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sábado, septiembre 07, 2013

Exigencias a los discípulos

Después de la parábola sobre los primeros lugares, San Lucas nos presenta de nuevo a Jesús rodeado de una multitud (Lc 14,25-33): Iba con él mucha gente, y se volvió hacia ellos y les dijo: —Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.

Suena muy dura esta exigencia del Señor, que es el mismo que nos pide el mandamiento del amor y el cuarto precepto del decálogo. En realidad, se trata de una característica de la lengua semítica, que contrapone amor y odio, pero no como los entendemos nosotros: amar y odiar significan preferir y, sobre todo, elegir. Por ejemplo, en el libro de Malaquías (1,2-3) se lee que el Señor amó a Jacob y odió a Esaú. En el caso de la predicación de Jesús, explica Gnilka, la dura palabra («aborrecer» u «odiar») no significa desligarse de sus padres, sino subordinarlos, posponerlos delante del Señor. En caso de que hubiera conflicto, y solo en ese caso, el que ha sido llamado tiene que preferir el seguimiento de Jesús. Ese seguimiento es lo más importante.

Por otra parte, el mismo Jesús nos dio ejemplo de entrega total a su misión, ya desde temprana edad. Podemos recordar su pérdida en el templo a los doce años, cuando respondió a María y a José: —¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? Más tarde, hacia los treinta años, dejó la aldea nazarena, llena de recuerdos de infancia, y se trasladó a Cafarnaúm, para desempeñar su apostolado con mayor eficacia.

Como para que no queden dudas, el Señor radicaliza su exigencia: hasta su propia vida. Jesucristo no es un rabino más, con un grupo de seguidores que se apuntaban a sus lecciones. El Maestro se adelanta, escoge Él mismo a sus discípulos, les da una vocación que implica un compromiso total: « Ningún hombre de la antigüedad clásica o judía se atrevió nunca a pedir a quien le siguiera lo que exigió el Señor. Jesús demanda a sus seguidores una amplísima renuncia que, en algunos casos, detalla con minuciosidad: casa, hermanos, hermanas, padre, madre, esposa, hijos, campos» (Varo F., en: Romana, XII-1999).

Odiar la propia vida. Otra exigencia que puede sonar más rara aún en nuestros tiempos. Los autores espirituales entienden que se trata de odiar los reclamos del pecado, de la vida soberbia y sensual. Como dice P. Rodríguez, «Lo “aborrecido” no es, pues, el hombre, criatura de Dios, sino el hombre viejo, que está ahí y persiste, con su “voz insinuante” (Cf. Camino, n.707), en llevarnos a la perdición y apartarnos del amor de Dios. El sujeto de ese “aborrecer” es el hombre cristiano, la mujer cristiana, conscientes de su filiación divina, que es el don gratuito e inmerecido de la Trinidad al hombre (…). Es, en efecto, el discernimiento que lleva consigo el “santo aborrecimiento” el que nos hace entender la necesidad que el hombre cristiano tiene de vivir seriamente el espíritu de penitencia y mortificación» (Edición crítica de Camino, n.207). En esa perspectiva se entiende también el ayuno, como oración del cuerpo pidiendo a Dios los bienes más arduos.

Renunciar a todo, hasta a la propia vida. En eso consiste la vocación cristiana. Tertuliano señala que, de hecho, «los Apóstoles lo dejaron todo: Santiago y Juan abandonaron al padre y la barca, Mateo se levantó del telonio y por la fe no hubo tiempo de enterrar a un padre». El Catecismo explica que «Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales» (n. 1618).

Se nos puede venir a la cabeza que, en nuestro tiempo, ya no hace falta tomar esas decisiones radicales. Que se trata de la época de los comienzos, de las persecuciones que llevaban hasta el martirio. Pero no es eso lo que enseñaron los Padres de la Iglesia a lo largo de los tiempos. Simeón, «el nuevo teólogo», decía en los siglos X-XI: «Ahora que no hay persecuciones, la cruz y la muerte son la mortificación total de la propia voluntad». Y Cirilo alejandrino enseñaba: «Los enemigos son la mente carnal, la ley que rige en nuestros miembros, pasiones de todo tipo, la lujuria del placer, de la carne, por las riquezas y otros». 

Mortificación, sacrificio, conversión. Podemos hacer examen para mirar qué tanto hemos dejado por Jesús y qué estamos dispuestos a renunciar por amor a Él. Benedicto XVI contaba su propia experiencia: Al recordar mi juventud, veo que, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. El hombre está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: «nuestro corazón está inquieto, hasta que descansa en Ti». El deseo de la vida más grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su «huella». Dios es vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz.

Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo. Es una de las exigencias más reiterativas del Evangelio. Si Cristo cargó con la cruz para ofrecer el verdadero sacrificio como nuevo Sumo Sacerdote, quiere asociarnos a su entrega, a su relación con el Padre en servicio de todas las almas. Y eso solo se logra uniéndonos a su muerte, cargando con nuestra cruz.

Sin embargo, Jesús nos manifiesta su amor precisamente asociándonos a su sacrificio, como celebramos el 14 de septiembre, al festejar la Exaltación de la Santa Cruz. Gnilka interpreta que esta enseñanza del Señor, «aunque supone la prontitud para el martirio, no debe limitarse a él. Incluye también la hostilidad, el menosprecio, la estrechez, el sufrimiento que vienen sobre los discípulos cuando están siguiendo a Jesús». En ese contexto, Benedicto XVI invitaba a los jóvenes: Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el «sí» de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos.

El Señor ilustra su enseñanza con dos parábolas: Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla? No sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, y digan: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar». ¿O qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz.

Las parábolas del edificio y de la guerra hablan de la necesidad de hacer presupuestos, de prever antes de lanzarse a una empresa. En este caso, estamos hablando del combate y el edificio de la santidad. Y el presupuesto también exige fe. Saber que el Señor cuenta con nuestra lucha y que nosotros contamos con su gracia: Quia hic homo coepit aedificare et non potuit consummare! ¡Comenzó a edificar y no pudo terminar! Triste comentario, que, si no quieres, no se hará de ti: porque tienes todos los medios para coronar el edificio de tu santificación: la gracia de Dios y tu voluntad (San Josemaría, Camino, n.324).

El seguimiento de Jesús exige, en conclusión, dejarlo todo. También los bienes materiales: Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo. Es una lógica distinta a la que nos plantea el mundo en el que nos movemos, que nos valora de acuerdo con la cantidad que tenemos en los bancos. Por esa razón la liturgia relaciona estas enseñanzas de Jesús con el libro de la Sabiduría (9,13-18): ¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? Los pensamientos de los mortales son mezquinos, y nuestros razonamientos son falibles. Te pedimos, Señor, esa sabiduría que es necesaria para conocer tus designios, a pesar de lo que diga nuestra soberbia, nuestra concupiscencia, o el ambiente en el que nos movemos.

El máximo bien que tenemos en la juventud, enseñaba Juan Pablo II, es nuestro propio futuro: toda una vida por delante. ¡Cuánto se puede hacer con ella! Un modo muy concreto de tomar la cruz, es renunciar a los bienes materiales, menospreciar las cosas de aquí abajo. Pero, sobre todo, despreciar la propia vida, tomar la cruz del Señor cada día.

Terminemos con unas palabras del papa Francisco, que nos transmite la inquietud divina: A veces Jesús nos llama, nos invita a seguirlo, pero a lo mejor resulta que no nos damos cuenta de que es Él, así como le sucedió al joven Samuel. Hay muchos jóvenes hoy aquí en la plaza… Déjenme preguntarles esto: ¿Han escuchado a veces la voz del Señor, que a través de un deseo, una inquietud, los invitaba a seguirlos más de cerca? ¿Lo han escuchado? ¿Han tenido algún deseo de ser apóstoles de Jesús? La juventud hay que ponerla en juego en pos de nobles ideales. ¿Piensan en esto? ¿Están de acuerdo? Pregúntale a Jesús lo que quiere de ti ¡y sé valiente! ¡Pregúntale! Por eso Jesús dijo: Rueguen, pues, al Dueño de la mies es decir, Dios Padre, que envíe obreros a su mies (Mt. 9,38). Las vocaciones nacen en la oración y de la oración; y solo en la oración pueden perseverar y dar fruto. E invoquemos la intercesión de María, que es la Mujer del «sí». Ella ha aprendido a reconocer la voz de Jesús, desde que lo llevaba en el vientre. Que María, nuestra Madre, ¡nos ayude a conocer cada vez mejor la voz de Jesús y a seguirla, para caminar  en el camino de la vida! Aunque suponga dejar por su Hijo ―como hizo Ella― familia, posesiones, planes de futuro, hasta la propia vida.

viernes, septiembre 03, 2010

Vocación. Exigencias a los discípulos


Después de la escena del banquete en la que el Señor exhorta a ocupar los últimos lugares, San Lucas (Lc 14,25-33) nos presenta de nuevo a Jesús rodeado de una multitud: “Iba con él mucha gente, y se volvió hacia ellos y les dijo: —Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo”.
Suena muy dura esta exigencia del Señor, que es el mismo que nos manda el cuarto mandamiento. Se trata de una característica de la lengua semítica, que contrapone amor y odio, pero no como los entendemos nosotros: amar y odiar significan preferir y, sobre todo, elegir. En Malaquías (1,2-3) se lee que el Señor “amó a Jacob y odió a Esaú”. En el caso de la predicación de Jesús, explica Gnilka, la dura palabra (“aborrecer” u “odiar”) no significa desligarse de sus padres, sino subordinarlos, posponerlos. En caso de que hubiera conflicto, y solo en ese caso, el que ha sido llamado tiene que preferir el seguimiento de Jesús. Ese seguimiento es lo más importante.
A pesar de esa explicación suavizante, no deja de ser radical la exigencia de Jesús: “hasta su propia vida”. Jesucristo no es un rabí más, con sus seguidores que se apuntaban a sus lecciones. El Señor se adelanta, escoge él mismo a sus discípulos, les da una vocación que implica un compromiso total. Varo (Romana, XII-1999) resalta el hecho que “ningún hombre de la antigüedad clásica o judía se atrevió nunca a pedir a quien le siguiera lo que exigió el Señor. Jesús demanda a sus seguidores una amplísima renuncia que, en algunos casos, detalla con minuciosidad: casa, hermanos, hermanas, padre, madre, esposa, hijos, campos”.
Por otra parte, el mismo Jesús nos dio ejemplo de entrega total a su misión, ya desde temprana edad: podemos recordar su pérdida en el templo a los doce años, cuando respondió a María y a José: “—¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?” Más tarde, hacia los treinta años, dejará la aldea nazarena, llena de recuerdos de infancia, y se trasladará a Cafarnaúm, donde podrá desempeñar su apostolado con mayor eficacia.
Renunciar a todo. Hasta a la propia vida. En eso consiste la vocación cristiana. Tertuliano señala que, de hecho, “los Apóstoles lo dejaron todo: Santiago y Juan abandonaron al padre y la barca, Mateo se levantó del telonio y por la fe no hubo tiempo de enterrar a un padre”. El Catecismo (n. 1618)  explica que “Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con El ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales”.
Se nos puede venir a la cabeza que, en nuestro tiempo, ya no hace falta tomar esas decisiones radicales. Que se trata de la época de los comienzos, de las persecuciones que llevaban hasta el martirio. Pero no es eso lo que enseñan los Padres de la Iglesia. Simeón, “el nuevo teólogo”, decía en los siglos X-XI: “Ahora que no hay persecuciones, la cruz y la muerte son la mortificación total de la propia voluntad. Y Cirilo alejandrino enseñaba: “los enemigos son la mente carnal, la ley que ruge en nuestros miembros, pasiones de todo tipo, la lujuria del placer, de la carne, por las riquezas y otros”. Por último, Basilio concluía que “quien quiera seguir verdaderamente a Dios debe romper las ataduras de las pasiones de la vida: esto se lleva a cabo mediante la completa separación y olvido de las antiguas costumbres”.
Mortificación, sacrificio, conversión. Podemos hacer examen para mirar qué tanto hemos dejado por Jesús y qué estamos dispuestos a renunciar por amor a Él. En su reciente mensaje para preparar la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa cuenta su propia experiencia: “Al recordar mi juventud, sé que, (...) sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza. Ciertamente, eso dependía también de nuestra situación. Durante la dictadura nacionalsocialista y en la guerra, estuvimos, por así decir, “encerrados” por el poder dominante. Por ello, queríamos salir al aire libre para entrar en la amplitud de las posibilidades del ser hombre. Pero creo que, en cierto sentido, este impulso de ir más allá de lo habitual está en cada generación. Desear algo más que la cotidianidad regular de un empleo seguro y sentir el anhelo de lo que es realmente grande forma parte del ser joven. ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti. El deseo de la vida más grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su “huella”. Dios es vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz.”
2. Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo. Es una de las exigencias más reiterativas del Evangelio. Si Cristo cargó con la cruz para ofrecer el verdadero sacrificio como nuevo Sumo Sacerdote, quiere asociarnos a su entrega, a su relación con el Padre en servicio de todas las almas. Y eso solo se logra uniéndonos a su muerte, cargando con nuestra cruz.
¡Qué difícil es predicar hoy día de estas exigencias! Me viene a la mente unas palabras de Mons. Echeverría (Eucaristía y vida cristiana): “¡Qué excelentes personas seríamos todos, si obrar como Cristo no costara sacrificio, si no implicara renunciar a uno mismo, a los propios proyectos, a muchas ilusiones grandes o pequeñas, a tantas ambiciones y consuelos! ¡Con qué prontitud nos dedicaríamos a presentar las buenas nuevas de Dios a los otros, si de este modo no se nos complicara la existencia y no tocáramos la amargura del desamor ajeno, ni la dureza del sufrimiento propio! ¡Cuánto recordaríamos a Dios en nuestra oración las necesidades de los demás, si tal postura no requiriera olvidarnos un poco o un mucho de las nuestras!”.
Sin embargo, Jesús nos manifiesta su amor precisamente asociándonos a su sacrificio en la Cruz, como celebraremos a mediados de este mes. Gnilka interpreta que esta enseñanza del Señor, “aunque supone la prontitud para el martirio, no debe limitarse a él. Incluye también la hostilidad, el menosprecio, la estrechez, el sufrimiento que vienen sobre los discípulos cuando están siguiendo a Jesús”.
En su mensaje de esta semana, el Papa nos dice: “Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos”.
En esa misma línea, San Josemaría (Es Cristo que pasa, n. 97) concretaba: “Aceptemos sin miedo la voluntad de Dios, formulemos sin vacilaciones el propósito de edificar toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe. Estemos seguros de que encontraremos lucha, sufrimiento y dolor, pero, si poseemos de verdad la fe, no nos consideraremos nunca desgraciados: también con penas e incluso con calumnias, seremos felices con una felicidad que nos impulsará a amar a los demás, para hacerles participar de nuestra alegría sobrenatural”.
3. El Señor ilustra su enseñanza con dos parábolas: “Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla? No sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, y digan: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar». ¿O qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz”.
Edificar, planear una guerra. Hacer presupuestos. Prever. Así es la vida interior: exige la decisión de dejar todo para seguir a Jesús: “Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo”. El máximo bien que tenemos en la juventud, enseñaba Juan Pablo II, es nuestro propio futuro: toda una vida por delante. ¡Cuánto se puede hacer con ella! Un modo muy concreto de tomar la cruz, es renunciar a los bienes materiales, menospreciar las cosas de aquí abajo. Pero, sobre todo, despreciar la propia vida, tomar la cruz del Señor cada día.
Así lo explica Benedicto XVI, con más recuerdos personales: “Existe un momento en la juventud en que cada uno se pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida, qué finalidad, qué rumbo debo darle? Es una fase fundamental que puede turbar el ánimo, a veces durante mucho tiempo. Se piensa cuál será nuestro trabajo, las relaciones sociales que hay que establecer, qué afectos hay que desarrollar… En este contexto, vuelvo a pensar en mi juventud. En cierto modo, muy pronto tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es de verdad la voluntad del Señor para mí? ¿Seré capaz de permanecerle fiel y estar totalmente a disposición de Él, a su servicio? Una decisión así también causa sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después tuve la certeza: ¡así está bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole, estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica”.
Terminemos con las últimas palabras del mensaje papal: “Que la Virgen María acompañe este camino de preparación. Ella, al anuncio del Ángel, acogió con fe la Palabra de Dios; con fe consintió que la obra de Dios se cumpliera en ella. Pronunciando su “fiat”, su “sí”, recibió el don de una caridad inmensa, que la impulsó a entregarse enteramente a Dios. Que Ella interceda por todos vosotros, para que en la próxima Jornada Mundial podáis crecer en la fe y en el amor”. Y para que nos decidamos a dejar por su Hijo –como hizo Ella, como hizo el Papa- familia, posesiones, planes de futuro, hasta la propia vida.