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sábado, octubre 14, 2006

El joven rico


En los evangelios sinópticos toma valor dramático el último ascenso de Jesús a Jerusalén. Ya se va acercando la hora definitiva y por eso los autores sagrados señalan unas enseñanzas que tienen sabor a testamento. Una de ellas recuerda la vocación de los discípulos, tres años atrás. 

En esta ocasión, un muchacho –como ellos- se acerca al Señor, se arrodilla delante de Él y le pregunta: "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?" Jesús le contestó: "¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Ya sabes los mandamientos… Es un encuentro lleno de profundidad en los diálogos, como ha notado Juan Pablo II en su Mensaje a los jóvenes de 1985 y en la Encíclica Veritatis Splendor. Solo Dios es bueno… Los mandamientos son el camino para alcanzar la vida eterna… Ya le ha mostrado el camino, está preparando su vocación. 

Todo depende de cómo reacciona ante ese panorama que el Señor le desvela. Seguramente los Apóstoles contemplarían ilusionados la escena: quizá un nuevo Mateo se vinculará al grupo (no de los doce –que es una comunidad numerus clausus, por las nuevas doce tribus de Israel-, pero sí de los seguidores cercanos). Todo parece ir cada vez mejor cuando se escucha la respuesta del joven: - "Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño".

Con esa actitud, que el Señor conocía, los Apóstoles rememoran en el rostro de Jesús la alegría que le causan las almas limpias, enamoradas de la Ley, que son idóneas para recibir una llamada superior: Jesús lo miró con amor y le dijo: "Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme".

Decía Juan Pablo II a los jóvenes, contemplando esta escena: “Cómo me gustaría que experimentaseis la mirada amorosa de Jesús”. Hay que entender su exigencia de vivir la virtud de la pobreza como una manifestación del amor que nos tiene, además de la manera de ser más libres aún. “Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. Dice San Agustín: "La primera libertad consiste en estar exentos de crímenes... como serían el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como éstos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta..." (Juan Pablo II, Enc. Veritatis Splendor, n. 13).

Ya hemos hablado en otra ocasión de los mandamientos como afirmaciones para el camino de la verdadera felicidad. Hoy podemos contemplar la importancia de la virtud de la pobreza para ser perfectos, pues así comienzan las palabras de Jesús al joven rico en el evangelio de Mateo: “Si quieres ser perfecto…” En el libro de la Sabiduría (Sab 7, 7-11) se alude a la petición de Salomón, cuando se le dio a escoger lo que quisiera (reinos, posesiones, poder real) y eligió la prudencia: “Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mí un espíritu de sabiduría. La preferí a los cetros y a los tronos, y en comparación con ella tuve en nada la riqueza. No se puede comparar con la piedra más preciosa, porque todo el oro junto a ella es un poco de arena, y la plata es como lodo en su presencia. La tuve en más que a la salud y a la belleza, me propuse tenerla por luz, porque su resplandor nunca se apaga. Todos los bienes me vinieron con ella, sus manos me trajeron riquezas incontables”. 

Jesús pide a sus seguidores la pobreza porque Él mismo es pobre, ésa es su opción fundamental de comportamiento, como dice Bruno Forte (Siguiéndote a ti, luz de la vida. Sígueme, Salamanca 2004, p. 29ss): La pobreza de Jesús es activa, buscada, elegida libremente. Es obediencia ante la voluntad de Dios, libertad ante las riquezas (no tenía “donde reclinar la cabeza” Mt 8, 20). Es pureza de corazón, para servir a los amigos, no para servirse de ellos (Mt 20, 28). Es elección del celibato, como fruto de una donación más grande, de hacerse todo para todos, de amar a cada uno según su necesidad. Es optimismo ante la vida, amor al mundo y al prójimo, incluso a los que le crucificaban. “El misterio de su pobreza es un misterio de amor gratuito y total que no se detiene… Siendo pobre en relación con su pasado y abierto por tanto hacia el porvenir, siendo pobre respecto al presente y capaz por tanto de cambiarlo con fantasía y coraje… Cabe preguntarse: ¿Cómo soy yo? ¿Soy verdaderamente libre como Cristo lo pide de mí? ¿Cuál es la opción fundamental de mi vida? ¿Es Dios y su Reino? ¿Intento agradarle solo a Él? Y mi estilo de vida, ¿es el estilo del pobre que solo es rico de amor del Padre?” (Forte B, cit., p. 31).

En la biografía de Juan Pablo II escrita por G. Weigel se nota esta misma actitud desde que era muy joven: “Nunca tuvo una cuenta bancaria, nunca rellenó un cheque ni contó con dinero personal alguno. Dormía en el suelo y practicaba otras formas de autodisciplina y abnegación (…). Alguien le regaló una navaja de afeitar nueva, pero primero le desechó la vieja, porque, si no, él habría regalado la nueva, como solía hacer con la mayoría de los obsequios. Donaba su salario de forma anónima a un fondo escolar que ayudaba a pagar la educación de estudiantes pobres” (Weigel G. Juan Pablo II, testigo de esperanza. Planeta. Barcelona 2000, p. 172. 194. vid. 117)

La historia del joven rico no termina igual de bien, pero es ocasión para que el Señor reafirme sus enseñanzas sobre las riquezas terrenas, y el valor de seguir el único tesoro que vale la pena, que es Dios mismo: “Al oír estas palabras, él se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: "¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!" Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras. Pero Jesús insistió: "Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios". Ellos se asombraron todavía más y comentaban: "Entonces, ¿quién puede salvarse?" Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: "Es imposible para los hombres, no para Dios. Para Dios todo es posible". Entonces Pedro le dijo a Jesús: "Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte". Jesús dijo: "Les aseguro que quien haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en esta vida, cien veces más en casas, hermanos y hermanas, madres e hijos, y tierras, junto con persecuciones, y en el mundo futuro vida eterna".