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sábado, diciembre 18, 2010

San José y la voluntad de Dios


Llegamos al último domingo antes de la Navidad y la liturgia nos ayuda a prepararnos para celebrar esta solemnidad. En la primera lectura, aparece la famosa profecía de Isaías 7,14, tan fácil de memorizar (7x2=14). En ella, aparece el profeta delante del rey Ajaz, animándolo a que no haga alianzas con otros reyes, sino a confiar en que el Señor estará con él. Para garantizar la seriedad de su consejo, lo invita a pedirle un signo, que sea la muestra de que Dios está de su parte. Como el rey ya tiene la decisión tomada en contra, se justifica con un prejuicio Pseudo-religioso: “no lo pediré y no tentaré al Señor”. Entonces el profeta responde: -“Escuchad, casa de David: « ¿Os parece poco cansar a los hombres para que canséis también a mi Dios? Pues bien, el propio Señor os da un signo. Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel”.
La palabra original puede entenderse simplemente como “muchacha”: cuando al poco tiempo la joven esposa del Ajaz diera a luz un hijo, se podía entender que el signo anunciado quedaba cumplido. Pero quedó en la tradición popular ese anuncio como una señal también para el largo plazo. Y más tarde, al traducir estos textos al griego, se eligió la palabra “parthenos", virgen. La esperanza de Israel se aferraba a la venida del Mesías: “Ábranse los cielos y llueva de lo alto bienhechor rocío como riego santo”, decían las oraciones de los judíos de entonces.
Cuando el evangelista Mateo cuenta la generación de Jesucristo (1, 18-24), tiene muy en mente esta profecía. Oigamos su relato: “María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo”. Mateo insiste en la virginidad de María y explica que ella había firmado ya la ketubá, el acuerdo matrimonial. En la tradición judía, después de esta firma los esposos quedaban comprometidos, pero todavía no comenzaban a convivir. Esta segunda fase venía después de un tiempo, cuando se celebraba propiamente la boda ritual. En este intervalo, antes de que conviviesen, Mateo sitúa –con menos detalles que Lucas- la concepción virginal de Jesucristo: María se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
En estas circunstancias, el autor sagrado presenta al último protagonista del Adviento, que cumple su papel de forma callada: José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. En pocas palabras queda perfilada la personalidad de este hombre: legalmente, es el esposo de María. Era justo. San Josemaría explica cómo se entiende esa justicia de vida: “José era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres” (Es Cristo que pasa, n. 40).
En este caso, Mateo aclara que la justicia –la santidad- de José se manifiesta con dos hechos: no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Los Padres han entendido que se sentía indigno de participar en un misterio tan grande, de modo similar a Pedro, cuando le dice a Jesús: “aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” o al centurión que dice: “no soy digno de que entres en mi casa”. San Bernardo dice que José, considerándose indigno pecador, pensaba que no podría convivir con una mujer de la cual reconocía, con profundo temor, su estupenda dignidad y superioridad: “veía, con sacro estupor, que ella portaba el signo cierto de la presencia divina y, como no podía comprender este misterio, quería dejar a su esposa”.
Aunque el Evangelio no explica la psicología de José, es fácil imaginarse cuánto le costaría tomar esta decisión. También en nuestra vida habrá momentos en los cuales nos cueste identificarnos con la voluntad de Dios, que se nos hace cuesta arriba: momentos de negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz de cada día y seguir a Cristo. Por eso, llama la atención la sencillez con la que describe el evangelista la decisión de José: como no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Lo ve claro y, aunque le cuesta, se decide a hacer lo que ve más consecuente con la voluntad de Dios.
Por eso, San Josemaría –gran devoto josefino- le llamaba el hombre de la sonrisa y el encogimiento de hombros. Comentando esta escena, admiraba del santo Patriarca su respeto por la voluntad de Dios. Y es que cuántas veces nosotros quisiéramos rezar en el Padrenuestro: “hágase mi voluntad”. Y si no lo decimos, con nuestra actitud obramos así. Pidámosle hoy a José que nos ayude a tener esa vida interior, ese trato con María y con la Trinidad, que nos lleve a respetar la voluntad del Señor, a cumplirla con prontitud, a responder a las peticiones divinas con una sonrisa y un encogimiento de hombros, manifestación de fe, de acogida serena del designio de Dios, que siempre quiere lo mejor para nosotros, aunque no lo veamos claro en un primer momento.
Volvamos al relato: Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Así es el Señor: a veces permite que no veamos clara la solución a un problema, para que nos abandonemos más plenamente en Él. Y cuando hemos decidido seguirlo, tomar nuestra cruz, descubrimos que ha estado siempre a nuestro lado, haciendo las veces de Cirineo. José pensó en un primer momento que su vocación era abandonar a María, pero el Señor le hace ver que no, que precisamente su misión en la vida será cuidar de ella y de su Hijo, que es el Mesías esperado, el hijo de Dios. Es más: tendrá que ejercer las veces de padre, lo cual está inserto en el encargo de darle el nombre: Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Benedicto XVI explica la vocación paternal de José: “es el evangelista san Mateo quien da mayor relieve al padre putativo de Jesús, subrayando que, a través de él, el Niño resultaba legalmente insertado en la descendencia davídica y así daba cumplimiento a las Escrituras, en las que el Mesías había sido profetizado como "hijo de David". Desde luego, la función de san José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre "justo" (Mt 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. Por eso, en los días que preceden a la Navidad, es muy oportuno entablar una especie de coloquio espiritual con san José, para que él nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe”.
Con este relato Mateo aclara que la concepción de Jesús fue virginal, milagrosa, obra del Espíritu Santo. Por eso concluye su relato haciendo ver que todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. El evangelio cita la traducción griega de Is 7,14 (“la Virgen concebirá y dará a luz un hijo”) y aplica esta profecía a María, quien se mantiene virgen a pesar de haber concebido al Emmanuel, a Jesucristo, que es Dios con nosotros. Esta intervención de la tercera persona de la Santísima Trinidad es análoga a la que ocurre en la Resurrección, cuando restituye la vida a un cadáver. En la segunda lectura de hoy, leemos que san Pablo afirma con admiración que Jesús fue “constituido Hijo de Dios con poder por obra del Espíritu Santo, por la resurrección de entre los muertos” (Rm 1,4). Y se podría añadir aún el papel del Paráclito en la celebración de la Eucaristía, que recuerda también estos dos “descensos” en la historia de la Redención. Queda rechazada, en consecuencia, la teoría de que se trata de una versión más del mito de la mujer fecundada por los dioses (Puig).
La escena concluye mostrando a José, feliz porque ha recibido la más grande vocación que ha tenido alguien en la vida: cuidar del Mesías y de su madre. Pidámosle a la Sagrada Familia, que también pueda decirse, de nuestra respuesta a las llamadas divinas, por exigentes que sean, lo que narra San Mateo sobre la respuesta del Santo Patriarca: Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa.

viernes, marzo 19, 2010

San José, patrono de la vida interior

Celebramos hoy la solemnidad de San José, “patrono de la vida interior”. Podemos preguntarnos por qué es llamado de esa manera. Y me parece que la misma liturgia de la Misa nos da pistas para entenderlo. La antífona de entrada nos pone en contexto, al aplicar a José el piropo que da el Señor en una parábola a un santo: “este es el siervo prudente y fiel, a quien el Señor puso al frente de su familia”. Siervo bueno, justo, prudente, fiel, que tiene como encargo dirigir el hogar de Dios.

La oración colecta lo dice de modo más claro aún: “Dios todopoderoso, que quisiste poner bajo la protección de san José el nacimiento y la infancia de nuestro Redentor; concédele a tu Iglesia proseguir y llevar a término, bajo su patrocinio, la obra de la redención humana”. Es un gran calificativo para el Santo Patriarca: protector de las primicias de nuestra salvación, del nacimiento y la infancia de nuestro Redentor. Ya vamos captando una primera explicación de su patrocinio de la vida interior: él protegió el nacimiento y la infancia de Jesús. No alcanzamos a imaginarnos qué hubiera pasado sin su viaje a Egipto para liberar al Niño de la crueldad de Herodes, sin su apoyo material, sin su trabajo diario, sin su ejemplo y enseñanzas para Jesucristo, sin su protección. ¡Cuántos motivos para agradecerle, que nos haya cuidado el don más precioso que ha venido a la tierra!

El Prefacio resume su vocación diciendo que San José es “el hombre justo que diste por esposo a la Virgen Madre de Dios, el fiel y prudente servidor a quien constituiste jefe de tu familia para que, haciendo las veces de padre, cuidara a tu Hijo unigénito, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo, nuestro Señor”.

El Evangelio de la Misa nos presenta precisamente la historia de su vocación. El Evangelista Mateo (1, 16. 18-21. 24), que complementa al mejor narrador de la infancia de Jesús que es Lucas, nos cuenta lo siguiente: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo. De esta manera, se cumple lo que anunciaba el profeta Natán, como se lee en la primera lectura (2 Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16): «Ve y dile a mi siervo David: "Esto dice el Señor: Cuando hayas completado los días de tu vida y descanses con tus padres, suscitaré después de ti un linaje salido de tus entrañas y consolidaré su reino. Él edificará una casa en honor de mi nombre y yo mantendré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre en mi presencia y tu trono será firme también para siempre”. Esta profecía anuncia que el Mesías pertenecerá a la dinastía de David, a la cual pertenecía San José.

Volvamos al relato de Mateo: “La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo”. María estaba comprometida y, antes de que conviviesen, concibió virginalmente a Jesús. Es clara la intención de Mateo de mostrar la pureza inmaculada de María. Algunos autores, para resaltar esa idea, representan a José como un anciano. Pero a San Josemaría no le gustaba ese modo de proceder. Decía que no hace falta esperar a la vejez para vivir de modo casto.

Y predicaba, sobre la juventud y la castidad del Patriarca: “San José debía de ser joven cuando se casó con la Virgen Santísima, una mujer entonces recién salida de la adolescencia. Siendo joven, era puro, limpio, castísimo. Y lo era, justamente, por el amor. Solo llenando de amor el corazón podemos tener la seguridad de que no se encabritará ni se desviará, sino que permanecerá fiel al amor purísimo de Dios”. Patrono de la vida interior, porque nos enseña el valor de la pureza y nos alcanza del Señor la gracia para vivirla. Cuando sintamos los ramalazos de sensualidad, podremos acudir al José joven, puro, limpio, castísimo, para que nos enseñe a llenar el corazón de amor a Dios. ¡Cuánto querría José a su Esposa, al Niño, como Protector que era de las primicias de nuestra Redención!

Continúa el Evangelio: “Antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto”. La llamada del Señor no está exenta de dudas, de tentaciones, de oscuridad, de Cruz. Así le pasó también a José. Quien se sabía llamado para vivir una vocación matrimonial con la mujer más perfecta de la creación, experimenta el misterio de Dios. Sabe que sucede algo misterioso, en el género del milagro. No duda un solo momento de la integridad de su Esposa. Se siente indigno de permanecer a su lado, al experimentar que Ella participa de una situación especial con Dios. ¡Cuánto habrá sufrido, al pensar que la mejor decisión era apartarse, para que María pudiera dedicarse por completo a su nueva llamada! Por eso la piedad popular considera esta escena como el primer dolor de San José. San Josemaría lo consideraba de esta manera: “¿Os imagináis a San José, que amaba tanto a la Santísima Virgen y sabía de su integridad sin mancha? ¡Cuánto sufriría viendo que esperaba un hijo!”

“Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo”. El Señor premia la espera y la decisión generosa de José. Premia su fe y su humildad, como muchos siglos antes lo había hecho con Abraham, protagonista de la segunda lectura de la Misa de hoy, quien, “apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza”. “Solo la revelación de Dios Nuestro Señor, por medio de un Ángel, le tranquilizó. Había buscado una solución prudente: no deshonrarla, marcharse sin decir nada. Pero ¡qué dolor!, porque la amaba con toda el alma. ¿Os imagináis su alegría, cuando supo que el fruto de aquel vientre era obra del Espíritu Santo?”

El Señor premia la fe y la humildad de José, con la luz, con la revelación del ángel. Otra enseñanza más para nosotros, de nuestro Maestro de vida interior: cuando lleguen las dudas hay que tomar decisiones en la oración y contrastarlas con el consejo prudente de quien representa al Señor: la dirección espiritual. José había tomado la decisión más dura, y el Ángel le muestra por dónde quiere llevarlo Dios:

"Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". No solamente le dice que siga considerando a María como su esposa, sino que le asigna un nuevo encargo: hacer las veces de padre con Jesús, que es lo que significa ponerle el nombre. El Señor premia siempre, justo en los puntos en los que ha exigido. Si a Abraham le pidió el sacrificio de su hijo, lo hace padre de muchas naciones. Si a José le demandó su amor matrimonial, lo convierte en Esposo y Padre de María y de Jesús, en Patrono de la Iglesia universal.

Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado. Es como la última faceta del retrato de José, que nos transmite el Evangelio, su obediencia pronta. Lo comentaba el Cardenal Ratzinger, que hoy celebra su santo: “Hace poco pude ver (…) un relieve procedente de un retablo portugués de la época barroca, en el que se muestra la noche de la fuga hacia Egipto. Se ve una tienda abierta, y junto a ella un ángel en postura vertical. Dentro, José, que está durmiendo, pero vestido con la indumentaria de un peregrino, calzado con botas altas como se necesitan para una caminata difícil. Si en primera impresión resulta un tanto ingenuo que el viajero aparezca a la vez como durmiente, pensando más a fondo empezamos a comprender lo que la imagen nos quiere sugerir. Duerme José, ciertamente, pero a la vez está en disposición de oír la voz del ángel (Mt 2,13ss). Parece desprenderse de la escena lo que el Cantar de los Cantares había proclamado: Yo dormía, pero mi corazón estaba vigilante (Cant 5,2). Reposan los sentidos exteriores, pero el fondo del alma se puede franquear. En esa tienda abierta tenemos una figuración del hombre que, desde lo profundo de sí mismo, puede oír lo que resuene en su interior o se lo diga desde arriba; del hombre cuyo corazón está lo suficientemente abierto como para recibir lo que el Dios vivo y su ángel le comuniquen”.

Concluimos con una oración a San José, tomada de San Josemaría (Forja, 553): “San José, Padre y Señor nuestro, castísimo, limpísimo, que has merecido llevar a Jesús Niño en tus brazos, y lavarle y abrazarle: enséñanos a tratar a nuestro Dios, a ser limpios, dignos de ser otros Cristos. Y ayúdanos a hacer y a enseñar, como Cristo, los caminos divinos –ocultos y luminosos–, diciendo a los hombres que pueden, en la tierra, tener de continuo una eficacia espiritual extraordinaria”.

martes, diciembre 23, 2008

Navidad: Luz y Salvación



El himno de las vísperas acoge la Navidad cantando: “Oh Cristo Redentor del mundo, Unigénito del Padre, nacido de modo inefable, antes de todos los siglos. Tú que eres la Luz y el Resplandor del Padre, nuestra continua esperanza, acoge las súplicas que elevan tus fieles desde todos los rincones de la tierra. Recuerda, Señor, Autor de la salvación que al nacer, en otro tiempo de la Virgen Inmaculada, quisiste asumir un cuerpo como el nuestro. Sólo en Ti, Señor, venido de la sede del Padre encuentra el mundo su salvación: lo atestigua esta fiesta de hoy cuya celebración se repite cada año”.

Se cumple otro oráculo de Isaías (9, 1-3. 5-6), el que profetizaba el nacimiento del Príncipe de la paz: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz, a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz. Multiplicaste el gozo, aumentaste la alegría. Se alegran en tu presencia con la alegría de la siega (…). Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el imperio, y lleva por nombre: Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz. El imperio será engrandecido, y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para sostenerlo y consolidarlo con el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre”.

Vemos dos imágenes recurrentes: la luz y la salvación: solo en ti, que eres la Luz y el Resplandor del Padre, encuentra el mundo su salvación, decíamos con el himno. E Isaías insiste en que el nacimiento es una gran luz de alegría para el pueblo que caminaba en tinieblas. El Salmo 95 invita a entonar un cántico nuevo y el coro está tomado del anuncio que los Ángeles hicieron a los pastores en Belén: hoy os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor.

Y San Pablo (Tt 2, 11-14) –no olvidemos que estamos en plena mitad del año dedicado a su figura y teología- nos anima a una vida santa, de acuerdo con el regalo que se nos ha dado: "Pues se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien".

Luz y salvación. Benedicto XVI consideraba, con respecto a la primera: "La palabra “luz” impregna toda la liturgia de esta Santa Misa. Se alude a ella nuevamente en el párrafo tomado de la carta de san Pablo a Tito: “Se ha manifestado la gracia”. La expresión “se ha manifestado” proviene del griego y, en este contexto, significa lo mismo que el hebreo expresa con las palabras “una luz brilló”; la “manifestación” –la “epifanía”– es la irrupción de la luz divina en el mundo lleno de oscuridad y problemas sin resolver. Por último, el evangelio relata cómo la gloria de Dios se apareció a los pastores y “los envolvió en su luz” (Lc 2, 9). Donde se manifiesta la gloria de Dios, se difunde en el mundo la luz. “Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna”, nos dice san Juan (1 Jn 1,5). La luz es fuente de vida. Pero luz significa sobre todo conocimiento, verdad, en contraste con la oscuridad de la mentira y de la ignorancia. Así, la luz nos hace vivir, nos indica el camino. Pero además, en cuanto da calor, la luz significa también amor. Donde hay amor, surge una luz en el mundo; donde hay odio, el mundo queda en la oscuridad. Ciertamente, en el establo de Belén aparece la gran luz que el mundo espera. En aquel Niño acostado en el pesebre Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da a sí mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor. La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado hombre y mujeres a lo largo de los siglos, “los ha envuelto en su luz”. Donde ha brotado la fe en aquel Niño, ha florecido también la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y los que sufren, la gracia del perdón. Desde de Belén una estela de luz, de amor y de verdad impregna los siglos.

En este contexto se entienden las palabras del primer punto de Forja (San Josemaría Escrivá): “Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. —El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna”.

Pero solo somos portadores. La llama, con la que iluminaremos los caminos de la tierra, es Cristo mismo, que ha querido servirse de nosotros. Es en ese sentido que de nosotros depende… Que no ocultemos la lámpara debajo del celemín. De esa manera se juntan las dos palabras clave que venimos considerando: Luz y salvación que proceden de Cristo. Hoy os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor… Sólo en Ti, Señor, encuentra el mundo su salvación.

Por eso enseña la teología (Cf. R. Berzosa) que el cristianismo es una religión de salvación, que la primera característica del misterio cristiano es la de ser salvador. La Comisión Teológica Internacional explica que la doctrina de la redención se refiere principalmente a Dios, que remueve los obstáculos que se interponían entre Él y nosotros. Solo por eso, dice, es Buena Noticia de Salvación para todos los tiempos. Pero esa salvación debe ser acogida personalmente: es una vocación, una llamada a la vida eterna y, precisamente por eso, exige santidad personal.

Se entiende que San Josemaría comentara el cántico de los Ángeles («Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace») con estas palabras: A los hombres, la paz; a los hombres que tienen buena voluntad, que unen su voluntad a la Voluntad Santísima de Dios. Porque la santidad consiste en esto, lo sabéis muy bien: en la unión con el querer de Dios, que se manifiesta de ordinario a través de los sucesos de cada día.

La contemplación del pesebre, de ese misterio de Luz y de Salvación, debe comprometernos a acoger personalmente la llamada a la santidad a través de los sucesos de cada día: “Cuando llegan las Navidades, me gusta contemplar las imágenes del Niño Jesús. Esas figuras que nos muestran al Señor que se anonada, me recuerdan que Dios nos llama, que el Omnipotente ha querido presentarse desvalido, que ha querido necesitar de los hombres. Desde la cuna de Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de alegría” (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 18).

En el pesebre encontramos, junto al Niño, a María y a José. Ellos son los mejores modelos de personas que permitieron a Dios iluminar la propia vida, de seres que acogieron la llamada a la santidad en los sucesos de cada día. Pidámosles que nos alcancen la gracia de llevar una vida cristiana sin componendas, una vida de entrega, de trabajo, de alegría.

Podemos concluir con otro canto de la Liturgia de las Horas para esta Solemnidad: Siendo el Autor de la luz, no desdeñó ser colocado sobre un pesebre: tampoco ser envuelto en pañales por su Madre, el que, con Dios Padre, había fundado los Cielos. El nacimiento de la luz y de la salvación pone en fuga a la noche y derrota a la muerte: venid, todas las gentes, y mirad, llenos de fe: María ha alumbrado a Dios. Gloria a Ti, Jesús, que has nacido de la Virgen, y también al Padre y al Espíritu Santo, por los siglos sin término, Amén.

martes, diciembre 25, 2007

Navidad: alegría, optimismo, esperanza




La Misa de la vigilia de Navidad comienza pidiendo al Señor que, “así como ahora acogemos a tu Hijo, llenos de júbilo, como a nuestro redentor, así también cuando venga como juez, podamos recibirlo llenos de confianza”. Y uno puede pensar qué sentido tiene hablar de júbilo en un tiempo como el nuestro, lleno de eventos negativos de todo tipo. Alguno puede llegar a preguntarse, quizá, si no tendrán razón los que piensan que la Navidad es un momento de anestesia, medio mítico, sin mayores consecuencias verdaderas.

Por el contrario, la liturgia está llena de ecos del anuncio de los ángeles: “¡Os anuncio una gran alegría!”. En la primera lectura, el capítulo 62 (1-5) de Isaías presenta una celebración jubilosa de Jerusalén: el Señor se ha complacido en ti. Una voz se eleva intercediendo por la bienamada, que fue abandonada por un tiempo: “tu esposo será tu Creador”, había dicho el capítulo 54. (Pelletier):Por amor a Sión no me callaré y por amor a Jerusalén no me daré reposo, hasta que surja en ella esplendoroso el justo y brille su salvación como una antorcha. Entonces las naciones verán tu justicia, y tu gloria todos los reyes. Te llamarán con un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona de gloria en la mano del Señor y diadema real en la palma de su mano. Ya no te llamarán "Abandonada", ni a tu tierra "Desolada"; a ti te llamarán "Mi complacencia" y a tu tierra, "Desposada", porque el Señor se ha complacido en ti y se ha desposado con tu tierra. Como un joven se desposa con una doncella, tu hacedor se desposará contigo; como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo”. 

En la misma línea canta el Salmo 88: Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. "Hice un juramento a David mi servidor, pacté una alianza con mi elegido: Consolidaré tu dinastía para siempre y afirmaré tu trono eternamente. El me podrá decir: Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva. Yo jamás le retiraré mi amor ni violaré el juramento que le hice". 

En la Navidad de 1971, San Josemaría escribía a sus hijos una tarjeta de felicitación en la que les daba la clave para la alegría verdadera, que solo se encuentra en el Señor: Que Él (Dios) y su Santísima Madre, Madre Nuestra (…) nos concedan una Santa Navidad, y nos den la gracia de una entrega cada día más delicada y generosa. Es deseo del Señor, y también será una gran alegría para este Padre vuestro, que recemos mucho —clama, ne cesses! (Carta, en EF-711200-2). El 23 de agosto de ese año, San Josemaría había descubierto con la gracia de Dios, la importancia de que vayamos con fe al trono de la gloria, para alcanzar misericordia: adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur. Por eso se entiende que, si acudimos con fe a María, alcanzaremos la misericordia divina, que es el fundamento de nuestra alegría. Muchos regalos grandes, también muchas vocaciones fieles, han llegado de la mano de la Virgen: en un mes dedicado a ella, en una fiesta suya, un sábado… 

Y es que María es el trono de la gloria, la que porta a su Hijo y nos lo muestra, igual que antes en el pesebre, ahora en el Sagrario, en los sacramentos, en la oración. Como dice el Prelado del Opus Dei en la carta que escribió a sus hijos en diciembre del 2007,¡Es tan fácil reconocer la asistencia de Nuestra Señora en cada paso de nuestra vida! Consideremos sosegadamente esta protección en el silencio fecundo de la oración, y descubriremos con mayor claridad aún la actuación constante de nuestra Madre del Cielo, hasta en los acontecimientos aparentemente más pequeños de nuestra existencia. Ha sido Ella quien, con el poder de su Hijo, nos ha defendido tantas veces de las insidias del enemigo de las almas, nos ha ayudado a vencer las tentaciones, nos ha hecho superar los obstáculos que se interponían en ese caminar hacia Dios. Ha sido Ella—porque así lo ha dispuesto el Señor—quien nos ha alcanzado luces y gracias nuevas, que han germinado en nuestros corazones, a pesar de la poquedad personal de cada uno”. 

Un año antes del momento en que San Josemaría sintió que Dios le sugería la jaculatoria adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur, también había escuchado de Dios, el 6 de agosto de 1970, lo siguiente: sigue rezando, con clamor, con fortaleza; no dejes de rezar, que te escucho. Clama, ne cesses! ¿Cómo no conservar la alegría y el optimismo sobrenatural con esa certeza?

El fundamento de esa alegría es que Mesías, el Señor, está entre nosotros. En el comienzo del Evangelio de Mateo (1, 18-25) se relata cómo, a través de José, “hijo de David”, Jesús se convierte legalmente en descendiente del rey poeta. No temas, saluda el ángel a José, como antes a María. El nombre del hijo significa Salvador (Hoy nos ha nacido un Salvador): del pecado, que restablece la relación rota con Dios. La cita de Isaías no solo afirma la maternidad virginal de María, sino también que, en la persona de Jesús, se cumple el oráculo: Dios-con-nosotros (al final de este Evangelio Jesús dirá: “Yo (Enmanuel) estoy con vosotros todos los días hasta el final del mundo” (Pelletier). 

Al reconocer que Dios está con su pueblo, las naciones serán bendecidas en Sión (Leske): “La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros. Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús”. 

Optimismo, alegría sobrenatural, pues Dios hoy ha bajado para quedarse siempre con nosotros, Él es el Enmanuel. Por eso, pase lo que pase en el nuevo año, nunca perderemos la paz. San Josemaría predicaba una idea similar: Es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios. Pero eso no nos va a retraer de trabajar, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. ¡Optimistas, pues!

Le pedimos al Señor esa alegría, ese optimismo sobrenatural, que nos aumente la esperanza. También hacemos el propósito de pedirlo más este nuevo año (Clama, ne cesses!). Y como nos detiene un poco el temor a nuestra indignidad, ponemos como intercesora a la que es Trono de la Gloria, nuestra Madre María. Así se cumplirán, también ahora, los deseos de aquella tarjeta que escribió San Josemaría en 1971: Que Él (Dios) y su Santísima Madre, Madre Nuestra —adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, a María, ut misericordiam consequamur—, nos concedan una Santa Navidad, y nos den la gracia de una entrega cada día más delicada y generosa. Es deseo del Señor, y también será una gran alegría para este Padre vuestro, que recemos mucho —clama, ne cesses!

sábado, diciembre 23, 2006

Hoy nos ha nacido un salvador


Celebraremos hoy, a medianoche, la Navidad. Esperamos los regalos traídos por el Niño, y –como el tamborilero del villancico– también quisiéramos “poner a sus pies algún presente que le agrade”: algún regalo, un propósito en nuestra vida. Pero quizá, examinando nuestro corazón, encontramos muy poco que ofrecer. Tenemos mucha oscuridad, poca luz. Por eso con la oración colecta de la Misa de hoy pediremos al Padre: Oh Dios, que has iluminado esta noche santa con el nacimiento de Cristo, la luz verdadera; concédenos gozar en el cielo del esplendor de su gloria a los que hemos experimentado la claridad de su presencia en la tierra. 

El ser humano experimenta, al mismo tiempo, su luz y su oscuridad, su grandeza y su limitación. “El ser humano es, en cierta manera, la medida de todas las cosas”: puede llegar a lo más alto, alcanzar con su desarrollo intelectual lo que no podría naturalmente: volar, sanar, desarrollar sus capacidades, su familia, su comunidad… Pero, al mismo tiempo, cada uno se da cuenta de que no llega a todo lo que desea o de que, en el plano personal, pueden convivir las más grandes aspiraciones con las más profundas bajezas. Pablo de Tarso, uno de los más grandes santos, decía de sí mismo:”el bien que quiero hacer no lo hago; el mal que quiero evitar, eso es lo que hago: ¡pobre de mí!” Es un panorama sombrío, como el de la oscuridad de la medianoche; que no pierde, sin embargo, la esperanza de la llegada del sol que anuncia un nuevo día lleno de luz.

Esa era la situación de la humanidad hace veinte siglos. La historia conocía grandes desarrollos de ingeniería (por ejemplo, el Panteón romano, que aún hoy es admirable), de astronomía, etc., pero conservaba al mismo tiempo el malestar de una historia religiosa que clamaba por ese Salvador anunciado desde el principio del Génesis (3,16: “pongo enemistad entre ti y la Mujer, entre su linaje y el tuyo”, dijo Yahvé a la serpiente), un Salvador que no llegaba a pesar de la espera centenaria. En la religión judía, “el Nombre de Dios Salvador era invocado una sola vez al año por el sumo sacerdote para la expiación de los pecados de Israel, cuando había asperjado el propiciatorio del Santo de los Santos con la sangre del sacrificio (cf. Lv 16, 15-16; Si 50, 20; Hb 9, 7) [CEC, 433]” 

Cada año se invocaba a Dios como Salvador en ese altar, pero pasaban los siglos y no se manifestaba. Hasta que en la quietud de una mañana campesina se escuchó la voz de un ángel que saludaba a una humilde doncella en Nazaret: le anunciaba que sería la madre de ese Salvador tanto tiempo esperado. El mensaje incluía el nombre que debería imponerle: Jesús, Joshua, que en hebreo quiere decir “Dios salva”. Ese nombre propio, “Salvador” expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). En Jesús, Dios “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula toda la historia de la salvación en favor de los hombres [Cf. CEC 430].

En ese contexto se da el anuncio del ángel a los pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando por turno sus rebaños –no a los ricos, ni a los sabios, sino a los pastores que estaban trabajando–: "No temáis. Os traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: en la ciudad de David, hoy os ha nacido un salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto os servirá de señal: encontraréis al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre". De pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:"¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!"

Por eso cada Nochebuena celebramos esa inmensa alegría: nos ha nacido un Salvador. Ya no estamos condenados a la espera eterna. Dios ha cumplido su promesa. Ha enviado al Mesías, al Cristo, que es también el Señor. Pero ese Mesías no es un ser extraño, rodeado de un aura sobrenatural inaccesible. Tampoco es un rey altísimo, encerrado en su castillo al que solo pueden acceder unos pocos cortesanos. El profeta Isaías lo había anunciado varios siglos atrás: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció. Engrandeciste a tu pueblo e hiciste grande su alegría. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”. Para cumplir su promesa, Dios escogió la manera más sencilla, más humilde: lo hizo como un hombre cualquiera. Quiso nacer en una familia humana, quiso ser uno de los nuestros, quiso ser llamado hijo para tratarnos como hermanos

Pablo transmite en su carta a Tito que ese Salvador en forma de Niño manifiesta la gracia de Dios: “Querido hermano: la gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres y nos ha enseñado a renunciar a la irreligiosidad y a los deseos mundanos, para que vivamos, ya desde ahora, en espera de la gloriosa venida del gran Dios y salvador, Cristo Jesús, nuestra esperanza”

Con estas tres convicciones (tenemos un Salvador, en forma de Niño, que manifiesta la gracia de Dios) podemos acercarnos al pesebre, mirando qué podemos llevar de regalo al recién nacido, a pesar de la oscuridad de nuestro corazón. Hace un año, el predicador de la Casa Pontificia recomendaba no sentirse mal si no podíamos llevarle nada, al reconocer nuestra miseria (podemos darnos cuenta de que no tenemos ni siquiera el tambor que lleva el tamborilero del famoso villancico), pues podría ser un buen negocio, de acuerdo con una piadosa parábola: 

“Un bello relato navideño nos hace desear llegar así a Navidad, con el corazón pobre y vacío de todo. Entre los pastores que acudieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobrecito que no tenía nada que ofrecer y ser avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos rivalizaban para ofrecer sus regalos. María no sabía cómo recibirlos todos, al tener en brazos al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, le confió a Jesús. Tener las manos vacías fue su fortuna y, en otro plano, será también la nuestra”.