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sábado, agosto 07, 2010

Oración humilde y perseverante. La mujer cananea (sirofenicia)

En el camino de nuestra vocación cristiana, necesariamente debemos encontrarnos con la Cruz del Señor: la mayoría de las veces, en la vida diaria: perdemos el medio de transporte, aparecen los achaques de salud, alguna amistad nos hace pasar un mal rato, somos incomprendidos –o nuestra soberbia nos lo hace creer sin justa causa-. En otras ocasiones, pueden ser temas de gran calado: la muerte de un ser querido, una enfermedad que parece incurable, etc.

El Evangelio de Mateo (15,21-28) nos presenta una situación de este último tipo: Jesús ha ido con sus apóstoles “al extranjero”: Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar: —¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio. 

Se trata de una actuación llena de audacia. Seguramente esa mujer había buscado la curación de su hija a través de mil medios distintos, sin lograrlo. Hasta que oye hablar del viaje de aquél hombre, que algunos reconocen como el Mesías hebreo, y no teme lanzarse a su encuentro con insistencia y exponerle crudamente su dolorosa situación, sin miedo a que todo el mundo se entere de la vergonzosa situación de su hija.

Pero él no le respondió palabra. Por toda respuesta, el silencio de Jesús. ¡Qué difícil es, Señor, entender que a veces nos muestras tu cariño quedándote callado! El Maestro quería que aquella mujer no viera en él simplemente a un taumaturgo y por eso no responde palabra. 

A veces puede sucedernos en nuestra vida interior que nos sintamos solos, que no palpemos la compañía de Jesús. San Josemaría lo cuenta, basado en su propia experiencia: Imaginamos que el Señor no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo, nos encontramos (Amigos de Dios, 304).

Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle: —Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros. Él respondió:—No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo: —¡Señor, ayúdame! 

En esta mujer se cumple la parábola de otro pasaje evangélico. Los apóstoles interceden por ella, no porque estén interesados en ayudarla, sino para quitarla de en medio. Sigamos aprendiendo de su insistencia, cómo pide gritando detrás de los apóstoles. Continuamos con el retrato que hace San Josemaría de la persona a la que Jesús parece ignorar: Con la tozudez de la Cananea, nos postramos rendidamente como ella, que le adoró, implorando: Señor, socórreme. Desaparecerá la oscuridad, superada por la luz del Amor.

Aprovechemos este momento de nuestra oración para acercarnos a Jesús, que escucha nuestro lamento, y –postrados ante Él- digámosle como la sirofenicia: ¡Señor, ayúdame!, ¡Señor, socórreme! Pidámosle por lo que tenemos en este momento entre manos: por nuestras crisis, nuestras luchas, nuestras necesidades. Y aprendamos también, para el futuro, para cuando lleguen esos momentos en que imaginamos que sólo se oye el monólogo de nuestra voz, a dirigirnos con perseverancia al Señor, a no confiar en nuestras fuerzas, a abandonarnos en sus manos.

Él le respondió: —No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos. Pero ella dijo: —Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. 

Si antes Jesús respondió con el silencio, no podemos decir que sus palabras hayan sido propiamente un bálsamo. Abre el Señor sus labios pero pronuncia una negativa. Es más, un claro rechazo. Casi despectivo. 

Pero nuestra protagonista no ceja en su empeño. No se resiente por el insulto. Al contrario, lo asume con toda sencillez y lo toma como su argumento principal. No exige derechos, no pide el pan de los hijos. Le basta con las migajas. Ejemplo de insistencia, de perseverancia, de humildad. 

Entonces Jesús le respondió: — ¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres. Y su hija quedó sana en aquel instante.

¡Por fin el Señor responde afirmativamente! ¡Y de qué manera! No solo concede la curación de la hija, sino que alaba la fe de la sirofenicia. Dice el Santo Cura de Ars: «Muchas veces vemos que el Señor no nos concede lo que pedimos enseguida; esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Ese retraso no es una negativa, sino una prueba que nos dispone a recibir con más abundancia lo que le pedimos».

Y San Josemaría confiesa en sus Apuntes íntimos, con fecha 10 de febrero de 1931: "El Maestro sabe mejor que nosotros mismos lo que nos conviene. No es a esa mujer a quien habla, es a sus discípulos, a quienes echará en cara amargamente su falta de fe. Esta pagana va a enseñarles cómo la fe puede trasladar montañas y vencer el corazón de Dios. «Señor, también los perrillos debajo de la mesa comen las migajas de los hijos» (Mc 7,28). «¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase como quieres» (Mt 15,28). 

La fe de esta mujer se manifiesta en una petición humilde y perseverante. De esto tengo una venturosa experiencia: cuando, sin sensiblerías, pero con verdadera fe he pedido al Señor o a Nuestra Señora alguna cosa espiritual (y aun alguna material) para mí o para otros, me la ha concedido" (Apuntes íntimos, 160). 

Terminemos esta oración acudiendo a nuestra Señora, Maestra de fe. Para cuando lleguen las dificultades, cuando el horizonte se llene de nubes, si el Señor permitiera que nos veamos “como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo”, pensemos que así estuvo ella junto a la Cruz de su Hijo. Insistiremos entonces en esa petición humilde y perseverante que merecerá la respuesta del Señor: ¡qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.

sábado, agosto 16, 2008

Apostolado: la mujer sirofenicia.

Hacia el tercer año de su vida pública, Jesús decide retirarse con sus discípulos para formarlos a solas y prepararlos para lo que sucederá cuando le llegue “la hora” prevista por el Padre. Después de haber fallado en el intento, la tarde de la multiplicación de los panes y de los peces, se dirigen hacia el norte, fuera de Galilea, hasta el actual Líbano. Allí visitan las ciudades de Tiro y Sidón, cuyos habitantes son llamados sirofenicios (para distinguirlos de los libiofenicios, que vivían al norte de África). Mateo menciona que allí se encuentran con una mujer de esa zona, a la que denomina con un arcaísmo, “cananea” pues ése era el gentilicio de aquella tierra, pero en la antigüedad.

Los sirofenicios eran en su mayoría comerciantes griegos, despreciados por los judíos debido a sus prácticas comerciales poco éticas. Conformaban un pueblo del que los israelitas, “los piadosos”, debían apartarse, porque eran paganos, “los perrillos”, como les llama el mismo Jesús en este pasaje. 

Aparte de la prueba de fe a la que el Señor somete a esta buena mujer, en este relato se confirma tanto la prioridad de los judíos en el mensaje de Cristo, como la apertura a toda la humanidad. Del mismo modo que, en el libro de Isaías (56,1.6-7), aclara que el Templo es la Casa en la que Dios acoge a quien quiere, a todos los pueblos: “A los extranjeros que se han adherido al Señor para servirlo, amarlo y darle culto, los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración”.

Y el Salmo 66: “Que te alaben, Señor, todos los pueblos. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora. Las naciones te canten con júbilo. Que los pueblos te aclamen todos juntos”. El mismo Pablo, en la carta a los Romanos (11,13-15.29-32), constata que los paganos han sido más piadosos que los judíos. Y el Evangelio de Mateo, que venimos comentando, termina con estas palabras: Id y haced discípulos a todas las naciones (28,19).

En el año 1939, cuando apenas terminaban una guerra civil lamentable –todas lo son-, San Josemaría escribía a sus hijos espirituales unas palabras que todos los cristianos podemos hacer nuestras al inicio del nuevo milenio: 

Nunca ha estado nuestra juventud más noblemente revuelta que ahora. Sería un remordimiento grande dejar sin provecho, sin aumento de nuestra familia, esos ímpetus y esas realidades de sacrificio, que indudablemente se ven —en medio de tantas otras cosas, que callo— en los corazones y en las obras de vuestros compañeros de estudios y de trincheras y posiciones y parapetos. Sembrad, pues: yo os aseguro, en nombre del Amo de la mies, que habrá cosecha. Pero, sembrad generosamente... Así, ¡el mundo!”.

Apostolado universal, que comienza con el apostolado uno a uno, de amistad y confidencia. En agosto del 2007 contaba Benedicto XVI la historia dos amigos: Gregorio y Basilio. El primero había nacido de una noble familia. Su madre lo había consagrado a Dios desde su nacimiento, que ocurrió sobre el 330. Después de la primera educación familiar, frecuentó las más célebres escuelas de la época: primero fue a Cesarea de Capadocia, donde trabó amistad con Basilio y vivió después en otras metrópolis del mundo antiguo, como Alejandría de Egipto y, sobre todo, Atenas, donde de nuevo encontró a su antiguo amigo. Evocando esta amistad, Gregorio escribiría más tarde: “En aquel entonces, no sólo yo sentía una auténtica veneración hacia mi gran Basilio por la seriedad de sus costumbres y por la naturaleza y sabiduría de sus discursos, sino que animaba también a otros, que aún no le conocían, a hacer otro tanto… Nos guiaba la misma ansia de saber. Y esta era nuestra competición: no quién sería el primero, sino quién ayudaría al otro a serlo. Parecía que tuviésemos una sola alma en dos cuerpos”. Ambos amigos son santos y padres de la Iglesia: San Basilio, Obispo, y San Gregorio Nacianceno.

En nuestro tiempo también pueden ocurrir situaciones similares, si tú y yo queremos. Le sucedió a una persona, hace poco: al salir del ascensor del edificio en que vivía, se dio cuenta de que aún no había hablado de Dios con nadie. Y, antes de que se cerrara la puerta, le dijo a su vecino, con un poco de vergüenza: «Me gustaría que habláramos de Dios». A lo que el otro respondió -"¡Formidable! ¡Lo esperaba! Llevo varios días pensando en que debía pagar a Dios de algún modo por lo bien que me está tratando la vida"… Universalismo en el apostolado, como el de Jesús, dispuesto a llegar a judíos y a sirofenicios.

Por eso animaba Benedicto XVI a los jóvenes: “Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo marche igualmente sin él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: ¡No es posible que la vida sea así! Verdaderamente no. (...) Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino: Jesucristo (JMJ, 21-08-05)”.