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El ciego de nacimiento

En uno de sus viajes a Jerusalén para la fiesta de los Tabernáculos, Jesús se presenta como la Luz del mundo. La ocasión era muy apropiada, pues uno de los ritos que se tenían en esas conmemoraciones era encender cuatro grandes lámparas en el atrio de las mujeres del Tempo para iluminar la Ciudad santa. De esa manera se evocaba la luz que iluminaba la Tienda sagrada en tiempos de Moisés.

En el capítulo noveno, san Juan relata el encuentro con un hombre que padecía ceguera desde su nacimiento. Llevaba una vida dura, pues a las incomodidades que le conllevaba su limitación se añadían las maledicencias de sus coterráneos, que atribuían su enfermedad a un castigo divino  por algún pecado. De hecho, cuando pasa Jesús a su lado, escucha que los discípulos le formulan esa pregunta que él había escuchado tantas veces antes: –Rabbí, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?

Estaba dispuesto a escuchar la enésima explicación sobre el origen pecaminoso de su trastorno, cuando un aire de novedad llegó a sus oídos. Respondió Jesús: —Ni pecó éste ni sus padres, sino que eso ha ocurrido para que las obras de Dios se manifiesten en él. Su corazón se habría exaltado al escuchar una explicación benévola, algo que fuera de su hogar quizás nunca habría oído antes. Benedicto XVI comentaba al respecto: «¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida».

El Maestro continúa su declaración solemne: Es necesario que nosotros hagamos las obras del que me ha enviado mientras es de día, porque llega la noche cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo. Este es el mensaje central del pasaje evangélico, por lo cual la liturgia lo señala para el cuarto domingo de Cuaresma, el domingo “Laetare”, en el que se nos invita a considerar que la alegría tiene sus raíces en forma de cruz.

En el itinerario de preparación o recuerdo del bautismo que caracteriza la cuarentena cuaresmal, esta escena del evangelio tiene un lugar especial. Así como en el primer domingo se contemplan las tentaciones, en el segundo la transfiguración y en el tercero la samaritana, en este domingo el punto clave es que Jesús es la luz del mundo.

El Señor es la luz que viene a iluminar nuestra oscuridad, que vence sobre las tinieblas del pecado. Que nos abre los ojos al mundo sobrenatural, brindándonos la fe como virtud teologal en el bautismo. Quizás a nosotros nos sucedió como al ciego de nacimiento, que sin pensarlo nos encontramos con las manos milagrosas del Señor obrando sus maravillas en nuestras vidas. En nuestro caso, al recibir el primer sacramento. En el del ciego, al sentir un ritual de curación quizás inexplicable: Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, lo aplicó en sus ojos.

Así de sencilla es la narración del milagro. Sin embargo, podemos sacar muchas consecuencias para  nuestras vidas. Imaginémonos en primer lugar ese lodo terapéutico. Podemos pensar en la situación del ciego que, de repente, siente sobre sus párpados la desagradable amalgama que aquel hombre le impone -solo Dios sabe con cuál motivación-. Pero el ciego confía. Las primeras palabras de aquel rabino, que le eximían de pecado con respecto a su enfermedad, abrieron su corazón para que las obras de Dios se manifiesten en él.

Los gestos de Jesús recuerdan pasajes del Antiguo Testamento. Por ejemplo, la elaboración del lodo rememora aquella arcilla con la que el Creador esculpió al primer hombre, según el Génesis. Benedicto XVI explica que «de hecho, “Adán” significa “suelo”, y el cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación».

Antes, en las instrucciones para que se cumpliera el milagro, el evangelista había dejado caer un dato como de pasada: y le dijo: —Anda, lávate en la piscina de Siloé –que significa: «Enviado». Como en el Antiguo Testamento Naamán el sirio había sido curado lavándose en el Jordán, así ahora el Señor envía a este ciego a que recorra ese camino de humildad hacia las fuentes purificadoras. 

En esta indicación está la clave de lectura de todo el pasaje. El papa alemán explica que «El proceso de curación lleva a que el enfermo, siguiendo el mandato de Jesús, se lave en la piscina de Siloé: así logra recuperar la vista. Siloé, que significa el Enviado, comenta el evangelista para sus lectores que no conocen el hebreo (Jn 9,7). Sin embargo, se trata de algo más que de una simple aclaración filológica. Nos indica el verdadero sentido del milagro. En efecto, el “Enviado” es Jesús. En definitiva, es en Jesús y mediante El en donde el ciego se limpia para poder ver. Todo el capítulo se muestra como una explicación del bautismo, que nos hace capaces de ver. Cristo es quien nos da la luz, quien nos abre los ojos mediante el sacramento».

Decimos que esta es la exégesis clave del pasaje, también  a la luz del Prefacio de la Misa del cuarto domingo de cuaresma: «se hizo hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el bautismo, transformándolos en hijos adoptivos».

Conmemoramos, y nos alegramos entonces, por esos dos regalos: por el don de la fe, y la filiación divina que adquirimos en el Bautismo. Como dice la Antífona de entrada de la Misa con palabras de Isaías: Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto. En el bautismo estuvo el origen de nuestra relación filial con Dios. Como dice san Agustín: «Este ciego representa a la raza humana. (...) Si la ceguera es la infidelidad, la iluminación es la fe. (...) Lava sus ojos en el estanque cuyo nombre significa “el Enviado”: fue bautizado en Cristo».

Entonces fue, se lavó y volvió con vista. San Josemaría comenta la docilidad del ciego: «¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! Una fe viva, operativa. ¿Te conduces tú así con los mandatos de Dios, cuando muchas veces estás ciego, cuando en las preocupaciones de tu alma se oculta la luz? ¿Qué poder encerraba el agua, para que al humedecer los ojos fueran curados? Hubiera sido más apropiado un misterioso colirio, una preciosa medicina preparada en el laboratorio de un sabio alquimista. Pero aquel hombre cree; pone por obra el mandato de Dios, y vuelve con los ojos llenos de claridad» (Amigos de Dios, n.193).

El esplendor de la fe que ocasiona el bautizarse en Jesús lleva al ciego a un progresivo desvelamiento de las tinieblas, también con respecto a quién era el que lo curaba. Al comienzo es un simple hombre, luego lo llama profeta, para terminar reconociéndolo como Señor y lo adora como el Mesías: Oyó Jesús que lo habían echado fuera, y encontrándose con él le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?  El respondió: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?  Le dijo Jesús: Lo has visto; el que habla contigo, ése es. Y él exclamó: Creo, Señor. Y se postró ante él.  Dijo Jesús: Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos. En este itinerario de redescubrimiento de nuestro compromiso bautismal, entendemos la jaculatoria que san Josemaría dirigía a Aquel que es la luz del mundo: «Que vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma».

Podemos concluir con un consejo del papa alemán: «Queridos hermanos, dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, lo que la Biblia llama el "gran pecado" (cf. Sal 19,14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz».

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