... —Para un cristiano, estas perspectivas se alargan y se amplían aún más, porque el trabajo —asumido por Cristo como realidad redimida y redentora— se convierte en medio y en camino de santidad, en concreta tarea santificable y santificadora”. Por esta razón, Juan Pablo II lo canonizó con el título de “el santo de lo ordinario”.

Acudimos a la Santísima Virgen María, para que nos ayude a formular propósitos, pequeños, bien definidos, que nos afiancen en el camino del seguimiento generoso de la llamada del Señor a ser santos en la vida cotidiana. De esa manera, se cumplirán en nuestras vidas las palabras con las que el Papa anima a la juventud de hoy: “Queridos jóvenes, dejaos implicar en la vida nueva que brota del encuentro con Cristo y podréis ser apóstoles de su paz en vuestras familias, entre vuestros amigos, en el seno de vuestras comunidades eclesiales y en los diversos ambientes en los que vivís y actuáis”.



jueves, junio 10, 2010

Sagrado Corazón de Jesús

Los proyectos del corazón del Señor subsisten de edad en edad, para librar las vidas de sus fieles de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre (Salmo 32, Antífona de Entrada). Celebramos tu amor, Señor; ese Corazón tuyo que nos amó hasta el extremo, como nadie más puede hacerlo en la tierra. Y esos proyectos de tu corazón subsisten también hoy, para librarnos de la muerte y reanimarnos en estos tiempos de tanta necesidad. Los proyectos de tu corazón quieren nuestra paz, nuestra alegría eterna, nuestra eficacia humana y sobrenatural.

Teniendo en la mente esos “proyectos”, San Josemaría tuvo mucha devoción al Corazón Sacratísimo de Jesús; sabemos que desde pequeño había aprendido de sus padres aquella jaculatoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Dulce Corazón de María, sed la salvación mía”. En los años de la guerra, al constatar el poder de los enemigos de Dios, pensaba en Él: en medio de aquellas dificultades, le llenaba de paz saber que “¡también el Corazón de Jesús vela!” Y ante la imposibilidad humana de sacar la Obra con sus solas fuerzas, se apoyaba en la oración de las almas que había atendido: “pienso que algunos enfermos, de los que asistí hasta su muerte, durante mis años apostólicos (!), hacen fuerza en el Corazón de Jesús”. En sus catequesis de los años 70, contaba que solía complementar la jaculatoria corporativa del Opus Dei: Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, ¡danos la paz! con una petición: “Y haced mi corazón semejante al vuestro”.

Un corazón similar al de Jesús. En eso consiste la vida cristiana. Así nos lo sugiere el mismo Señor en la Antífona del Evangelio: Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Aprended de mi corazón humilde, cargad con mi yugo. San Josemaría traducía libremente estas palabras: “mi yugo es la libertad, mi yugo es el amor, mi yugo es la unidad, mi yugo es la vida, mi yugo es la eficacia”.

En la oración colecta se pone el énfasis en unos puntos concretos: “Al celebrar hoy la solemnidad del Corazón de Jesús recordamos el inmenso amor de tu Hijo para con nosotros; concédenos alcanzar de esa fuente divina la abundancia inagotable de tu gracia”.

Recordamos el inmenso amor de Jesús, como vemos en las lecturas de la Misa: Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las haré reposar, promete el Señor a través de Ezequiel (34, 11-16). El Señor es mi pastor, nada me falta, canta con júbilo el salmo 22. Finalmente, la promesa del Buen Pastor anunciada en el Antiguo Testamento se cumple en el evangelista de la misericordia divina, San Lucas (15,3-7): Alegraos conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido.

Comentando esta escena del Buen Pastor, San Josemaría consideraba que es una parábola muy útil si alguna vez el demonio (“si pudiera, te despojaría de todos los dones que Dios te ha concedido, sobre todo de la fe, de la pureza y de la vocación”) nos hiciera pasar por la cabeza que nos hemos alejado de manera irremediable de Dios: “recuerda que –como en la parábola- el Señor sale siempre en busca del alma que se descarría; que Él, por su parte, nunca te negará la gracia que necesitas para recomenzar. (…) Ten fe, ten esperanza, confía en el amor que Jesús siente por ti. Él es el Buen Pastor, e irá por ríos y cañadas a buscarte, para apretarte contra su pecho llagado y moverte así a ser fiel. (…) Señor, ¡qué fácil es perseverar, sabiendo que Tú eres el Buen Pastor y nosotros ovejas de tu rebaño!¡Estamos en las manos de Jesús!"

S. Gregorio Magno comenta que Jesús es el Buen Pastor, pues «puso la oveja sobre sus hombros, porque, al asumir la naturaleza humana, Él mismo cargó con nuestros pecados». Es lo que cantamos con admiración en el Prefacio: con amor admirable se entregó por nosotros y, elevado sobre la cruz, hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de la fuente de salvación.

Aquel Viernes Santo el Señor permitió que le abrieran el costado para quedarse con nosotros en los sacramentos. Nos puede servir la glosa que hace J. Echeverría a un punto de Forja (894): “Cristo Jesús, Buen Sembrador, a cada uno de sus hijos nos aprieta en su mano llagada –como al trigo–; nos inunda con su Sangre, nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha!...; y luego, generosamente, nos echa por el mundo uno a uno: que el trigo no se siembra a sacos, sino grano a grano”.

En primer lugar, el Señor nos inunda con su Sangre por medio de los sacramentos, y así nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha!: nos conduce a la santidad. Pero solo si queremos, si dejamos obrar al Paráclito, que es el Artífice de nuestra identificación con Jesús.

Podemos lograr esa inundación de Amor si buscamos “el contacto con la Humanidad Santísima del Señor en la Penitencia y en la Eucaristía. Hemos de asimilar sus enseñanzas, no sólo leyendo la Sagrada Escritura y con afán de adquirir y mejorar la formación doctrinal, sino permaneciendo en diálogo sincero con Él en la oración: implorando que su Palabra penetre hasta lo más recóndito de nuestro pobre yo y empape nuestros afectos y deseos. Y hemos de desear que Él nos conduzca: seguir sus huellas, aprender de sus virtudes, para identificarnos más y más con su modo de sentir, de comprender y de amar”.

Es todo un itinerario: sacramentos, estudio, oración, docilidad, lucha. Pero no basta con la mejora personal. La jaculatoria de San Josemaría pide la paz al Corazón de Jesús, pero también espera de la caridad divina que haga nuestro corazón semejante al suyo: dispuesto al sacrificio por las almas.

Para terminar, pensemos en esa devoción que une los Sagrados Corazones. San Josemaría consideraba que el Corazón de la Virgen es “imagen perfecta del Corazón de Jesús”. Acudamos a Ella para que haga eficaz nuestra petición de hoy: Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, ¡dadnos la paz! Y haced mi corazón semejante al vuestro.

viernes, octubre 10, 2008

Opus Dei, trabajo de Dios



A comienzos de octubre se celebran dos aniversarios en el Opus Dei: el 2, la fundación en 1928 y el 6, la canonización del Fundador en 2002. La oración colecta de la Misa pide al Señor: “Oh Dios, que has suscitado en la Iglesia a san Josemaría, sacerdote, para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado, concédenos, por su intercesión y su ejemplo, que en el ejercicio del trabajo ordinario nos configuremos a tu Hijo Jesucristo y sirvamos con ardiente amor a la obra de la Redención”.

Vocación universal a la santidad y al apostolado. Una idea por la que fue acusado de herejía y que el Concilio Vaticano II proclamaría con toda la fuerza: “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen Gentium, 40). La misma oración nos da la clave para alcanzar esa santidad a la cual estamos llamados: “concédenos, por su intercesión y su ejemplo, que en el ejercicio del trabajo ordinario nos configuremos a tu Hijo Jesucristo”.

En el ejercicio del trabajo ordinario. Ya no hace falta salirse del mundo, si no se tiene esa vocación. Las realidades cotidianas no solo no son obstáculo para encontrar a Dios, sino que son el medio para hacerlo, el escenario de nuestra relación con Él. Como predicaba San Josemaría, “debéis comprender ahora —con una nueva claridad— que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir”(Conversaciones con Josemaría Escrivá).

Es lo que explica la primera lectura de la Misa: después de haber creado el mundo, “el Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado para que lo trabajara y lo guardara. (Gn 2, 8.15). El trabajo no es un castigo por el pecado original, sino parte del don originario de Dios al ser humano. Es la realidad que Jesucristo mismo quiso asumir durante los primeros 30 años de su vida en Nazaret.

Hace poco lo explicaba Benedicto XVI en Francia: “En el mundo griego el trabajo físico se consideraba tarea de siervos. El sabio, el hombre verdaderamente libre se dedicaba únicamente a las cosas espirituales; dejaba el trabajo físico como algo inferior a los hombres incapaces de la existencia superior en el mundo del espíritu. Absolutamente diversa era la tradición judaica: todos los grandes rabinos ejercían al mismo tiempo una profesión artesanal. Pablo que, como rabino y luego como anunciador del Evangelio a los gentiles, era también tejedor de tiendas y se ganaba la vida con el trabajo de sus manos, no constituye una excepción, sino que sigue la común tradición del rabinismo. (…)

Los cristianos, que con esto continuaban la tradición ampliamente practicada por el judaísmo, tenían que sentirse sin embargo cuestionados por la palabra de Jesús en el Evangelio de Juan, con la que defendía su actuar en sábado: «Mi Padre sigue actuando y yo también actúo» (5, 17). El mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador; la divinidad suprema, según su manera de pensar, no podía, por decirlo así, ensuciarse las manos con la creación de la materia. «Construir» el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad subordinada.

Muy distinto el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres. En Cristo entra como Persona en el trabajo fatigoso de la historia. «Mi Padre sigue actuando y yo también actúo». Dios mismo es el Creador del mundo, y la creación todavía no ha concluido. Dios trabaja, ergázetai! Así el trabajo de los hombres tenía que aparecer como una expresión especial de su semejanza con Dios y el hombre, de esta manera, tiene capacidad y puede participar en la obra de Dios en la creación del mundo” (Benedicto XVI, Discurso, 12 de septiembre de 2008).

Concluimos acudiendo a la Virgen Santísima para que nos ayude a configurarnos con su Hijo Jesucristo en el ejercicio del trabajo ordinario.

jueves, junio 26, 2008

26 de junio. San Josemaría



Oh Dios, que has suscitado en la Iglesia a san Josemaría, sacerdote, para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado, concédenos, por su intercesión y su ejemplo, que en el ejercicio del trabajo ordinario nos configuremos a tu Hijo Jesucristo y sirvamos con ardiente amor a la obra de la Redención.

Así reza la oración colecta de la Misa en honor de San Josemaría. Le damos gracias a Dios por haber suscitado ese sacerdote santo, ejemplo para los tiempos actuales. Y también agradecemos a San Josemaría su respuesta generosa y ejemplar a la Voluntad de Dios.

Recordamos que fue elegido para proclamar la vocación universal a la santidad. ¡Cuántas personas ignoran todavía este mensaje! Muchos millones no han oído hablar de Cristo. Otras, incluso católicas, lo hemos conocido desde pequeños pero quizá ponemos la meta en la salvación: no ir al infierno, estar en gracia. Pero lo que el Señor espera es que seamos perfectos, santos. Y no unos cuantos, sino todos. Si estamos bautizados, es para ser santos.

Para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado. Benedicto XVI lo repite con frecuencia: los que conocemos este mensaje no podemos quedarnos con él para nosotros. Tenemos que anunciarlo a los cuatro vientos; para empezar, con los que tenemos al lado: parientes, colegas, amigos. Si nos sabemos responsables de nuestra santidad personal y la de tantos, seguramente olvidaremos nuestros egoísmos, comparaciones y tentaciones surgidas de la soberbia. Cuando algo nos cueste, podemos pensar en las almas que nos esperan, en la Iglesia, en el Papa y sus colaboradores, en nuestro Obispo, nuestro Párroco y las personas que llevan nuestra vida espiritual.

Concédenos, por su intercesión y su ejemplo, que en el ejercicio del trabajo ordinario nos configuremos a tu Hijo Jesucristo. Su intercesión: rezar la oración para la devoción, dirigirse a San Josemaría, pedirle favores. Y su ejemplo: leer su biografía o sus escritos nos puede servir para encontrar modos de parecernos, de configurarnos generosamente con la entrega de Cristo a la Voluntad del Padre en el ejercicio del trabajo ordinario y en la vida familiar cotidiana.

De esa manera, llevaremos a la práctica lo que la Iglesia pide en la oración después de la comunión: Señor Dios nuestro, los sacramentos que hemos recibido en la celebración de san Josemaría fortalezcan en nosotros el espíritu de hijos adoptivos para que, fielmente unidos a tu voluntad, recorramos con alegría el camino de la santidad.

martes, diciembre 25, 2007

Navidad: alegría, optimismo, esperanza




La Misa de la vigilia de Navidad comienza pidiendo al Señor que, “así como ahora acogemos a tu Hijo, llenos de júbilo, como a nuestro redentor, así también cuando venga como juez, podamos recibirlo llenos de confianza”. Y uno puede pensar qué sentido tiene hablar de júbilo en un tiempo como el nuestro, lleno de eventos negativos de todo tipo. Alguno puede llegar a preguntarse, quizá, si no tendrán razón los que piensan que la Navidad es un momento de anestesia, medio mítico, sin mayores consecuencias verdaderas.

Por el contrario, la liturgia está llena de ecos del anuncio de los ángeles: “¡Os anuncio una gran alegría!”. En la primera lectura, el capítulo 62 (1-5) de Isaías presenta una celebración jubilosa de Jerusalén: el Señor se ha complacido en ti. Una voz se eleva intercediendo por la bienamada, que fue abandonada por un tiempo: “tu esposo será tu Creador”, había dicho el capítulo 54. (Pelletier):Por amor a Sión no me callaré y por amor a Jerusalén no me daré reposo, hasta que surja en ella esplendoroso el justo y brille su salvación como una antorcha. Entonces las naciones verán tu justicia, y tu gloria todos los reyes. Te llamarán con un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona de gloria en la mano del Señor y diadema real en la palma de su mano. Ya no te llamarán "Abandonada", ni a tu tierra "Desolada"; a ti te llamarán "Mi complacencia" y a tu tierra, "Desposada", porque el Señor se ha complacido en ti y se ha desposado con tu tierra. Como un joven se desposa con una doncella, tu hacedor se desposará contigo; como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo”. 

En la misma línea canta el Salmo 88: Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. "Hice un juramento a David mi servidor, pacté una alianza con mi elegido: Consolidaré tu dinastía para siempre y afirmaré tu trono eternamente. El me podrá decir: Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva. Yo jamás le retiraré mi amor ni violaré el juramento que le hice". 

En la Navidad de 1971, San Josemaría escribía a sus hijos una tarjeta de felicitación en la que les daba la clave para la alegría verdadera, que solo se encuentra en el Señor: Que Él (Dios) y su Santísima Madre, Madre Nuestra (…) nos concedan una Santa Navidad, y nos den la gracia de una entrega cada día más delicada y generosa. Es deseo del Señor, y también será una gran alegría para este Padre vuestro, que recemos mucho —clama, ne cesses! (Carta, en EF-711200-2). El 23 de agosto de ese año, San Josemaría había descubierto con la gracia de Dios, la importancia de que vayamos con fe al trono de la gloria, para alcanzar misericordia: adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur. Por eso se entiende que, si acudimos con fe a María, alcanzaremos la misericordia divina, que es el fundamento de nuestra alegría. Muchos regalos grandes, también muchas vocaciones fieles, han llegado de la mano de la Virgen: en un mes dedicado a ella, en una fiesta suya, un sábado… 

Y es que María es el trono de la gloria, la que porta a su Hijo y nos lo muestra, igual que antes en el pesebre, ahora en el Sagrario, en los sacramentos, en la oración. Como dice el Prelado del Opus Dei en la carta que escribió a sus hijos en diciembre del 2007,¡Es tan fácil reconocer la asistencia de Nuestra Señora en cada paso de nuestra vida! Consideremos sosegadamente esta protección en el silencio fecundo de la oración, y descubriremos con mayor claridad aún la actuación constante de nuestra Madre del Cielo, hasta en los acontecimientos aparentemente más pequeños de nuestra existencia. Ha sido Ella quien, con el poder de su Hijo, nos ha defendido tantas veces de las insidias del enemigo de las almas, nos ha ayudado a vencer las tentaciones, nos ha hecho superar los obstáculos que se interponían en ese caminar hacia Dios. Ha sido Ella—porque así lo ha dispuesto el Señor—quien nos ha alcanzado luces y gracias nuevas, que han germinado en nuestros corazones, a pesar de la poquedad personal de cada uno”. 

Un año antes del momento en que San Josemaría sintió que Dios le sugería la jaculatoria adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur, también había escuchado de Dios, el 6 de agosto de 1970, lo siguiente: sigue rezando, con clamor, con fortaleza; no dejes de rezar, que te escucho. Clama, ne cesses! ¿Cómo no conservar la alegría y el optimismo sobrenatural con esa certeza?

El fundamento de esa alegría es que Mesías, el Señor, está entre nosotros. En el comienzo del Evangelio de Mateo (1, 18-25) se relata cómo, a través de José, “hijo de David”, Jesús se convierte legalmente en descendiente del rey poeta. No temas, saluda el ángel a José, como antes a María. El nombre del hijo significa Salvador (Hoy nos ha nacido un Salvador): del pecado, que restablece la relación rota con Dios. La cita de Isaías no solo afirma la maternidad virginal de María, sino también que, en la persona de Jesús, se cumple el oráculo: Dios-con-nosotros (al final de este Evangelio Jesús dirá: “Yo (Enmanuel) estoy con vosotros todos los días hasta el final del mundo” (Pelletier). 

Al reconocer que Dios está con su pueblo, las naciones serán bendecidas en Sión (Leske): “La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros. Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús”. 

Optimismo, alegría sobrenatural, pues Dios hoy ha bajado para quedarse siempre con nosotros, Él es el Enmanuel. Por eso, pase lo que pase en el nuevo año, nunca perderemos la paz. San Josemaría predicaba una idea similar: Es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios. Pero eso no nos va a retraer de trabajar, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. ¡Optimistas, pues!

Le pedimos al Señor esa alegría, ese optimismo sobrenatural, que nos aumente la esperanza. También hacemos el propósito de pedirlo más este nuevo año (Clama, ne cesses!). Y como nos detiene un poco el temor a nuestra indignidad, ponemos como intercesora a la que es Trono de la Gloria, nuestra Madre María. Así se cumplirán, también ahora, los deseos de aquella tarjeta que escribió San Josemaría en 1971: Que Él (Dios) y su Santísima Madre, Madre Nuestra —adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur—, nos concedan una Santa Navidad, y nos den la gracia de una entrega cada día más delicada y generosa. Es deseo del Señor, y también será una gran alegría para este Padre vuestro, que recemos mucho —clama, ne cesses!

miércoles, diciembre 19, 2007

28-XII. Santos inocentes. Vocación


La Iglesia celebra el 28 de diciembre la fiesta de los Santos Inocentes. Más allá de las inocentadas, esta celebración nos puede ayudar a considerar que hemos de reconocernos pecadores y luchar contra el pecado. Parecernos al verdadero inocente, Jesucristo. Y acudir a los medios de santificación que nos lo facilitan: los sacramentos, la dirección espiritual.

En la primera lectura, San Juan (1 Juan 1, 5-10; 2, 1-2) aclara que la sangre de Cristo nos purifica de todo pecado. "Queridos hermanos: Este es el mensaje que le hemos oído a Jesucristo y les anunciamos: Dios es luz y no hay en él oscuridad alguna. Si decimos que estamos en comunión con él, y andamos en oscuridad, mentimos y no practicamos la verdad. (...) Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no habita en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, Dios, que es justo y fiel, perdonará nuestros pecados y nos purificará de toda maldad. (...) Hijos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos ante el Padre un abogado, Jesucristo, el Justo. El se ha entregado como víctima por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino por los del mundo entero.

Madre nuestra: ayúdanos a reconocernos pecadores y a luchar contra el pecado. A parecernos al verdadero inocente, Jesucristo. Alcánzanos la fuerza para acudir con frecuencia a los medios de santificación que nos lo facilitan: los sacramentos, la dirección espiritual.

En el Evangelio, Mateo (2, 13-18) cuenta que Herodes mandó matar a todos los niños en Belén: "Después que los Magos se fueron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te avise; porque Herodes va a buscar al niño para matarlo". José se levantó de noche, tomó al niño y a su madre, y partió hacia Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por el profeta: De Egipto llamé a mi hijo. Entonces Herodes, viéndose burlado por los Magos, se enfureció tanto que mandó matar a todos los niños de Belén y de todos sus alrededores que tuvieran menos de dos años, conforme a la información que había recibido de los Magos. Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Se ha escuchado en Ramá un clamor, un gran llanto y lamento: es Raquel que llora por sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen".

La Biblia de Navarra comenta que "el evangelista relata los misterios de la vida de Cristo, mostrando su profundo significado. La huida de Jesús a Egipto y el regreso a Palestina indican que Jesús es semejante a Jacob (Gn 46,1-7) que bajó a Egipto, y al pueblo de Israel que subió de Egipto. Jesús es el nuevo Israel y con Él comienza el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia. El episodio de los inocentes refleja la brutalidad de Herodes, el rey impostor, y el parecido de Jesús con Moisés que también fue providencialmente librado de la muerte cuando era niño (Ex 2,1-10). La Iglesia venera a estos niños pues "los inocentes sufrieron como mártires y confesaron a Cristo –non loquendo, sed moriendo– no hablando, sino muriendo". [S. Tomás de Aquino, Sup. Ev. Matt. in loc.]".

Señor: ayúdanos a reconocernos pecadores y a luchar contra el pecado. A parecernos al verdadero inocente, Jesucristo. Danos la fuerza necesaria para acudir a los medios de santificación que nos lo facilitan: los sacramentos, la dirección espiritual. En esta línea, podemos citar un pasaje de la vida de San Josemaría, relacionado con el día de los Inocentes. Cuenta Vázquez de Prada lo siguiente: "En su trato místico con la Virgen de los Besos está inspirada una de las más bellas y sublimes páginas de los Apuntes. No es un ensueño literario, como a primera vista pudiera parecer, sino candente experiencia interior. Una experiencia mística, en que la audacia del deseo se hace mandato, y con él abren los niños el reino de los Cielos.

Llegó el 28 de diciembre, fiesta de los Santos Inocentes, día en que tradicionalmente se gastan bromas, las llamadas "inocentadas". El capellán fue a Santa Isabel y se encontró con que, por veinticuatro horas, una novicia haría de priora en el convento, y de subpriora la monja más joven. Con gran regocijo se veía a las madres graves y ancianas cumplir los menesteres impuestos por la priora del día. Al volver don Josemaría a casa besó a su Virgen, comenzó la meditación y se le fue el santo al cielo. Y tomando la pluma escribió, sumido en oración, este apunte íntimo:

Un niño visitó cierto Convento [...]. Niño: tú eres el último burro, digo el último gato de los amadores de Jesús. A ti te toca, por derecho propio, mandar en el Cielo. Suelta esa imaginación, deja que tu corazón se desate también... Yo quiero que Jesús me indulte... del todo. Que todas las ánimas benditas del purgatorio, purificadas en menos de un segundo, suban a gozar de nuestro Dios..., porque hoy hago yo sus veces. Quiero... reñir a unos Ángeles Custodios que yo sé —de broma, ¿eh?, aunque también un poco de veras— y les mando que obedezcan, así, que obedezcan al borrico de Jesús en cosas que son para toda la gloria de nuestro Rey-Cristo. Y después de mandar mucho, mucho, le diría a mi Madre Santa María: Señora, ni por juego quiero que dejes de ser la Dueña y Emperadora de todo lo creado. Entonces Ella me besaría en la frente, quedándome, por señal de tal merced, un gran lucero encima de los ojos. Y, con esta nueva luz, vería a todos los hijos de Dios que serán hasta el fin del mundo, peleando las peleas del Señor, siempre vencedores con El... y oiría una voz más que celestial, como rumor de muchas aguas y estampido de un gran trueno, suave, a pesar de su intensidad, como el sonar de muchas cítaras tocadas acordemente por un número de músicos infinito, diciendo: ¡queremos que reine! ¡Para Dios toda la gloria! ¡Todos, con Pedro, a Jesús por María!...

Y antes de que este día asombroso llegue al final, ¡oh, Jesús —le diré— quiero ser una hoguera de locura de Amor! Quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo. Después, venga Cruz: nunca tendré miedo a la expiación... Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo. Aún quedan al borrico tres minutos de endiosamiento, buen Jesús, y manda... que le des más Celo que a Pablo, más Amor que a Juan, más Fe que a Pedro: El último deseo: Jesús, que nunca me falte la Santa Cruz.

miércoles, diciembre 05, 2007

Esposa de Dios Espíritu Santo

Diciembre 4
Estamos ya en el quinto día de la Novena en honor de la Inmaculada Concepción de María y las lecturas de hoy siguen animándonos a preparar la venida del Mesías. En concreto, nos hablan de la estrecha relación del Cristo esperado con el Espíritu Santo. Isaías (11, 1-10) dice que brotará un fruto del tronco de Jesé y que el Espíritu del Señor se posará sobre él. Y san Lucas (10, 21-24) complementa esa lectura con la narración del éxtasis de Jesús: “Se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: —Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños”. Hace unos días leíamos cómo a San Josemaría le conmovían otras palabras de este mismo discurso: “nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo”.

Juan Pablo II escribió sobre el papel de la Virgen en nuestra relación con el Espíritu Santo, que la colma a ella y a los apóstoles “con la plenitud de sus dones, obrando en ellos una profunda transformación con vistas a la difusión de la buena nueva”. En otro momento decía: “de la misma manera que, en la Encarnación, el Espíritu había formado en su seno virginal el cuerpo físico de Cristo, en Pentecostés el mismo Espíritu viene para animar su Cuerpo místico”.

Nos viene a la mente aquel punto de Camino (496): ¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!... —Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole: Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo... ¡Más que tú, sólo Dios!
Hemos meditado los días anteriores que también nosotros debemos profundizar en la relación de hijos del Padre y como hermanos de Jesucristo. Hoy le pedimos a nuestra Madre que nos ayude a ser dóciles a la acción del Espíritu Santo en nuestras almas, respondiendo siempre como ella a las inspiraciones del Paráclito: “Hágase”.

Hubo un momento en la vida de San Josemaría cuando el director espiritual le ayudó a descubrir otro “Mediterráneo” en su vida interior. Precisamente lo animó a tener amistad con la tercera persona de la Santísima Trinidad: “No hable: óigale”, le aconsejó. Y lo que sucedió en el alma del Fundador de la Obra fue lo siguiente: “Desde Leganitos, haciendo oración, una oración mansa y luminosa, consideré que la vida de infancia, al hacerme sentir que soy hijo de Dios, me dio amor al Padre; que, antes, fui por María a Jesús, a quien adoro como amigo, como hermano, como amante suyo que soy... Hasta ahora, sabía que el Espíritu Santo habitaba en mi alma, para santificarla..., pero no cogí esa verdad de su presencia. Han sido precisas las palabras del P. Sánchez: siento el Amor dentro de mí: y quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender... No sabré hacerlo, sin embargo: El me dará fuerzas, El lo hará todo, si yo quiero... ¡que sí quiero! Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa el pobre borrico agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderse, y seguirte y amarte. –Propósito: frecuentar, a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil del Espíritu Santo. Veni Sancte Spiritus!..».

Dos años más tarde, en 1934, compuso una oración, que –según P. Rodríguez- parece la secuencia entre el consejo recibido –«¡óigale!»– y la experiencia sobrenatural –«He oído tu voz». Como el año mariano es un tiempo de conversión, conviene frecuentar mucho al Divino Paráclito, y para eso nos puede servir la oración del Fundador de la Obra: «Ven, ¡oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de Sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras... ».

Madre de Dios y madre nuestra, Esposa de Dios Espíritu Santo: ayúdanos a recorrer este camino, a dejar obrar a tu esposo en nuestra alma, para que podamos seguir de cerca de tu Hijo. Ayúdanos a hacer nuestras las tres actitudes que ayudan a tener más familiaridad con el Paráclito: docilidad, vida de oración, unión con la Cruz. (Cf. Es Cristo que pasa, 135)

Por ejemplo, uno de los Cardenales que eligió a Benedicto XVI describía así los días del Cónclave: “Para mí, fueron un continuo recurrir al Espíritu Santo, a quien tengo gran devoción. Me pude recoger más en casa, para rezar mucho y encomendarme a la Virgen, la esposa del Espíritu Santo. (...) La emoción que se siente en la Capilla Sixtina llevando el voto en alto hacia el altar donde se halla la urna, bajo el Juicio Final de Miguel Ángel, es indescriptible. Entonces se pronuncia el juramento solemne de elegir en conciencia al que parece más digno para ser el sucesor del Apóstol Pedro como Pastor de la Iglesia universal. La responsabilidad es muy grande. Yo es la cosa más seria que he podido hacer en mi vida. Había un silencio en la Capilla Sixtina enorme, un gran espíritu de oración y recogimiento. Yo cogí la costumbre de ir encomendando al Espíritu Santo a los que iban pasando en fila delante para votar, porque pensaba que ellos también me encomendaban a mí”. (Julián Herranz, ABC, 24-IV-05)

Ojalá nosotros también, siguiendo estos ejemplos, de la mano de María nos animemos a escuchar en el fondo de nuestra alma al Espíritu Santo (No hable: óigale”) y a corresponder a sus inspiraciones con mucha docilidad, vida de oración y unión con la Cruz de Cristo.