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lunes, diciembre 08, 2008

Llena de gracia




Celebramos hoy el tercer día de la Novena a la Inmaculada. Como es martes de la primera semana de adviento, la liturgia nos propone un corto pasaje del Evangelio de San Lucas (10, 21-24), que muestra a Jesucristo exultando en el Espíritu: En aquel mismo momento se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: —Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo. Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte: —Bienaventurados los ojos que ven lo que estáis viendo. Pues os aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron; y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.

Los exegetas llaman a este pasaje el «himno de júbilo» del Señor. Jesús manifiesta su alegría porque los pequeños, sus apóstoles, están correspondiendo. La semilla sembrada por el Señor prendió en los discípulos, que son gente sencilla y humilde. El Catecismo de la Iglesia (n. 2603) se fija en el modo de orar del Señor: “Su conmovedor “¡Sí, Padre!” expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer del Padre, que fue un eco del “Fiat” de su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al “misterio de la voluntad” del Padre (Ef 1,9)”.

Jesús se adhiere al querer divino y se goza en que sus discípulos aprendan a vivir así. Y el Fiat de María es el mejor modelo de este tipo de respuesta santa al querer de Dios. Porque María es la primera de esos pequeños, pobres, humildes que hacen exultar el corazón de Jesús. No se trata de exageraciones piadosas, sino de profundizaciones en la Sagrada Escritura. En el primer capítulo de Lucas encontramos el saludo del Ángel, embajador divino, a nuestra Señora: Jaire, kejaritomene! Le dice, según el original griego, que solemos traducir no del todo bien como “Dios te salve, llena de gracia”. En realidad sería “Alégrate, gratificada”, aunque no suene tan piadoso. 

Los teólogos (cf. De la Potterie) explican que ese saludo muestra la perfecta santidad de María. La raíz del verbo expresa un cambio operado por la gracia: en María, la gracia ya obró un cambio: María fue transformada por la gracia de Dios: por medio de su gracia, Dios la hizo grata a Sí, la hizo “santa y sin mancha”, como dice San Pablo en el otro lugar del Nuevo Testamento en que aparece este verbo (Ef 1, 6: para alabanza y gloria de su gracia, con la cual nos hizo gratos en el Amado). 

Sigue diciendo Pablo en la carta a los Efesios: nos hizo gratos en el Amado, en quien, mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados. María fue santificada por la gracia de Dios en vista de la tarea que le esperaba: ser la Madre de Dios, permaneciendo virgen. 

Dice el mismo De la Potterie que éste es el mejor y más sólido fundamento del dogma de la Inmaculada Concepción (no la prueba): la gracia preservó a María de todo pecado y de toda consecuencia de pecado (así es como se entiende la gracia en la Biblia. María fue totalmente transformada por la gracia. Dios la preservó del pecado, la purificó y la santificó como preparación para su virginidad y su maternidad. 

Contemplar la santidad de María nos tiene que comprometer a luchar por ser también, nosotros, santos. No es excusa decir que nosotros no somos inmaculados, porque tenemos la gracia necesaria. Esa fue la respuesta del Señor a Pablo cuando le pedía que lo liberara del cuerpo de muerte: “Te basta mi gracia, sé fiel y vencerás”. Ser fieles, luchar para corresponder a la gracia del Señor. Hacer lo que otros no harían.

Cuenta un capítulo del Quijote que el caballero pretendía entrar en la polvareda cuajada de dos copiosísimos ejércitos en batalla. Don Quijote, siempre dispuesto a prestar ayuda al desvalido y menesteroso, se puso del lado de Pentapolín, Rey de los Garamantas, contra el pagano Emperador Alifanfarón, pretendiente de la "fermosa y cristiana" hija de aquél. Sancho, sin embargo, no veía los ejércitos por ninguna parte sino ovejas y carneros que levantaban mucho polvo en el campo; oía sus balidos y nos los "clarines ni ruidos de atambores" que asombraban a su señor. Después del desaguisado -porque Don Quijote no da su brazo a torcer-, sin muelas, habla el caballero: -Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que él. La moraleja es que hay seres humanos -sobre todo, los santos- que se distinguieron porque han realizado muchas más cosas que nosotros. "Que no es un hombre más que otro si no hace más que él". Contando, desde luego, con la gracia de Dios.

La Virgen hizo más que todos. Sobre todo, fue fiel a la gracia en que rechazó el pecado como el mal más horrible que puede haber para un humano. Enseña San Josemaría, en Surco (n. 138): “Hemos de fomentar en nuestras almas un verdadero horror al pecado. ¡Señor —repítelo con corazón contrito—, que no te ofenda más! Pero no te asustes al notar el lastre del pobre cuerpo y de las humanas pasiones: sería tonto e ingenuamente pueril que te enterases ahora de que "eso" existe. Tu miseria no es obstáculo, sino acicate para que te unas más a Dios, para que le busques con constancia, porque El nos purifica”. Unirnos a Dios, buscarlo con constancia, porque Él nos purifica con su gracia, con la misma gracia con que santificó a María y la hizo libre de todo pecado. 

Hace tres años, en la fiesta de la Inmaculada, el Papa Benedicto consideraba la figura de María limpia de todo pecado. Y se planteaba “la sospecha de que una persona que no peca para nada, en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida: la dimensión dramática de ser autónomos; que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por sí mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; (…) En una palabra, pensamos que en el fondo el mal es bueno, que lo necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser (…). Pensamos que pactar un poco con el mal, reservarse un poco de libertad contra Dios, en el fondo está bien, e incluso que es necesario”.

Pero constataba que “al mirar el mundo que nos rodea, podemos ver que no es así, es decir, que el mal envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece. En el día de la Inmaculada debemos aprender más bien esto: el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta”.

Y concluía con unas palabras que nos deben llevar a tomar la decisión de rechazar el pecado –también el pecado venial- como único verdadero mal: ¡Señor —repítelo con corazón contrito—, que no te ofenda más! Y a tomarnos en serio nuestra llamada a imitar la santidad de nuestra Madre, a pesar de lo que diga el ambiente que nos invita a llevar una vida cómoda, pues –como dice el Quijote- no es un hombre más que otro si no hace más que otro: “Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. Lo vemos en María. El hecho de que está totalmente en Dios es la razón por la que está también tan cerca de los hombres. (…) María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo: "Ten la valentía de osar con Dios. Prueba. No tengas miedo de él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás".

miércoles, diciembre 05, 2007

Esposa de Dios Espíritu Santo

Diciembre 4
Estamos ya en el quinto día de la Novena en honor de la Inmaculada Concepción de María y las lecturas de hoy siguen animándonos a preparar la venida del Mesías. En concreto, nos hablan de la estrecha relación del Cristo esperado con el Espíritu Santo. Isaías (11, 1-10) dice que brotará un fruto del tronco de Jesé y que el Espíritu del Señor se posará sobre él. Y san Lucas (10, 21-24) complementa esa lectura con la narración del éxtasis de Jesús: “Se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: —Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños”. Hace unos días leíamos cómo a San Josemaría le conmovían otras palabras de este mismo discurso: “nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo”.

Juan Pablo II escribió sobre el papel de la Virgen en nuestra relación con el Espíritu Santo, que la colma a ella y a los apóstoles “con la plenitud de sus dones, obrando en ellos una profunda transformación con vistas a la difusión de la buena nueva”. En otro momento decía: “de la misma manera que, en la Encarnación, el Espíritu había formado en su seno virginal el cuerpo físico de Cristo, en Pentecostés el mismo Espíritu viene para animar su Cuerpo místico”.

Nos viene a la mente aquel punto de Camino (496): ¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!... —Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole: Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo... ¡Más que tú, sólo Dios!
Hemos meditado los días anteriores que también nosotros debemos profundizar en la relación de hijos del Padre y como hermanos de Jesucristo. Hoy le pedimos a nuestra Madre que nos ayude a ser dóciles a la acción del Espíritu Santo en nuestras almas, respondiendo siempre como ella a las inspiraciones del Paráclito: “Hágase”.

Hubo un momento en la vida de San Josemaría cuando el director espiritual le ayudó a descubrir otro “Mediterráneo” en su vida interior. Precisamente lo animó a tener amistad con la tercera persona de la Santísima Trinidad: “No hable: óigale”, le aconsejó. Y lo que sucedió en el alma del Fundador de la Obra fue lo siguiente: “Desde Leganitos, haciendo oración, una oración mansa y luminosa, consideré que la vida de infancia, al hacerme sentir que soy hijo de Dios, me dio amor al Padre; que, antes, fui por María a Jesús, a quien adoro como amigo, como hermano, como amante suyo que soy... Hasta ahora, sabía que el Espíritu Santo habitaba en mi alma, para santificarla..., pero no cogí esa verdad de su presencia. Han sido precisas las palabras del P. Sánchez: siento el Amor dentro de mí: y quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender... No sabré hacerlo, sin embargo: El me dará fuerzas, El lo hará todo, si yo quiero... ¡que sí quiero! Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa el pobre borrico agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderse, y seguirte y amarte. –Propósito: frecuentar, a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil del Espíritu Santo. Veni Sancte Spiritus!..».

Dos años más tarde, en 1934, compuso una oración, que –según P. Rodríguez- parece la secuencia entre el consejo recibido –«¡óigale!»– y la experiencia sobrenatural –«He oído tu voz». Como el año mariano es un tiempo de conversión, conviene frecuentar mucho al Divino Paráclito, y para eso nos puede servir la oración del Fundador de la Obra: «Ven, ¡oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de Sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras... ».

Madre de Dios y madre nuestra, Esposa de Dios Espíritu Santo: ayúdanos a recorrer este camino, a dejar obrar a tu esposo en nuestra alma, para que podamos seguir de cerca de tu Hijo. Ayúdanos a hacer nuestras las tres actitudes que ayudan a tener más familiaridad con el Paráclito: docilidad, vida de oración, unión con la Cruz. (Cf. Es Cristo que pasa, 135)

Por ejemplo, uno de los Cardenales que eligió a Benedicto XVI describía así los días del Cónclave: “Para mí, fueron un continuo recurrir al Espíritu Santo, a quien tengo gran devoción. Me pude recoger más en casa, para rezar mucho y encomendarme a la Virgen, la esposa del Espíritu Santo. (...) La emoción que se siente en la Capilla Sixtina llevando el voto en alto hacia el altar donde se halla la urna, bajo el Juicio Final de Miguel Ángel, es indescriptible. Entonces se pronuncia el juramento solemne de elegir en conciencia al que parece más digno para ser el sucesor del Apóstol Pedro como Pastor de la Iglesia universal. La responsabilidad es muy grande. Yo es la cosa más seria que he podido hacer en mi vida. Había un silencio en la Capilla Sixtina enorme, un gran espíritu de oración y recogimiento. Yo cogí la costumbre de ir encomendando al Espíritu Santo a los que iban pasando en fila delante para votar, porque pensaba que ellos también me encomendaban a mí”. (Julián Herranz, ABC, 24-IV-05)

Ojalá nosotros también, siguiendo estos ejemplos, de la mano de María nos animemos a escuchar en el fondo de nuestra alma al Espíritu Santo (No hable: óigale”) y a corresponder a sus inspiraciones con mucha docilidad, vida de oración y unión con la Cruz de Cristo.