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domingo, julio 10, 2011

Salió el sembrador a sembrar

Uno de los primeros experimentos escolares, que casi todos recordamos, es de biología: la germinación de una semilla. Para la curiosidad del niño es impresionante ese milagro de la vida: ver cómo se producen nuevas plantas a partir de un simple grano. En algún momento del progreso de la humanidad, el ser humano experimentó la misma sensación y dejó de ser nómada al dedicarse a las labores agrícolas.
En el Oriente medio siempre ha sido muy difícil esa labor, por tratarse de una zona desértica y, en algunas partes, pedregosa. Las personas de esas regiones son conscientes del esfuerzo que supone y, por eso, varios de los primeros ritos de las religiones primitivas tienen relación natural con la siembra y la cosecha.
La revelación judía asumió algunos de esos rituales y los elevó en su liturgia. Por ejemplo, el «libro del consuelo» de Isaías (55,10-11), compara la Palabra de Dios con la parábola de una semilla que germina gracias a la lluvia que envía el Señor: Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será la palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo. El salmo 64, llamado «el canto de la primavera», agradece a Dios esas lluvias fecundas que preparan las cosechas. Y la liturgia cristiana da un paso adelante, al aplicar estas palabras a la Encarnación del Hijo de Dios: Ábranse los cielos y llueva de lo alto bienhechor rocío, como riego santo, canta un gozo tradicional de Adviento.
Los Evangelios sinópticos reportan el discurso de las parábolas del Señor. Mateo y Marcos lo enmarcan a la orilla del mar: Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas (Mt 13,1-52). La jornada debía de ser agradable. La barca —probablemente la de Pedro— sirve como púlpito y la playa como auditorio.
Por su parte, en el centro del Evangelio de san Lucas se encuentran el discurso del llano y las parábolas del Reino. La primera de ellas es la del sembrador (Lc 8,4-15), que para los labriegos de aquel paraje debería sonar muy familiar: Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno. Esta parábola es la más representativa de todas, ya que es la única que aparece, narrada y explicada, en los tres Evangelios sinópticos. También es muy rica en significados. Así, por ejemplo, los exégetas disputan sobre cuál sería el título más adecuado, según la interpretación que se quiera resaltar: además del que le hemos dado en este capítulo, también podría ser «la parábola de la semilla», o «de los cuatro terrenos».
La primera pregunta es por el protagonista de la parábola. Las principales interpretaciones, que se remontan a san Jerónimo, enseñan que el sembrador es el Hijo, que siembra la palabra del Padre: «Jesús, como predicador de la palabra, reflexiona sobre su propio ministerio, valorando los resultados de su predicación» (Estrada 1994, p.138. Cf. Oden y Hall, 2000, 1a, p.348).
El segundo interrogante es por la semilla. Nos vienen a la mente las palabras de Jesús el Domingo de Ramos: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto (Jn 12,24). Benedicto XVI también explica que la clave hermenéutica «de todas las parábolas —todo el mensaje sobre el Reino de Dios— se ponen bajo el signo de la cruz, (…) la extrema radicalización del amor incondicional de Dios».
Pero hay otra línea complementaria, y es el papel del cristiano en esa siembra del amor de Dios. San Atanasio comenta que el divino sembrador quiere contar con nosotros para la faena: «El que un día habría de ser grano de trigo por su virtud nutritiva, de momento es un sembrador. Nosotros, los agricultores de la Iglesia, vamos metiendo el azadón de las palabras por los sembrados, para cultivar el campo de modo que dé fruto» (Citado por Comisión MC, 2004, IV, p.683).
San Josemaría añade una exégesis muy sugestiva en este sentido, al explicar que, para compartir esa misión divina, el cristiano ha de íntimamente unido a Dios: «La mano de Cristo nos ha cogido de un trigal: el sembrador aprieta en su mano llagada el puñado de trigo. La sangre de Cristo baña la simiente, la empapa. Luego, el Señor echa al aire ese trigo, para que muriendo, sea vida y, hundiéndose en la tierra, sea capaz de multiplicarse en espigas de oro» (ECP, n.3). El cristiano es invitado a unirse al misterio de la Cruz, a la corredención con Cristo, por la purificación, por la comunión eucarística y el afán de apostolado, para convertirse en «sembrador de paz y de alegría» (Cf. Ibídem, n. 30).
Llegamos así a la tercera interpretación, la de los terrenos, en la cual hay cuatro escenarios: en el primero, la semilla cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se la comieron. Se trata, según explica el Señor más adelante, de los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Se refiere, en primer lugar, a los sacerdotes de su tiempo, sordos para atender el mensaje de Jesús; pero también podemos aplicarla a nosotros, que igualmente debemos entender la palabra del Reino, escucharla con oídos atentos, estudiarla, profundizar en su sentido. Para eso, es oportuno llevar los textos a la oración, estudiar su significado acudiendo al Magisterio de la Iglesia, al Catecismo, al testimonio de los santos y de buenos teólogos, a los medios de formación que la Iglesia nos ofrece.
Otra semilla cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Se refiere el relato a aquellos que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Los débiles e inconstantes, que el Señor señala, son las muchedumbres que lo seguían cuando hacía milagros, pero después lo abandonarían el Viernes Santo. Critica Jesús la reacción sentimental del entusiasmo pasajero, que no tiene raíces. La necesidad de estos fundamentos se nota en el momento de la prueba, de la burla, cuando ser cristiano supone un escándalo para el ambiente en el que nos movemos. Aunque probablemente no moriremos mártires, sí debemos estar dispuestos a dar la cara, a ofrecer el testimonio de nuestra vocación cristiana, a ser fieles, cueste lo que cueste.
La tercera semilla cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Estos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro. Son las personas que no viven de acuerdo con las enseñanzas del Señor: «Parte de la simiente cae en tierra estéril, o entre espinas y abrojos: hay corazones que se cierran a la luz de la fe. Los ideales de paz, de reconciliación, de fraternidad, son aceptados y proclamados, pero —no pocas veces— son desmentidos con los hechos» (ECP, n.150). Señor: te pedimos no cerrarnos a la luz de la fe, que los afanes, riquezas y placeres de la vida no entorpezca la labor divina en nuestras almas.
Llegamos así al último escenario: la cuarta semilla cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno. Se trata de los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia. El Señor garantiza una cosecha abundante. Nosotros queremos ser esa tierra buena, fecunda, preparada para superar las temporadas de sol y de lluvia. Una tierra abonada con la penitencia, con la mortificación, con el amor a la Cruz, que crece en la Santa Misa. Una tierra dócil, fructífera, feraz.
Para meditar qué tipo de tierra somos, de acuerdo con nuestra respuesta de amor a la siembra divina, nos puede servir un texto de J. Echevarría: «En no pocos casos, el defecto de nuestra dejadez radica en la superficialidad: el amor se muestra frívolo, pasajero; como si el corazón fuera uno de esos caminos por donde pasan todos y nadie marca una huella, como la semilla que arroja el sembrador de la parábola. En otros momentos, se levanta un amor demasiado sentimental, poco recio; como si el corazón no supiera en esos casos acoger “las duras y las maduras”; y así, buscando sólo el goce —sin aceptar la contrapartida del dolor y del sacrificio—, brota un amor sin fruto. En otras ocasiones, parece como si el corazón no albergara sino amoríos: ¡tantos y tan distintos y aun opuestos se demuestran los afectos que lo mueven! Se diría, en esos casos, que la persona, como la Magdalena antes de encontrar a Cristo, va tras amores que no la satisfacen, no fomenta un amor de verdad. Y hay también circunstancias —muchas, gracias a Dios—, en las que el corazón se decide a amar hasta el final» (2005, p.71).
Hemos analizado tres significados de la parábola: el sembrador, la semilla y los terrenos. Llegamos al cuarto aspecto, que es la cosecha abundante, señal escatológica de que el Reino de Dios ha llegado y fructificará como resultado del sacrificio de Cristo: «El Reino no llega de manera triunfal ni de una vez por todas, sino que se despliega poco a poco, alternando momentos de éxito y períodos sin demasiados logros. Con todo, se impone la confianza: Dios mismo culminará con una gran cosecha» (Puig, 2004, p.327).
En aquella época, una siembra buena era la que fructificaba el cincuenta. Y Jesús promete hasta el ciento: «Si miramos a nuestro alrededor, a este mundo que amamos porque es hechura divina, advertiremos que se verifica la parábola: la palabra de Jesucristo es fecunda, suscita en muchas almas afanes de entrega y de fidelidad. La vida y el comportamiento de los que sirven a Dios han cambiado la historia, e incluso muchos de los que no conocen al Señor se mueven —sin saberlo quizá— por ideales nacidos del cristianismo» (ECP, n.150).

El papa Francisco aplica la metáfora de la tierra buena a la Virgen María: «En el contexto del Evangelio de Lucas, la mención del corazón noble y generoso, que escucha y guarda la Palabra, es un retrato implícito de la fe de la Virgen María» (2013, n.58). Pidamos a la Virgen Santísima que nuestro amor sea fiel como el suyo; que nos convierta en tierra fecunda que se decide a amar hasta el final «y se traduce en una entrega que intenta corresponder con más de lo que recibe: treinta por uno, sesenta por uno, ciento por uno» (Echevarría, Ídem.).

sábado, julio 12, 2008

La parábola del sembrador

El Evangelio de Mateo presenta la predicación de Jesús en cinco grandes discursos. El tercero de ellos es llamado Discurso de las Parábolas, pues presenta siete en total, acerca del Reino de los Cielos.

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la playa. Y se puso a hablarles muchas cosas con parábolas. 

La jornada debía de ser agradable. La barca –probablemente la de Pedro, como en otra ocasión- sirve como púlpito y la playa como auditorio. La primera parábola es la del sembrador, que para los labriegos de aquel paraje debería de sonar muy familiar: —Salió el sembrador a sembrar… 

Más adelante explicará el sentido alegórico: la semilla es el mensaje del reino, la buena noticia del Evangelio, la doctrina, la palabra. La tierra son los oyentes.

Hay cuatro escenarios: el primero, cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Se trata de todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón. Se refiere, en primer lugar, a los sacerdotes de su tiempo, sordos para atender el mensaje de Jesús; pero también podemos aplicarla a nosotros, que igualmente debemos entender la palabra del Reino, escucharla con oídos atentos, estudiarla, profundizar en su sentido. Para eso, hay que llevar los textos a la oración, estudiar su significado acudiendo al Magisterio, al Catecismo, al testimonio de los santos, de buenos teólogos (éstos se caracterizan por su fidelidad a los anteriores)…

El segundo grupo cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Lo que le sucede a éste es que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae.

Los débiles e inconstantes que el Señor señala son las muchedumbres que lo seguían cuando hacía milagros, pero después lo abandonaron el Viernes Santo. Critica el Señor la reacción sentimental del entusiasmo pasajero, que no tiene raíces. La necesidad de estos fundamentos se nota en el momento de la prueba, de la burla, cuando ser cristiano supone un escándalo para el ambiente en el que nos movemos. Probablemente no moriremos mártires, pero sí tenemos que estar dispuestos a dar la cara, a evitar el tropiezo y la caída.

El tercer grupo cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Éste es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Estas son las personas que no viven de acuerdo con las enseñanzas del Señor. San Pablo se quejaba de que “no todos obedecieron al Evangelio” (Rom 10, 16).

Y escribía San Josemaría que “parte de la simiente cae en tierra estéril, o entre espinas y abrojos: que hay corazones que se cierran a la luz de la fe. Los ideales de paz, de reconciliación, de fraternidad, son aceptados y proclamados, pero —no pocas veces— son desmentidos con los hechos. Algunos hombres se empeñan inútilmente en aherrojar la voz de Dios, impidiendo su difusión con la fuerza bruta o con un arma menos ruidosa, pero quizá más cruel, porque insensibiliza al espíritu: la indiferencia. Pidamos al Señor que nosotros no nos cerremos a la luz de la fe, que las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas no entorpezcan la labor divina en nuestras almas.

San Atanasio comenta que también el divino sembrador quiere contar con nosotros para la faena: “El que un día habría de ser grano de trigo por su virtud nutritiva, de momento es un sembrador. (...) Nosotros, los agricultores de la Iglesia, vamos metiendo el azadón de las palabras por los sembrados, para cultivar el campo de modo que dé fruto”. Vienen a la mente otras palabras del Evangelio de Mateo (9, 38): “Rogad al señor de la mies que envíe obreros a su mies”. Es lo que el Papa hace en las Jornadas Mundiales de la Juventud. 

En esa misma línea, predica San Josemaría: “La escena es actual. El sembrador divino arroja también ahora su semilla. La obra de la salvación sigue cumpliéndose, y el Señor quiere servirse de nosotros: desea que los cristianos abramos a su amor todos los senderos de la tierra; nos invita a que propaguemos el divino mensaje, con la doctrina y con el ejemplo, hasta los últimos rincones del mundo. Nos pide que, siendo ciudadanos de la sociedad eclesial y de la civil, al desempeñar con fidelidad nuestros deberes, cada uno sea otro Cristo, santificando el trabajo profesional y las obligaciones del propio estado”.

Llegamos así al último escenario de la parábola: la cuarta parte cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. Se trata del que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta. El trasfondo de esta parábola es un pasaje de Isaías (55, 1-11): “Como la lluvia y la nieve descienden de los cielos y no vuelven allá, sino que riegan la tierra, la fecundan, la hacen germinar, y dan simiente al sembrador y pan a quien ha de comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero y realizará la misión que le haya confiado. Por eso, algunos exegetas llaman a este relato “la parábola de la esperanza”.

El Señor garantiza una cosecha abundante. En aquella época, una siembra buena era la que fructificaba el cincuenta. Y Jesús promete hasta el ciento. Comenta, por último, San Josemaría: “Si miramos a nuestro alrededor, a este mundo que amamos porque es hechura divina, advertiremos que se verifica la parábola: la palabra de Jesucristo es fecunda, suscita en muchas almas afanes de entrega y de fidelidad. La vida y el comportamiento de los que sirven a Dios han cambiado la historia, e incluso muchos de los que no conocen al Señor se mueven —sin saberlo quizá— por ideales nacidos del cristianismo” (Es Cristo que pasa, 150).

Con la intercesión de la Virgen Santísima, podemos estar seguros de la palabra divina: a pesar de nuestra nesciencia, del poder –limitado- del Maligno, de la inconstancia, del egoísmo, el Espíritu Santo –como lluvia del cielo- nos garantiza que, si queremos y ponemos los medios, ¡la Palabra del reino fructificará en nosotros y a nuestro alrededor!