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jueves, diciembre 06, 2007

Madre humilde


6 de diciembre

Llegamos hoy al séptimo día de la Novena en honor de la Inmaculada Concepción, cuando la Iglesia celebra a San Nicolás de Bari. Las lecturas propias de la fiesta presentan al profeta Isaías (6, 1-8) que nos narra su vocación: “Escuché entonces la voz del Señor que decía: "¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía?" Yo le respondí: "Aquí estoy, Señor, envíame"”. 

San Lucas reseña en su Evangelio (10, 1-9) los consejos que Jesús da a los setenta y dos discípulos cuando los envía como misioneros: “En la casa en que entréis decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: «El Reino de Dios está cerca de vosotros»”. 

Sabemos que San Nicolás es conocido como el santo Obispo intercesor para las necesidades materiales. En su figura se encuentra el origen del famoso personaje navideño de Santa Claus, pues siempre fue tradicional la generosidad con la que gastó la fortuna que había heredado de sus padres en servicio de las personas necesitadas, de toda edad y condición. Esta fiesta nos puede servir para pensar en otra característica de la Virgen María: su pobreza y humildad. En el canto del Magnificat, que hemos considerado en otras ocasiones, la misma Madre de Dios alaba al Señor porque “ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque (…) manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos”.

Cuando habla de su humildad, está señalando la “humillación” y “miseria” que en el Antiguo Testamento conllevaba la esterilidad de una mujer. Juan Pablo II comentaba que, “con una expresión semejante, María presenta su situación de pobreza y la conciencia de su pequeñez ante Dios que, con decisión gratuita, puso su mirada en ella, joven humilde de Nazaret, llamándola a convertirse en la madre del Mesías”.

Benedicto XVI consideraba también el mismo cántico hace unos meses: “es un canto que revela la espiritualidad de los "anawim" bíblicos, es decir, de aquellos fieles que se reconocían "pobres" no sólo por el desapego a toda idolatría de la riqueza y del poder, sino también por la humildad profunda del corazón, desnudo de la tentación del orgullo, abierto a la gracia divina salvadora. Todo el "Magnificat" se caracteriza por esta "humildad", en griego "tapéinosis", que indica una situación de concreta humildad y pobreza.”

Y concluía el Papa actual: “En la segunda parte, a la voz de María se asocia toda la comunidad de los fieles que celebra las acciones que Dios ha realizado en la historia, manifestando así el modo cómo se comporta: Él está siempre de la parte de los últimos. A este respecto comenta San Ambrosio: "Esté en cada uno presente el alma de María para engrandecer al Señor, esté en cada uno el espíritu de María para exultar en Dios; si, según la carne, la madre de Cristo es una sola, según la fe todas las almas engendran a Cristo; en efecto, cada una acoge en sí misma al Verbo de Dios"”.

Madre nuestra: ayúdanos a parecernos a ti, a imitarte en esta actitud de “engrandecer al Señor, exultar en Dios, acoger en nosotros mismos al Verbo de Dios”.

Una anécdota entre muchas, que habla de la humildad de Juan Pablo II, la cuenta el franciscano que ejerció durante muchos años como su predicador, que responde lo siguiente a la pregunta por si el Papa Juan Pablo II era un buen oyente de sus meditaciones: “–Nunca faltaba a una charla, incluso cuando no estaba muy bien de salud. La primera vez que hablé en la basílica de San Pedro tuve que hacerlo muy despacio porque mi voz resonaba, me alargué diez minutos más de lo previsto y el obispo que velaba por el desarrollo de la ceremonia estaba un poco nervioso y miraba a menudo su reloj. Este obispo me comentó día después que Juan Pablo II le había dicho sonriendo: “Cuando un hombre de Dios nos habla no tenemos que mirar nuestros relojes”. Una vez, Juan Pablo II faltó dos viernes de Cuaresma porque estaba de viaje en América Central, y al regresar me pidió perdón por sus dos ausencias. Otro día me perdí en el tráfico de Roma y llegué un cuarto de hora tarde al Vaticano. Los cardenales estaban un poco impacientes, pero Juan Pablo II estaba orando muy tranquilamente”. 

A pesar de ser la máxima autoridad en la Iglesia, Juan Pablo II se sabía un servidor de los demás, valoraba a los otros y agradecía cualquier pequeño detalle que se tuviera con él. Seguramente aprendió esta actitud en la escuela de María, a la que había consagrado toda su vida y todas sus cosas, con su lema episcopal: “Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt”. También nosotros hemos de aprender de nuestra Madre a ser humildes, a servir, a valorar a los otros. A estar desprendidos de los bienes materiales, como San Nicolás de Bari. 

San Josemaría presenta un buen listado de sugerencias que nos pueden ayudar para examinarnos y ver cómo estamos de humildad:
Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:
––pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás;
––querer salirte siempre con la tuya;
––disputar sin razón o –cuando la tienes– insistir con tozudez y de mala manera;
—dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad;
—despreciar el punto de vista de los demás;
—no mirar todos tus dones y cualidades como prestados;
—no reconocer que eres indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que posees;
—citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;
—hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te contradigan;
—excusarte cuando se te reprende;
—encubrir al Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti tiene;
—oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;
—dolerte de que otros sean más estimados que tú;
—negarte a desempeñar oficios inferiores;
—buscar o desear singularizarte;
—insinuar en la conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional...;
—avergonzarte porque careces de ciertos bienes..." (Surco, 263).

Pidamos a nuestra Madre que esta meditación termine con un propósito concreto que nos ayude, en este tiempo de conversión que es el adviento del año mariano, a decrecer un poco para que crezca Dios en nosotros. Como decía San Ambrosio, a “engrandecer al Señor, exultar en Dios y acoger en nosotros mismos al Verbo de Dios”.

Terminamos con otras palabras de San Josemaría: “‘Quia respexit humilitatem ancillae suae’ –porque vio la bajeza de su esclava... ¡Cada día me persuado más de que la humildad auténtica es la base sobrenatural de todas las virtudes! Habla con Nuestra Señora, para que Ella nos adiestre a caminar por esa senda" (Surco, 289).