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viernes, septiembre 20, 2013

El perdón de la mujer pecadora

El primer Ángelus que pronunció el papa Francisco después de su elección, estuvo marcado por una palabra: misericordia. Y aquel mediodía del domingo 17 de marzo, con apenas cuatro días de pontificado, contó una anécdota que aún perdura en quienes la escucharon: «Recuerdo que, en 1992, apenas siendo Obispo, (…) se acercó una señora anciana, humilde, muy humilde, de más de ochenta años. La miré y le dije: “Abuela, ¿desea confesarse? Sí, me dijo. Pero si usted no tiene pecados…”. Y ella me respondió: “Todos tenemos pecados”. Pero, quizá el Señor no la perdona... “El Señor perdona todo”, me dijo segura. Pero, ¿cómo lo sabe usted, señora? “Si el Señor no perdonara todo, el mundo no existiría”».
Ahora contemplaremos en nuestra oración una escena del Evangelio que muestra la realidad de estas palabras (Lc 7,36-50). Un fariseo, llamado Simón, lo invitó a un banquete en su casa. Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Jesús sale al encuentro de todo tipo de personas: enfermas y pobres, pero también dirigentes, como en este simposio, en que lo acompañaba la crema y nata de la sociedad religiosa de Galilea, probablemente en gratitud por la predicación del sábado anterior en la sinagoga. Todos allí se considerarían de lo mejor; de hecho, algunos podrían serlo, pues se esforzaban por cumplir la ley de Dios, incluso exagerando. El problema es que unos se quedaban en ese aparentar, se ufanaban de su religiosidad y así permanecían en la buena opinión que tenían de sí mismos, en lugar de avanzar hacia el Señor. Muy probablemente, algunos asistirían al banquete para ver si descubrían señales erróneas en ese aparente profeta venido de Cafarnaún.
También nosotros, que gozamos criticando a los escribas y a los fariseos, podemos caer en esos mismos defectos, si descuidamos nuestro trato con el Señor, la imitación de su mansedumbre y su humildad de corazón. Podemos quedarnos pagados de nuestras aparentes virtudes, de nuestros esfuerzos, de las labores apostólicas que desarrollamos, y quizá olvidamos que la clave de la eficacia está en la oración, en la lucha ascética, en el amor de Dios.
Hasta ahora, hemos visto a Jesús en la zona interna de la casa, recostado a la mesa. Pero el evangelista rompe el ambiente festivo del banquete con la irrupción de una visitante inesperada: En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando. No se atreve a mirarlo a la cara, sino que se queda por detrás, humildemente, realizando una labor de esclavos (como el mismo Jesús haría en la última cena), reconociendo al Mesías en aquel comensal extranjero.
Entre los invitados se formaría un ambiente de malestar, pues todos conocían la reputación de aquella mujer: ¿quién la había dejado entrar?, ¿cómo se atrevía a romper la armonía de unas personas tan puras, ella que era la mujer pecadora de la ciudad? Es bonito ver que se trata de un personaje anónimo, en la que estamos representados todos los hombres, la Iglesia entera. Además de lavar los pies al Señor, la mujer llora. Reconoce su culpa y la expía con obras de penitencia. Es un modelo de la contrición, que estamos invitados a imitar.
Esta actitud penitencial ocupa un puesto significativo en la Sagrada Escritura. Podemos meditar ahora en otros modelos de conversión: en primer lugar, yéndonos al Antiguo Testamento, pensemos en la compunción del rey David después de varios pecados execrables todos lo son. Cuando cayó en la cuenta de su grave error, compuso el hermosísimo salmo 50: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad en tu presencia. También podemos pensar en el hijo pródigo, con esa decisión que le humillaba pero que no temió aceptar: Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Vemos en estas escenas las etapas del camino de regreso a la casa del Padre. El Compendio del Catecismo (n.303) las resume en los llamados «actos propios del penitente»: «un diligente examen de conciencia; la contrición (o arrepentimiento), que es perfecta cuando está motivada por el amor a Dios, imperfecta cuando se funda en otros motivos, e incluye el propósito de no volver a pecar; la confesión, que consiste en la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote; la satisfacción, es decir, el cumplimiento de ciertos actos de penitencia, que el propio confesor impone al penitente para reparar el daño causado por el pecado» (subrayados añadidos).
La mujer del Evangelio cayó en la cuenta de su error, fue consciente de la necesidad de manifestar públicamente su arrepentimiento, ya que pública era su condición de pecadora. En su generosidad, decidió romper un frasco carísimo, de alabastro, con el perfume más selecto de su ajuar. Por sus obras podemos ver que había descubierto, en aquel hombre de Nazaret, más que un profeta. Lo que aquellos fariseos, expertos en doctrina y piedad, no fueron capaces de ver. ¡Cuántas veces nosotros somos como esos fariseos soberbios, que no reconocemos al Señor cerca, que no lo imitamos en su misericordia, porque pensamos que no necesitamos su perdón!
No sabemos cuándo habría sido el primer encuentro de la pecadora con Jesucristo. Quizá escuchándolo en el sermón del monte, o en la sinagoga, se habría movido al arrepentimiento, decidió cambiar de vida y al saber de la invitación al banquete en casa de Simón se fue sin dilaciones para pedir, con las obras de su penitencia, el perdón de tantos pecados: se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Por la mente de los invitados correría la tentación que el evangelista asigna a Simón: Si este fuera profeta sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora. El Señor, que podía leer la mente de sus interlocutores, desenmascaró la actitud peyorativa de su anfitrión con la parábola de los dos deudores. Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro». «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Jesús le ofrece la oportunidad de convertirse, de responder de modo misericordioso, abriéndose al perdón divino que se estaba revelando en su casa. Sin embargo, la respuesta es diplomática, sin compromiso. Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Supongo, no me involucro. Jesús insiste con su actitud acogedora. Y él le dijo: «Has juzgado rectamente».
Al ver que nada conseguía con el grupo de los fariseos, el Señor los desenmascara aplicando la pequeña parábola a la situación que estaba viviendo. Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume».
Jesús reclamó los detalles de etiqueta que aquel hombre, en su soberbia, no había querido vivir con Él. La mujer pecadora, humilde, consciente de su indignidad, comenzó a adquirir un nuevo estatus ante aquel grupo de ricos (por fuera), que en realidad eran pobres (por dentro). El Señor no ocultó su dolor por las omisiones de Simón, como se duele ante nuestras apatías: «cuando una persona extraña nos mira con indiferencia, no nos importa demasiado; pero si es un ser querido quien nos trata así, con desafecto, ¡cómo nos duele su comportamiento! Y a Jesús, ¿no van a dolerle tus negligencias, tus precipitaciones, tus descuidos, tus indelicadezas?» (San Josemaría, citado por http://homiletica.org/lluciapou/lluciapousabate 238.pdf).
«Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho». Jesús les demuestra que, si la prueba de que era profeta consistía en conocer el estado moral de la mujer, lo conocía: era muy pecadora. Pero, a la vez, les anuncia en qué consiste el nuevo profetismo, su condición mesiánica: en que no ha venido a condenar, sino a perdonar. A revelarnos el amor divino y la posibilidad de amarlo.
También podemos colegir de las palabras del Señor que al que mucho se le perdona, más debe amar: «Qué buena razón la de aquel sacerdote, cuando predicaba así: «Jesús me ha perdonado toda la muchedumbre de mis pecados —¡cuánta generosidad!—, a pesar de mi ingratitud. Y, si a María Magdalena le fueron perdonados muchos pecados, porque amó mucho, a mí, que todavía me ha perdonado más, ¡qué gran deuda de amor me queda!». ¡Jesús, hasta la locura y el heroísmo! Con tu gracia, Señor, aunque me sea preciso morir por Ti, ya no te abandonaré» (F, n.210).
«Pero al que poco se le perdona, ama poco». Nuestro amor a Dios es una respuesta a su perdón, a su iniciativa gratuita de salvarnos; pero también debe suceder al contrario: la misericordia divina ha de ser una fuente de amor, de una relación renovada con el Señor. El amor de la pecadora se manifiesta en obras de caridad y gratitud (lágrimas, besos, perfume), porque había sido perdonada. Por la magnitud de sus acciones vemos la profundidad de su conversión.
 El Evangelio de Lucas afirma que hay un vínculo íntimo entre el amor y el perdón de Dios. Por eso Jesús anunció a la pecadora: «Han quedado perdonados tus pecados». Asistimos a las primicias de lo que más tarde quedaría instituido como el sacramento de la reconciliación, y que estaba anunciado desde el Antiguo Testamento. También a David se le proclamó el perdón cuando reconoció su culpa y la expió con oración y penitencia: David respondió a Natán: «He pecado contra el Señor». Y Natán le dijo: «También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás» (2S 12,7-13).
El amor de Dios se manifiesta con el perdón. La humildad de Jesús explica que se abaje hasta casi pedirnos que nos dejemos reconciliar. Es lo que dice San Pablo (2Co 5,18-20): En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. ¡Cuántas veces el afán de almas de los sacerdotes se manifiesta precisamente en esa disponibilidad para facilitar el reencuentro del hijo pródigo con su padre misericordioso!
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?». Esta pregunta perdura a través de los siglos. El escándalo del cristianismo llega, en el fondo, a este interrogante: ¿Cómo puede Dios perdonarnos nuestras faltas? Como en la filosofía del conocimiento, también en el amor existe el peligro del escepticismo: con una falsa humildad, podemos dudar de nuestra dignidad para ser perdonados o, con desconocimiento de la misericordia divina, poner en tela de juicio la capacidad del Señor para perdonarnos. Sin embargo, en esta escena vemos cuál es el camino para recibir el perdón divino: amar a Dios, arrepentirnos de nuestras faltas, manifestar la contrición con obras. Esta mujer manifestó su conversión llorando, derrochando un perfume, haciendo una declaración pública de penitencia. Y recibió la absolución: «Han quedado perdonados tus pecados».
Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz». Las obras de penitencia eran manifestación de amor, pero también de fe en el poder salvador de Jesucristo, de apertura al don divino que Él comunicaba. El perdón de los pecados es para quien tenga fe. A San Josemaría le daban mucha paz estas consideraciones, saber que el Señor nos perdona siempre, que nos ama tanto, que conoce de las flaquezas humanas, y sabe de qué barro tan vil estamos compuestos. De hecho, la Iglesia conmemora esa faceta del corazón misericordioso de Jesús, su amor por nosotros hasta el extremo, en una fiesta propia que celebramos el viernes después del Corpus.
Volvamos a las primeras palabras del papa Francisco sobre la misericordia de Dios, con las que comenzamos esta meditación, y que han ayudado a tantas personas a volver a Dios a través del sacramento de la penitencia. «No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. “Y, padre, ¿cuál es el problema?” El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen, que tuvo en sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre».
A Ella, que es conocida como la Madre de misericordia, le pedimos que nos alcance la fe para confiar en la clemencia de su Hijo, acudir con frecuencia al sacramento de la reconciliación, y así escuchar, como la mujer del Evangelio, las palabras de absolución que Jesús nos dirige a través del sacerdote: «Han quedado perdonados tus pecados. Tu fe te ha salvado, vete en paz».

viernes, mayo 21, 2010

Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero


Al final de la cincuentena pascual, leemos de nuevo el final del Evangelio de Juan (21,15-19): “Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Le respondió: —Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo: —Apacienta mis corderos. Volvió a preguntarle por segunda vez: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Le respondió: —Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo: —Pastorea mis ovejas. Le preguntó por tercera vez: —Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: «¿Me quieres?», y le respondió: —Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero. Le dijo Jesús: —Apacienta mis ovejas”.

Los Padres de la Iglesia ven, en este pasaje evangélico, a Jesús que actúa como Buen Pastor. Después de las negaciones de Pedro, el Señor le otorga el primado que le había anunciado: el poder de las llaves. Benedicto XVI comenta en Jesús de Nazaret: “Se confía a Pedro la misma tarea de pastor que pertenece a Jesús (…). Sin embargo, para poder desempeñarla, debe entrar por la puerta. A este entrar -o mejor dicho, ese dejarle entrar por la puerta (cf. Jn 10, 3)- se refiere la pregunta repetida tres veces: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Ahí está lo más personal de la llamada: se dirige a Simón por su nombre propio, "Simón", y se menciona su origen. Se le pregunta por el amor que le hace ser una sola cosa con Jesús”.

Fijémonos en el diálogo, en primer lugar, en las respuestas de Pedro: -¿Me amas? –te quiero. -¿Me amas?- te quiero. ¿Me quieres? –Tú lo sabes todo… Son una invitación a la contrición, a la conversión, que han de estar precedidas por un examen sincero: “¿Un medio para ser franco y sencillo?... Escucha y medita estas palabras de Pedro: «Domine, Tu omnia nosti...» –Señor, ¡Tú lo sabes todo!” (Surco, 326).

Examen sincero, franco y sencillo. Examen lleno de la confianza en Dios, para no caer en el desespero ante la propia miseria. San Josemaría invitaba a hacerse esas preguntas: “en la presencia de Dios, ¿no encuentras nada de lo que no debas lamentarte? ¿Has intentado de verdad servir a Dios y a tus hermanos los hombres, o has fomentado tu egoísmo, tu gloria personal, tus ambiciones, tu éxito exclusivamente terreno y penosamente caduco?” (Amigos de Dios, n.16).

Quizá para evitar el desánimo, comentaba a continuación: “Si os hablo un poco descarnadamente, es porque yo quiero hacer una vez más un acto de contrición muy sincero, y porque quisiera que cada uno de vosotros también pidiera perdón. A la vista de nuestras infidelidades, a la vista de tantas equivocaciones, de flaquezas, de cobardías -cada uno las suyas-, repitamos de corazón al Señor aquellas contritas exclamaciones de Pedro: Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te!; ¡Señor!, ¡Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo, a pesar de mis miserias! Y me atrevo a añadir: Tú conoces que te amo, precisamente por esas miserias mías, pues me llevan a apoyarme en Ti, que eres la fortaleza: quia Tu es, Deus, fortitudo mea (Sal 42,2). Y desde ahí, recomencemos (Ib.).

Recomenzar desde un examen sincero, franco y sencillo, es un requisito para la conversión que el Señor nos pide antes de cruzar la puerta de su amor, para ser buenos pastores de nuestros hermanos, recorriendo su camino. Pero no se trata de una meta personal, voluntarista, sino de un regalo de Dios. Por eso aclara el Papa que, más que “entrar” Pedro, se trata de un “dejarle entrar” Jesús.

Podemos seguir inspirándonos en la oración de San Josemaría: “«Domine, tu scis quia amo te!» -¡Señor, Tú sabes que te amo!: cuántas veces, Jesús, repito y vuelvo a repetir, como una letanía agridulce, esas palabras de tu Cefas: porque sé que te amo, pero ¡estoy tan poco seguro de mí!, que no me atrevo a decírtelo claro. ¡Hay tantas negaciones en mi vida perversa! «Tu scis, Domine!» -¡Tú sabes que te amo! -Que mis obras, Jesús, nunca desdigan estos impulsos de mi corazón”. (Forja, n. 176). “¡Ayúdame a amarte más, auméntame el amor!” (Ib., n. 497).

Como requisito para ser un Pastor a la medida del Corazón de Jesús, el Señor exige la conversión, “pregunta a Simón por el amor que le hace ser una sola cosa con Jesús”. En los días previos a Pentecostés, la Iglesia nos propone de nuevo esa mudanza: “El Señor convirtió a Pedro –que le había negado tres veces– sin dirigirle ni siquiera un reproche: con una mirada de Amor. –Con esos mismos ojos nos mira Jesús, después de nuestras caídas. Ojalá podamos decirle, como Pedro: "¡Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo!", y cambiemos de vida. (Surco, n. 964).

Julio Eugui transcribe una piadosa tradición, quizá una simple leyenda: “Cuentan que San Pedro, todos los días, al oír cantar a un gallo, se echaba a llorar porque se acordaba de la triple traición a Cristo, y que las lágrimas habían grabado surcos en sus mejillas. Por cada negación le salía del alma exclamar: "Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo" (Jn 21,17). Es imposible que las lágrimas abran hendiduras en un rostro: hasta aquí la leyenda. Pero es bien verosímil que para San Pedro el canto del gallo tuviera una resonancia muy especial. Y en aquellos tiempos debía ser muy difícil no tener cerca del propio domicilio, incluso en una urbe como Roma, un corralito con algún gallo dispuesto a avisar a los vecinos de la llegada del nuevo día. Cuántos actos de contrición debió hacer aquel gran hombre”.

2. Hasta aquí hemos visto la escena desde la perspectiva de Pedro. Ahora hagamos nuestra oración contemplando las acciones de Jesús: Apacienta mis corderos. Pastorea mis ovejas. Apacienta mis ovejas. Comenta el Papa que Pedro “llega a las ovejas "a través de Jesús"; no las considera suyas, sino como el "rebaño" de Jesús. Puesto que llega a ellas por la "puerta" que es Jesús, como llega unido a Jesús en el amor, las ovejas escuchan su voz, la voz de Jesús mismo; no siguen a Simón, sino a Jesús, por el cual y a través del cual llega a ellas, de forma que, en su guía, es Jesús mismo quien guía”.

En el mismo sentido, predicaba San Josemaría que las almas son de Dios: “Apacienta mis ovejas. No las tuyas, no las vuestras: ¡las mías! Porque El ha creado al hombre, El lo ha redimido, El ha comprado cada alma, una a una, al precio de su Sangre. (…) No hacemos nuestro apostolado. En ese caso, ¿qué podríamos decir? Hacemos -porque Dios lo quiere, porque así nos lo ha mandado: id por todo el mundo y predicad el Evangelio- el apostolado de Cristo. Los errores son nuestros; los frutos, del Señor” (Amigos de Dios, n. 267).

Continúa el Evangelio: En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo y te ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará adonde no quieras —esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: —Sígueme.

Comenta el Papa: “Toda esta escena acaba con las palabras de Jesús a Pedro: "Sígueme" (Jn 21, 19). El episodio nos hace pensar en el pasaje que sigue a la primera confesión de Pedro, en la que éste había intentado apartar al Señor del camino de la cruz, a lo que el Señor respondió: “Detrás de mí”, exhortando después a todos a cargar con la cruz y a "seguirlo" (cf. Mc 8, 33 s) También el discípulo que ahora precede a los otros como pastor debe "seguir" a Jesús. Esto comporta -como el Señor anuncia a Pedro tras confiarle el oficio pastoral- la aceptación de la cruz, la disposición a dar la propia vida. Precisamente así se hacen concretas las palabras: "Yo soy la puerta". De este modo Jesús mismo sigue siendo el pastor”.

Acudimos a nuestra Madre, Regina Apostolorum, para que en esta recta final del decenario sintamos como dirigidas a nosotros las palabras del Señor: Sígueme. Apacienta mis ovejas. Y respondamos, como Pedro, pidiendo la gracia divina: Tu scis quia amo te!, ayúdame a convertirme para ser un buen pastor de mis hermanos.