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sábado, diciembre 04, 2010

Adviento, tiempo de conversión

NORMAS UNIVERSALES SOBRE EL AÑO LITÚRGICO Y SOBRE EL CALENDARIO
Ya estamos en la segunda semana del tiempo de Adviento. Durante estos días, nos preparamos para celebrar la Navidad en tres sentidos: la primera, hace veinte siglos; la litúrgica, correspondiente a este año (la celebración actualiza los misterios que rememoramos) y la futura, o sea la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por eso decimos de Jesús en el Prefacio de la Misa durante estos días que, “al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar”.
Por estas razones, enseñan las normas litúrgicas, “el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre”. En la segunda lectura del mismo domingo, San Pablo anima a los romanos (15,4-9): “Mantengamos la esperanza mediante la paciencia y el consuelo de las Escrituras”. Por eso, concluye San Josemaría una homilía sobre estos días: “El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria” (Cristo que pasa, n. 11).
El compendio del Catecismo (n. 102) dice que en este tiempo se revive esa larga espera de muchos siglos, cuando los judíos ansiaban la llegada del Mesías: “Además de la oscura espera que ha puesto en el corazón de los paganos, Dios ha preparado la venida de su Hijo mediante la Antigua Alianza, hasta Juan el Bautista, que es el último y el mayor de los Profetas”.
Precisamente el protagonista de este segundo domingo de Adviento es el primo de Jesús. El Evangelio de Mateo (3,1-12) lo presenta como una figura profética: “En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea (…). Éste es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo: Voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor,  haced rectas sus sendas». Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre”.
Es un retrato austero, que presenta a Juan como un digno representante de una familia sacerdotal, dedicado plenamente a su vocación de Precursor del Mesías. Sus vestiduras lo presentan como el nuevo Elías, que precede la llegada del ungido. Se retira al desierto, como habían hecho también los esenios de Qumrán, aunque no fuera uno de ellos. Mateo muestra que, con su figura, se cumple el protoevangelio de Isaías, el profeta que anunciaba nuevas épocas para el sufrido pueblo hebreo.
En la primera lectura (Isaías 11, 1-10), se ve una de esas profecías: “En aquel día brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor”. Se trata de una promesa mesiánica: de ese tronco podrido que es la generación de Jesé, el padre de David, surgirá un vástago nuevo. Por eso rezan los gozos de la novena de Navidad: “Oh raíz sagrada de Jesé, que en lo alto / presentas al orbe tu fragante nardo / Dulcísimo Niño que has sido llamado / lirio de los valles, bella flor del campo”.
Amparado en esas promesas, el pueblo se preparaba para la pronta llegada de su Salvador, como vemos en la Antífona de entrada (“Pueblo de Sión: mira al Señor que viene a salvar a todos los pueblos. El Señor hará oír la majestad de su voz para alegría de todo corazón). También el Salmo 71 muestra esa “expectación piadosa y alegre”: “En sus días florecerá la justicia y la paz abundará por siempre”.
La vocación de Juan consiste precisamente en anunciar al pueblo que “está al llegar el Reino de los Cielos”.  El Compendio del catecismo (n. 141) dice que El Espíritu colmó a Juan con sus dones y lo envió para que preparara al Señor «un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17) y para que anunciara la venida de Cristo, Hijo de Dios.
El Evangelio nos muestra que su predicación tuvo una gran acogida: “acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados”. Ese bautismo es una muestra externa de haber acogido su principal exigencia: —Convertíos. Esta llamada es la misma que nos hace la liturgia hoy a cada uno de nosotros. En estos días de expectación piadosa y alegre se tiene que notar que nos estamos preparando para ser «un pueblo bien dispuesto».
Juan se amparaba en la inminencia del juicio: Ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Y por eso exigía a sus oyentes un fruto digno de penitencia. Nosotros acudimos al Señor pidiéndole, en la oración de la Misa, que en nuestra marcha presurosa al encuentro de tu Hijo, no tropecemos con impedimentos terrenos, sino que Él nos haga partícipes de la ciencia de la sabiduría celestial.
Esta sabiduría, nos dice la liturgia de hoy, consiste en convertirnos. Así puede resumirse el último libro del Papa: es tiempo de conversión: El papa quiere que la Iglesia se someta a una limpieza a fondo. “Es indispensable conocer por fin de nuevo el misterio del Evangelio en toda su grandeza cósmica. Es tiempo de entrar en razones, de cambiar, de convertirse. Los problemas actuales solo se resolverán si ponemos a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible para el mundo. El destino del mundo depende de si el Dios de Jesucristo está presente y es reconocido como tal. p. 78. Nuestra gran tarea ahora consiste, ante todo, en sacar nuevamente a la luz la prioridad de Dios. Hoy lo importante es que se vea de nuevo que Dios existe, que Dios nos incumbe y que Él nos responde. Es urgente que la pregunta sobre Dios vuelva a ponerse en el centro”. (Luz del mundo, pp. 12-13. 62)
¿En qué consiste esta conversión? Así lo explica San Josemaría en la homilía del Adviento: “El Señor ha confiado en nosotros para llevar almas a la santidad, para acercarlas a Él, unirlas a la Iglesia, extender el reino de Dios en todos los corazones. El Señor nos quiere entregados, fieles, delicados, amorosos. Nos quiere santos, muy suyos. De un lado, la soberbia, la sensualidad y el hastío, el egoísmo; de otro, el amor, la entrega, la misericordia, la humildad, el sacrificio, la alegría. Tienes que elegir. Has sido llamado a una vida de fe, de esperanza y de caridad. No puedes bajar el tiro y quedarte en un mediocre aislamiento” (Cristo que pasa, n. 11)
Podemos terminar como concluye esa misma homilía, acudiendo a Santa María de la Esperanza: “El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria. Pídelo conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!”

sábado, diciembre 13, 2008

Alegría en Adviento


El mes de preparación para la Navidad ―de modo similar la Cuaresma― se caracteriza por la oración y la penitencia; lo indican de modo simbólico las vestiduras litúrgicas de color morado, la moderación en el uso de instrumentos musicales y la ausencia de flores en la decoración de las iglesias. Sin embargo, tanto en estos días como en la preparación de la Pascua, de repente aparece un domingo que rompe el ritmo de austeridad externa: el color pasa a ser rosado, aparecen de nuevo los aromas y colores de las flores y se escucha una vez más el órgano de fondo a los cantos de la iglesia. 

¿Qué sucede? Se trata de los domingos “Gaudete” y “Laetare”: alegraos… La liturgia nos enseña que, también en medio de la penitencia, es posible el gozo; que el dolor nos purifica para celebrar con mejores disposiciones la Pascua o la Navidad. Hoy celebramos precisamente esa jornada. Por eso comenzamos con las palabras del Apóstol Pablo: Alegraos siempre en el Señor: os lo repito, alegraos. La razón es clara: El Señor está cerca.

Todos buscamos esa alegría profunda, que no sea pasajera como la de un concierto o la de un partido de fútbol. Mejor dicho, quisiéramos que nuestra vida sonara siempre a la canción favorita con la mejor compañía; o que en nuestro trabajo nos fuera tan bien como en algún partido memorable en que tenemos un buen equipo, hacemos buenas jugadas, nos divertimos con los amigos… y hasta metemos algún gol. Pero después resulta que en la existencia cotidiana nos enfrentamos con ruidos, pitazos, cansancio, derrotas. Como explicaba el Cardenal Ratzinger en su artículo sobre el fútbol, esas distracciones, la dimensión lúdica de la vida, nos hacen ver que nuestro paso por la tierra necesita un sentido trascendente, que ilumina lo ordinario.

Es de lo que nos habla la liturgia de hoy, cuando nos insiste: Alegraos siempre en el Señor: os lo repito, alegraos. El Señor está cerca. El profeta Isaías (61,1-2a.10-11) exulta: Con gran contento gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación, me ha envuelto con manto de justicia. En el Salmo repetimos las palabras de María: Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.

La alegría es característica del cristianismo. Así lo descubrió, por ejemplo, el escritor Bruce Marshall, según cuenta Julio Eugui: “se había educado en un rígido puritanismo protestante y no estaba acostumbrado a ver cómo se exterioriza la alegría, cosa tan sana y tan propia de un cristiano, que tiene motivos para vivir contento. Las ceremonias religiosas a las que solía asistir estaban impregnadas de seriedad y de rigidez. Pero, hete aquí que un día se llevó la gran sorpresa. Asistió por primera vez en su vida a una Misa católica con motivo de la primera comunión de un compañero, y, en medio de la celebración, se le escapó del bolsillo una moneda. Ésta fue rodando por el pasillo central del templo, ante la mirada curiosa de los presentes y del mismo sacerdote, hasta ir a desaparecer engullida -¡también es mala suerte!- por la única rejilla de la calefacción existente a varios kilómetros a la redonda. La cosa es que al sacerdote le dio risa, y a los demás feligreses se les contagió la risa del sacerdote... El pequeño Bruce no salía de su asombro, y pensó al mismo tiempo: "ésta debe ser la Iglesia verdadera; aquí la gente se ríe".

En el salmo repetíamos: Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador. ¿Por qué se alegra María? Para alegrarse con toda el alma, ¿qué necesitaríamos tú y yo? Quizá algunos piensan en lograr alguna meta que al parecer no alcanzaremos antes de acabar el año: ¡qué gozo nos daría concluirlo! Otros, encontrarse con un ser querido. Los más, recibir algún presente material: que el Niño Dios nos traiga lo que le pedimos y, si le dimos varias alternativas para escoger, que sean las que más nos atraen, no las que pusimos como por no dejar…

María, en cambio, se alegra porque el Señor ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. ¿De qué manera? Con una misión comprometedora: ser la Madre del Mesías, confiar plenamente en su proyecto. María se alegra porque el Señor ha puesto sus ojos en su humildad. Es una mujer alegre porque no se busca a sí misma, sino a Dios y a los demás por Dios. No se considera importante, sino una esclava, la esclava del Señor.

2. Pero el Adviento nos presenta otro ejemplo glorioso: San Juan Bautista. Este es el tercer protagonista de la temporada, después de Cristo y María. El Evangelio de su discípulo y tocayo lo presenta como el último profeta del Antiguo Testamento, que muestra al mundo a aquél de quien escribieron la ley y los profetas. Lo anuncia. Por eso se presenta como “la voz”, pues lo importante no son sus cualidades, sino lo que anuncia. Y lo que proclama es la conversión como clave de la alegría, como veíamos al comienzo: Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Haced recto el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías. Con Juan se están cumpliendo las profecías. Pero la clave de su invitación es el motivo: En medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia.

A ese Jesús es al que queremos encontrar con un corazón nuevo y una inmensa alegría, como pedimos en la Colecta de la Misa. Un corazón nuevo es el requisito para alcanzar la inmensa alegría. Pregúntale al Señor cómo puedes renovar tu corazón –yo le pregunto cómo renovar el mío-: quizá en la vida familiar, en el trabajo, en las relaciones sociales podemos dar una mejoría, aunque sea pequeña: cuidar más un pequeño detalle, ser agradable, acogedor, sonreír, ayudar en oficios pequeños, aunque estemos en vacaciones. En pocas palabras, aprender de Cristo, de María y de Juan a olvidarnos de nosotros mismos, a vivir en oración perseverante para así cumplir la Voluntad de Dios.

Nos puede servir una consideración de San Josemaría: “Casi todos los que tienen problemas personales, los tienen por el egoísmo de pensar en sí mismos. Es necesario darse a los demás, servir a los demás por amor de Dios: ése es el camino para que desaparezcan nuestras penas. La mayor parte de las contradicciones tienen su origen en que nos olvidamos del servicio que debemos a los demás hombres y nos ocupamos demasiado de nuestro yo”. Un buen motivo para hacer examen, aprendiendo del ejemplo de Jesús y de los santos. Darse a los demás, servirles por amor de Dios: ¡Cuántos propósitos pueden surgir al calor de estas palabras!..

Alegría… Os lo repito: estad alegres, el Señor está cerca. Cuando nos decidamos a servir sí que podremos palpar esa presencia. Y eso, aunque palpemos nuestras miserias, nuestra soberbia, nuestra sensualidad, nuestro egoísmo. En ese sentido predicaba San Josemaría: “Hijos míos: que estéis contentos. Yo lo estoy, aunque no lo debiera estar mirando mi pobre vida. Pero estoy contento, porque veo que el Señor nos busca una vez más, que el Señor sigue siendo nuestro Padre; porque sé que vosotros y yo veremos qué cosas hay que arrancar, y decididamente las arrancaremos; qué cosas hay que quemar, y las quemaremos; qué cosas hay que entregar, y las entregaremos”.

Compartir nuestra alegría. Así nos lo propone Benedicto XVI, al observar el ejemplo de María: “Este es el verdadero compromiso del Adviento: llevar la alegría a los demás. La alegría es el verdadero regalo de Navidad; no los costosos regalos que requieren mucho tiempo y dinero. Esta alegría podemos comunicarla de un modo sencillo: con una sonrisa, con un gesto bueno, con una pequeña ayuda, con un perdón. Llevemos esta alegría, y la alegría donada volverá a nosotros. En especial, tratemos de llevar la alegría más profunda, la alegría de haber conocido a Dios en Cristo. Pidamos para que en nuestra vida se transparente esta presencia de la alegría liberadora de Dios”.

viernes, julio 06, 2007

Juan Bautista. Conversión

La figura del Bautista prepara la aparición de Jesucristo en el Evangelio. Siguiendo a Fabris, se pueden señalar los ambientes que aparecen en este orden: primero el desierto, donde se presentan la figura y la actividad de Juan, que anuncia la llegada de otro, más fuerte y más potente que él; después, el río Jordán, donde Jesús recibe el bautismo y después el desierto de nuevo, donde se ambientan las tentaciones de Jesús.

San Marcos presenta a Juan como el gran precursor de Jesús. Se trata de un anuncio público y de un encargo: ser heraldo del Mesías. El anuncio se asocia al rito del bautismo, como sucedía también en la comunidad de Qumrán, aunque con diferencias notorias: el bautismo de Juan no es para iniciados, sino para todos; no es cotidiano, sino que se recibe una sola vez; no se aplica personalmente; sino que lo administra el mismo Juan. El Bautista le da al rito un significado de conversión y preparación mesiánica, o en su contexto histórico, al juicio definitivo de Dios.

De hecho, en Marcos se llama “bautismo de conversión para la remisión de los pecados”. Este perdón de los pecados, dice Gnilka, presupone una genuina disposición de arrepentimiento. Se trata de un cambio de mentalidad y de vida, que es lo que significa el término hebreo traducido por conversión: no solo mudanza de pensamiento, sino un pleno y radical cambio de conducta y por tanto arrepentimiento de los pecados y empeño por mudar la existencia.

En Mateo vemos un Juan que es más el predicador de la comunidad cristiana. Más que las diferencias con Jesús, se acentúa el paralelismo. Su predicación es la misma del Mesías: Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca (Mt 3,1-12). Sus destinatarios son los jefes judíos, que deben cambiar para actuar la nueva justicia y hacer parte del verdadero Israel. La función actual de esa predicación es remover también en los cristianos la falsa seguridad de un ritualismo estéril. No basta con bautizarse: hay que convertirse, demostrar el cambio interior y radical que comporta la adhesión íntegra y fiel a Dios y una conducta de vida coherente y conforme a las exigencias de su voluntad.

Lucas, por su parte, extiende la llamada a la conversión a todas las gentes. Hace falta un cambio radical para que todos puedan experimentar la salvación de Dios. Al final de su obra, el anuncio de la salvación llega hasta los confines de la tierra, es decir a Roma (Act 28, 28). El primer cambio propuesto es la apertura universal, el cambio del propio universo pseudo-religioso. Y esa salvación posible para todos no es una ingenuidad religioso-social, sino el encuentro con una persona que te incorpora en un nuevo dinamismo: el Mesías salvador. Juan no es el Mesías, sino su esclavo, su anunciador. Y muere como profeta: mientras el pueblo y los pecadores responden al apelo del Bautista con la conversión, los poderosos responden con la violencia represiva y Juan termina su carrera en la cárcel, dando su último testimonio antes del ingreso de Jesús, el profeta definitivo.

El llamado de Juan Bautista sigue siendo actual. En su reciente viaje a Asís, Benedicto XVI ponía el ejemplo de san Francisco, del mismo modo que había citado un mes antes el de san Agustín. Del pobrecito de Asís, recordaba aquella llamada que recibió en la pequeña iglesia de San Damián, hace ahora ochocientos años, cuando tenía apenas veinticinco de edad. Mientras hacía oración, escuchó que el crucifijo le dirigía una palabra programática: “Ve, Francisco, repara mi casa”. Como es sabido, san Francisco supuso que se trataba de reparar aquella construcción, pero más tarde caería en la cuenta de que se trataba de reconstruir la Iglesia entera.

El papa Benedicto XVI hacía ver que hay un requisito previo: reconstruir la propia vida como casa de Dios: “Era una misión que comenzaba con la plena conversión de su corazón, para ser después levadura evangélica tirada a manos llenas en la Iglesia y en la sociedad. He visto en Rivotorto el lugar donde, según la tradición, estaban relegados aquellos leprosos a los cuales el Santo se avecinó con misericordia, comenzando de ese modo su vida penitente, y también el Santuario donde se evoca la pobre morada de Francisco y de sus primeros hermanos”.

Una conversa de nuestros tiempos afirma: “es molesto que se hable sobre una conversión como si fuese algo que se hace una vez y para siempre. De hecho, cuando uno es recibido en la Iglesia Católica, no da un paso final, sino, por el contrario, uno muy importante. Conversio significa ir hacia atrás, volverse hacia Dios. Es un proceso continuo que dura toda la vida. En este camino no se puede dar nada por supuesto. Incluso nada es seguro en él. Todo lo que se ha ganado se puede perder. Se necesita renovar el propio deseo de convertirse cada día, y cada día significa empezar una vez y otra y otra, nada es seguro, nada está ganado definitivamente hasta el final (…). Se dan conversiones todos los días; cada día, te levantas después de haber caído y renuevas el deseo de seguir las huellas de Cristo, algo difícil que llena de alegría”. (Matlary J. El amor escondido. Belacqua. Barcelona 2002, p. 87).

Conversión del corazón, arrepentimiento de los pecados, recomenzar cada día. El recuerdo del nacimiento del Bautista, que anuncia el gran evento de la Encarnación, debe reforzar en nuestros corazones el llamado de Jesús que también hoy, como hace ochocientos años a Francisco, nos dirige su palabra: “ve y repara mi casa”. Comienza con la plena conversión de tu corazón, para ser después levadura evangélica tirada a manos llenas en la Iglesia y en la sociedad.