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viernes, mayo 20, 2011

Camino, Verdad y Vida


El contexto del Evangelio que se lee el V domingo de Pascua es la última cena. Acaba de salir Judas del cenáculo, por lo que Jesús ha recuperado esa intimidad que extrañaba con la presencia de aquel pobre hombre, que estaba sordo para su última revelación. Quizá algunos se dieron cuenta del momento en que Jesús le hizo ver a ese discípulo que sabía de su traición, tratando de moverlo a la conversión. Y al ver que se iba después de las palabras “lo que vas a hacer, hazlo pronto”, sentirían inquietud interior. El ambiente era tenso, varios habían perdido la serenidad.
Por eso, Jesús sale al paso diciendo: No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. Un llamado a la fe, que hará más falta que nunca en las próximas horas. Dice el Catecismo (53) que la fe es una gracia, un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por él; pero que al mismo tiempo es un acto humano: “en la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina”. Por eso le pedimos al Señor en este momento que nos aumente la fe, como le pedían los apóstoles o el papá del muchacho lunático: ayúdanos, Señor, a encontrarte en medio de nuestras dificultades; a no perder la paz, ni la serenidad; a saber que, como dice San Pablo, “para los que aman a Dios, todo es para bien”.
El discurso del Maestro continúa mostrando el premio de la fe: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros”.
Se trata del premio que nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 220). Jesús plantea la verdadera dimensión de la vida terrenal: se trata de un paso hacia la vida definitiva, que es en la casa del Padre. Allí, Él mismo nos prepara nuestra morada junto a la Santísima Trinidad. El Catecismo lo explica (n. 1025): “Vivir en el cielo es "estar con Cristo". Los elegidos viven "en El". Más aún, tienen allí, o mejor, allí encuentran su verdadera identidad, su propio nombre: "Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino" (San Ambrosio)”.
En este momento del año, aprovechemos para pensar en ese descanso definitivo que esperamos merecer: la casa del Padre, donde desaparecerá lo imperfecto, veremos cara a cara y conoceremos como somos conocidos (cf. 1 Cor 13). Como fruto de esa fe en el premio que Cristo nos ha ganado, viviremos la enseñanza de Jesús: No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí.
2. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dijo: —Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? Benedicto XVI comenta que esta pregunta nos enseña a orar: “podemos ponernos con el pensamiento junto a Tomás e imaginar que el Señor también habla con nosotros como habló con él. Al mismo tiempo, su pregunta también nos da el derecho, por decirlo así, de pedir aclaraciones a Jesús. Con frecuencia no lo comprendemos. Debemos tener el valor de decirle: no te entiendo, Señor, escúchame, ayúdame a comprender. De este modo, con esta sinceridad, que es el modo auténtico de orar, de hablar con Jesús, manifestamos nuestra escasa capacidad para comprender, pero al mismo tiempo asumimos la actitud de confianza de quien espera luz y fuerza de quien puede darlas”.
Aunque esta pregunta fue quizás la más afortunada en la vida de Tomás (cuyas otras apariciones en el Evangelio suelen dejarlo mal parado). Con este interrogante le da ocasión a Jesús de expresar una de sus más conocidas afirmaciones sobre sí mismo: “—Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre si no es a través de mí”
Como es lógico, esta afirmación ha tenido muchas glosas. Por ejemplo, San Agustín escribe: “No se te dice: "Esfuérzate en hallar el camino, para que puedas llegar a la verdad y a la vida"; no, ciertamente, sino: ‘¡Levántate, perezoso! El camino en persona vino a ti, te despertó del sueño, si es que has llegado a despertarte. Levántate, pues, y camina’”.
Y San Josemaría comienza con esas palabras una de sus homilías: “Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna. Ego sum via: Él es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Lo declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos, de modo que Dios se halle siempre presente en nuestros pensamientos, en nuestros labios y en todas las acciones nuestras, también en aquellas más ordinarias y corrientes” (AD 127).
El es el camino para llegar a la intimidad divina. El diálogo con Él debe llenar nuestra oración y nuestro día. Y es el ejemplo, el modelo para alcanzar la meta. De ese modo, nos mostrará al Padre, nos lo revelará. Otro comentario de San Agustín: “es «como si estuviera diciendo: ¿Por dónde quieres ir? Yo soy el Camino. ¿Adónde quieres ir? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres permanecer? Yo soy la Vida».
Esta es la clave: verdad y vida califican al camino. Es una vía de verdad y salvación. De la Potterie concluye que Jesús no es solamente el guía que nos muestra la salvación, sino que es el origen mismo de la vida y de la verdad.
Podemos preguntarnos qué lugar ocupa Jesús en nuestra vida. Seguramente diremos que el primero, pero hemos de mostrarlo con obras y de verdad: ¿dedicamos los mejores momentos del día al diálogo con Él?, ¿lo recibimos con frecuencia en la Eucaristía?, ¿preparamos ese encuentro con Él para poder recibirlo con la pureza, humildad y devoción con que lo recibió su Madre?, ¿rechazamos con prontitud las tentaciones de apartarnos de su amor?, ¿le pedimos perdón con frecuencia en el sacramento de la reconciliación? Son las preguntas básicas, que se plantea un cristiano común.
3. Pero en todos los tiempos Jesús ha llamado personas para que lo sigan en su labor de abrir senderos hacia el Cielo. De hecho, comenzábamos este rato de oración contemplándolo en el cenáculo acompañado del grupo de los Once, que habían dejado todo –trabajo, familia, dinero- para seguirlo de cerca. Sin ellos, y sin tantos millares de personas que han sacrificado sus proyectos personales por amos a las almas, no estaríamos ahora pensando en Cristo.
También hoy Jesús espera que muchos cristianos se tomen en serio su fe, como los primeros discípulos. Hace dos meses, el Papa hablaba de este tema a un grupo de jóvenes: “He hablado de la llamada de los primeros Apóstoles, pero con la palabra «llamada» pensamos sobre todo en la Madre de todas las llamadas, en María santísima, la elegida, la Llamada por excelencia. El icono de la Anunciación a María representa mucho más que ese episodio evangélico particular, por más fundamental que sea: contiene todo el misterio de María, toda su historia, su ser; y, al mismo tiempo, habla de la Iglesia, de su esencia de siempre, al igual que de cada creyente en Cristo, de cada alma cristiana llamada.
Al llegar a este punto, debemos tener presente que no hablamos de personas del pasado. Dios, el Señor, nos ha llamado a cada uno de nosotros; cada uno ha sido llamado por su propio nombre. Dios es tan grande que tiene tiempo para cada uno de nosotros, me conoce, nos conoce a cada uno por nombre, personalmente. Cada uno de nosotros ha recibido una llamada personal. Creo que debemos meditar muchas veces este misterio: Dios, el Señor, me ha llamado a mí, me llama a mí, me conoce, espera mi respuesta como esperaba la respuesta de María, como esperaba la respuesta de los Apóstoles. Dios me llama: este hecho debería impulsarnos a estar atentos a la voz de Dios, atentos a su Palabra, a su llamada a mí, a fin de responder, a fin de realizar esta parte de la historia de la salvación para la que me ha llamado a mí”.
Es la manera más concreta de hacer vida nuestra el mensaje del Evangelio de hoy; de tener la suficiente fe en Jesús para dejarlo que sea, por completo, nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida.

lunes, mayo 03, 2010

Camino, verdad y vida



Estamos leyendo en la liturgia la segunda parte del Evangelio de San Juan, llamada “el libro de la hora”, que comienza en el capítulo 13 con la última cena, después de haber expuesto antes el llamado “libro de los signos”. En la primera parte de este libro de la hora, Juan expone con detalladamente la última cena. Después del lavatorio de los pies, Juan narra el “discurso de despedida”.

En la primera parte de ese discurso, Jesús comienza tranquilizando a los discípulos, que habían quedado conmovidos ante el anuncio de las negaciones de Pedro: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí”.

Al mismo tiempo, los anima anunciándoles que les preparará un lugar en el Cielo, pues ellos serán fieles: De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros. Aludiendo a estas palabras, Santa Teresa comenzaría su clásico escrito sobre “Las moradas”, considerando el alma “como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?”

Para este último punto de los deleites, Santa Teresa se inspira en el libro de los Proverbios (8, 31): “mi delicia era estar con los hijos de los hombres”. También a San Josemaría le sirvieron mucho estas palabras. Podemos pensar en su homilía sobre la Resurrección, que comienza precisamente así: Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, Yo no me olvidaré de ti (Is 49, 14-15), había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres.

Voy a prepararos un lugar… mi delicia era estar con los hijos de los hombres… que, donde yo estoy, estéis también vosotros… Señor: en este tiempo de Pascua pensamos en Ti como el Resucitado, siempre vivo a la derecha del Padre. Y nos llena de consuelo escuchar tus palabras: saber que quieres hacernos tus huéspedes, que deseas tener tus deleites con nosotros, en nuestra pobre morada, que es tan poca cosa, peor que el pesebre de Belén.

Adonde yo voy, ya sabéis el camino. Jesús anuncia que morirá para ir al Padre, pero los Apóstoles no entienden o no quieren entender. ¡Si cualquier despedida es dura, cuánto más sería despedirse de Jesús! Por eso, Tomás pregunta: —Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?

Tenemos una gran deuda con este Apóstol, que forzó varias palabras claves de Jesús. Además de la respuesta el domingo segundo de Pascua, cuando le dice: “bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”, ahora el Señor le da una respuesta que es, a la vez, una autobiografía antológica: “—Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Desde luego, estas palabras tienen que estar en el centro de nuestra oración de hoy. Nos puede ayudar, como otras veces, la predicación de San Josemaría, que comenzaba así su homilía “Tras los pasos del Señor” (Amigos de Dios, n. 126): Ego sum via, veritas et vita. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna. Ego sum via: El es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Lo declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos.

Jesús es el camino. Y especialmente nosotros debemos ver que Jesucristo es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Para que el Señor sea nuestro camino, tenemos que pedir su gracia de modo que Dios se halle siempre presente en nuestros pensamientos, en nuestros labios y en todas las acciones nuestras, también en aquellas más ordinarias y corrientes.

Jesús es el camino. El ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar. Iesus Christus heri, et hodie; ipse et in saecula. ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos. Somos los hombres los que a veces no alcanzamos a descubrir su rostro, perennemente actual, porque miramos con ojos cansados o turbios. Ahora, al comenzar este rato de oración junto al Sagrario, pídele, como aquel ciego del Evangelio: Domine, ut videam!, ¡Señor, que vea!, que se llene mi inteligencia de luz y penetre la palabra de Cristo en mi mente; que arraigue en mi alma su Vida, para que me transforme cara a la Gloria eterna.

Señor, te lo pedimos de la mano de San Josemaría: llena nuestra inteligencia de luz para ver lo que significa que Tú eres el Camino, la Verdad y la Vida.

En el siglo pasado hubo varios episodios de conversiones famosas. Una de ellas es la de Hellmut Laun, empresario de origen alemán, que narró su conversión e ingreso en la Iglesia Católica –en el año 1937- en un excelente libro: “Cómo encontré a Dios”. Cuenta Julio Eugui que “un interesante suceso de su vida se sitúa después de la conversión, durante un sueño que dejó en él un rastro indeleble. Sentía que su alma estaba prisionera en una mazmorra de altos y macizos muros. Había una ventana que daba al exterior, pero protegida por fuertes rejas de hierro. Ansiaba la libertad, pero veía imposible cualquier evasión de aquel lugar. Su situación se volvía cada vez más desesperanzada y aterradora. Apretaba el rostro contra los barrotes de la ventana con ansias de liberarse y, sin embargo, todo esfuerzo era inútil. Se ahogaba por momentos.

En medio de la angustia, miró hacia arriba y, aunque al principio no acababa de creérselo, terminó por convencerse de que allá en el techo había una abertura que facilitaba la libertad. Comenzó a luchar por salir por aquella brecha, e inmediatamente comprendió que la abertura era Cristo. No oyó palabra alguna, ni vio tampoco ninguna figura, pero sabía con certeza inefable que la solución de su vida estaba en la frase del Evangelio: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida". Este es más o menos su testimonio de aquella experiencia”.

Jesús es el Camino para llegar al Padre: Él mismo nos lo revela. San Agustín comenta que, con estas palabras, es «como si estuviera diciendo: ¿Por dónde quieres ir? Yo soy el Camino. ¿Adónde quieres ir? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres permanecer? Yo soy la Vida» (Serm. 142,1).

San Josemaría comentaba este pasaje en una Carta de 1940: "Desde que Jesucristo dijo que Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6), e invitó a todos a seguirle (cfr. Mt 16, 24 [“Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga”]), brotó con fuerza en el alma de muchos fieles –desde los primeros tiempos de la Iglesia– el deseo de hacer realidad la búsqueda de la perfección trazada por el Evangelio y practicada ejemplarmente por el mismo Jesucristo: vida de santidad personal y de actividad apostólica" (Carta 11-III-1940, 21). Domingo Ramos-Lissón comenta que este texto “ofrece una síntesis muy lograda a la hora de aglutinar el seguimiento y la imitación de Cristo con la búsqueda de la santidad”. [El ejemplo de los primeros cristianos en las enseñanzas del Beato Josemaría. En: Romana 1999 (29)]. Vida de santidad personal y de actividad apostólica.

Fidelidad, vida de santidad personal… San Josemaría lo recuerda como un punto importante en la falsilla de la vida interior que es su homilía “Hacia la santidad” (Amigos de Dios, n. 305): Habíamos empezado con plegarias vocales, sencillas, encantadoras, que aprendimos en nuestra niñez, y que no nos gustaría abandonar nunca. La oración, que comenzó con esa ingenuidad pueril, se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la amistad con Aquel que afirmó: Yo soy el camino. Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él.

Vida de santidad personal, que consiste en seguir a Jesús Camino: en ser almas cuya oración se desarrolla en cauce ancho, manso y seguro; ser ya no solo huéspedes sino también anfitriones de la Santísima Trinidad: El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!

Terminamos acudiendo a Santa María. Madre nuestra: ayúdanos, como decía San Josemaría, a “hacer realidad la búsqueda de la perfección trazada por el Evangelio y practicada ejemplarmente por el mismo Jesucristo: vida de santidad personal y de actividad apostólica”. Alcánzanos del Señor la gracia de vivir siempre pensando en la fidelidad a nuestra vocación cristiana y en el apostolado. Sé Tú nuestro modelo para seguir a tu Hijo como nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida.

miércoles, abril 16, 2008

Sacerdocio común



El quinto domingo de Pascua sigue profundizando en el sentido de la Vigilia Pascual: el valor del bautismo. Parece tener un especial énfasis la palabra "Elección". En la primera lectura, aparece la elección de "los siete", el grupo de personas escogidas por el Espíritu Santo para el servicio de la mesa. En la segunda lectura, Pedro explica a los cristianos que también han sido elegidos, "Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa".

Somos sacerdotes de nuestra existencia, mediadores entre Dios y los hombres, por el hecho de estar bautizados. Es lo que explica Juan Pablo II: "poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, « ¿quieres recibir el Bautismo? », significa al mismo tiempo preguntarle, « ¿quieres ser santo? » Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: « Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial » (Mt 5,48). (Novo millennio ineunte, 31).

El modelo, desde luego, es Jesucristo. Lo cuenta Juan, en el discurso de la última cena: "Tomás le dice: - Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: - Yo soy el camino y la verdad y la vida".

domingo, mayo 06, 2007

Jesucristo muestra al Padre



En estos días sucedió, en una Clínica Universitaria bogotana, que una cirujana joven -40 años, casada y con dos hijos- sufrió un desmayo en plena cirugía. A los dos días falleció: se trataba de un aneurisma cerebral. Son situaciones que lo hacen pensar a uno, lo ponen a meditar sobre los miedos del hombre. Uno de ellos es la muerte, que se puede ver como una amenaza, sobre todo si no se tiene esperanza para el más allá.

Comentaba estas ideas el pasado fin de semana, en un encuentro de jóvenes emprendedores. Meditábamos en que la empresa más importante para nosotros es nuestra propia vida. Y para sacarla adelante, en beneficio de la familia y de la sociedad, veíamos la importancia de tener un modelo (esa es la explicación de muchas empresas exitosas: recorrer el camino que se ha demostrado válido en experiencias anteriores).

El mejor ejemplo para nuestra vida es Jesucristo. Como dice el Concilio Vaticano II, en una frase que tanto gustaba a Juan Pablo II, “Cristo revela el hombre al propio hombre” (GS 22). En el Evangelio de Juan (14,7-14) aparece esa Revelación, en el contexto de la última cena: “Jesús le replica: - «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"?”

Venimos contemplando la figura de
Jesús como Buen Pastor. Esa bondad se nota, entre otras cosas, en la categoría del mensaje que nos revela. Como dice el Catecismo de la Iglesia (n. 516), hay muchos rasgos comunes en los Misterios de Jesús: “Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9), y el Padre: “Este es mi Hijo amado; escuchadle” (Lc 9, 35). Nuestro Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre (cf. Hb 10,5-7), nos “manifestó el amor que nos tiene” (1 Jn 4,9) con los menores rasgos de sus misterios”.

La ex ministra noruega J.H. Matlary cuenta cómo, en su proceso de conversión, llegó un momento en que tuvo que enfrentarse con la Persona de Cristo: “En una de nuestras sesiones filosóficas, más de un año después de empezarlas, el dominico me preguntó si entraba en mis planes el convertirme al catolicismo. Le dije que no. "No estoy interesada en ello. Soy agnóstica. No creo; pero estoy de acuerdo con el sistema racional de la filosofía de Santo Tomás. Eso es todo". Pero esta pregunta me descolocó. Había ido a verle durante más de un año. No podía continuar así para siempre. (...) De pronto caí en la cuenta, o mejor comprendí, sin ninguna razón lógica, que todo giraba en torno a una persona llamada Cristo. (...) No tenía ninguna razón que pudiese explicarlo, pero supe que era lo decisivo, la única cuestión de verdad importante: el mismo Cristo. Se hizo presente en el sentido de que de repente empecé a interesarme por Él y por su vida. No me gustaba en absoluto. No lo había pedido; había buscado un sentido de la vida abstracto y lógico. Cristo, sin embargo, se metió cada vez más en mi vida. Seguí sorprendida. ¿Podría ser verdad todo lo que los cristianos creían? (...) Ya no se trataba de leer y de sacar conclusiones basadas en un estudio; era sobre todo cuestión de creer. Era de golpe más fácil y más difícil. Se convirtió en una cuestión existencial, no en algo intelectual. Y yo me manejaba bien en temas intelectuales, pero me encontraba lejos de ser una persona madura que estaba, sin darse cuenta, enamorándose de la Iglesia”.
El amor escondido. Belacqua. Barcelona 2002, p. 38-39.

martes, octubre 03, 2006

oración confiada, que nos cambia



En su primera Encíclica (Deus Caritas est, n. 7), afirma el Papa que los pastores de almas (quienes tienen encomendados hijos, hermanos, amigos…) necesitan orar para descubrir la fuente última de la caridad: “En la narración de la escalera de Jacob, los Padres han visto simbolizada de varias maneras esta relación inseparable entre ascenso y descenso, entre el eros que busca a Dios y el ágape que transmite el don recibido. En este texto bíblico se relata cómo el patriarca Jacob, en sueños, vio una escalera apoyada en la piedra que le servía de cabezal, que llegaba hasta el cielo y por la cual subían y bajaban los ángeles de Dios (cf. Gn 28, 12; Jn 1, 51). Impresiona particularmente la interpretación que da el Papa Gregorio Magno de esta visión en su Regla pastoral. El pastor bueno, dice, debe estar anclado en la contemplación. En efecto, sólo de este modo le será posible captar las necesidades de los demás en lo más profundo de su ser, para hacerlas suyas. En este contexto, san Gregorio menciona a san Pablo, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, hasta los más grandes misterios de Dios y, precisamente por eso, al descender, es capaz de hacerse todo para todos (cf. 2 Co 12, 2-4; 1 Co 9, 22). También pone el ejemplo de Moisés, que entra y sale del tabernáculo, en diálogo con Dios, para poder de este modo, partiendo de Él, estar a disposición de su pueblo. «Dentro [del tabernáculo] se extasía en la contemplación, fuera [del tabernáculo] se ve apremiado por los asuntos de los afligidos».

Perder el miedo a meterse por caminos de oración, aunque a veces no sepamos qué decir, o cómo escuchar al Señor. El Papa considera los diálogos de la última Cena, en la cual tenemos el ejemplo de Tomás, que pregunta al Señor: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Juan 14,5). En realidad, constata Benedicto XVI, con estas palabras se pone a un nivel de comprensión más bien bajo; pero ofrecen a Jesús la oportunidad para pronunciar la famosa definición: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Juan 14,6). Por tanto, en primer lugar, hace esta revelación a Tomás, pero es válida para todos nosotros y para todos los tiempos. Cada vez que escuchamos o leemos estas palabras, podemos ponernos con el pensamiento junto a Tomás e imaginar que el Señor también habla con nosotros como habló con él. Al mismo tiempo, su pregunta también nos da el derecho, por así decir, de pedir explicaciones a Jesús. Con frecuencia no le comprendemos. Debemos tener el valor de decirle: no te entiendo, Señor, escúchame, ayúdame a comprender. De este modo, con esta franqueza, que es el auténtico modo de rezar, de hablar con Jesús, expresamos la pequeñez de nuestra capacidad para comprender, pero al mismo tiempo asumimos la actitud de confianza de quien espera luz y fuerza de quien es capaz de darlas (BXVI, Audiencia, 27-09-06).

Esa misma confianza la tenemos retratada en la vida de Pablo, que puede afirmar sin ningún temor: “Todo lo considero una pérdida y lo tengo por basura, para ganar a Cristo y vivir unido a él”. Seguridad que le viene de su trato confiado con el Señor, avalado con las obras. El capítulo noveno de san Lucas (Lc 9,57-62) narra que, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, alguien le dijo: “Te seguiré adondequiera que vayas”. La respuesta del Señor no es particularmente entusiasta: "Los zorros tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza". A otro le dijo: "Sígueme". El respondió: "Señor, déjame ir antes a enterrar a mi padre". Jesús le replicó: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios". Otro le dijo: "Te seguiré, Señor, pero déjame primero despídeme de mi familia". Jesús le contestó: "El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios". La oración es el momento para confrontar nuestros planes con los planes de Dios, y exigen de nuestra parte estar atentos a cambiar los proyectos personales. 

Es lo que el Papa invitaba a considerar al millón y medio de jóvenes reunidos con él para la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia: “Alguno de vosotros podría tal vez identificarse con la descripción que Edith Stein hizo de su propia adolescencia, ella, que vivió después en el Carmelo de Colonia: «Había perdido conscientemente y deliberadamente la costumbre de rezar». Durante estos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios, dejad sorprenderos por Cristo. Dadle el «derecho a hablaros» durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón. En estos días benditos de alegría y deseo de compartir, haced la experiencia liberadora de la Iglesia como lugar de la misericordia y de la ternura de Dios para con los hombres. En la Iglesia y mediante la Iglesia llegaréis a Cristo que os espera” (Benedicto XVI, Homilía, 18-VIII-05).