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martes, octubre 03, 2006

oración confiada, que nos cambia



En su primera Encíclica (Deus Caritas est, n. 7), afirma el Papa que los pastores de almas (quienes tienen encomendados hijos, hermanos, amigos…) necesitan orar para descubrir la fuente última de la caridad: “En la narración de la escalera de Jacob, los Padres han visto simbolizada de varias maneras esta relación inseparable entre ascenso y descenso, entre el eros que busca a Dios y el ágape que transmite el don recibido. En este texto bíblico se relata cómo el patriarca Jacob, en sueños, vio una escalera apoyada en la piedra que le servía de cabezal, que llegaba hasta el cielo y por la cual subían y bajaban los ángeles de Dios (cf. Gn 28, 12; Jn 1, 51). Impresiona particularmente la interpretación que da el Papa Gregorio Magno de esta visión en su Regla pastoral. El pastor bueno, dice, debe estar anclado en la contemplación. En efecto, sólo de este modo le será posible captar las necesidades de los demás en lo más profundo de su ser, para hacerlas suyas. En este contexto, san Gregorio menciona a san Pablo, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, hasta los más grandes misterios de Dios y, precisamente por eso, al descender, es capaz de hacerse todo para todos (cf. 2 Co 12, 2-4; 1 Co 9, 22). También pone el ejemplo de Moisés, que entra y sale del tabernáculo, en diálogo con Dios, para poder de este modo, partiendo de Él, estar a disposición de su pueblo. «Dentro [del tabernáculo] se extasía en la contemplación, fuera [del tabernáculo] se ve apremiado por los asuntos de los afligidos».

Perder el miedo a meterse por caminos de oración, aunque a veces no sepamos qué decir, o cómo escuchar al Señor. El Papa considera los diálogos de la última Cena, en la cual tenemos el ejemplo de Tomás, que pregunta al Señor: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Juan 14,5). En realidad, constata Benedicto XVI, con estas palabras se pone a un nivel de comprensión más bien bajo; pero ofrecen a Jesús la oportunidad para pronunciar la famosa definición: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Juan 14,6). Por tanto, en primer lugar, hace esta revelación a Tomás, pero es válida para todos nosotros y para todos los tiempos. Cada vez que escuchamos o leemos estas palabras, podemos ponernos con el pensamiento junto a Tomás e imaginar que el Señor también habla con nosotros como habló con él. Al mismo tiempo, su pregunta también nos da el derecho, por así decir, de pedir explicaciones a Jesús. Con frecuencia no le comprendemos. Debemos tener el valor de decirle: no te entiendo, Señor, escúchame, ayúdame a comprender. De este modo, con esta franqueza, que es el auténtico modo de rezar, de hablar con Jesús, expresamos la pequeñez de nuestra capacidad para comprender, pero al mismo tiempo asumimos la actitud de confianza de quien espera luz y fuerza de quien es capaz de darlas (BXVI, Audiencia, 27-09-06).

Esa misma confianza la tenemos retratada en la vida de Pablo, que puede afirmar sin ningún temor: “Todo lo considero una pérdida y lo tengo por basura, para ganar a Cristo y vivir unido a él”. Seguridad que le viene de su trato confiado con el Señor, avalado con las obras. El capítulo noveno de san Lucas (Lc 9,57-62) narra que, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, alguien le dijo: “Te seguiré adondequiera que vayas”. La respuesta del Señor no es particularmente entusiasta: "Los zorros tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza". A otro le dijo: "Sígueme". El respondió: "Señor, déjame ir antes a enterrar a mi padre". Jesús le replicó: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios". Otro le dijo: "Te seguiré, Señor, pero déjame primero despídeme de mi familia". Jesús le contestó: "El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios". La oración es el momento para confrontar nuestros planes con los planes de Dios, y exigen de nuestra parte estar atentos a cambiar los proyectos personales. 

Es lo que el Papa invitaba a considerar al millón y medio de jóvenes reunidos con él para la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia: “Alguno de vosotros podría tal vez identificarse con la descripción que Edith Stein hizo de su propia adolescencia, ella, que vivió después en el Carmelo de Colonia: «Había perdido conscientemente y deliberadamente la costumbre de rezar». Durante estos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios, dejad sorprenderos por Cristo. Dadle el «derecho a hablaros» durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón. En estos días benditos de alegría y deseo de compartir, haced la experiencia liberadora de la Iglesia como lugar de la misericordia y de la ternura de Dios para con los hombres. En la Iglesia y mediante la Iglesia llegaréis a Cristo que os espera” (Benedicto XVI, Homilía, 18-VIII-05).