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miércoles, marzo 23, 2016

La oración en el huerto


El Evangelio de san Marcos dice que, después de la última cena, Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní (26,36). En arameo esta palabra significa “prensa de aceite”, por lo cual se intuye que en ese lugar se procesaban las olivas cosechadas en los alrededores. Se trata de un pequeño rincón del valle del Cedrón, al oriente de Jerusalén, en la base del monte de los Olivos (Díez, 2010,148).

San Lucas añade que Jesús lo visitaba con frecuencia para orar cuando se encontraba en la Ciudad Santa: se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos (22,39). Costumbre de orar. El Señor nos da ejemplo de piedad frecuentemente: antes de los grandes acontecimientos, como la elección de los Doce, pasa la noche en oración; al hacer milagros, el Evangelio lo muestra en diálogo con su Padre. Ahora, en la recta final de su paso por la tierra, también es modelo de plegaria: Y dijo a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

¡Qué importante es dedicar unos ratos diarios a la conversación con el Señor! Es muy común encontrar personas que habitualmente rezan una pequeña oración al despertarse y quizá también agradecen a Dios antes de irse a la cama… ¡y poco más! Aprovechemos la contemplación de Jesús orante para concretar el propósito de dedicar unos ratos diarios, ojalá un tiempo fijo y a hora determinada, para contarle al Señor nuestras cosas, meditar en su vida, fortalecer nuestra relación con Él y lograr, de esa manera, tenerlo como nuestro mejor amigo.

Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo… El Señor se acompaña con los tres discípulos mejor preparados, los mismos que lo habían asistido en los momentos de gloria, como la transfiguración en el monte Tabor o la resurrección de la hija de Jairo. Vemos la importancia de la amistad humana, que hasta el mismo Dios encarnado la quiso vivir: os he llamado amigos. Amistad que no solo consiste en dar —Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,13)—, sino que también recibe. En este caso, Jesús no solo no rehúye, sino que busca la compañía de aquellos amigos a los que tanto quería. Nos sirve también para pensar en el valor que tiene, a los ojos del Señor, la intercesión de los santos, que han sido sus mejores amigos en la tierra.

Empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte». Meditando esta sincera confesión de Jesucristo a los apóstoles podemos considerar que, entre las manifestaciones de la amistad, se encuentra la apertura del alma, la comunión del consuelo humano, y el buscar juntos la ayuda divina. Jesús, como buen amigo, comparte su pasión con los discípulos más cercanos. Y los invita a ellos —también a nosotros ahora— a ser corredentores con Él: «quedaos aquí y velad conmigo». ¿En qué consiste esa vigilancia, esa vela que el Señor le pide a sus tres discípulos más cercanos? El papa Benedicto explicaba que es tomar conciencia tanto sobre la cercanía de Dios como sobre el poder amenazante del mal. También decía que la causa de la tristeza de Jesús es la somnolencia de los cristianos (cf. 2011, 181). 

Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba… Amistad con los hombres, pero con fundamento en el abandono en Dios. Conversación con los amigos, pero primacía del trato con el Padre. En el mismo texto citado, el papa alemán se detenía en la posición de Jesús cuando oraba: rostro en tierra, que denota sumisión a Dios, confianza en el Señor, un gesto que repite la liturgia el Viernes Santo. Por su parte, san Lucas dice que Jesús oraba de rodillas, como mueren los mártires, luchando y en oración.

¿Qué decía Jesús en su diálogo personal? Una frase muy simple: Padre mío. Con esa invocación nos invita a que consideremos el inmenso regalo de la filiación divina adoptiva que nos alcanzó con sus padecimientos. Gracias a la redención, también nosotros podemos tratar a Dios, hablar con Él como un hijo pequeño. Con la confianza del niño, que sabe que puede solicitar todo a su Padre. Aprendamos de Jesús a pedir lo que veamos conveniente, lo que nos apetece: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz».

Sin embargo, no olvidemos el matiz con el que el Señor condiciona su petición: si es posible… Yo te pido lo que veo y lo que quiero, pero Tú sabes mejor que nadie lo que más me conviene. Por eso el Maestro había enseñado antes a rezar: Hágase tu voluntad… ¡Cuántas veces queremos imponer nuestro modo de ver las cosas, nuestros caprichos, y nos olvidamos de que Dios sabe más! Aprendamos de Jesús a terminar nuestras oraciones como Él hizo: «no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

El Catecismo resume esta escena diciendo que «la oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre» (n.2600). En Jesucristo se reconcilian, por la obediencia, las voluntades que estaban separadas desde el pecado original. Gracias a ese «fiat!» del Señor recuperamos la filiación divina: el Hijo «ha acogido en sí la oposición de la humanidad y la ha transformado, de modo que, ahora, todos nosotros estamos presentes en la obediencia del Hijo, hemos sido incluidos dentro de la condición de hijos» (Benedicto XVI, 2011, 191).

De ese modo, podemos unirnos a la oración filial del Señor: «Jesús ora en el huerto: “Pater mi”, “Abba, Pater!”. Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre... Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento? Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: “Pater mi, Abba, Pater,... fiat!”» (AI 1663, 10-X-1932; cfr VC, 1,1).

«Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». Este modo de actuar no solo se aplica a la oración, sino para todos los momentos de la vida. Recuerdo a un amigo que contaba su proceso vocacional: había decidido dar su vida al Señor, estaba contento con su decisión, pero surgió un nuevo llamado, una petición más exigente, y esta persona dudaba, temía, le costaban los riesgos que asumiría con las nuevas circunstancias; le dolía ver lo que dejaba por seguir a Cristo: la familia, su terruño, el trabajo que desempeñaba, sus aficiones… Para tomar la decisión definitiva fue concluyente la meditación de este pasaje. Viendo a Jesús dialogar con su Padre, no se sintió capaz de responder de otra forma distinta a la del Maestro: «no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

Después de estas palabras, san Lucas añade un material propio, la agonía de Jesús (22,43-44): Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Son manifestaciones del padecimiento extremo que sufría por nuestra salvación. Benedicto XVI considera que esta turbación se debía a que Jesús, como Dios, veía la gravedad del mal, del cáliz que iba a beber. La angustia era mucho mayor que el natural horror humano de morir. Y cita a Pascal, que veía sus pecados en aquel cáliz, y decía que Jesús había derramado esas gotas de sangre por él (Cf. 2011, 185). Como resume un teólogo: «Aquí, en el Huerto, el dolor se hace presente en la oración: la oración se hace dolor, para luego, a lo largo de toda la pasión, transformar el dolor en oración» (Rodríguez, SRECH, 1 doloroso).

El drama de Getsemaní nos interpela continuamente: no solo nos invita a orar, a unir nuestra voluntad con la del Padre, sino que nos llama a perseverar en ese empeño: Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. ¡Cuántas veces no habremos sido nosotros esos Pedros dormilones, que merecen escuchar el reproche de Jesús: Dijo a Pedro: ¿No habéis podido velar una hora conmigo?!

El Señor nos enseña otra clave para la vida de oración: no basta con programar un tiempo fijo, a hora precisa, con generosidad. El diálogo con Dios debe ser con el alma y con el cuerpo: «Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». Por esa razón, la ascética cristiana enseña a acompañar la oración con la penitencia y con las obras de misericordia. Se trata de vivir en unidad de vida, no conformarse con unas prácticas externas de piedad, sino confirmarlas con la mortificación, con el trabajo, con la vida en familia y en sociedad.

«Al meditar esos momentos en los que Jesucristo —en el Huerto de los Olivos y, más tarde, en el abandono y el ludibrio de la Cruz— acepta y ama la Voluntad del Padre, mientras siente el peso gigante de la Pasión, hemos de persuadirnos de que, para imitar a Cristo, para ser buenos discípulos suyos, es preciso que abracemos su consejo: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y me siga. Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales» (AD, n.216).

«Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». Jesucristo enseña con su ejemplo, y continúa velando: De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». Una vez más, el Señor nos muestra la importancia de persistir en la oración, aunque no veamos los frutos. Esa constancia, ese vigilar sin recibir nada a cambio, serán las pruebas de la fe y del amor que nos mueven a pedir que se cumpla la voluntad divina.

Los apóstoles, por el contrario, cansados después de una jornada extenuante, de una cena festiva, y además emocionados por la oración sacerdotal de Jesucristo, por los discursos de despedida, por los anuncios relacionados con la traición de Judas, continuaban dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Jesús afronta esa soledad con dolor, y los invita a acompañarlo en su camino de sufrimiento, que estaba a punto de comenzar. Invitación que ellos no seguirían —y nosotros tampoco lo hacemos, cada vez que le damos la espalda a los llamados divinos—. Como entonces, el Señor nos sigue invitando: ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.


Solo la Virgen acompañaba a su Hijo, quizá oteando por la ventana del cenáculo. Terminemos nuestra oración pidiéndole a Ella que, aunque seamos cobardes, aunque sigamos a su Hijo de lejos, estemos siempre «despiertos y orando. —Oración... Oración...» (SR, 1 doloroso).

sábado, febrero 01, 2014

La purificación de la Virgen

Cuarenta días después de la Navidad, celebramos uno de los primeros eventos públicos de la infancia de Jesús (después de la adoración de los Magos y de la imposición del nombre de Jesús). Pasadas cinco semanas, rememoramos ahora un ritual que estaba previsto desde el Antiguo Testamento: la purificación de la madre.
En el Levítico (12,2-8) estaba legislado que cuarenta días después del nacimiento del niño (ochenta días en el caso de una niña), las madres debían ir al templo para purificarse de la impureza legal en la que habían incurrido por el alumbramiento: Al cumplirse los días de su purificación, sea por niño o niña, presentará al sacerdote, a la entrada de la Tienda del Encuentro, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como sacrificio por el pecado. Mas si a ella no le alcanza para presentar una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones, uno como holocausto y otro como sacrificio por el pecado; y el sacerdote hará expiación por ella y quedará pura. Las leyes preveían que esa presentación podía tardar un poco, si la mujer tenía un viaje cercano a Jerusalén. O que otra persona podía presentarse en su lugar, para hacer sus veces, en el caso de que viviera lejos de la Ciudad santa.
Esta costumbre es la que contemplamos en el cuarto misterio gozoso del Rosario (Lc 2,22-40): Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor. Podemos imaginarnos a la Sagrada Familia ataviada con sus mejores trajes, dirigiéndose hacia el Templo, alegres por cumplir la voluntad de Dios y porque acudían al Lugar donde se adoraba al Padre eterno de Jesucristo. Desde Belén hasta Jerusalén se podía ir y volver en un día, lo que ahorraba gastos de alojamiento. 

Llevaban la ofrenda más humilde, como correspondía a su discreta posición social, quizás con dolor por parte de José. ¡Cuánto le hubiera gustado tener dinero suficiente para comprar un cordero y cómo sufriría por no estar en apariencia a la altura para darle lo mejor posible a su Hijo putativo, también en lo humano! Pero al mismo tiempo sacaba enseñanzas para su vida. Como escribió el papa Benedicto XVI, «Lucas, cuyo Evangelio está impregnado todo él por una teología de los pobres y de la pobreza, nos da a entender aquí, una vez más de manera inequívoca, que la familia de Jesús se contaba entre los pobres de Israel; nos hace comprender que precisamente entre ellos podía madurar el cumplimiento de la promesa» (Jesús de Nazaret).
El papa Francisco insiste en esta virtud desde el primer momento de su pontificado. En una Audiencia con jóvenes de bachillerato, les decía: «La pobreza, hoy, es un grito. Todos nosotros tenemos que pensar si podemos ser un poco más pobres: también esto todos lo debemos hacer. Cómo puedo ser un poco más pobre para parecerme mejor a Jesús, que era el Maestro pobre. De esto se trata» (Discurso, 7-VI-2013).
Volvamos a considerar aquella familia pobre venida desde Belén hasta el Templo de la Ciudad santa. En las horas de la mañana, después de la incensación y de la ofrenda del sacrificio perpetuo, esperarían en el Atrio de las mujeres, llamado así porque era el sitio más cercano al Sancta Sanctorum en que ellas podían estar. El sacerdote las rociaba con agua lustral y recitaba unas oraciones tradicionales. Después ofrecía el doble sacrificio previsto en la ley: el primero, expiatorio, en el que se degollaba a la tórtola y se derramaba su sangre al pie del altar (los sacerdotes consumían más tarde la carne en el mismo templo); el segundo, un holocausto, consistía en quemar por completo el ave sobre el altar de bronce.
De la consideración de estos hechos históricos podemos sacar consecuencias para nuestra vida. Pueden servirnos las meditaciones que hace san Josemaría: «Cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la Ley de Moisés, es preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor (Lc 2, 22). Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. ¿Te fijas? Ella -¡la Inmaculada!- se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?».
La Virgen es la Purísima, no ha tenido ninguna contaminación ni ha incurrido, por tanto, en impureza legal. Sin embargo, cumple la voluntad de Dios con alegría. Con la humildad de la que Ella mismo dijo que se había prendado el Señor: Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. Madre nuestra: ayúdanos a caminar por ese camino que Tú nos marcas. A cumplir la voluntad de Dios, aunque pensemos que no nos corresponde. A sabernos esclavos de tu Hijo, que murió para alcanzarnos la verdadera libertad de los hijos de Dios: «“Si me preguntáis qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo —escribió san Agustín—, os responderé: lo primero es la humildad, lo segundo, la humildad, y lo tercero, la humildad” (Epístola 118, 22). Y esto es así porque “la humildad es la morada de la caridad” (La santa virginidad 51): sin humildad no existe la caridad ni ninguna otra virtud y, por tanto, es imposible que haya verdadera vida cristiana» (Álvaro del Portillo, 2013, n.100).
Humildad que nos lleva a cumplir la voluntad de Dios, cueste lo que cueste. Aparece de este modo otra virtud íntimamente relacionada, y que vemos en todo momento de la vida de la Virgen y de san José: la obediencia. ¡Cuánto cuesta obedecer! ¡Y quizás más en nuestra época! El sano entusiasmo por la autonomía ha llevado a rechazar todo lo que suponga acoger el consejo o la disposición del otro. No puede ser así en las relaciones con Dios o en la Iglesia. En una de sus homilías cotidianas, el papa Francisco insistía en este punto: « Pedro dice ante el Sanedrín: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,27-33). ¿Qué significa obedecer a Dios? ¿Significa que nosotros debemos ser como esclavos, todos atados? No, porque precisamente quien obedece a Dios es libre, no es esclavo. Y no es una contradicción. En efecto, obedecer viene del latín, y significa escuchar, escuchar al otro. Obedecer a Dios es escuchar a Dios, tener el corazón abierto para ir por el camino que Dios nos indica. Y esto nos hace libres» (Homilía, 11-IV-2013). 
Volvamos a la consideración del cuarto misterio gozoso, que hacía san Josemaría en su libro sobre el santo Rosario: «¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! –Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón». Contemplar la humildad y la castidad de María nos ayuda a identificar nuestros gérmenes de soberbia y de impureza. ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación y Amor!
Como decía el venerable Álvaro del Portillo: «Guardad vuestro corazón y vuestros sentidos para Dios. Con naturalidad, sin mojigaterías, sed muy delicados en el trato con las personas con quienes os relacionáis —en el trabajo, en la vida social, en la conversación, en el modo de comportaros y de vestir—, y ayudaos unos a otros a proteger tan gran tesoro, que llevamos en vasos de barro (cfr. 2 Co4, 7) [...]. Todos hemos de afinar concretamente en la guarda de la vista: por los ojos, os suelo recordar, entran imágenes que pueden causar estragos. Si el ambiente se presenta enrarecido, con una carga cada día más grande de sensualidad, resulta lógico e imprescindible que mortifiquemos la mirada de modo habitual: en la calle, en el trabajo, en los momentos de asueto... Sin hacer cosas raras, con naturalidad, hemos de defender la fortaleza de nuestra alma. Hija mía, hijo mío, no tengamos reparos en que los demás adviertan que nos interesa ser personas limpias» (2013, n.360).
La consideración de este cuarto misterio de gozo nos llevará entonces a valorar cada día más el ejemplo de María: su pobreza, su humildad, su obediencia, su castidad. Seguramente rezaremos de manera más intensa la famosa comunión espiritual: Yo quisiera, Señor, recibiros, con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima Madre.

viernes, agosto 06, 2010

El administrador fiel y prudente


Después de la parábola del rico necio, el Señor concluye su discurso insistiendo en la necesidad de poner el corazón en el Reino de Dios, no en los bienes materiales: No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón (Lc 12,32-34).
Una señal clara de que ansiamos el Reino como el mayor don de Dios, de que tenemos puesto en él nuestro corazón, es que estamos vigilantes y preparados para la venida del Señor. Este es el anuncio del Evangelio que empezamos a considerar ahora. En primer lugar, Jesús invita a estar vigilantes predicando la parábola de los siervos del señor que vuelve de nupcias: Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.
Tener las cinturas ceñidas recuerda el gesto de los hebreos en la noche pascual, antes de salir hacia el desierto: significa la disposición para emprender el camino. Lo mismo sucede con la figura de las lámparas encendidas, que rememora la fiesta del matrimonio, cuando la novia esperaba con sus amigas a que llegara el prometido para recogerla. También trae a la imaginación la parábola de las vírgenes prudentes: se trata de esperar en vela, vigilantes, prestos a la voz del Señor cuando nos llame.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre (Lc 12,35-40). En el contexto de la espera de la segunda venida de Cristo, recordemos la lección de san Pablo a los tesalonicenses (a quienes tuvo que escribirles una segunda carta, amonestándolos porque se habían entregado a la vida cómoda, cuando entendieron que la llegada del Señor era inminente). Ahora, Jesús recuerda el deber de estar en vela, como los sirvientes vigilan preparados para el momento de la llegada de su amo.
Esta expectación es característica del cristianismo y debemos preguntarnos si vivimos con esa perspectiva de la vida eterna como lo verdaderamente importante o si, como el rico necio o como el joven rico, nos dejamos contaminar por creer que nuestras posesiones, nuestros talentos, las virtudes que hemos fomentado, nos sostendrán por siempre. Si así fuera, aprovechemos este rato de oración para pedirle al Señor: sé Tú quien nos dé la fuerza para ser fieles, para aguardar con las cinturas ceñidas y con las lámparas encendidas.
Fiel a su estilo gráfico, el Señor concluye su enseñanza: ¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes (Lc 12,41-48). La parábola del administrador nos presenta las virtudes que Dios espera de nosotros: quieres, Señor, que seamos buenos administradores, fieles y prudentes, laboriosos, previsores, obedientes y responsables.
Pero si aquel criado dijere para sus adentros: «Mi señor tarda en llegar», y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles.
La vigilancia que Tú, Señor, nos pides se concreta, en primer lugar, en la fidelidad. En la situación actual, esta virtud parece que estuviera en crisis. Aparentemente es muy difícil, o casi imposible, comprometerse para toda la vida. Y, sin embargo, Tú, Señor, no dejas de ser fiel. Y esperas que también nosotros lo seamos, que vivamos sin doble vida: sin importar los cambios de ánimo, la situación de salud, económica o familiar. Esperas nuestro compromiso de administradores leales, como tantas almas entregadas a Ti, numerosos matrimonios cristianos, y todos los santos del Cielo, que fueron fieles a tu Hijo, algunos incluso padeciendo martirio.
Viene a la mente la figura de la Beata Teresa de Calcuta, de quien se supo que padeció «la noche oscura del alma», situación por la que han pasado muchos santos, que consiste en perder toda motivación en su relación con Dios, y en sufrir para ser fieles al llamado. Cuando se supo esto, algunos reaccionaron con sorpresa. El postulador de su causa de beatificación respondió que veía, en la actitud de la Madre Teresa, un antídoto frente al sentimentalismo de nuestra cultura: «La tendencia en nuestra vida espiritual, y también en la actitud más general respecto al amor, es que lo que cuenta son nuestros sentimientos. Si así fuera, la totalidad del amor sería lo que sentimos. Pero el amor auténtico a alguien requiere compromiso, fidelidad y vulnerabilidad. La Madre Teresa no “sentía” el amor de Cristo, y podría haber cortado. Pero se levantaba a las 4.30 cada mañana por Jesús, y era capaz de escribirle: “Tu felicidad es lo único que quiero”. Este es un poderoso ejemplo, incluso en términos no puramente religiosos». Y concluía el P. P. Kolodiejchuk (2009) que esta actitud puede indicar también a otras personas cómo sobrellevar los momentos de oscuridad o de crisis espiritual, a lo largo de una vida no fácil, al servicio de los demás.
Continuemos con la parábola: el criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá. El amor auténtico requiere compromiso, fidelidad. Por eso el Señor habla de vigilar como administradores fieles y prudentes. San Josemaría explicaba que la labor formativa de la juventud consiste en «enseñarles a luchar». Nunca es tarde para aprender, pero esa época es el mejor momento para adquirir hábitos. Y el resto de la vida, ¡a esforzarse por consolidarlos! En eso consiste la vigilancia de la que habla el Evangelio.
Para quien procura ser un buen cristiano, las caídas aparatosas, inesperadas y sorpresivas no son lo corriente. No es ése el modo de actuar del demonio: más bien intenta llevar a las almas por una pendiente resbaladiza, para que descuiden su lucha, su vigilancia. Un día, retrasamos la oración porque estamos un poco indispuestos; otro, porque tenemos muchos quehaceres; al siguiente, porque necesitamos ese tiempo para el apostolado (¡!) y, cuando menos pensamos, comenzamos a ceder en puntos de mayor envergadura. Se nos hacen cuesta arriba las prácticas que antes vivíamos con gusto —aunque costaran—, y las pasiones (la soberbia y la impureza, por ejemplo) aparecen con insidia renovada. Resurgen de nuevo los respetos humanos y las justificaciones: «tampoco hay que ser fanáticos», «no se trata de ir muy rápido», etc.
Por eso el Señor nos invita a la vigilancia, a cuidar la lucha en lo pequeño —que no se acabe el aceite en la alcuza—, para que después no caigamos en lo grande: «Mucho duele al Señor la inconsciencia de tantos y de tantas, que no se esfuerzan en evitar los pecados veniales deliberados. ¡Es lo normal —piensan y se justifican—, porque en esos tropiezos caemos todos! Óyeme bien: también la mayoría de aquella chusma, que condenó a Cristo y le dio muerte, empezó sólo por gritar —¡como los otros!—, por acudir al Huerto de los Olivos —¡con los demás!—,... Al final, empujados también por lo que hacían “todos”, no supieron o no quisieron echarse atrás..., ¡y crucificaron a Jesús! —Ahora, al cabo de veinte siglos, no hemos aprendido» (S, 139).
En el pasaje que contemplamos aparecen unas virtudes que nos ayudan a concretar la fidelidad que pedimos al Señor en este rato de oración: los administradores fieles y prudentes son aquellos que se esfuerzan por ser laboriosos, previsores, obedientes y responsables; son aquellos que dan la ración adecuada a la hora debida, a los que su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. Laboriosidad: una virtud que debería caracterizarnos a los que tenemos el trabajo ordinario como medio de santificación. Dar la ración a la hora adecuada: hacer lo que se debe hoy, ahora y estar en lo que se hace. No dilatar los plazos. No dejar las cosas para después. No distraernos —evitar la tentación de «navegar» en internet mientras trabajamos—, hacer rendir el tiempo: «Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración» (C, 335).
El papa Francisco cuenta que su padre lo mandó a trabajar en una fábrica de medias, siendo apenas un adolescente. Más adelante consiguió puesto en un laboratorio por las mañanas, mientras estudiaba por las tardes. Y hace el siguiente balance: «Le agradezco tanto a mi padre que me haya mandado a trabajar. El trabajo fue una de las cosas que mejor me hizo en la vida y, particularmente, en el laboratorio aprendí lo bueno y lo malo de toda tarea humana». Con tono de nostalgia, agrega: «Allí tuve una jefa extraordinaria (...). La quería mucho. Recuerdo que cuando le entregaba un análisis, me decía: “Ché… ¡qué rápido que lo hiciste!”. Y, enseguida, me preguntaba: “¿Pero este dosaje lo hiciste o no?”. Entonces, yo le respondía que para qué lo iba a hacer si, después de todos los dosajes de más arriba, ése debía dar más o menos así. “No, hay que hacer las cosas bien”, me reprendía. En definitiva, me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente, le debo mucho a esa gran mujer» (Rubin y Ambrogetti, 2013, p.34).
La última virtud que el Señor pone en la caracterización del administrador fiel y prudente es que conoce la voluntad de su amo, es previsor y obedece. No se contraponen la creatividad y la obediencia. Es más, para obedecer hace falta iniciativa, pues esta virtud requiere hacer propia la voluntad del que manda. ¡Qué mala prensa tiene hoy día la obediencia! Y resulta que Jesús la alaba como una característica importante de la fidelidad. Y nos da ejemplo. San Pablo resumía la actitud del Señor con estas palabras: Jesucristo fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz.
Acudamos a nuestra Madre María, Virgen fiel, para que ella nos alcance la prudencia, la laboriosidad y la obediencia que permitan decir al Señor, cuando nos tenga que juzgar: Bien, siervo bueno y fiel, ¡entra en el Reino de tu Señor!