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Jesús camina sobre las aguas

En el capítulo 14 del evangelio de Mateo se narra cómo, después de la muerte de Juan el Bautista, Jesús trató de apartarse en un lugar desierto. Sin embargo, la gente se dio cuenta y una gran multitud le siguió hasta forzar el corazón de Jesús a realizar la primera multiplicación de los panes (cf. Mt 14,22-33).
Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. El Maestro nos da ejemplo de priorizar la oración, la vida interior, el trato con su Padre. Es fácil imaginarse que, en aquella noche, Jesús pediría por sus discípulos, encomendaría los frutos de la lección que tenía previsto darles poco más tarde. Pero en su diálogo con el Padre no solo estarían los Doce, sino también todos aquellos que escucharían esas enseñanzas a lo largo de la historia, como tú y yo. El Señor nos da ejemplo de cómo ha de ser nuestra vida de apóstoles, fund…
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Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón

Una manera de analizar la estructura del Evangelio de Mateo es centrándolo en la confesión de san Pedro en el capítulo 16, que ocurre Cesarea de Filipo. Antes de esa escena, Jesús predica sobre todo a las muchedumbres de Galilea. A partir de ese momento, se detiene en la formación de sus discípulos.
Consideremos ahora un pasaje de la primera sección: después del “discurso de la montaña” y de algunos milagros que confirmaban la validez de su enseñanza, el segundo sermón del Maestro es el “discurso misionero”, con el cual Jesús instruía a los Apóstoles para su labor evangelizadora. A continuación, el evangelista presenta dos reacciones distintas ante la enseñanza divina: de una parte, la incredulidad de algunos y, por otro lado, la aceptación de personas como san Juan Bautista y los sencillos de corazón.
El capítulo 11 (25-30) concluye con una acción de gracias del Señor, que los exégetas consideran una joya del Evangelio, una hermosa oración que Jesús dirige al Padre: “Te doy gracias, Pa…

San Josemaría: santidad, sacerdocio, servicio.

El catecismo de la Iglesia, al comentar el credo, explica la comunión de los santos. Glosando el concilio Vaticano II, enseña que hay tres estados en la Iglesia: unos fieles peregrinamos en la tierra, otros se purifican en el purgatorio, mientras los terceros están glorificados, contemplando a Dios (Cf. n. 954).

Más adelante, el catecismo expone la doctrina de la intercesión de los santos: “por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad… no dejan de interceder por nosotros ante el Padre.  Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad” (n. 956).

Con ese telón de fondo sobre el sentido del culto a los santos en la Iglesia, comenzamos nuestra meditación con ocasión de un nuevo aniversario del nacimiento para el cielo de san Josemaría. El himno de la Liturgia de las horas lo describe con amor filial: “Josemaría fue maestro, rector, padre nutricio, / guía, docto pastor y sacerdote, / a quien…

La promesa del Espíritu Santo

Continuamos contemplando la última cena y, en concreto, el discurso de la despedida. Este sermón suele dividirse en tres partes: la primera, sobre la partida y el regreso de Jesús; la segunda, sobre Cristo y la vida de la Iglesia; y, por último, la oración sacerdotal. Consideramos en esta meditación un fragmento de la segunda parte, que la Iglesia selecciona para la liturgia del sexto domingo de Pascua (Jn 14, 15-21). Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Jesús pide un amor coherente, un amor que no se quede en meras palabras, sino que se manifieste en obras. Es importante insistir en que obedecerle no es un peso, sino el camino para ser felices. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros. Jesús promete que enviará al Espíritu Santo como premio por esa fidelidad, pero, sobre todo, como medio para garantizar el cumplimiento de su voluntad. Otro Paráclito, otro Abogado, otro Consolador, además del mismo Jesús, que estará siempre con nosotros para …

Navidad y Cruz

El misterio de la Navidad, con la explosión de alegría y de paz que le caracteriza, tiene un aspecto que es poco mencionado: el dolor que porta desde el primer momento. Jesucristo se encarna en unas coordenadas históricas concretas, y esa realidad histórica también incluía que, como fruto amargo del pecado original, el ser humano experimentara el dolor y el sufrimiento sin mayor sentido que el de la necesaria, pero insuficiente, reparación a Dios por los pecados de todos los tiempos. Sin embargo, Jesús, el Salvador —ese es el significado de su nombre—, vino precisamente para liberarnos de esas cadenas del pecado, para justificar nuestras culpas y para asociarnos a su redención. Por eso vemos que toda su existencia, también la infancia y la vida oculta, está marcada con la señal de la Cruz, a la que están siempre unidos los que le están cercanos. Ya en los prolegómenos de su venida, cuando el Ángel Gabriel le anuncia a Zacarías la concepción de su hijo, que será el precursor del Mesías, l…

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra.

El nacimiento de Jesucristo es, como su resurrección, una solemnidad que la Iglesia festeja con todo boato. Una de las manifestaciones de la grandeza de la celebración es que no se limita a un día, sino a toda la semana. Otra muestra de la importancia es cómo concluye esa Octava: en Pascua, con el domingo de la Divina Misericordia; en Navidad, con la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. La maternidad divina de María es, según los teólogos, “el tema central de toda la mariología”; y se debe entender en sentido propio, es decir: “en cuanto madre de un Hijo que, desde el primer momento de su concepción, es ya Dios” (Cf. Ponce). Los Padres de la Iglesia enseñan que esa maternidad es verdadera, virginal y divina. Resaltando esta verdad, la Iglesia primitiva defendía la humanidad de Jesús contra los gnósticos y sus seguidores los docetas, según los cuales Dios no se había encarnado: o porque Jesús no era Dios, o porque no era hijo de María. Por esa razón, el concilio de Nicea (325) procl…