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lunes, agosto 06, 2012

La Transfiguración del Señor




Celebramos hoy un misterio de la vida de Cristo, que también conmemoramos todos los segundos domingos de cuaresma: la Transfiguración del Señor. Tanto en oriente como en occidente se celebra el seis de agosto, cuarenta días antes de la fiesta de la Exaltación de la Cruz (catorce de septiembre), aludiendo a una tradición según la cual la Transfiguración ocurrió cuarenta días antes de la crucifixión.

La primera lectura (Dn 7,9-14) presenta la escena del juicio final. Aparece la figura del Hijo del Hombre, cuyo reinado no tendrá fin, y que el mismo Jesucristo se aplicará a Sí mismo: Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas (…). Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin. El Salmo 96 invita a la alegría porque el Señor reina y se manifiesta como Rey: El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.

En la segunda lectura (2P 1,16-19), Pedro se pone como testigo de la divinidad de Jesucristo y esgrime como argumento de autoridad su presencia en el monte Tabor: os hemos dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias». Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo.

Pero vayamos a la narración de la escena evangélica. Leemos en la versión de San Marcos (9,2-10) que seis días después (de la confesión de Pedro), Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto. Vemos, en primer lugar, que Jesús nos enseña una vez más la importancia de la oración. Son muchas las ocasiones en que el Señor, nuevo Moisés, se retira al monte a orar.

Benedicto XVI escribe que “en la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador”. Para estar metidos en Dios en medio del mundo, hemos de cuidar esos momentos de soledad, de ascensión hacia el Señor, que son cada una de nuestras normas de piedad.

Y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. Es la manera ingenua que tiene Marcos de contarnos el suceso que deslumbró a su maestro, Pedro. Benedicto XVI continúa en la línea que veíamos antes, interpretando la transfiguración como “un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo”.

Es el misterio de Cristo, Dios y hombre verdadero, que se descubre a los tres discípulos predilectos. Un himno litúrgico lo expresa de modo poético: “En la cumbre del monte su cuerpo de barro se vistió de soles. En la cumbre del monte, excelso misterio: Cristo, Dios y hombre. En la cumbre del monte a la fe se abrieron nuestros corazones”.

San Josemaría hacía su oración contemplando este misterio: ¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti! (Santo Rosario).

Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús: —Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor. Por los otros evangelios sabemos que Jesús hablaba con sus dos interlocutores sobre su éxodo, su próxima pasión y muerte. También la alusión a la fiesta de las tiendas habla de que Pedro entendió que “el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración -ser luz en virtud del Señor y con El- comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).

Por eso el Catecismo enseña que «por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria” es necesario pasar por la cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías» (CCE 555).

El misterio cristológico que venimos contemplando no es completo si no se considera la pasión, que recordaremos el próximo 14 de septiembre. Por eso, el Beato Juan Pablo II decía en su carta sobre el Rosario que este misterio puede ser considerado “como icono de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo”.

Vamos concretando propósitos. Si antes hablábamos de la vida de oración y del cuidado de las normas de piedad, ahora descubrimos la importancia de huir del escándalo la Cruz del Señor, de tomarla cada día sobre nuestros hombros. A ese fin nos invita el Prefacio de la Misa: Cristo, nuestro Señor, reveló su gloria a unos testigos elegidos, y revistió de resplandor deslumbrante aquel cuerpo, igual al nuestro, para librar los corazones de los discípulos del escándalo de la cruz.

Las mortificaciones ordinarias. El trabajo constante, intenso, a pesar del cansancio o del desaliento. La vida en familia, el esfuerzo por aportar una sonrisa, una acogida amable, o también una corrección fraterna. Y además la generosidad para ofrecer penitencias más especiales, en esas temporadas en las que notamos más especialmente que el Señor nos invita a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra Cruz cotidiana y a seguirle.

Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: —Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle. Una vez más, como en la escena del Bautismo de Jesús, se manifiesta la Trinidad. Pero también se revela la relación que en su liberalidad ha querido establecer con nosotros. Así lo expresa la colecta de la Misa: “Oh Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los profetas, y prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos…”

Hijos suyos muy amados. San Josemaría caracterizó la vivencia de la filiación divina como “un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermanos suyos, hijos de Dios Padre, y de estar siempre en la presencia de Dios; filiación que lleva a vivir vida de fe en la Providencia, y que facilita la entrega serena y alegre a la divina Voluntad”. Vida de fe, de esperanza y de caridad. Virtudes que manifestamos en la oración y en la mortificación generosas, conscientes de que también nosotros somos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, al que hoy contemplamos como Dios y hombre verdadero.

Terminamos nuestra meditación acudiendo a la Santísima Virgen, esperanza nuestra. Es la última enseñanza que podemos sacar de la liturgia de hoy. La parte final del Prefacio manifiesta esa otra finalidad de la transfiguración. Si la primera buscaba librar los corazones de los discípulos del escándalo de la cruz, el segundo objetivo es declarar que en todo el cuerpo de la Iglesia ha de cumplirse lo que ya resplandeció maravillosamente en su cabeza.

Por esa razón haremos en la Colecta de la Misa una súplica que ahora elevamos por la intercesión de nuestra Madre: concédenos, a tus hijos que, escuchando siempre la palabra de tu Hijo Predilecto, seamos un día coherederos de su gloria. Amén.