lunes, enero 09, 2017

Navidad y Cruz

El misterio de la Navidad, con la explosión de alegría y de paz que le caracteriza, tiene un aspecto que es poco mencionado: el dolor que porta desde el primer momento.
Jesucristo se encarna en unas coordenadas históricas concretas, y esa realidad histórica también incluía que, como fruto amargo del pecado original, el ser humano experimentara el dolor y el sufrimiento sin mayor sentido que el de la necesaria, pero insuficiente, reparación a Dios por los pecados de todos los tiempos.
Sin embargo, Jesús, el Salvador —ese es el significado de su nombre—, vino precisamente para liberarnos de esas cadenas del pecado, para justificar nuestras culpas y para asociarnos a su redención. Por eso vemos que toda su existencia, también la infancia y la vida oculta, está marcada con la señal de la Cruz, a la que están siempre unidos los que le están cercanos.
Ya en los prolegómenos de su venida, cuando el Ángel Gabriel le anuncia a Zacarías la concepción de su hijo, que será el precursor del Mesías, la falta de fe del anciano sacerdote le ocasiona quedarse mudo hasta el nacimiento de su hijo.
Para María de Nazaret tampoco fue sencilla, ni exenta de contradicciones, la decisión de permanecer virgen al ver que Dios la llamaba por ese camino, pues quedaba expuesta a las burlas de sus coterráneas por no ser capaz de engendrar al Mesías.
Al recibir el mensaje del Ángel en la Anunciación, experimentó otro dolor: la posibilidad de perder el apoyo de José. Ese silencio prudente, de guardar para sí el misterio de la Encarnación del Verbo en su vientre, nos habla de otra dimensión del espíritu de penitencia: la mortificación interior, la lucha por controlar la imaginación, la memoria, la curiosidad:
«Si la imaginación bulle alrededor de ti mismo, crea situaciones ilusorias, composiciones de lugar que, de ordinario, no encajan con tu camino, te distraen tontamente, te enfrían, y te apartan de la presencia de Dios. —Vanidad.
Si la imaginación revuelve sobre los demás, fácilmente caes en el defecto de juzgar —cuando no tienes esa misión—, e interpretas de modo rastrero y poco objetivo su comportamiento. —Juicios temerarios.
Si la imaginación revolotea sobre tus propios talentos y modos de decir, o sobre el clima de admiración que despiertas en los demás, te expones a perder la rectitud de intención, y a dar pábulo a la soberbia.
Generalmente, soltar la imaginación supone una pérdida de tiempo, pero, además, cuando no se la domina, abre paso a un filón de tentaciones voluntarias.
—¡No abandones ningún día la mortificación interior!» (S, n. 135).
Inmediatamente después de la Anunciación, María subió a visitar a la prima Isabel, con un viaje sacrificado, al que siguieron las contradicciones propias del trabajo doméstico en una casa ajena, al servicio de dos personas ancianas: la prima embarazada y el esposo mudo.
Sin embargo, la actitud de María no es de queja por el destino que el Señor le ha marcado. Al contrario, descubre en aquellas tribulaciones el amor de Dios, y por eso reacciona siempre con alegría, con una sonrisa que se explaya en el canto del Magnificat: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Las contradicciones, bien llevadas, con amor de Dios, deben manifestarse en el rostro alegre: «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con Él y de tenerlo» (S, n. 95).
Como esa Cruz va cayendo sobre los seres más amados, el patriarca san José también la recibió. Entre sus famosos «dolores y gozos», destaca el dolor de dejar a María, de apartarse —en su humildad— ante el misterio de la concepción virginal, del cual se consideraba indigno de participar. Después de la confirmación de su papel como padre putativo de Jesús por parte del Ángel (le pondrás por nombre Jesús) llegó un nuevo viaje, el ascenso a Belén para cumplir humildemente con los caprichos del emperador extranjero, el censo.
La estrella de Belén y el coro de la legión angelical, que acompañaron el Nacimiento de Jesús, no lograron opacar o esconder la pobreza y humildad, el sacrificio del Verbo eterno, ya no solo al abajarse al nivel del ser humano, sino al nacer como el más pobre de los pobres, entre los animales. Se cumplen desde el primer momento las palabras de san Efrén el sirio: «la divinidad se escondió bajo la humanidad para poder llegar hasta la muerte» (Sermo de Domini Nativitate).
Uno podría pensar que la visita de los magos, con el oro que portaban como ofrenda al verdadero Rey y Dios, sería una nota de alegría en medio de un panorama tan oscuro. La verdad es que, cuando se tiene vida sobrenatural, el dolor forma parte del gozo, como las sombras resaltan la luz en una pintura o los silencios fortalecen las grandes sinfonías: la alegría tiene sus raíces en forma de Cruz (Cf. ECP, n. 43; F, n. 28). Además, en medio de las dificultades, María y José eran conscientes de que estaban cumpliendo la voluntad del Padre, ¡qué mejor motivo de alegría! Y tenían como bálsamo nada menos que el amor de Jesús.
Don Julián Herranz (2011, p. 157) cuenta una anécdota que ilustra esta verdad: un día, mientras predicaba, san Josemaría lo interrumpió de modo extraordinario, pues casi nunca lo hacía, porque había dicho reiteradamente la palabra «tribulaciones”: «Tribulaciones, tribulaciones… No, hijo mío. Esa palabra no me gusta: con frecuencia sirve para disimular la falta de Amor». No dijo más. El futuro cardenal Herranz terminó la meditación en un tono menos sombrío, y al salir del oratorio, san Josemaría le pidió disculpas con una sonrisa por haberle interrumpido, y le explicó: «Es que las almas poco generosas consideran tribulaciones lo que en realidad es una bendición divina, porque el Señor bendice con la Cruz».
Volviendo a la Epifanía, vemos que, junto con el oro —que serviría poco después para paliar las dificultades del traslado e instalación en Egipto—, los magos también portaron incienso, como signo de admiración al Dios hecho Niño, sumo sacerdote, pero además llevaron mirra, «que profetizaba su muerte y sepultura» (LH). Acerca de este presente, san Josemaría explicaba que la mirra es la mortificación, amar la Cruz, saberse fastidiar gustosamente por Cristo, aunque cueste y porque cuesta:
«esa mortificación no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los busquemos —contrariedades, dificultades, sinsabores—, a lo largo de cada día» (ECP, n. 37).
Es lo que vemos en la vida cotidiana de la sagrada Familia. Como si los problemas que hemos visto hasta ahora fueran pocos, más adelante tuvieron que partir hacia Egipto, huyendo del peligro certero de muerte a causa de la soberbia asesina de Herodes. Parece como si, con el martirio de los inocentes, el diablo quisiera vengarse, al intuir que la redención se estaba empezando a actuar en el mundo. La respuesta de José es otra materialización de la cruz: la obediencia, que es «la humildad de la voluntad, que se sujeta al querer ajeno, por Dios» (S, n. 259).
La existencia de la Sagrada Familia fue una vida de desplazados, de inmigrantes. Y cuando lograron estar instalados, después de unos años viviendo en África, llegó el momento de regresar a casa, para recomenzar de nuevo. Si sufrimos solo con imaginarlo, ¡cómo habría sido de duro el vivirlo!: Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Aunque cueste, da tranquilidad saber que se cumple la voluntad de Dios. Pero andar por esa vía no quiere decir que se encuentre libre de obstáculos. Casi podríamos decir que sucede al contrario: "Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret". En esas circunstancias, sería fácil reaccionar de mala manera, preguntándose qué sentido tendría tanta contradicción. Pues resulta que lo tiene, aunque a veces no nos enteremos a las primeras de cambio. Fue lo que sucedió en este caso: "Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno".
En Nazaret vivirían el martirio de la vida ordinaria, materializado ya no en las grandes vicisitudes que hemos contemplado, sino en la lucha diaria por crecer en virtudes: el ejemplo, el servicio, el trabajo, la oración, el amor mutuo. Y por esa razón, la Sagrada Familia es el mejor modelo para tomar la Cruz de cada día en nuestra vida ordinaria:
«no seremos santos, si no nos unimos a Cristo en la Cruz: no hay santidad sin Cruz, sin mortificación. Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia en acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia» (San Josemaría, Carta 24-III-1930, n. 15. Citado por Berglar, P. [1987]. Opus Dei. Madrid: Rialp, p. 100).
En medio de ese martirio ordinario, hubo un evento que marcó la historia de la Sagrada Familia; tanto, que la lglesia lo toma como uno de los misterios gozosos del Rosario: la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo, a los doce años. ¡Cuánto habrán padecido María y José!, no echándose mutuamente la culpa de la pérdida, sino haciéndose responsables personalmente, y sufriendo por el dolor de los otros dos: del cónyuge y del hijo. San Juan Pablo II, meditando sobre esta escena, dice que la Virgen no riñó a Jesús, sino que lo observó con «mirada interrogadora». El misterio de la Cruz sigue aleteando sobre la historia de ese hogar: «La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, “no comprendieron” sus palabras (Lc 2, 50)» (RVM, n. 20).
Más adelante vendría la muerte de José, el cambio de circunstancias familiares. Una nueva dificultad para el proyecto evangelizador que Jesús habría previsto, una nueva ocasión de crecer en gracia y sabiduría, en identificación con la voluntad del Padre.
Y para no seguir en esta meditación hasta el holocausto perfecto que fue el sacrificio en la Cruz —tema que consideramos con profundidad en Semana Santa—, podemos quedarnos en el bautismo de Jesús, que es la fiesta con la cual la Iglesia concluye el periodo navideño. Las representaciones orientales de este misterio de la vida de Cristo dibujan a Jesús, al descender al Jordán, como si se acostara en un ataúd. De esa manera significan la dimensión sacrificial del bautismo.
Benedicto XVI explicaba el sentido profundo de este pasaje de la vida de Cristo, que «se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo. Obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su “bautismo”. En efecto, al morir se “sumergió” en el amor del Padre y derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna» (Ángelus, 13-01-2008).

En muchos de estos pasajes, los evangelistas concluyen diciendo que María conservaba todas estas cosas en su corazón. Acudamos a Ella, para terminar este rato de meditación: «Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia» (ECP, n. 174).

sábado, diciembre 31, 2016

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra.

El nacimiento de Jesucristo es, como su resurrección, una solemnidad que la Iglesia festeja con todo boato. Una de las manifestaciones de la grandeza de la celebración es que no se limita a un día, sino a toda la semana. Otra muestra de la importancia es cómo concluye esa Octava: en Pascua, con el domingo de la Divina Misericordia; en Navidad, con la solemnidad de Santa María, Madre de Dios.
La maternidad divina de María es, según los teólogos, “el tema central de toda la mariología”; y se debe entender en sentido propio, es decir: “en cuanto madre de un Hijo que, desde el primer momento de su concepción, es ya Dios” (Cf. Ponce). Los Padres de la Iglesia enseñan que esa maternidad es verdadera, virginal y divina.
Resaltando esta verdad, la Iglesia primitiva defendía la humanidad de Jesús contra los gnósticos y sus seguidores los docetas, según los cuales Dios no se había encarnado: o porque Jesús no era Dios, o porque no era hijo de María. Por esa razón, el concilio de Nicea (325) proclamó que el Hijo de Dios “por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre”.
Más adelante, en el año 381, el concilio de Constantinopla agregó que Jesús “se encarnó por obra del Espíritu Santo y de María la Virgen”. Pero fue el concilio de Éfeso (en el año 431), el que declaró solemnemente -contra Nestorio, quien predicaba que María solo era la Madre de Cristo, pero no del Verbo- que Jesucristo “no nació primero un hombre vulgar de la Santa Virgen y luego descendió sobre él el Verbo”. Por ese motivo, los santos Padres llamaron a María Madre de Dios (Theotókos).
Pío XI ordenó que se celebrara en todo el mundo a partir de 1931, el 11 de octubre. Y Pablo VI la trasladó al final de la Octava de Navidad, diciendo que "está destinada a celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre Santa, por la que merecimos recibir al Autor de la vida".
Las lecturas de la Misa nos llevan de modo paulatino para ayudarnos a descubrir la grandeza de esta celebración. En primer lugar, consideramos “uno de los pasajes más hermosos del Pentateuco”, según algunos exégetas: la bendición sacerdotal del capítulo sexto de los Números (22-27). Dios le enseña a Moisés cómo bendecir a los hijos de Israel: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”. Se resalta el nombre trinitario de Dios, la luz del rostro divino, los dones espirituales, que son más importantes que la ofrenda de bienestar material, pero -sobre todo- la bendición del Señor: “invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré”.
Que este aspecto es el más importante lo recalca el hecho que, en el Salmo 66, la respuesta sea precisamente: Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros. En ese canto, el salmista pasa de la situación concreta en la que se encuentra, de su pueblo y su historia, y pide la bendición para el mundo entero: Que Dios nos bendiga; que le teman todos los confines de la tierra.
¡Qué claro tenían, en el Antiguo Testamento, lo que debían pedir al Señor!: su bendición. Etimológicamente esta palabra se refiere al “decir bien”, como también lo piden las Preces a la Virgen: “ut loquaris pro nobis bona”. Que hables bien de nosotros, que digas cosas buenas, que nos bendigas. Si ahora mismo le pedimos al Señor el regalo de su bendición, quiere decir que le solicitamos que nos mire bien, que hable bien de nosotros, que tenga un buen juicio. Como Él es toda la verdad, nos vemos en la obligación de pedirle que “no mire nuestros pecados”, que tenga misericordia de nosotros.
Es lo que hacía el pueblo hebreo, cuando pedía a Dios que se cumplieran las promesas. ¿Cómo les respondió el Señor? – Lo vemos reflejado en uno de los textos más hermosos, y quizá más antiguos, de todo el nuevo testamento (ya se ve que, para honrar a la Virgen, la liturgia no ahorra elogios y selecciona lo mejor de ambas alianzas). En este caso, se trata de unas palabras de San Pablo que se utilizan con mucha frecuencia para justificar las prerrogativas de la Virgen, con una cita fácil de memorizar (Ga 4,4): envió Dios a su Hijo.
Habla el apóstol sobre la Encarnación, que venimos adorando durante toda la Octava de Navidad. Y el Espíritu Santo inspira a Pablo para que añada unas pocas palabras, pero que certifican, como si vinieran de un notario, el papel de la criatura humana en el misterio de la Navidad: envió Dios a su Hijo, nacido de mujer. Es como para que resonaran efectos musicales especiales al pronunciar esta frase: ¡nacido de mujer! Dios quiso venir al mundo de modo extraordinario -virginal- pero, al mismo tiempo, compartiendo todas las demás circunstancias de la vida humana corriente: nacido de mujer
Contemplemos la figura de esa joven doncella desde el momento en que comenzó a ser la Madre del Verbo. Es una escena que hemos meditado muchas veces: la vemos haciendo oración, y escuchamos el saludo del Arcángel san Gabriel: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, Salvador.
María conocería muy bien el mensaje de los profetas - ¡cómo la habría preparado el Señor en la oración! -. Por esa razón, más valor tenía su decisión anterior de permanecer virgen, de exponerse a la humillación pública por su aparente esterilidad y, por tanto, de no ser capaz de traer al mundo al Mesías.
Dios premia en el mismo punto en el que ha exigido. Y el ofrecimiento de la Virgen fue cambiado por el máximo ejercicio posible de la maternidad: ¡Concebir al Hijo de Dios! El mensaje del ángel era claro: Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
Es posible que la Virgen se hubiera preguntado qué papel tendría José en aquel evento, y que esa haya sido la razón para que preguntara: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón? El Arcángel Gabriel le desveló parcialmente el misterio:  El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. Como dice A. Mardegan -en quien me inspiro para estas reflexiones-, “Dios hacía nuevas todas las cosas”.
La respuesta fue inmediata, como de quien lo tiene bien pensado y lo ha repetido muchas veces en el diálogo íntimo de la oración: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. A partir de ese momento, comenzaría a sentir dentro de sí la Presencia de ese Dios que ahora era su Hijo. Comenzaría a experimentar, no solo la fisiología del embarazo, sino la dignidad de estar en el centro del cielo y de la creación. La cercanía de los ángeles, a los que habría aprendido a tratar desde pequeña, seguramente floreció en niveles insospechados: ¡todos ellos desearían servir a la Madre terrenal de su Dios eterno!
Muy pronto emprendería el viaje hacia Ain Karim (en aquellos mismos días, dice san Lucas), para acompañar a Isabel, que le sorprendió con su ruptura del secreto: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
Poco después del regreso, con el Niño ya crecido en su vientre, debió reemprender el sendero, esta vez con destino a Belén, para cumplir con el censo convocado por el emperador Augusto, como narra el Evangelio de san Lucas que hemos considerado la noche de Navidad. Y así llegamos a la escena que la liturgia considera en la solemnidad del primer día del año: la adoración del Niño por parte de los pastores. Una vez más, el evangelista es austero en la descripción, pero la riqueza del evento supera cualquier narrativa: Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.

Contemplando esta escena, san Josemaría invitaba a buscar a Dios en el fondo de nuestro corazón y a no perder nunca esa intimidad. Y agregaba conmovido que, “si alguna vez no sabéis cómo hablar ni qué decir, y no os atrevéis a buscar de nuevo al Niño en el interior de vuestra alma, acudid a María, tota pulchra, maravillosa. Señora, Madre nuestra: el Señor ha querido que fueras tú, con tus manos, quien cuidara a Dios; enséñame a tratar a tu Hijo!”.
La Virgen iba descubriendo a cada paso el modo divino de obrar, y cada vez se identificaba con él: en este caso, se habrá conmovido al ver cómo los primeros elegidos fueron los pastores, un grupo de personas que el mundo considera de los últimos. Más adelante vendrían unos científicos paganos -los Magos-, primicias de la redención universal… María descubría que el amor de su Hijo alcanzaba a todas las personas y experimentaba cómo el suyo también se dilataba cada vez más.
Luego vendría el desarrollo, la experiencia vital, de esa vocación materna desplegada en el tiempo: la lactancia, el puerperio, la peregrinación a Jerusalén para la Presentación de Jesús en el Templo (con el inesperado discurso de Simeón y las alabanzas de Ana), la huida a Egipto…
Después vino el regreso a casa y, con él, retomar la vida oculta de trabajo cotidiano al lado de José hasta su fallecimiento, cuando Jesús pasó a santificar el oficio de cabeza de familia.
Más adelante, la Virgen recibiría la noticia de que su Hijo debía partir para comenzar su vida pública, para “anunciar a los cautivos la redención, el perdón de los pecados”. Inmediatamente le habrá manifestado su disponibilidad para hacer lo que Él quisiera. Se ve que, quizá para evitarle sufrimientos prematuros, Jesús le dijo que se pasara de vez en cuando a su encuentro, que ya llegaría el momento de asumir la carga maternal completa.
De esa vida itinerante de su Hijo nos han llegado pocas alusiones a su Madre. Hay dos, que son muy similares: una vez, cuando “una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron»”. Y en otro momento, en el que le anunciaron a Jesús que su Madre y demás parientes (sus “hermanos”) estaban cerca de allí y querían verlo.  En ambas ocasiones la respuesta fue prácticamente la misma: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».  Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». A la mujer del pueblo le aclaró: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
No rechazó Jesús los elogios a su Madre, más bien esclareció que la razón de la dignidad de María no se limitaba a la excelencia de su vocación, del amor de Dios por su criatura, y que la intimidad que ella alcanzó con el Señor no fue simplemente biológica, sino espiritual: su identificación con la voluntad del Padre. Como dice san Josemaría: “Era el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada” (ECP, n.172).
Una de las pocas veces que la vemos en esa vida pública es al comienzo, en el primer milagro, “capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones” (RVM, n. 10). Y actúa dirigiéndose a los sirvientes de las bodas de Caná (ahora a nosotros): «Haced lo que él os diga». Esa fue la norma de su conducta, responder a Dios siempre de forma afirmativa, “hágase en mí según tu palabra”.
Así fue su vida cotidiana hasta la Cruz, donde su vocación maternal, que había ido creciendo día tras día, para hacerla capaz de acoger como hijos a los apóstoles, a los discípulos, a todos los seguidores de su Hijo, recibió la misión de engendrar espiritualmente, como hijos de su alma, a todos los hermanos de su Hijo que vendrían a lo largo de la historia. Es lo que Juan relata con su peculiar estilo literario, en el que acostumbra representar conjuntos de personas en individuos particulares: Ahí tienes a tu Hijo.
Después de la Asunción al cielo en cuerpo y alma, nuestra Madre - ¡qué gusto da emplear estas palabras! - continúa ejerciendo esa maternidad que su Hijo le encargó. Y cuida de cada uno de nosotros como lo hizo con Juan, con los otros Diez apóstoles, con los primeros cristianos. Ella nos ve luchando, en medio de tentaciones, y no deja de cuidar de cada uno de nosotros. Intercede ante su Hijo, ante su Esposo, ante su Padre para alcanzarnos la gracia que nos ayuda a ser fieles. Por eso podemos concluir con aquella consideración de san Josemaría, que nos llena de esperanza de cara al año que comienza: Antes, solo, no podías... –Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil! (C, n. 513).

lunes, diciembre 26, 2016

Navidad: humildad y paz

En la noche de Navidad, la liturgia invita a contemplar el capítulo segundo del evangelio de san Lucas: en la noche la primera mitad, y el resto en la Misa de la aurora. El esquema que sigue el evangelista comienza narrando la convocatoria del censo, al que debían desplazarse san José y la Virgen, por ser descendientes de David: Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria.
La Providencia divina se sirvió de la autoridad imperial para que se cumplieran las profecías. Y puso a la Sagrada Familia en el ambiente redentor del sufrimiento: ¡cuánto padecería José, al no poder ofrecerle a su Esposa los medios adecuados para un alumbramiento digno! ¡Y cuánto sufriría la Virgen, con nueve meses de embarazo, un camino de varios días a lomo de mula! En su oración le ofrecerían a Dios las incomodidades, físicas y morales, del desplazamiento -también la humillación que suponía para todo judío el someterse al capricho de un soberano extranjero- y se unirían al sentido salvador de la misión de su Hijo: Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta.
La segunda escena que narra san Lucas es la más importante de todas, aunque lo hace de modo bastante austero: Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito. A pesar de la escasez de palabras, la riqueza del evento es de tal categoría que a él volvemos los cristianos de todos los tiempos, generación tras generación, y siempre encontramos un tesoro inagotable de riquezas. Podemos aprovechar este momento de nuestra oración para hacer memoria de las navidades que hemos vivido: cuando niños, en el ambiente familiar cercano; más adelante, quizá lejos de la tierra natal; las más recientes, con personas nuevas añadidas al núcleo familiar, con un cariño cada vez más grande.
Hoy le preguntamos al Señor qué quiere decirnos para las circunstancias concretas que estamos viviendo. ¿Qué esperas de nosotros, Dios niño, mientras nos contemplas desde el pesebre? Miremos despacio el portal, detengamos la mirada en cada personaje, y nos faltarán los días para aprender lecciones de esa cátedra que es la choza que contiene al Verbo encarnado: Lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. Los pañales hablan del amor de María; el pesebre, de la humildad que caracterizó la vida de Jesús, virtud que puede ser hoy el tema central de nuestra meditación sobre el misterio de Belén.
Humildad que parece oponerse, a primera vista, con la siguiente escena del relato de san Lucas: En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Es bonito pensar que los primeros testigos del mayor acontecimiento de la historia, aparte de María y de José, no son aristócratas ni funcionarios reales, tampoco los famosos del mundo, sino unos pobres pastores, que trabajaban por la noche.
Y precisamente en medio de su labor abnegada reciben una visita celestial: De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad. Imaginemos la grandeza de la revelación: un ángel, la luz divina que envolvía todo el ambiente. Tanto, que se llenaron de gran temor. Muchas veces aparece en la Escritura esa reacción ante las manifestaciones de parte de Dios. Hasta la misma Virgen se turbó grandemente. Siempre tiene que aparecer la tranquilidad divina, el “no temas”, como en el caso de los pastores: El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor».
Esta es la mejor noticia de todos los tiempos, el Evangelio de la alegría. Por esa razón el mundo entero celebra esta solemnidad con mayor o menor conciencia, pero siempre con la idea de que, en medio de las dificultades del mundo, hay un Dios que garantiza la victoria final del bien. «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». El papa Francisco se detenía a contemplar esa señal para la humanidad de siempre: la simplicidad frágil, la mansedumbre, el tierno afecto (Cf. Homilía, 25-XII-2016).
Sin embargo, llama la atención que esa humildad sea compatible con el mayor boato posible: De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial». No uno, ni dos, ni tres ángeles: ¡una legión! Dicen que en el ejército romano una legión estaba compuesta por 4000 o 5000 soldados. Imaginémonos la explosión de júbilo que significaría el canto de miles de ángeles: apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
Esos son los dos polos casi opuestos, de los que hablábamos antes: de una parte, la humildad del Niño, recostado en un pesebre y, por otro lado, la grandeza de un cortejo celestial. ¿Cómo se relacionan?, ¿cuál es el enlace entre la humildad del pesebre y la paz que anuncian los ángeles en su canto? Podemos servirnos, para nuestro diálogo con el Señor, de la homilía que pronunció san Josemaría un día como este. El título nos da una pista clara sobre el significado de esta solemnidad: “El triunfo de Cristo en la humildad”.
Jesús nos invita a acompañarlo en su misión redentora, a unirnos en su sacrificio por la humanidad. ¿Y cuál es el camino? - la humildad: "la eficacia redentora de nuestras vidas solo puede actuarse con la humildad" (18 b). Contemplemos al Niño, doctor y maestro, y pidámosle que nos enseñe el camino de la humildad. San Agustín enseña que "la morada de la caridad es la humildad"; y en otro lugar escribe: "¿Quieres construir un edificio que llegue hasta el cielo? Piensa primero en poner el fundamento de la humildad. Cuanto mayor sea la mole que hay que levantar y la altura del edificio, tanto más hondo hay que cavar el cimiento (...). El edificio antes de subir se humilla, y su cúspide se erige después de la humillación". Al mencionar esta enseñanza, santo Tomás dice que la humildad es fundamento "negativo" del edificio sobrenatural, porque quita los obstáculos que se oponen a la acción de la gracia. En esta línea escribe san Josemaría: “[Dios] desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que –hablando al modo humano– quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón”.  (Cf. Burkhart y López).
Enseñanzas muy importantes para nuestra vida espiritual, contaminada por las consecuencias del pecado original, la principal de las cuales es la soberbia: "Es a veces corriente, incluso entre almas buenas, provocarse conflictos personales, que llegan a producir serias preocupaciones, pero que carecen de base objetiva alguna. Su origen radica en la falta de propio conocimiento, que conduce a la soberbia" (18 c). Por eso Jesús dirá más adelante: “Aprended de mí”, mansedumbre, servicio, pisotear la soberbia. En nuestro caso, el cansancio, la generosidad en la vida familiar, la acogida sonriente de las contradicciones, de la enfermedad y el dolor: "no hay mayor señorío que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás" (19 d).
La clave para unir esa humildad con el mensaje que anuncian los ángeles podemos encontrarla si entendemos que la humildad de corazón significa compromiso con la verdad, conocimiento y aceptación de uno mismo: "su consecuencia es la paz" (Cf. Aranda). O sea que esta es la razón por la cual la humildad de Jesús no se opone a la magnanimidad del canto angelical: la humildad abre el camino para llegar a la paz.
De esta manera, encontramos el significado del canto del "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor". La paz que da el imitar la humildad de Jesús, el olvido de sí, el desprendimiento de la aprobación ajena. 

Ese es el camino que recorrieron María y José. Ambos fueron humildes, serviciales, entregados, generosos, olvidados de sí mismos. Pidámosles, al acercarnos al fuego de su amor familiar, que nos alcancen la gracia que el Niño nos trae, los dos regalos que hemos meditado hoy: su ejemplo de humildad y el fruto de su paz.

domingo, noviembre 20, 2016

Cristo Rey

El último domingo del tiempo ordinario la Iglesia celebra la solemnidad de Cristo Rey. La Liturgia de las Horas resume el sentido de la fiesta: se dirige a Jesucristo, como hacemos nosotros al comienzo de nuestra oración, diciéndole: “somete a los espíritus rebeldes [el primero de los cuales somos nosotros mismos], y haz que encuentren el rumbo los perdidos y que se congreguen en un solo aprisco. Para eso pendes de una cruz sangrienta, y abres en ella tus divinos brazos; para eso muestras en tu pecho herido tu ardiente corazón atravesado”.
Ahí tenemos la síntesis del significado de esta celebración, el objetivo: la cruz, el pecho herido con el corazón atravesado. Vemos la estrecha relación de esta fiesta con la devoción al Sagrado Corazón, que es el origen de la última solemnidad del año litúrgico.
Y uno se puede preguntar: ¿por qué celebrar el reinado de Cristo? De hecho, hay contradictores que rechazan -con toda razón- la idea de Cristo Rey al modo de algunos reyes terrenales. Sería una celebración anacrónica si se festejara como una tiranía monárquica, como una festividad con ribetes políticos.
Preguntemos al Señor en nuestra oración cómo debemos entender su reinado, de acuerdo con el himno que citamos al inicio y las demás indicaciones que nos sugiere la liturgia.
De entrada, la teología propone dos vertientes para entender el reinado de Jesús: una, que podríamos llamar “social”, y que consiste en su potestad universal (sobre todo el cosmos, sobre todas las criaturas, y sobre todos los seres humanos). La otra manera de verlo, no contradictoria, sino complementaria, es la “espiritual”, en la cual contemplamos a Jesús como Buen Pastor, con la significación del reinado de la caridad y de la misericordia (Cf. Cano, 2009). En este sentido encontramos la verdadera justificación para celebrar el reinado de Cristo: es lógico venerarlo si lo vemos como una renovación liberadora, como la reconciliación con Dios que Jesús nos alcanza al redimirnos.
Veamos los textos que la Iglesia propone para meditar la historia y el sentido de ese reinado de Jesús: en el Antiguo Testamento se recuerda que el inicio de las dinastías reales fue una manifestación del rechazo del pueblo a Dios. Sin embargo, el Señor -en su designio de misericordia- previó que David fuera el sucesor de Saúl y en el segundo libro de Samuel (5, 1-3) se comenta la proclamación de su reinado: Todas las tribus de Israel se presentaron ante David en Hebrón y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos. Desde hace tiempo, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú el que dirigía las salidas y entradas de Israel. El rey hizo una alianza con ellos en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos le ungieron como rey de Israel.
Cuando Joseph Ratzinger comenta este pasaje sobre la ascensión de David al trono real, lo hace en el contexto del nacimiento de Jesús, porque así lo reseña también el Evangelio de Mateo. Vemos que este relato es una profecía mesiánica. Hay una frase, que los ancianos le dijeron a David en Hebrón, y que permaneció como aplicable a su futuro descendiente, al mesías anunciado: el Señor te ha dicho: «Tú pastorearás a mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel».
Mateo inserta este pasaje entre las citas que muestran a Jesús como el Mesías. De ese modo enseña que Jesús es el nuevo David, el humilde pastor elegido como rey, porque Dios -es la conclusión de la vocación del segundo rey de Israel- no se fija en las apariencias, sino que mira el corazón.
Es una de las primeras perspectivas desde las cuales hemos de entender el reinado: no como la cumbre, el puesto para el personaje más importante. Cristo nos muestra que su soberanía es distinta: es la de un humilde pastor, de un pobre, de un servidor. Y quizá por eso ya desde el Antiguo Testamento aparecen unidas las figuras del Rey y la del Pastor.
La vida de Cristo muestra que su reinado no es de este mundo, como insistió muchas veces ante los discípulos y antes las autoridades romanas y judías; tampoco se conquista con la fuerza o con el poder político o económico. Esta es la peculiaridad en la que conviene detenerse, para comprender qué se quiere decir al hablar de Cristo Rey, y cuáles son las consecuencias de esa denominación.
Llama la atención que el Evangelio de esta solemnidad no sea el juicio universal, ni las escenas con aclamaciones populares, después de las grandes predicaciones y milagros, o a la entrada triunfal en Jerusalén el domingo de ramos, sino que se enfoca en el aparente fracaso del Calvario, con Jesús colgado del madero, contado entre los malhechores como un ladrón más, como un delincuente (Lc 23, 35-43):
El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». El rey es humillado por las autoridades de su pueblo y por los soldados opresores. 

Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Además, ese anuncio es burlesco, parece una provocación del poder romano hacia las autoridades judías -que quizá por eso quisieron retirarlo-. Como sabemos que las palabras que están allí escritas tienen un sentido revelador, entendemos que el Reinado de Cristo se ejerce ¡desde la Cruz!
En el prefacio de la Misa se anuncia que una de las características del reinado de Cristo es que se trata de un reinado de amor y de vida. El reino es servicio. Jesús, que es el rey, el maestro, el rabino, lavó los pies sucios de sus discípulos en el cenáculo. El trono de Cristo es el altar del calvario. ¿Y por qué razón se habla de reinado de Cristo en esas circunstancias?, ¿qué obras hace desde semejante posición e invalidez, atado con clavos a un madero, humillado delante de toda la sociedad? –Nos lo responde el diálogo entre los ladrones y Jesús:
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».
El buen ladrón da testimonio público, manifiesta su fe -y su conversión- en los últimos instantes de su vida. Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Con esa sencilla escena, san Lucas, el evangelista de la misericordia, nos enseña el valor redentor de la muerte de Jesús: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso. Jesús reina muriendo en la cruz: allí salva al pecador. 

¡Hoy estarás conmigo en el paraíso! Ese es el reinado verdadero: Cristo es el rey del Paraíso. Se trata de triunfar con Él, de dejarlo triunfar en nosotros, de convertir esta tierra en un trasunto del cielo. (La alternativa es la servidumbre del pecado, de la cual nos liberó y por lo cual agradece la oración colecta).
Cristo reina muriendo. Y por eso la liturgia lo recuerda de modo insistente, desde el comienzo de la celebración. Si Jesús es el camino, la verdad y la vida, hemos de imitarlo en el sendero de la abnegación, del servicio, de la entrega completa de la propia vida por los demás. Tomar sobre nosotros la cruz de cada día: el trabajo, la fraternidad, la amistad, el cansancio, el don de sí.
Por esa razón la antífona de entrada de la Misa cita el Apocalipsis (5, 12): Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. San Juan presenta la paradoja del triunfo del Cordero a pesar de su degüello, para remarcar la importancia de su sufrimiento liberador del pecado.
En la oración de las ofrendas también se agradece “el sacrificio de la reconciliación de los hombres”. Que Jesús haya escogido ofrecer su vida en oblación para merecernos el perdón del Padre. En el prefacio también se alaba a Jesucristo, sacerdote eterno, que se ofreció a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el ara de la cruz para consumar el misterio de nuestra redención. Cristo es sacerdote, altar y víctima.
El efecto redentor de ese sacrificio de Jesús es resumido en la oración colecta con un verbo: instaurar, que viene a ser como el “programa de gobierno” del Rey Jesús. El DRAE lo define como “establecer, fundar, instituir”. Y señala como desusados –quizá más cercanos en el tiempo a la redacción del prefacio-: “renovar, restablecer, restaurar”. Sirve escuchar esos sinónimos para valorar la grandeza de la obra que Jesucristo ejecutó como sacerdote y rey en el altar del calvario. Renovó, restableció, redimió. Nos hizo hijos del Padre, hermanos suyos para siempre.
Este es el encanto que san Pablo comenta en su carta a los colosenses (1, 12-20), un pequeño tratado de cristología, resumiendo la obra del Padre en el Hijo, al que engendró como su Imagen visible, Primogénito de toda criatura, en el que fueron creadas todas las cosas, Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia. Y concluye con el aspecto que nos interesa desde el punto de vista de la fiesta de hoy: reconcilió todas las cosas por él y para él haciendo la paz por la sangre de su cruz.
La paz que Cristo ofrece al mundo viene de ese sacrificio. Por eso también se dice que su soberanía, además de ser un reino de verdad y de vida, es de justicia, de amor y de paz. Es el motivo de que el Salmo elegido para esta solemnidad sea el 122 (121): ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Desead la paz a Jerusalén: «Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios». Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: «La paz contigo».
El Señor bendice con su paz. Es el rey de la paz. Por eso le pedimos en la oración después de las ofrendas “que tu Hijo conceda a todos los pueblos el don de la paz y la unidad”. Podemos concluir que la paz entre los hombres es consecuencia de la paz con Dios. Y fruto de esa paz es la alegría que inunda a quienes se saben siervos de tal rey. Por esa razón, en el comienzo del prefacio se menciona que el Padre ungió a Jesucristo “con óleo de alegría”. El mismo óleo con que fue ungido David, con el que fuimos ungidos nosotros en el bautismo, en la confirmación o en el orden sacerdotal.
Ese óleo de alegría nos conformó al sacerdocio de Cristo, nos hizo sacerdotes de nuestra propia existencia, identificados con su triple misión de sacerdote, profeta y rey. La misión de los cristianos es ser sembradores de paz y de alegría, contribuir a la difusión de ese reinado de amor y de paz. ¿Y cómo lo lograremos? -luchando por buscar la santidad, por estar con Cristo y de ese modo contribuir a su reinado: “comprometerse a continuar entre las criaturas la misión de Jesús. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención” (ECP, 183).
Reino de justicia, de amor y de paz, reino de santidad y de gracia. Orígenes enseña, en la lectura de la Liturgia de las Horas de este día la importancia de la identificación con Cristo:
“si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo continúe el pecado reinando en nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos las pasiones de nuestro hombre terrenal y fructifiquemos por el Espíritu; de este modo Dios se paseará por nuestro interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo”.
Este es el sentido último del reinado de Cristo: que reine en mí. El atajo para ser buenos siervos de tan gran Rey, para dejarle reinar en nuestra alma, es acudir a la Virgen, Reina y Madre: "María, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad, como un río de paz. Porque Tú eres mar de inagotable misericordia" (Cf. ECP, 187). 

viernes, agosto 26, 2016

Las vírgenes prudentes

El quinto y último discurso de Jesús, que recoge el Evangelio de san Mateo, se caracteriza por su tono escatológico y por ser un llamado que el Señor hace, a través de parábolas, para que sus discípulos cuiden la vigilancia. Una de ellas es el pasaje de las vírgenes necias (Mt 25,1-13): Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. En la tradición oriental, las bodas incluían la espera del Esposo, que hacía la novia acompañada de sus mejores amigas y de sus parientes. Cuando él llegaba, la trasladaba al nuevo hogar, terminada la fiesta de bodas.
El Señor cuenta una parábola en la que aparecen dos tipos de acompañantes: Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. En el relato alaba la prudencia de las cinco primeras, por su previsión. Podemos aprovechar esta meditación para hablar con el Señor de esta virtud fundamental, cardinal (del latín cardo: quicio, gozne), que —junto con la justicia, la fortaleza y la templanza—, «agrupan a todas las demás y constituyen las bases de la vida virtuosa» (Iglesia Católica, 1993, n.379).
El Catecismo define esta virtud como la que «dispone la razón a discernir, en cada circunstancia, nuestro verdadero bien y a elegir los medios adecuados para realizarlo. Es guía de las demás virtudes, indicándoles su regla y medida» (n.380). La prudencia es una virtud intelectual, porque perfecciona a la inteligencia. Pero, específicamente, es una virtud de la razón práctica, o sea que dirige la acción según la verdad conocida.
Como perfecciona la inteligencia en el conocimiento de la dimensión ética de los actos humanos, es decir, en orden a su último fin, también se considera que es una virtud moral. Por eso es llamada «recto conocimiento de lo que se debe obrar», recta ratio agibilium (García de Haro, 1992, p.619).
Por lo tanto, es madre y guía de todas las demás virtudes, en cuanto enseña el camino hacia el último fin y agudiza la mente para obrar según la voluntad de Dios: no seáis imprudentes, daos cuenta de lo que el Señor quiere (Ef 5,17).
En la conducta de las vírgenes vemos ejemplificada este hábito: Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. Señor: te pedimos que nos concedas crecer en esta virtud, gracias a la cual «aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar» (Catecismo, n.1806).
Ayúdanos, Señor, a ser personas maduras, a desarrollar —como un hábito profundo de nuestra vida— la virtud de la prudencia. Que se nos pueda aplicar, como a las vírgenes de la parábola, el elogio del libro de los Proverbios: Dichoso el que encuentra sabiduría, el hombre que logra la prudencia (Prov 3,13).
La virtud de la prudencia nos ayuda a darnos cuenta de que el fin más importante no es el inmediato, sino el último: la salvación, la santidad. San Juan Pablo II recordaba que «prudente no es —como algunos piensan— el que sabe arreglárselas en la vida y sacarle el máximo provecho, sino quien acierta a edificar su vida entera según la voz de la recta conciencia y las exigencias de una moral justa. La prudencia es la clave para realizar la tarea fundamental que Dios nos dio: perfeccionarnos a nosotros mismos» (Audiencia, 25-X-1978).
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!». Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Llega el momento de recoger lo que se ha sembrado: alegría, por parte de las prudentes; frustración, por parte de las necias.
La actitud prudente se puede resumir en tres actos, siguiendo a García de Haro: ponderación, docilidad, ejecución. En primer lugar, la prudencia exige ponderación: pensar antes de actuar, considerar las circunstancias adversas y las favorables, los posibles efectos secundarios, los medios con los que se cuenta, la experiencia ajena. En este punto es parte importante de la prudencia la previsión: descubrir y preparar medios para lo que se pretende. Precaución: prever, proveer, salir al paso de los obstáculos.
La ponderación incluye el estudio y la formación de la conciencia. Por eso es tan importante dedicar unos minutos diarios a la lectura espiritual, a conocer los principales dilemas éticos de la profesión que desempeñamos, a los principios morales que iluminan los temas de actualidad, etc. Volviendo a la parábola, podemos considerar que ese puede ser el aceite para encender la lámpara cuando sea necesario.
Forma parte de la ponderación prudente la petición de consejo. La persona prudente pregunta a otras con experiencia, especialmente a aquellas que tienen gracia de estado para aconsejar: los padres y directores espirituales. Desde luego, al pedir consejo hay que presentar la situación con sus pros y sus contras, las posibilidades y una posible decisión, con la apertura a cambiar de opinión si se reciben luces para hacerlo: no se trata de descargar el peso de una opción en los demás. Por la misma razón, el prudente asume con responsabilidad las consecuencias de sus actuaciones una vez haya escuchado el consejo.
De este modo hemos entrado en el segundo acto de la prudencia: la docilidad para seguir los criterios virtuosos que aprendemos en el estudio y en la actualización ante nuevos aspectos morales relacionados con el avance científico. También incluye disposición para preguntar, leer, conversar con sabios, seguir los consejos de la dirección espiritual y la confesión. Y, ante todo, docilidad a las inspiraciones que el Señor transmite en la oración.
Por último, la prudencia exige también ejecución, el imperium latino, para llevar a cabo lo decidido con la oportuna prontitud. San Josemaría lo resumía diciendo que la prudencia no es cobardía, inercia, ni inactividad. Esa falsa prudencia es pura pereza, pasividad: «La prudencia no se deja llevar de un cómodo abstencionismo (...), asume el riesgo de sus decisiones, y no renuncia a conseguir el bien por miedo a no acertar» (Instrucción, 31-V-1936, 43; citada por Burkhart y López, 2011, p.426). «Si a veces es prudente retrasar la decisión hasta que se completen todos los elementos de juicio, en otras ocasiones será gran imprudencia no comenzar a poner por obra, cuanto antes, lo que vemos que se debe hacer; especialmente cuando está en juego el bien de los demás» (AD, 86).
Se trata de dar cada uno de esos pasos con el detenimiento que sea necesario: ni lento ni rápido, sino al paso de Dios… Recuerdo haber leído un estudio en The Economist: cuya conclusión era que los países destacados en educación son los que intervienen pronto y siempre, cualquiera que sea la manera en que se descubren los males (20-X-2007). El imperio de la prudencia hay que ponerlo por obra sobre todo en el apostolado, que debe caracterizarse por una fuerte audacia, apoyada en la fe: «no seáis almas de vía estrecha, hombres o mujeres menores de edad, cortos de vista, incapaces de abarcar nuestro horizonte sobrenatural cristiano de hijos de Dios. ¡Dios y audacia!» (S, 96).
Y las necias dijeron a las prudentes: «Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas». Pero las prudentes contestaron: «Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis». Es un pasaje de la parábola difícil de entender. Uno supondría que es falta de caridad, pero, en realidad, es fortaleza; otro aspecto de la prudencia: no se pueden quedar todas a oscuras.
Y sucede lo que se espera de un comportamiento imprudente: Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: «Señor, señor, ábrenos». Pero él respondió: «En verdad os digo que no os conozco». Mencionamos desde el comienzo la enseñanza de Jesús: la necesidad de la vigilancia.
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora. Hemos de estar preparados, porque nadie sabe el día ni la hora en que el Esposo, Jesucristo, vendrá a consolidar su alianza con la Iglesia. Hemos de tener aceite en la alcuza: buenas obras, oración, fe, esperanza, caridad. Como dice san Agustín, «Vela con el corazón, con la fe, con la esperanza, con la caridad, con las obras (...); prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen, aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al esposo por el Amor, para que él te introduzca en la sala del banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá» (Sermones, 93,17).

Podemos terminar con las palabras con las que san Josemaría concluye su homilía sobre las virtudes cardinales: «Acudamos a Santa María, la Virgen prudente y fiel, y a san José, su esposo, modelo acabado de hombre justo. Ellos, que vivieron en la presencia de Jesús, el Hijo de Dios, las virtudes que hemos contemplado, nos alcanzarán la gracia de que arraiguen firmemente en nuestra alma, para que nos decidamos a conducirnos en todo momento como discípulos buenos del Maestro: prudentes, justos, llenos de caridad» (AD, 174).

domingo, agosto 21, 2016

Tres retos para los jóvenes de hoy

En la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia, el papa Francisco afirmó que «no hay nada más hermoso que contemplar las ganas, la entrega, la pasión y la energía con que muchos jóvenes viven la vida. Esto es hermoso, y, —se preguntó también—: ¿de dónde viene esta belleza?»

Para responder a ese interrogante sobre el origen de la belleza juvenil podemos acudir a las historias de tres personas, protagonistas de sendos relatos legendarios: el primero, un avaro, preocupado por ganar el tesoro definitivo; el segundo, un comisionista rechazado y temeroso; y el tercero, un «vida buena» venido a menos. Son figuras de personas que vemos con mucha frecuencia a nuestro alrededor.

El primero era un personaje notorio: piadoso, recatado, casto, obediente, ordenado, buena pinta y alegre. Tenía mucho dinero, porque controlaba sus egresos, no gastaba mal ni una moneda, era austero y exigente con sus empleados, a los que les pagaba lo mínimo. Las opiniones sobre él eran divididas: para algunos, era un ejemplo de buen financiero. Otras personas, como el tercer personaje de este recuento, lo verían como un bobo, que no disfrutaba sus bienes; los demás lo admirarían por la abundancia de sus medios y su piedad ejemplar; si omitimos su avaricia, casi diríamos que era un modelo para imitar. Desde luego, las opiniones de los pobres y de sus empleados no serían muy elogiosas…

Mientras los dos personajes extremos eran bastante jóvenes, el de la mitad era un poco mayor: ya tenía trabajo estable, una vida consolidada, prestigio, aunque no era bien visto por sus conciudadanos. Administraba una concesión para cobrar impuestos y, por ese motivo, era considerado traidor a su gente. Además, lo acusaban de inflar las facturas para llevarse una comisión mayor. Las autoridades religiosas lo rechazaban, decían que era un pecador público. Igual que el primer personaje, tenía mala reputación entre los pobres; en este caso, porque ostentaba fama de defraudador.

Del tercero, en cambio, ya dijimos que era parrandero, mujeriego, aunque también «pródigo», generoso y derrochador. A su lado siempre había un grupo amplio de amigos dispuestos a todo tipo de excesos festivos. Era la envidia de muchos, que —mientras él disfrutaba— se dedicaban a estudiar, a trabajar, a cumplir el horario de sus casas, y los preceptos morales que les indicaba su religión.

No sabe uno por dónde empezar, o con cuál de ellos identificarse. Preguntémonos a cuál de ellos escogeríamos como amigo, a cuál de los tres tipos de personaje tiende nuestra personalidad: alguno dirá que el primero, por la seguridad económica; otro preferiría al tercero, para que le pague las fiestas... Bromas aparte, después de esta corta presentación inicial, demos un paso adelante.

Comencemos por el primer muchacho, llamémosle «el joven rico». Y descubriremos que, en medio de su vida en apariencia feliz, se sentía insatisfecho. Sobre todo, le preocupaba el futuro. Y no solo por la posibilidad de una quiebra —bastante difícil en su caso, pues manejaba muy bien sus posesiones— sino porque tenía una duda que le taladraba la conciencia desde pequeño: a pesar de que se consideraba un hombre bueno, no estaba seguro de serlo del todo en realidad. En principio, sus actuaciones éticas no tenían reproche: ni en lo que tenía que ver con Dios, ni en relación con los demás. Sin embargo, le inquietaba el interrogante por el juicio final, por la vida eterna: ¿qué obras presentaría el día en que tuviera que dar cuenta de su vida? ¿al final de la existencia, sí valía la pena todo lo que había conseguido? ¿o qué le faltaba aún para alcanzar una vida verdaderamente lograda? En su corazón alentaba «un deseo profundo de eternidad» (Del Portillo, Carta, 011193).

Comentando esta ansia con algún amigo, éste le habría hablado de un maestro muy bueno, muy sabio, que enseñaba con autoridad —con claridad y sencillez al mismo tiempo— sobre las cuestiones más importantes de la vida humana. Le habría indicado que en pocos días pasaría por allí y quedarían en que él le avisaría para visitarlo juntos. Al joven rico se le abrirían las esperanzas de encontrar respuesta para su honda inquietud: ¿qué hay que hacer para heredar la vida eterna? ¿cómo evitar la condenación?

El comisionista, por su parte, era mal visto y rechazado por sus coterráneos… Quizá también a él un colega le habría hablado de un maestro sabio que podría escuchar sus afugias, le contaría que a él no lo había mirado mal a pesar de su profesión, que incluso ponía como ejemplo ese oficio en sus enseñanzas, y que los consejos y la compañía de aquel hombre le habían ayudado a cambiar de vida. Hasta le prometió que le hablaría de él en su próximo encuentro, y se lo recomendaría especialmente, por si decidía ir a conocerle. La nueva alegría de ese antiguo compañero de locuras hizo surgir en su alma el deseo de imitarle, de ser, como él, un hombre serio, apreciado por todos, con los principios claros para obrar en conciencia. Además, daba la casualidad de que, en ese momento, se encontraba por allí, en su tierra.

Sin embargo, junto con la aspiración de escucharlo, surgieron inmediatamente los obstáculos: ¿cómo alcanzaría a verlo, ya que era de muy baja estatura?, ¿podría preguntarle si estaba aún a tiempo de cambiar?, ¿cómo sería su cara, su talante?, ¿sería un modelo hierático, distante, como un gurú de la India o como los sacerdotes hebreos de entonces?, ¿le reprocharía con la mirada, descubriría sus pecados en público para hacerle quedar mal delante de todo el pueblo?, ¿lo reconocería, se dirigiría a él, al menos haría una mirada furtiva, que no lo comprometiera delante de los demás habitantes de aquella tierra?

Para comentar la situación del tercer personaje, hay que tener en cuenta el contexto en el que se movía: poco tiempo antes, empezaron a correr malas noticias en el panorama económico de la ciudad. La historia resume la situación en que «vino por aquella tierra un hambre terrible». Aumentaría la inflación, el desempleo, la especulación, hasta que desaparecerían las existencias de alimentos en los almacenes. Nuestro protagonista, cuyo único trabajo, según vimos al comienzo, era dilapidar su capital, cayó en la cuenta demasiado tarde de su escasez, cuando «empezó él a pasar necesidad».

Los amigos de francachela desaparecieron como por ensalmo, solo quedó alguno que, como gran gesto de generosidad, se ofreció a interceder por él para que obtuviera una fuente de ingresos, aunque fueran mínimos: así fue como consiguió el primer trabajo de su vida. Solo que la situación era tan difícil, que el salario no le alcanzaba casi para nada. Prácticamente estaba en condiciones de mendicidad. Fue entonces cuando recapacitó y pensó en hacer algo que había descartado desde varios años atrás: regresar a su casa y pedir perdón por haber despilfarrado el capital familiar de esa manera.

En medio de su necesidad, cayó en la cuenta de lo que valía el dinero y se dio cuenta de la gran deuda que había adquirido con los suyos. Pero superó a la vergüenza y, movido sobre todo por la necesidad, decidió pedir solo que le dieran un trabajo más digno del que tenía —y con un poco mejor de salario, bastaba con el mismo que le pagaban al resto de los obreros—. Solo que dudaba de la recepción en casa de sus parientes, no sabía cómo reaccionarían en su casa, por tener la cara dura de regresar a pedir favores después del desaliñado que había hecho tiempo atrás…

Las tres historias son imágenes del hombre actual: obsesionado con el dinero («el mundo», en el sentido negativo que describe san Juan), fascinado por el poder (la «concupiscencia de los ojos», de la que habla el mismo evangelista), poseído por el vicio (la «concupiscencia de la carne»). Esas tentaciones son como el anillo de Sauron que, aunque crees poseerlo, es él tu verdadero dueño a no ser que tengas la nobleza de Frodo Bolsón.

El joven rico se creía bueno, quería ser mejor, pero con sus propios medios, con sus capacidades: ni siquiera con sus virtudes, sino con su dinero. Pensaba que el cielo se compraba con oro. El comisionista, creía tenerlo todo, pero nadie lo quería, le remordía la conciencia y estaba muerto del susto. Por último, el pródigo en parrandas se consideraba imperdonable. Le faltaba autoestima. No conocía de verdad a su padre (no sabía qué tan bueno era), ni se conocía a sí mismo (en su soberbia, pensaba que no había nadie tan malo como él).

Los tres personajes buscaron la misma solución: el consejo del sabio. Los más perspicaces ya habrán caído en la cuenta de quién se trataba… y quiénes son los tres protagonistas.  ¿Pero qué encontraron? Veamos las tres escenas:

El joven rico se presentó a la salida de la ciudad, reconoció al Maestro y corrió a arrodillarse delante de él para hacerle la preguntaba que le martillaba desde tanto tiempo atrás: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». La respuesta fue alentadora: bastaba con cumplir los mandamientos. La verdad es que vivir esas exigencias no es del todo fácil, pero ya hemos visto que, si algo tenía este personaje, era una integridad que le permitía responder con convicción: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».

Lo que sucedió más adelante es uno de los pasajes más conmovedores de la historia, a mi humilde entender: aquel Señor, ante el cual uno se ponía de rodillas, que tenía un grupo nutrido de discípulos, que era reconocido por algunos como la máxima autoridad moral en todos los tiempos, «se quedó mirándolo y lo amó». Le dirigió una mirada de cariño que todos entendieron como un amor profundo, una amistad que podía ser eterna. San Juan Pablo II decía a los jóvenes: «Deseo que experimentéis una mirada así». Deseo que experimentéis la verdad de esa mirada de amor (Carta, 31-III-1985). El cariño fue tan intenso, que conllevó un reto: ya que consideraba que vivía tan bien su religión judía, que cumplía tan escrupulosamente hasta el último mandamiento, le ofreció la clave para lograr la perfección humana y sobrenatural: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme».

El comisionista, Zaqueo de nombre, hizo gala de su astucia para lograr lo que se proponía, y venció su pequeña estatura subiéndose a un sicomoro para ver pasar al Maestro. Pero no solo alcanzó ese objetivo, sino que, cuando lo vio venir de frente, descubrió que sus ojos se encontraban en una mirada inefable. Pero además de verlo, escuchó que su voz se dirigía a él, le llamaba por su nombre, y le decía que se diera prisa y que bajara, porque era necesario que ese mismo día se quedara en su casa. Como en el cuento de Tagore, la generosidad del Rey viandante desbordó cualquier previsión: él esperaba una mirada de soslayo y alcanzó un anfitrión de carne y hueso…

El hijo pródigo se dirigió por el camino viejo, tantas veces recorrido, lleno de nostalgia y de remordimiento. Se imaginaba la reprobación general, el reproche por atreverse al regreso, pero era su última carta. Si no funcionaba, regresaría al trabajo de cuidar cerdos, tan repugnante para un judío. Pero dejemos la palabra al autor original de esta parábola: «cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

A la luz de la predicación del papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia, podemos hacer un balance del encuentro de los tres personajes con el sabio al que acudieron:

Al joven rico, el maestro le propuso un reto que nunca se había planteado. Jesucristo le planteó la aventura de dejar huella, de imitar a Dios, de ser un ministro suyo con las obras de misericordia, de abandonar las propias comodidades e ir al encuentro de los demás, siguiendo el ejemplo de los doce Apóstoles y, en mayor proporción de la virgen María, que es la «Madre de la misericordia»: «hemos venido a dejar una huella. Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados. Dios viene a abrir todo aquello que te encierra. Te está invitando a soñar, te quiere hacer ver que el mundo contigo puede ser distinto. Eso sí, si tú no pones lo mejor de ti, el mundo no será distinto. Es un reto».

Zaqueo, el comisionista, encontró un nuevo amigo, con una fidelidad eterna. Al calor de su amistad sincera, tomó la decisión de reponer lo que hubiera escamoteado antes, y le dijo al Maestro: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». Se convirtió en ejemplo de audacia y valentía para vencer todas sus dificultades: la baja estatura, la vergüenza paralizante, y la multitud que murmuraba. Comenta el papa que «el Señor quiere venir a tu casa, vivir tu vida cotidiana: el estudio y los primeros años de trabajo, las amistades y los afectos, los proyectos y los sueños. Cómo le gusta que todo esto se lo llevemos en la oración. Él espera que, entre tantos contactos y chats de cada día, el primer puesto lo ocupe el hilo de oro de la oración. Cuánto desea que su Palabra hable a cada una de tus jornadas, que su Evangelio sea tuyo, y se convierta en tu “navegador” en el camino de la vida».

El pródigo en derroches, descubrió un padre con el que no contaba. Supo que la misericordia es el don más grande y que el Señor, representado por el padre de la parábola, «no se cansa de perdonar: somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón». De él puede decirse que cumplió el tercer reto que plantea Francisco a la juventud de hoy: el desafío de cambiar el mundo, empezando por uno mismo: «El tiempo que hoy estamos viviendo no necesita jóvenes-sofá, sino jóvenes con los guayos puestos. Este tiempo sólo acepta jugadores titulares en la cancha, no hay espacio para suplentes. El mundo de hoy pide que sean protagonistas de la historia porque la vida es linda siempre y cuando queramos vivirla, siempre y cuando queramos dejar una huella. Por eso, amigos, hoy Jesús te invita, te llama a dejar tu huella en la vida, una huella que marque la historia, que marque tu historia y la historia de tantos. Hoy Jesús, que es el camino, te llama a ti, a ti, a ti, a dejar tu huella en la historia. ¿Te animas?».


Pidámosle a la Virgen, modelo de generosidad y de entrega a la voluntad de Dios, que acojamos con magnanimidad la triple propuesta que hemos considerado en la predicación del papa: dejar huella con las obras de misericordia —como en la llamada del joven rico—, convertirnos con audacia y valentía —como Zaqueo—, cambiar el mundo, sabiéndonos hijos de Dios —como el hijo pródigo—.