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lunes, febrero 22, 2016

La transfiguración del Señor

La liturgia contempla dos veces en el año el misterio de la transfiguración de Cristo: el segundo domingo de Cuaresma y el 6 de agosto, cuarenta días antes de la Exaltación de la Cruz. En ambos casos, la Iglesia nos muestra esta escena como anticipo de la resurrección gloriosa, que será fruto del sacrificio en el Calvario. Así como el bautismo fue el umbral para el inicio de la vida pública de Jesucristo, la transfiguración es como una obertura para la recta final de su vida en la tierra (cf. CEC 556).
Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar (Lc 9,28-36). El Señor asciende al Tabor, un cerro de 588 metros de altura, pero que se ve más grande en medio del desierto galileo. Lo acompañan los mismos tres discípulos que más tarde lo verán padecer en la oración del huerto de Getsemaní. «De nuevo nos encontramos —como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en oración— con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios» (Benedicto XVI, 2007b, p.361). ¡Cuántas veces aparece en la Escritura el monte como terreno de oración! Es una figura que implica ascenso, sacrificio, separación del mundo, búsqueda exigente —ascética— de la unión con el Señor.
Podemos imaginarnos la intensidad de la plegaria que hacía Jesucristo por lo que viene a continuación: Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor. Este es el punto central del evento, sobre todo si consideramos que se inscribe en la cuaresma, tiempo litúrgico que debe estar marcado por la oración, el ayuno y la misericordia: «La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz» (Íbidem).
La transfiguración es un acontecimiento de oración. Jesús manifiesta su divinidad y nos enseña que la vida cristiana debe estar marcada por esa búsqueda del rostro del Señor que menciona el Salmo 26: Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro. La liturgia nos invita a considerar esta escena para recordarnos la importancia de ser almas de oración, personas que luchan por crecer en el trato con el Señor hasta llegar a ser contemplativos en medio del mundo: «Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto» (AD, n.296).
Además de enseñarnos a orar, otro objetivo de este pasaje es anticipar cómo sería la figura del Señor tras la resurrección. San León Magno explica que «en aquella transfiguración (…) se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza». Santo Tomás explica que, así como el bautismo fue nuestra primera regeneración, la transfiguración «es el sacramento de la segunda regeneración: nuestra propia resurrección» (Cf. CEC, n.556).
De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías. La ley y los profetas. El Antiguo testamento manifiesta que en Jesús se cumplen sus expectativas. En un acontecimiento de oración, también podemos tomar esta alusión a la importancia de orar con la Sagrada Escritura, que ayuda a encontrar la Voluntad de Dios para nosotros. Por ese camino descubriremos la verdad del adagio latino: “el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, y el Antiguo Testamento se manifiesta en el Nuevo”.
Pero ¿de qué hablaban Jesús, Moisés y Elías? —hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén. Es muy significativo que Moisés, líder del éxodo del pueblo hebreo, del paso de la esclavitud de Egipto a la libertad de la tierra prometida, hable con Jesús sobre el nuevo éxodo que nos libraría del pecado para llevarnos a la nueva condición de hijos de Dios redimidos. Un nuevo éxodo que supondría el paso por el Mar rojo de la crucifixión, en la que se cumplían todas las esperanzas de la ley y los profetas: «La cruz de Jesús es éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el “mar Rojo” de la pasión y un llegar a su gloria» (Benedicto XVI).
Seguimos descubriendo nuevas facetas de la oración, a la luz de la transfiguración del Señor. Y esta última no es la menos importante. Jesús nos muestra que tomar la Cruz de cada día y seguirle es otra manera de orar, es la oración del cuerpo. Es como el resello de la veracidad de las palabras que le dirigimos cuando hablamos con Él. Es la idea central del prefacio de la Misa cuaresmal: «Cristo, Señor nuestro, después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la Ley y los Profetas, que la pasión es el camino de la resurrección». La devoción a la cruz es otro fruto de la verdadera oración, tanto que se puede llegar a decir que los cristianos, en su esfuerzo por ser santos, «no van al Tabor: van al Calvario» (Instrucción, 9-1-1935, n.283. Cit. por Rodríguez, CEHC, n.699).
Así concluye su sermón el papa san León Magno: “que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido. Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió”.
De esta manera llegamos a la teofanía final de la escena: llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube. Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». El Padre eterno reafirma el consejo que había dado en el bautismo. Esta es la frase clave, en la que se detiene la liturgia —tanto así que es el versículo elegido como antífona del Evangelio—: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».
Escuchar a Dios. Muchas veces pensamos que conversamos, pero en realidad solo afirmamos nuestras propias convicciones. O discutimos, pero no dialogamos. La verdadera oración expone a Dios las necesidades, los temores, las ilusiones… pero sobre todo escucha. La cuaresma nos refuerza la primacía de la oración, y la colecta de la Misa ofrece unas características de lo que se puede considerar una buena plegaria: «Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro». Nuestra plegaria debe ser confiada, atenta, hambrienta (descubre que el verdadero alimento para el espíritu es la palabra de Dios), limpia (pendiente de la voluntad divina, no de nuestras bajas inclinaciones).
«Con mirada limpia», hemos pedido. Es como un prerrequisito para la contemplación del rostro glorioso de Jesús. Por eso aparece esta escena al comienzo de la cuaresma, para hacernos conscientes de la necesidad de una transformación profunda, de una verdadera conversión, que es obra del Señor. Como dice san Pablo: los transformará según el modelo de su cuerpo glorioso (Flp 3,17-4,1).
También nosotros hemos de transformarnos, ya aquí en la tierra, si seguimos el camino que lleva a la contemplación: «no podemos considerar esta Cuaresma como una época más, repetición cíclica del tiempo litúrgico. Este momento es único; es una ayuda divina que hay que acoger. Jesús pasa a nuestro lado y espera de nosotros —hoy, ahora— una gran mudanza (…). La llamada del buen Pastor llega hasta nosotros: ego vocavi te nomine tuo, te he llamado a ti, por tu nombre. Hay que contestar —amor con amor se paga— diciendo: ecce ego quia vocasti me, me has llamado y aquí estoy. Estoy decidido a que no pase este tiempo de Cuaresma como pasa el agua sobre las piedras, sin dejar rastro. Me dejaré empapar, transformar; me convertiré, me dirigiré de nuevo al Señor, queriéndole como El desea ser querido» (ECP, n.59).

Pidamos a María, Madre del Verbo encarnado y Maestra de vida espiritual, que nos enseñe a orar como hacía su Hijo, para que nuestra existencia sea transformada por la luz de su presencia. Madre nuestra:  ayúdanos a ser almas de fe y de oración, a cambiar nuestra vida, a transfigurar nuestra mirada por la contemplación de tu Hijo. Por este camino, perderemos el miedo a la cruz y seremos conscientes de que es la única vía hacia la resurrección. «Así con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de su rostro».

lunes, agosto 06, 2012

La Transfiguración del Señor




Celebramos hoy un misterio de la vida de Cristo, que también conmemoramos todos los segundos domingos de cuaresma: la Transfiguración del Señor. Tanto en oriente como en occidente se celebra el seis de agosto, cuarenta días antes de la fiesta de la Exaltación de la Cruz (catorce de septiembre), aludiendo a una tradición según la cual la Transfiguración ocurrió cuarenta días antes de la crucifixión.

La primera lectura (Dn 7,9-14) presenta la escena del juicio final. Aparece la figura del Hijo del Hombre, cuyo reinado no tendrá fin, y que el mismo Jesucristo se aplicará a Sí mismo: Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas (…). Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin. El Salmo 96 invita a la alegría porque el Señor reina y se manifiesta como Rey: El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.

En la segunda lectura (2P 1,16-19), Pedro se pone como testigo de la divinidad de Jesucristo y esgrime como argumento de autoridad su presencia en el monte Tabor: os hemos dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias». Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo.

Pero vayamos a la narración de la escena evangélica. Leemos en la versión de San Marcos (9,2-10) que seis días después (de la confesión de Pedro), Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto. Vemos, en primer lugar, que Jesús nos enseña una vez más la importancia de la oración. Son muchas las ocasiones en que el Señor, nuevo Moisés, se retira al monte a orar.

Benedicto XVI escribe que “en la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador”. Para estar metidos en Dios en medio del mundo, hemos de cuidar esos momentos de soledad, de ascensión hacia el Señor, que son cada una de nuestras normas de piedad.

Y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. Es la manera ingenua que tiene Marcos de contarnos el suceso que deslumbró a su maestro, Pedro. Benedicto XVI continúa en la línea que veíamos antes, interpretando la transfiguración como “un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo”.

Es el misterio de Cristo, Dios y hombre verdadero, que se descubre a los tres discípulos predilectos. Un himno litúrgico lo expresa de modo poético: “En la cumbre del monte su cuerpo de barro se vistió de soles. En la cumbre del monte, excelso misterio: Cristo, Dios y hombre. En la cumbre del monte a la fe se abrieron nuestros corazones”.

San Josemaría hacía su oración contemplando este misterio: ¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti! (Santo Rosario).

Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús: —Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor. Por los otros evangelios sabemos que Jesús hablaba con sus dos interlocutores sobre su éxodo, su próxima pasión y muerte. También la alusión a la fiesta de las tiendas habla de que Pedro entendió que “el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración -ser luz en virtud del Señor y con El- comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).

Por eso el Catecismo enseña que «por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria” es necesario pasar por la cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías» (CCE 555).

El misterio cristológico que venimos contemplando no es completo si no se considera la pasión, que recordaremos el próximo 14 de septiembre. Por eso, el Beato Juan Pablo II decía en su carta sobre el Rosario que este misterio puede ser considerado “como icono de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo”.

Vamos concretando propósitos. Si antes hablábamos de la vida de oración y del cuidado de las normas de piedad, ahora descubrimos la importancia de huir del escándalo la Cruz del Señor, de tomarla cada día sobre nuestros hombros. A ese fin nos invita el Prefacio de la Misa: Cristo, nuestro Señor, reveló su gloria a unos testigos elegidos, y revistió de resplandor deslumbrante aquel cuerpo, igual al nuestro, para librar los corazones de los discípulos del escándalo de la cruz.

Las mortificaciones ordinarias. El trabajo constante, intenso, a pesar del cansancio o del desaliento. La vida en familia, el esfuerzo por aportar una sonrisa, una acogida amable, o también una corrección fraterna. Y además la generosidad para ofrecer penitencias más especiales, en esas temporadas en las que notamos más especialmente que el Señor nos invita a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra Cruz cotidiana y a seguirle.

Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: —Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle. Una vez más, como en la escena del Bautismo de Jesús, se manifiesta la Trinidad. Pero también se revela la relación que en su liberalidad ha querido establecer con nosotros. Así lo expresa la colecta de la Misa: “Oh Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los profetas, y prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos…”

Hijos suyos muy amados. San Josemaría caracterizó la vivencia de la filiación divina como “un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermanos suyos, hijos de Dios Padre, y de estar siempre en la presencia de Dios; filiación que lleva a vivir vida de fe en la Providencia, y que facilita la entrega serena y alegre a la divina Voluntad”. Vida de fe, de esperanza y de caridad. Virtudes que manifestamos en la oración y en la mortificación generosas, conscientes de que también nosotros somos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, al que hoy contemplamos como Dios y hombre verdadero.

Terminamos nuestra meditación acudiendo a la Santísima Virgen, esperanza nuestra. Es la última enseñanza que podemos sacar de la liturgia de hoy. La parte final del Prefacio manifiesta esa otra finalidad de la transfiguración. Si la primera buscaba librar los corazones de los discípulos del escándalo de la cruz, el segundo objetivo es declarar que en todo el cuerpo de la Iglesia ha de cumplirse lo que ya resplandeció maravillosamente en su cabeza.

Por esa razón haremos en la Colecta de la Misa una súplica que ahora elevamos por la intercesión de nuestra Madre: concédenos, a tus hijos que, escuchando siempre la palabra de tu Hijo Predilecto, seamos un día coherederos de su gloria. Amén.

lunes, febrero 22, 2010

Transfiguración, oración, contemplación

El segundo domingo de Cuaresma, la liturgia  nos presenta la Transfiguración del Señor (Lc 9,28-36): En aquel tiempo, Jesús se llevó con él a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a un monte para orar. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro, y su vestido se volvió blanco y muy brillante.

Este es el punto central del evento, sobre todo si lo consideramos en el tiempo litúrgico que estamos viviendo, que debe estar marcado por la oración, el ayuno y la misericordia. De hecho, el Papa también se detiene en él en su libro Jesús de Nazaret: “De nuevo nos encontramos —como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en oración— con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios;. (…) La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo”.

La transfiguración, acontecimiento de oración. La cuaresma, tiempo de oración. San León Magno explica que “en aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz. (…) Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza”.

Hemos de transformarnos nosotros también, pero no solo cuando lleguemos al cielo, sino que ya aquí en la tierra estamos llamados a la contemplación. Para eso, es preciso que luchemos por ser fieles a la gracia que el Señor está dispuesto a concedernos –sobre todo en este tiempo litúrgico fuerte- para que seamos almas de oración.

San Josemaría predicaba: “no podemos considerar esta Cuaresma como una época más, repetición cíclica del tiempo litúrgico. Este momento es único; es una ayuda divina que hay que acoger. Jesús pasa a nuestro lado y espera de nosotros —hoy, ahora— una gran mudanza. (…) Aquí está frente a nosotros, este día de salvación. La llamada del buen Pastor llega hasta nosotros: ego vocavi te nomine tuo, te he llamado a ti, por tu nombre. Hay que contestar —amor con amor se paga— diciendo: ecce ego quia vocasti me, me has llamado y aquí estoy. Estoy decidido a que no pase este tiempo de Cuaresma como pasa el agua sobre las piedras, sin dejar rastro. Me dejaré empapar, transformar; me convertiré, me dirigiré de nuevo al Señor, queriéndole como El desea ser querido”. (Es Cristo que pasa, 59)

Ya llevamos casi dos semanas en este desierto cuaresmal, acompañando a Jesús en los cuarenta días de preparación para su vida pública, para que nosotros podamos celebrar con provecho el misterio pascual. Podemos hacer examen y pensar si estamos rezando más, si estamos cuidando con particular empeño alguna práctica de piedad en especial: la Santa Misa –centro y raíz de nuestra vida interior-, la devoción a María –Madre de Dios y Madre nuestra-, la oración mental, la presencia de Dios a lo largo del día, etc. Al mismo tiempo, es el momento para formular propósitos concretos: acudir con más frecuencia al sacramento de la Reconciliación, cuidar más el rezo y contemplación del Santo Rosario, leer con más atención el Santo Evangelio o algún libro de lectura espiritual…

Se trata de subir, como Pedro, Santiago y Juan, a la montaña con Cristo, es decir, con esfuerzo, con cansancio a veces, pero también dejando atrás el ajetreo diario, lo que nos quita la paz. En esto, dos hombres comenzaron a hablar con él: eran Moisés y Elías que, aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jesús que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y los que estaban con él se encontraban rendidos por el sueño. Y al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban a su lado. Cuando éstos se apartaron de él, le dijo Pedro a Jesús: —Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías –pero no sabía lo que decía. 

El Obispo Anastasio Sinaíta explicaba este pasaje como un trasunto del cielo: “Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!”

Pero no debemos esperar a la muerte para tener la experiencia de la vida contemplativa. Es lo que enseña San Josemaría, que invitaba a convertirse en contemplativos en medio del mundo: “Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto” (Amigos de Dios, 296).

Vida de oración, transfiguración interna, dentro de nuestras tareas ordinarias. Amar al Señor, tratarlo con confianza, como enseña San Pablo en la segunda lectura de hoy (Rm 8,31): Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? El Señor nos dará la gracia necesaria para vencer en todas las luchas, nada ni nadie es más fuerte que el amor de Dios hacia nosotros.

Mientras así hablaba, se formó una nube y los cubrió con su sombra. Al entrar ellos en la nube, se atemorizaron. Y se oyó una voz desde la nube que decía:   —Éste es mi Hijo, el elegido: escuchadle. Cuando sonó la voz, se quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y a nadie dijeron por entonces nada de lo que habían visto.

Benedicto XVI comentaba esta escena hace unos años, aludiendo a que Jesús habla con Moisés y Elías sobre su muerte en la Cruz: “para un cristiano orar no equivale a evadirse de la realidad y de las responsabilidades que implica, sino asumirlas a fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor”. Y concluía que “la oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte. En efecto, sólo quien ora, es decir, quien se pone en manos de Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo. Durante este tiempo de Cuaresma pidamos a María, Madre del Verbo encarnado y Maestra de vida espiritual, que nos enseñe a orar como hacía su Hijo, para que nuestra existencia sea transformada por la luz de su presencia”.

Podemos terminar con la oración que haremos después de la comunión: “Señor, Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu amado Hijo; alimenta nuestra fe con tu palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu, para que podamos alegrarnos en la contemplación de tu gloria”.