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domingo, marzo 30, 2014

Curación del hijo de un funcionario real

Después del diálogo con la samaritana, san Juan presenta en su Evangelio un milagro de curación: en este caso, se trata del hijo de un alto funcionario real de Cafarnaún (Jn 4,43-54): Dos días después marchó de allí hacia Galilea. Pues Jesús mismo había dado testimonio de que un profeta no es honrado en su propia tierra. Cuando vino a Galilea, le recibieron los galileos porque habían visto todo cuanto hizo en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Estamos apenas comenzando el “libro de los signos”, como se llama a la primera parte del cuarto Evangelio, y notamos el énfasis que pone el autor sagrado en la fe exigida para que se den los milagros. En Caná, después del milagro, sus discípulos creyeron en Él. Por el contrario, en este caso vemos que el orden es inverso: el funcionario cree antes de que ocurra el prodigio: Entonces vino de nuevo a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún, el cual, al oír que Jesús venía de Judea hacia Galilea, se le acercó para rogarle que bajase y curara a su hijo, porque estaba a punto de morir. Vale la pena anotar que en los relatos similares de los evangelios sinópticos ocurre lo contrario: el centurión cree después de ver el milagro. La conclusión es que lo importante no es el milagro en sí, sino la fe de los oyentes, su relación personal con Jesucristo.

La respuesta del Señor es aparentemente evasiva; es más, casi de rechazo: —Si no veis signos y prodigios, no creéis. Recuerda un poco al diálogo con la sirofenicia, porque el Señor parece que no quisiera obrar el milagro. Pero el buen hombre riposta con una petición exigente: —Señor, baja antes de que se muera mi hijo. Jesús entonces no se hace de rogar. Y le contestó: —Vete, tu hijo está vivo. Teniendo en cuenta los antecedentes del diálogo, sería lógico pedir alguna garantía, evitar que esas palabras significaran una despedida cortés. El funcionario, que no era judío, sino un centurión romano, creyó en la palabra que Jesús le dijo y se marchó.

Este episodio aparece en el tiempo de liturgia para llamarnos a crecer en la virtud de la fe. El compendio del Catecismo (n. 386) recuerda que «La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer, porque Él es la Verdad misma. Por la fe, el hombre se abandona libremente a Dios; por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios, ya que "la fe actúa por la caridad" (Ga 5,6)».

En esta definición vemos dos perspectivas, que podríamos llamar teórica y práctica. Ambas son importantes. En primer lugar, hace falta una fe doctrinal, creer en unos contenidos: en la revelación y las explicaciones del magisterio eclesial. Por otra parte, es necesaria una creencia vital, abandonarse en Dios pero con obras. No se trata de un simple nirvana teórico, sino de una fe con obras de caridad.

Respecto al primer aspecto, Benedicto XVI explicaba durante el año de la fe que «La fides qua exige la fides quae, el contenido de la fe, y el Bautismo expresa este contenido: la fórmula trinitaria es el elemento sustancial del credo de los cristianos (…). Por lo tanto, esto me parece muy importante: la fe tiene un contenido y no es suficiente, no es un elemento de unificación si no hay y no se vive y confiesa este contenido de la única fe. Por eso, «Año de la fe» y Año del Catecismo —para ser muy práctico— están inseparablemente unidos. Sólo renovaremos el Concilio renovando el contenido —condensado luego de nuevo— del Catecismo de la Iglesia católica. Y un gran problema de la Iglesia actual es la falta de conocimiento de la fe, es el «analfabetismo religioso», como dijeron los cardenales el viernes pasado refiriéndose a esta realidad. «Analfabetismo religioso»; y con este analfabetismo no podemos crecer, no puede crecer la unidad. Por eso, nosotros mismos debemos reapropiarnos de este contenido, como riqueza de la unidad y no como un paquete de dogmas y de mandamientos, sino como una realidad única que se revela en su profundidad y belleza. Debemos hacer todo lo posible para una renovación catequística, para que la fe sea conocida y para que así sea conocido Dios, para que así sea conocido Cristo, para que así sea conocida la verdad y para que crezca la unidad en la verdad».

Aquí se entiende que san Josemaría dijera que el mayor enemigo de Dios es la ignorancia. Por eso debemos estudiar la doctrina, enseñar los principios básicos del cristianismo. Promover círculos de estudio de esas verdades con los compañeros del trabajo, con los parientes, etc. Difundir lecturas con buena doctrina, pues las personas agradecen mucho que se les brinden luces –con humildad: estudiando juntos para buscar la verdad en diálogo, sin ínfulas de superioridad- para resolver tantos temas difíciles que hay en el ambiente y en la propia profesión.

Mientras bajaba, sus siervos le salieron al encuentro diciendo que su hijo estaba vivo. Les preguntó la hora en que empezó a mejorar. Le respondieron: —Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre. Entonces el padre cayó en la cuenta de que precisamente en aquella hora Jesús le había dicho: «Tu hijo está vivo». Y creyó él y toda su casa. Es una apreciación muy importante de los primeros cristianos: el encuentro con Jesús comienza personalmente, pero esa fe es contagiosa y termina por irradiar a todos los seres queridos.

Podemos ver en este final del pasaje evangélico la segunda vertiente de la fe. Y continuar con el análisis del papa alemán sobre esta virtud, que «es un acto profundamente personal: yo conozco a Cristo, me encuentro con Cristo y pongo mi confianza en él. Pensemos en la mujer que toca sus vestiduras con la esperanza de ser salvada (cf. Mt 9,20-21); confía totalmente en él y el Señor dice: «Tu fe te ha salvado» (Mt 9,22). También a los leprosos, al único que vuelve, dice: «Tu fe te ha salvado» (Lc 17,19). Así pues, la fe inicialmente es sobre todo un encuentro personal, un tocar las vestiduras de Cristo, un ser tocado por Cristo, estar en contacto con Cristo, confiar en el Señor, tener y encontrar el amor de Cristo y, en el amor de Cristo, también la llave de la verdad, de la universalidad».


Examinemos cómo es nuestra vida de fe. Qué tanto confiamos verdaderamente en el poder de Dios, que se sirve de nosotros como instrumentos, pero que es infinitamente superior a nuestras fuerzas. Miremos cómo empapa la visión sobrenatural el encuentro con la Cruz. Como predicaba san Josemaría a un párroco, cuando le aconsejaba: "El dolor: ¡aprovéchalo! Aprovecha la inocencia de los niños, el dolor de los enfermos, el candor de las viejitas, y sus suspiros ahogados en la oscuridad de la iglesia... Aprovéchalo todo. Y aprovecha las pequeñas contradicciones que nos asaltan, cuando somos mal entendidos, cuando parece que nos desprecian" (Notas de una tertulia con sacerdotes, 26-VII-1974, cit. por Ana Sastre, Tiempo de Caminar..., Rialp, Madrid 1989, p. 118). 

Terminemos acudiendo a nuestra Madre, María, que es maestra de fe. Pidámosle que nos lleve a profundizar cada vez más en la doctrina católica y a abandonarnos con confianza en el Señor, como el funcionario real, y como ella misma. Que respondamos siempre al Señor llenos de fe: Hágase en mí según tu palabra.