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domingo, agosto 21, 2016

Tres retos para los jóvenes de hoy

En la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia, el papa Francisco afirmó que «no hay nada más hermoso que contemplar las ganas, la entrega, la pasión y la energía con que muchos jóvenes viven la vida. Esto es hermoso, y, —se preguntó también—: ¿de dónde viene esta belleza?»

Para responder a ese interrogante sobre el origen de la belleza juvenil podemos acudir a las historias de tres personas, protagonistas de sendos relatos legendarios: el primero, un avaro, preocupado por ganar el tesoro definitivo; el segundo, un comisionista rechazado y temeroso; y el tercero, un «vida buena» venido a menos. Son figuras de personas que vemos con mucha frecuencia a nuestro alrededor.

El primero era un personaje notorio: piadoso, recatado, casto, obediente, ordenado, buena pinta y alegre. Tenía mucho dinero, porque controlaba sus egresos, no gastaba mal ni una moneda, era austero y exigente con sus empleados, a los que les pagaba lo mínimo. Las opiniones sobre él eran divididas: para algunos, era un ejemplo de buen financiero. Otras personas, como el tercer personaje de este recuento, lo verían como un bobo, que no disfrutaba sus bienes; los demás lo admirarían por la abundancia de sus medios y su piedad ejemplar; si omitimos su avaricia, casi diríamos que era un modelo para imitar. Desde luego, las opiniones de los pobres y de sus empleados no serían muy elogiosas…

Mientras los dos personajes extremos eran bastante jóvenes, el de la mitad era un poco mayor: ya tenía trabajo estable, una vida consolidada, prestigio, aunque no era bien visto por sus conciudadanos. Administraba una concesión para cobrar impuestos y, por ese motivo, era considerado traidor a su gente. Además, lo acusaban de inflar las facturas para llevarse una comisión mayor. Las autoridades religiosas lo rechazaban, decían que era un pecador público. Igual que el primer personaje, tenía mala reputación entre los pobres; en este caso, porque ostentaba fama de defraudador.

Del tercero, en cambio, ya dijimos que era parrandero, mujeriego, aunque también «pródigo», generoso y derrochador. A su lado siempre había un grupo amplio de amigos dispuestos a todo tipo de excesos festivos. Era la envidia de muchos, que —mientras él disfrutaba— se dedicaban a estudiar, a trabajar, a cumplir el horario de sus casas, y los preceptos morales que les indicaba su religión.

No sabe uno por dónde empezar, o con cuál de ellos identificarse. Preguntémonos a cuál de ellos escogeríamos como amigo, a cuál de los tres tipos de personaje tiende nuestra personalidad: alguno dirá que el primero, por la seguridad económica; otro preferiría al tercero, para que le pague las fiestas... Bromas aparte, después de esta corta presentación inicial, demos un paso adelante.

Comencemos por el primer muchacho, llamémosle «el joven rico». Y descubriremos que, en medio de su vida en apariencia feliz, se sentía insatisfecho. Sobre todo, le preocupaba el futuro. Y no solo por la posibilidad de una quiebra —bastante difícil en su caso, pues manejaba muy bien sus posesiones— sino porque tenía una duda que le taladraba la conciencia desde pequeño: a pesar de que se consideraba un hombre bueno, no estaba seguro de serlo del todo en realidad. En principio, sus actuaciones éticas no tenían reproche: ni en lo que tenía que ver con Dios, ni en relación con los demás. Sin embargo, le inquietaba el interrogante por el juicio final, por la vida eterna: ¿qué obras presentaría el día en que tuviera que dar cuenta de su vida? ¿al final de la existencia, sí valía la pena todo lo que había conseguido? ¿o qué le faltaba aún para alcanzar una vida verdaderamente lograda? En su corazón alentaba «un deseo profundo de eternidad» (Del Portillo, Carta, 011193).

Comentando esta ansia con algún amigo, éste le habría hablado de un maestro muy bueno, muy sabio, que enseñaba con autoridad —con claridad y sencillez al mismo tiempo— sobre las cuestiones más importantes de la vida humana. Le habría indicado que en pocos días pasaría por allí y quedarían en que él le avisaría para visitarlo juntos. Al joven rico se le abrirían las esperanzas de encontrar respuesta para su honda inquietud: ¿qué hay que hacer para heredar la vida eterna? ¿cómo evitar la condenación?

El comisionista, por su parte, era mal visto y rechazado por sus coterráneos… Quizá también a él un colega le habría hablado de un maestro sabio que podría escuchar sus afugias, le contaría que a él no lo había mirado mal a pesar de su profesión, que incluso ponía como ejemplo ese oficio en sus enseñanzas, y que los consejos y la compañía de aquel hombre le habían ayudado a cambiar de vida. Hasta le prometió que le hablaría de él en su próximo encuentro, y se lo recomendaría especialmente, por si decidía ir a conocerle. La nueva alegría de ese antiguo compañero de locuras hizo surgir en su alma el deseo de imitarle, de ser, como él, un hombre serio, apreciado por todos, con los principios claros para obrar en conciencia. Además, daba la casualidad de que, en ese momento, se encontraba por allí, en su tierra.

Sin embargo, junto con la aspiración de escucharlo, surgieron inmediatamente los obstáculos: ¿cómo alcanzaría a verlo, ya que era de muy baja estatura?, ¿podría preguntarle si estaba aún a tiempo de cambiar?, ¿cómo sería su cara, su talante?, ¿sería un modelo hierático, distante, como un gurú de la India o como los sacerdotes hebreos de entonces?, ¿le reprocharía con la mirada, descubriría sus pecados en público para hacerle quedar mal delante de todo el pueblo?, ¿lo reconocería, se dirigiría a él, al menos haría una mirada furtiva, que no lo comprometiera delante de los demás habitantes de aquella tierra?

Para comentar la situación del tercer personaje, hay que tener en cuenta el contexto en el que se movía: poco tiempo antes, empezaron a correr malas noticias en el panorama económico de la ciudad. La historia resume la situación en que «vino por aquella tierra un hambre terrible». Aumentaría la inflación, el desempleo, la especulación, hasta que desaparecerían las existencias de alimentos en los almacenes. Nuestro protagonista, cuyo único trabajo, según vimos al comienzo, era dilapidar su capital, cayó en la cuenta demasiado tarde de su escasez, cuando «empezó él a pasar necesidad».

Los amigos de francachela desaparecieron como por ensalmo, solo quedó alguno que, como gran gesto de generosidad, se ofreció a interceder por él para que obtuviera una fuente de ingresos, aunque fueran mínimos: así fue como consiguió el primer trabajo de su vida. Solo que la situación era tan difícil, que el salario no le alcanzaba casi para nada. Prácticamente estaba en condiciones de mendicidad. Fue entonces cuando recapacitó y pensó en hacer algo que había descartado desde varios años atrás: regresar a su casa y pedir perdón por haber despilfarrado el capital familiar de esa manera.

En medio de su necesidad, cayó en la cuenta de lo que valía el dinero y se dio cuenta de la gran deuda que había adquirido con los suyos. Pero superó a la vergüenza y, movido sobre todo por la necesidad, decidió pedir solo que le dieran un trabajo más digno del que tenía —y con un poco mejor de salario, bastaba con el mismo que le pagaban al resto de los obreros—. Solo que dudaba de la recepción en casa de sus parientes, no sabía cómo reaccionarían en su casa, por tener la cara dura de regresar a pedir favores después del desaliñado que había hecho tiempo atrás…

Las tres historias son imágenes del hombre actual: obsesionado con el dinero («el mundo», en el sentido negativo que describe san Juan), fascinado por el poder (la «concupiscencia de los ojos», de la que habla el mismo evangelista), poseído por el vicio (la «concupiscencia de la carne»). Esas tentaciones son como el anillo de Sauron que, aunque crees poseerlo, es él tu verdadero dueño a no ser que tengas la nobleza de Frodo Bolsón.

El joven rico se creía bueno, quería ser mejor, pero con sus propios medios, con sus capacidades: ni siquiera con sus virtudes, sino con su dinero. Pensaba que el cielo se compraba con oro. El comisionista, creía tenerlo todo, pero nadie lo quería, le remordía la conciencia y estaba muerto del susto. Por último, el pródigo en parrandas se consideraba imperdonable. Le faltaba autoestima. No conocía de verdad a su padre (no sabía qué tan bueno era), ni se conocía a sí mismo (en su soberbia, pensaba que no había nadie tan malo como él).

Los tres personajes buscaron la misma solución: el consejo del sabio. Los más perspicaces ya habrán caído en la cuenta de quién se trataba… y quiénes son los tres protagonistas.  ¿Pero qué encontraron? Veamos las tres escenas:

El joven rico se presentó a la salida de la ciudad, reconoció al Maestro y corrió a arrodillarse delante de él para hacerle la preguntaba que le martillaba desde tanto tiempo atrás: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». La respuesta fue alentadora: bastaba con cumplir los mandamientos. La verdad es que vivir esas exigencias no es del todo fácil, pero ya hemos visto que, si algo tenía este personaje, era una integridad que le permitía responder con convicción: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».

Lo que sucedió más adelante es uno de los pasajes más conmovedores de la historia, a mi humilde entender: aquel Señor, ante el cual uno se ponía de rodillas, que tenía un grupo nutrido de discípulos, que era reconocido por algunos como la máxima autoridad moral en todos los tiempos, «se quedó mirándolo y lo amó». Le dirigió una mirada de cariño que todos entendieron como un amor profundo, una amistad que podía ser eterna. San Juan Pablo II decía a los jóvenes: «Deseo que experimentéis una mirada así». Deseo que experimentéis la verdad de esa mirada de amor (Carta, 31-III-1985). El cariño fue tan intenso, que conllevó un reto: ya que consideraba que vivía tan bien su religión judía, que cumplía tan escrupulosamente hasta el último mandamiento, le ofreció la clave para lograr la perfección humana y sobrenatural: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme».

El comisionista, Zaqueo de nombre, hizo gala de su astucia para lograr lo que se proponía, y venció su pequeña estatura subiéndose a un sicomoro para ver pasar al Maestro. Pero no solo alcanzó ese objetivo, sino que, cuando lo vio venir de frente, descubrió que sus ojos se encontraban en una mirada inefable. Pero además de verlo, escuchó que su voz se dirigía a él, le llamaba por su nombre, y le decía que se diera prisa y que bajara, porque era necesario que ese mismo día se quedara en su casa. Como en el cuento de Tagore, la generosidad del Rey viandante desbordó cualquier previsión: él esperaba una mirada de soslayo y alcanzó un anfitrión de carne y hueso…

El hijo pródigo se dirigió por el camino viejo, tantas veces recorrido, lleno de nostalgia y de remordimiento. Se imaginaba la reprobación general, el reproche por atreverse al regreso, pero era su última carta. Si no funcionaba, regresaría al trabajo de cuidar cerdos, tan repugnante para un judío. Pero dejemos la palabra al autor original de esta parábola: «cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

A la luz de la predicación del papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia, podemos hacer un balance del encuentro de los tres personajes con el sabio al que acudieron:

Al joven rico, el maestro le propuso un reto que nunca se había planteado. Jesucristo le planteó la aventura de dejar huella, de imitar a Dios, de ser un ministro suyo con las obras de misericordia, de abandonar las propias comodidades e ir al encuentro de los demás, siguiendo el ejemplo de los doce Apóstoles y, en mayor proporción de la virgen María, que es la «Madre de la misericordia»: «hemos venido a dejar una huella. Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados. Dios viene a abrir todo aquello que te encierra. Te está invitando a soñar, te quiere hacer ver que el mundo contigo puede ser distinto. Eso sí, si tú no pones lo mejor de ti, el mundo no será distinto. Es un reto».

Zaqueo, el comisionista, encontró un nuevo amigo, con una fidelidad eterna. Al calor de su amistad sincera, tomó la decisión de reponer lo que hubiera escamoteado antes, y le dijo al Maestro: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». Se convirtió en ejemplo de audacia y valentía para vencer todas sus dificultades: la baja estatura, la vergüenza paralizante, y la multitud que murmuraba. Comenta el papa que «el Señor quiere venir a tu casa, vivir tu vida cotidiana: el estudio y los primeros años de trabajo, las amistades y los afectos, los proyectos y los sueños. Cómo le gusta que todo esto se lo llevemos en la oración. Él espera que, entre tantos contactos y chats de cada día, el primer puesto lo ocupe el hilo de oro de la oración. Cuánto desea que su Palabra hable a cada una de tus jornadas, que su Evangelio sea tuyo, y se convierta en tu “navegador” en el camino de la vida».

El pródigo en derroches, descubrió un padre con el que no contaba. Supo que la misericordia es el don más grande y que el Señor, representado por el padre de la parábola, «no se cansa de perdonar: somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón». De él puede decirse que cumplió el tercer reto que plantea Francisco a la juventud de hoy: el desafío de cambiar el mundo, empezando por uno mismo: «El tiempo que hoy estamos viviendo no necesita jóvenes-sofá, sino jóvenes con los guayos puestos. Este tiempo sólo acepta jugadores titulares en la cancha, no hay espacio para suplentes. El mundo de hoy pide que sean protagonistas de la historia porque la vida es linda siempre y cuando queramos vivirla, siempre y cuando queramos dejar una huella. Por eso, amigos, hoy Jesús te invita, te llama a dejar tu huella en la vida, una huella que marque la historia, que marque tu historia y la historia de tantos. Hoy Jesús, que es el camino, te llama a ti, a ti, a ti, a dejar tu huella en la historia. ¿Te animas?».


Pidámosle a la Virgen, modelo de generosidad y de entrega a la voluntad de Dios, que acojamos con magnanimidad la triple propuesta que hemos considerado en la predicación del papa: dejar huella con las obras de misericordia —como en la llamada del joven rico—, convertirnos con audacia y valentía —como Zaqueo—, cambiar el mundo, sabiéndonos hijos de Dios —como el hijo pródigo—.

viernes, octubre 29, 2010

La conversión de Zaqueo

 Como es sabido, el Evangelio de Lucas se puede resumir como el itinerario de Jesús hasta llegar a Jerusalén, donde muere para cumplir la voluntad del Padre, por amor a los hombres. 

En el capítulo 19, el evangelista médico presenta a Jesús ya ad portas de la ciudad santa. Después de la curación del ciego, entra el Señor a Jericó, ciudad milenaria, considerada como el gran oasis en la depresión del Jordán, ubicada a unos 23 km al nordeste de Jerusalén. 

El evangelista narra con todo detalle que Jesús “entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura”. 

Ya hemos visto otras veces, al hablar sobre Mateo, la mala imagen que tenía la profesión de publicano. Estos recaudadores de impuestos no solo eran vistos como traidores a la patria, sino también como pecadores. De hecho, muchos eran injustos en sus cobros… verdaderos ladrones.

Zaqueo era jefe de publicanos y rico. Quizá en alguna ocasión su colega Mateo u otro amigo común le había hablado de ese profeta, verdaderamente el Mesías (al final del relato le llamará “Señor”). Habría dejado sembrada en su corazón la semilla de la inquietud, el deseo de la conversión. La conciencia está siempre recordando que el camino de la felicidad pasa por cumplir tus mandamientos, Señor, aunque a veces nuestra debilidad pretenda hacernos creer lo contrario. Incluso cuando palpamos nuestra miseria, sentimos que si cumpliéramos tus exigencias seríamos verdaderamente felices. 

Algo así pensaría Zaqueo. Sabría de la alegría que experimentaban sus colegas conversos, sus antiguos compañeros de locuras. Ahora eran hombres serios, apreciados por todos, seguidores de Jesús. Y en este momento se encontraba Él allí, en su tierra. Y por eso Intentaba ver a Jesús para conocerle. El Señor se sirve de su curiosidad, pero el camino nunca es fácil. En este caso, la dificultad era natural: no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Cirilo alejandrino comenta que, en realidad, lo que le impedía ver a Jesús no era tanto la cantidad de gente cuanto el número de sus pecados. Si bien, este hombrecillo era pequeño físicamente, su principal enanismo era el espiritual. 

Zaqueo, jefe de publicanos y rico, podía considerar que no estaba a la altura de su dignidad hacer nada extra para ver al Maestro. Podría decir como el poeta Montale: “Se trata de encaramarse al sicómoro para ver si el Señor pasa. ¡Ay de mí, no soy trepador y además nunca lo he visto aunque me haya empinado!”. Sin embargo, supera cualquier respeto humano y, acostumbrado a asumir riesgos para ganar en los negocios, emprende la jugada más atrevida de su vida: “Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí”. 

El sicómoro es una especie de higuera salvaje, pariente de la morera. Se utilizaba para producir una madera excelente. Pues allí se trepó Zaqueo. Con esta actitud, San Lucas representa la importancia de la decisión y de la persistencia por parte del creyente, como había dicho unos capítulos antes, con la parábola de la viuda insistente. Quieres, Señor, que también nosotros te busquemos sin ningún tipo de vergüenzas ni de respetos humanos. Que perdamos el miedo al qué dirán. Que demos la cara con valentía para decir que somos tus discípulos y que deseamos serte fieles.  

Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: —Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa. ¡Qué maravilla, Señor, es tu misericordia! Aquél hombre se sube a un árbol, para verte pasar, y tú le correspondes invitándote a su casa. También a nosotros nos buscas, a pesar de nuestra condición indigna. Y nos dices, como repiten los Papas, ¡No tengáis miedo! Danos, Señor, la fuerza para buscarte, para dejarte entrar en nuestras vidas, aunque suponga quizá transformar nuestro modo de afrontarla.

Benedicto XVI (041107) comenta así este pasaje: “Jesús llama por su nombre a Zaqueo, un hombre despreciado por todos. "Conviene que hoy me quede en tu casa": sí, precisamente hoy, ahora, ha llegado para este hombre el momento de su salvación. ¿Por qué "conviene que hoy me quede en tu casa"? Porque el Padre, rico en misericordia, quiere que Jesús vaya a "buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10). Jesús quiere cumplir la voluntad del Padre, desea la salvación de Zaqueo. 

Dice Juan Lanspergio: “Jesús frecuentó la compañía de quienes le constaba que necesitaban de su ayuda y buscaban un remedio de salvación”. También nosotros hemos de buscar a las almas, para acercarlas al Señor. Como bautizados, el Señor tiene derecho a poder utilizarnos como sus instrumentos para "buscar y a salvar lo que estaba perdido".


Zaqueo “bajó rápido y lo recibió con alegría”. El nombre de nuestro protagonista significa “puro”. Así quedará después de la visita del Señor. Jesús no solamente lo purifica, sino que lo salva. Se cumple de esta manera la primera lectura del domingo XXI (Sab 11): “Te compadeces de todos, porque eres omnipotente, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor”. Como decía el Papa, “este encuentro con el Señor transforma y purifica la vida pasada de Zaqueo. Igual quiere hacer él con nosotros cuando le abrimos totalmente nuestro corazón”.

Jesús hace un verdadero milagro, más importante que otros. Como dice Pilgrim, “el rico pasa por el ojo de la aguja”. Zaqueo recibe en su casa a Jesús, al que ya había recibido en su corazón (S. Agustín). Lo que comenzó como una escena de curiosidad termina como un milagro de conversión. 

Por eso tiene tanta actualidad este pasaje lucano. También nosotros tenemos que convertirnos, recibir al Señor en nuestra casa es la clave de la verdadera alegría. Una conversión verdadera: reconocer nuestros pecados, pedir perdón por ellos. También a nosotros el Señor nos dice: baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa. Vayamos pronto al sacramento de la confesión, para que Él se quede en nuestra casa, en nuestra alma en gracia. Como Zaqueo cambiaremos lo que haya que cambiar, restituiremos nuestras injusticias y nuestra vida se transformará, quedando purificada.

No podemos esperar aplausos en este mundo si decidimos esforzarnos por seguir de cerca al Señor. Como vemos en esta escena: Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador. En lugar de maravillarse, se escandalizan: "éste come con publicanos y pecadores", dirán los críticos de Jesús. Pero Zaqueo, de pie, le dijo al Señor: —Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más.   

Se trata de una conversión con todas las de la ley: con hechos, más que con palabras. Zaqueo restituye, da limosna. ¡Qué diferencia con el joven rico, que se marchó triste porque tenía mucha hacienda! Comenta Mons. Echevarría que Zaqueo “cambió su riqueza material por la cercanía de Jesús. Prefirió recibirlo en el alma a continuar recogiendo dinero y defraudando a los pobres. Y llenó su vida de alegría y de paz”.  

Jesús le dijo: —Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Lucas nos presenta a Jesús, Buen Pastor, que busca las ovejas perdidas, para salvarlas. Se cumple la profecía de Ezequiel (36, 14): “Buscaré a la oveja perdida, tomaré a la descarriada, curaré a la herida y sanaré a la enferma”. De este modo, Lucas resume la misericordia de Jesús, que ha anunciado en todo su Evangelio. Lo siguiente será narrar la manifestación más grande de ese amor: la muerte en Jerusalén.

El Papa concluye su meditación con estas palabras: “La gracia de aquel encuentro imprevisible fue tal que cambió completamente la vida de Zaqueo: "—Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más" (Lc 19, 8). Una vez más el Evangelio nos dice que el amor, partiendo del corazón de Dios y actuando a través del corazón del hombre, es la fuerza que renueva el mundo”.  

Acudamos a la Virgen Santísima, Madre de misericordia, para que en nuestra vida se repita el proceso de Zaqueo: que busquemos a Jesús, si es del caso trepando al sicómoro, dejando atrás nuestras miserias. Que escuchemos su petición de quedarse en nuestra casa: que le pidamos perdón en el sacramento de la penitencia, que frecuentemos su trato en la oración y recibiéndolo en la Eucaristía. Y que resellemos nuestro deseo de cambio con obras de penitencia. De ese modo demostraremos, también con nuestra vida, que el amor, partiendo del corazón de Dios y actuando a través del corazón del hombre, es la fuerza que renueva el mundo.