Mostrando las entradas con la etiqueta aprovechamiento del tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta aprovechamiento del tiempo. Mostrar todas las entradas

sábado, noviembre 12, 2011

Parábola de los talentos

Después de las discusiones con las autoridades en el Templo, Mateo nos presenta a Jesús enseñando a sus discípulos sobre el fin del mundo, ya fuera del edificio sagrado. La primera parte de ese discurso es sobre el cuándo de ese evento final y la conclusión se refiere al cómo estar preparados adecuadamente para cuando llegue ese momento.
A esta segunda mitad del discurso pertenece la parábola de las vírgenes necias, que se contempla en el 32º domingo y la parábola de los talentos, que se proclama el domingo siguiente (Mt 25,14-30): “Es como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad; y se marchó”.
El talento es una medida, no propiamente económica sino de cambio. Y no es una medida pequeña: equivale a  unos 6.000 denarios (salarios de un día). Haciendo una rápida conversión, podría decir –en términos del salario mínimo colombiano- que sería algo así como 50.000 dólares. O sea que, cuando leemos que un señor entregó a su servidor un talento, no terminamos de darnos cuenta de la responsabilidad tan grande que se le estaba asignando a aquel encargado.
Esas cifras ayudan a entender que el Señor entrega a cada siervo sus bienes, de acuerdo con su capacidad: algunos moriríamos del susto de solo pensar que nos entregaran, ya no 50.000 dólares sino ¡250.000! para que los administrásemos.
Comencemos nuestra oración dando gracias a Dios por su confianza en nosotros, por habernos “entregado” esos talentos naturales para hacerlos fructificar. Pensemos en cuáles son esos dones en nuestro caso concreto: de inteligencia, de carácter, deportivos, familiares, alguno agradecerá por cantar bonito, otro porque escribe hermosas poesías, pero todos tenemos que ser realistas y darnos cuenta de que el Señor nos ha entregado talentos: quizá no muchísimos –o quizá sí-, pero tenemos que ser agradecidos por lo que nos han regalado.
No es soberbia reconocer nuestros talentos: forma parte de una sana autoestima, saber que somos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, templos del Espíritu Santo, y que somos buenos para algo. Sobre todo, porque nos hace responsables de hacer rendir esos dones al servicio de los demás.
2. Es lo que hacen los dos primeros siervos: “El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos”.
Nos lleva a pensar en nuestra oración: ¿qué he hecho yo con esos dones que agradecimos hace un momento? El inteligente habrá estudiado y sacado buenas notas, habrá leído y escrito en abundancia, habrá enseñado a muchas personas; el de buen genio habrá servido de puente para restablecer amistades, habrá hecho reír a sus compañeros, habrá consolado a personas atribuladas; el deportista habrá entrenado con disciplina; todos habremos aportado a mejorar el ambiente familiar; el que canta o el poeta habrá grabado un CD –hoy que es tan fácil hacerlo- y publicado sus composiciones, al menos en un blog. Eso es “negociar” con los talentos. Y por ahí puede ir el segundo propósito, después de dar gracias a Dios por los talentos: comprometerse en dar fruto, en aprovechar el tiempo para sacar jugo a nuestros dones naturales.
Sin embargo, en la parábola hay otro personaje que sirve de contrapunto: el que recibió menor responsabilidad: “el que había recibido uno fue, hizo un agujero en la tierra y escondió el dinero de su señor”. Con esta actitud, quedaba liberado de cualquier responsabilidad jurídica, según el derecho de la época. No quiso arriesgar nada. Tuvo miedo de negociar. Pero lo peor es que no entendió la actitud de su señor. Los otros dos entendieron que se trataba de un gesto de confianza, de tratarlos como hijos maduros, de hacerlos parte de la propia familia. Agradecieron el gesto y correspondieron con igual generosidad, cada uno según sus capacidades.
El tercero, en cambio, no era un simple vago y perezoso. Era un malpensado y su única justificación es la siguiente: “Señor, sé q­­­ue eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo”. Llama la atención que critique la dureza y la avaricia de un señor que ha entregado su fortuna en manos de unos siervos. Éste es su principal pecado: no solo es retraído, sino que esconde su acidia en la supuesta dureza del Señor.
San Josemaría escogió esta parábola como tema de predicación el día de su cumpleaños. Y decía: “El que ama a Dios, no sólo entrega lo que tiene, lo que es, al servicio de Cristo: se da él mismo. No ve -con mirada rastrera- su yo en la salud, en el nombre, en la carrera” (Amigos de Dios, 46).
Pidamos a Dios en este rato de oración que nosotros no seamos como ese siervo. Ayúdanos, Señor, a combatir esa pereza del alma que nos hace incumplir nuestras obligaciones, esconder el don de tu gracia en la tierra de nuestra concupiscencia, de nuestra comodidad, de nuestra cobardía. Que perdamos el miedo a luchar para corresponder a tu magnificencia con el esfuerzo por tomar esa mano que nos brindas.
3. La parábola concluye hablando de un tema muy propicio para este final del año ordinario: el día del juicio, que es el objetivo de fondo del relato: “Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos”. A los que hicieron rendir sus talentos, les recompensó con más: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor». Así esperamos que nos recompense a nosotros, cuando nos llegue el momento final. Que el Señor use con nosotros esa “fórmula de canonización” tan esperanzadora: “entra en la alegría de tu señor”.
En cambio, al siervo haragán, la respuesta es condenatoria, como puede ser la nuestra si no nos decidimos a cambiar, a convertirnos para preparar la Navidad: «Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y que recojo donde no he esparcido; por eso mismo debías haber dado tu dinero a los banqueros, y así, al venir yo, hubiera recibido lo mío con los intereses. Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene los diez. Porque a todo el que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. En cuanto al siervo inútil, arrojadlo a las tinieblas de afuera: allí habrá llanto y rechinar de dientes».
Podemos concluir con otra consideración de la homilía antes citada: “¿Tu vida para ti? Tu vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: y saborearás la alegría de que, en este negocio sobrenatural, no importa que el resultado no sea en la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto. Dios nos concede quizá un año más para servirle. No pienses en cinco, ni en dos. Fíjate sólo en éste: en uno, en el que hemos comenzado: ¡a entregarlo, a no enterrarlo! Esta ha de ser nuestra determinación” (Ib. 47).

miércoles, septiembre 17, 2008

Dios compasivo y misericordioso


En el discurso eclesiástico del Evangelio de Mateo hay una parábola (20,1-16) que intenta retratar la misericordia divina y mostrar el contraste con la actitud humana. 

Jesús enseña de otro modo lo mismo que hizo unos versículos antes, al hablar del perdón: que sus planes no son nuestros planes, como enseñaba Isaías (55,6-9): "vuestros caminos no son mis caminos. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes". Los autores espirituales hablan de la "lógica divina", que a veces es tan distinta a nuestra lógica humana.
El tono de la parábola es muy diciente: «El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. 

El denario, una moneda de 3,8 gr de plata, llevaba inscrita la imagen del Emperador y correspondía al salario de un día. Los Padres de la Iglesia enseñan que esa viña es nuestra vida, en la que debemos trabajar para cosechar virtudes como la mansedumbre, la castidad, la paciencia, la generosidad, etc. Podemos comenzar nuestra oración haciendo un poco de examen: ¿cómo hemos cultivado con virtudes la viña de nuestra propia vida?
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido". Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo-. 

En este punto, podemos ver una llamada al apostolado. Cuántos vecinos, parientes, amigos, se tomarían más en serio su vida cristiana o ayudarían a muchas personas a mejorar, si nosotros salimos de nuestra modorra y nos sentimos llamados por el Señor a contratar obreros para su viña.
 

Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?" Le respondieron: "Nadie nos ha contratado". Él les dijo: "Id también vosotros a mi viña."
En la frase del propietario podemos ver otro motivo de examen, esta vez para mirar cómo aprovechamos el tiempo: "No nos debe sobrar el tiempo, ni un segundo: y no exagero. Trabajo hay; el mundo es grande y son millones las almas que no han oído aún con claridad la doctrina de Cristo. Me dirijo a cada uno de vosotros. Si te sobra tiempo, recapacita un poco: es muy posible que vivas metido en la tibieza; o que, sobrenaturalmente hablando, seas un tullido. No te mueves, estás parado, estéril, sin desarrollar todo el bien que deberías comunicar a los que se encuentran a tu lado, en tu ambiente, en tu trabajo, en tu familia" (San Josemaría, Amigos de Dios, 42).

Tal vez podemos revisar el horario, el aprovechamiento de las horas de estudio o de trabajo, cómo hacemos rendir el tiempo libre en actividades productivas o serviciales: estudiar un idioma, repasar una materia, visitar algún enfermo... 
La parábola continúa, en la línea que veíamos al comienzo:"Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: "Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros." Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno." 

El tema original de la parábola es la misericordia de Dios, que ha tenido compasión de los paganos: estos llegaron a última hora al conocimiento de Dios y han recibido la misma salvación que los judíos, que habían sido llamados siglos antes. Pero también se trata de fijarse en la actitud bondadosa de Dios con todas sus criaturas, pues quiere que todos los hombres se salven y conozcan la verdad (Cf. 1 Tim 2,4).


Él replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos».
Los planes de Dios no son como nuestros planes. El Señor da su gracia con generosidad, independientemente de los méritos que creemos merecer. Dios es misericordioso y tenemos que aprender a tener esa misma medida. El Papa Benedicto XVI lo explicaba en la fiesta de la Santísima Trinidad (17-V-2008): "Hay un pasaje del libro del Éxodo en el que —algo del todo excepcional— Dios proclama incluso su propio nombre: "Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en gracia y fidelidad" (Ex 34,6). Son palabras humanas, pero sugeridas y casi pronuncias por el Espíritu Santo. Nos dicen la verdad sobre Dios: Este nombre es Misericordia, Gracia, Fidelidad.
Para esta obra de su misericordia, Dios, disponiéndose a tomar nuestra carne, quiso necesitar un "sí" humano, el "sí" de una mujer que se convirtiera en la Madre de su Verbo encarnado, Jesús, el Rostro humano de la Misericordia divina. Así, María llegó a ser, y es para siempre, la "Madre de la Misericordia".
A ella acudimos para que también nosotros seamos misericordiosos, entremos en la misma longitud de onda del Señor e imitemos en nuestra lógica humana la lógica divina. En pocas palabras, para que nuestros planes sean como los suyos.