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jueves, julio 25, 2013

Santiago Apóstol

Celebramos hoy la fiesta del apóstol Santiago, uno de los tres discípulos más cercanos al Señor, probablemente primo de Jesucristo, por lo que en la Sagrada Escritura se le llama “hermano” de Jesús, junto con José, Simón y Judas (Mc 6,3). Los Evangelios presentan a Santiago y Juan como hijos de Zebedeo, un pescador con una posición social un poco holgada. Algunos exégetas sugieren que su madre podría ser María Salomé, una mujer que estuvo muy cerca de Jesús y que probablemente era hermana de la Virgen María.
El relato de su vocación sirve como antífona de entrada para la Misa de esta festividad: Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron (Mt 4,21-22). En Mateo, estos llamados significan el inicio del ministerio público de Jesús en Galilea, la convocatoria del nuevo pueblo de Dios, que será la Iglesia. Llama la atención la prontitud y generosidad en la respuesta de estos dos hermanos, también de sus padres para desprenderse de ellos. Parece explicar el apelativo con el que Jesús les llamaría: a quienes les dio el nombre de Boanerges, es decir, «hijos del trueno» (Mc 3,18).
Esa misma actitud explica la escena que contemplamos en el Evangelio de la Misa: camino de Jerusalén, donde Jesús iba a «recibir el bautismo» de la muerte en la Cruz, hay una pausa en el viaje que los dos hermanos aprovechan para hacer lobby, como se diría hoy (Mc 10,35-45): se acercan al Maestro (otro relato evangélico dice que lo hacen a través de su madre) para hacerle una petición: —Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. Él les dijo: —¿Qué queréis que os haga? Y ellos le contestaron: —Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.
Seguramente Jesucristo sintió un disgusto al ver que dos de los discípulos más cercanos no caían en la cuenta de los momentos que estaban viviendo: Y Jesús les dijo: —No sabéis lo que pedís. San Juan Crisóstomo explica que «Es como si les dijera: “Vosotros me habláis de honores y de coronas, pero yo os hablo de luchas y fatigas. Éste no es tiempo de premios, ni es ahora cuando se ha de manifestar mi gloria; la vida presente es tiempo de muertes, de guerra y de peligros”». 
El diálogo continúa, tenso. Jesús les anima a elevar sus miras, preguntándoles: ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado? —Podemos –le dijeron ellos. Ya lo había predicho Isaías (53,10-11), al describir los frutos del padecimiento del Siervo del Señor: Dispuso el Señor quebrantarlo con dolencias. Puesto que dio su vida en expiación, verá descendencia, alargará los días, y, por su mano, el designio del Señor prosperará. Por el esfuerzo de su alma verá la luz, se saciará de su conocimiento. El justo, mi siervo, justificará a muchos, y cargará con sus culpas. Servir y dar la vida en redención. Así es como se cumple la respuesta inicial de Jesús a los dos hermanos Boanerges: su bautismo, el cáliz de su pasión es dar la vida en redención por muchos. ¡Gracias, Señor, por tantos dones, especialmente por esa justificación de nuestros pecados que nos alcanzaste con tu entrega!
A san Josemaría le gustaba particularmente este pasaje, pues las preguntas del Señor nos pueden interpelar en todo momento, invitándonos a corredimir con Él: También a nosotros nos llama, y nos pregunta, como a Santiago y a Juan: Potestis bibere calicem, quem ego bibiturus sum?: ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz este cáliz de la entrega completa al cumplimiento de la voluntad del Padre que yo voy a beber? Possumus!; ¡Sí, estamos dispuestos!, es la respuesta de Juan y de Santiago. Vosotros y yo, ¿estamos seriamente dispuestos a cumplir, en todo, la voluntad de nuestro Padre Dios? ¿Hemos dado al Señor nuestro corazón entero, o seguimos apegados a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestro amor propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de cristianos, y que hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la ocasión de rectificar (Es Cristo que pasa, n.15).
La fiesta del apóstol Santiago nos ayuda a renovar propósitos de conversión, de fidelidad, de afán apostólico y de servicio a nuestros hermanos, también por el modo como continúa la escena: en reacción ante la solicitud de los  hermanos Boanerges, los otros diez discípulos sienten rabia, enojo, envidia, porque se les habían adelantado en sus ambiciones humanas para estar cerca del Rey en el próximo reinado mesiánico que algunos podrían pensar se instauraría en poco tiempo, al llegar a Jerusalén: Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan.
Jesús aprovecha para darles una de las lecciones más importantes, la cátedra sobre la caridad: Entonces Jesús les llamó y les dijo: —Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos. Es la manera de concretar esa unión con Cristo a la que Él mismo nos llama: servir, ser otro Cristo que lava los pies a sus discípulos, inclinarse sobre quien está en dificultad, ―como dice el papa Francisco― porque en él ve el rostro de Cristo, porque él es la carne de Cristo que sufre (Discurso, 24-VII-2013).
Servir a los demás por la unión con Cristo, acompañarle en su labor redentora a través de los pequeños y grandes sacrificios de la vida ordinaria: Possumus!, podemos vencer también esta batalla, con la ayuda del Señor. Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡Todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios! Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención, pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo, colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual donde aprendes las lecciones de servicio (Amigos de Dios, n.67).
Santiago y Juan acompañaron a Jesús en los momentos más especiales: al comienzo de su vida pública, en algunos milagros señalados, como en la resurrección de la hija de Jairo. Hacia el final, fueron testigos privilegiados de la transfiguración del Señor en el monte Tabor. Esos milagros les sirvieron para fortalecerles en la fe cuando, en las últimas horas de Jesucristo en la tierra, fueron testigos de los eventos más dramáticos de su existencia humana. Sobre todo, de su oración solitaria en el huerto de los olivos.
Años más tarde ambos hermanos sufrirían persecuciones y padecimientos por Jesucristo, como el Señor mismo se los profetizó en esta escena: Jesús les dijo: —Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto. Más adelante, Santiago llevaría la fe cristiana hasta la lejana España, sin ahorrarse penas y dolores en su esfuerzo evangelizador. Tanto, que según la tradición fue necesario que la misma Virgen santísima se le apareciera en el Pilar de Zaragoza para darle fuerzas y garantizarle su intercesión para la misión apostólica. Las fuentes históricas dicen que al regresar a Jerusalén sería el primer apóstol en encontrar el martirio, en compartir el bautismo del Señor. Es lo que se lee en la primera lectura de la Misa, en un escueto relato de los Hechos de los Apóstoles (12,1-2): En aquel tiempo prendió el rey Herodes (Agripa I) a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan.

Pidamos a la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, que nos ayude a superar la ambición de ocupar los primeros lugares en el reino: que nos alcance del Señor la fuerza para beber el cáliz y recibir el bautismo de Cristo, aceptando la invitación a ser corredentores con Él. De ese modo se cumplirá lo que pedimos en la oración colecta de la Misa: «Dios todopoderoso y eterno, que consagraste los primeros trabajos de los apóstoles con la sangre de Santiago, haz que, por su martirio, sea fortalecida tu Iglesia y, por su patrocinio, tu pueblo se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos».

viernes, febrero 04, 2011

Sal de la tierra y Luz del mundo

Después de las Bienaventuranzas, el Sermón del monte continúa con una advertencia del Señor a sus discípulos: si bien el sello de su vocación serán las persecuciones, injurias y calumnias que padecerán, ellos –nosotros- debemos ser conscientes de nuestra responsabilidad: Vosotros sois la sal de la tierra.
Todos sabemos que la sal condimenta, da sabor. Sobre todo lo saben los hipertensos, que en su dieta hiposódica añoran el rico sabor de este alimento. Cuando Jesús pronunció estas palabras, la sal también se utilizaba para preservar de la corrupción a las comidas, pues todavía no existía el refrigerador. Hay otros significados para esta frase del Señor, pero quedémonos con un tercero: la sal tenía un significado ritual, pues se utilizaba en los sacrificios como símbolo de la fidelidad a la Alianza.
Señor: te pedimos tu ayuda para cumplir tu deseo. Tú esperas que nosotros condimentemos el mundo actual, que lo preservemos de la corrupción, que manifestemos la fidelidad a tu Comunión. Para eso, necesitamos que nos llenes de tu gracia, pues solo de Ti puede venir el sabor, la pureza, la perseverancia a nuestra llamada.
Pero aún hay más: los discípulos de Cristo no solo deben ser la sal de la tierra, sino también la luz del mundo. El simbolismo de la luz era utilizado por muchas religiones para referirse al Señor. No solo indica luminosidad, sino también calor, gloria, alegría, vitalidad…
Los seguidores de Jesús, que deben vivir las bienaventuranzas, deben preservar y condimentar, pero también iluminar la vida de los demás. Y la clave para dar esa luz, para dar sabor al ambiente en que nos movemos, no está en nosotros mismos, sino en el Señor, que habita en nosotros. Como la luna, que alumbra la noche con el reflejo del sol, nosotros iluminaremos la sociedad en que vivimos solo en la medida en que estemos unidos a Dios, porque esa luz que transmitiremos es solo suya.
Cuenta un colaborador de Juan Pablo II que “en un viaje intercontinental, por la mañana temprano el Papa hacía su larga oración en la pequeña capilla de la residencia en que nos encontrábamos. En un determinado momento, pidió que se preparase lo necesario para celebrar la Santa Misa. Pensando que los cambios de horario y de programas le habían hecho olvidar el calendario del día, se le dijo que la Misa sería por la tarde, en un enorme estadio local, en la que participarían estudiantes y obreros jóvenes de todo el país. Con serenidad y naturalidad extremas respondió: “donde voy ahora, esta mañana, dentro de poco, es algo muy importante. Tengo necesidad de celebrar también ahora la Misa” (Navarro-Valls. La misión del cristiano hoy. En: Mundo cristiano, n. 602. Enero 2011, p. 43).
El próximo Beato sabía que esa luz que congregaba millones de personas no provenía de él mismo, sino del Señor. Por eso necesitaba celebrar, estar con Dios, dejarse iluminar, “condimentar” por Él. Pensemos en nuestra propia vida, qué tanto experimentamos esa necesidad de tener más intimidad con Jesucristo, de buscarlo en los sacramentos y en la oración, de llenarnos de Él para iluminar nuestro mundo. Así predicaba San Josemaría: "Somos portadores de Cristo y hemos de ser luz y calor, hemos de ser sal, hemos de ser fuego espiritual, hemos de ser apostolado constante, hemos de ser vibración, hemos de ser el viento impetuoso de la Pentecostés"  (Apuntes de la predicación, 6 de enero de 1970).
Un ejemplo más lo tenemos en las palabras con las que Peter Seewald concluye la introducción de su tercer libro-entrevista con el Santo Padre: “Benedicto XVI se lo hace francamente fácil a sus visitas. No las espera un príncipe de la Iglesia, sino un servidor de la Iglesia, un gran hombre que da, que se vacía totalmente en su acto de don. (...) Y cuando se lo escucha de ese modo y se está sentado frente a él, se percibe no sólo la precisión de su pensamiento y la esperanza que proviene de la fe, sino que se hace visible de forma especial un resplandor de la Luz del mundo, del rostro de Jesucristo, que quiere salir al encuentro de cada ser humano y no excluye a nadie”.
2. La misión es clara, pero el Señor quiere ponernos en guardia ante el peligro de la insipidez y de la oscuridad: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente”. Jesús nos hace ver que la sal se puede desvirtuar. En términos judíos de aquella época, se puede contaminar, volverse impura. Puede dejar de ser testimonio de fidelidad. Por eso el Señor amenaza con el juicio: No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente…  Así lo glosa San Josemaría en Camino (n. 921): “Tú eres sal, alma de apóstol. –"Bonum est sal" –la sal es buena, se lee en el Santo Evangelio, "si autem sal evanuerit" –pero si la sal se desvirtúa..., nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil. Tú eres sal, alma de apóstol. –Pero, si te desvirtúas...”
Lo mismo puede ocurrir con la luz. El Maestro pone el ejemplo de las luminarias de esa época en Palestina: una pequeña vasija de barro llena de aceite para iluminar la tea, sostenida por un aparejo de hierro adosado a la pared, en un lugar alto. De ese modo, la luz iluminaba las tinieblas de la pequeña casa por la noche. Pero a nadie se le ocurre ponerle encima un vaso de los que se utilizan para medir cantidades (el famoso “celemín”), pues la luz llegaría al comienzo a un pequeño círculo y, más adelante, se apagaría: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa”.
La manera más triste de desvirtuarse, de quedar en tinieblas, es el pecado. Por eso es importante la lucha ascética (oración y penitencia) para acostumbrarse a desterrar las tendencias desordenadas, como enseñan los clásicos de la espiritualidad: «La causa por que le es necesario al alma, para llegar a la divina unión de Dios, pasar esta noche oscura de mortificación de apetitos y negación de los gustos en todas las cosas, es porque todas las afecciones que tiene en las criaturas son delante de Dios puras tinieblas, de las cuales estando el alma vestida, no tiene capacidad para ser ilustrada y poseída de la pura y sencilla luz de Dios, si primero no las desecha de sí, porque no pueden convenir la luz con las tinieblas» (San Juan de la Cruz. Subida, lib I, cap 4, 1).   También en este sentido escribía el Fundador del Opus Dei: “Como quiere el Maestro, tú has de ser -bien metido en este mundo, en el que nos toca vivir, y en todas las actividades de los hombres- sal y luz. -Luz, que ilumina las inteligencias y los corazones; sal, que da sabor y preserva de la corrupción. Por eso, si te falta afán apostólico, te harás insípido e inútil, defraudarás a los demás y tu vida será un absurdo” (Forja, n. 22)
3. Afán apostólico. Sal y luz que se manifiesta en hechos: “Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos”.
Por eso la misión de la Iglesia se ha resumido en tres labores: liturgia, doctrina, servicio. Unión con Dios en el culto y en la piedad, iluminar el mundo con el apostolado personal y con nuestro trabajo profesional, servir a los más necesitados. Ya hemos hablado de la liturgia, al mencionar el ejemplo de Juan Pablo II que necesitaba una Misa más.
La segunda misión, la doctrina, puede hacernos sentir especialmente comprometidos en esforzarnos para adquirir sabiduría, por iluminar las ciencias humanas con el fuego divino, por condimentarlas con la sal de la Revelación: “Quiere que su luz brille en la conducta y en las palabras de sus discípulos, en las tuyas también (Surco, n. 930). La luz de los seguidores de Jesucristo no ha de estar en el fondo del valle, sino en la cumbre de la montaña, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo. Trabajar así es oración. Estudiar así es oración. Investigar así es oración. No salimos nunca de lo mismo: todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentar ese trato continuo con El, de la mañana a la noche. Todo trabajo honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado” (Es Cristo que pasa, n. 10).
Sobre el servicio se refieren la primera lectura, del Trito-Isaías (Is 58,7-10) y el salmo 111: El justo brilla en las tinieblas como una luz. Este esplendor se manifiesta en las obras de misericordia: partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa, que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes. Entonces brotará tu luz como la aurora. Repartes al hambriento tu pan, y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas tu luz, y lo oscuro de ti será como mediodía.
Por eso en la Iglesia siempre se recomiendan las obras de misericordia. En concreto, para la formación de los jóvenes es muy importante ayudar en la catequesis y visitar a familias o personas necesitadas. Así lo preveía el Fundador del Opus Dei en los comienzos de sus apostolados: “Los nuestros, a fin de convertirse en hombres de Dios, dedicarán al principio una buena parte de su actividad a la catequesis de niños y a la visita de enfermos. Para hacerse entender de los primeros, habrán de humillar su inteligencia: para comprender a los pobres enfermos, tendrán que humillar su corazón. Y así, de rodillas su entendimiento y su carne, les será fácil llegar a Jesús, por el camino seguro del conocimiento de la miseria humana, de la miseria propia, que les llevará a anonadarse, para dejar a Dios que construya sobre su nada” (Apunte del 110332, citado en Camino. Edición Histórico-crítica, n. 419).
Terminamos acudiendo una vez más a Santa María, Reina de los Apóstoles. Nos podemos imaginar cómo ayudaría Ella, en los comienzos del cristianismo, recordando a los Apóstoles las prioridades que su Hijo les había marcado para ser sal de la tierra y luz del mundo. A Ella le pedimos que sean vida nuestra las palabras que el próximo Beato Juan Pablo II predicaba el día de la canonización de San Josemaría:
“Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis "sal de la tierra" (Mt 5, 13) y brillará "vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 16)”.

miércoles, noviembre 11, 2009

Servicio




En el capítulo décimo de San Marcos, el Señor sube a Jerusalén con sus discípulos. Ya se nota un aire tenso: “Jesús los precedía y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo”. Les llama la atención la resolución con que asciende al sitio donde morirá, según ha anunciado dos veces. Por toda respuesta, el relato presenta un tercer anuncio acerca de la inminencia de su muerte y posterior resurrección. Sin embargo, parece que los discípulos no se enteraran. Santiago y Juan se preocupan más por su lugar en la gloria que por su participación e los padecimientos: “Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: —Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. Él les dijo: — ¿Qué queréis que os haga? Y ellos le contestaron: —Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria. Y Jesús les dijo: —No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado? —Podemos –le dijeron ellos. Jesús les dijo: —Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto”.



El Señor menciona dos figuras del sufrimiento: el cáliz y el bautismo. Para cuando se escribió el evangelio, ya Santiago había bebido ese cáliz y recibido el bautismo del martirio. Pero inmediatamente se nos presenta la reacción de soberbia de los otros discípulos: “Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan. Entonces Jesús les llamó y les dijo: —Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos”.



Estas palabras se relacionan con la primera lectura, que es el cuarto canto del Siervo del Señor profetizado por Isaías. En este pasaje, explica Benedicto XVI, llegamos al tercer tipo de palabras sobre el Hijo del hombre: los preanuncios de la pasión. Ya hemos visto que los tres anuncios de la pasión del Evangelio de Marcos, que estructuran tanto el texto como el camino de Jesús mismo, indican cada vez con mayor nitidez su destino próximo y la necesidad intrínseca del mismo. Encuentran su punto central y su culminación en la frase que sigue al tercer anuncio de la pasión y su aclaración, estrechamente unida a ella, sobre el servir y el mandar: "Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos" (Mc 10, 45).



Podemos concretar esa disposición, que debe ser habitual, en pequeños detalles de servicio, comenzando por el propio hogar: saberse molestar cada uno, para que la casa funcione. Ofrecerse para colaborar en el aseo, el orden, los mandados. Servir en la cocina y en el comedor. Ayudar con el silencio, o soportar el ruido de los demás sin muchos aspavientos. Lo mismo con el cigarrillo: una buena mortificación para el fumador es no hacerlo en lugares cerrados y otra, para el que no fuma, es soportar el humo ajeno haciendo buena cara. Ceder el televisor, el computador o el teléfono. Servir en la vía pública: conducir con decencia y sin atacar a los otros. Servir en los medios de transporte público, en la calle, en el sitio de trabajo o en el aula de clase. Dar limosna a personas necesitadas o, al menos, a entidades que les ayudan. A veces los mendigos entienden que uno no les dé una moneda, pero sí esperan una cara sonriente, una mirada fraterna. Cuántos detalles pequeños se nos presentan a lo largo del día para ejercitar ese lema de cristiano: yo no vine para que me sirvan, sino para servir.



Una anécdota de San Josemaría: “El día 19 de marzo de 1959, fiesta de san José, patrono del Opus Dei, Escrivá pasa por el office en el momento en que están preparando las fuentes de la comida. Se detiene. Toma una. Entra en el comedor. Desde la puerta, busca con la mirada a Julia Bustillo, que es la más veterana. Va hacia donde ella está sentada y le acerca la bandeja, sosteniéndola para que se sirva: -En la casa de Nazaret todos servían… ¡Hoy me toca servir a mí! Pero el gesto pretende abrir camino a una costumbre. Así que, pasado un tiempo, les dirá a las directoras que viven en La Montagnola: -En casa no hay «servicio doméstico»: unos realizan una profesión y otros otra. Cada cual hace su trabajo y todos servimos a Dios, que es el único Señor. Me parecería muy bien que algunas veces -y no hace falta que sea un día excepcional o un día de fiesta, sino cualquier día corriente- vosotras sirvierais la mesa de quienes, porque es su profesión, habitualmente os atienden a vosotras (Urbano P. El hombre de Villa Tevere, p. 252).



Una manifestación concreta de esas ansias de servir es el esfuerzo por adquirir más competencia en nuestro trabajo profesional. Escribe San Josemaría: “Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas, con humana perfección” (Es Cristo que pasa, 50).



Juan Pablo II decía que el ser humano “se afirma a sí mismo, de manera más completa, dándose. Ésta es la plena realización del mandamiento del amor. Ésta es también la plena verdad del hombre, una verdad que Cristo nos ha enseñado con Su vida y que la tradición de la moral cristiana -no menos que la tradición de los santos y de tantos héroes del amor por el prójimo- ha recogido y testimoniado en el curso de la historia” (Cruzar el umbral de la esperanza, p. 208). Al papa polaco le gustaba poner tres ejemplos de vida entregada: la maternidad, la milicia –un soldado que arriesga su vida por la patria-, la entrega a Dios en el celibato.



Pidamos a la Virgen Santísima su protección para que también sea nuestro lema que no hemos venido a la tierra para ser servidos, sino para servir y dar la vida a los demás por Dios.

lunes, diciembre 08, 2008

Cristo Rey


El año litúrgico termina siempre conmemorando el reinado de Jesucristo: «Digno es el Cordero sacrificado de poder, riqueza, sabiduría, fortaleza y honor. A El la gloria y el poderío por los siglos» (Ap 5, 12).

En la oración colecta se alaba a Dios porque quiso fundar todas las cosas en su Hijo «muy amado, Rey del universo». Y el prefacio describe las características de ese Reino: dice que Cristo, ofreciéndose a sí mismo, redimió a la humanidad y, sometiendo a su poder la creación entera, entregó a la Majestad infinita del Padre «un reino eterno y universal: el Reino de la verdad y la vida, el Reino de la santidad y la gracia, el Reino de la justicia, el amor y la paz»

La formulación negativa sería: un reino sin final, sin límites; un reino sin mentiras, sin muerte; sin pecado, sin odios, un reino sin guerra... San Pablo expresa una idea similar en la primera carta a los corintios (15, 20-28): Cristo le entregará el Reino a su Padre«porque conviene que El reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies».

Cristo es Rey y nosotros sus siervos. La clave de la existencia cristiana es reconocer el primado de Cristo, como pedimos en la oración después de la Comunión: «que quienes nos gloriamos en obedecer a Cristo, Rey universal, podamos reinar eternamente con El en el Cielo». ¡Qué maravilla reinar con Cristo en el Cielo! Pero la condición es «gloriarnos en obedecerle» ahora, en la tierra...

En el prefacio del día también se explica que ese fue el camino de Jesús: en primer lugar, el Padre consagró a Jesucristo Sacerdote eterno y Rey del universo, «ungiéndolo con óleo de alegría, para que, ofreciéndose a sí mismo, como Víctima perfecta y pacificadora en el altar de la Cruz, consumara el misterio de la Redención humana». Hubo un tiempo en que algunos se oponían a la celebración de esta fiesta, pues les parecía «triunfalista». Quizá es que no comprendían que el triunfo de Cristo, su reinado, no consiste en apabullar, en imponerse, en dominar. Todo lo contrario: la alegría de Jesús, su gobierno, está en el inclinarse para lavar los pies a sus discípulos -entre ellos, al traidor-, su reinado es fruto de ofrecerse a sí mismo como Víctima en el altar de la Cruz...

2. Otro punto importantísimo para distinguir el reinado de Cristo de los reinados terrenos es la finalidad: Cristo posee el reinado para entregarlo, no para quedarse con él: «Sometiendo a su poder la creación entera, entregó a la Majestad infinita un Reino eterno y universal...»

Decía A. Malraux, en su biografía de Disraeli, que lo mejor de los triunfos es tener a quién dedicarlos. Y el Señor «dedica» este reinado al Padre, y nos quiere unir en esa dedicación. Nosotros también podemos unirnos voluntariamente, no queremos ser como los siervos de la parábola, a los que Jesús mencionaba con dolor, cuando decían: no queremos que éste reine sobre nosotros. Por el contrario, nuestra respuesta será: «Regnare Christum volumus!» (Queremos que Cristo reine), o, como dice Pablo en la primera lectura, «Oportet illum regnare» (Conviene que Él reine).

San Josemaría se preguntaba cómo puede reinar Jesús hoy, dónde debe reinar. Y se respondía: «Debe reinar, primero, en nuestras almas. Debe reinar en nuestra vida, porque toda ella tiene que ser testimonio de amor. ¡Con errores! No os preocupe tener errores, yo también los tengo. ¡Con flaquezas! Siempre que luchemos, no importan. ¿Acaso no han tenido errores los santos que hay en los altares? Pero errores que están dentro de nuestro camino de hombres; de esos errores Nuestro Señor se debe de sonreír».

Podemos continuar pidiendo, sobre la falsilla de es oración: Queremos, Señor, que Tú gobiernes nuestra vida, que seas Tú quien nos dé sentido sobrenatural y eficacia divina. Queremos que seas Tú quien hagas que podamos decir con todas nuestras fuerzas: ¡queremos que Él reine!

3. El Señor quiere unirnos a su reinado, a pesar de nuestras flaquezas. Lo resalta la oración colecta de la Misa: «Concede que toda la creación, libre de la esclavitud, te sirva y te glorifique sin cesar». Reinar sirviendo. Esa es la clave para entender el reinado de Cristo.

También predicaba San Josemaría un día como hoy: «Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey, Cristo Jesús. Servir, y servir siempre».

Quiere la Iglesia que el último domingo del año litúrgico pensemos en Jesús que reina sirviendo... y que mide nuestro amor a El por el cariño que le manifestamos a nuestros hermanos (Mateo 25,31-46): Venid, benditos de mi Padre, poseed el Reino, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era huésped y me hospedasteis, desnudo y me cubristeis, enfermo y me visitasteis, estaba en la cárcel y vinisteis a verme.

El motivo de la canonización en el Evangelio no son las palabras bonitas que le dirigimos, ni siquiera lo bien que hacemos las cosas, cómo cumplimos los plazos o cuánto nos movemos. Jesús llama al Cielo a los que le han reconocido en sus hermanos los hombres. Como enseña el Catecismo de la Iglesia, «la actitud hacia el prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino» (n. 678).

San Josemaría explicaba que las labores de servicio en la Prelatura son tarea gratísima a Dios, que multiplica eficazmente el apostolado de la Obra. Sin él, decía, "se haría imposible gran parte de la labor y faltaría el ambiente de hogar, que tanto nos ayuda en el servicio de Dios".

Servir a nuestros hermanos los hombres, reconocer en ellos a Jesucristo, que nos sale al encuentro. Esa es la clave del cristianismo, que ha fecundado el mundo a lo largo de veinte siglos: «Para remediar los tormentos (...) el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento y dejar más tarde amargura y desesperación. Los cristianos (...) han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad» (Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa, n. 167).

Por eso Benedicto XVI comenzó su pontificado con una encíclica sobre la caridad, porque la considera parte importante de la identidad de la Iglesia. Así lo predicaba a un grupo de cardenales: «todo auténtico discípulo de Cristo sólo puede aspirar a una cosa: a compartir su pasión sin reivindicar recompensa alguna. El cristiano está llamado a asumir la condición de «siervo», siguiendo las huellas de Jesús, entregando su vida por los demás de manera gratuita y desinteresada. No debe caracterizar cada uno de vuestros gestos y palabras la búsqueda del poder y del éxito, sino la humilde entrega de sí mismo por el bien de la Iglesia. La verdadera grandeza cristiana, de hecho, no consiste en dominar, sino en servir» (Homilía, 24-XI-07).

Terminamos con una oración de San Josemaría para acudir a la Santísima Virgen pidiéndole que nos enseñe la clave para reinar junto a su Hijo, que es aprender a servir: «Danos, Madre nuestra, este sentido de servicio. Tú, que ante la maravilla del Dios que se iba a hacer hombre, dijiste: ecce ancilla!, enséñame a servir así».


Homilía

Con la fe en el poder de Cristo-Rey, la Iglesia le pide hoy en varias ocasiones la paz del mundo: después de la presentación de los dones, se dirige a Dios para que le conceda a todos los pueblos la unidad y la paz; y antes de comulgar nos invita a considerar el salmo 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Tanto la primera lectura (Ezequiel 34) como el salmo responsorial (22) nos invitan a acogernos a ese Rey que, si bien es nuestro Juez («Os juzgaré a vosotros, mis rebaños») es, también, nuestro buen Pastor («El Señor es mi Pastor, nada me faltará»).

Con esa misma fe del buen ganadico, renovamos hoy en el Opus Dei la Consagración que San Josemaría hizo por primera vez en 1952 al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, divino propiciatorio por el cual prometió el eterno Padre que oiría siempre nuestras oraciones.

Le consagraremos toda la Obra, este Centro, y cada uno de nosotros, especialmente nuestros pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor.

Le pediremos que esa libertad se comprometa en amor a Jesús y a su Madre bendita, a la Iglesia y al Papa, en unión a la Obra, en celo ardiente por las almas.

Sobre todo, le pediremos la gracia de encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada y, al mismo tiempo, que El establezca en nuestros corazones el lugar de su reposo. Mutua inmanencia, que prometió Jesús: el que coma mi carne y beba mi sangre habita en Mí y yo en él. De esa manera, podremos permanecer íntimamente unidos.

Podemos hacer el propósito de rezar muchas veces esa jaculatoria que recuerda la Consagración hecha por nuestro Fundador, y que tanto bien hará al mundo -traerá la paz- si nos decidimos a encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada: Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem! Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, danos la paz.

Y a la Virgen le pedimos que interceda por nuestro país, por la Iglesia, por el mundo entero: Regina pacis, ora pro nobis! Reina de la paz, ruega por nosotros.

martes, octubre 28, 2008

Autoridad, servicio y fraternidad


En la recta final de su Evangelio, Mateo (23, 1-12) presenta a Jesús en el Templo discutiendo con las autoridades religiosas, como hemos visto antes. La parte final es muy severa: Como gusta advertir a Benedicto XVI, Jesús se sienta en la cátedra de Moisés y no recrimina el poder que ejercen los escribas y fariseos, sino el mal ejemplo de los que debían ser modelos:  

—En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen. Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas. Hacen todas sus obras para que les vean los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y que les saluden en las plazas, y que la gente les llame rabbí.

Decir y hacer. Autenticidad, unidad de vida: “Cœpit facere et docere —comenzó Jesús a hacer y luego a enseñar: tú y yo hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos llevar una doble vida: no podemos enseñar lo que no practicamos. En otras palabras, hemos de enseñar lo que, por lo menos, luchamos por practicar” (Forja, n. 694). Por eso la formación apostólica deberá llevar a mantener siempre —a no perder— el punto de mira sobrenatural en todas las actividades. No vivimos una doble vida, sino una unidad de vida, sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones” (San Josemaría,Carta 6-V-1945, n. 25).
Para explicar la autoridad con que enseña el Señor, Benedicto XVI comenta en su libro sobre Jesús de Nazaret (p. 93) que el Maestro habla “de los rabinos que se sientan en la cátedra de Moisés y, por ello, tienen autoridad; por eso sus enseñanzas deben ser escuchadas y acogidas, aunque su vida las contradiga (cf. Mt 23, 2), y aunque ellos mismos no sean autoridad, sino que la reciben de otro. Jesús se sienta en la «cátedra» como maestro de Israel y como maestro de los hombres en general”.
Nos habla de autoridad, de servicio. ¡Cuándo comprenderemos que los cargos son para servir! El ejemplo de Jesucristo es palmario: el Hijo del hombre no vino para que lo sirvieran, sino para servir, era su lema. Nosotros tenemos que acudir al mismo Señor pidiéndole ayuda para lograrlo, como lo hace la oración colecta del domingo XXXI: “Dios omnipotente y misericordioso, de cuya mano proviene el don de servirte y de alabarte, ayúdanos a vencer en esta vida cuanto pueda separarnos de ti”. Sobre todo, nuestra soberbia, que se resiste a servir. 

Ojalá pudiéramos decir, con el Salmo 130: “Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos soberbios; no pretendo grandezas que superan mis alcances. Al contrario, Señor, estoy tranquilo y en silencio, como niño recién amamantado en los brazos maternos”.
No es de ahora este problema de la soberbia que se resiste a servir. Al contrario, viene de los primeros inicios del andar humano sobre la tierra. Entre otros muchos ejemplos, Malaquías –que sí era un buen servidor de su pueblo- denunciaba: “Vosotros os apartasteis del camino, hicisteis tropezar a muchos con vuestra enseñanza, quebrantasteis la alianza con Leví —dice el Señor de los ejércitos—.
Y otro ejemplo maravilloso, ahora del Nuevo Testamento, es el del apóstol Pablo. En su primera carta a sus hijos espirituales de Tesalónica (2, 7b-9.13), les decía: “Hermanos: cuando estuvimos entre vosotros nos comportamos con dulzura. Como una madre que da alimento y calor a sus hijos, así, movidos por nuestro amor, queríamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestras propias vidas, ¡tanto os llegamos a querer! Pues recordáis, hermanos, nuestro esfuerzo y nuestra fatiga: trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el Evangelio de Dios.”
La clave para decidirse a servir podemos encontrarla en la parte final del pasaje de Mateo: somos todos igualmente hijos de Dios. No es más el que es servido, ni el servidor (aunque éste se asemeja más al Maestro). Todos somos igualmente dignos. 

Ante una sociedad en la que los discípulos de cada maestro los honraban con los títulos de “rabbí”, “Maestro” o “Padre”, el Señor les indica: “Vosotros no os hagáis llamar rabbí, porque sólo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial. Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno sólo: Cristo”.
Sobre la paternidad divina, y nuestra consecuente filiación, expresa el Papa en su libro sobre Jesús estas bellas palabras (p. 176): “La paternidad de Dios es más real que la paternidad humana, porque en última instancia nuestro ser viene de El; porque El nos ha pensado y querido desde la eternidad; porque es El quien nos da la auténtica, la eterna casa del Padre. Y si la paternidad terrenal separa, la celestial une: cielo significa, pues, esa otra altura de Dios de la que todos venimos y hacia la que todos debemos encaminarnos. La paternidad «en los cielos» nos remite a ese «nosotros» más grande que supera toda frontera, derriba todos los muros y crea la paz.”
Contaba Jaime Nubiola que, “cuando a principios de los 80 British Airways quería relanzar su actividad, el consejo de administración contrató para dirigir la compañía a Colin Marshall, procedente de Sears, precisamente porque, aunque no tenía experiencia en el negocio aéreo, sostenía que la clave estaba en el servicio. De hecho, fue él quien acuñó aquel hermoso lema de British Airways: To fly, to serve ("Volar para servir"), ahora ya en desuso. En este mismo sentido, me pasaba ayer un colega unas sabias declaraciones del ex presidente de Hewlett Packard en España, Juan Soto, encabezadas por el titular —extraído de sus palabras— "Liderar es querer servir", que es una versión más general de aquel antiguo lema de la compañía aérea”.

Aprovechemos este rato de oración para renovar nuestro deseo de pensar en los demás, de servir con generosidad y olvido de nosotros mismos: “Todos los que tienen problemas personales, los tienen por el egoísmo de pensar en sí mismos. Es necesario darse a los demás, servir a los demás por amor de Dios: ése es el camino para que desaparezcan nuestras penas. La mayor parte de las contradicciones tienen su origen en que nos olvidamos del servicio que debemos a los demás hombres y nos ocupamos demasiado de nuestro yo" (San Josemaría, Carta, 24-III-1931, n. 15).
El pasaje evangélico concluye con esa otra clave para decidirnos a servir, que es la virtud de la humildad: “Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado”.

viernes, octubre 05, 2007

El rico epulón y el pobre Lázaro

Después de la parábola del administrador infiel, San Lucas continúa con las enseñanzas de Jesús sobre el sentido y el peligro de las riquezas. Al final del capítulo 16 presenta la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro. “Epulón” no es nombre propio, sino adjetivo: “hombre que come y se regala mucho”, lo define el diccionario de la RAE. En efecto, este personaje “vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes”. No es que fuera malo. El Señor no recrimina algún acto concreto suyo, sino todo lo contrario: la omisión. Tenía ciego el corazón para ver las necesidades ajenas. Solo pensaba en sí mismo. En los demás solo veía qué tanto facilitaban o entorpecían sus proyectos.

De hecho, no reparaba en “un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas”. La imagen que nos presenta el Señor es lamentable: se trata de un cuadro de pobreza extrema, que clama al cielo por el contraste con el nivel de vida que llevaba el rico epulón. Lázaro deseaba saciarse no con las sobras del banquete cotidiano, sino con las migajas que caían después de que los comensales se limpiaran los dedos en el pan. No pretendo hacer un discurso político, pues ya hemos hablado antes de que poseer bienes no es en sí mismo bueno ni malo, depende de la actitud que se tenga ante ellos: si sirven para alcanzar la vida eterna o simplemente para satisfacer el egoísmo. 

Esta parábola se presta para meditar sobre muchos temas: el uso de las riquezas, el más allá, las pruebas de fe –como explica magistralmente el Papa en su libro “Jesús de Nazaret”-, etc. Pero podemos centrarnos en la necesidad de superar esa ceguera del corazón que puede convertirnos en ricos epulones. 

En el libro “Jesús de Nazaret”, el Papa hace un ejemplo de exégesis canónica: centra su comentario en mostrar la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento (cita los salmos que hablan de la pobreza) y en sentido cristocéntrico: Lázaro es, en realidad, una figura de Jesús, el gran signo de Dios, la mejor prueba de fe (p. 260). 


El Papa lo dicen en el sentido de Jesús como nuevo Jonás, que padeció y resucitó. Pero también lo es en otro sentido: siendo rico se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza. ¡Qué diferencia con lo que se estila por ahí! Basta pensar en los apóstoles, que se preguntaban: ¿Quién será el mayor? ¿Quién ocupará el primer puesto? El ejemplo de Jesús es lo contrario: “El Hijo del Hombre no ha venido para que lo sirvan, sino para servir”. 

Servir a los demás. Tener abiertos los ojos del corazón para descubrir las necesidades ajenas. Juan Pablo II decía, con base en su experiencia personal, que “el hombre se reafirma a sí mismo, de manera más completa, dándose” (Cruzando el umbral de la esperanza, p. 208). Y ponía ejemplos de la entrega de uno mismo a los demás: las mujeres durante el parto, los soldados en combate, los que se entregan a Dios en el celibato. Cada uno puede buscar propósitos concretos para servir más, comenzando por la propia casa: cumplir el horario, facilitar y encargarse de la limpieza, el orden, el silencio, el trabajo, hacer rendir el agua caliente, dejar el televisor a los demás, ver con ellos el programa que gusta menos, servir en el comedor, esperar a que se sirvan todos antes de comenzar a comer, preocuparse por las necesidades de los demás, de sus alegrías y penas, insistirles en lo bueno, evitarles temas que no les agrada, caballerosidad en el deporte (saber ganar, saber perder), encomendarlos, etc…

La Virgen es un ejemplo de esta actitud. El primer milagro de Jesús es fruto de ese pensar que ella no había ido a la fiesta de Caná para que la sirvieran, sino para servir. Por eso es la primera en darse cuenta de que el vino se estaba agotando. Pidámosle a Ella que en nuestra vida se cumpla el programa de Jesús, que no seamos ciegos de corazón como el rico epulón: “A un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible, independientemente de estrategias y programas de partido. El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia” (Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas Est).

sábado, noviembre 25, 2006

Reinar sirviendo


Al final del año litúrgico, la Iglesia celebra la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Se quiere remarcar que Jesús reina, aunque hoy no parezca tan claro. Los poderosos de la sociedad quisieran desterrarlo de la educación, de la familia, de la política, de la información. A veces, parece que fueran a lograrlo pronto. De hecho, hay zonas del mundo donde ese dominio parece incontrovertible. ¿Hasta dónde llegará esa tendencia? ¿Será posible acabar con ese reinado que parece atentar contra ciertas estabilidades? ¿O, como en el caso de Herodes, los perseguidos son inocentes cuyo testimonio será fortaleza para un renacer postrero?

La Sagrada Escritura presenta, en diversas ocasiones, la verdad de ese reinado universal: el profeta Daniel anuncia (7,13-14): “Yo, Daniel, en una visión nocturna, vi venir sobre las nubes del cielo alguien semejante a un hijo de hombre; avanzó hacia el anciano y fue introducido ante su presencia. Entonces recibió poder, gloria y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo servían. Su poder es eterno, nunca acabará, y su reino jamás será destruido”.  

El Salmo 92 proclama: El Señor es rey; está vestido de esplendor; está vestido y rodeado de poder. Tu trono está firme desde siempre, tú existes desde la eternidad. Además, la contemplación del reinado de Cristo no es, para nosotros, un gesto pasivo, sino que nos involucra, pues somos hermanos de ese Rey. Por eso, san Juan proclama en el Apocalipsis (1,5-8): Al que nos ama y nos liberó de nuestros pecados con su propia sangre, al que nos ha constituido en reino y nos ha hecho sacerdotes para Dios, su Padre, toda la gloria y el poder por los siglos de los siglos”.

Jesús reina y los cristianos somos su reino, sus sacerdotes. Una de las claves del mensaje de Jesucristo es el anuncio del Reino: “Buscad primero el reino de Dios y toda su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”. Para llevar esa invitación a la práctica, habría que preguntarse antes: ¿En qué consiste ese reinado, para poder comenzar la búsqueda? La escena del interrogatorio ante Pilato es muy útil para aclararse. El mismo apóstol Juan (18, 33-37) cuenta que Pilato preguntó a Jesús: "¿Eres tú el rey de los judíos?" Jesús le contestó: "¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?" Pilato le respondió: "¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?" Jesús le contestó: "Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis seguidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero no, mi Reino no es de aquí". Pilato le dijo: "Con que, ¿tú eres rey?" Jesús le contestó: "Tú lo has dicho: Yo soy Rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz". 

Jesús proclama que es Rey ante su verdugo, pocas horas antes de morir abandonado de casi todo el mundo. Su reinado es anunciar la verdad de Dios: que no ha rechazado padecer hasta la muerte en obediencia al Padre y en servicio a sus hermanos. Benedicto XVI explica, en el n. 12 de la Encíclica Deus Caritas est, que ésa es la originalidad del planteamiento de Cristo sobre el reinado, un reino que no es imposición, sino servicio. “La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito. Tampoco en el Antiguo Testamento la novedad bíblica consiste simplemente en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios. Este actuar de Dios adquiere ahora su forma dramática, puesto que, en Jesucristo, el propio Dios va tras la «oveja perdida», la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: « Dios es amor » (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar”.

En cristiano, reinar es amar, reinar es servir, entregarse hasta la muerte, convertir el odio y la violencia en amor, la muerte en vida. Es lo que canta el Prefacio de la Misa: “Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que, ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana; y sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal: reino de la verdad y la vida, reino de la santidad y la gracia, reino de la justicia, el amor y la paz”.

Es misión del cristiano extender ese reinado en su tiempo y en su espacio, hacer vida suya la vida de Cristo, dejar que Él reine, ante todo, en la propia vida. Es lo que predicaba san Josemaría en esta solemnidad: “Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma. Pero qué responderíamos, si El preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le contestaría que, para que El reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey. Si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón. (…) Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por El, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen” (Es Cristo que pasa, n. 181-2).

Reinar sirviendo. En María vemos hecha vida esa actitud. Desde antes de la Anunciación, se consideraba esclava del Señor. Cuando se entera del embarazo de su prima, la anciana Isabel, se dirige con prisa a acompañarla durante tres meses. En las bodas de Caná…, toda su vida, hasta el Calvario y Pentecostés se resumen en ese modo de vida que acrisoló al lado de su Hijo: Reinar sirviendo.