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lunes, abril 12, 2010

El sacerdote y la Eucaristía




(Jueves de la Octava de Pascua. Meditación a sacerdotes)

Lc 24,35-48: Y ellos se pusieron a contar lo que había pasado en el camino, y cómo le habían reconocido en la fracción de pan. Mientras ellos estaban hablando de estas cosas, Jesús se puso en medio y les dijo:    —La paz esté con vosotros. Se llenaron de espanto y de miedo, pensando que veían un espíritu. Y les dijo: — ¿Por qué os asustáis, y por qué admitís esos pensamientos en vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Palpadme y comprended que un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. Y dicho esto, les mostró las manos y los pies. Como no acababan de creer por la alegría y estaban llenos de admiración, les dijo: — ¿Tenéis aquí algo que comer? Entonces ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Y lo tomó y se lo comió delante de ellos.         

Después de la aparición a los discípulos de Emaús, Jesús mismo se aparece a los discípulos en el Cenáculo, les da fuerzas para la nueva misión que les asignará. Les garantiza que ha vencido a la muerte y que permanecerá con ellos. También permaneces con nosotros, Señor. Principalmente en el Cenáculo de nuestros Templos, donde celebramos a diario tu Eucaristía. Los de Emaús lo reconocen al partir el pan… Nosotros también necesitamos recibir tu paz, para la humanidad, para la Iglesia, para nuestras comunidades, para cada uno de  nosotros. Y ése es tu regalo pascual: la paz esté con vosotros. Todos los días te lo pedimos: no mires nuestros pecados, sino la fe…

Uno de los temas principales de Lucas es la “comensalidad”. Y aquí reaparece, después de la resurrección: “lo tomó y lo comió delante de ellos (‘en su mesa’, dicen algunos que es la mejor traducción). Y también insiste en la materialidad de su cuerpo glorioso, como anticipándose a los docetismos posteriores que negarían la Encarnación. Cristo vive, con su cuerpo en el Cielo y presente al mismo tiempo en el Sagrario.

El conocido escritor francés André Frossard, académico de Francia, hijo del fundador y primer secretario general del partido comunista francés, a los veinte años entró en una capilla de París porque allí dentro estaba un amigo suyo. Entró ateo y salió católico. Fue transformado por la Presencia de Jesús en la Eucaristía. Comenzó a recibir la catequesis para el bautismo y escribe cómo le sorprendió la doctrina sobre el sacramento del altar: "No es que me pareciese increíble; pero me maravillaba que la caridad divina hubiese encontrado ese medio inaudito de comunicarse y, sobre todo, que hubiese escogido para hacerlo el pan que es alimento del pobre y alimento preferido de los niños. De todos los dones esparcidos ante mí por el cristianismo, ése era el más hermoso".

En la pasada Misa crismal, el Papa explicaba la hermosura de esos signos litúrgicos tan a la mano: el agua, el óleo, el pan y el vino. Como sabemos, glosó especialmente los dos primeros, especialmente el segundo. Sus palabras me hicieron pensar, durante la vigilia pascual, en la graduación litúrgica –ascendente- de los signos: primero el fuego y la luz; después, el agua;  por último, el pan y el vino: El pan remite a la vida cotidiana. Es el don fundamental de la vida diaria. El vino evoca la fiesta, la exquisitez de la creación y, al mismo tiempo, con él se puede expresar de modo particular la alegría de los redimidos. Sin embargo, lo más interesante de estos dos signos no es lo que son en sí mismos, sino lo que pasan a ser, la realidad que empiezan a significar después de la consagración eucarística.

El año pasado, el Papa comentaba el sentido del “pan partido”: “partir el pan es un gesto de comunión, de unir mediante el compartir. Así, en el gesto mismo se alude ya a la naturaleza íntima de la Eucaristía: ésta es ágape, es amor hecho materia (…): Jesús se deja partir como pan vivo. En el pan distribuido reconocemos el misterio del grano de trigo que muere y así da fruto.”

Los apóstoles van comprendiendo que, en estas disposiciones finales de Jesús, se cumplen las Escrituras: Y les dijo: —Esto es lo que os decía cuando aún estaba con vosotros: es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras.

Por eso Jesucristo es el mejor modelo para nuestro sacerdocio: queremos aprender de ti, Señor, a ser pan vivo que se parte para la vida del mundo. Y no quedarnos en palabras bonitas, sino morir como el grano de trigo. Al obedecer a los superiores –desde un pequeño encargo hasta un cambio de destino-, cuando nos piden un favor a una hora un poco inoportuna, al compadecer a nuestros colegas –apostolado prioritario-, en el servicio a los necesitados (pobres, ancianos, enfermos), vemos ocasiones de vivir ese “amor cotidiano” materializado en pequeños sacrificios.

Pero también el vino tiene su significado, “sangre derramada”: “¿Podemos ahora hacernos al menos una idea de lo que ocurrió en la hora de la última Cena y que, desde entonces, se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía? Dios, el Dios vivo establece con nosotros una comunión de paz, más aún, Él crea una "consanguinidad" entre Él y nosotros. Por la encarnación de Jesús, por su sangre derramada, hemos sido injertados en una consanguinidad muy real con Jesús y, por tanto, con Dios mismo. (…) Pidamos al Señor que comprendamos cada vez más la grandeza de este misterio. Que Él despliegue su fuerza trasformadora en nuestro interior, de modo que lleguemos a ser realmente consanguíneos de Jesús, llenos de su paz y, así, también en comunión unos con otros”.

Consanguíneos con Cristo, transformados por Él. Testigos y seguidores de su sacrificio. Así termina el pasaje de San Lucas: “Y les dijo: —Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas”. En nuestras propias luchas interiores para responder con generosidad al Señor, a la hora de acudir con frecuencia a los sacramentos, nos hacemos una sola cosa con Jesucristo. Por eso, los santos han podido decir que “el sacerdocio es lo más grande de este mundo”. San Josemaría se asombraba de que a la Virgen la hizo Inmaculada, para traer a Jesús a la tierra una sola vez. ¡Y nosotros lo traemos cada día al altar!

Las palabras del Papa sobre el significado de los signos litúrgicos también pueden expresarse con la riqueza de la vida diaria. Por ejemplo, una política noruega contaba el papel que jugó la Eucaristía en el proceso de su conversión: “La prueba empírica de que algo importante ocurría en la Misa fue el deseo repetido por mi parte de volver a asistir a ella: no era por la liturgia, el sermón o la música -aunque todo era muy bonito- sino por algo más, una presencia que me conducía allí una y otra vez. A veces no volvía, no me interesaba ir a Misa y me olvidaba de ella. Pero después de cada una de esas escapadas reaparecía cuando sentía el vacío de mi propia soledad. Frente al Tabernáculo, donde la hostia consagrada se guarda en la iglesia, yo captaba que el verdadero amor y el verdadero sentido de la vida estaban allí escondidos de forma misteriosa” (Matlary JH. El amor escondido).

Demos gracias a Dios, que nos permite participar tan íntimamente de esta realidad sacramental y pidamos a la Virgen Santísima, madre de los sacerdotes, que nos ayude –con la gracia de su compañía- a celebrar la Santa Misa cada día con mayor piedad, atención y devoción, para que nuestra vida sea también, como la de su Hijo, pan partido y sangre derramada.

viernes, abril 24, 2009

Resurrección y Confesión


Recuerdo la visita que me hizo un alumno judío, preguntándome por el Mesías cristiano. Con la mayor buena voluntad que podía, me pidió que entendiera que él no podía creer que Jesús fuera el Mesías, principalmente por dos motivos: en primer lugar, por la forma en que padeció. Además, y sobre todo, porque el Cristo prometido sería un príncipe con el cual llegaría la paz… y ya vemos cómo ha ido el mundo estos veinte siglos.

Para explicarle la primera objeción, le recomendé estudiar los pasajes de Isaías que hablan del Siervo sufriente,
como oveja muda ante los trasquiladores… 



Sobre el tema de la paz, me vino a la mente el saludo de Jesús resucitado a sus apóstoles. Por ejemplo, el final del Evangelio de Lucas (24,35-48), que enlaza dos relatos: después de la aparición a los discípulos de Emaús, ellos retornan a Jerusalén para contar a los once y a los que estaban con ellos todo lo sucedido en el camino. Mientras hablaban, Jesús mismo “se puso en medio y les dijo: —La paz esté con vosotros”. 


Este saludo es la clave de la liturgia del tercer domingo de Pascua, ya que trata de explicar por qué razón podemos hablar de paz entre nosotros. El tema de la paz, del perdón, de la reconciliación, es uno de los puntos centrales de la primera predicación cristiana, precisamente obedeciendo las órdenes de Jesús resucitado.

Llama la atención que, en todos los primeros discursos de Pedro, como también en los de Pablo, se encuentran ciertos elementos característicos del mensaje cristiano (del “Kerygma” o proclamación de lo esencial), que vemos en esta aparición del resucitado: 



- en primer lugar, que la pasión y la resurrección habían sido anunciadas por las escrituras: “Esto es lo que os decía cuando aún estaba con vosotros: es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras”.

- Un segundo aspecto es que los apóstoles serán testigos de lo que han visto y oído: Vosotros sois testigos de estas cosas. 



- El tercer punto es que el espíritu será derramado sobre esos testigos para que puedan cumplir su tarea: Y sabed que yo os envío al que mi Padre ha prometido. Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo alto. 


- Hoy podemos detenernos en el cuarto aspecto, según esta enumeración basada en un texto de A. George, y es precisamente el tema de la paz, que habíamos enunciado antes: parte importante del Kerygma es anunciar la conversión para el perdón de los pecados: Y les dijo: —Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén.

De la importancia de este anuncio nos dan crédito las dos primeras lecturas del tercer domingo de Pascua. En los Hechos (3,13-15.17-19), vemos el discurso de Pedro en el Templo, después de curar a un cojo de nacimiento: “Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que os indultaran a un homicida; matasteis al autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos”. 



El primer Papa anuncia la muerte y resurrección del Señor a manos de sus correligionarios, pero pone el acento, más que en la culpa, en el arrepentimiento y en el perdón de los pecados: “Ahora bien, hermanos, sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes. Pero Dios cumplió así lo que había anunciado de antemano por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería. Arrepentíos, por tanto, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”.

La Iglesia nos invita ahora a continuar en la misma estela:
anunciar a nuestros amigos que la paz procede de la reconciliación, del perdón de los pecados. Decirles que Cristo murió para vencer la oscuridad, el mal, el odio y que en esto consiste la alegría de la Pascua: en que ha triunfado la luz, el bien, el amor hasta el extremo de sacrificarse por los demás.

Es en ese sentido como se puede entender que Jesús es el Mesías, el Príncipe de la paz esperado por el pueblo hebreo. Lo enseña San Juan en la segunda lectura (1 Jn 2,1-5a):
“Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo, el Justo". 



G. Ravasi comenta que el texto de Juan es como un juzgado, con personajes definidos: el Padre, como Juez misericordioso, el hombre pecador delante del estrado y Jesús como abogado, que ofrece su sacrificio en remisión por nuestras culpas: "Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo”.

Conversión, arrepentimiento, propiciación. Probablemente hemos acudido al Sacramento de la Reconciliación durante la Cuaresma, o en Semana Santa, o por Pascua de Resurrección, como manda nuestra Madre la Iglesia. Y le agradecemos al Señor esa ocasión maravillosa de recomenzar nuestra vida, la tranquilidad de conciencia, la paz de corazón que da el saber que Dios mismo nos ha perdonado nuestras ofensas.

La liturgia nos hace ver que la Pascua es muy buen tiempo para vivir en Cristo, también mediante la penitencia. El Compendio del Catecismo (n. 300) explica así la penitencia interior:
“es el dinamismo del «corazón contrito: (Sal 51,19), movido por la gracia divina a responder al amor misericordioso de Dios. Implica el dolor y el rechazo de los pecados cometidos, el firme propósito de no pecar más, y la confianza en la ayuda de Dios Se alimenta de la esperanza en la misericordia divina”. Se trata de continuar en nuestra vida el ejercicio de la muerte al pecado propio de la Cuaresma, para vivir con Jesús resucitado en todo momento.

Por eso, un buen propósito para este tiempo puede ser
que continuemos recibiendo con frecuencia el sacramento de la Reconciliación, también si no tenemos conciencia de pecado grave. De esa manera, cada vez iremos afinando en nuestra lucha, el Espíritu Santo nos mostrará puntos concretos en los que podemos mejorar, y la gracia propia del sacramento nos ayudará a vencer en esas batallas cotidianas. También podemos pedirle al sacerdote que cuadremos una periodicidad fija, para que nos ayude también con un acompañamiento, una dirección espiritual.

Otro propósito, también en la misma línea del Evangelio de Lucas, es que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes. ¡Cuántos de nuestros amigos podrían acercarse a la confesión si venciéramos la vergüenza y nos decidiéramos a compartir con ellos esa alegría tan maravillosa! Quizá por estos días, todavía podemos decirles: ¿te confesaste para Semana Santa? Y si respondieran negativamente, animarles a que lo hagan en este tiempo de Pascua. Sería actualizar el kerygma, el discurso de Pedro: “Arrepentíos, por tanto, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”.

Es la manera de entender por qué razón los cristianos vemos en Jesús al príncipe de la paz: no porque venga a acallar las armas o los ejércitos, sino porque nos trae un mensaje de victoria sobre el mal en cada alma. La paz de cada persona, que nos alcanzó muriendo en la Cruz. Podemos terminar con unas palabras de Benedicto XVI, en una ceremonia de ordenación sacerdotal, a los nuevos presbíteros: “El sacramento de la penitencia es uno de los tesoros preciosos de la Iglesia, porque sólo en el perdón se realiza la verdadera renovación del mundo. (...) Ciertamente, debe ser un perdón eficaz. Pero este perdón sólo puede dárnoslo el Señor. Un perdón que no aleja el mal sólo con palabras, sino que realmente lo destruye”.

Las llagas del Resucitado


Mirad mis llagas… "Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo" (Lc 24, 39). Juan Pablo II ponía en relación ese pasaje del Evangelio con otras palabras de San Juan en la primera Carta: "Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y nuestras manos palparon... os lo anunciamos" (Jn 1, 1-3).

A San Josemaría le gustaba decir que esas llagas eran como el documento de identidad del Señor. La experiencia venía de lejos, pues el 6 de abril de 1938 escribía: “Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui para hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero Amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una Herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió S. José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú!”.

Y podemos sacar, de esta experiencia mística, consecuencias apostólicas. Tenemos que ser, como los dos Apóstoles de Emaús, testigos de Cristo resucitado: “Podemos comprender toda la maravilla de la llamada divina. La mano de Cristo nos ha cogido de un trigal: el sembrador aprieta en su mano llagada el puñado de trigo. La sangre de Cristo baña la simiente, la empapa. Luego, el Señor echa al aire ese trigo, para que muriendo, sea vida y, hundiéndose en la tierra, sea capaz de multiplicarse en espigas de oro” (Es Cristo que pasa, n. 3).