viernes, agosto 26, 2016

Las vírgenes prudentes

El quinto y último discurso de Jesús, que recoge el Evangelio de san Mateo, se caracteriza por su tono escatológico y por ser un llamado que el Señor hace, a través de parábolas, para que sus discípulos cuiden la vigilancia. Una de ellas es el pasaje de las vírgenes necias (Mt 25,1-13): Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. En la tradición oriental, las bodas incluían la espera del Esposo, que hacía la novia acompañada de sus mejores amigas y de sus parientes. Cuando él llegaba, la trasladaba al nuevo hogar, terminada la fiesta de bodas.
El Señor cuenta una parábola en la que aparecen dos tipos de acompañantes: Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. En el relato alaba la prudencia de las cinco primeras, por su previsión. Podemos aprovechar esta meditación para hablar con el Señor de esta virtud fundamental, cardinal (del latín cardo: quicio, gozne), que —junto con la justicia, la fortaleza y la templanza—, «agrupan a todas las demás y constituyen las bases de la vida virtuosa» (Iglesia Católica, 1993, n.379).
El Catecismo define esta virtud como la que «dispone la razón a discernir, en cada circunstancia, nuestro verdadero bien y a elegir los medios adecuados para realizarlo. Es guía de las demás virtudes, indicándoles su regla y medida» (n.380). La prudencia es una virtud intelectual, porque perfecciona a la inteligencia. Pero, específicamente, es una virtud de la razón práctica, o sea que dirige la acción según la verdad conocida.
Como perfecciona la inteligencia en el conocimiento de la dimensión ética de los actos humanos, es decir, en orden a su último fin, también se considera que es una virtud moral. Por eso es llamada «recto conocimiento de lo que se debe obrar», recta ratio agibilium (García de Haro, 1992, p.619).
Por lo tanto, es madre y guía de todas las demás virtudes, en cuanto enseña el camino hacia el último fin y agudiza la mente para obrar según la voluntad de Dios: no seáis imprudentes, daos cuenta de lo que el Señor quiere (Ef 5,17).
En la conducta de las vírgenes vemos ejemplificada este hábito: Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. Señor: te pedimos que nos concedas crecer en esta virtud, gracias a la cual «aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar» (Catecismo, n.1806).
Ayúdanos, Señor, a ser personas maduras, a desarrollar —como un hábito profundo de nuestra vida— la virtud de la prudencia. Que se nos pueda aplicar, como a las vírgenes de la parábola, el elogio del libro de los Proverbios: Dichoso el que encuentra sabiduría, el hombre que logra la prudencia (Prov 3,13).
La virtud de la prudencia nos ayuda a darnos cuenta de que el fin más importante no es el inmediato, sino el último: la salvación, la santidad. San Juan Pablo II recordaba que «prudente no es —como algunos piensan— el que sabe arreglárselas en la vida y sacarle el máximo provecho, sino quien acierta a edificar su vida entera según la voz de la recta conciencia y las exigencias de una moral justa. La prudencia es la clave para realizar la tarea fundamental que Dios nos dio: perfeccionarnos a nosotros mismos» (Audiencia, 25-X-1978).
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!». Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Llega el momento de recoger lo que se ha sembrado: alegría, por parte de las prudentes; frustración, por parte de las necias.
La actitud prudente se puede resumir en tres actos, siguiendo a García de Haro: ponderación, docilidad, ejecución. En primer lugar, la prudencia exige ponderación: pensar antes de actuar, considerar las circunstancias adversas y las favorables, los posibles efectos secundarios, los medios con los que se cuenta, la experiencia ajena. En este punto es parte importante de la prudencia la previsión: descubrir y preparar medios para lo que se pretende. Precaución: prever, proveer, salir al paso de los obstáculos.
La ponderación incluye el estudio y la formación de la conciencia. Por eso es tan importante dedicar unos minutos diarios a la lectura espiritual, a conocer los principales dilemas éticos de la profesión que desempeñamos, a los principios morales que iluminan los temas de actualidad, etc. Volviendo a la parábola, podemos considerar que ese puede ser el aceite para encender la lámpara cuando sea necesario.
Forma parte de la ponderación prudente la petición de consejo. La persona prudente pregunta a otras con experiencia, especialmente a aquellas que tienen gracia de estado para aconsejar: los padres y directores espirituales. Desde luego, al pedir consejo hay que presentar la situación con sus pros y sus contras, las posibilidades y una posible decisión, con la apertura a cambiar de opinión si se reciben luces para hacerlo: no se trata de descargar el peso de una opción en los demás. Por la misma razón, el prudente asume con responsabilidad las consecuencias de sus actuaciones una vez haya escuchado el consejo.
De este modo hemos entrado en el segundo acto de la prudencia: la docilidad para seguir los criterios virtuosos que aprendemos en el estudio y en la actualización ante nuevos aspectos morales relacionados con el avance científico. También incluye disposición para preguntar, leer, conversar con sabios, seguir los consejos de la dirección espiritual y la confesión. Y, ante todo, docilidad a las inspiraciones que el Señor transmite en la oración.
Por último, la prudencia exige también ejecución, el imperium latino, para llevar a cabo lo decidido con la oportuna prontitud. San Josemaría lo resumía diciendo que la prudencia no es cobardía, inercia, ni inactividad. Esa falsa prudencia es pura pereza, pasividad: «La prudencia no se deja llevar de un cómodo abstencionismo (...), asume el riesgo de sus decisiones, y no renuncia a conseguir el bien por miedo a no acertar» (Instrucción, 31-V-1936, 43; citada por Burkhart y López, 2011, p.426). «Si a veces es prudente retrasar la decisión hasta que se completen todos los elementos de juicio, en otras ocasiones será gran imprudencia no comenzar a poner por obra, cuanto antes, lo que vemos que se debe hacer; especialmente cuando está en juego el bien de los demás» (AD, 86).
Se trata de dar cada uno de esos pasos con el detenimiento que sea necesario: ni lento ni rápido, sino al paso de Dios… Recuerdo haber leído un estudio en The Economist: cuya conclusión era que los países destacados en educación son los que intervienen pronto y siempre, cualquiera que sea la manera en que se descubren los males (20-X-2007). El imperio de la prudencia hay que ponerlo por obra sobre todo en el apostolado, que debe caracterizarse por una fuerte audacia, apoyada en la fe: «no seáis almas de vía estrecha, hombres o mujeres menores de edad, cortos de vista, incapaces de abarcar nuestro horizonte sobrenatural cristiano de hijos de Dios. ¡Dios y audacia!» (S, 96).
Y las necias dijeron a las prudentes: «Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas». Pero las prudentes contestaron: «Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis». Es un pasaje de la parábola difícil de entender. Uno supondría que es falta de caridad, pero, en realidad, es fortaleza; otro aspecto de la prudencia: no se pueden quedar todas a oscuras.
Y sucede lo que se espera de un comportamiento imprudente: Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: «Señor, señor, ábrenos». Pero él respondió: «En verdad os digo que no os conozco». Mencionamos desde el comienzo la enseñanza de Jesús: la necesidad de la vigilancia.
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora. Hemos de estar preparados, porque nadie sabe el día ni la hora en que el Esposo, Jesucristo, vendrá a consolidar su alianza con la Iglesia. Hemos de tener aceite en la alcuza: buenas obras, oración, fe, esperanza, caridad. Como dice san Agustín, «Vela con el corazón, con la fe, con la esperanza, con la caridad, con las obras (...); prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen, aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al esposo por el Amor, para que él te introduzca en la sala del banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá» (Sermones, 93,17).

Podemos terminar con las palabras con las que san Josemaría concluye su homilía sobre las virtudes cardinales: «Acudamos a Santa María, la Virgen prudente y fiel, y a san José, su esposo, modelo acabado de hombre justo. Ellos, que vivieron en la presencia de Jesús, el Hijo de Dios, las virtudes que hemos contemplado, nos alcanzarán la gracia de que arraiguen firmemente en nuestra alma, para que nos decidamos a conducirnos en todo momento como discípulos buenos del Maestro: prudentes, justos, llenos de caridad» (AD, 174).

domingo, agosto 21, 2016

Tres retos para los jóvenes de hoy

En la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia, el papa Francisco afirmó que «no hay nada más hermoso que contemplar las ganas, la entrega, la pasión y la energía con que muchos jóvenes viven la vida. Esto es hermoso, y, —se preguntó también—: ¿de dónde viene esta belleza?»

Para responder a ese interrogante sobre el origen de la belleza juvenil podemos acudir a las historias de tres personas, protagonistas de sendos relatos legendarios: el primero, un avaro, preocupado por ganar el tesoro definitivo; el segundo, un comisionista rechazado y temeroso; y el tercero, un «vida buena» venido a menos. Son figuras de personas que vemos con mucha frecuencia a nuestro alrededor.

El primero era un personaje notorio: piadoso, recatado, casto, obediente, ordenado, buena pinta y alegre. Tenía mucho dinero, porque controlaba sus egresos, no gastaba mal ni una moneda, era austero y exigente con sus empleados, a los que les pagaba lo mínimo. Las opiniones sobre él eran divididas: para algunos, era un ejemplo de buen financiero. Otras personas, como el tercer personaje de este recuento, lo verían como un bobo, que no disfrutaba sus bienes; los demás lo admirarían por la abundancia de sus medios y su piedad ejemplar; si omitimos su avaricia, casi diríamos que era un modelo para imitar. Desde luego, las opiniones de los pobres y de sus empleados no serían muy elogiosas…

Mientras los dos personajes extremos eran bastante jóvenes, el de la mitad era un poco mayor: ya tenía trabajo estable, una vida consolidada, prestigio, aunque no era bien visto por sus conciudadanos. Administraba una concesión para cobrar impuestos y, por ese motivo, era considerado traidor a su gente. Además, lo acusaban de inflar las facturas para llevarse una comisión mayor. Las autoridades religiosas lo rechazaban, decían que era un pecador público. Igual que el primer personaje, tenía mala reputación entre los pobres; en este caso, porque ostentaba fama de defraudador.

Del tercero, en cambio, ya dijimos que era parrandero, mujeriego, aunque también «pródigo», generoso y derrochador. A su lado siempre había un grupo amplio de amigos dispuestos a todo tipo de excesos festivos. Era la envidia de muchos, que —mientras él disfrutaba— se dedicaban a estudiar, a trabajar, a cumplir el horario de sus casas, y los preceptos morales que les indicaba su religión.

No sabe uno por dónde empezar, o con cuál de ellos identificarse. Preguntémonos a cuál de ellos escogeríamos como amigo, a cuál de los tres tipos de personaje tiende nuestra personalidad: alguno dirá que el primero, por la seguridad económica; otro preferiría al tercero, para que le pague las fiestas... Bromas aparte, después de esta corta presentación inicial, demos un paso adelante.

Comencemos por el primer muchacho, llamémosle «el joven rico». Y descubriremos que, en medio de su vida en apariencia feliz, se sentía insatisfecho. Sobre todo, le preocupaba el futuro. Y no solo por la posibilidad de una quiebra —bastante difícil en su caso, pues manejaba muy bien sus posesiones— sino porque tenía una duda que le taladraba la conciencia desde pequeño: a pesar de que se consideraba un hombre bueno, no estaba seguro de serlo del todo en realidad. En principio, sus actuaciones éticas no tenían reproche: ni en lo que tenía que ver con Dios, ni en relación con los demás. Sin embargo, le inquietaba el interrogante por el juicio final, por la vida eterna: ¿qué obras presentaría el día en que tuviera que dar cuenta de su vida? ¿al final de la existencia, sí valía la pena todo lo que había conseguido? ¿o qué le faltaba aún para alcanzar una vida verdaderamente lograda? En su corazón alentaba «un deseo profundo de eternidad» (Del Portillo, Carta, 011193).

Comentando esta ansia con algún amigo, éste le habría hablado de un maestro muy bueno, muy sabio, que enseñaba con autoridad —con claridad y sencillez al mismo tiempo— sobre las cuestiones más importantes de la vida humana. Le habría indicado que en pocos días pasaría por allí y quedarían en que él le avisaría para visitarlo juntos. Al joven rico se le abrirían las esperanzas de encontrar respuesta para su honda inquietud: ¿qué hay que hacer para heredar la vida eterna? ¿cómo evitar la condenación?

El comisionista, por su parte, era mal visto y rechazado por sus coterráneos… Quizá también a él un colega le habría hablado de un maestro sabio que podría escuchar sus afugias, le contaría que a él no lo había mirado mal a pesar de su profesión, que incluso ponía como ejemplo ese oficio en sus enseñanzas, y que los consejos y la compañía de aquel hombre le habían ayudado a cambiar de vida. Hasta le prometió que le hablaría de él en su próximo encuentro, y se lo recomendaría especialmente, por si decidía ir a conocerle. La nueva alegría de ese antiguo compañero de locuras hizo surgir en su alma el deseo de imitarle, de ser, como él, un hombre serio, apreciado por todos, con los principios claros para obrar en conciencia. Además, daba la casualidad de que, en ese momento, se encontraba por allí, en su tierra.

Sin embargo, junto con la aspiración de escucharlo, surgieron inmediatamente los obstáculos: ¿cómo alcanzaría a verlo, ya que era de muy baja estatura?, ¿podría preguntarle si estaba aún a tiempo de cambiar?, ¿cómo sería su cara, su talante?, ¿sería un modelo hierático, distante, como un gurú de la India o como los sacerdotes hebreos de entonces?, ¿le reprocharía con la mirada, descubriría sus pecados en público para hacerle quedar mal delante de todo el pueblo?, ¿lo reconocería, se dirigiría a él, al menos haría una mirada furtiva, que no lo comprometiera delante de los demás habitantes de aquella tierra?

Para comentar la situación del tercer personaje, hay que tener en cuenta el contexto en el que se movía: poco tiempo antes, empezaron a correr malas noticias en el panorama económico de la ciudad. La historia resume la situación en que «vino por aquella tierra un hambre terrible». Aumentaría la inflación, el desempleo, la especulación, hasta que desaparecerían las existencias de alimentos en los almacenes. Nuestro protagonista, cuyo único trabajo, según vimos al comienzo, era dilapidar su capital, cayó en la cuenta demasiado tarde de su escasez, cuando «empezó él a pasar necesidad».

Los amigos de francachela desaparecieron como por ensalmo, solo quedó alguno que, como gran gesto de generosidad, se ofreció a interceder por él para que obtuviera una fuente de ingresos, aunque fueran mínimos: así fue como consiguió el primer trabajo de su vida. Solo que la situación era tan difícil, que el salario no le alcanzaba casi para nada. Prácticamente estaba en condiciones de mendicidad. Fue entonces cuando recapacitó y pensó en hacer algo que había descartado desde varios años atrás: regresar a su casa y pedir perdón por haber despilfarrado el capital familiar de esa manera.

En medio de su necesidad, cayó en la cuenta de lo que valía el dinero y se dio cuenta de la gran deuda que había adquirido con los suyos. Pero superó a la vergüenza y, movido sobre todo por la necesidad, decidió pedir solo que le dieran un trabajo más digno del que tenía —y con un poco mejor de salario, bastaba con el mismo que le pagaban al resto de los obreros—. Solo que dudaba de la recepción en casa de sus parientes, no sabía cómo reaccionarían en su casa, por tener la cara dura de regresar a pedir favores después del desaliñado que había hecho tiempo atrás…

Las tres historias son imágenes del hombre actual: obsesionado con el dinero («el mundo», en el sentido negativo que describe san Juan), fascinado por el poder (la «concupiscencia de los ojos», de la que habla el mismo evangelista), poseído por el vicio (la «concupiscencia de la carne»). Esas tentaciones son como el anillo de Sauron que, aunque crees poseerlo, es él tu verdadero dueño a no ser que tengas la nobleza de Frodo Bolsón.

El joven rico se creía bueno, quería ser mejor, pero con sus propios medios, con sus capacidades: ni siquiera con sus virtudes, sino con su dinero. Pensaba que el cielo se compraba con oro. El comisionista, creía tenerlo todo, pero nadie lo quería, le remordía la conciencia y estaba muerto del susto. Por último, el pródigo en parrandas se consideraba imperdonable. Le faltaba autoestima. No conocía de verdad a su padre (no sabía qué tan bueno era), ni se conocía a sí mismo (en su soberbia, pensaba que no había nadie tan malo como él).

Los tres personajes buscaron la misma solución: el consejo del sabio. Los más perspicaces ya habrán caído en la cuenta de quién se trataba… y quiénes son los tres protagonistas.  ¿Pero qué encontraron? Veamos las tres escenas:

El joven rico se presentó a la salida de la ciudad, reconoció al Maestro y corrió a arrodillarse delante de él para hacerle la preguntaba que le martillaba desde tanto tiempo atrás: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». La respuesta fue alentadora: bastaba con cumplir los mandamientos. La verdad es que vivir esas exigencias no es del todo fácil, pero ya hemos visto que, si algo tenía este personaje, era una integridad que le permitía responder con convicción: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».

Lo que sucedió más adelante es uno de los pasajes más conmovedores de la historia, a mi humilde entender: aquel Señor, ante el cual uno se ponía de rodillas, que tenía un grupo nutrido de discípulos, que era reconocido por algunos como la máxima autoridad moral en todos los tiempos, «se quedó mirándolo y lo amó». Le dirigió una mirada de cariño que todos entendieron como un amor profundo, una amistad que podía ser eterna. San Juan Pablo II decía a los jóvenes: «Deseo que experimentéis una mirada así». Deseo que experimentéis la verdad de esa mirada de amor (Carta, 31-III-1985). El cariño fue tan intenso, que conllevó un reto: ya que consideraba que vivía tan bien su religión judía, que cumplía tan escrupulosamente hasta el último mandamiento, le ofreció la clave para lograr la perfección humana y sobrenatural: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme».

El comisionista, Zaqueo de nombre, hizo gala de su astucia para lograr lo que se proponía, y venció su pequeña estatura subiéndose a un sicomoro para ver pasar al Maestro. Pero no solo alcanzó ese objetivo, sino que, cuando lo vio venir de frente, descubrió que sus ojos se encontraban en una mirada inefable. Pero además de verlo, escuchó que su voz se dirigía a él, le llamaba por su nombre, y le decía que se diera prisa y que bajara, porque era necesario que ese mismo día se quedara en su casa. Como en el cuento de Tagore, la generosidad del Rey viandante desbordó cualquier previsión: él esperaba una mirada de soslayo y alcanzó un anfitrión de carne y hueso…

El hijo pródigo se dirigió por el camino viejo, tantas veces recorrido, lleno de nostalgia y de remordimiento. Se imaginaba la reprobación general, el reproche por atreverse al regreso, pero era su última carta. Si no funcionaba, regresaría al trabajo de cuidar cerdos, tan repugnante para un judío. Pero dejemos la palabra al autor original de esta parábola: «cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

A la luz de la predicación del papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia, podemos hacer un balance del encuentro de los tres personajes con el sabio al que acudieron:

Al joven rico, el maestro le propuso un reto que nunca se había planteado. Jesucristo le planteó la aventura de dejar huella, de imitar a Dios, de ser un ministro suyo con las obras de misericordia, de abandonar las propias comodidades e ir al encuentro de los demás, siguiendo el ejemplo de los doce Apóstoles y, en mayor proporción de la virgen María, que es la «Madre de la misericordia»: «hemos venido a dejar una huella. Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados. Dios viene a abrir todo aquello que te encierra. Te está invitando a soñar, te quiere hacer ver que el mundo contigo puede ser distinto. Eso sí, si tú no pones lo mejor de ti, el mundo no será distinto. Es un reto».

Zaqueo, el comisionista, encontró un nuevo amigo, con una fidelidad eterna. Al calor de su amistad sincera, tomó la decisión de reponer lo que hubiera escamoteado antes, y le dijo al Maestro: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». Se convirtió en ejemplo de audacia y valentía para vencer todas sus dificultades: la baja estatura, la vergüenza paralizante, y la multitud que murmuraba. Comenta el papa que «el Señor quiere venir a tu casa, vivir tu vida cotidiana: el estudio y los primeros años de trabajo, las amistades y los afectos, los proyectos y los sueños. Cómo le gusta que todo esto se lo llevemos en la oración. Él espera que, entre tantos contactos y chats de cada día, el primer puesto lo ocupe el hilo de oro de la oración. Cuánto desea que su Palabra hable a cada una de tus jornadas, que su Evangelio sea tuyo, y se convierta en tu “navegador” en el camino de la vida».

El pródigo en derroches, descubrió un padre con el que no contaba. Supo que la misericordia es el don más grande y que el Señor, representado por el padre de la parábola, «no se cansa de perdonar: somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón». De él puede decirse que cumplió el tercer reto que plantea Francisco a la juventud de hoy: el desafío de cambiar el mundo, empezando por uno mismo: «El tiempo que hoy estamos viviendo no necesita jóvenes-sofá, sino jóvenes con los guayos puestos. Este tiempo sólo acepta jugadores titulares en la cancha, no hay espacio para suplentes. El mundo de hoy pide que sean protagonistas de la historia porque la vida es linda siempre y cuando queramos vivirla, siempre y cuando queramos dejar una huella. Por eso, amigos, hoy Jesús te invita, te llama a dejar tu huella en la vida, una huella que marque la historia, que marque tu historia y la historia de tantos. Hoy Jesús, que es el camino, te llama a ti, a ti, a ti, a dejar tu huella en la historia. ¿Te animas?».


Pidámosle a la Virgen, modelo de generosidad y de entrega a la voluntad de Dios, que acojamos con magnanimidad la triple propuesta que hemos considerado en la predicación del papa: dejar huella con las obras de misericordia —como en la llamada del joven rico—, convertirnos con audacia y valentía —como Zaqueo—, cambiar el mundo, sabiéndonos hijos de Dios —como el hijo pródigo—.

sábado, junio 25, 2016

San Josemaría y el Año de la misericordia

Celebramos la fiesta de San Josemaría, y recordamos que, en la ceremonia de su canonización, el papa san Juan Pablo II lo nombró «el santo de lo ordinario»: el motivo es que el Fundador del Opus Dei «estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo ofrece ocasión de un encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. La vida diaria, vista así, revela una grandeza insospechada. La santidad está realmente al alcance de todos» (Discurso, 7-X-2002).

Uno de los puntos en los que insistía san Josemaría es la importancia que tiene para un católico la unión con el Santo Padre, hasta acuñó una frase que resume el itinerario de su misión apostólica: «Todos, con Pedro, a Jesús por María» (C,833). Siguiendo su ejemplo de amor al Romano Pontífice, aprovechemos esta Eucaristía para renovar nuestra unión a sus intenciones. En concreto, al año jubilar de la misericordia, que estamos viviendo desde diciembre del año pasado hasta el próximo 20 de noviembre.

El papa Francisco ha visto que el punto central que Dios quiere legar a la Iglesia y a la humanidad entera, como fruto de su pontificado, es el anuncio de la misericordia divina. Ese amor de Dios se manifiesta desde la creación, como hemos escuchado en la primera lectura: el diseño original, amoroso, del Creador, antes del pecado original, era que el ser humano colaborase en la perfección del cosmos. Por eso, san Josemaría resaltaba dos palabras del Génesis: Dios puso al hombre en el mundo ut operaretur, para que trabajara. El trabajo no es castigo, sino misericordia, camino de santificación.

La revelación del amor divino se completó con la Encarnación del Hijo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra» (Francisco, MV, 1). El Señor nos invita, como vimos en el Evangelio, a seguirle mar adentro y a echar las redes para la pesca.

Esa llamada también es misericordiosa, como escribió san Josemaría en una frase que podría resumir el sentido del año jubilar para los que siguen su espiritualidad: «nuestra entrega, al servicio de las almas, es una manifestación de esa misericordia del Señor, no solo hacia nosotros, sino hacia la humanidad toda» (Carta, 24-III-1930, n.1. Citada por Echevarría, Carta pastoral, 4-XI-2015, n.3).

Jesús nos invita a ir mar adentro, a que invitemos a todas las personas que queremos, a cruzar la Puerta Santa de la misericordia divina. Por esa razón, durante este año la tradicional Puerta jubilar no solo está en Roma, sino en todas las diócesis, como un signo «a través de la cual quien quiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza» (MV,3).

Esa peregrinación hacia la Puerta Santa es una muestra del esfuerzo que conlleva la conversión. El tema central de la predicación del Papa es que «Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros quienes nos cansamos de pedir perdón». Gracias a Dios, son muchos los que regresan a la Iglesia, como el hijo pródigo, quizá después de bastante tiempo alejados de la vida cristiana, al escuchar estas palabras.

En este Año Santo, además de la absolución de la culpa, que recibimos en el sacramento de la reconciliación, podemos lucrar la indulgencia, que es el perdón de la pena que debemos por esos pecados ya perdonados. En un gesto de misericordia, podemos ofrecerla por las almas del purgatorio de nuestros seres queridos, o simplemente de quien más lo necesite. Los otros requisitos para alcanzar la indulgencia del año jubilar, además de cruzar la Puerta Santa y confesarse, son: comulgar, rezar el Credo, y pedir por las intenciones del papa Francisco.

Por otra parte, como una manera concreta de manifestar la transformación que la gracia de Dios realiza en nosotros, el Papa desea «que la Iglesia redescubra en este tiempo jubilar la riqueza contenida en las obras de misericordia corporales y espirituales. La experiencia de la misericordia se hace visible en el testimonio de signos concretos, como Jesús mismo nos enseñó. Cada vez que un fiel viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar» (Carta, 1-IX-2015).

San Josemaría fue muy generoso, con su ministerio sacerdotal, en la atención a las personas pobres, enfermas y necesitadas. Y quería que todos sintiésemos esa necesidad de salir al encuentro de Jesucristo, presente en sus hermanos más pequeños. Por eso fomentó las visitas a los pobres y las catequesis en barrios necesitados, entre otras labores que aún se continúan en los cinco continentes. Bajo su inspiración se han desarrollado muchísimas actividades en favor de las personas que viven en las «periferias existenciales», también en esta ciudad: consultorios médicos y de orientación familiar, centros educativos populares, bancos de alimentos, etc. Pensemos en este momento cuáles obras de misericordia, corporales y espirituales, podríamos concretar como fruto de esta celebración.

Un ámbito privilegiado para ejercitar esas obras de misericordia es la propia familia. Como enseñaba san Josemaría, «los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad» (Conv 91).

El Santo Padre ha recordado recientemente, en la Exhortación Apostólica Amoris laetitia, algunas virtudes que manifiestan esa misericordia intrafamiliar: la paciencia, el servicio, la amabilidad, el desprendimiento, el perdón, la alegría, la confianza, la esperanza; en una palabra: el amor.

Concluyamos agradeciendo al Señor por los regalos que nos ha hecho con el ejemplo de la vida santa de San Josemaría, con su predicación y con su intercesión. Aprendamos a imitarlo en su amor al Santo Padre, secundando esas dos enseñanzas que el Papa quiere fomentar ahora: que acojamos la misericordia divina y que nos esforcemos por ser misericordiosos como el Padre, comenzando con nuestra propia familia, que son las personas que más cerca tenemos.

En los últimos años de su vida, el Señor le hizo ver a san Josemaría que, para alcanzar misericordia, «hemos de ir con mucha fe al trono de la gloria, la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra (…). Vayamos, a través del Corazón Dulcísimo de María, al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, a pedirle que, por su misericordia, manifieste su poder en la Iglesia y nos llene de fortaleza para seguir adelante en nuestro camino, atrayendo a Él muchas almas» (Notas de una reunión familiar, 9-IX-1971, citado por Echevarría, Carta pastoral 4-XI-2015, n.8). 

jueves, junio 02, 2016

Sagrado Corazón de Jesús

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús aparece entre las grandes fiestas que la liturgia prevé para recomenzar el tiempo ordinario después de la Pascua, además de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi.
Durante la semana dedicada a la adoración de la Hostia Santa, el viernes, día en que murió Cristo, se contempla el amor misericordioso del Corazón de Jesús y se le desagravia por las ofensas contra el Santísimo Sacramento. Vemos entonces que se trata de una fiesta muy especial: hay naciones consagradas a Él, muchas familias tienen una imagen suya presidiendo los hogares y las fincas, etc.
Se entiende que sea una devoción tan arraigada en los pueblos cristianos, pues se remonta a la consideración de la Humanidad santísima de Jesucristo, de ese corazón que nos amó tanto, hasta el extremo de hacerse hombre para redimirnos de nuestros pecados.
La celebración litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús se remonta al siglo XVII, cuando el Señor se le apareció a santa Margarita María de Alacoque todos los primeros viernes, durante varios años. En esas apariciones le mostraba su Corazón sacratísimo, y le hacía ver las heridas que le causaban los pecados de los hombres, especialmente las que le originaban sus elegidos. En uno de esos encuentros, le pidió a santa Margarita María que promoviera la fiesta del Sagrado Corazón el viernes de la Octava de Corpus y que difundiera la devoción de los primeros viernes durante el año.
Entonces podemos definir esta solemnidad como la fiesta del amor. De la caridad infinita de Dios, de su invitación a corresponderle, de acuerdo con el afamado refrán (amor con amor se paga): «Al tratar ahora del Corazón de Jesús, ponemos de manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su entrega a nosotros. Al recomendar la devoción a ese Sagrado Corazón, estamos recomendando que debemos dirigirnos íntegramente —con todo lo que somos: nuestra alma, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, nuestros trabajos y nuestras alegrías— a todo Jesús» (ECP,164).

La liturgia escoge textos de la Escritura que enfatizan ese amor del Padre por nosotros. Por ejemplo, la Antífona de entrada está tomada del salmo 32, que alaba el plan del Señor, un designio que subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad. En concreto, agradece que los ojos del Señor estén puestos en quien lo teme, en los que esperan su misericordia. Esa es la disposición generosa del Padre: librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Así se nota a lo largo de toda la Sagrada Escritura.
Con la oración colecta de la Misa «recordamos los beneficios de tu amor». Y es lo que hacemos en nuestra meditación, agradecerle al Señor todo lo que nos ha dado. Dios quiere que nos detengamos a contemplar su misericordia. Como explica san Juan Pablo II en su encíclica sobre este atributo divino, el amor del Padre se nota desde la creación: Dios crea por amor, no necesita del cosmos para ser más grande, sino que lo trae a la existencia como una manifestación de la superabundancia de su amor.
En el Antiguo Testamento, se revela con un amor de esposo, fiel, que perdona las ofensas. El Señor muestra esa misericordia en hechos y en palabras. La terminología bíblica ayuda a entender las principales dimensiones del amor misericordioso de Dios: una de las palabras usadas para definirlo es Hesed, que significa «amor bueno, amor fiel». Es la gracia, que procede de la fidelidad divina. Dios, como es fiel, ama y perdona siempre. Otra palabra es rah mim, que se relaciona con una visión que podríamos decir más femenina: es el amor materno, se refiere a las entrañas misericordiosas de Dios; es un amor gratuito, del Señor que salva, que perdona y que cumple las promesas.
De esa manera, el Antiguo Testamento va abriendo el camino para entender mejor la potencia la caridad divina, que prevalece sobre el pecado, sobre la infidelidad de ese pueblo que era tan traidor. Ese amor sobresale por encima de las miserias, tanto comunitarias como individuales. Por lo tanto, concluye san Juan Pablo II, la misericordia define a Dios y, además, al pueblo que la recibe (Cf. DM, nt.52).
Y podemos aprovechar nuestro diálogo con el Señor para recordar en este momento, y agradecerle sus dones: gracias, Dios mío, por el don de la creación, gracias por haberme traído al mundo, por habernos redimido con tu muerte en la Cruz, porque te quedaste en la Eucaristía, porque me hiciste cristiano, por haber venido a mi alma en el sacramento del Bautismo, por haber perdonado mis pecados ¡tantas veces!, también —si fuera el caso— por haber enriquecido la vocación bautismal a la santidad con una llamada específica para seguirte más de cerca, preocupado por la salvación de las almas, y así vivir mi existencia con una perspectiva nueva…
Son muchos los motivos que tenemos para darle gracias a Dios, y la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es un buen momento para meditarlo. En cuántas ocasiones omitimos la gratitud, o ni siquiera somos conscientes, de tantos regalos que el Señor nos ha dado: «Dios me ama... Y el Apóstol Juan escribe: “amemos, pues, a Dios, ya que Dios nos amó primero”. —Por si fuera poco, Jesús se dirige a cada uno de nosotros, a pesar de nuestras innegables miserias, para preguntarnos como a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”... —Es la hora de responder: “¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!”, añadiendo con humildad: ¡ayúdame a amarte más, auméntame el amor!» (F,497).
Ayúdanos, Señor, a aprender de tu ejemplo de misericordia. Auméntanos el amor, para querer como Tú lo haces, con ese Corazón humano y divino de Jesús, que siempre salía al encuentro de los enfermos, de los desplazados, de los hambrientos, de los más necesitados, como la viuda de Naím con su hijo muerto, o como las hermanas de Lázaro en Betania. Esa actitud que san Juan resume en el prólogo de la última cena: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…
La liturgia de la Misa cita en la primera lectura al profeta Ezequiel (34,11-16), para mostrar hasta dónde se remontan esas prefiguraciones del amor divino, esos anuncios del Antiguo Testamento: yo mismo apacentaré mis ovejas, y las haré reposar. La figura del pastor era muy común en ese tiempo, recordamos que era la profesión del rey David. La Escritura enseña que Dios esperaba que los dirigentes de su pueblo fueran pastores, y no monarcas al estilo humano, tiranos. Y por eso el Señor anuncia que él mismo será el Pastor de su rebaño. Y, además, hace una promesa que se cumplirá en Jesús, quien dirá de sí mismo: yo soy el buen Pastor (Jn 10,11). 
Debido a esa actitud pastoral hacia los «publicanos y pecadores», el Señor padecería contradicciones hasta morir en la Cruz, y por eso explicaba, con la parábola de la oveja perdida, que estaba cumpliendo la profecía de Ezequiel: ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? (Lc 15,4). Ese es Jesús, el buen Pastor, que se preocupa de la única oveja extraviada y la cura. Ahí vemos reflejado su Corazón misericordioso, que viene a nuestro encuentro, que nos busca en medio de nuestras miserias y nos carga sobre sus hombros para llevarnos de nuevo a su redil.
Los Padres explicaban que el Buen Pastor nos apacienta con su palabra. Y también nos hace reposar con su amor, con su perdón, con su compañía, y con su presencia en el sagrario. Por eso la fiesta del Sagrado Corazón está inserida en la Octava del Corpus Christi. La misericordia prefigurada en el Antiguo Testamento llega a su perfección con Jesucristo: en sus palabras, en sus gestos, especialmente en su sacrificio en el Calvario, cuyos efectos podemos recibir ahora a través de los sacramentos. 

Por esa razón, la liturgia detiene su mirada en ese Pastor que da la vida por sus ovejas. Siguiendo al profeta Zacarías (12-10), nos ayuda a «mirar al que traspasaron», al que dio su vida por amor a nosotros en la Cruz. El profeta continuaba su anuncio presagiando que aquél día manaría una fuente para lavar el pecado y la impureza, lo que San Juan vio cumplido en el agua que brotó del costado traspasado con una lanza en la cima del Gólgota: Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua (Jn 19,34). 

El prefacio de la Misa resume la teología de la redención con una oración poética: «con amor admirable se entregó por nosotros, y elevado sobre la cruz hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de la fuente de salvación».
Contemplamos en nuestra oración el amor misericordioso de Jesucristo, nuestro buen Pastor: «Celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y con la liturgia echamos una mirada, por así decirlo, dentro del corazón de Jesús, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. Sí, su corazón está abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el corazón de Dios mismo. La liturgia interpreta para nosotros el lenguaje del corazón de Jesús, que habla sobre todo de Dios como pastor de los hombres, y así nos manifiesta el sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su corazón» (BXVI, Homilía 110610).
Y qué mejor manera de hacerlo que meditando sobre el salmo 22, que nos ayuda, nos acompaña, prepara la mesa eucarística para la lucha por la santidad. Agradezcamos al Señor por tantas manifestaciones de su misericordia: «¡Gracias, Jesús mío!, porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo; que se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia; que vela por los pobres y por los ricos; que cuida de los pecadores y de los justos... —¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo!» ... (S,813).
Danos, Señor, un corazón que se duela de sus faltas y que desagravie por sus pecados y los de todos los hombres. Recordemos que, entre las promesas que nuestro Señor hizo a santa Margarita María para quienes vivieran esta devoción, decía: «Yo les prometo, en el exceso de la infinita misericordia de mi Corazón, que Mi amor todopoderoso les concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final; no morirán en desgracia ni sin recibir los sacramentos. Mi divino Corazón será su refugio seguro en este último momento».
Ante nuestra mala respuesta, podemos pedirle a Dios que nos conceda «recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia» (oración Colecta). Que de ese manantial infinito saquemos amor para enmendar nuestra falta de correspondencia a su misericordia. Que nos esforcemos por desagraviarlo: con amor a Dios (en primer lugar, pidiendo perdón en el sacramento de la reconciliación las veces que haga falta; luchando para ser almas de oración y para crecer en amor a la Cruz; recibiendo con frecuencia la sagrada comunión; o con la práctica de los primeros viernes, etc.).
Otra manera de reparar por las ofensas al Corazón de Jesús puede ser a través del amor a los demás. Pidámosle, con la jaculatoria tradicional: «Haced mi corazón semejante al Vuestro». Enséñanos a amar, como amas Tú, a nuestros hermanos más cercanos (fraternidad) y a todas las almas (apostolado). Es un verdadero programa de vida, que viene resumido en la oración para después de la comunión: «Este sacramento de tu amor, Dios nuestro, encienda en nosotros el fuego de la caridad que nos mueva a unirnos más a Cristo y a reconocerle presente en los hermanos».
La Virgen santísima es Madre de Misericordia. Justamente el día después del Sagrado Corazón de Jesús celebramos la fiesta del Corazón Inmaculado de María, porque Ella nos enseña el camino seguro para amar a Dios y a nuestros hermanos. A nuestra Madre le pedimos que interceda ante la Trinidad para que escuche nuestra oración: «Concédenos la gracia de encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada; y establece en nuestros corazones el lugar de tu reposo, para permanecer así íntimamente unidos: a fin de que un día te podamos alabar, amar y poseer por toda la eternidad en el Cielo, en unión con tu Hijo y con el Espíritu Santo. Así sea» (San Josemaría, Consagración, 26-X-1952, en AVP).

sábado, mayo 28, 2016

Corpus Christi, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Después de la solemnidad de Pentecostés, con la que termina el tiempo de la pascua, la liturgia continúa celebrando los grandes misterios de la fe cristiana, como si quisiera alargar el gozo de la Pascua: por tanto, hemos celebrado la Santísima Trinidad, el sacerdocio sumo y eterno de Jesucristo, y la presencia del Señor, con su cuerpo y con su sangre, con su alma y su divinidad, en las especies sacramentales del pan y del vino (el Corpus Christi). Un día para aumentar nuestra fe en la presencia de Jesús en el sagrario, para hacer muchos actos de amor, de esperanza y de fe.
Nos puede servir, para nuestro diálogo con el Señor, meditar las alabanzas que la liturgia le dispensa, como intentaremos en este rato de oración. Un himno del Breviario ensalza esta conmemoración diciendo: «Se dio a los suyos bajo dos especies, en su carne y su sangre sacratísimas, a fin de alimentar en cuerpo y alma a cuantos hombres en este mundo habitan». Y continúa, glosando sus efectos en el alma del cristiano: «Se dio, naciendo, como compañero; comiendo, se entregó como comida; muriendo, se empeñó como rescate; reinando, como premio se nos brinda». Vamos a meditar en esas distintas facetas de la presencia de Jesús en la Hostia Santa.
Esta solemnidad se remonta al siglo XIII, cuando el papa Urbano IV quiso difundir más la devoción a la Sagrada Eucaristía entre el pueblo cristiano y fomentar la comunión frecuente. Le pidió a santo Tomás de Aquino que compusiera los textos para la celebración y este santo teólogo resumió en unos bellos textos la doctrina católica sobre el Sacramento del altar: «Para que la inmensidad de este amor [de Jesús] se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando después de celebrar la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia».
En esta explicación descubrimos tres momentos: pasado, presente y futuro; manifestaciones temporales que, en la Eucaristía tienen una vivencia diversa. Podemos decir que en este sacramento el tiempo se desdobla: el pasado se hace presente, el presente se hace comunión y al mismo tiempo se lanza a la esperanza futura de la vida eterna. Manifestaciones que también se exponen en la antífona de las vísperas de esta celebración: «¡Oh sagrado banquete (Oh Sacrum convivium) en que Cristo se da como alimento! En él, (1) se renueva la memoria de su pasión, (2) el alma se llena de gracia y (3) se nos da una prenda de la gloria futura».
En primer lugar, se habla de la Eucaristía como «Memorial de la pasión». Podríamos decir que es la dimensión más importante de este sacramento, porque resume el motivo de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, «que por nosotros los hombres, y para nuestra salvación, bajó del cielo», de acuerdo con el Credo. La Santa Misa es la renovación incruenta del sacrificio de Cristo en el Calvario. Una dimensión que durante muchos años estuvo un poco escondida por darle más importancia a la faceta horizontal, al banquete, al convivio, pero la base de todo aquello está en que la Eucaristía hace presente de nuevo el sacrificio de Jesús.
Como dice el prefacio de la Misa, su misericordia lo llevó al amor extremo: «al instituir el sacrificio de la eterna alianza, se ofreció a sí mismo como víctima de salvación». Gracias, Señor, por ese sacrificio. Gracias por ese amor tan grande, hasta el extremo. De esa manera se cumplían las antiguas profecías, prefiguraciones de su presencia sacramental desde el Antiguo Testamento.
La liturgia de la fiesta selecciona algunas señales: por ejemplo, en la antífona de entrada se cita el Sal 80,17, que recuerda el prodigio del maná, con el que Dios cuidó de su pueblo en la travesía por el desierto: El Señor los alimentó con flor de harina y los sació con miel silvestre.
En la primera lectura aparece una figura misteriosa de los comienzos del Antiguo Testamento: el sacerdote Melquisedec, al que se encontró Abrahán después de haber vencido unas batallas. El patriarca le ofreció unos dones, a modo de diezmo, y aquél sacerdote —que también era rey, de Salem, la futura Jerusalén— lo bendijo y le ofreció pan y vino. El autor de la epístola a los hebreos glosa así su papel en la historia de la salvación, relacionando el sacerdocio de Jesucristo con el de Melquisedec: Sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida. En virtud de esta semejanza con el Hijo de Dios, es sacerdote perpetuamente (7,3). Por la misma razón, el salmo responsorial es el 109, que habla del Mesías que no solo será Rey, sino también Sacerdote. Pero no como los levitas de esa época, sino de la manera originaria. Ese es el motivo por el cual la liturgia no duda en aplicar este himno a Jesucristo: El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec». Y se atreve a pedirle al Padre que mire con ojos de bondad nuestra ofrenda eucarística y la acepte, como aceptó «la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec» (Canon romano).
Esas imágenes antiguas quedan desveladas en el Nuevo Testamento, ya desde las primeras manifestaciones públicas de la divinidad de Jesucristo. Por ejemplo, san Lucas (9,10-17) presenta una de las primeras multiplicaciones del pan. Los gestos de Jesucristo son claramente eucarísticos, se pueden poner en paralelo con el relato de la institución de la Eucaristía: tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.
Son como una anticipación de lo que celebrará unos años más tarde en el cenáculo, y que san Pablo fue el primero en reportar a través de sus cartas (Cf. 1Co 11,23-26): Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Esa entrega habla del sacrificio en el Calvario, del cual la Eucaristía es memorial.
Con esta tradición recibida, Pablo anuncia que el signo anunciado en la multiplicación de los panes se hizo real con la presencia de Jesús en la Eucaristía: Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía». Está recordando una profecía de Jeremías (31,31), que hablaba de una alianza definitiva, después de todas las alianzas pasajeras del Antiguo Testamento. Una alianza sellada con la sangre del Hijo, no con la de los animales. El pan partido y la sangre derramada anuncian esa dimensión de holocausto que conlleva el sacramento en el que Jesucristo es, al mismo tiempo, sacerdote, víctima y altar.
San Juan lo aclara más con el sermón del pan de vida, en el que Jesús remata su predicación diciendo (6,53): si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. «Aquí no sólo resulta evidente la referencia a la Eucaristía, sino que además se perfila aquello en que se basa: el sacrificio de Jesús que derrama su sangre por nosotros y, de este modo, sale de sí mismo, por así decirlo, se derrama, se entrega a nosotros» (Benedicto XVI, 2007). Él dice que esa es la clave por la cual muchos teólogos contemporáneos no entienden la Eucaristía, ni el mensaje de Jesucristo, porque no aceptan la expiación, que el Hijo de Dios se haya ofrecido en sacrificio por nuestros pecados. Aprovechemos para darle muchas gracias al Señor, y para unirnos a su sacrificio conscientes de que «todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia» (ECP,96).
La liturgia alaba esa expiación con las palabras del Prefacio: «Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica». Y en el segundo Prefacio para alabar la Eucaristía, la Iglesia recuerda que, «en la última cena con los Apóstoles, se ofreció a ti como cordero sin mancha [otra figura del Antiguo Testamento], para perpetuar su pasión salvadora y tú lo aceptaste como sacrificio de alabanza perfecta». Por esa razón la Eucaristía es el «centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano» (ECP,87), «la cumbre y la fuente» de la gracia sacramental (SC,10). Con esta convicción, solicitamos al final de la oración colecta «que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención», memorial de la pasión redentora, culmen de la misericordia divina. Jesucristo mismo es el rostro de la misericordia, como ha recordado el papa Francisco (MV,1).
En segundo lugar, podemos fijarnos en un detalle aparentemente pequeño de la narración del milagro de Jesús en el desierto: Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos. Una de las exégesis de esta conclusión del milagro es que alude a las formas consagradas que se conservaban desde la antigua cristiandad para llevar la comunión a los enfermos, y que son el origen de la actual adoración a Jesús sacramentado, presente en el sagrario.
Así meditamos la segunda dimensión del sacrificio eucarístico, que de hecho le da uno de los principales nombres al sacramento: la comunión que Dios establece con nosotros. Por eso hemos considerado en la predicación de santo Tomás que «el alma se llena de gracia», y que «lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia». Jesús está en el cielo, pero se quedó con nosotros. Podemos pensar qué tanto es la Eucaristía nuestro quitapesares, si nos hace falta rondarlo, pasar un momento junto al sagrario, rezar delante de Él, hacerle compañía, dejarnos acompañar por Él, si nos escapamos con la imaginación al tabernáculo más cercano, si «asaltamos» los sagrarios en nuestros recorridos por la ciudad, visitándolo, o al menos haciendo una comunión espiritual.
La liturgia también alaba este efecto de la presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo en las especies eucarísticas: «Con este sacramento, alimentas y santificas a tus fieles para que, a los hombres que habitan un mismo mundo, una misma fe los ilumine y los una un mismo amor». Ese es un efecto muy importante: el amor de Dios que se derrama en nuestros corazones (Cf. Rm 5,5). Por eso la Eucaristía también es llamada «sacramento de caridad, vínculo de unidad». Y ese es el motivo por el cual se le pide al Señor en la oración sobre las ofrendas que conceda a su Iglesia «el don de la paz y la unidad, significado en las ofrendas sacramentales que te presentamos».
Esta es una de las maneras como Cristo transforma el mundo: convirtiendo a los fieles en otros Cristos, sembradores de su paz y de su alegría: «nos acercamos a tu mesa para que, penetrados por la gracia de este admirable misterio, nos transformes en imagen de tu Hijo» (Prefacio). Aprovechemos nuestra oración para formular propósitos que nos ayuden a ser almas esencialmente eucarísticas, unidas al sacrificio de Cristo en medio de las ocupaciones de cada día, y conscientes del gran regalo que significa el hecho de tenerlo a pocos pasos, esperándonos en el sagrario: «hemos de amar la Santa Misa que debe ser el centro de nuestro día. Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como Él trabajaba y amar como Él amaba? Aprendemos entonces a agradecer al Señor esa otra delicadeza suya: que no haya querido limitar su presencia al momento del Sacrificio del Altar, sino que haya decidido permanecer en la Hostia Santa que se reserva en el Tabernáculo, en el Sagrario» (ECP,154).
La tercera característica del sacramento de la Eucaristía, además del sacrificio y de la comunión, es su dimensión escatológica: Jesucristo en la comunión es prenda de la gloria futura, de la vida eterna. Como decíamos con el himno, el Señor, «reinando, como premio se nos brinda». El Catecismo enseña que la Eucaristía anticipa la gloria celestial (n.1402), y por eso decimos, inmediatamente después de la consagración, las palabras del Maran atha judío: «ven, Señor Jesús». El rito de la comunión ayuda a meditar en esta realidad, después de rezar el Padrenuestro: «celebramos la Eucaristía “mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo” (cf. Tt 2,13), y le pedimos entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro”» (CEC,1404).
Garantía de vida futura, y fundamento del optimismo cristiano para nuestra lucha en la tierra: «Jesús, en la Eucaristía, es prenda segura de su presencia en nuestras almas; de su poder, que sostiene el mundo; de sus promesas de salvación, que ayudarán a que la familia humana, cuando llegue el fin de los tiempos, habite perfectamente en la casa del Cielo, en torno a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo: Trinidad Beatísima, Dios Único» (ECP,153).

A la Virgen santísima, mujer eucarística, le pedimos que nos ayude a preparar, a celebrar y a continuar nuestra vida de almas de Eucaristía con la vista puesta siempre en esas tres características que hemos considerado (el sacrificio, la comunión y la vida eterna): «¡Oh sagrado banquete en que Cristo se da como alimento! En él, se renueva la memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura».

viernes, marzo 25, 2016

Sacerdocio, Eucaristía, Caridad

La Santa Misa en la Cena del Señor comienza con la antífona de entrada (Ga 6,14): Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro señor Jesucristo. Con esa cita nos ponemos en la órbita en la que hemos de girar durante los días Santos, ya que conmemoramos los máximos misterios de nuestra redención.  La liturgia añade al texto sagrado que «en Él en Cristoestá nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección». Celebramos que la misericordia divina «nos ha salvado y nos ha liberado».

Por eso se entona el Gloria con todo boato, después de cuarenta días sin hacerlo, para alabar, bendecir, glorificar y agradecer a la Trinidad Beatísima con el mismo canto de júbilo que los Ángeles entonaron la noche del nacimiento de Jesús. Esas campanas, que tañeron festivas, callarán hasta la vigilia Pascual.

En la oración colecta nos dirigimos al Señor diciéndole que nos congregamos «para celebrar esta sacratísima Cena, en la cual tu Unigénito, cuando iba a entregarse a la muerte, encomendó a la Iglesia el sacrificio nuevo y eterno»…

Nos detenemos a considerar esa entrega, ese encargo que Jesucristo hizo a la Iglesia de renovar su propio sacrificio. Y es la primera idea que consideramos en esta celebración: la institución del orden sacerdotal, sacramento que Jesucristo estableció fundamentalmente para renovar el sacrificio del Calvario, para dispensar el Sacramento del amor, desde la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía. Como dice San Juan Crisóstomo: «no es el hombre quien convierte las cosas ofrecidas en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino el mismo Cristo que por nosotros fue crucificado. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia aquellas palabras, pero su virtud y la gracia son de Dios».

Haced esto en conmemoración mía… Al instituir el sacramento del Orden, Jesús nos invitó a imitarle. Y esa emulación no es un proyecto dirigido sólo a los ministros ordenados: «la vocación cristiana nos exige a todos a los seglares también practicar cuantas virtudes han de vivir los buenos sacerdotes» (San Josemaría, Carta 2-II-1945, n.10. Citado por Echevarría, 2009). Todos los cristianos, por el hecho de recibir el bautismo, somos injertados en el sacrificio de Cristo, participamos del sacerdocio común de los fieles de acuerdo con la expresión de San Pedro (1 P 2,9): Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.

En esa misma línea, concluye el Fundador del Opus Dei que, «con esa alma sacerdotal que pido al Señor para todos vosotros debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres.  Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el santo sacrificio del altar» (San Josemaría, Carta 28-III-1955, n.4. Citado por Echevarría, 2009)

La oración colecta hace énfasis en la razón del ser del sacerdocio ministerial: «Tu Unigénito, cuando iba a entregarse a la muerte, encomendó a la Iglesia el sacrificio nuevo y el terreno y el banquete de su amor»

El Sacramento del orden, que es «participación en la misión salvífica de Cristo» (AIG, 35) y por el cual «el hombre se convierte en instrumento de la gracia salvadora» (AIG, 39), es una manifestación maravillosa de la Misericordia divina. Y no sólo con la persona llamada (se trata de una dignidad «que en la tierra nada supera» [AIG, 70)), sino con la Iglesia y con la humanidad entera.

Pidamos al Señor vocaciones para el sacerdocio, para la vida consagrada, y para el celibato apostólico en medio del mundo, sirviéndonos de la intercesión de San José, patrono de las vocaciones. Pidamos que reviva la ilusión vocacional en las familias, que haya muchos padres y madres orgullosos de la vocación de sus hijos y dispuestos a entregarlos con generosidad para un posible llamado, si es la voluntad de Dios; que los eduquen con esas disposiciones de magnificencia y apertura a los demás y que haya muchos jóvenes en todo el mundo dispuestos a seguir las sendas de misericordia de Jesucristo, que se entregó por nosotros y nos dio la misión de imitarlo para llevar su gracia, sus sacramentos, su evangelio hasta el último rincón del mundo.

Para eso está el sacerdocio, para servir a las almas. Su dimensión teológica más profunda consiste en la consagración a Dios y la misión hacia los demás. Y una manifestación concreta de esa disponibilidad, es el segundo tema de la celebración del Jueves Santo: la centralidad que en la vida del sacerdote debe tener la celebración de la Eucaristía, que es el «banquete de su amor».

En un estudio reciente sobre los primeros pasos del Opus Dei, cuentan algunos testigos que san Josemaría pasaba «horas largas cerca del Sagrario, en conversación con el Señor. Solía estar en la iglesia en momentos en que solía estar vacía». Y uno de los estudiantes que tenían dirección espiritual con él concluye que, «sin predicaciones, sin homilías, nada más que en la manera de decir la Misa, la emoción con que realizaba el Sacrificio, era tan poderosa que se transmitía a los que estábamos cerca de él». Pidámosle hoy que nos contagie ese amor al sacramento del altar, que es «signo de unidad y vínculo de caridad» (González, 2016).

Y de ese modo llegamos a la tercera idea de la celebración del Jueves Santo, que es precisamente el amor fraterno. En el Evangelio del Jueves Santo se considera que, antes de celebrar la Pascua, Jesús lavó los pies a sus discípulos (Jn 13,1-15). El Señor presta un servicio que era propio de esclavos. Como dice San Pablo, se despojó de su rango (Flp 2,7). El Papa Benedicto decía que Jesús se arrodilla ante nosotros, lava nuestros pies sucios y nos purifica como en el Apocalipsis (7,14). El amor servicial de Jesús nos saca de nuestra soberbia y nos hace capaces de Dios, nos hace puros, nos dispone a ser misericordiosos como Él (Cf. Benedicto XVI, 2011).

Explicando ese pasaje, mons. Echevarría dice que este lavar los pies los unos a los otros a que nos invita el Señor «lleva consigo tantas cosas concretas, porque ese limpiar de que se habla, nace del cariño; y el amor descubre mil formas de servir y de entregarse a quien se ama. En cristiano, lavar los pies significa, sin duda, rezar unos por otros, dar una mano con elegancia y discreción, facilitar el trabajo, adelantarse a las necesidades de los demás, ayudarse unos a otros a comportarse mejor, corregirse con cariño, tratarse con paciencia afectuosa y sencilla que no causa humillaciones; alentarse a venerar al Señor en el Sacramento, emularse mutuamente en ese ir a Jesús con las manos cargadas de atenciones de cariño a Él y a nuestros hermanos. Lavar los pies implica colmar la propia vida de obras de servicio sacrificado y gustoso, de mediación apostólica cumplida con alma sacerdotal» (2005). 

Acudamos a la Virgen Santísima, que estaría en el cenáculo preparando la celebración de la Pascua unida a la entrega de su Hijo. Pidámosle a Ella que nos ayude a profundizar en el significado de estos tres aspectos de la celebración del Jueves Santo: el sacerdocio, la Eucaristía y la caridad. Y que interceda ante el Padre para que nos conceda lo que le pedíamos al final de la oración colecta: «que por la celebración de tan sagrado misterio obtengamos la plenitud del amor y de la vida».