El
primer Ángelus que pronunció el papa Francisco
después de su elección, estuvo marcado por una palabra: misericordia. Y aquel mediodía
del domingo 17 de marzo, con apenas cuatro días de pontificado, contó una anécdota
que aún perdura en quienes la escucharon: «Recuerdo que, en 1992, apenas siendo Obispo, (…) se acercó
una señora anciana, humilde, muy humilde, de más de ochenta años. La miré y le dije:
“Abuela, ¿desea confesarse?” Sí, me dijo. “Pero si usted no tiene pecados…”. Y ella me respondió:
“Todos tenemos pecados”. Pero, quizá el Señor no la perdona... “El Señor perdona
todo”, me dijo segura. Pero, ¿cómo lo sabe usted, señora? “Si el Señor no perdonara
todo, el mundo no existiría”».
Ahora contemplaremos en nuestra
oración una escena del Evangelio que muestra la realidad de estas palabras (Lc 7,36-50).
Un fariseo, llamado Simón, lo invitó a un banquete en su casa. Un fariseo le rogaba que fuera a comer con
él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Jesús sale al
encuentro de todo tipo de personas: enfermas y pobres, pero también dirigentes,
como en este simposio, en que lo acompañaba la crema y nata de la sociedad religiosa
de Galilea, probablemente en gratitud por la predicación del sábado anterior en
la sinagoga. Todos allí se considerarían de lo mejor; de hecho, algunos podrían
serlo, pues se esforzaban por cumplir la ley de Dios, incluso exagerando. El problema
es que unos se quedaban en ese aparentar, se ufanaban de su religiosidad y así permanecían
en la buena opinión que tenían de sí mismos, en lugar de avanzar hacia el Señor.
Muy probablemente, algunos asistirían al banquete para ver si descubrían señales
erróneas en ese aparente profeta venido de Cafarnaún.
También nosotros, que gozamos
criticando a los escribas y a los fariseos, podemos caer en esos mismos defectos,
si descuidamos nuestro trato con el Señor, la imitación de su mansedumbre y su humildad
de corazón. Podemos quedarnos pagados de nuestras aparentes virtudes, de nuestros
esfuerzos, de las labores apostólicas que desarrollamos, y quizá olvidamos que la
clave de la eficacia está en la oración, en la lucha ascética, en el amor de Dios.
Hasta ahora, hemos visto a
Jesús en la zona interna de la casa, recostado a la mesa. Pero el evangelista rompe
el ambiente festivo del banquete con la irrupción de una visitante inesperada: En esto, una mujer que había en la ciudad,
una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino
trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a
sus pies, llorando. No se atreve a mirarlo a la cara, sino que se queda por
detrás, humildemente, realizando una labor de esclavos (como el mismo Jesús haría
en la última cena), reconociendo al Mesías en aquel comensal extranjero.
Entre los invitados se formaría
un ambiente de malestar, pues todos conocían la reputación de aquella mujer: ¿quién
la había dejado entrar?, ¿cómo se atrevía a romper la armonía de unas personas tan
puras, ella que era la mujer pecadora de la ciudad? Es bonito ver que se trata de
un personaje anónimo, en la que estamos representados todos los hombres, la Iglesia
entera. Además de lavar los pies al Señor, la mujer llora. Reconoce su culpa y
la expía con obras de penitencia. Es un modelo de la contrición, que estamos invitados
a imitar.
Esta actitud penitencial ocupa
un puesto significativo en la Sagrada Escritura. Podemos meditar ahora en otros
modelos de conversión: en primer lugar, yéndonos al Antiguo Testamento, pensemos
en la compunción del rey David después de varios pecados execrables —todos lo son—. Cuando cayó en la cuenta de
su grave error, compuso el hermosísimo salmo 50: Misericordia, Dios mío, por tu
bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia
mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra
ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad en tu presencia. También podemos pensar en el hijo
pródigo, con esa decisión que le humillaba pero que no temió aceptar: Me levantaré, me pondré en camino adonde
está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado
contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno
de tus jornaleros».
Vemos en estas escenas las
etapas del camino de regreso a la casa del Padre. El Compendio del Catecismo
(n.303) las resume en los llamados «actos propios del
penitente»: «un diligente examen
de conciencia; la contrición (o arrepentimiento), que es perfecta
cuando está motivada por el amor a Dios, imperfecta cuando se funda en otros
motivos, e incluye el propósito de no volver a pecar; la confesión,
que consiste en la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote; la satisfacción,
es decir, el cumplimiento de ciertos actos de penitencia, que el propio
confesor impone al penitente para reparar el daño causado por el pecado» (subrayados añadidos).
La mujer del Evangelio cayó en
la cuenta de su error, fue consciente de la necesidad de manifestar públicamente
su arrepentimiento, ya que pública era su condición de pecadora. En su generosidad,
decidió romper un frasco carísimo, de alabastro, con el perfume más selecto de su
ajuar. Por sus obras podemos ver que había descubierto, en aquel hombre de Nazaret,
más que un profeta. Lo que aquellos fariseos, expertos en doctrina y piedad, no
fueron capaces de ver. ¡Cuántas veces nosotros somos como esos fariseos soberbios,
que no reconocemos al Señor cerca, que no lo imitamos en su misericordia,
porque pensamos que no necesitamos su perdón!
No sabemos cuándo habría
sido el primer encuentro de la pecadora con Jesucristo. Quizá escuchándolo en el
sermón del monte, o en la sinagoga, se habría movido al arrepentimiento, decidió
cambiar de vida y —al saber de la invitación al banquete en casa de Simón— se fue sin dilaciones para pedir,
con las obras de su penitencia, el perdón de tantos pecados: se puso a regarle los pies con las lágrimas,
se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los
ungía con el perfume.
Por
la mente de los invitados correría la tentación que el evangelista asigna a Simón:
Si este fuera profeta sabría quién y qué clase
de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora. El Señor, que podía
leer la mente de sus interlocutores, desenmascaró la actitud peyorativa de su anfitrión
con la parábola de los dos deudores. Jesús
respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo,
Maestro». «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios
y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál
de ellos le mostrará más amor?».
Jesús
le ofrece la oportunidad de convertirse, de responder de modo misericordioso,
abriéndose al perdón divino que se estaba revelando en su casa. Sin embargo, la
respuesta es diplomática, sin compromiso. Respondió
Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Supongo, no me involucro.
Jesús insiste con su actitud acogedora. Y
él le dijo: «Has juzgado rectamente».
Al
ver que nada conseguía con el grupo de los fariseos, el Señor los desenmascara aplicando
la pequeña parábola a la situación que estaba viviendo. Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado
en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado
los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste
el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los
pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido
los pies con perfume».
Jesús
reclamó los detalles de etiqueta que aquel hombre, en su soberbia, no había querido
vivir con Él. La mujer pecadora, humilde, consciente de su indignidad, comenzó a
adquirir un nuevo estatus ante aquel grupo de ricos (por fuera), que en
realidad eran pobres (por dentro). El Señor no ocultó su dolor por las omisiones de Simón, como se duele ante
nuestras apatías: «cuando una persona extraña nos mira con indiferencia, no nos
importa demasiado; pero si es un ser querido quien nos trata así, con desafecto,
¡cómo nos duele su comportamiento! Y a
Jesús, ¿no van a dolerle tus negligencias, tus precipitaciones, tus descuidos, tus
indelicadezas?» (San Josemaría, citado por http://homiletica.org/lluciapou/lluciapousabate
238.pdf).
«Por eso te digo: sus muchos pecados
han quedado perdonados, porque ha amado mucho». Jesús les demuestra que, si
la prueba de que era profeta consistía en conocer el estado moral de la mujer,
lo conocía: era muy pecadora. Pero, a la vez, les anuncia en qué consiste el
nuevo profetismo, su condición mesiánica: en que no ha venido a condenar, sino
a perdonar. A revelarnos el amor divino y la posibilidad de amarlo.
También podemos colegir de las palabras del Señor
que al que mucho se le perdona, más debe amar: «Qué
buena razón la de aquel sacerdote, cuando predicaba así: «Jesús
me ha perdonado toda la muchedumbre de mis pecados —¡cuánta generosidad!—, a pesar
de mi ingratitud. Y, si a María Magdalena le fueron perdonados muchos pecados, porque
amó mucho, a mí, que todavía me ha perdonado más, ¡qué gran deuda de amor me queda!». ¡Jesús,
hasta la locura y el heroísmo! Con tu gracia, Señor, aunque me sea preciso morir
por Ti, ya no te abandonaré» (F, n.210).
«Pero al que
poco se le perdona, ama poco». Nuestro amor a Dios
es una respuesta a su perdón, a su iniciativa gratuita de salvarnos; pero también
debe suceder al contrario: la misericordia divina ha de ser una fuente de amor,
de una relación renovada con el Señor. El amor de la pecadora se manifiesta en
obras de caridad y gratitud (lágrimas, besos, perfume), porque había sido
perdonada. Por la magnitud de sus acciones vemos la profundidad de su conversión.
El Evangelio de Lucas afirma que hay un vínculo
íntimo entre el amor y el perdón de Dios. Por eso Jesús anunció a la pecadora: «Han quedado perdonados tus pecados». Asistimos
a las primicias de lo que más tarde quedaría instituido como el sacramento de la
reconciliación, y que estaba anunciado desde el Antiguo Testamento. También a David
se le proclamó el perdón cuando reconoció su culpa y la expió con oración y
penitencia: David respondió a Natán: «He
pecado contra el Señor». Y Natán le dijo: «También el Señor ha perdonado tu
pecado. No morirás» (2S 12,7-13).
El amor de Dios se manifiesta con el perdón. La humildad
de Jesús explica que se abaje hasta casi pedirnos que nos dejemos reconciliar. Es
lo que dice San Pablo (2Co 5,18-20): En nombre de Cristo os pedimos que os
reconciliéis con Dios. ¡Cuántas veces el afán de almas de los sacerdotes
se manifiesta precisamente en esa disponibilidad para facilitar el reencuentro del
hijo pródigo con su padre misericordioso!
Los demás
convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona
pecados?». Esta pregunta perdura a
través de los siglos. El escándalo del cristianismo llega, en el fondo, a este interrogante:
¿Cómo puede Dios perdonarnos nuestras faltas? Como en la filosofía del conocimiento,
también en el amor existe el peligro del escepticismo: con una falsa humildad, podemos
dudar de nuestra dignidad para ser perdonados o, con desconocimiento de la misericordia
divina, poner en tela de juicio la capacidad del Señor para perdonarnos. Sin embargo,
en esta escena vemos cuál es el camino para recibir el perdón divino: amar a Dios,
arrepentirnos de nuestras faltas, manifestar la contrición con obras. Esta mujer
manifestó su conversión llorando, derrochando un perfume, haciendo una declaración
pública de penitencia. Y recibió la absolución: «Han quedado perdonados tus pecados».
Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Las obras de
penitencia eran manifestación de amor, pero también de fe en el poder salvador
de Jesucristo, de apertura al don divino que Él comunicaba. El perdón de los pecados es para quien
tenga fe. A San Josemaría le daban mucha paz estas consideraciones, saber que el Señor nos perdona siempre, que nos
ama tanto, que conoce de las flaquezas humanas, y sabe de qué barro tan vil estamos
compuestos. De hecho, la Iglesia conmemora esa faceta del corazón misericordioso
de Jesús, su amor por nosotros hasta el extremo, en una fiesta propia que celebramos
el viernes después del Corpus.
Volvamos
a las primeras palabras del papa Francisco sobre la misericordia de Dios, con las
que comenzamos esta meditación, y que han ayudado a tantas personas a volver a Dios
a través del sacramento de la penitencia. «No olvidemos esta
palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. “Y, padre, ¿cuál es el problema?”
El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón.
Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón.
No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona,
que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros
a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen, que tuvo
en sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre».
A Ella,
que es conocida como la Madre de misericordia, le pedimos que nos alcance la fe
para confiar en la clemencia de su Hijo, acudir con frecuencia al sacramento de
la reconciliación, y así escuchar, como la mujer del Evangelio, las palabras de
absolución que Jesús nos dirige a través del sacerdote: «Han quedado perdonados tus pecados. Tu fe te ha salvado, vete en paz».
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