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jueves, septiembre 03, 2015

Pobreza


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En el Evangelio de san Lucas, después de narrar la infancia y los preparativos del ministerio de Jesús, los comienzos de su labor apostólica se sitúan en Galilea, la tierra donde había crecido. En el capítulo cuarto, vemos al Señor en la sinagoga de Nazaret, presentando lo que podríamos llamar su programa de acción pastoral (vv.16-30). En primer lugar, enseñó que en Él se cumplían las profecías mesiánicas: Dios libraría a su pueblo y lo haría a través de su misión. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido».
Vemos de pasada las costumbres del Señor, cómo frecuentaba la sinagoga cada sábado, solo que en esta ocasión se puso en pie para hacer la lectura. Al desenrollar el sagrado pergamino, encontró un texto del profeta Isaías, en el que presentaba al Mesías lleno del Espíritu Santo. Ya desde los primeros pasajes de su narración, el evangelista muestra esa unidad inefable que hay entre las Personas divinas. Había narrado en la Encarnación que el Paráclito descendió sobre María, y en el Bautismo había descrito la teofanía junto al Jordán —el Espíritu en forma de paloma—; lo había llevado durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo (Lc 4,2); ahora, en los inicios de la predicación de Jesús, volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu (Lc 4,14).
La escena concluirá con la reacción polémica de su pueblo ante la explicación del motivo por el cual no hacía en su terruño los milagros que se contaban de otras poblaciones: todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino. Benedicto XVI concluye que «precisamente con el mensaje de gracia que Jesús trae se inaugura la perspectiva de la cruz. Lucas, que ha redactado con gran cuidado su Evangelio, ha puesto muy conscientemente esta escena como una especie de título para toda la obra de Jesús».
Esa perspectiva de la cruz muestra el camino, pero también la meta: la redención, el perdón de los pecados, la liberación de los oprimidos, la evangelización de los pobres. Este es el punto clave sobre el cual podemos hacer nuestra oración de hoy. ¿Cuáles son los destinatarios principales de su mensaje? —Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor.
Jesucristo muestra su predilección por aquellos que ocupan los últimos lugares a los ojos de los hombres. Pero no se trata solo de una situación económica o social. Según la Sagrada Escritura, los pobres, cautivos y oprimidos son aquellos que se reconocen necesitados de la misericordia divina: «Se anuncia el Evangelio a los pobres (Mt 11,5), leemos en la Escritura, precisamente como uno de los signos que dan a conocer la llegada del Reino de Dios. Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo» (Conv., n.110). Por esa razón, María es la primera entre esos pobres de Israel (los “anawin”).
Pidámosle al Señor que nos ayude a meditar en su amor a esta virtud, para aprender de Él a ser pobres en el espíritu, y merecer la bienaventuranza prometida en el sermón del monte: porque de ellos es el reino de los Cielos. ¿Cómo vivió Jesús la pobreza? Podríamos preguntar a cualquiera de los asistentes a la sinagoga y nos contaría lo que transmite la Escritura: Jesucristo siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza (2Co 8,9).
¡Vaya paradoja! La pobreza enriquece… No es lo que enseña el mundo, que valora a la persona por lo que tiene en el banco. Y como nosotros nos movemos en ese ambiente, corremos el riesgo de contaminarnos con esa mentalidad, de sentirnos mal cuando escasean los medios materiales, o de poner nuestra esperanza en las capacidades económicas, en lo que poseemos. En cambio Jesús, cuando quiere manifestar su amor a alguien (por ejemplo, al joven rico), le pide que se haga pobre, que lo deje todo por Él, que se enriquezca con la pobreza cristiana.
Una pobreza que comienza con el desprendimiento de sí mismo, del amor propio, del estar siempre pendientes de nuestras cosas, de nuestros trabajos, de nuestro descanso, de nuestra salud, del prestigio que tenemos, de la opinión que los demás se van formando de nosotros: «corazones generosos, con desprendimiento verdadero, pide el Señor. Lo conseguiremos, si soltamos con entereza las amarras o los hilos sutiles que nos atan a nuestro yo. No os oculto que esta determinación exige una lucha constante, un saltar por encima del propio entendimiento y de la propia voluntad, una renuncia -en pocas palabras- más ardua que el abandono de los bienes materiales más codiciados» (AD, n.115).
Después del desprendimiento interior viene, como lógica consecuencia, el desapego de los bienes materiales. Nos pueden ayudar para nuestra meditación unos puntos de la Encíclica “Laudato si’” (nn. 222-227), en los que el papa Francisco explica el principio ascético del “menos es más”: se trata de una invitación a vivir la virtud de la sobriedad, que nos capacita para gozar con poco. El planteamiento ecológico va más allá de no quemar árboles o no matar ballenas. Cuando uno medita más a fondo el compromiso que conlleva el mandato divino de dominar la tierra, se da cuenta —como explica la encíclica— que es necesario volver a la simplicidad, valorar lo pequeño, «evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres».
El ambiente materialista nos hace creer que la clave de la felicidad está en el poseer y que la pobreza es sinónimo de tristeza. Por el contrario, la dinámica del Evangelio es que la pobreza enriquece, hace feliz, nos acerca más al Señor: «Si estamos cerca de Cristo y seguimos sus pisadas, hemos de amar de todo corazón la pobreza, el desprendimiento de los bienes terrenos, las privaciones» (F, n. 997).
La sobriedad, la sencillez, la pobreza, la humildad, son caminos de la verdadera felicidad. Porque enseñan a contentarse con poco, a no crearse necesidades, a contentarse con lo suficiente para pasar una vida sobria y templada: «Se puede necesitar poco y vivir mucho, sobre todo cuando se es capaz de desarrollar otros placeres y se encuentra satisfacción en los encuentros fraternos, en el servicio, en el despliegue de los carismas, en la música y el arte, en el contacto con la naturaleza, en la oración. La felicidad requiere saber limitar algunas necesidades que nos atontan, quedando así disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida» (LS, n.223).
Pidámosle al Señor que nos ayude a descubrir la riqueza de esta virtud. Y a valorar la presencia de Dios especialmente en las personas más necesitadas, en los enfermos, los ancianos, los pobres, los niños, los desempleados, los desplazados y migrantes: «precisamente entre ellos es donde más a gusto se encuentra» (S, 228). Por esa razón, la Iglesia siempre se ha caracterizado por promover, junto con el anuncio del Evangelio y el culto litúrgico, la caridad con los más necesitados (DCE, n.25). Esta triple dimensión manifiesta la naturaleza íntima de la Iglesia, y hay que sospechar de cualquier institución en que no estén las tres características (porque también si solo hay labor social se corre el riesgo de convertir a la Iglesia en una ONG).
San Josemaría enunciaba unos principios que ayudan a vivir el  desprendimiento como virtud que lleva a identificarnos con Jesucristo: «No tener nada como propio, no tener nada superfluo, no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar las cosas que usamos; hacer buen uso del tiempo» (Álvaro del Portillo, Entrevista con el Fundador del Opus Dei, p. 181).
Pero además del cuidado personal de la virtud de la pobreza, también estamos llamados a promover a nuestro alrededor la justicia social, cada uno según sus capacidades. De una parte, fomentando los propios talentos, pero además tenemos la invitación a vivir las obras de misericordia, como el papa ha recordado de cara al próximo año jubilar: visitas a pobres y enfermos, catequesis a necesitados, ayudar a los que necesitan nuestra asistencia —explicar una lección, acompañar en la soledad, ayudar al cuidado de los niños, etc.—, generar empleo, pagar lo justo a los empleados, vivir las exigencias de la propia vocación cívica en cuanto a impuestos, votaciones, participación ciudadana, etc.
Pero la principal manera de fomentar esa justicia social es con la santificación del propio trabajo. No se trata de que todas las personas de buena voluntad, para serlo, deban laborar en organismos de beneficencia. Cada uno, desde su trabajo hecho cara a Dios, honradamente, con espíritu de servicio, desempeña una insustituible labor de justicia: «Dios quiere que permanezcáis en vuestro lugar. Desde ahí, podéis realizar —estáis realizando— una labor colosal en beneficio de los pobres e indigentes, de los que padecen ignorancia, soledad y dolor —en tantas ocasiones a causa de la injusticia de los hombres—, porque al buscar la santidad con todas vuestras fuerzas, santificando el trabajo profesional y las relaciones familiares y sociales, contribuís a informar la sociedad humana con el espíritu cristiano» (Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 9 de enero de 1993, n. 20, Citado por Schlag M, 2014, [SetD] p.372).

Decíamos al comienzo que la Virgen santísima fue la primera entre los anawin, los pobres del Señor. A Ella le pedimos que nos ayude a imitar el ejemplo de su Hijo, que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

sábado, julio 31, 2010

Avaricia y pobreza. El rico necio


La semana pasada estuve hablando con un joven médico que albergaba una duda desde su adolescencia: recordaba haber leído una famosa novela en que se planteaba el tema de la pobreza de Cristo. Muchos años después, seguía diciendo que no había  podido encontrar la respuesta adecuada a su duda juvenil. Yo intenté responderle del mejor modo posible, espero que al menos le haya dado una pista para que él, por su cuenta, siga profundizando en ese interesante argumento.

Y casualmente –para los cristianos la casualidad se llama Providencia-, el evangelio de este domingo (Lc 12,13-21) habla del tema de la pobreza: Uno de entre la multitud le dijo: —Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. Pero él le respondió: —Hombre, ¿quién me ha constituido juez o encargado de repartir entre vosotros? Este pasaje es exclusivo de Lucas, como la parábola del hijo pródigo y el padre misericordioso. Hay quien ve en esta discusión ecos del problema entre los dos hermanos de la parábola.

Aparentemente, se trata de una pregunta inoportuna… El Señor está hablando de la importancia del juicio de Dios por encima del de los hombres y aparece un espontáneo que lo quiere de árbitro en un litigio familiar. Pero en realidad se refiere a lo mismo: antes les aconsejaba que no temieran, ahora les habla de no poner tanto cuidado en las cosas materiales (Saoût).

Mi amigo médico se preguntaba si podía decirse que Jesús había sido pobre, pues había poseído algunos bienes materiales. Ahí radicaba su principal duda. Y es que a fuerza de predicar sobre la pobreza del Señor, en algunos ambientes ha quedado la idea de que los medios materiales son, en sí mismos, malos. Hay un platonismo de fondo en esa actitud, emparentada con quien demoniza el amor humano porque entraña el cuerpo, que se opondría al espíritu.

Y precisamente la vida de Jesús nos enseña que la materia, y en concreto el vestido, la comida, el dinero, no solo no son malos, sino que son buenos: “vio Dios que era bueno”, se lee en el Génesis después de cada día de la Creación material. Y Jesucristo mismo comía y bebía con la gente que se encontraba –almas a las que evangelizaba- hasta el punto de recibir críticas por ser “comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores”.

En el Calvario encontramos un detalle que nos enseña más que muchas palabras: los soldados no quisieron dividir la túnica de Jesús –debía de ser de buena calidad-, sino que decidieron rifársela, para que el ganador se quedara con ella toda entera. ¡Cómo no pensar en las manos de la Virgen, tejiendo la mejor vestidura posible para su Hijo y su Dios! ¡Con qué cariño recibiría el Señor aquella prenda, convencido de que, al lucirla, también le hacía un homenaje al trabajo de su Madre!

Jesús, que nació en un pesebre y en algunos momentos “no tenía dónde reclinar su cabeza”, también sabía convivir con la élite de su sociedad. Asistía a bodas como la de Caná o a banquetes como el de Betania que vimos hace quince días o el que le organizó Zaqueo. Cuando aceptó la invitación de Simón el fariseo, le recriminó al final por no haber vivido los detalles de etiqueta, la cortesía que es manifestación de caridad: el lavado de los pies, el ósculo del anfitrión, etc. (Cf. Amigos de Dios, 122).

Y había logrado imponer un tono humano alto entre el grupo de sus seguidores, a veces recurriendo a la corrección dura: “no sabéis a qué espíritu pertenecéis”, pero sobre todo con su propio ejemplo, haciendo de aquella familia una extensión del hogar en que Él se había criado en Nazaret, con María y con José. Es fácil suponer que también de ese ambiente educado se sirvió para atraer a Mateo, un comerciante muy bien situado, para que fuese uno de sus discípulos. Desde luego, en esa tarea ayudaron muchísimo las mujeres que le seguían “y le servían con sus bienes”.

2. Una vez aclarada la bondad de los medios materiales, también durante la vida terrena de Cristo, sigamos con la enseñanza que nos transmite San Lucas: Y añadió: —Estad alerta y guardaos de toda avaricia; porque aunque alguien tenga abundancia de bienes, su vida no depende de lo que posee. Estad alerta… precisamente por estar en medio del mundo, se nos puede colar como por ósmosis la avaricia. Tenemos en la mente la idea del avaro: para no faltar a la caridad pensando en personas de la vida real, podemos imaginarnos a los personajes de Dickens o de Molière.

El Diccionario de la Real Academia define la avaricia como el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”. Y a eso se refiere el Señor en el Evangelio: el ser humano busca abundancia de bienes y puede caer en la tentación de hacer depender su vida de lo que posee. En la situación actual nos puede suceder lo mismo: el desarrollo económico, la devaluación del dólar y mil detalles concomitantes aparecen a la vuelta de la esquina para procurar que nosotros mismos nos convirtamos en avaros tan detestables como el famoso Scrooge.

Por eso siempre será actual la enseñanza del Qohélet o Eclesiastés: ¡Vanidad de vanidades, vanidad de vanidades, todo es vanidad! Se trata de una reduplicación de la palabra judía habel: viento, soplo, vapor, vacío, nada, absurdo (Ravasi).  La sabiduría hebrea nos hace pensar que todo aquello a lo que aspiramos: triunfos, reconocimiento, dinero, placer, es “vanidad de vanidades”… todo es viento, inconsistencia, desilusión.

Estad alerta y guardaos de toda avaricia, del afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. La virtud contraria a este defecto es la pobreza de espíritu. Retomando lo que decíamos antes sobre los bienes materiales, podemos citar a San Juan Crisóstomo: «Lo malo no es la riqueza, lo malo es la avaricia, lo malo es el amor al dinero». Y San Josemaría enseñaba en su primer libro: “Despégate de los bienes del mundo. —Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente. —Si no, nunca serás apóstol” (Camino, n. 631).

El Papa Benedicto XVI (8-IX-2007) nos anima a que nos examinarnos con frecuencia para ver qué tal estamos viviendo la pobreza de espíritu: Quien quiera seguir a Cristo de un modo radical, debe renunciar a los bienes materiales. Pero debe vivir esta pobreza a partir de Cristo, como un modo de llegar a ser interiormente libre para el prójimo. Para todos los cristianos, (…) la cuestión de la pobreza y de los pobres debe ser continuamente objeto de un atento examen de conciencia. Precisamente en nuestra situación, en la que no estamos mal, no somos pobres, creo que debemos reflexionar de modo particular en cómo podemos vivir esta llamada de modo sincero. Quisiera recomendarlo para vuestro —nuestro— examen de conciencia”.

Señor: aprovechamos este momento de oración para hacer ese examen valiente que el Santo Padre nos propone: ¿hay algunos aspectos de mi vida en que estoy apegado a los bienes materiales? ¿Qué me sobra? ¿De qué cosas podría desprenderme? ¿Sé encontrarte en el servicio al prójimo, especialmente en los más necesitados? ¿Hace cuánto no sacrifico un poco de mi tiempo para visitar a tus pobres?

San Josemaría enseñaba que la clave para vivir bien esta virtud, para examinar nuestras disposiciones, está en contemplar al Señor como nuestro modelo: “Si estamos cerca de Cristo y seguimos sus pisadas, hemos de amar de todo corazón la pobreza, el desprendimiento de los bienes terrenos, las privaciones” (Forja, 997). En una entrevista apuntaba: “Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque —hecha de cosas concretas— (...). Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana”.

Pobreza real, que se note y que se toque. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre los compañeros. Parece difícil conciliar estas dos actitudes. El Fundador del Opus Dei concluía que la clave para “lograr la síntesis entre esos dos aspectos es —en buena parte— cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momento, para encontrar en cada caso lo que Dios nos pide” (Conversaciones, n. 110).

3. El Señor hace más gráfica su enseñanza con la parábola del rico necio: —Las tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a pensar para sus adentros: «¿Qué puedo hacer, ya que no tengo dónde guardar mi cosecha?» Y se dijo: «Esto haré: voy a destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: “Alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien”». Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado, ¿para quién será?» Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios.

Si las tierras dieron fruto es porque las había trabajado. Había planeado, hecho proyectos, fue prudente: no se trata de cosas malas. ¡Actuó bien! ¿Por qué razón, entonces, el Señor lo pone como contraejemplo? –porque dejó a Dios de lado. Hizo depender su vida de lo que poseía. Cayó en el “afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”. Estaba obsesionado con poseer más, con la “productividad”, diríamos hoy. Fue codicioso, avaro.

En los verbos que usa Jesucristo en la parábola se nota el planteamiento egoísta: yo no tengo, mi trigo, mis bienes, mi alma, descansa, come, bebe, pásalo bien. Es llamativa la moraleja del Señor, que va más allá de una simple llamada a la pobreza de espíritu: Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios. El rico necio pensaba en el futuro inmediato, no en la vida eterna. Jesús anima a atesorar ante Dios, a pensar en la vida eterna. Plantea la importancia de la virtud de la esperanza para la vida cristiana.

Pensar en la vida eterna es un buen revulsivo para despegarse de los bienes terrenales: “Hemos comprobado, de tantas maneras, que lo de aquí abajo pasará para todos, cuando este mundo acabe: y ya antes, para cada uno, con la muerte, porque no acompañan las riquezas ni los honores al sepulcro” (Amigos de Dios, n. 209).

“Nadie puede servir a dos señores”, dirá en otra ocasión el Señor. Berger interpreta que Jesús considera la relación del ser humano con el dinero como esclavitud. La única manera de usar bien de los medios terrenales es verlos como lo que son: medios, no fines. El fin es la santidad, sirviéndose –como Jesús- de las cosas terrenales. Ser rico ante Dios, como vemos en el Salmo 90: El Señor es mi refugio. La vida es alegría si el Señor nos sacia con su amor cotidiano.

Este es un aspecto importante de nuestra labor apostólica para estos tiempos. Aunque no lo hacemos para que nos vean, se debe notar el esfuerzo por mejorar en la virtud: hemos de ir por delante, con nuestro propio ejemplo de desprendimiento interior y exterior, de sobriedad y moderación en las comidas y bebidas. Quizá podemos recortar un poco los gastos –en ocasiones habrá que ser magnánimos, sobre todo con los demás y será esa la mejor manera de vivir esta virtud-. También miremos en este examen cómo es nuestro descanso, el deporte, los viajes, cómo vivimos la templanza en la diversión y en el uso del tiempo libre.

Un sitio en el que se debe vivir en primer lugar el ser ejemplares en esta virtud es el propio hogar, en la formación de los hijos, que deben aprender que las cosas cuestan. Otro campo de ejercicio es el trabajo: aprovechar la jornada, hacer rendir los medios que tenemos, ser idóneos profesionalmente para ganar más y poder sacar adelante el hogar. Se trata de prácticas que nos ayudan a santificar la vida ordinaria.

Como en todas las virtudes, debemos adquirir “piel fina”, para aprender a amar las carencias, a no crearnos necesidades, a descubrir apegamientos y a prescindir de objetos o aficiones superfluas. Por ejemplo, en nuestro tiempo la tecnología pretende que cambiemos de modelo de teléfono, de agenda, de carro, cada año o cada seis meses. Y podemos terminar “ahorcados” en un mar de cables, de aparatos viejos, o de múltiples equipos para la misma función… Ahí tenemos una veta para el examen de conciencia del que hablaba el Papa.

Acudamos a la Virgen Santísima, para que aprendamos –como Ella- a imitar a su Hijo en el modo en que vivió la virtud del desprendimiento desde el pesebre hasta la Cruz, pues –como dice San Pablo- siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza (2 Co 8,9).