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sábado, febrero 19, 2011

Fraternidad y santidad


Seguimos considerando el sermón del monte. Después de la introducción con las bienaventuranzas y las parábolas de la sal y de la luz, entramos en el cuerpo del sermón. En este, el Señor se presenta como ese nuevo Moisés del que habla Benedicto XVI, que no abroga la ley sino que, por el contrario la lleva a su perfección y ya no solo condena el homicidio, sino también la cólera; ya no solo rechaza el adulterio, sino los malos deseos; ya no solo prohíbe el divorcio, sino que  eleva el matrimonio a la dignidad de sacramento.

En la parte final de este cuerpo del sermón, sobre la perfección de la ley, vemos cómo afronta Jesús la conocida “ley del Talión” (Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente). Este principio, a pesar de que es muy denostado habitualmente, en realidad buscaba evitar excesos en las venganzas: que nadie se cobrara más allá de lo que había padecido. Incluso, que el delito quedara resarcido con una compensación equiparable. Sin embargo, Jesús enseña en qué consiste la plenitud de la ley: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado.

Jesucristo presenta varios ejemplos comunes de la legislación de aquella época y continúa en su línea de caridad extrema, de “no violencia” ―como dirían algunos― aunque amando hasta el extremo de dar la vida por los demás. No es una legislación nueva, pues el Levítico ya tenía previsto el mandamiento del amor: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (19,1-18). Es más bien una enseñanza para los que quieren ser perfectos: poner la otra mejilla, excederse en caridad con los violentos, ayudar a quien lo necesita.

Este es uno de los factores determinantes de los discípulos de Cristo. En esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros, dirá el Señor en la última cena. Pero su enseñanza va más allá; no se trata solo de querer a nuestros hermanos, sino de amar incluso a los enemigos: Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?

Esa es la razón de que la caridad forme parte del ADN estructural de la iglesia, junto con la liturgia y el apostolado. En estas palabras de Jesús se encuentra el origen de los hospitales y de infinidad de obras de servicio a lo largo del tiempo y del espacio. Por ese motivo, Benedicto XVI decía que estas tres «son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia» (Deus Caritas Est, 25). Quizá por eso se cuenta que Juan Pablo II dijo, al visitar un leprosario de las hermanas de la caridad en Calcuta: «desde aquí debería ejercer mi pontificado».

Podemos hacer examen en nuestra oración personal: ¿cómo vivimos la caridad? Probablemente no tengamos grandes enemigos, pero quizá es posible que haya personas que no nos caen tan bien y, en ocasiones, las evitamos. Olvidamos tener detalles con ellas. Nos duele quizá de modo exagerado su modo de ser. Somos susceptibles, de pronto patológicamente. O podemos criticar grupos de personas, o rechazarlas inconscientemente: por su origen social o geográfico, o por sus aficiones políticas, religiosas, ¡deportivas!

En otras ocasiones, quizá sí que tenemos razones objetivas para quejarnos de alguien: puede ser que con su modo de ser las veamos como impositivas, o que no nos dejan pasar ni una ocasión, o simplemente no nos atienden como pensamos que merecemos. En algún momento de nuestra vida pudimos haber sufrido verdaderas injusticias: en el trabajo, en el estudio, en las relaciones familiares. O quizá hemos padecido un robo o cualquier otro atentado contra nuestra integridad.

Aprovechemos este rato de oración para curar esas heridas de nuestro corazón, para perdonar esos malentendidos o esas verdaderas afrentas. Yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan. Pongamos nombres concretos, si es preciso, y pidámosle al Señor: Dios mío, ayúdame a perdonar a esta persona. Así como tú me has perdonado a mí tantas veces, te ofrezco ―en desagravio por mis pecados― el perdón mío por esa ofensa que, en realidad, tampoco es tan grave como me ha parecido. Te pido por esta otra, que no me cae tan bien; o por la de más allá, a la que podría atender con más cariño ―con fraternidad cristiana― pero la rechazo porque quizá pienso que no me aporta como otras…

Este sermón del monte no es una simple enumeración de consejos, un «manual de convivencia», aunque sea radical. Es la explicación de las consecuencias que tiene llamarse hijos de Dios: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Por esa razón el Salmo102 nos invita a mirarnos en el ejemplo que debemos seguir: El Señor es compasivo y misericordioso. Ese modelo de amor es el Padre, fuente de todo bien que, como dice el Papa Benedicto en su libro Jesús de Nazaret, es la medida del ser humano «perfecto».

 Amad a vuestros enemigos, amaos los unos a los otros… La enseñanza es la misma, al comienzo ―en el sermón del monte― y al final de su predicación ―en el lavatorio de los pies―. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos… No basta con perdonar, con evitar resentimientos. Hay que ir más allá. Positivamente, hemos de parecernos a nuestro Señor en el esfuerzo por dar la vida en detalles concretos de la existencia cotidiana: delicadeza en el trato, esfuerzo por hacer amable la vida a los demás, prestar pequeños servicios, olvidarnos de nosotros mismos.

Pueden servirnos algunos consejos concretos de San Josemaría, quien nos hace considerar que siempre hemos de tener en la mente esa disposición de servicio: «Recuerda con constancia que tú colaboras en la formación espiritual y humana de los que te rodean, y de todas las almas —hasta ahí llega la bendita Comunión de los Santos—, en cualquier momento: cuando trabajas y cuando descansas; cuando se te ve alegre o preocupado; cuando en tu tarea o en medio de la calle haces tu oración de hijo de Dios, y trasciende al exterior la paz de tu alma; cuando se nota que has sufrido —que has llorado—, y sonríes» (Forja, n. 846).

Y concretando más aún, recomendaba: «Moderad vuestro genio y no decidáis cuando estáis cansados o de mal humor. Si habéis sufrido, no queráis hacer sufrir a los demás, porque bastante nos mortificamos unos a otros sin pretenderlo» (Carta 7-X-1950, n.38. Citado en: Andrés Vázquez de Prada, III, n.51).

El último versículo de este pasaje nos da el secreto para vivir el amor al prójimo: la caridad con los demás solo es verdadera si la vivimos como fruto del amor a Dios, de la lucha por ser santos como Él: sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

En estas palabras  se resume todo el capítulo quinto del Evangelio de Mateo. La clave para vivir la Ley de modo pleno es ser perfectos como nuestro Padre del cielo. En eso consiste la santidad, como enseña el Concilio Vaticano II (LG 40): «Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad favorece, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano».

Esta sentencia del Evangelio está en la raíz del punto 291 de Camino, que contiene el núcleo de la predicación de San Josemaría: «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto».

Pidamos a la Santísima Virgen, espejo de justicia ―de santidad― que nos alcance la gracia del Señor para perdonar a quienes nos ofendan. Pero, sobre todo, a gastar nuestra vida ―como Ella― sirviendo a los demás. Y a descubrir que el secreto para lograrlo está en buscar la santidad. En seguir el consejo de su hijo: sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.