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lunes, diciembre 26, 2016

Navidad: humildad y paz

En la noche de Navidad, la liturgia invita a contemplar el capítulo segundo del evangelio de san Lucas: en la noche la primera mitad, y el resto en la Misa de la aurora. El esquema que sigue el evangelista comienza narrando la convocatoria del censo, al que debían desplazarse san José y la Virgen, por ser descendientes de David: Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria.
La Providencia divina se sirvió de la autoridad imperial para que se cumplieran las profecías. Y puso a la Sagrada Familia en el ambiente redentor del sufrimiento: ¡cuánto padecería José, al no poder ofrecerle a su Esposa los medios adecuados para un alumbramiento digno! ¡Y cuánto sufriría la Virgen, con nueve meses de embarazo, un camino de varios días a lomo de mula! En su oración le ofrecerían a Dios las incomodidades, físicas y morales, del desplazamiento -también la humillación que suponía para todo judío el someterse al capricho de un soberano extranjero- y se unirían al sentido salvador de la misión de su Hijo: Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta.
La segunda escena que narra san Lucas es la más importante de todas, aunque lo hace de modo bastante austero: Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito. A pesar de la escasez de palabras, la riqueza del evento es de tal categoría que a él volvemos los cristianos de todos los tiempos, generación tras generación, y siempre encontramos un tesoro inagotable de riquezas. Podemos aprovechar este momento de nuestra oración para hacer memoria de las navidades que hemos vivido: cuando niños, en el ambiente familiar cercano; más adelante, quizá lejos de la tierra natal; las más recientes, con personas nuevas añadidas al núcleo familiar, con un cariño cada vez más grande.
Hoy le preguntamos al Señor qué quiere decirnos para las circunstancias concretas que estamos viviendo. ¿Qué esperas de nosotros, Dios niño, mientras nos contemplas desde el pesebre? Miremos despacio el portal, detengamos la mirada en cada personaje, y nos faltarán los días para aprender lecciones de esa cátedra que es la choza que contiene al Verbo encarnado: Lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. Los pañales hablan del amor de María; el pesebre, de la humildad que caracterizó la vida de Jesús, virtud que puede ser hoy el tema central de nuestra meditación sobre el misterio de Belén.
Humildad que parece oponerse, a primera vista, con la siguiente escena del relato de san Lucas: En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Es bonito pensar que los primeros testigos del mayor acontecimiento de la historia, aparte de María y de José, no son aristócratas ni funcionarios reales, tampoco los famosos del mundo, sino unos pobres pastores, que trabajaban por la noche.
Y precisamente en medio de su labor abnegada reciben una visita celestial: De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad. Imaginemos la grandeza de la revelación: un ángel, la luz divina que envolvía todo el ambiente. Tanto, que se llenaron de gran temor. Muchas veces aparece en la Escritura esa reacción ante las manifestaciones de parte de Dios. Hasta la misma Virgen se turbó grandemente. Siempre tiene que aparecer la tranquilidad divina, el “no temas”, como en el caso de los pastores: El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor».
Esta es la mejor noticia de todos los tiempos, el Evangelio de la alegría. Por esa razón el mundo entero celebra esta solemnidad con mayor o menor conciencia, pero siempre con la idea de que, en medio de las dificultades del mundo, hay un Dios que garantiza la victoria final del bien. «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». El papa Francisco se detenía a contemplar esa señal para la humanidad de siempre: la simplicidad frágil, la mansedumbre, el tierno afecto (Cf. Homilía, 25-XII-2016).
Sin embargo, llama la atención que esa humildad sea compatible con el mayor boato posible: De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial». No uno, ni dos, ni tres ángeles: ¡una legión! Dicen que en el ejército romano una legión estaba compuesta por 4000 o 5000 soldados. Imaginémonos la explosión de júbilo que significaría el canto de miles de ángeles: apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
Esos son los dos polos casi opuestos, de los que hablábamos antes: de una parte, la humildad del Niño, recostado en un pesebre y, por otro lado, la grandeza de un cortejo celestial. ¿Cómo se relacionan?, ¿cuál es el enlace entre la humildad del pesebre y la paz que anuncian los ángeles en su canto? Podemos servirnos, para nuestro diálogo con el Señor, de la homilía que pronunció san Josemaría un día como este. El título nos da una pista clara sobre el significado de esta solemnidad: “El triunfo de Cristo en la humildad”.
Jesús nos invita a acompañarlo en su misión redentora, a unirnos en su sacrificio por la humanidad. ¿Y cuál es el camino? - la humildad: "la eficacia redentora de nuestras vidas solo puede actuarse con la humildad" (18 b). Contemplemos al Niño, doctor y maestro, y pidámosle que nos enseñe el camino de la humildad. San Agustín enseña que "la morada de la caridad es la humildad"; y en otro lugar escribe: "¿Quieres construir un edificio que llegue hasta el cielo? Piensa primero en poner el fundamento de la humildad. Cuanto mayor sea la mole que hay que levantar y la altura del edificio, tanto más hondo hay que cavar el cimiento (...). El edificio antes de subir se humilla, y su cúspide se erige después de la humillación". Al mencionar esta enseñanza, santo Tomás dice que la humildad es fundamento "negativo" del edificio sobrenatural, porque quita los obstáculos que se oponen a la acción de la gracia. En esta línea escribe san Josemaría: “[Dios] desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que –hablando al modo humano– quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón”.  (Cf. Burkhart y López).
Enseñanzas muy importantes para nuestra vida espiritual, contaminada por las consecuencias del pecado original, la principal de las cuales es la soberbia: "Es a veces corriente, incluso entre almas buenas, provocarse conflictos personales, que llegan a producir serias preocupaciones, pero que carecen de base objetiva alguna. Su origen radica en la falta de propio conocimiento, que conduce a la soberbia" (18 c). Por eso Jesús dirá más adelante: “Aprended de mí”, mansedumbre, servicio, pisotear la soberbia. En nuestro caso, el cansancio, la generosidad en la vida familiar, la acogida sonriente de las contradicciones, de la enfermedad y el dolor: "no hay mayor señorío que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás" (19 d).
La clave para unir esa humildad con el mensaje que anuncian los ángeles podemos encontrarla si entendemos que la humildad de corazón significa compromiso con la verdad, conocimiento y aceptación de uno mismo: "su consecuencia es la paz" (Cf. Aranda). O sea que esta es la razón por la cual la humildad de Jesús no se opone a la magnanimidad del canto angelical: la humildad abre el camino para llegar a la paz.
De esta manera, encontramos el significado del canto del "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor". La paz que da el imitar la humildad de Jesús, el olvido de sí, el desprendimiento de la aprobación ajena. 

Ese es el camino que recorrieron María y José. Ambos fueron humildes, serviciales, entregados, generosos, olvidados de sí mismos. Pidámosles, al acercarnos al fuego de su amor familiar, que nos alcancen la gracia que el Niño nos trae, los dos regalos que hemos meditado hoy: su ejemplo de humildad y el fruto de su paz.

domingo, noviembre 20, 2016

Cristo Rey

El último domingo del tiempo ordinario la Iglesia celebra la solemnidad de Cristo Rey. La Liturgia de las Horas resume el sentido de la fiesta: se dirige a Jesucristo, como hacemos nosotros al comienzo de nuestra oración, diciéndole: “somete a los espíritus rebeldes [el primero de los cuales somos nosotros mismos], y haz que encuentren el rumbo los perdidos y que se congreguen en un solo aprisco. Para eso pendes de una cruz sangrienta, y abres en ella tus divinos brazos; para eso muestras en tu pecho herido tu ardiente corazón atravesado”.
Ahí tenemos la síntesis del significado de esta celebración, el objetivo: la cruz, el pecho herido con el corazón atravesado. Vemos la estrecha relación de esta fiesta con la devoción al Sagrado Corazón, que es el origen de la última solemnidad del año litúrgico.
Y uno se puede preguntar: ¿por qué celebrar el reinado de Cristo? De hecho, hay contradictores que rechazan -con toda razón- la idea de Cristo Rey al modo de algunos reyes terrenales. Sería una celebración anacrónica si se festejara como una tiranía monárquica, como una festividad con ribetes políticos.
Preguntemos al Señor en nuestra oración cómo debemos entender su reinado, de acuerdo con el himno que citamos al inicio y las demás indicaciones que nos sugiere la liturgia.
De entrada, la teología propone dos vertientes para entender el reinado de Jesús: una, que podríamos llamar “social”, y que consiste en su potestad universal (sobre todo el cosmos, sobre todas las criaturas, y sobre todos los seres humanos). La otra manera de verlo, no contradictoria, sino complementaria, es la “espiritual”, en la cual contemplamos a Jesús como Buen Pastor, con la significación del reinado de la caridad y de la misericordia (Cf. Cano, 2009). En este sentido encontramos la verdadera justificación para celebrar el reinado de Cristo: es lógico venerarlo si lo vemos como una renovación liberadora, como la reconciliación con Dios que Jesús nos alcanza al redimirnos.
Veamos los textos que la Iglesia propone para meditar la historia y el sentido de ese reinado de Jesús: en el Antiguo Testamento se recuerda que el inicio de las dinastías reales fue una manifestación del rechazo del pueblo a Dios. Sin embargo, el Señor -en su designio de misericordia- previó que David fuera el sucesor de Saúl y en el segundo libro de Samuel (5, 1-3) se comenta la proclamación de su reinado: Todas las tribus de Israel se presentaron ante David en Hebrón y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos. Desde hace tiempo, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú el que dirigía las salidas y entradas de Israel. El rey hizo una alianza con ellos en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos le ungieron como rey de Israel.
Cuando Joseph Ratzinger comenta este pasaje sobre la ascensión de David al trono real, lo hace en el contexto del nacimiento de Jesús, porque así lo reseña también el Evangelio de Mateo. Vemos que este relato es una profecía mesiánica. Hay una frase, que los ancianos le dijeron a David en Hebrón, y que permaneció como aplicable a su futuro descendiente, al mesías anunciado: el Señor te ha dicho: «Tú pastorearás a mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel».
Mateo inserta este pasaje entre las citas que muestran a Jesús como el Mesías. De ese modo enseña que Jesús es el nuevo David, el humilde pastor elegido como rey, porque Dios -es la conclusión de la vocación del segundo rey de Israel- no se fija en las apariencias, sino que mira el corazón.
Es una de las primeras perspectivas desde las cuales hemos de entender el reinado: no como la cumbre, el puesto para el personaje más importante. Cristo nos muestra que su soberanía es distinta: es la de un humilde pastor, de un pobre, de un servidor. Y quizá por eso ya desde el Antiguo Testamento aparecen unidas las figuras del Rey y la del Pastor.
La vida de Cristo muestra que su reinado no es de este mundo, como insistió muchas veces ante los discípulos y antes las autoridades romanas y judías; tampoco se conquista con la fuerza o con el poder político o económico. Esta es la peculiaridad en la que conviene detenerse, para comprender qué se quiere decir al hablar de Cristo Rey, y cuáles son las consecuencias de esa denominación.
Llama la atención que el Evangelio de esta solemnidad no sea el juicio universal, ni las escenas con aclamaciones populares, después de las grandes predicaciones y milagros, o a la entrada triunfal en Jerusalén el domingo de ramos, sino que se enfoca en el aparente fracaso del Calvario, con Jesús colgado del madero, contado entre los malhechores como un ladrón más, como un delincuente (Lc 23, 35-43):
El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». El rey es humillado por las autoridades de su pueblo y por los soldados opresores. 

Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Además, ese anuncio es burlesco, parece una provocación del poder romano hacia las autoridades judías -que quizá por eso quisieron retirarlo-. Como sabemos que las palabras que están allí escritas tienen un sentido revelador, entendemos que el Reinado de Cristo se ejerce ¡desde la Cruz!
En el prefacio de la Misa se anuncia que una de las características del reinado de Cristo es que se trata de un reinado de amor y de vida. El reino es servicio. Jesús, que es el rey, el maestro, el rabino, lavó los pies sucios de sus discípulos en el cenáculo. El trono de Cristo es el altar del calvario. ¿Y por qué razón se habla de reinado de Cristo en esas circunstancias?, ¿qué obras hace desde semejante posición e invalidez, atado con clavos a un madero, humillado delante de toda la sociedad? –Nos lo responde el diálogo entre los ladrones y Jesús:
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».
El buen ladrón da testimonio público, manifiesta su fe -y su conversión- en los últimos instantes de su vida. Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Con esa sencilla escena, san Lucas, el evangelista de la misericordia, nos enseña el valor redentor de la muerte de Jesús: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso. Jesús reina muriendo en la cruz: allí salva al pecador. 

¡Hoy estarás conmigo en el paraíso! Ese es el reinado verdadero: Cristo es el rey del Paraíso. Se trata de triunfar con Él, de dejarlo triunfar en nosotros, de convertir esta tierra en un trasunto del cielo. (La alternativa es la servidumbre del pecado, de la cual nos liberó y por lo cual agradece la oración colecta).
Cristo reina muriendo. Y por eso la liturgia lo recuerda de modo insistente, desde el comienzo de la celebración. Si Jesús es el camino, la verdad y la vida, hemos de imitarlo en el sendero de la abnegación, del servicio, de la entrega completa de la propia vida por los demás. Tomar sobre nosotros la cruz de cada día: el trabajo, la fraternidad, la amistad, el cansancio, el don de sí.
Por esa razón la antífona de entrada de la Misa cita el Apocalipsis (5, 12): Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. San Juan presenta la paradoja del triunfo del Cordero a pesar de su degüello, para remarcar la importancia de su sufrimiento liberador del pecado.
En la oración de las ofrendas también se agradece “el sacrificio de la reconciliación de los hombres”. Que Jesús haya escogido ofrecer su vida en oblación para merecernos el perdón del Padre. En el prefacio también se alaba a Jesucristo, sacerdote eterno, que se ofreció a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el ara de la cruz para consumar el misterio de nuestra redención. Cristo es sacerdote, altar y víctima.
El efecto redentor de ese sacrificio de Jesús es resumido en la oración colecta con un verbo: instaurar, que viene a ser como el “programa de gobierno” del Rey Jesús. El DRAE lo define como “establecer, fundar, instituir”. Y señala como desusados –quizá más cercanos en el tiempo a la redacción del prefacio-: “renovar, restablecer, restaurar”. Sirve escuchar esos sinónimos para valorar la grandeza de la obra que Jesucristo ejecutó como sacerdote y rey en el altar del calvario. Renovó, restableció, redimió. Nos hizo hijos del Padre, hermanos suyos para siempre.
Este es el encanto que san Pablo comenta en su carta a los colosenses (1, 12-20), un pequeño tratado de cristología, resumiendo la obra del Padre en el Hijo, al que engendró como su Imagen visible, Primogénito de toda criatura, en el que fueron creadas todas las cosas, Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia. Y concluye con el aspecto que nos interesa desde el punto de vista de la fiesta de hoy: reconcilió todas las cosas por él y para él haciendo la paz por la sangre de su cruz.
La paz que Cristo ofrece al mundo viene de ese sacrificio. Por eso también se dice que su soberanía, además de ser un reino de verdad y de vida, es de justicia, de amor y de paz. Es el motivo de que el Salmo elegido para esta solemnidad sea el 122 (121): ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Desead la paz a Jerusalén: «Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios». Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: «La paz contigo».
El Señor bendice con su paz. Es el rey de la paz. Por eso le pedimos en la oración después de las ofrendas “que tu Hijo conceda a todos los pueblos el don de la paz y la unidad”. Podemos concluir que la paz entre los hombres es consecuencia de la paz con Dios. Y fruto de esa paz es la alegría que inunda a quienes se saben siervos de tal rey. Por esa razón, en el comienzo del prefacio se menciona que el Padre ungió a Jesucristo “con óleo de alegría”. El mismo óleo con que fue ungido David, con el que fuimos ungidos nosotros en el bautismo, en la confirmación o en el orden sacerdotal.
Ese óleo de alegría nos conformó al sacerdocio de Cristo, nos hizo sacerdotes de nuestra propia existencia, identificados con su triple misión de sacerdote, profeta y rey. La misión de los cristianos es ser sembradores de paz y de alegría, contribuir a la difusión de ese reinado de amor y de paz. ¿Y cómo lo lograremos? -luchando por buscar la santidad, por estar con Cristo y de ese modo contribuir a su reinado: “comprometerse a continuar entre las criaturas la misión de Jesús. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención” (ECP, 183).
Reino de justicia, de amor y de paz, reino de santidad y de gracia. Orígenes enseña, en la lectura de la Liturgia de las Horas de este día la importancia de la identificación con Cristo:
“si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo continúe el pecado reinando en nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos las pasiones de nuestro hombre terrenal y fructifiquemos por el Espíritu; de este modo Dios se paseará por nuestro interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo”.
Este es el sentido último del reinado de Cristo: que reine en mí. El atajo para ser buenos siervos de tan gran Rey, para dejarle reinar en nuestra alma, es acudir a la Virgen, Reina y Madre: "María, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad, como un río de paz. Porque Tú eres mar de inagotable misericordia" (Cf. ECP, 187). 

jueves, junio 02, 2016

Sagrado Corazón de Jesús

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús aparece entre las grandes fiestas que la liturgia prevé para recomenzar el tiempo ordinario después de la Pascua, además de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi.
Durante la semana dedicada a la adoración de la Hostia Santa, el viernes, día en que murió Cristo, se contempla el amor misericordioso del Corazón de Jesús y se le desagravia por las ofensas contra el Santísimo Sacramento. Vemos entonces que se trata de una fiesta muy especial: hay naciones consagradas a Él, muchas familias tienen una imagen suya presidiendo los hogares y las fincas, etc.
Se entiende que sea una devoción tan arraigada en los pueblos cristianos, pues se remonta a la consideración de la Humanidad santísima de Jesucristo, de ese corazón que nos amó tanto, hasta el extremo de hacerse hombre para redimirnos de nuestros pecados.
La celebración litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús se remonta al siglo XVII, cuando el Señor se le apareció a santa Margarita María de Alacoque todos los primeros viernes, durante varios años. En esas apariciones le mostraba su Corazón sacratísimo, y le hacía ver las heridas que le causaban los pecados de los hombres, especialmente las que le originaban sus elegidos. En uno de esos encuentros, le pidió a santa Margarita María que promoviera la fiesta del Sagrado Corazón el viernes de la Octava de Corpus y que difundiera la devoción de los primeros viernes durante el año.
Entonces podemos definir esta solemnidad como la fiesta del amor. De la caridad infinita de Dios, de su invitación a corresponderle, de acuerdo con el afamado refrán (amor con amor se paga): «Al tratar ahora del Corazón de Jesús, ponemos de manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su entrega a nosotros. Al recomendar la devoción a ese Sagrado Corazón, estamos recomendando que debemos dirigirnos íntegramente —con todo lo que somos: nuestra alma, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, nuestros trabajos y nuestras alegrías— a todo Jesús» (ECP,164).

La liturgia escoge textos de la Escritura que enfatizan ese amor del Padre por nosotros. Por ejemplo, la Antífona de entrada está tomada del salmo 32, que alaba el plan del Señor, un designio que subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad. En concreto, agradece que los ojos del Señor estén puestos en quien lo teme, en los que esperan su misericordia. Esa es la disposición generosa del Padre: librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Así se nota a lo largo de toda la Sagrada Escritura.
Con la oración colecta de la Misa «recordamos los beneficios de tu amor». Y es lo que hacemos en nuestra meditación, agradecerle al Señor todo lo que nos ha dado. Dios quiere que nos detengamos a contemplar su misericordia. Como explica san Juan Pablo II en su encíclica sobre este atributo divino, el amor del Padre se nota desde la creación: Dios crea por amor, no necesita del cosmos para ser más grande, sino que lo trae a la existencia como una manifestación de la superabundancia de su amor.
En el Antiguo Testamento, se revela con un amor de esposo, fiel, que perdona las ofensas. El Señor muestra esa misericordia en hechos y en palabras. La terminología bíblica ayuda a entender las principales dimensiones del amor misericordioso de Dios: una de las palabras usadas para definirlo es Hesed, que significa «amor bueno, amor fiel». Es la gracia, que procede de la fidelidad divina. Dios, como es fiel, ama y perdona siempre. Otra palabra es rah mim, que se relaciona con una visión que podríamos decir más femenina: es el amor materno, se refiere a las entrañas misericordiosas de Dios; es un amor gratuito, del Señor que salva, que perdona y que cumple las promesas.
De esa manera, el Antiguo Testamento va abriendo el camino para entender mejor la potencia la caridad divina, que prevalece sobre el pecado, sobre la infidelidad de ese pueblo que era tan traidor. Ese amor sobresale por encima de las miserias, tanto comunitarias como individuales. Por lo tanto, concluye san Juan Pablo II, la misericordia define a Dios y, además, al pueblo que la recibe (Cf. DM, nt.52).
Y podemos aprovechar nuestro diálogo con el Señor para recordar en este momento, y agradecerle sus dones: gracias, Dios mío, por el don de la creación, gracias por haberme traído al mundo, por habernos redimido con tu muerte en la Cruz, porque te quedaste en la Eucaristía, porque me hiciste cristiano, por haber venido a mi alma en el sacramento del Bautismo, por haber perdonado mis pecados ¡tantas veces!, también —si fuera el caso— por haber enriquecido la vocación bautismal a la santidad con una llamada específica para seguirte más de cerca, preocupado por la salvación de las almas, y así vivir mi existencia con una perspectiva nueva…
Son muchos los motivos que tenemos para darle gracias a Dios, y la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es un buen momento para meditarlo. En cuántas ocasiones omitimos la gratitud, o ni siquiera somos conscientes, de tantos regalos que el Señor nos ha dado: «Dios me ama... Y el Apóstol Juan escribe: “amemos, pues, a Dios, ya que Dios nos amó primero”. —Por si fuera poco, Jesús se dirige a cada uno de nosotros, a pesar de nuestras innegables miserias, para preguntarnos como a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”... —Es la hora de responder: “¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!”, añadiendo con humildad: ¡ayúdame a amarte más, auméntame el amor!» (F,497).
Ayúdanos, Señor, a aprender de tu ejemplo de misericordia. Auméntanos el amor, para querer como Tú lo haces, con ese Corazón humano y divino de Jesús, que siempre salía al encuentro de los enfermos, de los desplazados, de los hambrientos, de los más necesitados, como la viuda de Naím con su hijo muerto, o como las hermanas de Lázaro en Betania. Esa actitud que san Juan resume en el prólogo de la última cena: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…
La liturgia de la Misa cita en la primera lectura al profeta Ezequiel (34,11-16), para mostrar hasta dónde se remontan esas prefiguraciones del amor divino, esos anuncios del Antiguo Testamento: yo mismo apacentaré mis ovejas, y las haré reposar. La figura del pastor era muy común en ese tiempo, recordamos que era la profesión del rey David. La Escritura enseña que Dios esperaba que los dirigentes de su pueblo fueran pastores, y no monarcas al estilo humano, tiranos. Y por eso el Señor anuncia que él mismo será el Pastor de su rebaño. Y, además, hace una promesa que se cumplirá en Jesús, quien dirá de sí mismo: yo soy el buen Pastor (Jn 10,11). 
Debido a esa actitud pastoral hacia los «publicanos y pecadores», el Señor padecería contradicciones hasta morir en la Cruz, y por eso explicaba, con la parábola de la oveja perdida, que estaba cumpliendo la profecía de Ezequiel: ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? (Lc 15,4). Ese es Jesús, el buen Pastor, que se preocupa de la única oveja extraviada y la cura. Ahí vemos reflejado su Corazón misericordioso, que viene a nuestro encuentro, que nos busca en medio de nuestras miserias y nos carga sobre sus hombros para llevarnos de nuevo a su redil.
Los Padres explicaban que el Buen Pastor nos apacienta con su palabra. Y también nos hace reposar con su amor, con su perdón, con su compañía, y con su presencia en el sagrario. Por eso la fiesta del Sagrado Corazón está inserida en la Octava del Corpus Christi. La misericordia prefigurada en el Antiguo Testamento llega a su perfección con Jesucristo: en sus palabras, en sus gestos, especialmente en su sacrificio en el Calvario, cuyos efectos podemos recibir ahora a través de los sacramentos. 

Por esa razón, la liturgia detiene su mirada en ese Pastor que da la vida por sus ovejas. Siguiendo al profeta Zacarías (12-10), nos ayuda a «mirar al que traspasaron», al que dio su vida por amor a nosotros en la Cruz. El profeta continuaba su anuncio presagiando que aquél día manaría una fuente para lavar el pecado y la impureza, lo que San Juan vio cumplido en el agua que brotó del costado traspasado con una lanza en la cima del Gólgota: Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua (Jn 19,34). 

El prefacio de la Misa resume la teología de la redención con una oración poética: «con amor admirable se entregó por nosotros, y elevado sobre la cruz hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de la fuente de salvación».
Contemplamos en nuestra oración el amor misericordioso de Jesucristo, nuestro buen Pastor: «Celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y con la liturgia echamos una mirada, por así decirlo, dentro del corazón de Jesús, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. Sí, su corazón está abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el corazón de Dios mismo. La liturgia interpreta para nosotros el lenguaje del corazón de Jesús, que habla sobre todo de Dios como pastor de los hombres, y así nos manifiesta el sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su corazón» (BXVI, Homilía 110610).
Y qué mejor manera de hacerlo que meditando sobre el salmo 22, que nos ayuda, nos acompaña, prepara la mesa eucarística para la lucha por la santidad. Agradezcamos al Señor por tantas manifestaciones de su misericordia: «¡Gracias, Jesús mío!, porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo; que se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia; que vela por los pobres y por los ricos; que cuida de los pecadores y de los justos... —¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo!» ... (S,813).
Danos, Señor, un corazón que se duela de sus faltas y que desagravie por sus pecados y los de todos los hombres. Recordemos que, entre las promesas que nuestro Señor hizo a santa Margarita María para quienes vivieran esta devoción, decía: «Yo les prometo, en el exceso de la infinita misericordia de mi Corazón, que Mi amor todopoderoso les concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final; no morirán en desgracia ni sin recibir los sacramentos. Mi divino Corazón será su refugio seguro en este último momento».
Ante nuestra mala respuesta, podemos pedirle a Dios que nos conceda «recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia» (oración Colecta). Que de ese manantial infinito saquemos amor para enmendar nuestra falta de correspondencia a su misericordia. Que nos esforcemos por desagraviarlo: con amor a Dios (en primer lugar, pidiendo perdón en el sacramento de la reconciliación las veces que haga falta; luchando para ser almas de oración y para crecer en amor a la Cruz; recibiendo con frecuencia la sagrada comunión; o con la práctica de los primeros viernes, etc.).
Otra manera de reparar por las ofensas al Corazón de Jesús puede ser a través del amor a los demás. Pidámosle, con la jaculatoria tradicional: «Haced mi corazón semejante al Vuestro». Enséñanos a amar, como amas Tú, a nuestros hermanos más cercanos (fraternidad) y a todas las almas (apostolado). Es un verdadero programa de vida, que viene resumido en la oración para después de la comunión: «Este sacramento de tu amor, Dios nuestro, encienda en nosotros el fuego de la caridad que nos mueva a unirnos más a Cristo y a reconocerle presente en los hermanos».
La Virgen santísima es Madre de Misericordia. Justamente el día después del Sagrado Corazón de Jesús celebramos la fiesta del Corazón Inmaculado de María, porque Ella nos enseña el camino seguro para amar a Dios y a nuestros hermanos. A nuestra Madre le pedimos que interceda ante la Trinidad para que escuche nuestra oración: «Concédenos la gracia de encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada; y establece en nuestros corazones el lugar de tu reposo, para permanecer así íntimamente unidos: a fin de que un día te podamos alabar, amar y poseer por toda la eternidad en el Cielo, en unión con tu Hijo y con el Espíritu Santo. Así sea» (San Josemaría, Consagración, 26-X-1952, en AVP).

martes, diciembre 29, 2015

Navidad del Año de la misericordia

Cada año la liturgia nos ayuda a revivir los principales misterios de la vida de Cristo: desde su nacimiento en Belén hasta el triduo pascual. En Navidad, nos servimos de los Evangelios de la infancia y también de la oración de los santos, que nos ayudan a profundizar en el sentido profundo de estos momentos de la vida de nuestro Señor, para no correr el riesgo de quedarnos en sentimentalismos estériles.
Contemplemos, por ejemplo, unas palabras de san Josemaría: «Dios nos enseña a abandonarnos por completo. Mirad cuál es el ambiente, donde Cristo nace. Todo allí nos insiste en esta entrega sin condiciones» (Carta 14-II-1974, n. 2. Citado por Echevarría J., Carta Pastoral, 1-XII-2015. Subrayados añadidos). Pongamos nuestras miradas en el pesebre de Belén. Observemos al Niño, inerme, generoso, entregado por completo en las manos de los hombres. Y contemplemos la donación total de María y de José. Cada uno a su modo, los tres miembros de la Sagrada Familia viven una entrega sin condiciones. Su ejemplo nos sirve para ver qué tan incondicionado es nuestro amor, o si lo hacemos depender de nuestro estado de ánimo, de salud, del cansancio o, en general, de nuestro capricho.
Señor: ayúdanos a seguirte de ese modo, abandonados por completo en ti, sirviéndote sin condiciones. «Sería suficiente recordar aquellas escenas, para que los hombres nos llenáramos de vergüenza y de santos y eficaces propósitos. Hay que embeberse de esta lógica nueva, que ha inaugurado Dios bajando a la tierra» (Ibídem). Con tu venida a este mundo, Señor, nos enseñaste otro modo de pensar, una lógica diversa a la nuestra, que es tan apegada a la tierra, a nuestras cosas personales. Por esa razón, el papa Francisco invita a una nueva mudanza: «¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Dios no se cansa de tender la mano. Está dispuesto a escuchar. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión» (Misericordiae vultus).
¿Cómo se manifiesta la lógica divina? –«En Belén nadie se reserva nada. Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención» (San Josemaría 1974, cit.). Ojalá se diera ese efecto en nuestra vida, como fruto de la oración personal: que aprendiéramos del ejemplo de Jesús, María y José a olvidarnos de nosotros mismos.
 «Rendida nuestra soberbia, declaremos al Señor con todo el amor de un hijo: ego servus tuus, ego servus tuus, et fílius ancíllæ tuæ (Sal 115, 16): yo soy tu siervo, yo soy tu siervo, el hijo de tu esclava, María: enséñame a servirte» (Ibídem). La clave de la lógica divina es la virtud de la humildad. Por eso se puede decir, al considerar el pesebre, que se trata de «El triunfo de Cristo en la humildad» (ECP). La caridad y la misericordia divinas se manifiestan en el abajamiento, en la humillación que supuso asumir la naturaleza humana, aparecer como un Niño pobre, humilde, sin un lugar adecuado para nacer.
Durante el tiempo de Navidad el Señor nos invita de nuevo a aprender de Él, a entrar en esa lógica nueva de la humildad, a ponernos en la misma longitud de onda del Señor, de María, de José. Por eso es tan conveniente meditar en esta manifestación inefable de la misericordia de Dios con nosotros: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.
En la mitad de la noche, Cristo viene como luz verdadera, con el esplendor de su gloria, para iluminar las tinieblas de nuestros pecados. Para llenarnos de confianza en que, con su ayuda, venceremos todas las contradicciones. En primer lugar, las que originamos con nuestras propias miserias. También las externas, del ambiente en el que nos movemos, y del mundo en general, que muestra las consecuencias del pecado original en forma de guerras, injusticias, corrupción, degradación de costumbres, etc.
Ante ese panorama negativo, el cristianismo mira el mundo con esperanza, porque sabe que Jesús es la luz del mundo, como anunciaba el profeta Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz. Comenta el papa Francisco que «también nosotros, en esta noche bendita, hemos venido a la casa de Dios atravesando las tinieblas que envuelven la tierra, guiados por la llama de la fe que ilumina nuestros pasos y animados por la esperanza de encontrar la "luz grande" (…) que ilumina el horizonte» (Homilía, 24.XII.14).
El Niño Dios es la luz que manifiesta la misericordia del Padre. Por esa razón la segunda lectura de la noche de Navidad es tomada de la carta de san Pablo a Tito (2,11-14). Cuando el apóstol de las gentes instruye a los diversos miembros de la comunidad (ancianos, ancianas, jóvenes, esclavos) con el fin de que sean modelo de buena conducta, el motivo que les ofrece para que obren así es porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a (aguardar) la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. San Pablo nos invita a la conversión como consecuencia de que se ha manifestado la misericordia divina. Ya que lo hemos visto y hemos experimentado su salvación, abandonemos las obras de las tinieblas y pasemos al mundo de la luz.
Llama la atención el modo como narra el Evangelio la aparición de los ángeles a los pastores: De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad. Si así se describe la presencia angelical, imaginemos cómo sería la del mismo Dios hecho hombre. Como expresa el Prefacio de la Misa de Navidad: «gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que, conociendo a Dios visiblemente, Él nos lleve al amor de lo invisible».
En la Navidad del 2015 la Iglesia desea que celebremos el hecho que Dios ilumina el horizonte del mundo con su amor misericordioso… ¡Año de la misericordia! Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Celebramos la caridad, la compasión de Dios, que es como una palabra clave para indicar la actuación del Señor hacia nosotros. Es lo que significa el Jubileo en la historia, desde el Antiguo Testamento: «Si una palabra tuviera que resumir lo que suponía un jubileo para el Pueblo de Israel, podría ser “libertad”. Libertad: ¿no está hoy más que nunca esta palabra en boca de todos? Y, sin embargo, muchas veces olvidamos que la libertad, en su sentido más profundo, proviene de Dios. Con su pasión salvadora y su resurrección, Él nos libera de la peor esclavitud: el pecado» (Ayxelà C. 2015. Eterna es su misericordia. Recuperado de: http://opusdei.es/es-es/document/eterna-es-su-misericordia/, 24-XII-2015).
Navidad significa que Jesucristo nos revela, nos manifiesta con su luz «el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra» (Francisco, Misericordiae vultus, n.1). Por esa razón, una manera sublime de celebrar esos misterios, de conseguir más fruto del año jubilar, es poniendo en el centro de nuestra vida la relación con Jesucristo: pidiendo perdón en el sacramento de la reconciliación, para disponernos a comulgar con su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía. 

Terminemos acudiendo a la Virgen, Madre de misericordia, con las palabras con que el papa Francisco concluye la bula convocatoria del año jubilar: «La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne (…). María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús».

miércoles, marzo 25, 2015

La Anunciación a María y la Encarnación del Señor



Cada 25 de marzo la Iglesia conmemora la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo en las purísimas entrañas de la Virgen María, que es el evento con el que se llega al culmen de la Revelación. Después de la creación, del anuncio del Mesías, del envío de los profetas, los jueces, los sacerdotes y los reyes, de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto, y de la tortuosa llegada a la tierra prometida, aparece la manifestación suprema del amor de Dios.

Como fruto de la oración de tantas personas santas ―algunas ejemplares también por sus ejemplos de conversión― a lo largo del Antiguo Testamento: de Abel, Noé, Abraham, Moisés, David, Salomón, Melquisedec, Jonás, Job, Joaquín; y de mujeres como Susana, Sara, Débora, Raquel, Judith, Rut, Ana, Isabel, etc., llegamos a la plenitud de los tiempos, al momento esperado durante tantos siglos.

Según una antigua tradición, en el 25 de marzo coinciden ―además del equinoccio de la primavera, que es el día en el que la creación parece que volviera a nacer― dos acontecimientos centrales en la historia de la humanidad: la Encarnación del Hijo de Dios (por esa razón la Navidad se celebra nueve meses después) y también la muerte del Señor.

Para darle realce a esta celebración, en el momento de rezar el Credo los fieles se ponen de rodillas al decir: «y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre», como también lo harán el día de la Navidad. Son gestos litúrgicos que tratan de ayudarnos a comprender la grandeza de esta solemnidad. También nos servirá contemplar qué nos dice el Señor en la Escritura.

El primer anuncio del Mesías se remonta al Génesis, al momento de la expulsión de Adán y Eva del paraíso terrenal. En ese primer juicio, el Señor anuncia que vendrá otra Mujer para aplastar la cabeza de la serpiente y cuya descendencia vencerá al demonio (Gn 3,16). Con razón a este pasaje se le llama «el Protoevangelio», el primer anuncio de la Buena Nueva.

Más adelante, como se considera en la fiesta de san José, el profeta Samuel proclama que el Señor concederá un reino sin final a un descendiente de David. Ese es uno de los muchos papeles, no el menor, que juega el Santo Patriarca en la vida de su Hijo adoptivo: entroncarlo en la genealogía davídica, permitir que se cumpla la profecía mesiánica.

Pero con respecto a la concepción virginal el anuncio más clásico es el de Isaías (7,14). Estamos en el siglo VIII antes de Cristo. El profeta se presentó ante el rey Ajaz para decirle, de parte de Dios, que no hiciera ninguna alianza con los poderosos enemigos que le apremiaban, para no caer en la idolatría. Y para garantizar que estaba cumpliendo una embajada divina, le dijo que podía pedir el signo que quisiera. El rey contestó con una disculpa de apariencia religiosa, para evadir el embarazoso consejo: No lo pido, no quiero tentar al Señor.

A lo que el profeta respondió, con unas palabras que conservarían su validez a lo largo de muchos siglos: Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel. Aunque el texto original que se refiere a la futura madre podría traducirse como «doncella» o «muchacha», la cual podría ser la misma esposa del rey, los judíos vieron en el oráculo un anuncio más profundo. Esto se nota por ejemplo en que, al traducir el texto al griego, prefirieron escribir la palabra parthénos, virgen.

Esta tradición permitió a Mateo que, inspirado por el Espíritu Santo, interpretara que el anuncio profético se cumplía con la concepción virginal de Jesús en el seno de María. Benedicto XVI concluye su consideración de esta predicción diciendo que «el Emmanuel ha llegado. M. Reiser ha resumido en esta frase la experiencia que tuvieron los lectores cristianos respecto a esta palabra: “La profecía del profeta es como un ojo de cerradura milagrosamente predispuesto, en el cual encaja perfectamente la llave Cristo”».

El salmo 40, cuya parte central es la disposición del salmista para obedecer al Señor, es como un anticipo de la respuesta de Jesús, que es la misma de María y debería ser la nuestra: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. El estribillo del salmo es como el marco adecuado para contemplar el relato evangélico de la vocación de María (Lc 1, 26-38):
En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Todo tiene sentido, a la luz de la mirada divina. Nos situamos en una aldea perdida de un pueblo dominado por el imperio romano. La protagonista es una campesina pobre, sencilla, prometida con un humilde jornalero. ¡Y estamos hablando de la Mujer más importante de la historia, de la obra maestra de la creación! Guardando las distancias, también a nosotros el Señor nos tiene preparado unos designios, en apariencia sencillos, quizás nada llamativos. ¡Pero cuánto está en juego, dependiendo de nuestra respuesta a sus llamadas, grandes o pequeñas de cada día!

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate». Llama la atención que el anuncio de la llamada divina, el desvelamiento de la voluntad de Dios, el cambio de todos los proyectos de aquella joven doncella, comience con una invitación a estar alegre. Y es que ¡cómo va a haber miedo, tristeza o preocupación cuando se cumplen los designios del Señor!

Por eso decía san Juan Pablo II al explicar el Rosario: «El primer ciclo, el de los “misterios gozosos”, se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: “Alégrate, María”. A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo» (RVM, n.20).

El ángel debía haber saludado a María con el tradicional shalom –la paz esté contigo–, pero el Evangelio nos transmite la expresión chaire: ¡Alégrate!, que también se relaciona con la palabra «gracia». La vocación de María a ser el Templo en el que se encarna el Señor es la fiesta de la alegría. ¡Alégrate! Benedicto XVI afirma que con estas palabras «comienza en sentido propio el Nuevo Testamento. En el saludo del ángel se oye el sonido de un acorde que seguirá resonando a través de todo el tiempo de la Iglesia y que, por lo que se refiere a su contenido, también se puede percibir en la palabra fundamental con la cual se designa todo el mensaje cristiano en su conjunto: el Evangelio, la Buena Nueva».

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Con la llamada de Dios a la Virgen se cumplen las promesas, las profecías mesiánicas. La invitación a seguirlo es el camino más seguro para la felicidad, propia y de los demás. Por eso el ángel, después de alabarla como la  llena de gracia, la especialmente unida al Señor, la colmada de bendiciones por la Trinidad, le dice ante la turbación de la Virgen: No temas, María.

Es normal sentir inquietud, plantearse los problemas que el nuevo camino ofrece a los proyectos que nos habíamos hecho. Pero, como decía el papa Benedicto el día del inicio de su pontificado, «quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada ―absolutamente nada― de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida».

La Virgen plantea el interrogante natural, ante una nueva llamada que parece alterar los planes que ella entendía que Dios le tenía preparados, pues había pensado ofrecer su virginidad para el Señor. Como resume Benedicto XVI, «María, por razones que nos son inaccesibles, no ve posible de ningún modo convertirse en madre del Mesías mediante una relación conyugal».

Por esa razón pregunta: ¿Cómo será eso? Y cuando el Ángel le responde ―una explicación que exige mucha fe, pues tampoco es lo más corriente en la vida de una persona: ―El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios, Ella no ofrece más trabas y sencillamente responde, como fruto de su profunda fe y de su amor a Dios: Amén!, Fiat!, ¡Hágase! «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Una respuesta que es equivalente a decir: «He aquí la esclava del Señor, dócil para obedecer, pronta para servir, dispuesta para recibir» (Andrés de Creta). San Josemaría invita a alabar y agradecer a la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, por la nueva dinámica que ha introducido en la historia con su respuesta generosa: «¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya ―fiat― nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. ―¡Bendita seas!» (C, n.512).

A partir de ese momento, María es la hija de Sión, que lleva en su seno al Hijo de Dios. «Al encanto de estas palabras virginales» el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Cf. SR, 1 Gozo). Plantó su tienda en nuestro campamento, puso su morada en nuestro barrio. Parafraseando a algunos Padres, podemos decir que la Palabra de Dios se abrevió hasta hacerse un embrión. Es el motivo por el cual el autor de la epístola a los Hebreos aplica al mismo Jesús la respuesta que meditamos en el Salmo: «cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo (…). Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”». ¡Qué humildad! ¡Qué ejemplo para nuestra soberbia!

El Prefacio de la Misa contempla la escena del Evangelio con palabras que permiten contemplar la doble dimensión de esta festividad, no solo la generosidad de María para acoger el llamado, sino también la abnegación del Señor para encarnarse y salvarnos: «la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo, por obra del Espíritu Santo, iba a hacerse hombre por salvar a los hombres; y lo llevó en sus purísimas entrañas con amor. Así Dios cumplió sus promesas al pueblo de Israel y colmó de manera insospechada la esperanza de otros pueblos».

Por ese motivo, la Iglesia nos invita a pedir en esta fiesta «que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina». Para eso se encarnó, para ofrecernos un modelo de hombre perfecto. Y para facilitarnos el camino, brindándonos la gracia para lograrlo.

En la senda de los antiguos liturgistas, que ―como decíamos al comienzo― unían la creación, la encarnación y la muerte de nuestro Señor, la Misa concluye con una oración que enlaza el acontecimiento de la Encarnación con el misterio pascual, que estamos a punto de celebrar en pocos días: «Confirma, Señor, en nosotros la verdadera fe, mediante los sacramentos que hemos recibido; para que cuantos confesamos al Hijo de la Virgen, como Dios y como hombre verdadero, podamos llegar a las alegrías del Reino por el poder de su santa resurrección».