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sábado, julio 21, 2012

El descanso cristiano


Después de la misión apostólica, Marcos relata el regreso de los discípulos que le cuentan a Jesús todas las peripecias de sus correrías apostólicas: Reunidos los apóstoles con Jesús, le explicaron todo lo que habían hecho y enseñado. Le narran los milagros, las curaciones, los exorcismos; pero también la doctrina que estuvieron predicando, lo que habían aprendido a su lado.

Y les dice: —Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco. Llama la atención esta actitud paternal del Señor, su preocupación por los detalles más pequeños, su cuidado por aquel grupo de discípulos, que conforman su nueva familia, en la que Él atiende incluso lo más material, como el descanso.

Tenemos que aprender del Señor a cuidar de esos tiempos de pausa en el trabajo, tan necesarios para recuperar las fuerzas físicas pero también para no dejarnos apabullar por la barahúnda del movimiento social en el que nos movemos. Descansar es parte importante de la santificación de la vida cotidiana, del trabajo y de la familia. Puede suceder que, so capa de ser muy competentes en el trabajo, terminemos convertidos en esclavos de la profesión y echando por la borda incluso la familia o la relación con Dios.

En nuestros días es importante relativizar el trabajo. La ocupación laboral no es lo más importante. Primero está Dios, el hogar, el servicio a los demás. Desde luego, siempre hemos enseñado que el trabajo es medio para encontrarse con Dios, para sacar adelante la familia y para servir a la sociedad. Pero si deja de ser medio y se convierte en fin, estamos desenfocados. Y lamentablemente, hay una fuerte corriente social que invita a elevar el trabajo a un lugar que no le corresponde. Por eso es importante escuchar al Señor que nos recuerda: Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco.

También hemos de saber descansar. San Josemaría enseñaba que “el descanso no es no hacer nada: es distraernos en actividades que exigen menos esfuerzo” (Camino, n.357). Urge profundizar en esa antropología del descanso y de la fiesta, que tan bien ha expuesto J. Pieper (“Una teoría de la fiesta”). El cristiano es el que mejor sabe descansar, porque lo hace con Dios, celebrando su creación y su redención. 


Y se marcharon en la barca a un lugar apartado ellos solos. El Señor se dirige con los discípulos a Betsaida Julia, llamada así en honor a la hija de Augusto. Se trata de un lugar desértico, para descansar a solas, en familia, los discípulos y Él. Podríamos decir que, después de la vida austera de Juan Bautista y los cuarenta días de Jesús en el desierto, es el primer retiro espiritual del cristianismo que nos transmite el Evangelio. Estar en un lugar apartado ellos solos, con Dios. Nos habla de la importancia del recogimiento para la vida interior.

En nuestros días, parece como si la gente huyera del silencio. Hasta los sitios tradicionalmente recogidos, como los aeropuertos o los hospitales, se han llenado de pantallas que salen al encuentro de los consumidores. Es un fenómeno comercial, pero manifiestan la creciente incapacidad que tienen nuestros contemporáneos de quedarse en un lugar apartado ellos solos. Por eso cuesta tanto la lectura, el estudio individual y, cómo no, la oración personal. El Evangelio de hoy es una invitación a redescubrir la importancia de la vida interior, de la meditación, del estudio, del silencio para poder escuchar la voz de Dios.

También en nuestra vida laboral tenemos que encontrar esos momentos para estar a solas con el Señor, en la intimidad con Él, para hablar de Tú a tú, personalmente, contándole nuestras cosas. En la jornada laboral tendremos esos momentos de meditación, pero hay que preverlo además en el plan semanal, mensual y anual. Es el sentido del domingo, que el Beato Juan Pablo II explicó magistralmente en su Carta Dies Domini: día del Señor, día de Cristo, pero también día de la Iglesia y del ser humano.

Podemos sacar el propósito de recordar, en nuestro apostolado personal, la importancia del precepto dominical: ningún domingo sin Misa, puede ser una buena meta, para nosotros, para nuestra familia y para nuestros amigos. Hemos de enseñarles, ante todo con nuestro ejemplo, que conviene adelantar la asistencia a la Misa en lugar de retrasarla. Y que al programar los paseos de fin de semana debe estar prevista la Santa Misa en el mejor momento. Será manifestación de fe sacrificar la visita a algún lugar atractivo si no garantiza la participación en la Eucaristía dominical. 

También se les puede explicar que este mandamiento se cumple asistiendo a la Misa el sábado por la tarde. Otro consejo, ya no para turistas, sino para estudiantes, es que en tiempo de exámenes conviene ir a Misa temprano el domingo, para evitar las afugias de último momento, cuando no ha rendido mucho el estudio. Que no falte la Misa dominical, ningún domingo sin Misa.

El Evangelio apunta tres asuntos más. En primer lugar, el motivo del descanso, que era el trabajo extremo que caracterizaba las jornadas del Señor y sus discípulos: Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Aunque hemos hablado del descanso necesario, tampoco hemos de quejarnos si en alguna ocasión debemos trabajar un poco más de la cuenta. Siempre que tengamos las medidas de prudencia que hemos mencionado antes, debemos agradecer al Señor que nos permita identificarnos con Él en su laboriosidad. Y aprender a trabajar como Él, sin mentalidad de víctimas.

Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron deprisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Como entonces, también hoy las almas tienen necesidad de Dios y nosotros, que somos sus discípulos, debemos estar dispuestos a sacrificar incluso nuestro merecido descanso si hiciera falta en un caso extremo, para comunicarles las maravillas divinas. Vemos que así hizo el Señor, en lo que constituye el núcleo de la Liturgia de la Palabra del domingo XVI del ciclo B:

Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Una vez más, vemos a Jesús pendiente de los demás. Al comienzo, del descanso de sus apóstoles. Ahora, de la muchedumbre que salió a su encuentro en Betsaida Julia. La Liturgia nos hace considerar que se está cumpliendo una profecía de Jeremías (23,1-6): Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen; ya no temerán ni se espantarán, y ninguna se perderá. Jesús aparece como ese Buen Pastor, hijo de David, que acoge a sus ovejas y las cuida de los malos pastores.

Por eso, es lógico que el Salmo de la Misa sea el número 23: El Señor es mi pastor, nada me falta. El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. 

Llama la atención en qué consiste el pastoreo de Jesús en este pasaje. Aunque más adelante habrá una multiplicación de los panes, que consideraremos el próximo domingo, San Marcos nos dice cómo se manifiesta la compasión del Señor por sus ovejas: y se puso a enseñarles muchas cosas. El pasto que Jesús nos ofrece es su Revelación, sus enseñanzas, la doctrina que la Iglesia nos dispensa. 

 Acudimos a la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, para que nos enseñe el camino del seguimiento de su Hijo durante el trabajo y también en las horas del descanso. Que además estemos dispuestos a trabajar con esmero por el reino de su Hijo y a asimilar las enseñanzas que, como Buen Pastor, nos transmite a través de su Iglesia.

sábado, julio 30, 2011

Multiplicación de los panes y de los peces

Después del discurso de las parábolas, Mateo presenta a Jesús en una barca hacia un lugar desierto, a solas con sus discípulos. Cuando la gente se enteró le siguió a pie desde las ciudades. Nos haces falta, Señor, y tenemos que buscarte como aquella multitud, a pesar de que haga falta peregrinar para encontrarte.

Tu respuesta es inmediata: Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Compasión de Jesús, que conoce nuestras necesidades, nuestras aspiraciones, nuestros intereses creados: te seguimos, pero porque buscamos la ganancia secundaria, que cures nuestros enfermos. Esa compasión de Jesús es una característica divina en el Antiguo Testamento.

Y debemos aprender de ti a compadecernos de los demás, con obras: Hay que abrir los ojos, hay que saber mirar a nuestro alrededor y reconocer esas llamadas que Dios nos dirige a través de quienes nos rodean. No podemos vivir de espaldas a la muchedumbre, encerrados en nuestro pequeño mundo. No fue así como vivió Jesús. Los Evangelios nos hablan muchas veces de su misericordia, de su capacidad de participar en el dolor y en las necesidades de los demás (Es Cristo que pasa, 146).

Un poco de esto han aprendido los discípulos, que –previsores- al atardecer se acercan al Maestro y le dicen: —Éste es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos. Hasta aquí nos movemos en la crónica de un día normal en la vida pública del Maestro: trabajo-cansancio-descanso-interrupción del descanso-curaciones-despedida de la multitud.

Pero Jesús rompe esa rutina con una petición inusitada: No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer. Gnilka comenta que se trata de un desafío para su fe. Son tus planes, Señor, que a veces no entendemos. Podemos responderte, tantas veces, como aquellos pobres discípulos cansados del camino y que no tienen nada pues lo han dejado todo para seguirte a Ti: —Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.

Nos haces partícipes de tu misión, a pesar de nuestra incapacidad, de la falta de medios: ¿qué son dos panes y cinco peces para alimentar una multitud? Sin embargo, nos pides todo. Cinco panes y dos peces, lo poco que valemos. No nos pide que los vayamos a comprar, sino que los demos, aunque no tengamos: “El Señor ha querido hacernos corredentores con El. Por eso, para ayudarnos a comprender esta maravilla, mueve a los evangelistas a relatar tantos grandes prodigios. El podía sacar el pan de donde le pareciera..., ¡pues, no! Busca la cooperación humana: necesita de un niño, de un muchacho, de unos trozos de pan y de unos peces. -Le hacemos falta tú y yo, ¡y es Dios! -Esto nos ha de urgir a ser generosos, en nuestra correspondencia a sus gracias” (Forja, n. 674).

Podemos hacer un poco de examen y mirar cómo ha sido nuestra correspondencia. No vaya a ser que tengamos reservado un pedazo de pan o un pez pequeño para nosotros mismos o para nuestros proyectos personales, desconfiando de la generosidad de Dios.

Hasta aquí llevamos: un problema, una petición al Señor y una solución desproporcionada. Entramos en la fase definitiva de la escena. Él les dijo: Traédmelos aquí. Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Es fácil de imaginar la expectativa entre la muchedumbre y especialmente en los discípulos: ¿qué pensaba hacer con esa desproporción entre los medios disponibles y las necesidades?

La descripción tiene gestos que hacen pensar en la última cena. La hora es la misma, por la tarde. Aquí preside humanamente la “mesa”, en la Eucaristía se quedará presente de modo sacramental: Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente.

Se cumplen las promesas con las que concluye el Libro de la Consolación del segundo Isaías (55,1-3): Venid y comed. “Sellaré con vosotros  una Alianza eterna, las misericordias fieles prometidas a David”. Que se complementan con el salmo 144: Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores.

En la última cena dirá que está por derramarse la sangre de la Alianza nueva y eterna. Jesús forma su nuevo Pueblo, su familia en la tierra, su Iglesia. Y como buen pastor, nos garantiza sus dones, nos da alimento abundante: su palabra, su compasión, su Eucaristía.
Podemos aprovechar este rato de oración para examinar cómo preparamos nuestra participación en la Misa: la puntualidad para llegar con tiempo de antelación, haber llevado antes la liturgia de la Palabra a la oración personal, para aprovechar más la proclamación en la Eucaristía, incluso, la dignidad del vestido.

También  podemos sacar propósitos de mejorar la participación “plena, consciente y activa”, como dice el Concilio Vaticano II, que también anima a cuidar: “la educación litúrgica y la participación activa de los fieles, interna y externa, conforme a su edad, condición, género de vida y grado de cultura religiosa” (SC 14. 19).

Así, podremos seguir con atención las oraciones, los cantos, dándonos cuenta de lo que estamos haciendo. ¡Cuántas personas habrán dejado de asistir con frecuencia a la Santa Misa por falta de estudio, de formación doctrinal y litúrgica! Tenemos que conocer mejor qué sucede, quién celebra, qué representa, y así aprovecharemos un poco más la participación en los sagrados misterios.

Por eso, Benedicto XVI aconsejaba a los seminaristas (181010): “Para nosotros, Dios no es sólo una palabra. En los sacramentos, Él se nos da en persona, a través de realidades corporales. La Eucaristía es el centro de nuestra relación con Dios y de la configuración de nuestra vida. Celebrarla con participación interior y encontrar de esta manera a Cristo en persona, debe ser el centro de cada una de nuestras jornadas. (…) Para celebrar bien la Eucaristía, es necesario también que aprendamos a conocer, entender y amar la liturgia de la Iglesia en su expresión concreta. En la liturgia rezamos con los fieles de todos los tiempos: pasado, presente y futuro se suman a un único y gran coro de oración. Por mi experiencia personal puedo afirmar que es entusiasmante aprender a entender poco a poco cómo todo esto ha ido creciendo, cuánta experiencia de fe hay en la estructura de la liturgia de la Misa, cuántas generaciones con su oración la han ido formando”.

Los verbos más conjugados en relación con el Maestro se refieren a su labor pastoral: en primer lugar, “cura”. Ya vimos que la escena que estamos contemplando comienza con muchos milagros de ese estilo: curó a los enfermos. También podemos forzar las  palabras y descubrir en esa cura –cuidado- , además de la salud, el alimento que hemos visto representado en la multiplicación de los panes.

El segundo verbo más frecuente en relación con Jesús es el de “enseñar”. También en la Santa Misa tenemos esta disposición de Jesús. Nos enseña en toda la liturgia, pero especialmente con la liturgia de la Palabra. Pero también nos alecciona con su sacrificio, celebrado en la plegaria eucarística y con su presencia sacramental.

Por eso podemos ver también cómo acompañamos a Jesús en el Sagrario, cuánto lo visitamos, si procuramos hacer nuestra oración junto a Él. Cuentan que el Beato John Newman, cuando empezó a vivir en Maryvale encontró la ventaja de la Eucaristía reservada en el Sagrario. Y decía: "ahora escribo desde una habitación al lado de la capilla. Es una bendición incomprensible tener la presencia de Cristo en casa, en las paredes, consume cualquier otro privilegio y destruye, o debe destruir, cualquier dolor. Saber que Él está cerca, poder hablar con Él una y otra vez durante el día" (Ker I. John Henry Newman, 333*. Vid. 348).

El tercer verbo más frecuente, después de curar y enseñar es perdonar. Quizá por eso se añadió el rito penitencial antes de comenzar la celebración eucarística, para valorar la necesidad de la conversión antes de acceder a la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Jesús. San Pablo es testigo de la rotundidad de esta enseñanza (1 Co 11, 26-29): “Porque cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación”.

El anuncio del Señor es de alegría y por eso incluye el regalo del perdón, para hacernos dignos de recibir su Cuerpo y su Sangre. De ese modo, nos hacemos contemporáneos de aquellos judíos que lo vieron hacer sus milagros en el desierto: “Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños”.

Podemos concluir mirando a María, como hacía el Beato Juan Pablo II al comenzar un año eucarístico (MND, 31): “Tenemos ante nuestros ojos los ejemplos de los Santos, que han encontrado en la Eucaristía el alimento para su camino de perfección. Cuántas veces han derramado lágrimas de conmoción en la experiencia de tan gran misterio y han vivido indecibles horas de gozo «nupcial» ante el Sacramento del altar. Que nos ayude sobre todo la Santísima Virgen, que encarnó con toda su existencia la lógica de la Eucaristía. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio. El Pan eucarístico que recibimos es la carne inmaculada del Hijo: «Ave verum corpus natum de Maria Virgine». Que en este Año de gracia, con la ayuda de María, la Iglesia reciba un nuevo impulso para su misión y reconozca cada vez más en la Eucaristía la fuente y la cumbre de toda su vida”.

sábado, julio 25, 2009

Cinco panes y dos peces

Hacemos una pausa en el relato evangélico de San Marcos, que hace una semana nos dejó con Jesús frente a una gran multitud, de la cual sintió compasión porque andaban como ovejas que no tienen pastor. 

La misericordia se nota en que les enseña. Pero además hace un milagro portentoso. Es aquí donde cede la palabra al apóstol San Juan, que le da mayor realce al signo y una gran explicación teológica. Por eso, durante los próximos cinco domingos consideraremos el capítulo sexto del cuarto evangelio, uno de los pasajes más profundos del Nuevo Testamento.

Después de esto partió Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades. Iniciativa de Jesús, busca a la gente. Quiere que todos se salven, no se contenta con esperarlos. Así espera que nosotros salgamos al encuentro de las almas, para llevarles el tesoro de la vida divina y que también aprendamos de ellas en ese diálogo maravilloso de la amistad. 

Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos. Así somos: lo buscamos por interés, cuando lo necesitamos. Después, cuando las cosas van bien, nos olvidamos de Él; dejamos que pase a ocupar un segundo lugar. Perdón, Señor. Que no confiemos más en nuestras fuerzas. Que no sigamos contentos con nuestra mediocridad. Que no te sigamos por los signos que puedes hacer en nuestro favor, sino por amor desinteresado, para tratar de retornar en parte tu amor hasta la muerte.

Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos. La intimidad con Jesús requiere esfuerzo. Por eso es frecuente la figura del monte. Cercanía de la Pascua, que trae a la mente el sacrificio pascual de Jesús. Era una buena fecha, de tiempo fresco, lo cual nos ayuda a entender lo que a continuación nos describe San Juan:

Jesús, al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe: — ¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? –lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer. El Señor se preocupa de sus seguidores. Es previsivo: sabe lo que hará. Sin embargo, quiere contar con nuestro pobre aporte humano. Se dirige a nosotros, pone a prueba nuestra creatividad. Quiere que seamos sus instrumentos inteligentes, no simples máquinas repetidoras. Por eso pregunta a Felipe: — ¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos?

¡Cuántas veces nos habremos visto interpelados, tentados como Felipe, por cuestiones similares! El Señor pone en nuestras manos una familia, unas personas, una entidad, una labor apostólica, y parece como si todo dependiera de nuestro esfuerzo. Ante esos retos, caben varias reacciones: intentar arreglarlo todo con las propias fuerzas, o dejar que sea Dios por su cuenta el que se encargue -mientras nosotros, perezosos, nos desentendemos-, o actuar como el Evangelio de hoy:

Felipe le respondió: —Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco. Es la reacción “realista”. Se ve que Felipe era un hombre práctico, quizá cumplía con frecuencia ese papel de secretario –aunque era Judas el que llevaba la bolsa-: preveía, calculaba y daba su veredicto. En esta ocasión, su cuenta dice que, para dar a cada una de las personas de esa multitud, no alcanzarían ni doscientos jornales, unos cuatro millones de pesos colombianos de hoy.

Doscientos jornales. Un dineral. Doscientos días de trabajo, les pide el Señor a sus Apóstoles de un momento a otro. Y no para construir la sede central de su apostolado, o para prever las necesidades futuras, sino para “despilfarrarlos”, atendiendo a una muchedumbre transitoria. ¡Cuánto nos enseña el Señor! Esta escena va en la línea de la Encíclica “Caritas in veritate”: nos muestra la lógica de la gratuidad, de la generosidad, del don, que ha venido a instaurar Jesucristo, por encima de nuestra tacañería, de nuestra codicia, de nuestro egoísmo.

Los apóstoles se han ido empapando de la lógica divina, y no tienen vergüenza de plantear sus pobres aportaciones: “Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: —Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?”

Estamos hablando de una necesidad de cuatro millones de pesos en pan, y el muchacho no tiene problema en aportar unos diez o quince mil pesos… Hay que dar de comer a una muchedumbre, y él ofrece comida para dos. ¡Parece ridículo! Así es nuestra aportación en las obras de Dios: por mucho que hagamos, no deja de ser verdaderamente desproporcionado. Pero el Señor quiere que demos nuestros cinco panes y los dos peces, aunque no sea nada, comparado con la Obra de Dios.

El muchacho, que somos tú y yo en este pasaje, le entrega al Señor todo lo que tiene. Quizá era la previsión para la cena en su casa, pero tiene la fe suficiente para entregarla al Maestro. No piensa en sí mismo, ni en sus planes: lo prioritario es ayudar, hacer de cirineo en este momento para Jesús.

Señor, dinos ahora en esta oración: ¿Cuáles son esos panes y esos peces que Tú estás esperando que te entregue? ¿Cómo puedo ayudarte a tu labor de buen pastor en el mundo de hoy? – Quizá nos pides que te demos el corazón, que no lo compartamos tanto, que no te dejemos las migas… O que empleemos en tus cosas los mejores tiempos, o que sacrifiquemos un poco nuestras aficiones, nuestros planes personales, al servicio de los demás… Pregúntale tú concretamente qué panes te está pidiendo, cuáles peces le puedes dar…

Al ver Jesús que Andrés y el muchacho habían entendido su lógica, dijo: —Mandad a la gente que se siente –había en aquel lugar hierba abundante. Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. Si contamos tantas mujeres como varones –podrían ser más, pues ellas son más piadosas- y tres muchachitos en promedio por pareja –teniendo en cuenta la fecundidad judía de aquella época-, podemos hablar de unas 25.000 personas, cuatro millones de pesos en pan no bastan… ¿Qué pensarían los apóstoles ante ese mandato, ante esa locura desproporcionada? ¿Cuáles habrán sido los comentarios de Judas, a baja voz, con los que estaban a su lado?

Jesús tomó los panes y, después de dar gracias (alusión a la Eucaristía), los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron. No toca de a pan por cabeza: se trata de un banquete mesiánico, que muestra el cumplimiento de las promesas antiguas: Comerán todos hasta saciarse. O, como leíamos en la primera lectura, comerán y sobrará, según la promesa del profeta Eliseo, que también repartió panes de cebada entre un grupo grande. ¡Qué generosidad, Señor; qué magnánimo eres! ¡Cuánto tenemos que aprender de Ti! ¡Qué deseos de confiar más en tu grandeza!

Cuando quedaron saciados, les dijo a sus discípulos: —Recoged los trozos que han sobrado para que no se pierda nada. Y los recogieron, y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Dice San Josemaría: ¿Y para qué recoger los restos? ¿Para qué? Para que, con esos doce grandes cestos de pan que han sobrado, comamos nosotros ahora y nos alimentemos de la fe. De la fe en Él, que es capaz de obrar todo eso superabundantemente, por el amor que tiene a los hombres, por el amor que tiene a la Iglesia, por el deseo de redimir, de salvar a las gentes.

También nosotros podemos acudir a Jesucristo, llenos de fe como este santo sacerdote, y decirle: ¡Señor, que sobren cestos ahora mismo!¡Hazlo generosamente!¡Que se vea que eres Tú!

También la multitud aquella creyó en el Señor viendo el signo que Jesús había hecho, decían: —Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo.


El Señor nos da una última enseñanza de esperar el momento oportuno, la “hora” prevista por el Padre: Jesús, conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte él solo.

lunes, julio 28, 2008

Eucaristía

Para que entendamos su mensaje, Jesús habla y actúa de acuerdo con nuestros propios intereses: si en ocasiones enseña con parábolas relacionadas con el mundo de los negocios, en otras él mismo se adelanta a suplir las necesidades básicas de los pobres y de los enfermos. Así lo presenta Mateo (14, 13-21): después de la muerte de Juan Bautista, Jesucristo quiere apartarse de la gente para orar. Pero al ver la multitud que le sigue, se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos.

Cuando los apóstoles quieren despedir a la muchedumbre para que coman en sus aldeas, Jesús les dijo: —No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer. Ellos le respondieron: —Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. Él les dijo: —Traédmelos aquí. Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños”.

Se nota así el cumplimiento de los tiempos mesiánicos, tan anhelados por el pueblo judío y por toda la creación. El hecho de alimentar al pueblo en medio del desierto recuerda la acción divina en el paso del Éxodo y las promesas de Isaías (55,1-3): “Así dice el Señor: Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos”

Pero lo más importante de este milagro es que se prefigura la Sagrada Eucaristía. En su oración, San Josemaría se dirigía al Señor con palabras que ahora podemos hacer nuestras (F 304): “Si aquellos hombres, por un trozo de pan —aun cuando el milagro de la multiplicación sea muy grande—, se entusiasman y te aclaman, ¿qué deberemos hacer nosotros por los muchos dones que nos has concedido, y especialmente porque te nos entregas sin reserva en la Eucaristía?” 

Enseña el Catecismo (n. 1416): «La Sagrada Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo acrecienta la unión del comulgante con el Señor, le perdona los pecados veniales y lo preserva de pecados graves. Puesto que los lazos de caridad entre el comulgante y Cristo son reforzados, la recepción de este sacramento fortalece la unidad de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo». 

Nos puede servir para dar gracias a Dios por este don maravilloso, porque cuida de nosotros dándonos el alimento espiritual, porque -como dice el Salmo 144- “abre la mano y nos sacia de favores. Tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente.

En su primera encíclica, (Deus Caritas Est, n. 13) Benedicto XVI explicaba que en la Eucaristía Jesús perpetúa su entrega, su amor a los hombres, comprometiéndonos en su dar la vida: Ya en la Última Cena, “Él anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, su cuerpo y su sangre como nuevo maná (cf. Jn 6, 31-33). Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre -aquello por lo que el hombre vive- era el Logos, la sabiduría eterna, ahora este Logos se ha hecho para nosotros verdadera comida, como amor. La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega”.

Y en la última encíclica de Juan Pablo II (Ecclesia de Eucharistia, n. 25) el Papa Magno abría su alma, mostrándonos una manera de acercarse a Jesús en el Sagrario: “Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el «arte de la oración», ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!”

Una mujer que se convirtió hace pocos años cuenta el papel que tuvo la Eucaristía en su acercamiento a la Iglesia: “La prueba empírica de que algo importante ocurría en la Misa fue el deseo repetido por mi parte de volver a asistir a ella: no era por la liturgia, el sermón o la música -aunque todo era muy bonito- sino por algo más, una presencia que me conducía allí una y otra vez. A veces no volvía, no me interesaba ir a Misa y me olvidaba de ella. Pero después de cada una de esas escapadas reaparecía, cuando sentía el vacío de mi propia soledad. Frente al tabernáculo, donde la hostia consagrada se guarda en la Iglesia, yo captaba que el verdadero amor y el verdadero sentido de la vida estaban allí escondidos de forma misteriosa. Matlary JH. El amor escondido. Belacqua. Barcelona 2002, p. 43

En uno de sus últimos documentos (Mane Nobiscum Domine, n. 30), Juan Pablo II invitaba a la Iglesia a cuidar más del Señor en la Eucaristía: “Vosotros, sacerdotes, que repetís cada día las palabras de la consagración y sois testigos y anunciadores del gran milagro de amor que se realiza en vuestras manos, dejaos interpelar por la gracia de este Año especial, celebrando cada día la Santa Misa con la alegría y el fervor de la primera vez, y haciendo oración frecuentemente ante el Sagrario. Todos vosotros, fieles, descubrid nuevamente el don de la Eucaristía como luz y fuerza para vuestra vida cotidiana en el mundo, en el ejercicio de la respectiva profesión y en las más diversas situaciones. Descubridlo sobre todo para vivir plenamente la belleza y la misión de la familia”.

Terminamos con unas palabras del Papa actual, sobre la Virgen y la Eucaristía: “No se puede contemplar a María sin ser atraídos por Cristo y no se puede mirar a Cristo sin advertir de inmediato la presencia de María. Existe un vínculo inseparable entre la Madre y el Hijo generado en su seno por obra del Espíritu Santo, y este vínculo lo advertimos, de modo misterioso, en el Sacramento de la Eucaristía, tal como lo han puesto de relieve los Padres de la Iglesia y los teólogos. «La carne nacida de María, que viene del Espíritu Santo, es el pan que ha descendido del cielo», afirma san Hilario de Poitiers. (…) El vínculo de la Virgen Santa con su Hijo, Cordero inmolado que quita los pecados del mundo, se extiende a la Iglesia Cuerpo místico de Cristo. María - afirma el Siervo de Dios Juan Pablo II - es «mujer eucarística» con toda su vida por lo que la Iglesia, contemplándola como su modelo «está llamada a imitarla también en su relación con este Misterio santísimo» (EE, n. 53)”