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viernes, junio 17, 2011

Santísima Trinidad

Desde el lunes pasado hemos recomenzado el tiempo ordinario. Ya pasaron los cincuenta días de la Pascua y nos disponemos a celebrar, con la cadencia de la vida de trabajo cotidiano, el misterio de la Redención que Cristo hizo de nuestro tiempo terrenal. 


Cada año, el regreso al período ordinario está marcado por grandes solemnidades, que nos ayudan a poner los ojos en los misterios centrales de nuestra fe. Y el primero de ellos es el de la Santísima Trinidad (Cf. Compendio, n. 44).
No es fácil entender este misterio, a pesar de que Dios mismo dejó “huellas de su ser trinitario en la Creación y en el Antiguo Testamento” (Cf. Id., n. 45). El propio Catecismo dice que, si Cristo no lo hubiera revelado, no lo hubiéramos alcanzado. ¡Gracias a Dios, que se encarnó y nos envió su Espíritu! Si no, estaríamos como la famosa anécdota de San Agustín, tratando de llenar el huequito de nuestra mente con la inmensidad del mar divino.
Imagino que algún lector más crítico –no en mal plan- habrá pensado en esas huellas veterotestamentarias del párrafo anterior: ¿cuáles, cuáles huellas? La liturgia presenta algunas de ellas: por ejemplo, en el capítulo octavo de los Proverbios se habla de la Sabiduría, que existía antes de la creación junto al Padre: El Señor me estableció al principio de sus tareas al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remotísimo fui formada, antes de comenzar la tierra.  
También lo vemos en la primera lectura de hoy, tomada del libro del Éxodo (34,6). El contexto es cuando Dios entrega a Moisés las tablas de la ley, después de que éste destruyó el becerro de oro con el que los judíos le habían ofendido. El Señor restablece la Alianza al bajar en una nube y se autodefine diciendo: Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso. Revela de este modo el corazón maternal de Dios en el Antiguo Testamento. 


Como explica Benedicto XVI, “la "clemencia" es la gracia divina que envuelve y transfigura al fiel, mientras que la "misericordia" en el original hebreo se expresa con un término característico que remite a las "vísceras" maternas del Señor, más misericordiosas aún que las de una madre (cf. Is 49,15)”.
Esas son algunas de las huellas de la Trinidad en el Antiguo Testamento (también algunos lo ven en la visita de los tres ángeles a Abraham, que representa el famoso ícono de Rublev). Pero ni con la sola razón ni siquiera con las huellas del AT hubiera sido posible acceder a la intimidad del ser de Dios como Trinidad.  Nos pasaría como al Islam, que varios siglos después de Cristo creyó que se trataba de tres dioses: el Padre, Jesús y María.
En la liturgia de hoy vemos algunas manifestaciones de la revelación del Nuevo Testamento: la primera lectura (2 Co 13,11 ss), una epístola en la que San Pablo defiende su apostolado de los corintios que le critican, concluye con una bendición triádica que es al mismo tiempo una petición: La gracia del Señor Jesucristo y el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros. 


San Pablo pide, con estas palabras, que en la Iglesia haya una comunión que sea reflejo de la unión divina y que se manifieste en gracia, amor y comunión (Murphy-O’Connor): “El amor que fluye de Dios se manifiesta en la gracia llena de fuerza que da Cristo y que crea la comunión del Espíritu Santo”.
La otra manifestación neotestamentaria es el Evangelio de Juan (3,16-18): En el diálogo de Jesús con Nicodemo, el Señor resume su misión de manifestar el amor de Dios a la humanidad en el extremo de morir en la cruz: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es juzgado: pero quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios.
Cuando uno ama a alguien, le da lo mejor que tiene, lo que duele dejar. Pero precisamente por eso lo da, porque ama y sabe que la persona amada valorará ese don. Es lo que hace el Padre: nos envía a su Hijo. ¡Si ese es el regalo, cuánto será el amor que nos tiene! Pero no solamente lo da, sino que lo “entrega”. 
Así como Abraham estuvo dispuesto a entregar a su hijo Isaac a la muerte por obedecer a Dios, del mismo modo el Padre entrega al Hijo unigénito a la muerte en la cruz, para que el mundo tenga vida eterna, para que se salve por él. El amor de Dios es la única explicación de la muerte de Cristo en la cruz. Por eso, san Juan resume su predicación en tres palabras: Dios es amor. 
Esta es la clave de la revelación de Dios: no simplemente que en el ser de Dios hay tres Personas, sino que esa relación trinitaria es amor. Que Dios nos ama y quiere que le amemos y que reflejemos ese amor en nuestras relaciones diarias.
En la oración colecta de la Misa pedimos: “Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los humanos tu admirable misterio; concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa”. 
La Iglesia nos invita a valorar el don que recibimos y a comprometernos en una respuesta: Dios es amor, nos ha enviado a su Hijo y a su Espíritu para que conociéramos la verdad de su vida y pudiéramos participar en esa intimidad con Él. La participación incluye tres verbos: profesar la fe, conocer la gloria, adorar la unidad.
- Profesar la fe verdadera, vida de fe. No se trata de repetir un credo de forma mecánica, sino de hacerlo vida. Podemos preguntarnos si nos conmovemos cada domingo al recitar el símbolo de la fe, si nos sentimos involucrados, comprometidos en hacer vida nuestra la vocación al amor que nos trajo Jesucristo.  


El Catecismo (n. 2732) concreta ese compromiso de fe en la vida de oración: “La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Se empieza a orar y se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes”.
El Papa da otros ejemplos: “creer constituye la orientación fundamental de nuestra vida. Creer, decir: «Sí, creo que tú eres Dios, creo que en el Hijo encarnado estás presente entre nosotros», orienta mi vida, me impulsa a adherirme a Dios, a unirme a Dios y a encontrar así el lugar donde vivir, y el modo como debo vivir. Y creer no es sólo una forma de pensamiento, una idea; es una acción, una forma de vivir. Creer quiere decir seguir la senda señalada por la palabra de Dios” (Homilía, 15-VIII-2006).
- Conocer la gloria de la eterna Trinidad. En la Escritura, el verbo “conocer” significa mucho más que adquirir información intelectual: implica establecer una comunión íntima. Eso le pedimos al Señor: que seamos suyos, que le amemos y nos dejemos amar por Él. En eso consiste la vida interior y la santidad: en la participación en la intimidad divina.
Participar en el amor que Dios es. El Papa lo explicaba en un día como hoy: “el Dios de la Biblia no es una especie de mónada encerrada en sí misma y satisfecha de su propia autosuficiencia, sino que es vida que quiere comunicarse, es apertura, relación.


Palabras como "misericordioso", "compasivo", "rico en clemencia", nos hablan de una relación, en particular de un Ser vital que se ofrece, que quiere colmar toda laguna, toda falta, que quiere dar y perdonar, que desea entablar un vínculo firme y duradero (Homilía 18-V-2008)”.
- Adorar su unidad todopoderosa. “Jesús nos manifestó el rostro de Dios, uno en esencia y trino en personas: Dios es amor, Amor Padre, Amor Hijo y Amor Espíritu Santo” (Ib.). El Papa le explicaba con toda sencillez a una niña que se preparaba para la Primera comunión en qué consiste adorar a Dios: “es reconocer que Jesús es mi Señor, que Jesús me señala el camino que debo tomar, me hace comprender que sólo vivo bien si conozco el camino indicado por Él, sólo si sigo el camino que Él me señala. 
Así pues, adorar es decir: "Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo". También podría decir que la adoración es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo:" Yo soy tuyo y te pido que Tú también estés siempre conmigo"”.
Acudimos a la Virgen Santísima para que sea Ella nuestro modelo de amor a Dios y para que interceda ante la Trinidad Santísima –su Padre, su Esposo, su Hijo- para que también nosotros profesemos la fe verdadera, conozcamos la gloria de la eterna Trinidad y adoremos su unidad todopoderosa.

viernes, mayo 16, 2008

Santísima Trinidad



El domingo siguiente a Pentecostés, la liturgia celebra el misterio de la Santísima Trinidad. 


El Prefacio de la Misa, dirigido al Padre, intenta explicar un poco más ese dogma central de la fe cristiana: “con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor; no una sola Persona, sino tres Personas en una sola naturaleza. Y lo que creemos de tu gloria, porque tú lo revelaste, lo afirmamos también de tu Hijo, y también del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De modo que, al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna divinidad, adoramos tres Personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad”.

En el Antiguo Testamento, ante el politeísmo rampante en el contorno hebreo, la Revelación insiste en la unicidad de Dios, que es como un padre –es más, como una madre- que perdona. La lectura del Éxodo muestra la iniciativa divina para establecer una alianza entre Dios y su pueblo. En repetidas ocasiones, los israelitas infringen ese pacto y Dios perdona y lo reestablece. 


El capítulo 34 es un ejemplo del esquema de perdón y restauración de la Alianza. Moisés sube de madrugada a la montaña, llevando en la mano las dos tablas de piedra. El Señor baja en la nube y se queda allí con él. Entonces Moisés pronuncia el nombre del Señor. Y Yahveh pasa ante él proclamando: Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Moisés se inclina inmediatamente y se echa por tierra. Como dice Carghan, la elaboración de las tablas nuevas simboliza una alianza nueva. Y la palabra cultual sobre el perdón divino, que deriva del término hebreo “seno”, muestra la compasión materna de Dios con los hijos de sus entrañas. 

Con la alegría de esa alianza restaurada, la liturgia proclama el canto de los tres jóvenes (Daniel 3) en alabanza al Dios Uno y Trino: Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, a ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito tu nombre santo y glorioso.

La Revelación del Nuevo Testamento profundiza y enseña que ese Dios único es, además, familia: lo expresa muy claramente el apóstol Pablo en la despedida de su segunda carta a los corintios (13,11-13): La gracia del Señor Jesucristo y el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros


Se trata de un testimonio tan claro que la liturgia lo utiliza como una de las maneras para comenzar la Santa Misa. Tomás de Aquino lo comenta así: «La gracia de Cristo, por la que somos justificados y salvados; el amor de Dios Padre, por el que somos unidos a Él; y la comunión del Espíritu Santo, que nos distribuye los dones divinos». 

En esa misma línea se presenta la oración colecta de la Misa de la Solemnidad: Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los humanos tu admirable misterio; concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa.
 
Gracia, amor y comunión. Unidad y fraternidad. Contemplar el Misterio de Dios nos hace reflexionar sobre nuestra responsabilidad como miembros de su familia. Si fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, tenemos que dar testimonio de ese amor divino, como enseña el Evangelio de este día (Jn 3, 16-18): Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es juzgado: pero quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios. 

La Biblia de Navarra comenta que estas palabras sintetizan cómo la muerte de Jesucristo es la manifestación suprema del amor de Dios por nosotros los hombres. Tanto para los inmediatos destinatarios del evangelio, como para el lector actual, constituyen una llamada apremiante a corresponder al amor de Dios: que «nos acordemos del amor con que [el Señor] nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios (...): que amor saca amor. (...) Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar» (S. Teresa de Jesús, Vida, 22,14).

Terminamos con un consejo de San Josemaría: "Aprende a alabar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una especial devoción a la Santísima Trinidad: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo; amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Creo, espero y amo a la Trinidad Beatísima.Hace falta esta devoción como un ejercicio sobrenatural del alma, que se traduce en actos del corazón, aunque no siempre se vierta en palabras" (Forja, 296).

Por último, un resumen teológico del Santo Padre: "Jesús nos ha revelado el misterio de Dios. Él, el Hijo nos ha hecho conocer al Padre que está en los cielos y nos ha dado al Espíritu Santo, el amor del Padre y del Hijo. La teología cristiana sintetiza la verdad sobre Dios con esta expresión: una sustancia única en tres personas. Dios no es soledad, sino comunión perfecta. Por eso la persona humana, imagen de Dios, se realiza en el amor que es la entrega sincera de sí". Ángelus, 22.05.05