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domingo, agosto 21, 2016

Tres retos para los jóvenes de hoy

En la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia, el papa Francisco afirmó que «no hay nada más hermoso que contemplar las ganas, la entrega, la pasión y la energía con que muchos jóvenes viven la vida. Esto es hermoso, y, —se preguntó también—: ¿de dónde viene esta belleza?»

Para responder a ese interrogante sobre el origen de la belleza juvenil podemos acudir a las historias de tres personas, protagonistas de sendos relatos legendarios: el primero, un avaro, preocupado por ganar el tesoro definitivo; el segundo, un comisionista rechazado y temeroso; y el tercero, un «vida buena» venido a menos. Son figuras de personas que vemos con mucha frecuencia a nuestro alrededor.

El primero era un personaje notorio: piadoso, recatado, casto, obediente, ordenado, buena pinta y alegre. Tenía mucho dinero, porque controlaba sus egresos, no gastaba mal ni una moneda, era austero y exigente con sus empleados, a los que les pagaba lo mínimo. Las opiniones sobre él eran divididas: para algunos, era un ejemplo de buen financiero. Otras personas, como el tercer personaje de este recuento, lo verían como un bobo, que no disfrutaba sus bienes; los demás lo admirarían por la abundancia de sus medios y su piedad ejemplar; si omitimos su avaricia, casi diríamos que era un modelo para imitar. Desde luego, las opiniones de los pobres y de sus empleados no serían muy elogiosas…

Mientras los dos personajes extremos eran bastante jóvenes, el de la mitad era un poco mayor: ya tenía trabajo estable, una vida consolidada, prestigio, aunque no era bien visto por sus conciudadanos. Administraba una concesión para cobrar impuestos y, por ese motivo, era considerado traidor a su gente. Además, lo acusaban de inflar las facturas para llevarse una comisión mayor. Las autoridades religiosas lo rechazaban, decían que era un pecador público. Igual que el primer personaje, tenía mala reputación entre los pobres; en este caso, porque ostentaba fama de defraudador.

Del tercero, en cambio, ya dijimos que era parrandero, mujeriego, aunque también «pródigo», generoso y derrochador. A su lado siempre había un grupo amplio de amigos dispuestos a todo tipo de excesos festivos. Era la envidia de muchos, que —mientras él disfrutaba— se dedicaban a estudiar, a trabajar, a cumplir el horario de sus casas, y los preceptos morales que les indicaba su religión.

No sabe uno por dónde empezar, o con cuál de ellos identificarse. Preguntémonos a cuál de ellos escogeríamos como amigo, a cuál de los tres tipos de personaje tiende nuestra personalidad: alguno dirá que el primero, por la seguridad económica; otro preferiría al tercero, para que le pague las fiestas... Bromas aparte, después de esta corta presentación inicial, demos un paso adelante.

Comencemos por el primer muchacho, llamémosle «el joven rico». Y descubriremos que, en medio de su vida en apariencia feliz, se sentía insatisfecho. Sobre todo, le preocupaba el futuro. Y no solo por la posibilidad de una quiebra —bastante difícil en su caso, pues manejaba muy bien sus posesiones— sino porque tenía una duda que le taladraba la conciencia desde pequeño: a pesar de que se consideraba un hombre bueno, no estaba seguro de serlo del todo en realidad. En principio, sus actuaciones éticas no tenían reproche: ni en lo que tenía que ver con Dios, ni en relación con los demás. Sin embargo, le inquietaba el interrogante por el juicio final, por la vida eterna: ¿qué obras presentaría el día en que tuviera que dar cuenta de su vida? ¿al final de la existencia, sí valía la pena todo lo que había conseguido? ¿o qué le faltaba aún para alcanzar una vida verdaderamente lograda? En su corazón alentaba «un deseo profundo de eternidad» (Del Portillo, Carta, 011193).

Comentando esta ansia con algún amigo, éste le habría hablado de un maestro muy bueno, muy sabio, que enseñaba con autoridad —con claridad y sencillez al mismo tiempo— sobre las cuestiones más importantes de la vida humana. Le habría indicado que en pocos días pasaría por allí y quedarían en que él le avisaría para visitarlo juntos. Al joven rico se le abrirían las esperanzas de encontrar respuesta para su honda inquietud: ¿qué hay que hacer para heredar la vida eterna? ¿cómo evitar la condenación?

El comisionista, por su parte, era mal visto y rechazado por sus coterráneos… Quizá también a él un colega le habría hablado de un maestro sabio que podría escuchar sus afugias, le contaría que a él no lo había mirado mal a pesar de su profesión, que incluso ponía como ejemplo ese oficio en sus enseñanzas, y que los consejos y la compañía de aquel hombre le habían ayudado a cambiar de vida. Hasta le prometió que le hablaría de él en su próximo encuentro, y se lo recomendaría especialmente, por si decidía ir a conocerle. La nueva alegría de ese antiguo compañero de locuras hizo surgir en su alma el deseo de imitarle, de ser, como él, un hombre serio, apreciado por todos, con los principios claros para obrar en conciencia. Además, daba la casualidad de que, en ese momento, se encontraba por allí, en su tierra.

Sin embargo, junto con la aspiración de escucharlo, surgieron inmediatamente los obstáculos: ¿cómo alcanzaría a verlo, ya que era de muy baja estatura?, ¿podría preguntarle si estaba aún a tiempo de cambiar?, ¿cómo sería su cara, su talante?, ¿sería un modelo hierático, distante, como un gurú de la India o como los sacerdotes hebreos de entonces?, ¿le reprocharía con la mirada, descubriría sus pecados en público para hacerle quedar mal delante de todo el pueblo?, ¿lo reconocería, se dirigiría a él, al menos haría una mirada furtiva, que no lo comprometiera delante de los demás habitantes de aquella tierra?

Para comentar la situación del tercer personaje, hay que tener en cuenta el contexto en el que se movía: poco tiempo antes, empezaron a correr malas noticias en el panorama económico de la ciudad. La historia resume la situación en que «vino por aquella tierra un hambre terrible». Aumentaría la inflación, el desempleo, la especulación, hasta que desaparecerían las existencias de alimentos en los almacenes. Nuestro protagonista, cuyo único trabajo, según vimos al comienzo, era dilapidar su capital, cayó en la cuenta demasiado tarde de su escasez, cuando «empezó él a pasar necesidad».

Los amigos de francachela desaparecieron como por ensalmo, solo quedó alguno que, como gran gesto de generosidad, se ofreció a interceder por él para que obtuviera una fuente de ingresos, aunque fueran mínimos: así fue como consiguió el primer trabajo de su vida. Solo que la situación era tan difícil, que el salario no le alcanzaba casi para nada. Prácticamente estaba en condiciones de mendicidad. Fue entonces cuando recapacitó y pensó en hacer algo que había descartado desde varios años atrás: regresar a su casa y pedir perdón por haber despilfarrado el capital familiar de esa manera.

En medio de su necesidad, cayó en la cuenta de lo que valía el dinero y se dio cuenta de la gran deuda que había adquirido con los suyos. Pero superó a la vergüenza y, movido sobre todo por la necesidad, decidió pedir solo que le dieran un trabajo más digno del que tenía —y con un poco mejor de salario, bastaba con el mismo que le pagaban al resto de los obreros—. Solo que dudaba de la recepción en casa de sus parientes, no sabía cómo reaccionarían en su casa, por tener la cara dura de regresar a pedir favores después del desaliñado que había hecho tiempo atrás…

Las tres historias son imágenes del hombre actual: obsesionado con el dinero («el mundo», en el sentido negativo que describe san Juan), fascinado por el poder (la «concupiscencia de los ojos», de la que habla el mismo evangelista), poseído por el vicio (la «concupiscencia de la carne»). Esas tentaciones son como el anillo de Sauron que, aunque crees poseerlo, es él tu verdadero dueño a no ser que tengas la nobleza de Frodo Bolsón.

El joven rico se creía bueno, quería ser mejor, pero con sus propios medios, con sus capacidades: ni siquiera con sus virtudes, sino con su dinero. Pensaba que el cielo se compraba con oro. El comisionista, creía tenerlo todo, pero nadie lo quería, le remordía la conciencia y estaba muerto del susto. Por último, el pródigo en parrandas se consideraba imperdonable. Le faltaba autoestima. No conocía de verdad a su padre (no sabía qué tan bueno era), ni se conocía a sí mismo (en su soberbia, pensaba que no había nadie tan malo como él).

Los tres personajes buscaron la misma solución: el consejo del sabio. Los más perspicaces ya habrán caído en la cuenta de quién se trataba… y quiénes son los tres protagonistas.  ¿Pero qué encontraron? Veamos las tres escenas:

El joven rico se presentó a la salida de la ciudad, reconoció al Maestro y corrió a arrodillarse delante de él para hacerle la preguntaba que le martillaba desde tanto tiempo atrás: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». La respuesta fue alentadora: bastaba con cumplir los mandamientos. La verdad es que vivir esas exigencias no es del todo fácil, pero ya hemos visto que, si algo tenía este personaje, era una integridad que le permitía responder con convicción: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».

Lo que sucedió más adelante es uno de los pasajes más conmovedores de la historia, a mi humilde entender: aquel Señor, ante el cual uno se ponía de rodillas, que tenía un grupo nutrido de discípulos, que era reconocido por algunos como la máxima autoridad moral en todos los tiempos, «se quedó mirándolo y lo amó». Le dirigió una mirada de cariño que todos entendieron como un amor profundo, una amistad que podía ser eterna. San Juan Pablo II decía a los jóvenes: «Deseo que experimentéis una mirada así». Deseo que experimentéis la verdad de esa mirada de amor (Carta, 31-III-1985). El cariño fue tan intenso, que conllevó un reto: ya que consideraba que vivía tan bien su religión judía, que cumplía tan escrupulosamente hasta el último mandamiento, le ofreció la clave para lograr la perfección humana y sobrenatural: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme».

El comisionista, Zaqueo de nombre, hizo gala de su astucia para lograr lo que se proponía, y venció su pequeña estatura subiéndose a un sicomoro para ver pasar al Maestro. Pero no solo alcanzó ese objetivo, sino que, cuando lo vio venir de frente, descubrió que sus ojos se encontraban en una mirada inefable. Pero además de verlo, escuchó que su voz se dirigía a él, le llamaba por su nombre, y le decía que se diera prisa y que bajara, porque era necesario que ese mismo día se quedara en su casa. Como en el cuento de Tagore, la generosidad del Rey viandante desbordó cualquier previsión: él esperaba una mirada de soslayo y alcanzó un anfitrión de carne y hueso…

El hijo pródigo se dirigió por el camino viejo, tantas veces recorrido, lleno de nostalgia y de remordimiento. Se imaginaba la reprobación general, el reproche por atreverse al regreso, pero era su última carta. Si no funcionaba, regresaría al trabajo de cuidar cerdos, tan repugnante para un judío. Pero dejemos la palabra al autor original de esta parábola: «cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

A la luz de la predicación del papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia, podemos hacer un balance del encuentro de los tres personajes con el sabio al que acudieron:

Al joven rico, el maestro le propuso un reto que nunca se había planteado. Jesucristo le planteó la aventura de dejar huella, de imitar a Dios, de ser un ministro suyo con las obras de misericordia, de abandonar las propias comodidades e ir al encuentro de los demás, siguiendo el ejemplo de los doce Apóstoles y, en mayor proporción de la virgen María, que es la «Madre de la misericordia»: «hemos venido a dejar una huella. Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados. Dios viene a abrir todo aquello que te encierra. Te está invitando a soñar, te quiere hacer ver que el mundo contigo puede ser distinto. Eso sí, si tú no pones lo mejor de ti, el mundo no será distinto. Es un reto».

Zaqueo, el comisionista, encontró un nuevo amigo, con una fidelidad eterna. Al calor de su amistad sincera, tomó la decisión de reponer lo que hubiera escamoteado antes, y le dijo al Maestro: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». Se convirtió en ejemplo de audacia y valentía para vencer todas sus dificultades: la baja estatura, la vergüenza paralizante, y la multitud que murmuraba. Comenta el papa que «el Señor quiere venir a tu casa, vivir tu vida cotidiana: el estudio y los primeros años de trabajo, las amistades y los afectos, los proyectos y los sueños. Cómo le gusta que todo esto se lo llevemos en la oración. Él espera que, entre tantos contactos y chats de cada día, el primer puesto lo ocupe el hilo de oro de la oración. Cuánto desea que su Palabra hable a cada una de tus jornadas, que su Evangelio sea tuyo, y se convierta en tu “navegador” en el camino de la vida».

El pródigo en derroches, descubrió un padre con el que no contaba. Supo que la misericordia es el don más grande y que el Señor, representado por el padre de la parábola, «no se cansa de perdonar: somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón». De él puede decirse que cumplió el tercer reto que plantea Francisco a la juventud de hoy: el desafío de cambiar el mundo, empezando por uno mismo: «El tiempo que hoy estamos viviendo no necesita jóvenes-sofá, sino jóvenes con los guayos puestos. Este tiempo sólo acepta jugadores titulares en la cancha, no hay espacio para suplentes. El mundo de hoy pide que sean protagonistas de la historia porque la vida es linda siempre y cuando queramos vivirla, siempre y cuando queramos dejar una huella. Por eso, amigos, hoy Jesús te invita, te llama a dejar tu huella en la vida, una huella que marque la historia, que marque tu historia y la historia de tantos. Hoy Jesús, que es el camino, te llama a ti, a ti, a ti, a dejar tu huella en la historia. ¿Te animas?».


Pidámosle a la Virgen, modelo de generosidad y de entrega a la voluntad de Dios, que acojamos con magnanimidad la triple propuesta que hemos considerado en la predicación del papa: dejar huella con las obras de misericordia —como en la llamada del joven rico—, convertirnos con audacia y valentía —como Zaqueo—, cambiar el mundo, sabiéndonos hijos de Dios —como el hijo pródigo—.

sábado, marzo 09, 2013

Hijo pródigo y comunión de los santos


Estamos viviendo unos días muy especiales en el catolicismo. Como decía Benedicto XVI en su última audiencia general,  la Iglesia no es una institución humana, pues la guía Jesucristo ―el Buen Pastor―. Hablando de la compañía de tantas personas durante su pontificado, decía el Papa emérito: «Aquí se puede tocar con la mano qué es la Iglesia: no una organización, una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el Cuerpo de Jesucristo, que nos une a todos».  Se nota la realidad de las palabras que pronunciamos cada domingo en el Credo: Creo en la comunión de los santos.

Son días de oración. Este domingo, los cardenales estarán en sus iglesias romanas, invitando a los fieles a orar. Y han agradecido la iniciativa virtual de adopción a cada uno de ellos por parte de los fieles internautas. Porque se trata de una realidad espiritual. Es lo que explica la visión sobrenatural de los santos. Por ejemplo, se cuenta que san Josemaría predicaba en la sede vacante de 1958: «quería hablaros una vez más de la próxima elección del Santo Padre. Conocéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa. Después de Jesús y de María, amamos con todas las veras de nuestra alma al Papa, quienquiera que sea. Por eso, al Pontífice Romano que va a venir, ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda la vida. Rezad, ofreced al Señor hasta vuestros momentos de diversión. Hasta eso ofrecemos a Nuestro Señor por el Papa que viene, como hemos ofrecido la Misa todos estos días, como hemos ofrecido... hasta la respiración» (Echevarría, Carta 1-III-2013).

Unión en la Iglesia, que contrasta con el segundo hijo de la parábola del Evangelio de hoy (Lc 15,1-32). Iba a lo suyo, aunque permanecía en la casa del Padre. Allí seguía durante años, pero desunido de su hermano y desagradecido con su papá. Ese Padre misericordioso nos hace ver la grandeza de lo ordinario, de estar con Él: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo. Somos de la misma familia, convivimos. El hijo mayor no se daba cuenta de que eso era más importante que matar un cabrito para gozar un momento de placer con sus amigos. 

El hijo pródigo, en cambio, descubrió que vale más servir como jornalero que disfrutar de todos los goces mundanos. Y el padre lo acogió como hijo una vez más, lo perdonó al ver su corazón convertido. Le dio de acuerdo con lo que su corazón se había hecho capaz de recibir: la vida nueva de hijo –el traje, el anillo-, la comunión –el banquete-, la acogida en la casa: había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.

De esta parábola se han escrito muchas interpretaciones literarias, filosóficas y teológicas. Pero un criterio exegético que no falla es el litúrgico: las lecturas que la Iglesia escoge para acompañarla. Y este cuarto domingo de Cuaresma es domingo laetare, por tanto nos habla de la alegría de la conversión: Alégrate, Jerusalén, y todos los que la amáis, reuníos. Regocijaos con ella todos los que participabais de su duelo y quedaréis saciados con la abundancia de sus consuelos.

En este día tan especial la primera lectura es de Josué, el sucesor de Moisés. Este libro es “la culminación natural del Pentateuco” (Biblia de Navarra). Su tema central es la toma de posesión y la distribución de la tierra prometida. Pero la liturgia escoge un momento preciso, el capítulo cinco: El pueblo de Dios celebra la Pascua, después de entrar en la tierra prometida: En aquellos días, el Señor dijo a Josué: –Hoy os he despojado del oprobio de Egipto. Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ácimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

La toma de posesión se celebra de modo litúrgico, no marcial. Primero la circuncisión, después la celebración de la pascua. Desaparece el maná, pues ya pueden producir los panes ácimos con los cereales que son frutos de la tierra prometida y del trabajo del hombre.

Este pasaje nos sirve como filtro de lectura del Evangelio de hoy. Quiere decir que la liturgia nos invita a resaltar un momento específico de la parábola, el banquete: el padre les dijo a sus siervos: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». Y se pusieron a celebrarlo.

El Catecismo de la Iglesia (n. 1439) explica que  «el mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza».

El banquete de la misericordia. A los exégetas no les gusta mucho el famoso título de esta parábola, y prefieren denominarla “la parábola de los dos hijos” como hace Benedicto XVI en su libro sobre Jesús de Nazaret― o mejor aún “la parábola del padre misericordioso”. El Beato Juan Pablo II enseña que  «como el padre de la parábola, Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación. Lo que más destaca en la parábola es la acogida festiva y amorosa del padre al hijo que regresa: signo de la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar. En una palabra: la reconciliación es principalmente un don del Padre celestial» (RP, n.6).

Es lo que enseña San Pablo en un texto de la segunda epístola a los corintios, que la liturgia escoge hoy como colofón para el marco de la parábola (2 Co 5,17-21): Si alguno está en Cristo, es una nueva criatura: lo viejo pasó, ya ha llegado lo nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos confirió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo, sin imputarle sus delitos, y puso en nosotros la palabra de reconciliación. Somos, pues, embajadores en nombre de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros. En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios. A él, que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en él justicia de Dios.

La iglesia se reúne en el perdón de Dios. Si podemos congregarnos como una familia y acoger al mundo entero en esa comunión no es gracias a nuestros méritos, sino por la justificación que nos alcanzó Jesucristo, la renovación que logró de nuestras vidas y que actúa cada vez que le pedimos perdón, de modo especial cuando nos acercamos a recibir la palabra de reconciliación en el sacramento de la penitencia.

El mismo San Pablo explica que esta purificación es requisito para participar en el banquete de la comunión, en el banquete eucarístico, que es también renovación del sacrificio del Calvario ― A él, que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en él justicia de Dios―.  

Y el Salmo 33 muestra cuál es la causa de esa alegría que hoy festejamos en el Domingo laetare: Gustad y ved qué bueno es el Señor. Engrandeced conmigo al Señor, ensalcemos juntos su nombre. Busqué al Señor y él me escuchó, me libró de todos mis temores. Miradle y brillaréis de gozo, vuestros rostros no se avergonzarán. Cuando el humilde invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de todas sus angustias.

Esta es la verdadera comunión de los santos. No se trata de una artificial camaradería, sino de una conversión personal, de acoger el perdón del Señor ―En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios― para acceder al banquete de la verdadera comunión. Porque así como se comparten los méritos, también influye de modo negativo el pecado de los hijos sobre la familia de la Iglesia y sobre la humanidad entera.

La comunión de los santos en la Iglesia es la comunión de los pecadores, de los hijos pródigos, reconciliados con el Padre y con la Iglesia. Es la comunión de los perdonados. La comunión de los hijos que comparten el mismo cáliz y el mismo pan. La liturgia lo expresa de modo gráfico antes de comulgar, cuando el sacerdote exhorta: Como hijos de Dios, intercambien ahora un signo de comunión fraterna. Antes de comulgar el Cuerpo y la Sangre, comulgamos entre nosotros.

Es lo que explica la distinción que hace el Catecismo (n. 948) entre dos significados estrechamente relacionados con este misterio de la comunión de los santos: “comunión en las cosas santas (sancta)” y “comunión entre las personas santas (sancti)”. La teología contemporánea explica que se trata de que los reconciliados con Dios ―tanto los que están en la tierra, como aquellos que están en el Purgatorio y en el Cielo― comparten los dones del Padre: los sacramentos, la fe, los carismas, la caridad y hasta los bienes terrenos (Cf. Catecismo, nn. 949-953).

Una conclusión práctica, para la lucha diaria es que «Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel» (Camino, 549).  Otra más: «Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo». (Ídemn. 545).

Además, en ese empeño por convertirnos en mejores hijos de tan buen Padre contamos con la intercesión de la Virgen, que nos ayudará también a ser mejores hermanos, con nuestra lucha diaria, de todos los cristianos y de la humanidad entera.

viernes, marzo 12, 2010

Hijo pródigo, alegría y Eucaristía

El cuarto domingo de cuaresma, la Iglesia nos invita a recordar la parábola del Hijo pródigo –o del Padre misericordioso, como también se le llama-. El Catecismo de la Iglesia (n. 1439) hace un recuento breve, fijándose en los puntos claves del relato: 

“El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): (1) la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; (2) la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; (3) la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; (4) la reflexión sobre los bienes perdidos; (5) el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; (6) la acogida generosa del padre; (7) la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión”.

En esta ocasión no nos detendremos en el tema de la conversión, del que ya hablamos al inicio de la cuaresma. Porque resulta que también hoy la Iglesia invita a gozar del domingo “laetare", alégrate, nos dice, en medio del tiempo penitencial. Hoy se permite el uso de instrumentos musicales –lo que está prohibido los demás días de cuaresma- y se puede adornar con flores el altar. “Hoy la liturgia nos invita a alegrarnos porque se acerca la Pascua, el día de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte”, explicaba Benedicto XVI. Y a renglón seguido se preguntaba: “Pero, ¿dónde se encuentra el manantial de la alegría cristiana sino en la Eucaristía, que Cristo nos ha dejado como alimento espiritual, mientras somos peregrinos en esta tierra? La Eucaristía alimenta en los creyentes de todas las épocas la alegría profunda, que está íntimamente relacionada con el amor y la paz, y que tiene su origen en la comunión con Dios y con los hermanos”.

Volviendo al punto del Catecismo que explicaba la parábola del hijo pródigo, vemos la parte final de la escena: “El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza”.

El hijo mayor de la parábola se queja ante su padre porque a él no le había dejado matar un cabrito y en cambio al hijo pecador le mata el ternero cebado. El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano». Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerle. Él replicó a su padre: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado». Pero él respondió: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

Este pasaje suele pasar desapercibido, por la grandeza de la primera parte. Pero es muy interesante: el hijo egoísta, que no entendió la riqueza de estar siempre con su padre (“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”). La exégesis explica que el hijo menor quiso libertad sin obediencia, pero que el mayor vivió la obediencia sin libertad: Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya. 

Juan Pablo II decía que todos los hombres debemos vernos reflejados no solo en el hijo pródigo, sino también en el mayor, que “no ha entendido la bondad del padre. Hasta que este hermano, demasiado seguro de sí mismo y de sus propios méritos, celoso y displicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y no se reconcilie con el padre y con el hermano, el banquete no será aún en plenitud la fiesta del encuentro y del hallazgo. El hombre -todo hombre- es también este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse” (Reconciliación y penitencia, n. 6).

La Eucaristía es ese Banquete de fiesta que el Padre misericordioso dispone para sus hijos que se han reconciliado con Él y con sus hermanos. El Papa explicaba su Exhortación apostólica sobre este don de Dios: “Sacramento de la caridad. Sí, en la Eucaristía Cristo quiso darnos su amor, que lo impulsó a ofrecer en la cruz su vida por nosotros. En la última Cena, al lavar los pies a sus discípulos, Jesús nos dejó el mandamiento del amor: Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros (Jn 13, 34). Pero, como esto sólo es posible permaneciendo unidos a él, como sarmientos a la vid (cf. Jn 15, 1-8), decidió quedarse él mismo entre nosotros en la Eucaristía, para que nosotros pudiéramos permanecer en él. Por tanto, cuando nos alimentamos con fe de su Cuerpo y de su Sangre, su amor pasa a nosotros y nos capacita para dar, también nosotros, la vida por nuestros hermanos (cf. 1Jn 3,16) y no vivir para nosotros mismos. De aquí brota la alegría cristiana, la alegría del amor y de ser amados”.

Pidámosle al Señor que la Eucaristía de este domingo de alegría nos comprometa en la decisión de convertirnos, como el hijo pródigo, y de reconciliarnos también con aquellos hermanos a los que, por causa de nuestra soberbia, no terminamos de comprender. De esta manera, purificado nuestro corazón, podremos ser apóstoles de la misericordia de Dios. Animaremos a nuestros seres queridos –parientes, amigos, compañeros- a experimentar el abrazo paternal de Dios, en el sacramento de la Reconciliación, para que puedan volver al Banquete eucarístico, a vivir con profundidad el misterio pascual en la cada vez más próxima Semana Santa.

Benedicto XVI terminaba su comentario fijándose en la Virgen y en San José: “Mujer eucarística por excelencia es María, obra maestra de la gracia divina: el amor de Dios la hizo inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1,4). Junto a ella, para custodiar al Redentor, Dios puso a san José, cuya solemnidad litúrgica celebraremos pronto. Invoco en particular a este gran santo, mi patrono, para que creyendo, celebrando y viviendo con fe el misterio eucarístico, el pueblo de Dios sea colmado del amor de Cristo y difunda sus frutos de alegría y paz a toda la humanidad”.