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La conversión de Zaqueo

 Como es sabido, el Evangelio de Lucas se puede resumir como el itinerario de Jesús hasta llegar a Jerusalén, donde muere para cumplir la voluntad del Padre, por amor a los hombres. 

En el capítulo 19, el evangelista médico presenta a Jesús ya ad portas de la ciudad santa. Después de la curación del ciego, entra el Señor a Jericó, ciudad milenaria, considerada como el gran oasis en la depresión del Jordán, ubicada a unos 23 km al nordeste de Jerusalén. 

El evangelista narra con todo detalle que Jesús “entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura”. 

Ya hemos visto otras veces, al hablar sobre Mateo, la mala imagen que tenía la profesión de publicano. Estos recaudadores de impuestos no solo eran vistos como traidores a la patria, sino también como pecadores. De hecho, muchos eran injustos en sus cobros… verdaderos ladrones.

Zaqueo era jefe de publicanos y rico. Quizá en alguna ocasión su colega Mateo u otro amigo común le había hablado de ese profeta, verdaderamente el Mesías (al final del relato le llamará “Señor”). Habría dejado sembrada en su corazón la semilla de la inquietud, el deseo de la conversión. La conciencia está siempre recordando que el camino de la felicidad pasa por cumplir tus mandamientos, Señor, aunque a veces nuestra debilidad pretenda hacernos creer lo contrario. Incluso cuando palpamos nuestra miseria, sentimos que si cumpliéramos tus exigencias seríamos verdaderamente felices. 

Algo así pensaría Zaqueo. Sabría de la alegría que experimentaban sus colegas conversos, sus antiguos compañeros de locuras. Ahora eran hombres serios, apreciados por todos, seguidores de Jesús. Y en este momento se encontraba Él allí, en su tierra. Y por eso Intentaba ver a Jesús para conocerle. El Señor se sirve de su curiosidad, pero el camino nunca es fácil. En este caso, la dificultad era natural: no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Cirilo alejandrino comenta que, en realidad, lo que le impedía ver a Jesús no era tanto la cantidad de gente cuanto el número de sus pecados. Si bien, este hombrecillo era pequeño físicamente, su principal enanismo era el espiritual. 

Zaqueo, jefe de publicanos y rico, podía considerar que no estaba a la altura de su dignidad hacer nada extra para ver al Maestro. Podría decir como el poeta Montale: “Se trata de encaramarse al sicómoro para ver si el Señor pasa. ¡Ay de mí, no soy trepador y además nunca lo he visto aunque me haya empinado!”. Sin embargo, supera cualquier respeto humano y, acostumbrado a asumir riesgos para ganar en los negocios, emprende la jugada más atrevida de su vida: “Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí”. 

El sicómoro es una especie de higuera salvaje, pariente de la morera. Se utilizaba para producir una madera excelente. Pues allí se trepó Zaqueo. Con esta actitud, San Lucas representa la importancia de la decisión y de la persistencia por parte del creyente, como había dicho unos capítulos antes, con la parábola de la viuda insistente. Quieres, Señor, que también nosotros te busquemos sin ningún tipo de vergüenzas ni de respetos humanos. Que perdamos el miedo al qué dirán. Que demos la cara con valentía para decir que somos tus discípulos y que deseamos serte fieles.  

Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: —Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa. ¡Qué maravilla, Señor, es tu misericordia! Aquél hombre se sube a un árbol, para verte pasar, y tú le correspondes invitándote a su casa. También a nosotros nos buscas, a pesar de nuestra condición indigna. Y nos dices, como repiten los Papas, ¡No tengáis miedo! Danos, Señor, la fuerza para buscarte, para dejarte entrar en nuestras vidas, aunque suponga quizá transformar nuestro modo de afrontarla.

Benedicto XVI (041107) comenta así este pasaje: “Jesús llama por su nombre a Zaqueo, un hombre despreciado por todos. "Conviene que hoy me quede en tu casa": sí, precisamente hoy, ahora, ha llegado para este hombre el momento de su salvación. ¿Por qué "conviene que hoy me quede en tu casa"? Porque el Padre, rico en misericordia, quiere que Jesús vaya a "buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10). Jesús quiere cumplir la voluntad del Padre, desea la salvación de Zaqueo. 

Dice Juan Lanspergio: “Jesús frecuentó la compañía de quienes le constaba que necesitaban de su ayuda y buscaban un remedio de salvación”. También nosotros hemos de buscar a las almas, para acercarlas al Señor. Como bautizados, el Señor tiene derecho a poder utilizarnos como sus instrumentos para "buscar y a salvar lo que estaba perdido".


Zaqueo “bajó rápido y lo recibió con alegría”. El nombre de nuestro protagonista significa “puro”. Así quedará después de la visita del Señor. Jesús no solamente lo purifica, sino que lo salva. Se cumple de esta manera la primera lectura del domingo XXI (Sab 11): “Te compadeces de todos, porque eres omnipotente, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor”. Como decía el Papa, “este encuentro con el Señor transforma y purifica la vida pasada de Zaqueo. Igual quiere hacer él con nosotros cuando le abrimos totalmente nuestro corazón”.

Jesús hace un verdadero milagro, más importante que otros. Como dice Pilgrim, “el rico pasa por el ojo de la aguja”. Zaqueo recibe en su casa a Jesús, al que ya había recibido en su corazón (S. Agustín). Lo que comenzó como una escena de curiosidad termina como un milagro de conversión. 

Por eso tiene tanta actualidad este pasaje lucano. También nosotros tenemos que convertirnos, recibir al Señor en nuestra casa es la clave de la verdadera alegría. Una conversión verdadera: reconocer nuestros pecados, pedir perdón por ellos. También a nosotros el Señor nos dice: baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa. Vayamos pronto al sacramento de la confesión, para que Él se quede en nuestra casa, en nuestra alma en gracia. Como Zaqueo cambiaremos lo que haya que cambiar, restituiremos nuestras injusticias y nuestra vida se transformará, quedando purificada.

No podemos esperar aplausos en este mundo si decidimos esforzarnos por seguir de cerca al Señor. Como vemos en esta escena: Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador. En lugar de maravillarse, se escandalizan: "éste come con publicanos y pecadores", dirán los críticos de Jesús. Pero Zaqueo, de pie, le dijo al Señor: —Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más.   

Se trata de una conversión con todas las de la ley: con hechos, más que con palabras. Zaqueo restituye, da limosna. ¡Qué diferencia con el joven rico, que se marchó triste porque tenía mucha hacienda! Comenta Mons. Echevarría que Zaqueo “cambió su riqueza material por la cercanía de Jesús. Prefirió recibirlo en el alma a continuar recogiendo dinero y defraudando a los pobres. Y llenó su vida de alegría y de paz”.  

Jesús le dijo: —Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Lucas nos presenta a Jesús, Buen Pastor, que busca las ovejas perdidas, para salvarlas. Se cumple la profecía de Ezequiel (36, 14): “Buscaré a la oveja perdida, tomaré a la descarriada, curaré a la herida y sanaré a la enferma”. De este modo, Lucas resume la misericordia de Jesús, que ha anunciado en todo su Evangelio. Lo siguiente será narrar la manifestación más grande de ese amor: la muerte en Jerusalén.

El Papa concluye su meditación con estas palabras: “La gracia de aquel encuentro imprevisible fue tal que cambió completamente la vida de Zaqueo: "—Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más" (Lc 19, 8). Una vez más el Evangelio nos dice que el amor, partiendo del corazón de Dios y actuando a través del corazón del hombre, es la fuerza que renueva el mundo”.  

Acudamos a la Virgen Santísima, Madre de misericordia, para que en nuestra vida se repita el proceso de Zaqueo: que busquemos a Jesús, si es del caso trepando al sicómoro, dejando atrás nuestras miserias. Que escuchemos su petición de quedarse en nuestra casa: que le pidamos perdón en el sacramento de la penitencia, que frecuentemos su trato en la oración y recibiéndolo en la Eucaristía. Y que resellemos nuestro deseo de cambio con obras de penitencia. De ese modo demostraremos, también con nuestra vida, que el amor, partiendo del corazón de Dios y actuando a través del corazón del hombre, es la fuerza que renueva el mundo.

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