sábado, diciembre 23, 2006

Hoy nos ha nacido un salvador


Celebraremos hoy, a medianoche, la Navidad. Esperamos los regalos traídos por el Niño, y –como el tamborilero del villancico– también quisiéramos “poner a sus pies algún presente que le agrade”: algún regalo, un propósito en nuestra vida. Pero quizá, examinando nuestro corazón, encontramos muy poco que ofrecer. Tenemos mucha oscuridad, poca luz. Por eso con la oración colecta de la Misa de hoy pediremos al Padre: Oh Dios, que has iluminado esta noche santa con el nacimiento de Cristo, la luz verdadera; concédenos gozar en el cielo del esplendor de su gloria a los que hemos experimentado la claridad de su presencia en la tierra. 

El ser humano experimenta, al mismo tiempo, su luz y su oscuridad, su grandeza y su limitación. “El ser humano es, en cierta manera, la medida de todas las cosas”: puede llegar a lo más alto, alcanzar con su desarrollo intelectual lo que no podría naturalmente: volar, sanar, desarrollar sus capacidades, su familia, su comunidad… Pero, al mismo tiempo, cada uno se da cuenta de que no llega a todo lo que desea o de que, en el plano personal, pueden convivir las más grandes aspiraciones con las más profundas bajezas. Pablo de Tarso, uno de los más grandes santos, decía de sí mismo:”el bien que quiero hacer no lo hago; el mal que quiero evitar, eso es lo que hago: ¡pobre de mí!” Es un panorama sombrío, como el de la oscuridad de la medianoche; que no pierde, sin embargo, la esperanza de la llegada del sol que anuncia un nuevo día lleno de luz.

Esa era la situación de la humanidad hace veinte siglos. La historia conocía grandes desarrollos de ingeniería (por ejemplo, el Panteón romano, que aún hoy es admirable), de astronomía, etc., pero conservaba al mismo tiempo el malestar de una historia religiosa que clamaba por ese Salvador anunciado desde el principio del Génesis (3,16: “pongo enemistad entre ti y la Mujer, entre su linaje y el tuyo”, dijo Yahvé a la serpiente), un Salvador que no llegaba a pesar de la espera centenaria. En la religión judía, “el Nombre de Dios Salvador era invocado una sola vez al año por el sumo sacerdote para la expiación de los pecados de Israel, cuando había asperjado el propiciatorio del Santo de los Santos con la sangre del sacrificio (cf. Lv 16, 15-16; Si 50, 20; Hb 9, 7) [CEC, 433]” 

Cada año se invocaba a Dios como Salvador en ese altar, pero pasaban los siglos y no se manifestaba. Hasta que en la quietud de una mañana campesina se escuchó la voz de un ángel que saludaba a una humilde doncella en Nazaret: le anunciaba que sería la madre de ese Salvador tanto tiempo esperado. El mensaje incluía el nombre que debería imponerle: Jesús, Joshua, que en hebreo quiere decir “Dios salva”. Ese nombre propio, “Salvador” expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). En Jesús, Dios “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula toda la historia de la salvación en favor de los hombres [Cf. CEC 430].

En ese contexto se da el anuncio del ángel a los pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando por turno sus rebaños –no a los ricos, ni a los sabios, sino a los pastores que estaban trabajando–: "No temáis. Os traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: en la ciudad de David, hoy os ha nacido un salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto os servirá de señal: encontraréis al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre". De pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:"¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!"

Por eso cada Nochebuena celebramos esa inmensa alegría: nos ha nacido un Salvador. Ya no estamos condenados a la espera eterna. Dios ha cumplido su promesa. Ha enviado al Mesías, al Cristo, que es también el Señor. Pero ese Mesías no es un ser extraño, rodeado de un aura sobrenatural inaccesible. Tampoco es un rey altísimo, encerrado en su castillo al que solo pueden acceder unos pocos cortesanos. El profeta Isaías lo había anunciado varios siglos atrás: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció. Engrandeciste a tu pueblo e hiciste grande su alegría. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”. Para cumplir su promesa, Dios escogió la manera más sencilla, más humilde: lo hizo como un hombre cualquiera. Quiso nacer en una familia humana, quiso ser uno de los nuestros, quiso ser llamado hijo para tratarnos como hermanos

Pablo transmite en su carta a Tito que ese Salvador en forma de Niño manifiesta la gracia de Dios: “Querido hermano: la gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres y nos ha enseñado a renunciar a la irreligiosidad y a los deseos mundanos, para que vivamos, ya desde ahora, en espera de la gloriosa venida del gran Dios y salvador, Cristo Jesús, nuestra esperanza”

Con estas tres convicciones (tenemos un Salvador, en forma de Niño, que manifiesta la gracia de Dios) podemos acercarnos al pesebre, mirando qué podemos llevar de regalo al recién nacido, a pesar de la oscuridad de nuestro corazón. Hace un año, el predicador de la Casa Pontificia recomendaba no sentirse mal si no podíamos llevarle nada, al reconocer nuestra miseria (podemos darnos cuenta de que no tenemos ni siquiera el tambor que lleva el tamborilero del famoso villancico), pues podría ser un buen negocio, de acuerdo con una piadosa parábola: 

“Un bello relato navideño nos hace desear llegar así a Navidad, con el corazón pobre y vacío de todo. Entre los pastores que acudieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobrecito que no tenía nada que ofrecer y ser avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos rivalizaban para ofrecer sus regalos. María no sabía cómo recibirlos todos, al tener en brazos al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, le confió a Jesús. Tener las manos vacías fue su fortuna y, en otro plano, será también la nuestra”.

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