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Transfiguración, oración, contemplación

El segundo domingo de Cuaresma, la liturgia  nos presenta la Transfiguración del Señor (Lc 9,28-36): En aquel tiempo, Jesús se llevó con él a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a un monte para orar. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro, y su vestido se volvió blanco y muy brillante.

Este es el punto central del evento, sobre todo si lo consideramos en el tiempo litúrgico que estamos viviendo, que debe estar marcado por la oración, el ayuno y la misericordia. De hecho, el Papa también se detiene en él en su libro Jesús de Nazaret: “De nuevo nos encontramos —como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en oración— con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios;. (…) La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo”.

La transfiguración, acontecimiento de oración. La cuaresma, tiempo de oración. San León Magno explica que “en aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz. (…) Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza”.

Hemos de transformarnos nosotros también, pero no solo cuando lleguemos al cielo, sino que ya aquí en la tierra estamos llamados a la contemplación. Para eso, es preciso que luchemos por ser fieles a la gracia que el Señor está dispuesto a concedernos –sobre todo en este tiempo litúrgico fuerte- para que seamos almas de oración.

San Josemaría predicaba: “no podemos considerar esta Cuaresma como una época más, repetición cíclica del tiempo litúrgico. Este momento es único; es una ayuda divina que hay que acoger. Jesús pasa a nuestro lado y espera de nosotros —hoy, ahora— una gran mudanza. (…) Aquí está frente a nosotros, este día de salvación. La llamada del buen Pastor llega hasta nosotros: ego vocavi te nomine tuo, te he llamado a ti, por tu nombre. Hay que contestar —amor con amor se paga— diciendo: ecce ego quia vocasti me, me has llamado y aquí estoy. Estoy decidido a que no pase este tiempo de Cuaresma como pasa el agua sobre las piedras, sin dejar rastro. Me dejaré empapar, transformar; me convertiré, me dirigiré de nuevo al Señor, queriéndole como El desea ser querido”. (Es Cristo que pasa, 59)

Ya llevamos casi dos semanas en este desierto cuaresmal, acompañando a Jesús en los cuarenta días de preparación para su vida pública, para que nosotros podamos celebrar con provecho el misterio pascual. Podemos hacer examen y pensar si estamos rezando más, si estamos cuidando con particular empeño alguna práctica de piedad en especial: la Santa Misa –centro y raíz de nuestra vida interior-, la devoción a María –Madre de Dios y Madre nuestra-, la oración mental, la presencia de Dios a lo largo del día, etc. Al mismo tiempo, es el momento para formular propósitos concretos: acudir con más frecuencia al sacramento de la Reconciliación, cuidar más el rezo y contemplación del Santo Rosario, leer con más atención el Santo Evangelio o algún libro de lectura espiritual…

Se trata de subir, como Pedro, Santiago y Juan, a la montaña con Cristo, es decir, con esfuerzo, con cansancio a veces, pero también dejando atrás el ajetreo diario, lo que nos quita la paz. En esto, dos hombres comenzaron a hablar con él: eran Moisés y Elías que, aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jesús que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y los que estaban con él se encontraban rendidos por el sueño. Y al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban a su lado. Cuando éstos se apartaron de él, le dijo Pedro a Jesús: —Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías –pero no sabía lo que decía. 

El Obispo Anastasio Sinaíta explicaba este pasaje como un trasunto del cielo: “Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!”

Pero no debemos esperar a la muerte para tener la experiencia de la vida contemplativa. Es lo que enseña San Josemaría, que invitaba a convertirse en contemplativos en medio del mundo: “Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto” (Amigos de Dios, 296).

Vida de oración, transfiguración interna, dentro de nuestras tareas ordinarias. Amar al Señor, tratarlo con confianza, como enseña San Pablo en la segunda lectura de hoy (Rm 8,31): Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? El Señor nos dará la gracia necesaria para vencer en todas las luchas, nada ni nadie es más fuerte que el amor de Dios hacia nosotros.

Mientras así hablaba, se formó una nube y los cubrió con su sombra. Al entrar ellos en la nube, se atemorizaron. Y se oyó una voz desde la nube que decía:   —Éste es mi Hijo, el elegido: escuchadle. Cuando sonó la voz, se quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y a nadie dijeron por entonces nada de lo que habían visto.

Benedicto XVI comentaba esta escena hace unos años, aludiendo a que Jesús habla con Moisés y Elías sobre su muerte en la Cruz: “para un cristiano orar no equivale a evadirse de la realidad y de las responsabilidades que implica, sino asumirlas a fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor”. Y concluía que “la oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte. En efecto, sólo quien ora, es decir, quien se pone en manos de Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo. Durante este tiempo de Cuaresma pidamos a María, Madre del Verbo encarnado y Maestra de vida espiritual, que nos enseñe a orar como hacía su Hijo, para que nuestra existencia sea transformada por la luz de su presencia”.

Podemos terminar con la oración que haremos después de la comunión: “Señor, Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu amado Hijo; alimenta nuestra fe con tu palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu, para que podamos alegrarnos en la contemplación de tu gloria”.

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