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domingo, marzo 30, 2014

Curación del hijo de un funcionario real

Después del diálogo con la samaritana, san Juan presenta en su Evangelio un milagro de curación: en este caso, se trata del hijo de un alto funcionario real de Cafarnaún (Jn 4,43-54): Dos días después marchó de allí hacia Galilea. Pues Jesús mismo había dado testimonio de que un profeta no es honrado en su propia tierra. Cuando vino a Galilea, le recibieron los galileos porque habían visto todo cuanto hizo en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Estamos apenas comenzando el “libro de los signos”, como se llama a la primera parte del cuarto Evangelio, y notamos el énfasis que pone el autor sagrado en la fe exigida para que se den los milagros. En Caná, después del milagro, sus discípulos creyeron en Él. Por el contrario, en este caso vemos que el orden es inverso: el funcionario cree antes de que ocurra el prodigio: Entonces vino de nuevo a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún, el cual, al oír que Jesús venía de Judea hacia Galilea, se le acercó para rogarle que bajase y curara a su hijo, porque estaba a punto de morir. Vale la pena anotar que en los relatos similares de los evangelios sinópticos ocurre lo contrario: el centurión cree después de ver el milagro. La conclusión es que lo importante no es el milagro en sí, sino la fe de los oyentes, su relación personal con Jesucristo.

La respuesta del Señor es aparentemente evasiva; es más, casi de rechazo: —Si no veis signos y prodigios, no creéis. Recuerda un poco al diálogo con la sirofenicia, porque el Señor parece que no quisiera obrar el milagro. Pero el buen hombre riposta con una petición exigente: —Señor, baja antes de que se muera mi hijo. Jesús entonces no se hace de rogar. Y le contestó: —Vete, tu hijo está vivo. Teniendo en cuenta los antecedentes del diálogo, sería lógico pedir alguna garantía, evitar que esas palabras significaran una despedida cortés. El funcionario, que no era judío, sino un centurión romano, creyó en la palabra que Jesús le dijo y se marchó.

Este episodio aparece en el tiempo de liturgia para llamarnos a crecer en la virtud de la fe. El compendio del Catecismo (n. 386) recuerda que «La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer, porque Él es la Verdad misma. Por la fe, el hombre se abandona libremente a Dios; por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios, ya que "la fe actúa por la caridad" (Ga 5,6)».

En esta definición vemos dos perspectivas, que podríamos llamar teórica y práctica. Ambas son importantes. En primer lugar, hace falta una fe doctrinal, creer en unos contenidos: en la revelación y las explicaciones del magisterio eclesial. Por otra parte, es necesaria una creencia vital, abandonarse en Dios pero con obras. No se trata de un simple nirvana teórico, sino de una fe con obras de caridad.

Respecto al primer aspecto, Benedicto XVI explicaba durante el año de la fe que «La fides qua exige la fides quae, el contenido de la fe, y el Bautismo expresa este contenido: la fórmula trinitaria es el elemento sustancial del credo de los cristianos (…). Por lo tanto, esto me parece muy importante: la fe tiene un contenido y no es suficiente, no es un elemento de unificación si no hay y no se vive y confiesa este contenido de la única fe. Por eso, «Año de la fe» y Año del Catecismo —para ser muy práctico— están inseparablemente unidos. Sólo renovaremos el Concilio renovando el contenido —condensado luego de nuevo— del Catecismo de la Iglesia católica. Y un gran problema de la Iglesia actual es la falta de conocimiento de la fe, es el «analfabetismo religioso», como dijeron los cardenales el viernes pasado refiriéndose a esta realidad. «Analfabetismo religioso»; y con este analfabetismo no podemos crecer, no puede crecer la unidad. Por eso, nosotros mismos debemos reapropiarnos de este contenido, como riqueza de la unidad y no como un paquete de dogmas y de mandamientos, sino como una realidad única que se revela en su profundidad y belleza. Debemos hacer todo lo posible para una renovación catequística, para que la fe sea conocida y para que así sea conocido Dios, para que así sea conocido Cristo, para que así sea conocida la verdad y para que crezca la unidad en la verdad».

Aquí se entiende que san Josemaría dijera que el mayor enemigo de Dios es la ignorancia. Por eso debemos estudiar la doctrina, enseñar los principios básicos del cristianismo. Promover círculos de estudio de esas verdades con los compañeros del trabajo, con los parientes, etc. Difundir lecturas con buena doctrina, pues las personas agradecen mucho que se les brinden luces –con humildad: estudiando juntos para buscar la verdad en diálogo, sin ínfulas de superioridad- para resolver tantos temas difíciles que hay en el ambiente y en la propia profesión.

Mientras bajaba, sus siervos le salieron al encuentro diciendo que su hijo estaba vivo. Les preguntó la hora en que empezó a mejorar. Le respondieron: —Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre. Entonces el padre cayó en la cuenta de que precisamente en aquella hora Jesús le había dicho: «Tu hijo está vivo». Y creyó él y toda su casa. Es una apreciación muy importante de los primeros cristianos: el encuentro con Jesús comienza personalmente, pero esa fe es contagiosa y termina por irradiar a todos los seres queridos.

Podemos ver en este final del pasaje evangélico la segunda vertiente de la fe. Y continuar con el análisis del papa alemán sobre esta virtud, que «es un acto profundamente personal: yo conozco a Cristo, me encuentro con Cristo y pongo mi confianza en él. Pensemos en la mujer que toca sus vestiduras con la esperanza de ser salvada (cf. Mt 9,20-21); confía totalmente en él y el Señor dice: «Tu fe te ha salvado» (Mt 9,22). También a los leprosos, al único que vuelve, dice: «Tu fe te ha salvado» (Lc 17,19). Así pues, la fe inicialmente es sobre todo un encuentro personal, un tocar las vestiduras de Cristo, un ser tocado por Cristo, estar en contacto con Cristo, confiar en el Señor, tener y encontrar el amor de Cristo y, en el amor de Cristo, también la llave de la verdad, de la universalidad».


Examinemos cómo es nuestra vida de fe. Qué tanto confiamos verdaderamente en el poder de Dios, que se sirve de nosotros como instrumentos, pero que es infinitamente superior a nuestras fuerzas. Miremos cómo empapa la visión sobrenatural el encuentro con la Cruz. Como predicaba san Josemaría a un párroco, cuando le aconsejaba: "El dolor: ¡aprovéchalo! Aprovecha la inocencia de los niños, el dolor de los enfermos, el candor de las viejitas, y sus suspiros ahogados en la oscuridad de la iglesia... Aprovéchalo todo. Y aprovecha las pequeñas contradicciones que nos asaltan, cuando somos mal entendidos, cuando parece que nos desprecian" (Notas de una tertulia con sacerdotes, 26-VII-1974, cit. por Ana Sastre, Tiempo de Caminar..., Rialp, Madrid 1989, p. 118). 

Terminemos acudiendo a nuestra Madre, María, que es maestra de fe. Pidámosle que nos lleve a profundizar cada vez más en la doctrina católica y a abandonarnos con confianza en el Señor, como el funcionario real, y como ella misma. Que respondamos siempre al Señor llenos de fe: Hágase en mí según tu palabra.

El ciego de nacimiento

En uno de sus viajes a Jerusalén para la fiesta de los Tabernáculos, Jesús se presenta como la Luz del mundo. La ocasión era muy apropiada, pues uno de los ritos que se tenían en esas conmemoraciones era encender cuatro grandes lámparas en el atrio de las mujeres del Tempo para iluminar la Ciudad santa. De esa manera se evocaba la luz que iluminaba la Tienda sagrada en tiempos de Moisés.

En el capítulo noveno, san Juan relata el encuentro con un hombre que padecía ceguera desde su nacimiento. Llevaba una vida dura, pues a las incomodidades que le conllevaba su limitación se añadían las maledicencias de sus coterráneos, que atribuían su enfermedad a un castigo divino  por algún pecado. De hecho, cuando pasa Jesús a su lado, escucha que los discípulos le formulan esa pregunta que él había escuchado tantas veces antes: –Rabbí, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?

Estaba dispuesto a escuchar la enésima explicación sobre el origen pecaminoso de su trastorno, cuando un aire de novedad llegó a sus oídos. Respondió Jesús: —Ni pecó éste ni sus padres, sino que eso ha ocurrido para que las obras de Dios se manifiesten en él. Su corazón se habría exaltado al escuchar una explicación benévola, algo que fuera de su hogar quizás nunca habría oído antes. Benedicto XVI comentaba al respecto: «¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida».

El Maestro continúa su declaración solemne: Es necesario que nosotros hagamos las obras del que me ha enviado mientras es de día, porque llega la noche cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo. Este es el mensaje central del pasaje evangélico, por lo cual la liturgia lo señala para el cuarto domingo de Cuaresma, el domingo “Laetare”, en el que se nos invita a considerar que la alegría tiene sus raíces en forma de cruz.

En el itinerario de preparación o recuerdo del bautismo que caracteriza la cuarentena cuaresmal, esta escena del evangelio tiene un lugar especial. Así como en el primer domingo se contemplan las tentaciones, en el segundo la transfiguración y en el tercero la samaritana, en este domingo el punto clave es que Jesús es la luz del mundo.

El Señor es la luz que viene a iluminar nuestra oscuridad, que vence sobre las tinieblas del pecado. Que nos abre los ojos al mundo sobrenatural, brindándonos la fe como virtud teologal en el bautismo. Quizás a nosotros nos sucedió como al ciego de nacimiento, que sin pensarlo nos encontramos con las manos milagrosas del Señor obrando sus maravillas en nuestras vidas. En nuestro caso, al recibir el primer sacramento. En el del ciego, al sentir un ritual de curación quizás inexplicable: Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, lo aplicó en sus ojos.

Así de sencilla es la narración del milagro. Sin embargo, podemos sacar muchas consecuencias para  nuestras vidas. Imaginémonos en primer lugar ese lodo terapéutico. Podemos pensar en la situación del ciego que, de repente, siente sobre sus párpados la desagradable amalgama que aquel hombre le impone -solo Dios sabe con cuál motivación-. Pero el ciego confía. Las primeras palabras de aquel rabino, que le eximían de pecado con respecto a su enfermedad, abrieron su corazón para que las obras de Dios se manifiesten en él.

Los gestos de Jesús recuerdan pasajes del Antiguo Testamento. Por ejemplo, la elaboración del lodo rememora aquella arcilla con la que el Creador esculpió al primer hombre, según el Génesis. Benedicto XVI explica que «de hecho, “Adán” significa “suelo”, y el cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación».

Antes, en las instrucciones para que se cumpliera el milagro, el evangelista había dejado caer un dato como de pasada: y le dijo: —Anda, lávate en la piscina de Siloé –que significa: «Enviado». Como en el Antiguo Testamento Naamán el sirio había sido curado lavándose en el Jordán, así ahora el Señor envía a este ciego a que recorra ese camino de humildad hacia las fuentes purificadoras. 

En esta indicación está la clave de lectura de todo el pasaje. El papa alemán explica que «El proceso de curación lleva a que el enfermo, siguiendo el mandato de Jesús, se lave en la piscina de Siloé: así logra recuperar la vista. Siloé, que significa el Enviado, comenta el evangelista para sus lectores que no conocen el hebreo (Jn 9,7). Sin embargo, se trata de algo más que de una simple aclaración filológica. Nos indica el verdadero sentido del milagro. En efecto, el “Enviado” es Jesús. En definitiva, es en Jesús y mediante El en donde el ciego se limpia para poder ver. Todo el capítulo se muestra como una explicación del bautismo, que nos hace capaces de ver. Cristo es quien nos da la luz, quien nos abre los ojos mediante el sacramento».

Decimos que esta es la exégesis clave del pasaje, también  a la luz del Prefacio de la Misa del cuarto domingo de cuaresma: «se hizo hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el bautismo, transformándolos en hijos adoptivos».

Conmemoramos, y nos alegramos entonces, por esos dos regalos: por el don de la fe, y la filiación divina que adquirimos en el Bautismo. Como dice la Antífona de entrada de la Misa con palabras de Isaías: Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto. En el bautismo estuvo el origen de nuestra relación filial con Dios. Como dice san Agustín: «Este ciego representa a la raza humana. (...) Si la ceguera es la infidelidad, la iluminación es la fe. (...) Lava sus ojos en el estanque cuyo nombre significa “el Enviado”: fue bautizado en Cristo».

Entonces fue, se lavó y volvió con vista. San Josemaría comenta la docilidad del ciego: «¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! Una fe viva, operativa. ¿Te conduces tú así con los mandatos de Dios, cuando muchas veces estás ciego, cuando en las preocupaciones de tu alma se oculta la luz? ¿Qué poder encerraba el agua, para que al humedecer los ojos fueran curados? Hubiera sido más apropiado un misterioso colirio, una preciosa medicina preparada en el laboratorio de un sabio alquimista. Pero aquel hombre cree; pone por obra el mandato de Dios, y vuelve con los ojos llenos de claridad» (Amigos de Dios, n.193).

El esplendor de la fe que ocasiona el bautizarse en Jesús lleva al ciego a un progresivo desvelamiento de las tinieblas, también con respecto a quién era el que lo curaba. Al comienzo es un simple hombre, luego lo llama profeta, para terminar reconociéndolo como Señor y lo adora como el Mesías: Oyó Jesús que lo habían echado fuera, y encontrándose con él le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?  El respondió: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?  Le dijo Jesús: Lo has visto; el que habla contigo, ése es. Y él exclamó: Creo, Señor. Y se postró ante él.  Dijo Jesús: Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos. En este itinerario de redescubrimiento de nuestro compromiso bautismal, entendemos la jaculatoria que san Josemaría dirigía a Aquel que es la luz del mundo: «Que vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma».

Podemos concluir con un consejo del papa alemán: «Queridos hermanos, dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, lo que la Biblia llama el "gran pecado" (cf. Sal 19,14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz».

sábado, julio 27, 2013

El Padrenuestro, oración de hijos


Camino de Jerusalén, san Lucas aprovecha para enunciar las principales enseñanzas de Jesucristo: después de la parábola del buen samaritano y de la acogida del Señor por parte de Marta y de María, presenta al Maestro en una actitud que a los discípulos les impresionaba especialmente (11,1): Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar… El Señor les da ejemplo de diálogo con el Padre.
Toda la Sagrada Escritura es cátedra de oración: en el Antiguo Testamento aparece desde las primeras páginas, en el dramático diálogo del Señor con Adán y Eva, antes y después del pecado original. Pero, como dice el Catecismo, «la oración se revela sobre todo a partir de nuestro padre Abraham» (n.2569). Un ejemplo de la oración de este patriarca aparece en el capítulo 18 del Génesis (vv.20-32). Antes había acogido a Dios en Mambré, y había recibido la promesa de la concepción de su hijo Isaac. Ahora el Señor le anuncia el castigo para las ciudades pecadoras de Sodoma y Gomorra. Y Abraham intercede por ellas, pensando que morirán justos con pecadores: Abrahán se acercó y le dijo: «¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?». El Señor contestó: «Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos». Sabemos que la negociación continúa, bajando los requisitos a cuarenta y cinco, a cuarenta, a treinta, a veinte, hasta llegar a la exigencia de diez justos que tampoco se alcanzó.
El diálogo entre Dios y Abraham muestra la confianza que debe mantener la persona cuando habla con el Señor, pidiéndole lo que ve más oportuno, insistiéndole si ve difícil lo que pide, hasta llegar a identificarse con la voluntad divina: «habiéndole confiado Dios su Plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza» (n.2571). Esos son los principales frutos de la vida de oración: estar en armonía con el Señor, mirar nuestra realidad con sus ojos, acoger las contradicciones con su amor misericordioso.
En este contexto de la revelación, san Lucas muestra que hemos llegado a la plenitud de los tiempos al contemplar el diálogo del Hijo de Dios con su Padre: Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar... El Catecismo comenta que «es, sobre todo, al contemplar a su Maestro en oración, cuando el discípulo de Cristo desea orar. Entonces, puede aprender del Maestro de la oración. Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprenden a orar al Padre» (n.2601). Podemos preguntarnos qué tanto contemplamos y escuchamos a Jesús, si lo tenemos como nuestro modelo de oración. O si, por el contrario, los afanes del mundo nos apartan del diálogo y la cercanía con el Maestro.
¿No es verdad que queremos aprender a orar como Jesús? Pidámosle con confianza, como hicieron los apóstoles: cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Acostumbrémonos a dirigirnos así al Maestro. Pidámosle que nos enseñe a orar, a abandonarnos en la misericordia del Padre. La respuesta de Jesús es uno de los textos más importantes de la historia: Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
El Compendio del Catecismo no ahorra elogios para esta oración: El Padrenuestro es «el resumen de todo el Evangelio» (Tertuliano); «es la más perfecta de todas las oraciones» (Santo Tomás de Aquino), es el corazón de las Sagradas Escrituras (nn.2761-2776). Uno de los mejores comentarios que se han escrito recientemente sobre la oración dominical está en el libro «Jesús de Nazaret», de Benedicto XVI. Por ejemplo, explica la estructura de esta oración: «Consta de una invocación inicial y siete peticiones. Tres de éstas se articulan en torno al Tú” y cuatro en torno al nosotros”. Las tres primeras se refieren a la causa misma de Dios en la tierra; las cuatro siguientes tratan de nuestras esperanzas, necesidades y dificultades. Se podría comparar la relación entre los dos tipos de peticiones del Padrenuestro con la relación entre las dos tablas del Decálogo, que en el fondo son explicaciones de las dos partes del mandamiento principal el amor a Dios y el amor al prójimo, palabras clave que nos guían por el camino del amor» (2007, p.168).
Y cuenta una historia que ayuda a entender mejor los compromisos que conlleva rezar bien el Padrenuestro: «Había un staretz ortodoxo que insistía en hacer entonar el Padrenuestro siempre con las últimas palabras, para ser dignos de finalizar la oración con las palabras del comienzo: Padre nuestro. De este modo explicaba el staretz, se recorre el camino pascual: se comienza en el desierto con las tentaciones, se vuelve a Egipto, luego se recorre la vía del éxodo con las estaciones del perdón y del maná de Dios y, gracias a la voluntad de Dios, se llega a la tierra prometida, al Reino de Dios, donde Él nos comunica el misterio de su Nombre: Padre nuestro» (Ibidem).
Dirigirnos al Padre nos hace entrar en su misterio con asombro siempre nuevo, y despierta en nosotros el deseo de comportarnos como hijos: «Notad lo sorprendente de la respuesta: los discípulos conviven con Jesucristo y, en medio de sus charlas, el Señor les indica cómo han de rezar; les revela el gran secreto de la misericordia divina: que somos hijos de Dios, y que podemos entretenernos confiadamente con Él, como un hijo charla con su padre» (AD, 145). Jesús enseña el fundamento de la vida espiritual cristiana, saberse hijos de Dios. Es famosa la anécdota de la hija de un rey de Francia, que trataba de modo muy duro a su joven asistenta. Un día, irritada, la princesa le dijo: «¿No sabes que soy la hija de tu rey?» La joven mucama le respondió con calma: «Y, ¿tú no sabes que yo soy la hija de tu Dios?» (Eugui, 1991, p.47).
San Josemaría fue un predicador incansable de esta verdad. De sus apuntes íntimos tenemos un testimonio que nos puede ayudar para nuestra oración personal: invita a «saborear» la verdad de saberse hijo de Dios, hermano de Jesucristo y de toda la humanidad. De ese modo crecerán la fe, la esperanza y el amor: «Tenía por costumbre, no pocas veces, cuando era joven, no emplear ningún libro para la meditación. Recitaba, paladeando, una a una, las palabras del Pater Noster, y me detenía —saboreando— cuando consideraba que Dios era Pater, mi Padre, que me debía sentir hermano de Jesucristo y hermano de todos los hombres. No salía de mi asombro, contemplando que era ¡hijo de Dios! Después de cada reflexión me encontraba más firme en la fe, más seguro en la esperanza, más encendido en el amor. Y nacía en mi alma la necesidad, al ser hijo de Dios, de ser un hijo pequeño, un hijo menesteroso. De ahí salió en mi vida interior vivir mientras pude —mientras puedo— la vida de infancia, que he recomendado siempre a los míos, dejándolos en libertad» (Carta, 8-XII-1949, n.41, citado por Vázquez de Prada, 2010, p.404).
Jesucristo complementa su enseñanza, insistiendo en la eficacia de la oración, con dos historias sobre peticiones impertinentes y concluye: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. En conclusión, hemos de dirigirnos a nuestro Padre Dios para que nos aumente la fe en la omnipotencia de la petición confiada. «Todas las cosas que pidiereis en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán (Mc 11,24). ¡Se os concederán! Son palabras que recogen una seguridad para nosotros. Ha hablado su Hijo, ¡su Hijo que no puede mentir!, y, de nuestra parte, se necesita fe. Una fe que ya tenemos, ¡por eso venimos a pedir!; pero, además, con esa petición, le decimos: adauge nobis fidem! (Lc 17,5). Hay que insistir, una y otra vez, siempre, como cuando éramos pequeños con nuestras madres, ¡igual!» (San Josemaría, Apuntes de la oración, 17-V-1970. Citado por Echevarría, Carta pastoral, 1-V-2010).
Ya que ha venido hablando de filiación divina, Jesucristo explica cuál es la donación más grande que nos hará el Padre celestial: Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden? Comenta san Basilio que «Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los Cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna» (cfr. Catecismo, n.736).

Al Paráclito le pedimos que nos aumente la fe, la esperanza y la caridad para orar como hijos con la audacia de Abraham, con la confianza de Jesús. Le presentamos esta súplica por medio de la intercesión de la Virgen María, maestra de oración: «Es nuevamente Jesucristo el que habla, según nos ha dejado escrito san Lucas. Nos lo ha dicho así de claro, para que no lo olvidemos: al que pide, se le dará (Lc 11,10). Por tanto, hemos de seguir pidiendo, y hemos de atrevernos a pedir con confianza, exigiendo. Para eso hemos venido aquí, y para eso hemos de esforzarnos, de modo que nuestra oración sea constante, llena de tozudez. Madre nuestra, habla Tú por nosotros, y llévanos a pedir siempre más» (San Josemaría, Apuntes de la oración en la Villa de Guadalupe, 17-V-1970. Citado por J. Echevarría, Carta pastoral, 1-V-2010).

sábado, agosto 04, 2012

El Pan de vida


Después de la multiplicación de los cinco panes y los dos peces, Jesús se dirige a Cafarnaún huyendo de la multitud, que estaba dispuesta a hacerlo rey temporal de sus aspiraciones políticas. Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. Y al encontrarle en la otra orilla del mar, le preguntaron: —Maestro, ¿cuándo has llegado aquí? 

Jesús les respondió: —En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello.

Estamos en la sinagoga de Cafarnaún, como explicará Juan al final de este discurso (v.59). El Señor confronta las aspiraciones materiales de aquella muchedumbre y les invita a levantar la mirada, a darse cuenta de las maravillas que Dios está obrando y de las que ellos son testigos: están viendo al Hijo del Hombre que ha sido confirmado por el Padre.

Aquellas personas se sientes interpeladas por las palabras del Maestro y quieren profundizar en las consecuencias de su enseñanza: Ellos le preguntaron: —¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?, ¿Cómo obrar por el alimento eterno?, ¿cómo hacer la obra de Dios? Son interrogantes que siempre debemos hacernos, pues nos señalan el camino para dar sentido a nuestra vida.

Jesús no se hace rogar y responde con claridad meridiana: —Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado. Fe, esa es la clave: que creáis. Así lo resume la Porta Fidei, el documento de preparación para el Año de la fe: “Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación”.

En teología se estudia que la fe “es, ante todo, un acto religioso del hombre entero. Todo el hombre queda internamente afectado en todas y cada una de sus potencias, y se entrega del todo intencionalmente en el acto de fe. La fe entonces es absoluta, porque asiente a la verdad de Dios por ser él quien es. Una fe de este tipo sólo la puede pedir estrictamente Dios, y sólo se puede dirigir hacia Dios. De ahí proviene la adhesión y el compromiso de la fe que afectan al creyente en su totalidad. Esta adhesión conduce a un abandono filial, a una relación interpersonal más íntima, que es la filiación sobrenatural” (C. Izquierdo, Diccionario de Teología).

Quizá brota espontáneo en nuestro corazón, al ver cuánto nos falta la fe, pedirle al Señor que nos conceda esta virtud, que nos la aumente: Domine, adauge nobis fidem! Señor, aúmentanos la fe. También podemos ejercitarla con otra jaculatoria, que pronunció el apóstol Tomás después de palpar las llagas de Cristo: Dominus meus et Deus meus!, ¡Señor mío y Dios mío!

Benedicto XVI comenta la respuesta del Señor en su libro sobre Jesús de Nazaret: “Los que escuchan están dispuestos a trabajar, a actuar, a hacer “obras” para recibir ese pan; pero no se puede “ganar” sólo mediante el trabajo humano, mediante el propio esfuerzo. Únicamente puede llegar a nosotros como don de Dios, como obra de Dios: toda la teología paulina está presente en este diálogo. La realidad más alta y esencial no la podemos conseguir por nosotros mismos; tenemos que dejar que se nos conceda”.

Aquellos hombres, sin embargo, no reaccionan con la fe que espera el Señor. Le dijeron: —¿Y qué signo haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron en el desierto el maná, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo. Los judíos le recuerdan al Señor el milagro del maná, que narra el Éxodo (16,2-15). Acababa de darse una asonada en el campamento contra Moisés, pues el pueblo estaba exhausto y sin nada para comer: 


El Señor dijo a Moisés: –Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios”. Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron: –¿Qué es esto? (en hebreo, man hu; traducido al griego como maná), pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: –Es el pan que el Señor os da de comer.

El salmista celebra con regocijo este  prodigio (Sal 78): El Señor les dio pan del cielo, y el hombre comió el pan de los fuertes. Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento se hacía hincapié en que lo importante de este milagro cotidiano no era el portento alimenticio, sino su significado espiritual: así como el Señor envía el pan desde el cielo, así también nos alimenta con su palabra, con sus exigencias. Se trata de comprender que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra (o mandamiento) que sale de la boca de Dios (Dt 8,3).

Cuando el Maestro da de comer a la multitud en el lago de Tiberíades se muestra como el nuevo Moisés. Es la idea central del libro de Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret. Por eso ahora el Señor insiste en que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo.  Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo.

Jesús les hace ver que lo importante no es el banquete mesiánico, los signos de credibilidad que Él puede realizar, y que ellos mismos han visto, para demostrar su divinidad. De hecho, toda esta primera parte del Evangelio de San Juan es llamada “el libro de los signos”, pues son muchos los milagros allí relatados, desde la conversión del agua en vino durante las bodas de Caná hasta la resurrección de Lázaro. Lo importante no son los signos, sino la realidad significada: Jesús es el Pan bajado del cielo. Esta afirmación es uno de los puntos fuertes del cuarto Evangelio, que desde el prólogo resalta la Encarnación del Hijo de Dios: Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.

Se entiende que el pueblo suplique entonces, como la samaritana: —Señor, danos siempre de este pan. Jesús les respondió: —Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.

El Evangelio nos muestra que ese prodigio de la Encarnación se continúa en la presencia de Jesús en la Eucaristía. En las especies sacramentales, Dios mismo se nos ofrece como alimento espiritual, pan de vida eterna. Como explica Mons. Echevarría, “con la participación en la Santa Misa, con la Comunión y la prolongación eucarística en el Sagrario, el cristiano descubre que la fe en su Señor configura una alianza personal con Él. Experimenta en su propia vida que, al creer en Jesús, Él se ha convertido en alguien que está a su lado, que actúa de su parte y le representa: que vive de Él y por eso, puede y debe hablar en su nombre” (Eucaristía y vida cristiana).

Por ese motivo escribía el Beato John Henry Newman en una de sus cartas, desde una casa a la que acababa de trasladarse: “ahora escribo desde una habitación al lado de la capilla. Es una bendición incomprensible tener la presencia de Cristo en casa, en las paredes, consume cualquier otro privilegio y destruye, o debe destruir, cualquier dolor. Saber que Él está cerca, poder hablar con Él una y otra vez durante el día” (Ker I.  John Henry Newman, 333).

Concretemos algunos propósitos para esta semana, que nos ayuden a hablar con Él una y otra vez durante el día: visitarlo con frecuencia en el Sagrario, levantar nuestro corazón al Señor en medio del trabajo, hacer un rato de oración frente a Jesús sacramentado diariamente y, desde luego, comulgar con frecuencia, también entre semana. Así experimentaremos la presencia cercana de nuestro mejor Amigo y desearemos hablar de Él a nuestros compañeros. Como los judíos, diremos con toda el alma: Señor, danos siempre de este pan.



También podemos seguir el consejo de San Josemaría:  Dile al Señor que, en lo sucesivo, cada vez que celebres o asistas a la Santa Misa, y administres o recibas el Sacramento Eucarístico, lo harás con una fe grande, con un amor que queme, como si fuera la última vez de tu vida. -Y duélete, por tus negligencias pasadas (Forja, n.829).

Acudamos a la intercesión de la Virgen María, Mujer eucarística, para que nos alcance la gracia de aumentar nuestra fe y específicamente la fe en la Eucaristía. De esa manera se harán realidad en nuestra vida las palabras de Jesús: Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.

sábado, julio 07, 2012

Nadie es profeta en su tierra


Después de la manifestación de fe de Jairo y de la hemorroísa, san Marcos (6,1-6) pone como en un díptico el cuadro con la reacción de los paisanos de Jesús: Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga. Después de una serie de signos que confirmaron a sus discípulos en la fe (¿Por qué tenéis miedo?, ¿Aún no tenéis fe?, había recriminado en el episodio de la tempestad calmada; Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad, fue el reconocimiento para la hemorroísa; No temas; basta que tengas fe, las palabras de ánimo para Jairo), san Marcos ambienta la expectativa por la reacción que tendrían los parientes y vecinos de Jesús cuando regresa a su tierra natal, a su «patria».
Entre los asistentes al culto estarían los vecinos de toda la vida, de los que se había despedido un par de años atrás, al marcharse a iniciar su vida pública en Cafarnaúm. Estarían los parientes, los amigos de infancia, los compañeros de luchas de José que quizás ya había fallecido y de María. Uno esperaría el recibimiento brillante para el «hijo ilustre» de una aldea pequeña, que había alcanzado reconocimiento por ser la cuna del nuevo predicador y taumaturgo al que seguían las multitudes de toda Galilea. Sería normal el sentimiento de orgullo de sus paisanos por haber convivido con semejante personaje desde pequeño.
De hecho, el Evangelio reseña que aquellos que lo habían visto crecer entre las callecitas de aquel pequeño poblado de Nazaret, ahora se maravillaban al escuchar las palabras de sabiduría que salían de los labios de Jesús y los prodigios que obraba, por lo cual la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos?». Buscaban en su filiación biológica lo que solo puede explicar su origen divino.
Sin embargo, el mismo Jesús, que se maravillaría por encontrar mucha fe incluso fuera de Israel, ahora se asombra, se «escandaliza» por la reacción escéptica de sus conciudadanos. Algunos hasta esgrimieron el conocerlo de antes como un motivo para explicar que no podía estar haciendo lo que ahora hacía, que quizá estaba endemoniado. Aquel al que habían visto de niño no podía ser ahora Maestro, mucho menos el Mesías. Y la emoción o admiración inicial se transformaron en escándalo: «¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
No debemos extrañarnos por esta reacción adversa, pues también ese mismo camino es el que espera a los seguidores de Jesús. La envidia, la falta de fe, el miedo al compromiso y, en definitiva, el pecado original, están detrás de esa actitud burlesca o incluso persecutoria. Así lo anunciaría el Señor muchas veces (Mt 10,24): Al discípulo le basta con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! Si alguna vez el Señor permitiera que experimentásemos esas persecuciones por seguirlo y por anunciar sus doctrinas, podemos pensar que nada se pierde: creceremos en humildad, en fe, en conciencia de ser solo instrumentos. La gracia de Dios no se pierde y los méritos de esas obras fructificarán en otros terrenos.
Veamos otra dimensión de la crítica que hacen sus vecinos: «¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él. Aunque se menciona en un contexto polémico, no deja de ser significativo que a Jesús se le reconozca por su vida familiar, por su trabajo profesional, porque vivió la mayor parte de su vida una existencia normal, como la de cualquiera de nosotros. Jesús es modelo de hombre perfecto, y debemos encontrar en su ejemplo la guía para nuestra vida familiar y para nuestro trabajo profesional: «Vamos a pedir luz a Jesucristo Señor Nuestro, y rogarle que nos ayude a descubrir, en cada instante, ese sentido divino que transforma nuestra vocación profesional en el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad. En el Evangelio encontraréis que Jesús era conocido como faber, filius Mariae, el obrero, el hijo de María: pues también nosotros, con orgullo santo, tenemos que demostrar con los hechos que ¡somos trabajadores!, ¡hombres y mujeres de labor!» (AD, n.62).
Con nuestro trabajo cotidiano estamos llamados a parecernos a Jesús, a descubrir en esas ocupaciones «el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad». Y esa llamada incluye el compromiso apostólico. Hemos de dar testimonio con nuestra vida de la fe que profesamos. Una fe que se encarna en el esfuerzo por trabajar bien, por tratar bien a nuestros parientes, a nuestros compañeros, a nuestros vecinos. Y por mostrarles con nuestra alegría el espíritu que nos anima.
A Jesús no le sorprende la respuesta aprensiva de sus coterráneos, siente que le toca padecer la suerte de los profetas: les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». Aunque algunos de estos familiares y vecinos más adelante se convertirán y le seguirán de cerca, incluso estarán entre los pilares de la primitiva comunidad cristiana, este rechazo inicial sirve para conformar una nueva familia, ya no de vínculos biológicos, sino sobrenaturales. Esa nueva estirpe es el germen de la Iglesia, que tiene su origen en la obediencia de fe a las enseñanzas del Señor y que es la familia de Dios en el mundo. En esta lógica se entiende una respuesta previa de Jesús (Lc 11,27-28) cuando una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
La fe es un regalo de Dios, pero requiere que la ejercitemos. Enseña el Compendio del Catecismo que «la fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer, dado que Dios es la Verdad misma. Por la fe, el hombre se abandona libremente a Dios; por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios, ya que la fe actúa por la caridad (Ga 5,6)» (n.386). La fe en Dios incluye creer en sus palabras. No podemos asentir de modo parcial a lo que nos ha revelado, que incluye en su designio salvador la institución de la Iglesia. Se entiende el sinsentido de aquellas pancartas que algunos emplean en ocasiones: «Cristo sí, iglesia no». La fe que Dios nos regala es fe en Él, en su revelación, en su Iglesia, como vemos en el pasaje de la confesión de Cesarea de Filipo (Mt 16,18-19): tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Una fe que se abandona libremente a Dios, que se fía de Él, como el niño en brazos de su padre. Así lo explicaba un obispo del Perú: «Cuentan que unos turistas en Machu Picchu observaron un obrero que pasaba con su carretilla de un cerro al otro, sobre un simple cable de acero. Con susto observaban al hombre que caminaba tranquilo y seguro de sí mismo. ―¡Qué seguridad! exclamaron todos. El guía les preguntó: ¿Ustedes creen que aquel hombre va seguro? ―Sí, claro; si no, ya se hubiera venid abajo él y la carretilla, contestaron. ―Esto es lo que esperaba escuchar de ustedes, porque ahora el obrero volverá a pasar por el cable, pero con uno de ustedes montado en la carretilla. ¿Quién se apunta?... Nadie se apuntó. “Creían” que iba seguro. Pero no se “fiaban”». Concluye su narración Mons. Enrique Pélach: «Yo tampoco me fiaría, pero “en la carretilla de Dios” sí me monto. Sé que puedo fiarme de Él» (2005, p.61).
Fiarse de Dios, abandonarse libremente en Él. Es la apuesta más segura, por encima de cualquier otra. Incluso más que la alternativa de confiar en nosotros mismos, que nos sabemos tan débiles. Pero una fe que no se queda en palabras bonitas, sino que compromete la vida entera: «por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios». Abandonarse en Dios no tiene nada que ver con una actitud ataráxica, pasiva, cómoda. El abandono exige buscar en la oración qué quiere el Señor de nosotros y esforzarnos por llevarla a la práctica, de rechazar lo que nos aparte de Él y de cumplir lo que nos pide, por amor, como dice san Pablo: la fe actúa por la caridad.
En este caso, sin embargo, en la sinagoga de su propia tierra, Marcos concluye que no escucharon su palabra: no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. El Maestro se incorpora al largo listado de profetas rechazados por sus paisanos. Así suele narrar el Antiguo Testamento la llamada de esos elegidos: en medio de un pueblo rebelde, que no obedece a los mandatos del Señor, Dios convoca a un hombre humilde para que les recuerde su alianza. Por ejemplo, en el caso de Ezequiel, lo hace en el exilio, cuando el rey es prisionero de Nabucodonosor y el Templo está profanado y a punto de ser destruido. La figura del profeta adquiere mayor relieve. «Es el único representante de Dios en medio del pueblo; es quien tiene autoridad para exigir a sus conciudadanos atención a su mensaje» (Biblia de Navarra). Sin embargo, en la descripción de la llamada no deja de despertar interés cierto dejo de desilusión en el profeta (2,2-5): son un pueblo rebelde, pero reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos. Como el autor del salmo 123 (122), tanto Ezequiel como Jesús pueden exclamar: nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos.
Además, también nosotros tenemos que ser profetas en nuestro tiempo. Con el trabajo, el ejemplo y el abandono, como decíamos antes. Pero también con nuestras palabras. A imagen de Jesús, que recorría las aldeas de los contornos enseñando, hemos de ejercitar también el apostolado de la doctrina. Para comenzar, podemos concretar el propósito de estudiar y enseñar a nuestros amigos las riquezas de nuestra fe, que transmite con excelente didáctica el Compendio del Catecismo. Será un pequeño grano de arena en el llamado a la nueva evangelización, quizá los frutos serán abundantísimos ―solo Dios sabe―.
Acudimos a la Santísima Virgen, Madre del Verbo y Madre de la fe, Madre de los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen, para que nos alcance del Señor la gracia de creer en Él, en su Revelación y en su Iglesia. Que no seamos como aquellos paisanos de Jesús, sino que nos abandonemos en Él, que tratemos de conocer y hacer su voluntad, que la nuestra sea una fe que actúe por la caridad.

viernes, junio 29, 2012

Resurrección de la hija de Jairo y curación de la hemorroísa


Después del exorcismo al endemoniado de Gerasa, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar (Mc 5,21). El Señor regresa de la zona oriental del lago, de donde había sido rechazado porque había echado a perder una numerosa piara. Para aquellas personas, fue más fuerte el dolor por la desaparición de unos cerdos que la alegría por la salud del joven coterráneo. Nosotros nos situamos junto a los doce apóstoles y la gran muchedumbre, ansiosos de escuchar las enseñanzas del Maestro.

Sin embargo, una escena inesperada interrumpe la predicación: un hombre importante, miembro del consejo de ancianos de la sinagoga local, logra hacerse paso entre la multitud y acercarse a Jesucristo. Cuando llega a su presencia, hace un gesto de humildad: Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva». Jesucristo acepta la humilde petición del jefe de la sinagoga, no se hace de rogar, y movido por su infinita misericordia hacia las personas que sufren se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.

El Evangelio nos presenta el drama de la muerte. En este caso, más dura aún, por tratarse de una niña de doce años. La liturgia de la Iglesia relaciona este pasaje con unas palabras del libro de la Sabiduría (1,13-2,24), que ofrecen una esperanza para el morir: Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera. El libro de la Sabiduría aclara que la muerte no estaba prevista en el diseño original de Dios. Esta obra significa una madurez de la revelación, al abrir la esperanza religiosa a la eternidad con el Señor.

El Evangelio amplía esa enseñanza, como vemos en el inserto que san Marcos incluye de camino a la casa de Jairo: se trata del episodio de la hemorroísa, que con su fe logró un milagro esperado por años: Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Si la primera escena nos planteaba el drama de la muerte, la impureza legal que padecía esta mujer ofrece otro interrogante relacionado con él: la contrariedad del sufrimiento humano, del mal, de su origen y su posible solución. Si Dios hizo todo bueno, ¿cómo se explica la maldad en el mundo? ¿Por qué hay tanta injusticia, tanta corrupción? ¿Por qué sufren los inocentes como la hemorroísa― y gozan los malvados como Barrabás o el epulón―? Yendo más lejos, ¿Por qué la muerte, si tenemos ansias de inmortalidad? ¿Por qué muere una niña joven, como la hija de Jairo?

Son preguntas que se han hecho las personas desde los comienzos de la humanidad, y el libro de la Sabiduría ofrece una respuesta que también se remonta al principio, al pecado original: Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser. El texto sagrado subraya que Dios hizo buenos al mundo y al hombre. Es más: al ser humano lo creó a su imagen y semejanza, nos hizo libres. No quiso esclavos autómatas, sino personas que pudieran dialogar con Él como los hijos con su Padre. Mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo. Y los primeros padres cayeron libremente en la trampa del mal, pecaron y —en consecuencia— comenzó la mortalidad de los seres humanos.

Sin embargo, la Sagrada Escritura enseña que lo verdaderamente importante no es la muerte física, sino la muerte espiritual —el pecado— que es la causa de todos los males, el único verdadero mal: «como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado (inclinación llamada “concupiscencia”)» (CCCE, n.418). Dios creó al ser humano para el bien y para la eternidad, pero el pecado ocasionó la tendencia hacia el mal y la muerte. El Señor no creó esas inclinaciones, la culpa fue de la soberbia humana, que llevó a usar de modo erróneo el tesoro de la libertad. Sin embargo, el pecado no es la última palabra, pues ya en el mismo Génesis (3,15) Dios promete un redentor de esa culpa. Se trata de su Hijo, al que vemos cumpliendo esa misión en el pasaje del Evangelio que estamos meditando.

Volvamos a pensar en la hemorroísa: Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré». Aquella mujer era consciente de su debilidad y decide acercarse al que la puede curar. También nosotros tenemos miserias, del cuerpo y del espíritu. Aprovechemos este rato de oración para hacer examen, para reconocer nuestros vicios y para pedir a Dios que nos ayude a rechazarlos cada vez con más firmeza. Señor: queremos ser fieles a tu misión de luz, rechazar las obras de las tinieblas; aborrecer la más pequeña insinuación de pecado, aunque sea venial. Ayúdanos con tu gracia cada vez que la envidia del diablo remueva nuestra concupiscencia y nos presente más atractivo el camino de la muerte, como hizo con Adán y Eva. Ayúdanos a aprovechar la gracia que nos llega con los sacramentos, especialmente en la Reconciliación y en la Eucaristía. De esa manera, recomenzaremos todas las veces que haga falta en esos puntos concretos que más nos cuestan y experimentaremos la sensación de salud que advirtió la hemorroísa: Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.

Pero la historia no termina aquí, pues Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?». Jesús conocía de sobra todo lo que había sucedido, pero consideró conveniente que aquella mujer hiciera pública la gracia recibida, para bien de ella y de quienes la escuchaban —incluidos nosotros, muchos siglos más tarde—. Mientras los discípulos se sorprenden por la pregunta (Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»), la mujer se acercó, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Ya estaba curada de su enfermedad física, pero permanecía con miedo, asustada y temblorosa, sin saber qué le iba a pasar. De esa manera comienza la segunda parte del milagro, que es la curación del alma.

Confesar toda la verdad es parte de la virtud de la sinceridad, un elemento muy importante en el camino de la lucha ascética y, por tanto, de la santidad. El Señor saca grandes bienes de nuestra sencillez: desde el punto de vista psicológico, nos sirve para desahogarnos, incluso para aclarar las diversas facetas del asunto que nos remuerde; por lo que concierne a la ascética, nos garantiza la compañía de la oración y el consejo de quien escucha nuestra confidencia —que, obviamente, debe ser la persona adecuada: el Buen Pastor de nuestras almas—. Además, también nos ayuda a crecer en humildad, una virtud que es manifestación, «fruto y señal» de la fe que es la protagonista de los milagros que estamos contemplando: tanto la hemorroísa como Jairo tuvieron mucha fe para acercarse a tocar el manto de Jesús o a pedirle un favor casi imposible, pero también para abandonarse por completo ante su Palabra (Cf. S, n.324).

El segundo signo de Jesús, la salvación espiritual, es el más importante y definitivo, por esa razón proclama con solemnidad: Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad. «¿Te persuades de cómo ha de ser nuestra fe? Humilde. ¿Quién eres tú, quién soy yo, para merecer esta llamada de Cristo? ¿Quiénes somos, para estar tan cerca de Él? Como a aquella pobre mujer entre la muchedumbre, nos ha ofrecido una ocasión. Y no para tocar un poquito de su vestido, o un momento el extremo de su manto, la orla. Lo tenemos a Él. Se nos entrega totalmente, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Lo comemos cada día, hablamos íntimamente con Él, como se habla con el padre, como se habla con el Amor. Y esto es verdad. No son imaginaciones» (AD, n.199).

Mientras tanto, el padre de la niña moribunda escuchaba el diálogo y la conclusión que acabamos de considerar. En su interior pediría a Dios que le diese una fe como la de esta mujer, que permitiera un milagro como el que ella había recibido. Sin embargo, todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». Una lanzada profunda atravesaría el alma de Jairo. Pensaría con dolor en el tiempo que habían perdido con aquella mujer, y sentiría como Marta, la hermana de Lázaro, en otra ocasión: si hubieras llegado a tiempo mi hija no hubiera fallecido… Sin embargo, también recordaría las palabras elogiosas para la hemorroísa: tu fe te ha salvado. El mismo Señor se lo recalcó: «No temas; basta que tengas fe».

La gente se dispersaría con facilidad, al ver que el caso no daba esperanza. Los tres discípulos más cercanos, los mismos que más adelante acompañarían a Jesús en el Tabor y en Getsemaní, fueron los elegidos para acompañarle en esta situación hasta entonces inaudita. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida». Se reían de él. Jairo continúa en su prueba de fe: ya no hay multitudes, ni siquiera el conjunto de los doce discípulos. Solo están Jesús, los tres testigos, su esposa y él. Los vecinos más cercanos le retiran toda esperanza. Y la posibilidad que Jesús plantea, a la que Jairo se aferra como última ilusión, desaparece para su familia en medio de unas burlas. Es probable que en alguna ocasión el Señor permita que nos enfrentemos a situaciones que exijan muchísima fe, como la hemorroísa con su enfermedad de doce años o como Jairo, creyendo contra toda posibilidad. Pero esa virtud teologal debe crecer cada día, en la vida ordinaria; por esa razón debemos pedírsela a Dios, ejercitarla con frecuencia, profundizar en las verdades doctrinales y transmitirla a nuestros conocidos.

Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. Los verbos que utiliza el evangelista en esta escena para narrar el «levantamiento» de la niña son los mismos que usará después para describir la resurrección de Jesús. Alcanzan plenitud las enseñanzas del libro de la Sabiduría: Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera. Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser. Si el Señor cuida así de la existencia terrenal de una persona, ¿qué no hará por nuestra salud espiritual?


Por eso el milagro más significativo no es la salud de la hemorroísa, ni la resurrección del cuerpo. Lo importante es la salud del alma, que recibimos en el sacramento de la penitencia y que fortalecemos en la Eucaristía. Por ese motivo, Jesús le dijo a la hemorroísa: tu fe te ha salvado. Considerando estos dos milagros se colige que «no es la confianza en un gesto mágico lo que puede salvar, sino el encuentro personal con Jesús mediante la fe» (Fabris, citado por Casciaro, 1994, p. 327). Por eso mismo concluimos nuestra oración, conscientes de que el Señor se dirige hoy a nosotros como antes a Jairo: No temas, basta que tengas fe. Y le respondemos, acudiendo a la intercesión de la Virgen, Maestra de fe y de humildad, con otras peticiones del Evangelio: Señor, yo creo, pero ayuda mi falta de fe. ¡Auméntame la fe!