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miércoles, marzo 23, 2016

La oración en el huerto


El Evangelio de san Marcos dice que, después de la última cena, Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní (26,36). En arameo esta palabra significa “prensa de aceite”, por lo cual se intuye que en ese lugar se procesaban las olivas cosechadas en los alrededores. Se trata de un pequeño rincón del valle del Cedrón, al oriente de Jerusalén, en la base del monte de los Olivos (Díez, 2010,148).

San Lucas añade que Jesús lo visitaba con frecuencia para orar cuando se encontraba en la Ciudad Santa: se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos (22,39). Costumbre de orar. El Señor nos da ejemplo de piedad frecuentemente: antes de los grandes acontecimientos, como la elección de los Doce, pasa la noche en oración; al hacer milagros, el Evangelio lo muestra en diálogo con su Padre. Ahora, en la recta final de su paso por la tierra, también es modelo de plegaria: Y dijo a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

¡Qué importante es dedicar unos ratos diarios a la conversación con el Señor! Es muy común encontrar personas que habitualmente rezan una pequeña oración al despertarse y quizá también agradecen a Dios antes de irse a la cama… ¡y poco más! Aprovechemos la contemplación de Jesús orante para concretar el propósito de dedicar unos ratos diarios, ojalá un tiempo fijo y a hora determinada, para contarle al Señor nuestras cosas, meditar en su vida, fortalecer nuestra relación con Él y lograr, de esa manera, tenerlo como nuestro mejor amigo.

Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo… El Señor se acompaña con los tres discípulos mejor preparados, los mismos que lo habían asistido en los momentos de gloria, como la transfiguración en el monte Tabor o la resurrección de la hija de Jairo. Vemos la importancia de la amistad humana, que hasta el mismo Dios encarnado la quiso vivir: os he llamado amigos. Amistad que no solo consiste en dar —Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,13)—, sino que también recibe. En este caso, Jesús no solo no rehúye, sino que busca la compañía de aquellos amigos a los que tanto quería. Nos sirve también para pensar en el valor que tiene, a los ojos del Señor, la intercesión de los santos, que han sido sus mejores amigos en la tierra.

Empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte». Meditando esta sincera confesión de Jesucristo a los apóstoles podemos considerar que, entre las manifestaciones de la amistad, se encuentra la apertura del alma, la comunión del consuelo humano, y el buscar juntos la ayuda divina. Jesús, como buen amigo, comparte su pasión con los discípulos más cercanos. Y los invita a ellos —también a nosotros ahora— a ser corredentores con Él: «quedaos aquí y velad conmigo». ¿En qué consiste esa vigilancia, esa vela que el Señor le pide a sus tres discípulos más cercanos? El papa Benedicto explicaba que es tomar conciencia tanto sobre la cercanía de Dios como sobre el poder amenazante del mal. También decía que la causa de la tristeza de Jesús es la somnolencia de los cristianos (cf. 2011, 181). 

Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba… Amistad con los hombres, pero con fundamento en el abandono en Dios. Conversación con los amigos, pero primacía del trato con el Padre. En el mismo texto citado, el papa alemán se detenía en la posición de Jesús cuando oraba: rostro en tierra, que denota sumisión a Dios, confianza en el Señor, un gesto que repite la liturgia el Viernes Santo. Por su parte, san Lucas dice que Jesús oraba de rodillas, como mueren los mártires, luchando y en oración.

¿Qué decía Jesús en su diálogo personal? Una frase muy simple: Padre mío. Con esa invocación nos invita a que consideremos el inmenso regalo de la filiación divina adoptiva que nos alcanzó con sus padecimientos. Gracias a la redención, también nosotros podemos tratar a Dios, hablar con Él como un hijo pequeño. Con la confianza del niño, que sabe que puede solicitar todo a su Padre. Aprendamos de Jesús a pedir lo que veamos conveniente, lo que nos apetece: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz».

Sin embargo, no olvidemos el matiz con el que el Señor condiciona su petición: si es posible… Yo te pido lo que veo y lo que quiero, pero Tú sabes mejor que nadie lo que más me conviene. Por eso el Maestro había enseñado antes a rezar: Hágase tu voluntad… ¡Cuántas veces queremos imponer nuestro modo de ver las cosas, nuestros caprichos, y nos olvidamos de que Dios sabe más! Aprendamos de Jesús a terminar nuestras oraciones como Él hizo: «no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

El Catecismo resume esta escena diciendo que «la oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre» (n.2600). En Jesucristo se reconcilian, por la obediencia, las voluntades que estaban separadas desde el pecado original. Gracias a ese «fiat!» del Señor recuperamos la filiación divina: el Hijo «ha acogido en sí la oposición de la humanidad y la ha transformado, de modo que, ahora, todos nosotros estamos presentes en la obediencia del Hijo, hemos sido incluidos dentro de la condición de hijos» (Benedicto XVI, 2011, 191).

De ese modo, podemos unirnos a la oración filial del Señor: «Jesús ora en el huerto: “Pater mi”, “Abba, Pater!”. Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre... Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento? Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: “Pater mi, Abba, Pater,... fiat!”» (AI 1663, 10-X-1932; cfr VC, 1,1).

«Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». Este modo de actuar no solo se aplica a la oración, sino para todos los momentos de la vida. Recuerdo a un amigo que contaba su proceso vocacional: había decidido dar su vida al Señor, estaba contento con su decisión, pero surgió un nuevo llamado, una petición más exigente, y esta persona dudaba, temía, le costaban los riesgos que asumiría con las nuevas circunstancias; le dolía ver lo que dejaba por seguir a Cristo: la familia, su terruño, el trabajo que desempeñaba, sus aficiones… Para tomar la decisión definitiva fue concluyente la meditación de este pasaje. Viendo a Jesús dialogar con su Padre, no se sintió capaz de responder de otra forma distinta a la del Maestro: «no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

Después de estas palabras, san Lucas añade un material propio, la agonía de Jesús (22,43-44): Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Son manifestaciones del padecimiento extremo que sufría por nuestra salvación. Benedicto XVI considera que esta turbación se debía a que Jesús, como Dios, veía la gravedad del mal, del cáliz que iba a beber. La angustia era mucho mayor que el natural horror humano de morir. Y cita a Pascal, que veía sus pecados en aquel cáliz, y decía que Jesús había derramado esas gotas de sangre por él (Cf. 2011, 185). Como resume un teólogo: «Aquí, en el Huerto, el dolor se hace presente en la oración: la oración se hace dolor, para luego, a lo largo de toda la pasión, transformar el dolor en oración» (Rodríguez, SRECH, 1 doloroso).

El drama de Getsemaní nos interpela continuamente: no solo nos invita a orar, a unir nuestra voluntad con la del Padre, sino que nos llama a perseverar en ese empeño: Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. ¡Cuántas veces no habremos sido nosotros esos Pedros dormilones, que merecen escuchar el reproche de Jesús: Dijo a Pedro: ¿No habéis podido velar una hora conmigo?!

El Señor nos enseña otra clave para la vida de oración: no basta con programar un tiempo fijo, a hora precisa, con generosidad. El diálogo con Dios debe ser con el alma y con el cuerpo: «Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». Por esa razón, la ascética cristiana enseña a acompañar la oración con la penitencia y con las obras de misericordia. Se trata de vivir en unidad de vida, no conformarse con unas prácticas externas de piedad, sino confirmarlas con la mortificación, con el trabajo, con la vida en familia y en sociedad.

«Al meditar esos momentos en los que Jesucristo —en el Huerto de los Olivos y, más tarde, en el abandono y el ludibrio de la Cruz— acepta y ama la Voluntad del Padre, mientras siente el peso gigante de la Pasión, hemos de persuadirnos de que, para imitar a Cristo, para ser buenos discípulos suyos, es preciso que abracemos su consejo: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y me siga. Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales» (AD, n.216).

«Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». Jesucristo enseña con su ejemplo, y continúa velando: De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». Una vez más, el Señor nos muestra la importancia de persistir en la oración, aunque no veamos los frutos. Esa constancia, ese vigilar sin recibir nada a cambio, serán las pruebas de la fe y del amor que nos mueven a pedir que se cumpla la voluntad divina.

Los apóstoles, por el contrario, cansados después de una jornada extenuante, de una cena festiva, y además emocionados por la oración sacerdotal de Jesucristo, por los discursos de despedida, por los anuncios relacionados con la traición de Judas, continuaban dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Jesús afronta esa soledad con dolor, y los invita a acompañarlo en su camino de sufrimiento, que estaba a punto de comenzar. Invitación que ellos no seguirían —y nosotros tampoco lo hacemos, cada vez que le damos la espalda a los llamados divinos—. Como entonces, el Señor nos sigue invitando: ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.


Solo la Virgen acompañaba a su Hijo, quizá oteando por la ventana del cenáculo. Terminemos nuestra oración pidiéndole a Ella que, aunque seamos cobardes, aunque sigamos a su Hijo de lejos, estemos siempre «despiertos y orando. —Oración... Oración...» (SR, 1 doloroso).

lunes, febrero 22, 2016

La transfiguración del Señor

La liturgia contempla dos veces en el año el misterio de la transfiguración de Cristo: el segundo domingo de Cuaresma y el 6 de agosto, cuarenta días antes de la Exaltación de la Cruz. En ambos casos, la Iglesia nos muestra esta escena como anticipo de la resurrección gloriosa, que será fruto del sacrificio en el Calvario. Así como el bautismo fue el umbral para el inicio de la vida pública de Jesucristo, la transfiguración es como una obertura para la recta final de su vida en la tierra (cf. CEC 556).
Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar (Lc 9,28-36). El Señor asciende al Tabor, un cerro de 588 metros de altura, pero que se ve más grande en medio del desierto galileo. Lo acompañan los mismos tres discípulos que más tarde lo verán padecer en la oración del huerto de Getsemaní. «De nuevo nos encontramos —como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en oración— con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios» (Benedicto XVI, 2007b, p.361). ¡Cuántas veces aparece en la Escritura el monte como terreno de oración! Es una figura que implica ascenso, sacrificio, separación del mundo, búsqueda exigente —ascética— de la unión con el Señor.
Podemos imaginarnos la intensidad de la plegaria que hacía Jesucristo por lo que viene a continuación: Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor. Este es el punto central del evento, sobre todo si consideramos que se inscribe en la cuaresma, tiempo litúrgico que debe estar marcado por la oración, el ayuno y la misericordia: «La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz» (Íbidem).
La transfiguración es un acontecimiento de oración. Jesús manifiesta su divinidad y nos enseña que la vida cristiana debe estar marcada por esa búsqueda del rostro del Señor que menciona el Salmo 26: Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro. La liturgia nos invita a considerar esta escena para recordarnos la importancia de ser almas de oración, personas que luchan por crecer en el trato con el Señor hasta llegar a ser contemplativos en medio del mundo: «Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto» (AD, n.296).
Además de enseñarnos a orar, otro objetivo de este pasaje es anticipar cómo sería la figura del Señor tras la resurrección. San León Magno explica que «en aquella transfiguración (…) se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza». Santo Tomás explica que, así como el bautismo fue nuestra primera regeneración, la transfiguración «es el sacramento de la segunda regeneración: nuestra propia resurrección» (Cf. CEC, n.556).
De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías. La ley y los profetas. El Antiguo testamento manifiesta que en Jesús se cumplen sus expectativas. En un acontecimiento de oración, también podemos tomar esta alusión a la importancia de orar con la Sagrada Escritura, que ayuda a encontrar la Voluntad de Dios para nosotros. Por ese camino descubriremos la verdad del adagio latino: “el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, y el Antiguo Testamento se manifiesta en el Nuevo”.
Pero ¿de qué hablaban Jesús, Moisés y Elías? —hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén. Es muy significativo que Moisés, líder del éxodo del pueblo hebreo, del paso de la esclavitud de Egipto a la libertad de la tierra prometida, hable con Jesús sobre el nuevo éxodo que nos libraría del pecado para llevarnos a la nueva condición de hijos de Dios redimidos. Un nuevo éxodo que supondría el paso por el Mar rojo de la crucifixión, en la que se cumplían todas las esperanzas de la ley y los profetas: «La cruz de Jesús es éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el “mar Rojo” de la pasión y un llegar a su gloria» (Benedicto XVI).
Seguimos descubriendo nuevas facetas de la oración, a la luz de la transfiguración del Señor. Y esta última no es la menos importante. Jesús nos muestra que tomar la Cruz de cada día y seguirle es otra manera de orar, es la oración del cuerpo. Es como el resello de la veracidad de las palabras que le dirigimos cuando hablamos con Él. Es la idea central del prefacio de la Misa cuaresmal: «Cristo, Señor nuestro, después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la Ley y los Profetas, que la pasión es el camino de la resurrección». La devoción a la cruz es otro fruto de la verdadera oración, tanto que se puede llegar a decir que los cristianos, en su esfuerzo por ser santos, «no van al Tabor: van al Calvario» (Instrucción, 9-1-1935, n.283. Cit. por Rodríguez, CEHC, n.699).
Así concluye su sermón el papa san León Magno: “que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido. Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió”.
De esta manera llegamos a la teofanía final de la escena: llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube. Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». El Padre eterno reafirma el consejo que había dado en el bautismo. Esta es la frase clave, en la que se detiene la liturgia —tanto así que es el versículo elegido como antífona del Evangelio—: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».
Escuchar a Dios. Muchas veces pensamos que conversamos, pero en realidad solo afirmamos nuestras propias convicciones. O discutimos, pero no dialogamos. La verdadera oración expone a Dios las necesidades, los temores, las ilusiones… pero sobre todo escucha. La cuaresma nos refuerza la primacía de la oración, y la colecta de la Misa ofrece unas características de lo que se puede considerar una buena plegaria: «Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro». Nuestra plegaria debe ser confiada, atenta, hambrienta (descubre que el verdadero alimento para el espíritu es la palabra de Dios), limpia (pendiente de la voluntad divina, no de nuestras bajas inclinaciones).
«Con mirada limpia», hemos pedido. Es como un prerrequisito para la contemplación del rostro glorioso de Jesús. Por eso aparece esta escena al comienzo de la cuaresma, para hacernos conscientes de la necesidad de una transformación profunda, de una verdadera conversión, que es obra del Señor. Como dice san Pablo: los transformará según el modelo de su cuerpo glorioso (Flp 3,17-4,1).
También nosotros hemos de transformarnos, ya aquí en la tierra, si seguimos el camino que lleva a la contemplación: «no podemos considerar esta Cuaresma como una época más, repetición cíclica del tiempo litúrgico. Este momento es único; es una ayuda divina que hay que acoger. Jesús pasa a nuestro lado y espera de nosotros —hoy, ahora— una gran mudanza (…). La llamada del buen Pastor llega hasta nosotros: ego vocavi te nomine tuo, te he llamado a ti, por tu nombre. Hay que contestar —amor con amor se paga— diciendo: ecce ego quia vocasti me, me has llamado y aquí estoy. Estoy decidido a que no pase este tiempo de Cuaresma como pasa el agua sobre las piedras, sin dejar rastro. Me dejaré empapar, transformar; me convertiré, me dirigiré de nuevo al Señor, queriéndole como El desea ser querido» (ECP, n.59).

Pidamos a María, Madre del Verbo encarnado y Maestra de vida espiritual, que nos enseñe a orar como hacía su Hijo, para que nuestra existencia sea transformada por la luz de su presencia. Madre nuestra:  ayúdanos a ser almas de fe y de oración, a cambiar nuestra vida, a transfigurar nuestra mirada por la contemplación de tu Hijo. Por este camino, perderemos el miedo a la cruz y seremos conscientes de que es la única vía hacia la resurrección. «Así con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de su rostro».

sábado, diciembre 05, 2015

Rogad al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies

I. El profeta Isaías es el protagonista de los primeros días del Adviento. Hemos considerado esta semana, en primer lugar, el capítulo 11, cuando anuncia sus “Promesas de paz” ante la destrucción causada por la invasión asiria. La primera profecía consiste en que brotará un “nezer”, un renuevo (vivo) del tronco (seco) de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor.

Más adelante, en el capítulo 25, hemos considerado el banquete del Señor, que la liturgia relaciona claramente con el salmo 22 (Habitaré en la casa del Señor por años sin término) y con la multiplicación de los panes (Mt 15), mostrando así que la profecía se cumplió con el nacimiento de Jesús en la “casa del pan” que es Belén.

También hemos meditado sobre el cántico de acción de gracias que Isaías transcribe en el capítulo 26: Que entre un pueblo justo, que observa la lealtad. El evangelio de Mateo (7,27) anuncia en qué consiste esa lealtad exigida para entrar en la ciudad de Dios, en el reino de los cielos: El que cumple la voluntad del Padre.

En ese recorrido “a vuela pluma” por la extensa obra del profeta del adviento, hemos visto en el capítulo 29 sus promesas escatológicas: “muy pronto el Líbano se convertirá en vergel y el vergel parecerá un bosque. Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Igual que en los casos anteriores, la liturgia muestra su realización en Jesucristo, con la curación de los dos ciegos que creyeron en Él (Mt 9).

De esa manera llegamos hoy al capítulo 30 del profeta Isaías. Ante la insensatez política de Judá, el Señor promete la renovación del universo y una nueva creación: Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, se apiadará de ti al oír tu gemido. Estamos a punto de comenzar el año de la misericordia, y vemos aquí una manifestación de ese amor paternal de Dios por sus criaturas: apenas te oiga, te responderá.

Nos habla de la importancia de no rumiar nuestras quejas, de no quedarnos a solas con nuestros sufrimientos y tentaciones. Dios, Padre misericordioso, está siempre atento a nuestros gemidos. Es más, el Espíritu Santo suscita desde nuestro interior esas lamentaciones que quizá nos resistimos a expresar en voz alta. O que sí exteriorizamos por nuestra cuenta, pero sin querer dirigirlas al Señor.

II. Ya nos hemos dado cuenta de que la liturgia suele poner en diálogo la primera lectura con el Evangelio. Esto lo hace los domingos del tiempo ordinario, pero en el Adviento ocurre cada día. Veamos entonces qué pasaje ha escogido la Iglesia para ilustrar la enseñanza del profeta sobre la piedad del Señor ante sus hijos.

Se trata del Evangelio de Mateo, al final del capítulo noveno: Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Estamos preparándonos para la celebración de la Navidad y vemos por qué razón Dios quiso hacerse hombre: para recorrer nuestras sendas, para evangelizar y para curar…

Aquí vemos esbozadas tres dimensiones de la misericordia divina, que tendremos ocasión de considerar con profundidad a lo largo del próximo año: Tú, Señor, quieres acompañarnos en el camino, como hiciste con los discípulos de Emaús, para enseñarnos la clave de nuestra existencia, el camino de la felicidad eterna, y para curar nuestras enfermedades: la ignorancia de la inteligencia, el descamino de la voluntad, la inclinación desordenada de nuestra concupiscencia. 

Por ese deseo divino de curarnos, el santo Padre Francisco ha indicado en la Bula “Misericordiae vultus” que durante el próximo año el sacramento de la reconciliación ha de estar en el centro de todas las celebraciones: «Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior» (n.17).

Pero sigamos considerando cómo ejemplifica Mateo esas tres dimensiones de la misericordia de Jesús: Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». La compasión es una de las características que denominan a Dios en el Antiguo Testamento, es el nombre que Dios revela a Moisés: Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad (Ex 34,6). Jesús observa a su pueblo en desorden, disperso, desanimado. ¿Cómo hubiéramos reaccionado nosotros ante semejante panorama? Quizás con desespero y enojo, muy probablemente notorios, pero al menos desde luego difíciles de controlar por dentro.

Jesús en cambio se compadeció. Como al padre del hijo pródigo, se le conmovieron las entrañas. El diccionario tiene un sinónimo interesante para la misericordia: conmiseración. Que viene a ser algo así como hacerse cargo de la pasión, del dolor, de la miseria ajena. Pero no basta con un sentimiento interior. La verdadera compasión incluye obrar, salir al encuentro de las necesidades del otro, como intentaremos hacer el próximo año renovando el esfuerzo por vivir las obras de misericordia espirituales y corporales.

¿Cómo manifiesta Jesús su conmiseración ante el pueblo extenuado? ¿Cuál es su estrategia para superar ese abandono? ¿Cómo ejerce su pastoreo divino? –Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Para nuestra sociedad pragmática y activista, la indicación del Señor es un escándalo. ¡El gran consejo es que recemos! La compasión divina es enseñarnos a pedir… Pero de hecho fue lo que el Maestro ilustró con su propia vida: antes de los grandes momentos, de los milagros más elocuentes, del drama de la pasión y muerte, Jesús oraba. Tanto, que sus discípulos se sintieron movidos a pedirle que les enseñara a rezar, como hacía Juan Bautista para preparar su llegada. Gracias a esa petición nos llegó el Padrenuestro, que compendia todas las facetas de la oración cristiana.

Estamos en el sexto día de la novena a la Inmaculada, y hoy ha aparecido en la página web del Opus Dei la carta pastoral del Prelado sobre el Año de la misericordia. En uno de sus apartes, Mons. Echevarría recuerda un pasaje de los últimos años de san Josemaría, cuando sintió que el Señor le daba una clave para su oración en ese tiempo difícil para la Iglesia en el mundo: «Voy a deciros algo que Dios nuestro Señor quiere que sepáis. Los hijos de Dios en el Opus Dei adeámus cum fidúcia —hemos de ir con mucha fe— ad thronum glóriæ, al trono de la gloria, la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, a la que tantas veces invocamos como Sedes Sapiéntiæ, ut misericórdiam consequámur, para alcanzar misericordia» (San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 9-IX-1971, cit. en Carta pastoral, 5-XII-2015, n.8).

La Virgen aparece en el Adviento  como el conducto más apropiado para dirigir nuestra oración al Señor. Ella es modelo de persona orante: Así recibió la embajada, así permaneció al pie de la Cruz, y en Pentecostés, y hasta la Asunción al cielo, donde permanece intercediendo por sus hijos. Por esa razón, uno de los objetivos de la Novena a la Inmaculada es poner mayor diligencia en la oración con amor filial a la Santísima Virgen, madre de Dios y de la Iglesia, y Madre nuestra, porque Ella es el atajo para que el Señor escuche más prontamente nuestras peticiones; el camino expedito para alcanzar la misericordia divina: «Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia» (San Josemaría, ECP, n.174).

III. De esta manera reunimos una vez más el anuncio del profeta con el Evangelio del día. Isaías auguraba que el Señor se apiadará de ti al oír tu gemido. Y Jesús nos confirma en que debemos, ante la escasez de operarios, rogar al Señor de la mies.

Jesucristo nos enseña a rezar, nos garantiza la eficacia de la petición, y la Virgen nos ayuda a hacerlo, con su intercesión y su ejemplo. Pero ¿cuál es la intención que Jesús quiere que pidamos, para que las ovejas puedan andar como si tuvieran pastor, para que no estén extenuadas y abandonadas? -Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

En el diagnóstico está el inicio del tratamiento. El problema de siempre en la humanidad es que, por causa del pecado, muchas veces nos desentendemos del verdadero trabajo, de ayudar a nuestros hermanos los hombres a escuchar la voz del Buen Pastor, yendo nosotros por delante. Aprovechemos este rato de oración, reunidos bajo el manto de María, para pedirle a nuestra Madre que nos ayude a orar como hacía Ella, dispuestos a escuchar la Palabra de Dios y a ponerla en práctica. Jesús indica que el problema no es de escasez de medios: La mies es mucha. El problema es que los trabajadores son pocos.

Y podríamos añadir que, además, los que estamos en el campo trabajamos mal: «Cuando pensamos, hijos míos, en las hambres de verdad que hay en el mundo; en la nobleza de tantos corazones que no tienen luz; en la flaqueza mía y en la vuestra, y en la de tantos que tenemos motivos para estar deslumbrados por la luz del Señor; cuando sentimos la necesidad de sembrar la Buena Nueva de Cristo, para que se pueda hacer esa siega de vida, esa siega de flor, nos acordamos –y es cosa que hemos meditado muchas veces– de aquel andar de Cristo hambriento por los caminos de Palestina» (San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 26-III-1964, cit. por Echevarría J., Carta pastoral 1-VII-2009).

Señor: ayúdanos a despertar, en estos días previos a la fiesta de tu Madre, las ansias de trabajar en tu viña. Muéstranos cómo aprovechar mejor la jornada para dar más frutos. Ayúdanos a descubrir las ansias de tu corazón: rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

Benedicto XVI explicaba que esta petición «quiere decir también que no podemos "producir" vocaciones, sino que deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del Corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por esa intención, sacudir su Corazón, diciéndole: "Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que éste es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo"» (Discurso, 14-IX-2006).


Así podríamos concluir nuestra oración, considerando también que la misericordia divina se concreta, en este pasaje evangélico, enviándoles operarios. Sin embargo, Dios quiere que seamos parte integrante de su misión, involucrándonos en la oración por esa intención prioritaria. Padre misericordioso: te pedimos, obedeciendo a tu Hijo, y por intercesión de la Virgen, que envíes trabajadores a tu mies. 

sábado, enero 31, 2015

Actividad en Cafarnaún

San Marcos, en su estilo directo y gráfico, enseña desde el primer momento cuál era el talante de Jesús: lo muestra como un predicador exigente y polémico. Antes de narrar los primeros milagros, aparece el Señor en la sinagoga haciendo los primeros pasos con su grupo de discípulos (Mc 1,21-28): Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.

Es significativo que la liturgia (domingo IV-B) relaciona este pasaje con el capítulo 18 del Deuteronomio, en el que Moisés promete al pueblo un nuevo profeta: El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo. Con esta promesa comienza Benedicto XVI su libro sobre Jesús de Nazaret. Llama la atención que Dios no promete un nuevo rey, como David, sino un nuevo profeta, al estilo de Moisés.

El papa alemán expone el contexto en el que se anuncia esa promesa: en medio de un ambiente agorero, que buscaba adivinar el futuro a través de magos y brujas —como siguen haciendo, tantos siglos después, cantidades de personas en todo el mundo—. Por eso, antes de la promesa del profeta, el Señor anuncia una prohibición: no haya entre los tuyos vaticinadores, ni astrólogos, ni agoreros, ni hechiceros, ni encantadores, ni espiritistas, ni adivinos, ni nigromantes; porque el que practica eso es abominable para el Señor.

La conclusión es clara, según el mismo autor: frente al deseo de conocer el futuro a través de los adivinos, Dios invita al camino de la fe que supone escuchar al profeta. Después de comprobar que la tierra prometida no era la salvación definitiva, el Señor promete la liberación verdadera, el éxodo más radical, que exige un nuevo Moisés.

¿Y cuál es la característica más importante de ese sucesor del patriarca hebreo? —Para algunos teólogos, especialmente de la antigua teología de la liberación, sería su capacidad política de guiar a un pueblo, de enfrentar a los opresores, de ser un modelo para el dirigente guerrillero. Pero no es ese el rasgo distintivo que señala el Deuteronomio. La peculiaridad esencial de Moisés no es el liderazgo, ni los portentos a favor de su pueblo: es la oración, que él contemplaba la figura del Señor y que podía hablar con Dios cara a cara, como con un amigo.

Y ese será el punto decisivo del profeta prometido. Su misión no será tanto la de anunciar el futuro, ni la de dirigir políticamente al pueblo, cuanto la de mostrar el rostro de Dios. Es lo que vemos en Jesús, que les enseñaba con autoridad y no como los escribas. También ahora el Señor debe ser nuestro profeta, quien nos guíe en el camino de la verdadera liberación, en el éxodo definitivo, que no es el de las cadenas temporales, sino el de los lazos del pecado. Y que no nos lleva a un terreno transitorio, sino a la felicidad definitiva, a la vida eterna.

 Por eso hemos de acudir a Él para conocer cuál es el camino recto. Y escuchar su palabra: en el Evangelio, en la liturgia, en la predicación, en el Magisterio. Profundizar en la doctrina, conocer las enseñanzas del dogma y la moral que enseña la iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo. Y transmitirlas a los demás. No podemos quedarnos con ese tesoro para nosotros mismos. El Señor quiere contar con nosotros como profetas para nuestro tiempo, que tengamos un corazón a la medida del suyo.

Para andar ese camino es importante imitar a Moisés o al mismo Cristo: hablar con Dios cara a cara, como se habla con un amigo, buscando su rostro y su voluntad para nosotros en la oración, en la confesión, en la dirección espiritual.  Vayamos concretando en nuestro diálogo con Dios cómo podemos mejorar en esos puntos: si tenemos tiempo fijo y hora fija para esos ratos de intimidad con Dios, con qué intensidad acudimos a esos momentos, aislándonos de las distracciones que nos ofrecen los aparatos electrónicos o nuestra propia imaginación.

Examinemos también con qué periodicidad acudimos al sacramento del perdón, con cuánto propósito de la enmienda, para rechazar las malas inclinaciones. También miremos si podemos animar a otros amigos para que también ellos se beneficien de la misericordia divina. Además, podemos considerar en este momento cómo es nuestra docilidad en la dirección espiritual, que se manifiesta —entre otros puntos— en la puntualidad, en la sinceridad, en el esfuerzo por poner en práctica lo que nos han sugerido.

Volvamos al episodio de la sinagoga de Cafarnaún, con el que empezamos esta meditación. San Marcos relata la curación de un endemoniado: Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!».

El Señor no permite que los demonios manifiesten su naturaleza divina y los obliga a custodiar “el secreto mesiánico”. El papa Benedicto XVI explicaba que Jesús se empeñaba en esa prudencia para evitar una tentación diabólica, la de aplazar el encuentro con la cruz y dedicarse a la farándula, a la vida pública, a la gloria mundana: «La cruz de Cristo será la ruina del demonio; y por eso Jesús no deja de enseñar a sus discípulos que, para entrar en su gloria, debe padecer mucho, ser rechazado, condenado y crucificado, pues el sufrimiento forma parte integrante de su misión» (Ángelus, 1-II-2009).

En la vida ordinaria, Jesús nos habla a través de las alegrías, pero también de las contradicciones. Ayúdanos, Señor, a comprender que la clave de la eficacia apostólica es la unión con el Padre, el amor a su voluntad. Danos la gracia para tomar, como Tú, la decisión de ir a Jerusalén, de tomar la Cruz cada día. Enséñanos a descubrirte en esas circunstancias,  a tener visión sobrenatural.

«La Virgen María guardó en su corazón de madre el secreto de su Hijo y compartió con él la hora dolorosa de la pasión y la crucifixión, sostenida por la esperanza de la resurrección» (Íbidem.).  A Ella acudimos para que nos enseñe a seguir a su Hijo, para que Él sea nuestro maestro, nuestro guía y nuestro modelo. Que sea para nosotros el Camino, la Verdad y la Vida.

sábado, julio 27, 2013

El Padrenuestro, oración de hijos


Camino de Jerusalén, san Lucas aprovecha para enunciar las principales enseñanzas de Jesucristo: después de la parábola del buen samaritano y de la acogida del Señor por parte de Marta y de María, presenta al Maestro en una actitud que a los discípulos les impresionaba especialmente (11,1): Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar… El Señor les da ejemplo de diálogo con el Padre.
Toda la Sagrada Escritura es cátedra de oración: en el Antiguo Testamento aparece desde las primeras páginas, en el dramático diálogo del Señor con Adán y Eva, antes y después del pecado original. Pero, como dice el Catecismo, «la oración se revela sobre todo a partir de nuestro padre Abraham» (n.2569). Un ejemplo de la oración de este patriarca aparece en el capítulo 18 del Génesis (vv.20-32). Antes había acogido a Dios en Mambré, y había recibido la promesa de la concepción de su hijo Isaac. Ahora el Señor le anuncia el castigo para las ciudades pecadoras de Sodoma y Gomorra. Y Abraham intercede por ellas, pensando que morirán justos con pecadores: Abrahán se acercó y le dijo: «¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?». El Señor contestó: «Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos». Sabemos que la negociación continúa, bajando los requisitos a cuarenta y cinco, a cuarenta, a treinta, a veinte, hasta llegar a la exigencia de diez justos que tampoco se alcanzó.
El diálogo entre Dios y Abraham muestra la confianza que debe mantener la persona cuando habla con el Señor, pidiéndole lo que ve más oportuno, insistiéndole si ve difícil lo que pide, hasta llegar a identificarse con la voluntad divina: «habiéndole confiado Dios su Plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza» (n.2571). Esos son los principales frutos de la vida de oración: estar en armonía con el Señor, mirar nuestra realidad con sus ojos, acoger las contradicciones con su amor misericordioso.
En este contexto de la revelación, san Lucas muestra que hemos llegado a la plenitud de los tiempos al contemplar el diálogo del Hijo de Dios con su Padre: Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar... El Catecismo comenta que «es, sobre todo, al contemplar a su Maestro en oración, cuando el discípulo de Cristo desea orar. Entonces, puede aprender del Maestro de la oración. Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprenden a orar al Padre» (n.2601). Podemos preguntarnos qué tanto contemplamos y escuchamos a Jesús, si lo tenemos como nuestro modelo de oración. O si, por el contrario, los afanes del mundo nos apartan del diálogo y la cercanía con el Maestro.
¿No es verdad que queremos aprender a orar como Jesús? Pidámosle con confianza, como hicieron los apóstoles: cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Acostumbrémonos a dirigirnos así al Maestro. Pidámosle que nos enseñe a orar, a abandonarnos en la misericordia del Padre. La respuesta de Jesús es uno de los textos más importantes de la historia: Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
El Compendio del Catecismo no ahorra elogios para esta oración: El Padrenuestro es «el resumen de todo el Evangelio» (Tertuliano); «es la más perfecta de todas las oraciones» (Santo Tomás de Aquino), es el corazón de las Sagradas Escrituras (nn.2761-2776). Uno de los mejores comentarios que se han escrito recientemente sobre la oración dominical está en el libro «Jesús de Nazaret», de Benedicto XVI. Por ejemplo, explica la estructura de esta oración: «Consta de una invocación inicial y siete peticiones. Tres de éstas se articulan en torno al Tú” y cuatro en torno al nosotros”. Las tres primeras se refieren a la causa misma de Dios en la tierra; las cuatro siguientes tratan de nuestras esperanzas, necesidades y dificultades. Se podría comparar la relación entre los dos tipos de peticiones del Padrenuestro con la relación entre las dos tablas del Decálogo, que en el fondo son explicaciones de las dos partes del mandamiento principal el amor a Dios y el amor al prójimo, palabras clave que nos guían por el camino del amor» (2007, p.168).
Y cuenta una historia que ayuda a entender mejor los compromisos que conlleva rezar bien el Padrenuestro: «Había un staretz ortodoxo que insistía en hacer entonar el Padrenuestro siempre con las últimas palabras, para ser dignos de finalizar la oración con las palabras del comienzo: Padre nuestro. De este modo explicaba el staretz, se recorre el camino pascual: se comienza en el desierto con las tentaciones, se vuelve a Egipto, luego se recorre la vía del éxodo con las estaciones del perdón y del maná de Dios y, gracias a la voluntad de Dios, se llega a la tierra prometida, al Reino de Dios, donde Él nos comunica el misterio de su Nombre: Padre nuestro» (Ibidem).
Dirigirnos al Padre nos hace entrar en su misterio con asombro siempre nuevo, y despierta en nosotros el deseo de comportarnos como hijos: «Notad lo sorprendente de la respuesta: los discípulos conviven con Jesucristo y, en medio de sus charlas, el Señor les indica cómo han de rezar; les revela el gran secreto de la misericordia divina: que somos hijos de Dios, y que podemos entretenernos confiadamente con Él, como un hijo charla con su padre» (AD, 145). Jesús enseña el fundamento de la vida espiritual cristiana, saberse hijos de Dios. Es famosa la anécdota de la hija de un rey de Francia, que trataba de modo muy duro a su joven asistenta. Un día, irritada, la princesa le dijo: «¿No sabes que soy la hija de tu rey?» La joven mucama le respondió con calma: «Y, ¿tú no sabes que yo soy la hija de tu Dios?» (Eugui, 1991, p.47).
San Josemaría fue un predicador incansable de esta verdad. De sus apuntes íntimos tenemos un testimonio que nos puede ayudar para nuestra oración personal: invita a «saborear» la verdad de saberse hijo de Dios, hermano de Jesucristo y de toda la humanidad. De ese modo crecerán la fe, la esperanza y el amor: «Tenía por costumbre, no pocas veces, cuando era joven, no emplear ningún libro para la meditación. Recitaba, paladeando, una a una, las palabras del Pater Noster, y me detenía —saboreando— cuando consideraba que Dios era Pater, mi Padre, que me debía sentir hermano de Jesucristo y hermano de todos los hombres. No salía de mi asombro, contemplando que era ¡hijo de Dios! Después de cada reflexión me encontraba más firme en la fe, más seguro en la esperanza, más encendido en el amor. Y nacía en mi alma la necesidad, al ser hijo de Dios, de ser un hijo pequeño, un hijo menesteroso. De ahí salió en mi vida interior vivir mientras pude —mientras puedo— la vida de infancia, que he recomendado siempre a los míos, dejándolos en libertad» (Carta, 8-XII-1949, n.41, citado por Vázquez de Prada, 2010, p.404).
Jesucristo complementa su enseñanza, insistiendo en la eficacia de la oración, con dos historias sobre peticiones impertinentes y concluye: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. En conclusión, hemos de dirigirnos a nuestro Padre Dios para que nos aumente la fe en la omnipotencia de la petición confiada. «Todas las cosas que pidiereis en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán (Mc 11,24). ¡Se os concederán! Son palabras que recogen una seguridad para nosotros. Ha hablado su Hijo, ¡su Hijo que no puede mentir!, y, de nuestra parte, se necesita fe. Una fe que ya tenemos, ¡por eso venimos a pedir!; pero, además, con esa petición, le decimos: adauge nobis fidem! (Lc 17,5). Hay que insistir, una y otra vez, siempre, como cuando éramos pequeños con nuestras madres, ¡igual!» (San Josemaría, Apuntes de la oración, 17-V-1970. Citado por Echevarría, Carta pastoral, 1-V-2010).
Ya que ha venido hablando de filiación divina, Jesucristo explica cuál es la donación más grande que nos hará el Padre celestial: Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden? Comenta san Basilio que «Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los Cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna» (cfr. Catecismo, n.736).

Al Paráclito le pedimos que nos aumente la fe, la esperanza y la caridad para orar como hijos con la audacia de Abraham, con la confianza de Jesús. Le presentamos esta súplica por medio de la intercesión de la Virgen María, maestra de oración: «Es nuevamente Jesucristo el que habla, según nos ha dejado escrito san Lucas. Nos lo ha dicho así de claro, para que no lo olvidemos: al que pide, se le dará (Lc 11,10). Por tanto, hemos de seguir pidiendo, y hemos de atrevernos a pedir con confianza, exigiendo. Para eso hemos venido aquí, y para eso hemos de esforzarnos, de modo que nuestra oración sea constante, llena de tozudez. Madre nuestra, habla Tú por nosotros, y llévanos a pedir siempre más» (San Josemaría, Apuntes de la oración en la Villa de Guadalupe, 17-V-1970. Citado por J. Echevarría, Carta pastoral, 1-V-2010).

lunes, agosto 06, 2012

La Transfiguración del Señor




Celebramos hoy un misterio de la vida de Cristo, que también conmemoramos todos los segundos domingos de cuaresma: la Transfiguración del Señor. Tanto en oriente como en occidente se celebra el seis de agosto, cuarenta días antes de la fiesta de la Exaltación de la Cruz (catorce de septiembre), aludiendo a una tradición según la cual la Transfiguración ocurrió cuarenta días antes de la crucifixión.

La primera lectura (Dn 7,9-14) presenta la escena del juicio final. Aparece la figura del Hijo del Hombre, cuyo reinado no tendrá fin, y que el mismo Jesucristo se aplicará a Sí mismo: Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas (…). Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin. El Salmo 96 invita a la alegría porque el Señor reina y se manifiesta como Rey: El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.

En la segunda lectura (2P 1,16-19), Pedro se pone como testigo de la divinidad de Jesucristo y esgrime como argumento de autoridad su presencia en el monte Tabor: os hemos dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias». Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo.

Pero vayamos a la narración de la escena evangélica. Leemos en la versión de San Marcos (9,2-10) que seis días después (de la confesión de Pedro), Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto. Vemos, en primer lugar, que Jesús nos enseña una vez más la importancia de la oración. Son muchas las ocasiones en que el Señor, nuevo Moisés, se retira al monte a orar.

Benedicto XVI escribe que “en la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador”. Para estar metidos en Dios en medio del mundo, hemos de cuidar esos momentos de soledad, de ascensión hacia el Señor, que son cada una de nuestras normas de piedad.

Y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. Es la manera ingenua que tiene Marcos de contarnos el suceso que deslumbró a su maestro, Pedro. Benedicto XVI continúa en la línea que veíamos antes, interpretando la transfiguración como “un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo”.

Es el misterio de Cristo, Dios y hombre verdadero, que se descubre a los tres discípulos predilectos. Un himno litúrgico lo expresa de modo poético: “En la cumbre del monte su cuerpo de barro se vistió de soles. En la cumbre del monte, excelso misterio: Cristo, Dios y hombre. En la cumbre del monte a la fe se abrieron nuestros corazones”.

San Josemaría hacía su oración contemplando este misterio: ¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti! (Santo Rosario).

Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús: —Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor. Por los otros evangelios sabemos que Jesús hablaba con sus dos interlocutores sobre su éxodo, su próxima pasión y muerte. También la alusión a la fiesta de las tiendas habla de que Pedro entendió que “el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración -ser luz en virtud del Señor y con El- comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).

Por eso el Catecismo enseña que «por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria” es necesario pasar por la cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías» (CCE 555).

El misterio cristológico que venimos contemplando no es completo si no se considera la pasión, que recordaremos el próximo 14 de septiembre. Por eso, el Beato Juan Pablo II decía en su carta sobre el Rosario que este misterio puede ser considerado “como icono de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo”.

Vamos concretando propósitos. Si antes hablábamos de la vida de oración y del cuidado de las normas de piedad, ahora descubrimos la importancia de huir del escándalo la Cruz del Señor, de tomarla cada día sobre nuestros hombros. A ese fin nos invita el Prefacio de la Misa: Cristo, nuestro Señor, reveló su gloria a unos testigos elegidos, y revistió de resplandor deslumbrante aquel cuerpo, igual al nuestro, para librar los corazones de los discípulos del escándalo de la cruz.

Las mortificaciones ordinarias. El trabajo constante, intenso, a pesar del cansancio o del desaliento. La vida en familia, el esfuerzo por aportar una sonrisa, una acogida amable, o también una corrección fraterna. Y además la generosidad para ofrecer penitencias más especiales, en esas temporadas en las que notamos más especialmente que el Señor nos invita a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra Cruz cotidiana y a seguirle.

Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: —Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle. Una vez más, como en la escena del Bautismo de Jesús, se manifiesta la Trinidad. Pero también se revela la relación que en su liberalidad ha querido establecer con nosotros. Así lo expresa la colecta de la Misa: “Oh Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los profetas, y prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos…”

Hijos suyos muy amados. San Josemaría caracterizó la vivencia de la filiación divina como “un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermanos suyos, hijos de Dios Padre, y de estar siempre en la presencia de Dios; filiación que lleva a vivir vida de fe en la Providencia, y que facilita la entrega serena y alegre a la divina Voluntad”. Vida de fe, de esperanza y de caridad. Virtudes que manifestamos en la oración y en la mortificación generosas, conscientes de que también nosotros somos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, al que hoy contemplamos como Dios y hombre verdadero.

Terminamos nuestra meditación acudiendo a la Santísima Virgen, esperanza nuestra. Es la última enseñanza que podemos sacar de la liturgia de hoy. La parte final del Prefacio manifiesta esa otra finalidad de la transfiguración. Si la primera buscaba librar los corazones de los discípulos del escándalo de la cruz, el segundo objetivo es declarar que en todo el cuerpo de la Iglesia ha de cumplirse lo que ya resplandeció maravillosamente en su cabeza.

Por esa razón haremos en la Colecta de la Misa una súplica que ahora elevamos por la intercesión de nuestra Madre: concédenos, a tus hijos que, escuchando siempre la palabra de tu Hijo Predilecto, seamos un día coherederos de su gloria. Amén.