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viernes, julio 22, 2011

María Magdalena

Celebramos la fiesta de santa María Magdalena, y en el Evangelio de la Misa nos topamos con el final de la vida terrena de Jesús. Han pasado los dolorosos momentos de la pasión y muerte de nuestro Señor. Al tercer día, se cumplirían todas las promesas por las cuales aquellos seguidores lo habían dejado todo. Después de la «noche del alma» que pasaron durante el Viernes y el Sábado Santos, aquellos discípulos recibirían el premio a su fe y a su perseverancia: podrían ver cumplidas las Escrituras con la Resurrección de Jesús.
¡Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe!, aseguraba san Pablo (1 Co 15,14). Detengámonos, en nuestro diálogo con Jesucristo, para considerar una aparición del Señor glorioso, que nos podrá servir para darnos más cuenta de que esa llamada a la santidad y al apostolado que hemos meditado hasta ahora no es un acontecimiento del pasado, perdido en la historia. Contemplar a Jesús vivo, por todos los siglos, nos hará experimentar la actualidad de esa vocación que dirige a cada alma; nos facilitará comprender cuál es su voluntad para nuestra vida, como le sucedió a María Magdalena la mañana del domingo de Pascua.
Ella es uno de los personajes más importantes del día cuya aurora fue testigo de la Resurrección. El himno de las Vísperas de su fiesta ofrece un rápido repaso de su biografía: «Oh María, estrella radiante de Magdala, mujer afortunada, a quien el Señor allegó mediante el estrecho vínculo de su Amor. Tras descubrir su imperio para expulsar a los demonios, le agradeces tu curación, gozosa de haber trocado tus cadenas por la fe».
Mujer afortunada, discípula de Jesús, que descubrió el mejor negocio: cambiar las cadenas del pecado por la fe y el amor a Jesucristo. Varias oraciones de la Misa se centran en esa «fuerza de su amor, que le llevó a seguir de cerca las huellas del Maestro y acompañarle, ya para siempre, con el afán solícito de servirle».
Una peculiaridad de la vida de esta santa es que siguió y sirvió a Jesús hasta la muerte, mientras los demás huían. Sin embargo, el Evangelio de la Misa se fija en una escena posterior, en el relato de la Resurrección (Jn 20,1.11-18): El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro. Muy temprano, todavía a oscuras. Estamos en la Vigilia Pascual, y María se dirige a la tumba de su amado.
Fidelidad de María. En el peor momento, ante el abandono, la soledad y el escarnio público, ella da la cara: madruga al sepulcro para acompañar al Maestro. No busca el consuelo en el descanso ni en sus caprichos, sino estando cerca de Él. Lo tiene claro: sin Jesús, nada vale la pena. Fidelidad, a pesar de las circunstancias adversas. Fidelidad, independientemente del día o de la hora. Fidelidad para siempre, pase lo que pase. Fidelidad, perseverancia en la oración, en la búsqueda, en el amor, en la espera. Por eso es llamada «modelo de los que buscan a Jesús».
Ante esa generosidad, uno esperaría la respuesta magnánima de Dios. Por el contrario, el dolor aumenta: Y vio la losa quitada del sepulcro. Quizá desde lejos observó esa anomalía y, mientras las demás mujeres acudían a la sepultura, ella decidió regresar a Jerusalén para contar la noticia a los apóstoles: Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Más tarde, mientras Pedro y Juan descubrían la misteriosa realidad del sepulcro vacío, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. «¡El sepulcro vacío! María Magdalena llora, hecha un mar de lágrimas. Necesita al Maestro. Había ido allí para consolarse un poco estando cerca de Él, para hacerle compañía, porque sin el Señor no merece la pena ninguna cosa. Persevera María en oración, le busca por todos los sitios, no piensa más que en Él. Hijos míos, frente a esa fidelidad, Dios no se resiste: para que tú y yo saquemos consecuencias; para que aprendamos a amar y a esperar de verdad» (San Josemaría, apuntes de la predicación, 24-VII-1964, citado por Echevarría J., 2016).
Amor y fe: María se dirigió al sepulcro, para acompañar un cadáver. El sitio que para otros significaba corrupción e impureza legal, para esta mujer era un sagrario. Después, continuó perseverante en su oración, a pesar de que ni siquiera observaba el cuerpo inerte. San Gregorio alaba su fidelidad: «Busca al que no halla. Lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas». Lloró María. No pudo creer lo que dijeron Pedro y Juan: que los sudarios habían permanecido intactos, plegados, como si Jesús hubiese salido de ellos sin alterarlos. No terminó de imaginarlo —como nosotros—, hasta que le pudo la curiosidad y, mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Aquellos seres son un premio para su fe. Nunca estamos solos, Dios no deja ahogar la esperanza de sus fieles; nos acompaña y consuela. Nos brinda la comunión de los santos en la Iglesia, la fraternidad cristiana, que tanta falta hace. Dios nos envía compañeros de camino, para ayudarnos a perseverar en nuestro ideal de amor. Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Tulerunt Dominum. Pensamos en el pecado de tres días atrás: Tolle, tolle! decía la turbamulta rechazando a Jesús: —¡Fuera, fuera, crucifícalo!
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Vio Jesús, y no supo de quién se trataba. El Maestro, que juega con nosotros, para madurar la virtud de la fidelidad, para ponerla a prueba, le preguntó: —Mujer, ¿por qué lloras? Ella dio la cara una vez más: si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.
Llegamos al momento más emotivo de la escena. Jesús le dice: «¡María!». Hasta entonces, la apariencia física de aquel hombre era irreconocible. Pero, de un momento a otro, al pronunciar el nombre propio, la Magdalena descubrió con quién hablaba. Jesús es el Buen Pastor, que llama a las ovejas por su nombre. Y las ovejas reconocen su voz. Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!».
Celebramos a María Magdalena como pionera: fue la primera en descubrir la tumba abierta y la primera en comunicarlo a los discípulos. Ahora será la primera en recibir una misión del Resucitado. Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos. Jesús le pide que no intente retenerlo, noli me tenere, pues se verán de nuevo. Y porque experimentará su presencia y su cercanía de un modo distinto, como filiación y como fraternidad: ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro».
Santo Tomás dice que ella es «la apóstol de los apóstoles», por la nueva vocación que el Señor le otorgó: ve a mis hermanos y diles… Este es el motivo por el cual el papa Francisco elevó su memoria a la categoría de fiesta, como fruto de la llamada actual «a reflexionar más profundamente sobre la dignidad de la mujer, la nueva Evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina» (Decreto Apostolorum Apostola, 3-VI-2016).
Con ocasión de esta actualización de la liturgia, se proclamó un nuevo prefacio para la fiesta, en el cual se alaba a María Magdalena, por el amor hacia Jesús que venimos meditando: «pues ella lo había amado en vida, lo había visto morir en la cruz, lo buscaba yacente en el sepulcro, y fue la primera en adorarlo resucitado de entre los muertos; y Él la honró ante los apóstoles con el oficio del apostolado, para que la buena noticia de la vida nueva llegase hasta los confines del mundo».
Pero vale la pena considerar no solo su vocación al apostolado, sino el anuncio que Jesús le encomendó: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro». Ya no somos siervos sino amigos. Somos hermanos, hijos del mismo Padre. Desde luego, en órdenes diversos, pues Él es la filiación subsistente y nosotros hijos por adopción: «Ahora no lo puede tocar, retenerlo. La relación anterior con el Jesús terrenal ya no es posible. Se trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo: Si conocimos a Cristo según la carne, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva. El viejo modo humano de estar juntos y de encontrarse queda superado. Ahora ya sólo se puede tocar a Jesús junto al Padre» (Benedicto XVI, 2011, p.331).
Caminar junto al Crucificado. No olvidemos que María Magdalena estuvo al pie de la Cruz, al lado de la Madre de Dios. Que ayudó a preparar el cuerpo de Jesús antes de depositarlo en el sepulcro. Que perseveró con fidelidad integérrima, consecuencia del amor. Que recorrió ese camino «del encerramiento en sí mismo» (siete demonios) «hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza el universo» (Ibidem): María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».
El amor y la fidelidad son apostólicos. Por esa razón, María Magdalena es ejemplo de fidelidad personal proselitista: «La humanidad necesita mujeres y hombres así: capaces de acudir sin cansancio a la misericordia divina, leales al pie de la Cruz, atentos a escuchar —en las tareas ordinarias de cada jornada— el propio nombre de los labios del Resucitado» (Echevarría, 2016).

Concluyamos entonces nuestra meditación pidiendo al Padre, con la oración colecta de la Misa: «Dios nuestro: Cristo, tu Unigénito, confió —antes que a nadie— a María Magdalena la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual; concédenos a nosotros, por la intercesión y el ejemplo de aquella cuya fiesta celebramos, anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos».

sábado, noviembre 13, 2010

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas



1. Al final de su evangelio, San Lucas presenta a Jesucristo en Jerusalén. Después de la entrada triunfal el Domingo de ramos, el Señor aparece impartiendo sus enseñanzas en el Templo, que era el orgullo de los jerosolimitanos, pues estaba adornado con bellas piedras y ofrendas votivas.
El origen de este edificio se remonta al Templo de Salomón, que había sido destruido en el siglo VI a.C. Después del exilio de Babilonia, Zorobabel lo reconstruyó, pero le quedó pequeño y simple. Ya en tiempos cercanos al nacimiento de Jesús, el rey Herodes el Grande, amante de la arquitectura, hizo un gran proyecto para reconstruirlo: solo trabajaron sacerdotes, para que no lo construyeran manos impuras. Comenzó la obra el 19 a.C. y no terminó la última decoración hasta el 64 d.C.
En la escena que presenta el tercer evangelio (Lc 21,5-19), Jesucristo lo ve casi concluido (corría más o menos el año 27 d.C., o sea que la obra llevaba unos 46 años, como dice el evangelio de Juan 2,20). Era mucho más grande que el de Salomón y ofrecía una vista maravillosa: además del tamaño colosal, ostentaba una decoración radiante y los materiales riquísimos (“bellas piedras y ofrendas votivas”).
En este contexto de admiración y orgullo por la restauración del templo, san Lucas presenta el llamado discurso escatológico de Jesucristo: —Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida. Puede ser que cuando Lucas escribiera su evangelio ya se hubiera dado el asedio romano ordenado por Tito en al año 70, que acabó con la nación judía por muchos siglos. Sin embargo, las palabras de Jesús van más allá de la profecía sobre la destrucción de Jerusalén, que sería arrasada por completo en el 132, a causa de una insurrección.
Las palabras de este discurso pertenecen al género apocalíptico, que se caracteriza porque contiene imágenes llenas de misterio: Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis, porque es necesario que sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato.—Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo.
A este género literario también pertenece la primera lectura, en la que el profeta Malaquías (3,19-20) anuncia “el día del Señor”: Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir-dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.
2. El Señor no solo anuncia la destrucción del Templo y de la ciudad entera, ocurrida como castigo por no haber escuchado al Profeta de Dios, sino también las persecuciones que vendrían sobre sus seguidores: antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar testimonio. (…) Seréis entregados incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros y todos os odiarán a causa de mi nombre.
Ante estas persecuciones, venidas incluso de mano de los seres queridos, el Señor pide serenidad, no dejarse engañar ni aterrarse, pues el fin no es inmediato. Además, anuncia su asistencia continua: convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender; porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Los apóstoles experimentarían poco después de la Pascua la verdad de estas palabras. El Jesús rechazado resucitará y dará fuerza a sus discípulos, como se nota en los casos de Esteban y de Pablo.
A esta verdad se refiere Benedicto XVI en su Exhortación “Verbum Domini”, que dedica varios pasajes al apostolado cristiano: “El Verbo de Dios nos ha comunicado la vida divina que transfigura la faz de la tierra, haciendo nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5). Su Palabra no sólo nos concierne como destinatarios de la revelación divina, sino también como sus anunciadores. Él, el enviado del Padre para cumplir su voluntad (cf. Jn 5,36-38; 6,38-40; 7,16-18), nos atrae hacia sí y nos hace partícipes de su vida y misión. El Espíritu del Resucitado capacita así nuestra vida para el anuncio eficaz de la Palabra en todo el mundo” (VD 90).
Hagamos examen sobre qué tan en serio nos tomamos la dimensión apostólica de nuestra vocación cristiana. Si somos conscientes de esa misión para la cual nos capacita el Espíritu del Resucitado. Y saquemos propósitos. Como dice J. Echevarría, “Muchas veces, la lucha personal consistirá precisamente en realizar un plan apostólico; en vencer este o aquel otro respeto humano y hablar de Cristo a una persona amiga; en dejar de lado la propia comodidad y los propios planes, para conversar con alguien o atender una actividad de formación cristiana; en superar la timidez o la cobardía para corregir a otro o invitarle a ser más generoso con Dios” (Eucaristía y vida cristiana, 109).
3. Por último, el Señor garantiza que, a pesar de las dificultades, sus discípulos triunfarán como fruto de la perseverancia: Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Escribe el Prelado del Opus Dei que “el texto permite entender "poseeréis vuestras almas", y así lo leyeron los Padres, siguiendo la Vulgata. Este significado en realidad no difiere del anterior: la salvación del alma significa su posesión, el señorío sobre nosotros mismos con la ayuda de Dios; y esa salvación se logra como se alcanza la posesión de cualquier bien: después de un proceso de adquisición, después de contratar y definir los detalles de la compra o de la herencia, después de luchar por conseguirlo”.
En las dos ocasiones, sigue diciendo Javier Echevarría, “la frase del Señor apunta a lo mismo: a inculcarnos que la identificación con Él (la salvación personal, el fruto de toda la vida) no se consigue en un instante: requiere por nuestra parte continua atención con una perseverancia fiel hasta el final; exige no apartarse del camino, rechazar la mala impaciencia y no descuidar el esfuerzo por conquistar el premio, "a pesar de los pesares".
San Josemaría insistía en la importancia de esta virtud de la lealtad, base humana para la virtud sobrenatural de la fidelidad, con un aforismo sencillo: “comenzar es de todos, perseverar es de santos” (Camino, 983). Así preparaba un guión para predicar sobre este tema: “«Decisión de tener una vida más santa, de vivir vida interior.... No es lo mismo prometer y cumplir, ni empezar que perseverar.... Son muchas las flores de un árbol en primavera..., pero la mayor parte no llegan a resolverse en fruto: son muchos los niños que nacen, pero son muchos menos los que llegan a la plenitud de los años.... Por eso pudo exclamar S. Jerónimo: «Coepisse multorum est, ad culmen pervenisse paucorum»: el empezar a vivir bien es de muchos, el llegar hasta la cumbre de la perseverancia en el bien obrar es de pocos”.
Se aplican en este contexto las famosas y claras palabras de santa Teresa: "No parar hasta el fin, que es llegar a beber de esta agua de vida (...). Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo" (Camino de perfección, 21,2).
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. En este penúltimo domingo del tiempo ordinario podemos hacer balance de lo que va corrido del año y pedir perdón al Señor por nuestras impaciencias, por nuestra falta de perseverancia. Porque a veces nos hemos dejado llevar de las turbaciones, de las emociones instantáneas que se oponen a los sentimientos profundos que el Señor ha grabado en nuestro corazón.
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. El Señor sabía las duras tentaciones a las que se enfrentarían los apóstoles. Por eso quiso animarlos, asegurándoles que –a pesar de todo- si eran pacientes y perseverantes, triunfarían. Y ellos dejaron obrar la gracia de Dios en sus almas y vencieron. Con esa misma confianza acudimos a nuestra Madre, Virgen fiel, para que nos alcance del Señor la gracia de la perseverancia final en nuestra vocación apostólica. Para esa invocación pueden servirnos las palabras de San Josemaría: “Si quieres ser fiel, sé muy mariano”. “Confía. Vuelve. Invoca a la Señora y serás fiel” (Camino, 514)