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lunes, enero 04, 2016

Epifanía: "vieron al niño con María y lo adoraron".

Una estrella que supera al sol en luz y hermosura, anuncia que, con carne humana, Dios ha venido a la tierra (Himno de la Liturgia de las horas). En la segunda semana de Navidad se conmemora la manifestación pública, universal si se quiere, de la gloria del Hijo de Dios a los pueblos de la tierra. San León Magno predica que «la misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo». Una consideración muy oportuna para el año de la misericordia, destacar que la Encarnación de Jesucristo y su paulatina revelación a todas las gentes procede del corazón clemente del Señor.
Como anuncia el profeta Isaías, el Niño es Luz para los gentiles que andaban en tinieblas (60,1-6). Desde entonces, continúa iluminando las mentes de las personas rectas que buscan, quizá a tientas, la verdad de su vida, del universo que habitan, del Dios que explica su origen y su destino. Esa estrella sigue titilando a la espera de que los seres humanos de todos los tiempos descubran el cosmos inmaterial que hay más allá de la naturaleza física. Como dice el Prefacio de la Misa, «hoy has revelado en Cristo, para luz de todos los pueblos, el misterio de nuestra salvación; pues al manifestarse tu Hijo en nuestra carne mortal, nos hiciste partícipes de la gloria de su inmortalidad».
Nos hace pensar en la llamada universal a la santidad, como dice el salmo 71: Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra. «Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles (cfr. Lc 2,9). Pero, pobres o ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que permite escuchar la voz de Dios» (ECP 33).
Esa luz divina que centellea para nosotros es la misma que guio el camino de los Reyes Magos, como narra con detalle el evangelista san Mateo (2,1-12):  Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». En el centro de esta Solemnidad se encuentra la peregrinación de los reyes magos. No está claro el número de «reyes» que acudieron a adorar al Mesías judío, pues algunas tradiciones hablan de tres, siete o hasta doce. Lo que sí es sabido es que al menos uno procedía de Persia: «Cuando, a principios del siglo VII, el rey persa Cosroes II invadió Palestina, destruyó las basílicas que la piedad cristiana había edificado en memoria del Salvador, excepto una: la Basílica de la Natividad, en Belén. Y esto por una sencilla razón: en su entrada figuraba la representación de unos personajes vestidos con atuendo persa, en actitud de rendir homenaje a Jesús en brazos de su Madre» (Loarte, J. [2012]. La Virgen María. Madrid: Palabra, p.118).
Tampoco hay claridad sobre la profesión de esos «magos». Parece que se trataba de sabios, de astrónomos, ¡científicos, diríamos hoy! Vieron la estrella, y percibieron en su luz —por acción del Espíritu Santo— el anuncio del nacimiento del Mesías prometido a los judíos (en esa época, se asociaba la llegada de grandes personajes con fenómenos siderales).
Más tarde, la señal en el cielo desaparecería. Sin embargo, los Magos no se echaron para atrás. Continuaron hacia el rumbo que les había señalado. Su actitud puede servirnos de ejemplo en nuestro tiempo, cuando parece que cuesta mucho la perseverancia a los compromisos adquiridos, la fidelidad al propio camino —a la vocación—, a la pureza, a la fe. De los Reyes podemos aprender la importancia de responder afirmativamente cada que veamos la voluntad de Dios para nosotros… Y también cuando se oscurezca ese designio inicial, que es para siempre, a lo largo del itinerario concreto de nuestra vida.
El ejemplo de los Reyes magos nos lleva a sacar ese propósito de ser maduros, de entregarle al Señor nuestra libertad para liberarnos de nuestros vicios, de nuestros apegamientos, de nuestras pequeñeces. Y a defender esa entrega con uñas y dientes, cuidando el tesoro de la llamada divina, creciendo cada día en el amor de Dios, también a través de las dificultades, de las luchas y de las caídas, grandes o pequeñas.
Se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». En el relato bíblico podemos observar la prudencia de estos hombres que perseveraron en su empeño de obedecer al llamado divino, pero que además preguntaron a las personas indicadas para orientarles: en este caso, al rey y a su Sanedrín. Aprendemos de esa manera la relación de la obediencia con la prudencia, con la sinceridad.
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». De pasada vemos la importancia del estudio teológico, para conocer a Jesús. Y de la formación profesional, del aprovechamiento del tiempo, para santificar el mundo y reconciliarlo con Dios; también para resolver las dudas de nuestros contemporáneos.
Aunque en este caso también se nota que la ciencia sin caridad hincha, de nada sirve, como vemos que le sucede al rey Herodes, paranoico de su poder, que maquinó la manera de acabar con aquel pretendiente a su trono, como había acabado antes con sus dos hijos para evitar que le quitaran su pobre realeza: Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».  Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino.
Después de buscar consejo, los reyes lo siguieron. No basta con ser sinceros, con hablar y preguntar. Es necesario cumplir lo que se nos aconseja. Unir la docilidad a la sinceridad. Esa coherencia de vida siempre tiene su recompensa. El Señor premia la madurez de un alma que pone los medios para cumplir su voluntad, aunque haya dejado de verla transitoriamente. Es lo que les sucedió a los reyes magos: y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
La retribución divina por la fidelidad de los reyes consistió en que redescubrieron la llamada con una luz nueva, con el esplendor madurado en la contradicción. Por ese motivo el evangelista resalta que, al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. El gozo cristiano tiene sus raíces en forma de cruz (Cf. ECP, n.43). La verdadera felicidad es fruto de haber compadecido con Cristo para cumplir la voluntad del Padre. Y su contenido no es un placer efímero, sino la duradera amistad con Dios mismo: entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron.
Comenta Antonio Aranda que «El camino de fe de los Magos, conducidos por la estrella, culminó ante el Niño “en brazos de su Madre”. El camino vocacional del cristiano es también mariano, pero no sólo en el punto de llegada, sino en toda su extensión: María, en realidad, está maternalmente presente en cada una de sus etapas haciéndolo seguro. En cierto modo, como escribió el autor en otro de sus escritos, cabe decir que Ella misma es la senda segura: “A Jesús siempre se va y se ´vuelve` por María”. En ese sentido, continuando con la analogía entre el camino de fe de los Magos hacia Belén y el camino vocacional del cristiano hacia la santidad, y dando un paso en profundidad, María puede ser comparada con la estrella: “Los Reyes Magos tuvieron una estrella; nosotros tenemos a María, Stella maris, Stella Orientis”». (ECP, Edición crítica, n.38).

A la Virgen Santísima, Madre de misericordia, le pedimos que interceda ante el Señor para que nos conceda lo que le pedimos en la oración Colecta de la Misa: «Tú que revelaste este día a tu Hijo unigénito a los pueblos gentiles, por medio de una estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria».

sábado, enero 06, 2007

“Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo".


Con la adoración de los Reyes de Oriente al Niño recién nacido, celebramos hoy la manifestación, la Epifanía del Señor a toda la tierra. Así vamos llegando al final de esta Navidad. Después de la fiesta del Bautismo del Señor, mañana, volveremos a partir del martes al tiempo ordinario, al trabajo cotidiano. Pero antes debemos profundizar en el significado luminoso que nos ofrece esa estrella que guió en el pasado la esperanza de los Reyes y hoy debe guiar la nuestra en el año que comienza. 

El Catecismo explica el significado de la Epifanía (n. 528): La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el Jordán y con las bodas de Caná, la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos “magos” venidos de Oriente (Mt 2,1). La antífona de las Vísperas une estas tres fiestas: "Mantenemos nuestro Día Santo adorado con tres milagros: hoy una estrella condujo a los Reyes Magos hasta la cuna, hoy el vino se convirtió en agua en una boda, hoy en el Jordán Cristo deseó ser bautizado por Juan para salvarnos"]. En estos “magos”, representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para “rendir homenaje al rey de los Judíos” muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David al que será el rey de las naciones, el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento. 

El Compendio del Catecismo (n. 128) la resume en una frase: “la Epifanía es la manifestación del Rey-Mesías de Israel a todos los pueblos”: Mirad que llega el Señor del universo; en sus manos está el reino, la potestad y el imperio. Pero, ¿qué nos dice esa fiesta hoy a nosotros que, procediendo de una cultura lejana a la Oriental, sin embargo nos consideramos miembros de una sociedad cristiana? Quizá nos invita a preguntarnos precisamente por el influjo que nuestra confesión de fe marca en el ambiente en el que nos movemos. Quizá necesitamos de nuevo una palabra profética, como la de Isaías (60, 1-6), que nos anime a levantarnos y a resplandecer porque Jesucristo, nuestra luz, ha llegado: “Es verdad que la tierra está cubierta de tinieblas y los pueblos de oscuridad, pero sobre ti amanece el Señor y se manifiesta su gloria. A tu luz caminarán los pueblos, y los reyes al resplandor de tu aurora”. Con el Salmo 71 podemos pedir hoy por la nueva evangelización de nuestra sociedad: “Que te adoren, Señor, todos los pueblos”. Queremos contagiarnos del espíritu que movía a san Pablo a llegar hasta el extremo de la tierra para anunciar el misterio, “un plan que consiste en que todos los pueblos comparten la misma herencia, son miembros del mismo cuerpo y participan de la misma promesa en Jesucristo” (Ef 3, 2-6).

Antes de ser elegido Papa, el Cardenal Ratzinger invitaba a considerar la necesidad de una nueva evangelización, “más allá de la evangelización permanente y “clásica”, que nunca ha sido interrumpida y que jamás debe interrumpirse”. Pero esta nueva evangelización debe guiarse por la humildad y la fe: es Dios quien da el fruto, en el momento oportuno, no hay que dejarse obnubilar por la necesidad de grandes resultados inmediatos. El método para esa nueva evangelización es silencioso, divino. A los magos no los convenció un gran razonamiento, sino el poder de Dios manifestado en el firmamento: Hemos visto su estrella en el Oriente, y venimos a adorarlo”
 
Por eso, el Cardenal Ratzinger recordaba la importancia de la oración para el nuevo mandato apostólico. Hemos de obrar como Cristo, que “predicaba de día y rezaba de noche”. “Jesús debía adquirir de Dios a los discípulos. Esto será válido por siempre: no podemos ganarnos nosotros a los hombres. Debemos obtenerlos de Dios para Dios. Todos los métodos están vacíos si no tienen en su base la oración. La palabra del anuncio siempre debe recubrir una vida de oración. Y debemos agregar otro paso más: Jesús predicaba de día y rezaba de noche, pero esto no es todo. Su vida entera fue ―como lo muestra con gran belleza el Evangelio de San Lucas― un camino hacia la cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no ha redimido el mundo con bellas palabras, sino con su sufrimiento y con su muerte. Es ésta, su pasión, la fuente inagotable de vida por el mundo; la pasión da fuerza a su palabra”.

Podemos terminar pidiendo, con la Oración Colecta de la Misa de Epifanía: “Señor, Dios nuestro, que por medio de una estrella diste a conocer en este día a todos los pueblos el nacimiento de tu Hijo, concede a los que ya te conocemos por la fe llegar a contemplar un día, cara a cara, la hermosura de tu inmensa gloria”.