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sábado, diciembre 05, 2015

Rogad al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies

I. El profeta Isaías es el protagonista de los primeros días del Adviento. Hemos considerado esta semana, en primer lugar, el capítulo 11, cuando anuncia sus “Promesas de paz” ante la destrucción causada por la invasión asiria. La primera profecía consiste en que brotará un “nezer”, un renuevo (vivo) del tronco (seco) de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor.

Más adelante, en el capítulo 25, hemos considerado el banquete del Señor, que la liturgia relaciona claramente con el salmo 22 (Habitaré en la casa del Señor por años sin término) y con la multiplicación de los panes (Mt 15), mostrando así que la profecía se cumplió con el nacimiento de Jesús en la “casa del pan” que es Belén.

También hemos meditado sobre el cántico de acción de gracias que Isaías transcribe en el capítulo 26: Que entre un pueblo justo, que observa la lealtad. El evangelio de Mateo (7,27) anuncia en qué consiste esa lealtad exigida para entrar en la ciudad de Dios, en el reino de los cielos: El que cumple la voluntad del Padre.

En ese recorrido “a vuela pluma” por la extensa obra del profeta del adviento, hemos visto en el capítulo 29 sus promesas escatológicas: “muy pronto el Líbano se convertirá en vergel y el vergel parecerá un bosque. Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Igual que en los casos anteriores, la liturgia muestra su realización en Jesucristo, con la curación de los dos ciegos que creyeron en Él (Mt 9).

De esa manera llegamos hoy al capítulo 30 del profeta Isaías. Ante la insensatez política de Judá, el Señor promete la renovación del universo y una nueva creación: Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, se apiadará de ti al oír tu gemido. Estamos a punto de comenzar el año de la misericordia, y vemos aquí una manifestación de ese amor paternal de Dios por sus criaturas: apenas te oiga, te responderá.

Nos habla de la importancia de no rumiar nuestras quejas, de no quedarnos a solas con nuestros sufrimientos y tentaciones. Dios, Padre misericordioso, está siempre atento a nuestros gemidos. Es más, el Espíritu Santo suscita desde nuestro interior esas lamentaciones que quizá nos resistimos a expresar en voz alta. O que sí exteriorizamos por nuestra cuenta, pero sin querer dirigirlas al Señor.

II. Ya nos hemos dado cuenta de que la liturgia suele poner en diálogo la primera lectura con el Evangelio. Esto lo hace los domingos del tiempo ordinario, pero en el Adviento ocurre cada día. Veamos entonces qué pasaje ha escogido la Iglesia para ilustrar la enseñanza del profeta sobre la piedad del Señor ante sus hijos.

Se trata del Evangelio de Mateo, al final del capítulo noveno: Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Estamos preparándonos para la celebración de la Navidad y vemos por qué razón Dios quiso hacerse hombre: para recorrer nuestras sendas, para evangelizar y para curar…

Aquí vemos esbozadas tres dimensiones de la misericordia divina, que tendremos ocasión de considerar con profundidad a lo largo del próximo año: Tú, Señor, quieres acompañarnos en el camino, como hiciste con los discípulos de Emaús, para enseñarnos la clave de nuestra existencia, el camino de la felicidad eterna, y para curar nuestras enfermedades: la ignorancia de la inteligencia, el descamino de la voluntad, la inclinación desordenada de nuestra concupiscencia. 

Por ese deseo divino de curarnos, el santo Padre Francisco ha indicado en la Bula “Misericordiae vultus” que durante el próximo año el sacramento de la reconciliación ha de estar en el centro de todas las celebraciones: «Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior» (n.17).

Pero sigamos considerando cómo ejemplifica Mateo esas tres dimensiones de la misericordia de Jesús: Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». La compasión es una de las características que denominan a Dios en el Antiguo Testamento, es el nombre que Dios revela a Moisés: Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad (Ex 34,6). Jesús observa a su pueblo en desorden, disperso, desanimado. ¿Cómo hubiéramos reaccionado nosotros ante semejante panorama? Quizás con desespero y enojo, muy probablemente notorios, pero al menos desde luego difíciles de controlar por dentro.

Jesús en cambio se compadeció. Como al padre del hijo pródigo, se le conmovieron las entrañas. El diccionario tiene un sinónimo interesante para la misericordia: conmiseración. Que viene a ser algo así como hacerse cargo de la pasión, del dolor, de la miseria ajena. Pero no basta con un sentimiento interior. La verdadera compasión incluye obrar, salir al encuentro de las necesidades del otro, como intentaremos hacer el próximo año renovando el esfuerzo por vivir las obras de misericordia espirituales y corporales.

¿Cómo manifiesta Jesús su conmiseración ante el pueblo extenuado? ¿Cuál es su estrategia para superar ese abandono? ¿Cómo ejerce su pastoreo divino? –Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Para nuestra sociedad pragmática y activista, la indicación del Señor es un escándalo. ¡El gran consejo es que recemos! La compasión divina es enseñarnos a pedir… Pero de hecho fue lo que el Maestro ilustró con su propia vida: antes de los grandes momentos, de los milagros más elocuentes, del drama de la pasión y muerte, Jesús oraba. Tanto, que sus discípulos se sintieron movidos a pedirle que les enseñara a rezar, como hacía Juan Bautista para preparar su llegada. Gracias a esa petición nos llegó el Padrenuestro, que compendia todas las facetas de la oración cristiana.

Estamos en el sexto día de la novena a la Inmaculada, y hoy ha aparecido en la página web del Opus Dei la carta pastoral del Prelado sobre el Año de la misericordia. En uno de sus apartes, Mons. Echevarría recuerda un pasaje de los últimos años de san Josemaría, cuando sintió que el Señor le daba una clave para su oración en ese tiempo difícil para la Iglesia en el mundo: «Voy a deciros algo que Dios nuestro Señor quiere que sepáis. Los hijos de Dios en el Opus Dei adeámus cum fidúcia —hemos de ir con mucha fe— ad thronum glóriæ, al trono de la gloria, la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, a la que tantas veces invocamos como Sedes Sapiéntiæ, ut misericórdiam consequámur, para alcanzar misericordia» (San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 9-IX-1971, cit. en Carta pastoral, 5-XII-2015, n.8).

La Virgen aparece en el Adviento  como el conducto más apropiado para dirigir nuestra oración al Señor. Ella es modelo de persona orante: Así recibió la embajada, así permaneció al pie de la Cruz, y en Pentecostés, y hasta la Asunción al cielo, donde permanece intercediendo por sus hijos. Por esa razón, uno de los objetivos de la Novena a la Inmaculada es poner mayor diligencia en la oración con amor filial a la Santísima Virgen, madre de Dios y de la Iglesia, y Madre nuestra, porque Ella es el atajo para que el Señor escuche más prontamente nuestras peticiones; el camino expedito para alcanzar la misericordia divina: «Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia» (San Josemaría, ECP, n.174).

III. De esta manera reunimos una vez más el anuncio del profeta con el Evangelio del día. Isaías auguraba que el Señor se apiadará de ti al oír tu gemido. Y Jesús nos confirma en que debemos, ante la escasez de operarios, rogar al Señor de la mies.

Jesucristo nos enseña a rezar, nos garantiza la eficacia de la petición, y la Virgen nos ayuda a hacerlo, con su intercesión y su ejemplo. Pero ¿cuál es la intención que Jesús quiere que pidamos, para que las ovejas puedan andar como si tuvieran pastor, para que no estén extenuadas y abandonadas? -Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

En el diagnóstico está el inicio del tratamiento. El problema de siempre en la humanidad es que, por causa del pecado, muchas veces nos desentendemos del verdadero trabajo, de ayudar a nuestros hermanos los hombres a escuchar la voz del Buen Pastor, yendo nosotros por delante. Aprovechemos este rato de oración, reunidos bajo el manto de María, para pedirle a nuestra Madre que nos ayude a orar como hacía Ella, dispuestos a escuchar la Palabra de Dios y a ponerla en práctica. Jesús indica que el problema no es de escasez de medios: La mies es mucha. El problema es que los trabajadores son pocos.

Y podríamos añadir que, además, los que estamos en el campo trabajamos mal: «Cuando pensamos, hijos míos, en las hambres de verdad que hay en el mundo; en la nobleza de tantos corazones que no tienen luz; en la flaqueza mía y en la vuestra, y en la de tantos que tenemos motivos para estar deslumbrados por la luz del Señor; cuando sentimos la necesidad de sembrar la Buena Nueva de Cristo, para que se pueda hacer esa siega de vida, esa siega de flor, nos acordamos –y es cosa que hemos meditado muchas veces– de aquel andar de Cristo hambriento por los caminos de Palestina» (San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 26-III-1964, cit. por Echevarría J., Carta pastoral 1-VII-2009).

Señor: ayúdanos a despertar, en estos días previos a la fiesta de tu Madre, las ansias de trabajar en tu viña. Muéstranos cómo aprovechar mejor la jornada para dar más frutos. Ayúdanos a descubrir las ansias de tu corazón: rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

Benedicto XVI explicaba que esta petición «quiere decir también que no podemos "producir" vocaciones, sino que deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del Corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por esa intención, sacudir su Corazón, diciéndole: "Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que éste es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo"» (Discurso, 14-IX-2006).


Así podríamos concluir nuestra oración, considerando también que la misericordia divina se concreta, en este pasaje evangélico, enviándoles operarios. Sin embargo, Dios quiere que seamos parte integrante de su misión, involucrándonos en la oración por esa intención prioritaria. Padre misericordioso: te pedimos, obedeciendo a tu Hijo, y por intercesión de la Virgen, que envíes trabajadores a tu mies. 

sábado, junio 14, 2008

Doce Apóstoles, columnas de la Iglesia

Explica I. de la Potterie (María nel mistero dell’Alleanza) que «la idea fundamental de toda la Biblia es que Dios quiere establecer una Alianza con los hombres (…) Según la fórmula clásica, Dios dice a Israel: “Vosotros seréis mi pueblo y Yo seré vuestro Dios”. Esta fórmula expresa la pertenencia recíproca del pueblo a Dios y de Dios a su pueblo».
 
Las lecturas del ciclo A para el XI Domingo formulan esa misma idea: En primer lugar, en el Éxodo (19, 2-6a) se presentan las palabras del Señor a Moisés: «si me obedecéis fielmente y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos, porque toda la tierra es mía; seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa». Y el Salmo 99 responde: «El Señor es nuestro Dios, y nosotros su pueblo. Reconozcamos que el Señor es Dios, que él fue quién nos hizo y somos suyos, que somos su pueblo y su rebaño». 

El Evangelio de Mateo (9, 36-38; 10, 1-8) complementa ese cuadro del Antiguo Testamento, con la elección de los doce apóstoles: «Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Entonces les dijo a sus discípulos: —La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó. A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones: —No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente».
¿Por qué ese número? El Papa actual lo ha explicado en varias ocasiones: «El Señor instituyó doce Apóstoles, como eran doce los hijos de Jacob, señalándolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos». 

En Pentecostés, señala que hay 120 discípulos: «A este «nuevo Israel» alude claramente el número total de las personas, que era de «unos ciento veinte», múltiplo del «doce» del Colegio apostólico. El grupo constituye una auténtica qahal, una «asamblea» según el modelo de la primera Alianza, la comunidad convocada para escuchar la voz del Señor y seguir sus caminos». Por último, en el Apocalipsis aparecen «los doce cimientos de la ciudad, sobre los cuales están los nombres de los doce Apóstoles. Los cimientos de la ciudad no son piedras materiales, sino seres humanos: son los Apóstoles con el testimonio de su fe. Los Apóstoles siguen siendo los cimientos de la nueva ciudad, de la Iglesia, mediante el ministerio de la sucesión apostólica: mediante los obispos».

El Compendio del Catecismo de la Iglesia explica la actualidad de esta doctrina, en el capítulo sobre la Iglesia, entendida como el nuevo Israel construido sobre el fundamento de los doce apóstoles: «Con el término «Iglesia» se designa al pueblo que Dios convoca y reúne desde todos los confines de la tierra, para constituir la asamblea de todos aquellos que, por la fe y el Bautismo, han sido hechos hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo» (n. 147). 

Allí se explica el papel de los Obispos, como veíamos antes que ha señalado el Papa. Pero además se enumeran las funciones de los laicos en su papel de construir también ellos la Iglesia de hoy: «Los fieles laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados» (n. 188).

Y las tres funciones de los laicos son del mismo tenor que las de los miembros de la jerarquía, aunque cada uno a su modo: todos tenemos que participar en la misión sacerdotal, profética y regia de Cristo: «Los laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual «agradable a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera, también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo mismo» (n. 189). 

También participan los laicos «en la misión profética de Cristo cuando acogen cada vez mejor en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, mediante la evangelización y la catequesis. Este apostolado «adquiere una eficacia particular porque se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (Lumen Gentium 35)» (n. 190).

Por último, «los laicos participan en la misión regia de Cristo porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos ejercen diversos ministerios al servicio de la comunidad, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad» (n. 191).