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La purificación de la Virgen

Cuarenta días después de la Navidad, celebramos uno de los primeros eventos públicos de la infancia de Jesús (después de la adoración de los Magos y de la imposición del nombre de Jesús). Pasadas cinco semanas, rememoramos ahora un ritual que estaba previsto desde el Antiguo Testamento: la purificación de la madre.
En el Levítico (12,2-8) estaba legislado que cuarenta días después del nacimiento del niño (ochenta días en el caso de una niña), las madres debían ir al templo para purificarse de la impureza legal en la que habían incurrido por el alumbramiento: Al cumplirse los días de su purificación, sea por niño o niña, presentará al sacerdote, a la entrada de la Tienda del Encuentro, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como sacrificio por el pecado. Mas si a ella no le alcanza para presentar una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones, uno como holocausto y otro como sacrificio por el pecado; y el sacerdote hará expiación por ella y quedará pura. Las leyes preveían que esa presentación podía tardar un poco, si la mujer tenía un viaje cercano a Jerusalén. O que otra persona podía presentarse en su lugar, para hacer sus veces, en el caso de que viviera lejos de la Ciudad santa.
Esta costumbre es la que contemplamos en el cuarto misterio gozoso del Rosario (Lc 2,22-40): Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor. Podemos imaginarnos a la Sagrada Familia ataviada con sus mejores trajes, dirigiéndose hacia el Templo, alegres por cumplir la voluntad de Dios y porque acudían al Lugar donde se adoraba al Padre eterno de Jesucristo. Desde Belén hasta Jerusalén se podía ir y volver en un día, lo que ahorraba gastos de alojamiento. 

Llevaban la ofrenda más humilde, como correspondía a su discreta posición social, quizás con dolor por parte de José. ¡Cuánto le hubiera gustado tener dinero suficiente para comprar un cordero y cómo sufriría por no estar en apariencia a la altura para darle lo mejor posible a su Hijo putativo, también en lo humano! Pero al mismo tiempo sacaba enseñanzas para su vida. Como escribió el papa Benedicto XVI, «Lucas, cuyo Evangelio está impregnado todo él por una teología de los pobres y de la pobreza, nos da a entender aquí, una vez más de manera inequívoca, que la familia de Jesús se contaba entre los pobres de Israel; nos hace comprender que precisamente entre ellos podía madurar el cumplimiento de la promesa» (Jesús de Nazaret).
El papa Francisco insiste en esta virtud desde el primer momento de su pontificado. En una Audiencia con jóvenes de bachillerato, les decía: «La pobreza, hoy, es un grito. Todos nosotros tenemos que pensar si podemos ser un poco más pobres: también esto todos lo debemos hacer. Cómo puedo ser un poco más pobre para parecerme mejor a Jesús, que era el Maestro pobre. De esto se trata» (Discurso, 7-VI-2013).
Volvamos a considerar aquella familia pobre venida desde Belén hasta el Templo de la Ciudad santa. En las horas de la mañana, después de la incensación y de la ofrenda del sacrificio perpetuo, esperarían en el Atrio de las mujeres, llamado así porque era el sitio más cercano al Sancta Sanctorum en que ellas podían estar. El sacerdote las rociaba con agua lustral y recitaba unas oraciones tradicionales. Después ofrecía el doble sacrificio previsto en la ley: el primero, expiatorio, en el que se degollaba a la tórtola y se derramaba su sangre al pie del altar (los sacerdotes consumían más tarde la carne en el mismo templo); el segundo, un holocausto, consistía en quemar por completo el ave sobre el altar de bronce.
De la consideración de estos hechos históricos podemos sacar consecuencias para nuestra vida. Pueden servirnos las meditaciones que hace san Josemaría: «Cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la Ley de Moisés, es preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor (Lc 2, 22). Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. ¿Te fijas? Ella -¡la Inmaculada!- se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?».
La Virgen es la Purísima, no ha tenido ninguna contaminación ni ha incurrido, por tanto, en impureza legal. Sin embargo, cumple la voluntad de Dios con alegría. Con la humildad de la que Ella mismo dijo que se había prendado el Señor: Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. Madre nuestra: ayúdanos a caminar por ese camino que Tú nos marcas. A cumplir la voluntad de Dios, aunque pensemos que no nos corresponde. A sabernos esclavos de tu Hijo, que murió para alcanzarnos la verdadera libertad de los hijos de Dios: «“Si me preguntáis qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo —escribió san Agustín—, os responderé: lo primero es la humildad, lo segundo, la humildad, y lo tercero, la humildad” (Epístola 118, 22). Y esto es así porque “la humildad es la morada de la caridad” (La santa virginidad 51): sin humildad no existe la caridad ni ninguna otra virtud y, por tanto, es imposible que haya verdadera vida cristiana» (Álvaro del Portillo, 2013, n.100).
Humildad que nos lleva a cumplir la voluntad de Dios, cueste lo que cueste. Aparece de este modo otra virtud íntimamente relacionada, y que vemos en todo momento de la vida de la Virgen y de san José: la obediencia. ¡Cuánto cuesta obedecer! ¡Y quizás más en nuestra época! El sano entusiasmo por la autonomía ha llevado a rechazar todo lo que suponga acoger el consejo o la disposición del otro. No puede ser así en las relaciones con Dios o en la Iglesia. En una de sus homilías cotidianas, el papa Francisco insistía en este punto: « Pedro dice ante el Sanedrín: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,27-33). ¿Qué significa obedecer a Dios? ¿Significa que nosotros debemos ser como esclavos, todos atados? No, porque precisamente quien obedece a Dios es libre, no es esclavo. Y no es una contradicción. En efecto, obedecer viene del latín, y significa escuchar, escuchar al otro. Obedecer a Dios es escuchar a Dios, tener el corazón abierto para ir por el camino que Dios nos indica. Y esto nos hace libres» (Homilía, 11-IV-2013). 
Volvamos a la consideración del cuarto misterio gozoso, que hacía san Josemaría en su libro sobre el santo Rosario: «¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! –Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón». Contemplar la humildad y la castidad de María nos ayuda a identificar nuestros gérmenes de soberbia y de impureza. ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación y Amor!
Como decía el venerable Álvaro del Portillo: «Guardad vuestro corazón y vuestros sentidos para Dios. Con naturalidad, sin mojigaterías, sed muy delicados en el trato con las personas con quienes os relacionáis —en el trabajo, en la vida social, en la conversación, en el modo de comportaros y de vestir—, y ayudaos unos a otros a proteger tan gran tesoro, que llevamos en vasos de barro (cfr. 2 Co4, 7) [...]. Todos hemos de afinar concretamente en la guarda de la vista: por los ojos, os suelo recordar, entran imágenes que pueden causar estragos. Si el ambiente se presenta enrarecido, con una carga cada día más grande de sensualidad, resulta lógico e imprescindible que mortifiquemos la mirada de modo habitual: en la calle, en el trabajo, en los momentos de asueto... Sin hacer cosas raras, con naturalidad, hemos de defender la fortaleza de nuestra alma. Hija mía, hijo mío, no tengamos reparos en que los demás adviertan que nos interesa ser personas limpias» (2013, n.360).
La consideración de este cuarto misterio de gozo nos llevará entonces a valorar cada día más el ejemplo de María: su pobreza, su humildad, su obediencia, su castidad. Seguramente rezaremos de manera más intensa la famosa comunión espiritual: Yo quisiera, Señor, recibiros, con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima Madre.

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