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Vocación de los primeros discípulos

El cuarto evangelio comienza con el prólogo sobre la Encarnación del Verbo y continúa con la figura y el testimonio de san Juan Bautista. El Precursor cumple su misión desde el comienzo, pues el evangelio narra que, "al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: 'Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo'”.

Al día siguiente, cuando estaba con dos de sus discípulos mejor preparados, a los que había formado de modo especial para que estuvieran bien dispuestos, les señaló a Jesús mientras les repetía su testimonio: aquel hombre era el siervo anunciado por Isaías (53,7), el Mesías esperado, el redentor, el verdadero cordero pascual. “Estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: ‘Este es el Cordero de Dios’”.

Juan es modelo de apóstol: primero porque tiene su mirada puesta en Jesús, se fija en Él, para después dar su testimonio. Además, es amigo de sus discípulos, los forma para que puedan responder bien cuando se encuentren con el Señor. Y, sobre todo, es humilde: se los prepara a Jesús, se desprende de ellos, se los entrega. Juan mengua, para que el Maestro crezca.

“Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús”. La fe de los dos discípulos se había gestado en la preparación de Juan, pero no se quedaron en la escucha de su testimonio: ellos oyeron, creyeron y actuaron. Siguieron a Jesús. Seguir es un verbo con especial significado teológico en el cuarto evangelio: indica andar tras sus huellas, aceptarlo, escucharlo, servirle (Carrillo, p. 114). Es el proceso de la vocación, de la llamada divina, que invita al seguimiento y a la amistad con el Señor.

“Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: ‘¿Qué buscáis?’”. La pregunta del Maestro también es un interrogante para nosotros. ¿Qué busca el hombre de hoy? Podríamos responder: “¡La vacuna contra el virus, la seguridad biológica”. Más en general, los planes personales: el prestigio, la gloria, el reconocimiento. O el dinero, el poder, los placeres. ¿Qué busco yo, Señor? ¿Cuál es mi destino, hacia dónde voy? ¿Qué tan grandes son mis ideales? ¿Intento hacerlos compatibles con las bajezas de mi egoísmo? ¡Ayúdame para que busque lo excelso, lo infinito, lo perfecto! ¡Que te quiera amar a ti y a los demás por ti!

“Ellos le contestaron: ‘Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?’”. Dónde vives, dónde permaneces. “Maestro”, ¡Tú eres el que sabe! Enséñanos lo que vale la pena buscar. Pero no con palabras, sino con hechos. Así nos responden los hombres de hoy: ¿Dónde vives? ¡Muéstrame tu casa, tu vida cotidiana, enséñame con tu ejemplo cómo buscar la excelencia, la vida buena, la santidad!

“¿Dónde vives?” La respuesta sería una dirección, más o menos compleja. Ayer me pidieron la mía y me tocó darla por referencias: “junto al conjunto Alcalá”, pues no tengo número en la puerta. Jesús no da un código postal, un número distante. “Él les dijo: ‘Venid y veréis’”. Los verbos venir y ver "incluyen en su sentido profundo la idea de creer, aceptar, mirar espiritualmente, descubrir quién es Jesús y darse a él" (Carrillo, 115).

Jesús responde con un programa de vida y de apostolado cristiano: ven y verás. Experimenta, involúcrate. Abre tus puertas de par en par, deja que entre el Señor en tu vida. Abre las puertas del corazón, de la vida, a tus hermanos, para que vean con tu ejemplo cuál es el secreto de tu felicidad, la alegría del Evangelio. El papa Francisco se inspira en estas palabras para interpelar a los jóvenes de ahora:

También a ustedes Jesús dirige su mirada y los invita a ir hacia Él. ¿Han encontrado esta mirada, queridos jóvenes? ¿Han escuchado esta voz? ¿Han sentido este impulso a ponerse en camino? Estoy seguro de que, si bien el ruido y el aturdimiento parecen reinar en el mundo, esta llamada sigue resonando en el corazón da cada uno para abrirlo a la alegría plena. Esto será posible en la medida en que, a través del acompañamiento de guías expertos, sabrán emprender un itinerario de discernimiento para descubrir el proyecto de Dios en la propia vida. Incluso cuando el camino se encuentre marcado por la precariedad y la caída, Dios, que es rico en misericordia, tenderá su mano para levantarlos. (Carta, 13-1-2017)

“Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima”. Se quedaron con él. Jesús es Dios y tiene todo su tiempo para permanecer con aquellos dos muchachos. Mons. Ocáriz explica el significado de ese encuentro amistoso:

entendemos muy bien a Juan y Andrés cuando preguntan a Jesús: “Maestro ¿dónde vives?”. Necesitaban su compañía, necesitaban estar físicamente con Cristo y no solamente conocerle a través de lo que otros les podían contar. Esta cercanía con Jesús dio una nueva profundidad a esa amistad, que les llevaría a entregar su vida, a ser apóstoles. Me vienen a la memoria estas palabras de san Josemaría: “Jesús sabe de delicadezas, de decir la palabra que anima, de corresponder a la amistad con la amistad: ¡qué conversaciones las de la casa de Betania, con Lázaro, con Marta, con María!” (Carta 24-X-1965, n. 10)” (Carta, 15-5-2020).

Aquellos dos jóvenes aprendieron del trato amistoso con Jesús lo que se esperaba de ellos. Por eso, su reacción espontánea fue contarlo a los amigos más cercanos, a los más queridos. En eso consiste el apostolado: no es táctica, sino manifestación de la amistad; compartir lo mejor que se tiene con las personas queridas. Es lo que hace Andrés con su hermano Simón. Le cuenta, le da su testimonio: “Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)”. Juan les había dicho que Jesús era el cordero de Dios, Andrés lo presenta a Simón como el Mesías, el ungido por el Espíritu Santo, como lo había visto Juan después del bautismo.

"Hemos encontrado" recuerda la pregunta de Jesús: "¿A quién buscáis?". El verbo “encontrar” sugiere que es el fruto de una larga búsqueda, que los había llevado a seguir al Bautista. Pero no solo cuenta, no solo testimonia, sino que acompaña y comparte la experiencia: “y lo llevó a Jesús”. Queda claro que los protagonistas del apostolado no son los discípulos, sino Jesús mismo. La gracia de Dios, que es omnipotente, tiene la primacía. Con base en este pasaje, el papa Francisco explica que, por el hecho de estar bautizados, todos los cristianos somos discípulos misioneros:

La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones (…). Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1, 41). (EG, n. 120)

“Jesús se le quedó mirando”. Andrés lleva a su hermano Simón ante el Maestro, que lo observó como haría más adelante con el joven rico: “poniendo en él los ojos, lo amó” ... ¡Cómo sería la mirada de Jesús! Mirada del creador, de un padre amoroso, que tiene un plan para cada uno de nosotros. En esa mirada, Jesús vería la respuesta afirmativa de aquel pescador, los tres años de aventuras apostólicas, el lavatorio de los pies, las negaciones del jueves santo y la reconciliación en las playas de Galilea, su ejercicio como primer Papa, hasta su martirio en Roma. Todo ese itinerario de la relación entre la gracia divina y la respuesta libre de Simón laten detrás de la narración del Evangelio: “Jesús se le quedó mirando y le dijo: ‘Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)’”.

En la Biblia el nombre significa la misión, la vocación personal, y cambiarlo supone un viraje en su destino, una mutación esencial. Jesús le transforma el nombre a Simón, le anuncia su misión: será la cabeza, la roca (equivalente a la piedra en el evangelio de Mateo), el fundamento sobre el cual se construiría la casa y la familia de Dios el mundo, que es la Iglesia. Este anuncio del primer capítulo quedará confirmado en el epílogo del mismo Evangelio.

Los planes de Dios exceden la capacidad de nuestra imaginación. ¿Quién, aparte de Dios, le podría decir a Simón lo que le esperaba a Pedro? Quizá podemos considerar, en el diálogo con el Señor que es nuestra oración, las aventuras que hemos podido vivir desde que nos decidimos seguirlo más de cerca. Qué tan a gusto se leen las vidas de los santos y de los buenos cristianos que han dejado una herencia ejemplar con sus vidas al servicio de Dios y de los demás.

Hace poco tiempo concluí la biografía de un joven vasco que se había desplazado a Madrid en 1941 para hacer sus estudios universitarios. En la residencia universitaria donde vivía conversó con el capellán, que le abrió horizontes insospechados desde la primera conversación. Veamos su propio testimonio: “Me invitaron a pasar a saludarlo y conversar con él unos minutos, y lo hice. Me desconcertó un poco porque, casi sin otras palabras previas, me habló [...] de la eficacia del estudio en un cristiano, en relación con la vida interior, haciendo el paralelo de estudio igual oración; y de la eficacia apostólica del prestigio profesional, honesta y esforzadamente logrado”.

El joven capellán era Josemaría Escrivá, por eso le habló de la santificación de su estudio como la vía para ser un apóstol moderno y, consciente de que comenzaba una amistad verdadera, le preguntó por sus planes futuros. Cuando Ignacio le respondió que deseaba ser médico, ganar dinero, casarse y tener muchos hijos, “como todo el mundo”, el fundador del Opus Dei le amplió los horizontes, como veinte siglos antes Andrés había hecho con su hermano Simón, diciéndole: “Un hombre, para ser de verdad libre, debe escoger, por lo menos, entre dos cosas”. Y le hizo una propuesta nueva: “ser médico, desde luego, pero renunciar a tener un hogar y unos hijos propios, para dedicar la vida y la profesión a servir con amor a Dios y a los hombres, ‘como Dios quisiera’”.

Aquella propuesta, respetando su libertad, impresionó al joven estudiante de medicina de tal manera que “revolucionó su mundo interior”. Un punto importante de la historia es que, si bien hemos hablado de la primacía de la gracia, la coherencia del apóstol también tiene su papel. Ignacio contaría años después que aquel sacerdote lo había sorprendido muy gratamente “por su palabra firme, y su evidente lucha por la santidad”. La respuesta del futuro médico no tardó en llegar. El 29 de septiembre de 1942, festividad de San Miguel Arcángel, solicitó la admisión en el Opus Dei. Más adelante, después de concluir su carrera, se desplazó a Roma para estudiar teología. Recibió la ordenación sacerdotal y, unos años más tarde, aceptó el encargo de comenzar una aventura apostólica en los Andes peruanos, donde sacó adelante una diócesis, ayudó al desarrollo humano integral de aquellas comunidades, fundó seminarios, santuarios y una universidad. Desde luego, la invitación de 1942 para “dedicar la vida y la profesión a servir con amor a Dios y a los hombres, ‘como Dios quisiera’, y su respuesta afirmativa, fueron la semilla de aquella vida llena de frutos.

Al comienzo de un nuevo año el Señor nos da un nuevo encargo, un nombre, una misión. Preguntémosle qué espera de nosotros en este tiempo tan especial. Un buen propósito podría ser dar pasos de gigante en esta temporada colmada de retos: en la vida espiritual (más oración, más sacrificio), en el trabajo (más eficacia, más servicio), en la familia (más dedicación, más humildad), en el apostolado (más amistad, más constancia). 

Pidamos la intercesión de María, reina de los apóstoles, para que también nosotros respondamos como el siervo de Dios Ignacio Orbegozo que a los pocos meses de plantearse el llamado divino respondió que sí hasta la muerte, o como aquellos discípulos, Andrés y Juan, que “fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él”. Concluyamos nuestra meditación con unas palabras del papa Francisco:

A orillas del lago, en una tierra impensable, nació la primera comunidad de discípulos de Cristo. Que la conciencia de estos inicios suscite en nosotros el deseo de llevar la palabra, el amor y la ternura de Jesús a todo contexto, incluso al más difícil y resistente. ¡Llevar la Palabra a todas las periferias! Todos los espacios del vivir humano son terreno al cual podemos arrojar las semillas del Evangelio, para que dé frutos de salvación. Que la Virgen María nos ayude con su maternal intercesión a responder con alegría a la llamada de Jesús, a ponernos al servicio del Reino de Dios. (Francisco, Ángelus, 22-1-2017)

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