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lunes, marzo 21, 2016

La unción en Betania

El Sábado de Pasión, la víspera del Domingo de Ramos, el Señor fue a comer a Betania, la pequeña aldea a la que tanto le gustaba ir. Allí, con la compañía de esos queridísimos amigos que eran Lázaro, María y Marta, Jesús descansaba y reponía fuerzas (Jn 12,1-11). Ellos habían invitado al Maestro para celebrar la resurrección del hermano mayor, pero no había sido fácil concretar el día, debido a la persecución que habían desencadenado sus enemigos.
Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Detallista como siempre, María había empleado una buena cantidad de sus ahorros para comprar un perfume importado del Oriente. En los momentos iniciales, cuando el protocolo sugería ofrecer al invitado agua para que se limpiara los pies —como sabemos por el banquete en casa de Simón el fariseo—, María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera.
Este gesto nos habla, además de la natural manifestación de gratitud por la resurrección de Lázaro, de un amor generoso y pródigo al Señor, de trato delicado y fino con quien nos ha mostrado su caridad hasta el extremo. Y nos invita a preguntarnos cómo le demostramos a Jesús que le queremos, a Él directamente y en sus hermanos más pequeños. Estas dos manifestaciones pueden ser el tema de nuestra meditación de hoy.
Al comienzo de la Semana Santa, podemos examinar cuántas veces te hemos agradecido, Señor, durante la cuaresma, por habernos redimido; qué esfuerzo hemos hecho para tener muestras de delicadeza y afecto contigo. Por ejemplo, al celebrar o participar en la Misa, cómo cuidamos la preparación remota y próxima, con cuánto amor vivimos cada parte de la Eucaristía, desde el primer momento.
Regresemos a la escena: María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Ese aroma nos llega a través del tiempo hasta el hoy de nuestra oración. Es la esencia del amor, de la generosidad, del cariño por el Maestro. Ese buen olor, incienso de Cristo, del que habla san Pablo, nos pregunta por nuestra labor apostólica, que es el contexto en el que el Apóstol de las gentes menciona esa frase: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y difunde por medio de nosotros en todas partes la fragancia de su conocimiento (2 Co 2,15).
Pidamos al Señor que, como fruto de nuestro amor por Él —queremos que sea como el de los hermanos de Betania—, tengamos ese sano afán de difundir en nuestro ambiente la vida y la doctrina de Jesús. Que, con nuestras palabras y con nuestras obras, con el esfuerzo por adquirir las virtudes, seamos de verdad ese buen olor que salva. De esa manera se cumplirán en nuestra vida las palabras del Apóstol: Porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden; para unos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida, para vida.
Esta dicotomía la vemos reflejada en la escena de Betania. En medio del buen ambiente que se respiraba, había una persona para la cual la fragancia de nardo era olor de muerte: Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».
San Juan añade que esa repentina preocupación social se debía en realidad a la codicia: Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. San Juan Pablo II comenta que, «como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de “derrochar”, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía» (2003b, n.48). En la misma línea había escrito antes san Josemaría: «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. —Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco» (C, n.527). 
Un ejemplo de ese cuidado nos lo brinda un pasaje de la biografía del beato Manuel González, al dejar reservado por primera vez el Santísimo Sacramento en un convento: «Después de haber cerrado el Sagrario, ya lleno con la presencia real del Maestro divino de Nazaret, se despedía el Fundador de sus hijas, recordando la frase del Beato Ávila, les repetía: “¡Que me lo tratéis bien, que es Hijo de buena Madre!”» (Cf. Rodríguez, n.531).  
Hoy podemos repetir la oración de san Josemaría al recordar ese suceso: «“¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien” (…) —¡Señor!: ¡Quién me diera voces y autoridad para clamar de este modo al oído y al corazón de muchos cristianos, de muchos!» (Ibidem.). Aprendamos, en estos días de Semana Santa, del ejemplo de María de Betania y de tantos santos enamorados de Jesucristo, prisionero de amor en la Eucaristía. Que lo acojamos con el nardo de nuestras penitencias, de nuestra piedad renovada, del cariño fraterno, del afán apostólico incesante.
Volviendo a la escena de la unción en Betania, podemos preguntarnos: ¿cómo reaccionó Jesús ante la incómoda situación en que lo puso el comentario de Judas Iscariote? San Juan Pablo II continúa su exégesis: «la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos —pobres tendréis siempre con vosotros—, Él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona» (2003b, n. 47).
Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis». Por ese motivo este pasaje se lee el Lunes santo, como preparación inmediata para la celebración del triduo pascual. El Señor anuncia veladamente que muy poco tiempo después ya estará sepultado. Y lo hace con una paz y una serenidad que muestran que en Él se cumple la profecía del Siervo de Isaías, que se lee como primera lectura de la Misa durante las jornadas iniciales de la Semana Santa (caps. 40-55): No gritará, no clamará, no voceará por las calles. Yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
Jesucristo ofreció su vida generosamente por nosotros, asumió la Voluntad del Padre de entregarse a la muerte por nuestra salvación. Debemos pensar, como el Apóstol san Pablo, que también debemos manifestar nuestro amor a Dios imitándolo en esa abnegación por nuestros hermanos, que nos permita decir, como el Apóstol: Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
La mejor manera de tomar la Cruz de Cristo, camino del Calvario, es sufrir por los demás —sin dramatismos—, ser sus cirineos. Pidamos al Señor que nos ayude a descubrir su rostro en esos hermanos que salen a nuestro encuentro desde sus «periferias existenciales», como dice el papa Francisco: con la enfermedad, la pobreza, las necesidades de afecto, de comprensión, de compañía. Podemos hacernos las preguntas que él mismo sugería: «¿Se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?» (Mensaje para la Cuaresma, 2015).
Al comienzo de una Semana Santa, el beato Álvaro del Portillo animaba a poner la lucha interior de esos días precisamente en la fraternidad: «Exigíos en este campo, hijas e hijos míos, atribuyendo mucha importancia a las pequeñas mortificaciones que hacen más alegre y amable el camino de los demás, viendo siempre en ellos a Cristo, sin olvidar que “una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra del espíritu de penitencia” (F, n.149). De este modo, vuestros pequeños sacrificios subirán al Cielo in odorem suavitatis, como el incienso que se quema en honor del Señor» (2014, pp. 120-121).
Cuando hablamos del amor a Dios y a los hombres de los que María de Betania es ejemplar, pensamos también en la Madre de Jesús, que al mismo tiempo es nuestra Madre. A Ella, que «se entregó completamente al Señor y estuvo siempre pendiente de los hombres; hoy le pedimos que interceda por nosotros, para que, en nuestras vidas, el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en una sola cosa, como las dos caras de una misma moneda» (Echevarría 2004, in loco).

sábado, febrero 15, 2014

El sermón del monte. La plenitud de la Ley

El Evangelio de Mateo estructura la enseñanza de Jesús en torno a cinco grandes discursos, en los que algunos han visto una alusión a los cinco primeros libros del Antiguo Testamento (el Pentateuco o Torá). El primero de estos discursos es el llamado “sermón del monte”; los otros son: el misionero, el de las parábolas, el eclesiástico y el escatológico.
Al comienzo del año meditamos en la Misa dominical el Discurso de la montaña. Iniciamos la andadura con las Bienaventuranzas y la invitación a ser sal de la tierra y luz del mundo. Hoy continuamos con el papel que cumple Jesús con respecto a la Ley (5,17-37): No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla.
Una de las características del primer Evangelio es presentar a Jesús como el Mesías prometido (y después rechazado por su pueblo). Tanto que algunos autores le llaman “el Evangelio del cumplimiento”. En este pasaje vemos a Jesús llevando a la plenitud las enseñanzas del Antiguo Testamento: Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.
Esta era una de las expectativas con respecto al Mesías esperado: debería revelar plenamente el auténtico sentido de la Ley. Y es lo que Jesús hace. No solamente refrenda esas enseñanzas, sino que se pone a la altura del Legislador divino: Habéis oído que se dijo (…) Pero yo os digo. No es un rabino más, un simple comentador. En palabras del teólogo judío Neusner, «ahora Jesús está en la montaña y ocupa el lugar de la Torá». Jesucristo es, como le gusta considerar a Benedicto XVI, «el nuevo Moisés». Por eso concluye el exordio de la escena con esta exigencia para sus discípulos: si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
Sin embargo, no se trata de la simple imposición de una nueva autoridad. Es verdad que el Evangelio dice que la gente se «asustaba» ante tal pretensión de igualarse con Dios, pero ―como dice, con hermosa intuición, el papa alemán―, «la novedad de Jesús consiste, esencialmente, en el hecho que él mismo “llena” los mandamientos con el amor de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo que habita en él». Si bien el decálogo es en sí mismo una manifestación de caridad divina, Jesús los repleta de su amor al mostrarnos con su ejemplo que se pueden vivir. Es más, que son la clave para una existencia feliz. Es lo que vemos en los tres temas que pone a nuestra consideración la liturgia del sexto domingo ordinario: la fraternidad, la pureza, y la veracidad.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Desde tiempos de Caín, la soberbia humana ha llevado al extremo de resolver las diferencias eliminando al hermano. Es un pecado gravísimo, que el quinto mandamiento prohibía para garantizar la vida en sociedad. Pero Jesús hace ver que no podemos limitar nuestro comportamiento moral a no caer en extremos. No es presentable hablar bien de sí mismo porque «yo no mato a nadie».
Jesús enseña que también se acaba la fraternidad con los odios, con el resentimiento, o si nos resistimos a perdonar. Por eso nos enseñó en el Padrenuestro a condicionar el perdón divino de nuestras culpas a la manera como nosotros perdonamos a los que nos ofenden: Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.
Hay que ir más allá, seguir las enseñanzas de Jesús hasta el extremo. No podemos olvidar que, en la última cena, después de abajarse a lavar los pies de sus discípulos ―incluido Judas, el traidor ― nos dio un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado. Recordemos las enseñanzas de san Juan, el discípulo amado: Si no amas a tu hermano a quien ves, ¿cómo amarás a Dios, a quien no ves?
Ese amor al prójimo comienza por los más cercanos, en primer lugar por la propia familia. Por eso Jesús continúa aclarando la doctrina sobre la santa pureza y el amor matrimonial: Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Jesucristo, que había prometido a los limpios de corazón que verían a Dios, refrenda ahora la importancia de esta virtud. Y anima a luchar para tener lejanas las ocasiones de pecado, para no ponerse en tentación: Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.
Por esa razón el Venerable Álvaro del Portillo nos invita a que «tengamos el orgullo santo de la práctica de la virtud de la pureza, cada uno dentro de su estado, porque así adquiere su verdadera dimensión la capacidad de amor que el Señor ha puesto en cada uno. Pensadlo bien, también a la hora de la tentación: una vida limpia, casta, animada por la caridad, orienta a Dios —a la plenitud del Amor y de la Felicidad— toda la persona humana, incluida su corporeidad». (Carta pastoral, 1-VII-1988, cit. en “Como sal y como luz”, n.358).
Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer –excepto en el caso de fornicación– la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio. El Señor corrige la legislación que había ido desdibujando el designio originario sobre la indisolubilidad del matrimonio, que también ahora es atacada, en la teoría y en la práctica, desde diversos escenarios. Recordemos lo que enseña el Catecismo (n. 2382): «El Señor Jesús insiste en la intención original del Creador que quería un matrimonio indisoluble, y abroga la tolerancia que se había introducido en la ley antigua. Entre bautizados, “el matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte” (CIC, can 1141)».
Por último, el Señor explica la importancia de la veracidad. También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno. El Catecismo (n.2153) explica que «Jesús enseña que todo juramento implica una referencia a Dios y que la presencia de Dios y de su verdad debe ser honrada en toda palabra. La discreción del recurso a Dios al hablar va unida a la atención respetuosa a su presencia, reconocida o menospreciada en cada una de nuestras afirmaciones».
Fraternidad, santa pureza, sinceridad. Tres ámbitos en los cuales Jesucristo quiso llevar a la compleción las indicaciones del Antiguo Testamento. Procuremos formular algún propósito concreto que nos ayude a encontrar más fácilmente el amor de Dios como la fuente del amor humano y de la amistad entre los hermanos. Que aterricemos a nuestra vida diaria una enseñanza específica del Evangelio que hemos considerado: que la plenitud del amor es la santidad.

Podemos concluir con una enseñanza del papa Benedicto: «quizás no es casualidad que la primera gran predicación de Jesús se llame “Sermón de la montaña”. Moisés subió al monte Sinaí para recibir la Ley de Dios y llevarla al pueblo elegido. Jesús es el Hijo de Dios que descendió del cielo para llevarnos al cielo, a la altura de Dios, por el camino del amor (…). Una sola criatura ha llegado ya a la cima de la montaña: la Virgen María. Gracias a la unión con Jesús, su justicia fue perfecta: por esto la invocamos como Espejo de la justicia. Encomendémonos a ella, para que guíe también nuestros pasos en la fidelidad a la Ley de Cristo».

sábado, febrero 19, 2011

Fraternidad y santidad


Seguimos considerando el sermón del monte. Después de la introducción con las bienaventuranzas y las parábolas de la sal y de la luz, entramos en el cuerpo del sermón. En este, el Señor se presenta como ese nuevo Moisés del que habla Benedicto XVI, que no abroga la ley sino que, por el contrario la lleva a su perfección y ya no solo condena el homicidio, sino también la cólera; ya no solo rechaza el adulterio, sino los malos deseos; ya no solo prohíbe el divorcio, sino que  eleva el matrimonio a la dignidad de sacramento.

En la parte final de este cuerpo del sermón, sobre la perfección de la ley, vemos cómo afronta Jesús la conocida “ley del Talión” (Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente). Este principio, a pesar de que es muy denostado habitualmente, en realidad buscaba evitar excesos en las venganzas: que nadie se cobrara más allá de lo que había padecido. Incluso, que el delito quedara resarcido con una compensación equiparable. Sin embargo, Jesús enseña en qué consiste la plenitud de la ley: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado.

Jesucristo presenta varios ejemplos comunes de la legislación de aquella época y continúa en su línea de caridad extrema, de “no violencia” ―como dirían algunos― aunque amando hasta el extremo de dar la vida por los demás. No es una legislación nueva, pues el Levítico ya tenía previsto el mandamiento del amor: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (19,1-18). Es más bien una enseñanza para los que quieren ser perfectos: poner la otra mejilla, excederse en caridad con los violentos, ayudar a quien lo necesita.

Este es uno de los factores determinantes de los discípulos de Cristo. En esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros, dirá el Señor en la última cena. Pero su enseñanza va más allá; no se trata solo de querer a nuestros hermanos, sino de amar incluso a los enemigos: Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?

Esa es la razón de que la caridad forme parte del ADN estructural de la iglesia, junto con la liturgia y el apostolado. En estas palabras de Jesús se encuentra el origen de los hospitales y de infinidad de obras de servicio a lo largo del tiempo y del espacio. Por ese motivo, Benedicto XVI decía que estas tres «son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia» (Deus Caritas Est, 25). Quizá por eso se cuenta que Juan Pablo II dijo, al visitar un leprosario de las hermanas de la caridad en Calcuta: «desde aquí debería ejercer mi pontificado».

Podemos hacer examen en nuestra oración personal: ¿cómo vivimos la caridad? Probablemente no tengamos grandes enemigos, pero quizá es posible que haya personas que no nos caen tan bien y, en ocasiones, las evitamos. Olvidamos tener detalles con ellas. Nos duele quizá de modo exagerado su modo de ser. Somos susceptibles, de pronto patológicamente. O podemos criticar grupos de personas, o rechazarlas inconscientemente: por su origen social o geográfico, o por sus aficiones políticas, religiosas, ¡deportivas!

En otras ocasiones, quizá sí que tenemos razones objetivas para quejarnos de alguien: puede ser que con su modo de ser las veamos como impositivas, o que no nos dejan pasar ni una ocasión, o simplemente no nos atienden como pensamos que merecemos. En algún momento de nuestra vida pudimos haber sufrido verdaderas injusticias: en el trabajo, en el estudio, en las relaciones familiares. O quizá hemos padecido un robo o cualquier otro atentado contra nuestra integridad.

Aprovechemos este rato de oración para curar esas heridas de nuestro corazón, para perdonar esos malentendidos o esas verdaderas afrentas. Yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan. Pongamos nombres concretos, si es preciso, y pidámosle al Señor: Dios mío, ayúdame a perdonar a esta persona. Así como tú me has perdonado a mí tantas veces, te ofrezco ―en desagravio por mis pecados― el perdón mío por esa ofensa que, en realidad, tampoco es tan grave como me ha parecido. Te pido por esta otra, que no me cae tan bien; o por la de más allá, a la que podría atender con más cariño ―con fraternidad cristiana― pero la rechazo porque quizá pienso que no me aporta como otras…

Este sermón del monte no es una simple enumeración de consejos, un «manual de convivencia», aunque sea radical. Es la explicación de las consecuencias que tiene llamarse hijos de Dios: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Por esa razón el Salmo102 nos invita a mirarnos en el ejemplo que debemos seguir: El Señor es compasivo y misericordioso. Ese modelo de amor es el Padre, fuente de todo bien que, como dice el Papa Benedicto en su libro Jesús de Nazaret, es la medida del ser humano «perfecto».

 Amad a vuestros enemigos, amaos los unos a los otros… La enseñanza es la misma, al comienzo ―en el sermón del monte― y al final de su predicación ―en el lavatorio de los pies―. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos… No basta con perdonar, con evitar resentimientos. Hay que ir más allá. Positivamente, hemos de parecernos a nuestro Señor en el esfuerzo por dar la vida en detalles concretos de la existencia cotidiana: delicadeza en el trato, esfuerzo por hacer amable la vida a los demás, prestar pequeños servicios, olvidarnos de nosotros mismos.

Pueden servirnos algunos consejos concretos de San Josemaría, quien nos hace considerar que siempre hemos de tener en la mente esa disposición de servicio: «Recuerda con constancia que tú colaboras en la formación espiritual y humana de los que te rodean, y de todas las almas —hasta ahí llega la bendita Comunión de los Santos—, en cualquier momento: cuando trabajas y cuando descansas; cuando se te ve alegre o preocupado; cuando en tu tarea o en medio de la calle haces tu oración de hijo de Dios, y trasciende al exterior la paz de tu alma; cuando se nota que has sufrido —que has llorado—, y sonríes» (Forja, n. 846).

Y concretando más aún, recomendaba: «Moderad vuestro genio y no decidáis cuando estáis cansados o de mal humor. Si habéis sufrido, no queráis hacer sufrir a los demás, porque bastante nos mortificamos unos a otros sin pretenderlo» (Carta 7-X-1950, n.38. Citado en: Andrés Vázquez de Prada, III, n.51).

El último versículo de este pasaje nos da el secreto para vivir el amor al prójimo: la caridad con los demás solo es verdadera si la vivimos como fruto del amor a Dios, de la lucha por ser santos como Él: sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

En estas palabras  se resume todo el capítulo quinto del Evangelio de Mateo. La clave para vivir la Ley de modo pleno es ser perfectos como nuestro Padre del cielo. En eso consiste la santidad, como enseña el Concilio Vaticano II (LG 40): «Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad favorece, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano».

Esta sentencia del Evangelio está en la raíz del punto 291 de Camino, que contiene el núcleo de la predicación de San Josemaría: «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto».

Pidamos a la Santísima Virgen, espejo de justicia ―de santidad― que nos alcance la gracia del Señor para perdonar a quienes nos ofendan. Pero, sobre todo, a gastar nuestra vida ―como Ella― sirviendo a los demás. Y a descubrir que el secreto para lograrlo está en buscar la santidad. En seguir el consejo de su hijo: sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

domingo, septiembre 26, 2010

Lázaro y el epulón


En la parte final del capítulo 16, Lucas redondea las enseñanzas previas sobre las riquezas con la narración del rico epulón y del pobre Lázaro, único protagonista de una parábola que aparece con nombre propio, que significa “Dios ayuda”: "Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas".
En principio, el rico no hace nada malo: simplemente vive bien, de acuerdo con sus circunstancias. Pero San Jerónimo le reprocha vivamente: “A aquel ricachón que vestía de púrpura y vivía a cuerpo de rey no se le acusa de ser un avaro, un ladrón o un adúltero, ni de haber hecho nada malo; lo único que se le reprocha es su soberbia. ¡Oh, tú, el más desdichado de los hombres! ¿Estás viendo yacer ante tu puerta una parte de tu cuerpo y no sientes conmiseración alguna?”
Por su parte, San Cirilo Alejandrino contrasta su actitud con la de los perros: “el hombre rico era más cruel que los perros, porque no sintió simpatía ni compasión por él, sino que fue totalmente inmisericorde”. En la encíclica de Benedicto XVI sobre la esperanza , dice que “Jesús presenta como advertencia la imagen de un alma arruinada por la arrogancia y la opulencia, que ha cavado ella misma un foso infranqueable entre sí y el pobre: el foso de su cerrazón en los placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la incapacidad de amar, que se transforma ahora en una sed ardiente y ya irremediable” (Spe Salvi, n. 44).
Como ya hemos hablado otros domingos de la actitud cristiana ante las riquezas, detengámonos un poco más hoy en el tema de la fraternidad cristiana, a la que se oponen la soberbia y la crueldad –como dicen Jerónimo y Cirilo-. Con más benevolencia, el Papa dice que la falta de solidaridad se debe a la cerrazón en los placeres materiales, en el olvido del otro, que incapacitan para amar.
Probablemente de ninguno de nosotros se puede decir que viste de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebra espléndidos banquetes. Pero, sin darnos cuenta, sí que podemos cavar un “foso de cerrazón en los placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la incapacidad de amar” y por eso acudimos en esta oración al Señor, pidiéndole que nos conceda un corazón capaz de ver las necesidades ajenas, apartado de la búsqueda desenfrenada de los placeres materiales que nos incapacita para amar verdaderamente.
El Catecismo de la Iglesia (n. 2463) hace ver la actualidad de esta parábola: “en la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola. En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: "Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos, también conmigo dejasteis de hacerlo" (Mt 25,45)". 


El Maestro pregunta por nosotros, por nuestra fe y por nuestra caridad, detrás de tantas personas necesitadas que hay en cualquier sociedad. Conviene ayudar directamente en labores solidarias, pero también es importante darnos cuenta de que todos tenemos en nuestras manos un tesoro para compartir, que es nuestro propio tiempo, especialmente el que dedicamos a la jornada laboral. Debemos ser conscientes de que el aprovechamiento de esas horas, el rendimiento, la intensidad, tienen un gran interés social.
En la actualidad existen muchas formas de disminuir ese rendimiento: redes sociales, facilidad de estar conectados en tiempo real con todas las noticias del mundo, etc. Aunque estos medios en sí mismos no son malos, sí lo serían si nos desconcentran de nuestras responsabilidades o, peor aún, si nos llevan a incumplir con nuestras obligaciones. También así nos convertimos en ricos epulones.
Ser solidarios con el sufrimiento ajeno. ¡Cuánto bien nos hace la campaña de “comunicación cristiana de bienes”, en Cuaresma, cuando sacrificamos gustos, caprichos y también aficiones nobles, para dedicar el importe de ese sacrificio para el servicio de los más necesitados! Pero no podemos reducir la caridad cristiana a esos cuarenta días del año: todo momento es bueno para pensar en esa multitud de hermanos.
Desde el comienzo, la Iglesia se ha caracterizado por difundir tres aspectos centrales de su mensaje: el anuncio (kerigma), el culto (liturgia), la caridad (diaconía). Donde falte alguno de los tres, la evangelización cojea. Por eso, el origen – y la actualidad- de los hospitales y de las instituciones benéficas está en el apostolado cristiano.
Pero no podemos escondernos detrás de las instituciones: tenemos que aportar nosotros personalmente. Desde luego, con nuestro aporte económico (por ejemplo, pagando puntualmente el diezmo), pero también “arrimando el hombro”: es importante ver a cuáles personas pobres podemos ayudar –muchas veces, más que el dinero, lo que esperan es una sonrisa, un rato de compañía, saber que son valoradas como personas e hijos de Dios- o si podemos colaborar en las iniciativas apostólicas de la parroquia –por ejemplo, la atención a los pobres, a los ancianos, a los enfermos- o en la catequesis a los niños que se preparan para recibir los sacramentos. Aunque también debemos preocuparnos por la formación cristiana de nuestros colegas, quizá fomentando con ellos círculos de estudio del Compendio del Catecismo o de textos útiles para la ilustración doctrinal.
El Catecismo también se refiere al tema que estamos contemplando cuando explica la oración del Señor, en concreto la que pide “danos hoy nuestro pan de cada día” (n.  2831) y dice que “la existencia de hombres que padecen hambre por falta de pan revela otra hondura de esta petición. El drama del hambre en el mundo, llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como en su solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cf Lc 16,19-31) y del juicio final (cf Mt 25,31-46)”.
Pero la caridad cristiana no se reduce a la atención de las personas pobres, a pesar de la importancia que le hemos dado en la primera parte de esta meditación. Como reza el adagio, “la caridad comienza por casa”, pues puede darse el caso de auténticos altruistas que son insoportables de puertas para adentro, en el hogar o en el trabajo. Pidamos al Señor que nos ayude a ver cómo mejorar también en este aspecto durante esta semana: como hay personas que nos pueden ser más difíciles de tratar, habrá que hacer un pequeño propósito para acercarnos, para comprenderlas, para evitar lo que desune.
Es posible que, gracias a Dios, no tengamos grandes dificultades; pero siempre podemos afinar. También es caridad el esfuerzo por ser más sencillos, por no llamar la atención, por rechazar “la pedantería, la jactancia, el aire de suficiencia… hábitos que dificultan el trato con Dios y con los demás”. “Será conveniente recordar con frecuencia la necesidad de olvidarse de sí mismo, mortificando la imaginación, no haciendo caso de fantasías ni de preocupaciones irreales o futuras, que probablemente nunca tendrán lugar, ni agrandando pequeñeces que el amor propio tiende a aumentar de modo desproporcionado, evitando los enfados que surgen de susceptibilidades o de sospechas infundadas o temerarias” (Fernández F. Para llegar a puerto, p. 152-153).
Como siempre, acudamos a la Santísima Virgen, esta vez con palabras de Benedicto XVI: “la Virgen María nos ayude a aprovechar el tiempo presente para escuchar y poner en práctica esta palabra de Dios. Nos obtenga que estemos más atentos a los hermanos necesitados, para compartir con ellos lo mucho o lo poco que tenemos, y contribuir, comenzando por nosotros mismos, a difundir la lógica y el estilo de la auténtica solidaridad”.

lunes, mayo 03, 2010

El mandamiento nuevo

San Juan es el evangelista que describe la última cena de modo más extenso. Su narración puede dividirse en tres grandes partes: los capítulos 13 y 14 (lavatorio, salida de Judas, y plan de partida y regreso de Cristo); los capítulos 15 y 16 (Cristo y la Iglesia: la viña, los dolores de parto) y el capítulo 17 (oración sacerdotal de Jesús). En esta meditación consideraremos el comienzo del relato.

El lavatorio de los pies no aparece en ningún otro evangelio y es el contexto en el cual Jesucristo formula  una sentencia que será nuestro tema de meditación para hoy. Después de haberse agachado a limpiar los pies de sus discípulos, el Señor formula una orden que los apóstoles jamás olvidarían, que marcaría su actividad en el futuro, que terminaría siendo el ADN de la Iglesia naciente. Se trata del llamado mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros.

Estas palabras son un resumen de toda la predicación del Señor. En ellas se concentra toda la ley evangélica, es el mandamiento que resume todos los demás (Cf. CEC, n. 2822). De este modo, la Ley del Antiguo Testamento alcanza su cumbre en el amor, como enseña San Pablo en su obra más importante: la caridad es la plenitud de la Ley (Rm 13,10). Pero no solo es precepto, sino camino, modelo, guía para la vida personal y comunitaria en la Iglesia. Por eso, el Concilio Vaticano II resume la llamada universal a la santidad con estas palabras: «El verdadero discípulo de Cristo se caracteriza por la caridad tanto hacia Dios como hacia el prójimo» (LG 42).

De esa manera se responde a la pregunta sobre por qué Jesús llama nuevo a este mandamiento, aunque ya estaba previsto en el Antiguo Testamento: la novedad está en la manera de ejercitar ese amor, en que solo ahora podemos hacerlo de la misma forma en que lo hizo Jesús: como yo os he amado. Así lo explica el Catecismo (2842): «Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida “del fondo del corazón”, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es “nuestra Vida” (Ga 5,25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2,1.5)».

San Josemaría ofrecía una respuesta complementaria: «después de veinte siglos, todavía sigue siendo un mandato nuevo, porque muy pocos hombres se han preocupado de practicarlo; el resto, la mayoría, ha preferido y prefiere no enterarse. Con un egoísmo exacerbado, concluyen: para qué más complicaciones, me basta y me sobra con lo mío. No cabe semejante postura entre los cristianos. (...) No hemos de conformarnos con evitar a los demás los males que no deseamos para nosotros mismos. Esto es mucho, pero es muy poco, cuando comprendemos que la medida de nuestro amor viene definida por el comportamiento de Jesús» (Amigos de Dios, 222).

En las salas de estudio de todos los Centros del Opus Dei en el mundo (en Bogotá, en Sudáfrica, en Estocolmo, en Indonesia), hay un cuadrito con estas palabras del Señor. Pedro Rodríguez cuenta la historia de esta costumbre: dice que, en 1934, al poner la Residencia universitaria de Ferraz, San Josemaría hizo que campeara esta doctrina en la sala de estudio de la Residencia. En esa palabra de Jesús veía la síntesis del espíritu que quería inculcar a los estudiantes: amor, fraternidad, servir a los demás, llevar la carga de los otros. Esa Residencia fue destruida durante la guerra civil. Tenía que comenzar de cero. Entre los escombros, después de la guerra, apareció el pergamino del Mandatum Novum bastante bien conservado, fue lo único que quedó de aquella casa. San Josemaría siempre entendió el hallazgo como una manera de señalarle el Señor dónde está lo permanente cuando todo se derrumba: en el mandamiento del Amor.

Por eso, predicó infatigablemente esta primacía de la caridad. A modo de ejemplo, podemos citar el punto 454 de Forja: «¡Con cuánta insistencia el Apóstol San Juan predicaba el “mandatum novum”! ―¡Que os améis los unos a los otros! ―Me pondría de rodillas, sin hacer comedia ―me lo grita el corazón―, para pediros por amor de Dios que os queráis, que os ayudéis, que os deis la mano, que os sepáis perdonar. ―Por lo tanto, a rechazar la soberbia, a ser compasivos, a tener caridad; a prestaros mutuamente el auxilio de la oración y de la amistad sincera».

Y es que, en ocasiones, lo que más falta hace es una cara amable, una sonrisa amiga, el recuerdo de un momento grato. Cuenta J. Eugui que, en Italia, hace unos años se dio un caso que los periodistas llamaron “un milagro de amor”: la vuelta a la "vida" de un muchacho que estuvo en coma durante cuatro años, tras sufrir un accidente de tráfico, gracias al continuo apoyo de su novia. Valerio Vasinari, estudiante de ingeniería de 23 años, se encontraba ingresado en un hospital de Ferrara, totalmente inconsciente, desde el accidente que estuvo a punto de costarle la vida en noviembre de 1991. Su novia, Cecilia Orlandi, de 20 años, acudía a diario a la clínica para hablarle al oído. Le contaba de sus cosas, incluso de las más íntimas, le recordaba todo lo que habían vivido juntos, los amigos, los viajes; también cuanto pasaba en su entorno, del tiempo..., como si él pudiera escucharla. El caso es que, contra todo pronóstico, Valerio salió del coma y se recuperó de manera muy satisfactoria. Lo más admirable del comportamiento de la novia quizás sea, junto con su tenacidad y la esperanza de que lograría sacarlo adelante, esta convicción: ―Jamás me rendí porque sé que él habría hecho lo mismo en mi lugar.

Quizá nosotros no tendremos que acompañar cuatro años a una persona en coma, pero sí que podemos seguir otro consejo de San Josemaría: «¡hay tantos hermanos, amigos tuyos, sobrecargados de trabajo! Con delicadeza, con cortesía, con la sonrisa en los labios, ayúdales de tal manera que resulte casi imposible que lo noten; y que ni se puedan mostrar agradecidos, porque la discreta finura de tu caridad ha hecho que pasara inadvertida» (Amigos de Dios, 44).

Estamos haciendo nuestra oración, no asistimos a una consideración externa de las palabras del Señor. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. Señor: ayúdanos a sacar propósitos concretos, pues el ideal que nos propones es demasiado elevado: amar a los demás como Tú nos amaste, hasta dar la vida por ellos. ¡Qué lejos estamos de esa meta, Señor! Es verdad que queremos servir, quizá hemos tomado decisiones notorias en esa línea: nos proponemos dar la vida inclusive. Pero después, en el día a día, podemos ir a lo nuestro: mi tiempo, mis aficiones, mi rendimiento personal… Y se me olvida que estás Tú mismo, esperando en la persona que tengo a mi lado, en mis parientes, en mis compañeros, que me sacrifique un poco, que pierda el miedo a excederme en mi gasto por los demás.

A veces, lo que la caridad pide no es mimos ni palmadas en el hombro. También es caridad la exigencia, la fortaleza para corregir un defecto en el hermano, en el amigo. Jesús obró así. A Juan, el discípulo amado, lo corrigió con dureza cuando quiso quemar un pueblo porque no le habían hecho caso y cuando pidió un lugar de preferencia en el reino de los Cielos. La caridad no es simple diplomacia, ni se conforma con indirectas: seguramente recordamos cuánto nos han ayudado unas indicaciones concretas ―que quizá nos molestaron en un primer momento― para mejorar en nuestra vida personal, familiar, profesional o social. ¡Si en último término, es lo que se espera del verdadero amigo! Y hay gente que paga para que le corrijan y le indiquen lo que no va bien: entrenadores, asesores, etc. También aquí se aplica el mandamiento nuevo: amar como el Señor nos amó.

Por último, el Señor prescribe este mandamiento como la señal distintiva de los cristianos: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros. Pocos años después, en Roma los paganos reconocían a los seguidores de Jesús precisamente por ese amor recíproco. Tertuliano lo recoge en su Apologeticum: «Esta práctica de la caridad es más que nada lo que a los ojos de muchos nos imprime un sello peculiar. Dicen: “Mirad cómo se aman entre sí”, ya que ellos mutuamente se odian; “y cómo están dispuestos a morir unos por otros”, pues ellos están más bien preparados a matarse los unos a los otros». 

La Virgen Santísima es modelo de caridad: estando ella en embarazo, salió en cuanto pudo para acompañar a su prima Isabel, que necesitaba su ayuda. En Caná, fue la primera en advertir que el vino escaseaba. Durante la vida pública del Señor, supo ocultarse y estar en un discreto segundo lugar. Pero cuando el Maestro moría, estaba en primera fila, acompañando a los discípulos para que su fe no desfalleciera. Pidámosle a Ella que también nosotros, como los primeros cristianos, vivamos de tal forma el amor a Jesucristo, que desde su corazón encontremos cariño fraterno para nuestros hermanos,  para que los amemos como Él nos amó.

viernes, marzo 12, 2010

Hijo pródigo, alegría y Eucaristía

El cuarto domingo de cuaresma, la Iglesia nos invita a recordar la parábola del Hijo pródigo –o del Padre misericordioso, como también se le llama-. El Catecismo de la Iglesia (n. 1439) hace un recuento breve, fijándose en los puntos claves del relato: 

“El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): (1) la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; (2) la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; (3) la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; (4) la reflexión sobre los bienes perdidos; (5) el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; (6) la acogida generosa del padre; (7) la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión”.

En esta ocasión no nos detendremos en el tema de la conversión, del que ya hablamos al inicio de la cuaresma. Porque resulta que también hoy la Iglesia invita a gozar del domingo “laetare", alégrate, nos dice, en medio del tiempo penitencial. Hoy se permite el uso de instrumentos musicales –lo que está prohibido los demás días de cuaresma- y se puede adornar con flores el altar. “Hoy la liturgia nos invita a alegrarnos porque se acerca la Pascua, el día de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte”, explicaba Benedicto XVI. Y a renglón seguido se preguntaba: “Pero, ¿dónde se encuentra el manantial de la alegría cristiana sino en la Eucaristía, que Cristo nos ha dejado como alimento espiritual, mientras somos peregrinos en esta tierra? La Eucaristía alimenta en los creyentes de todas las épocas la alegría profunda, que está íntimamente relacionada con el amor y la paz, y que tiene su origen en la comunión con Dios y con los hermanos”.

Volviendo al punto del Catecismo que explicaba la parábola del hijo pródigo, vemos la parte final de la escena: “El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza”.

El hijo mayor de la parábola se queja ante su padre porque a él no le había dejado matar un cabrito y en cambio al hijo pecador le mata el ternero cebado. El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano». Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerle. Él replicó a su padre: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado». Pero él respondió: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

Este pasaje suele pasar desapercibido, por la grandeza de la primera parte. Pero es muy interesante: el hijo egoísta, que no entendió la riqueza de estar siempre con su padre (“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”). La exégesis explica que el hijo menor quiso libertad sin obediencia, pero que el mayor vivió la obediencia sin libertad: Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya. 

Juan Pablo II decía que todos los hombres debemos vernos reflejados no solo en el hijo pródigo, sino también en el mayor, que “no ha entendido la bondad del padre. Hasta que este hermano, demasiado seguro de sí mismo y de sus propios méritos, celoso y displicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y no se reconcilie con el padre y con el hermano, el banquete no será aún en plenitud la fiesta del encuentro y del hallazgo. El hombre -todo hombre- es también este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse” (Reconciliación y penitencia, n. 6).

La Eucaristía es ese Banquete de fiesta que el Padre misericordioso dispone para sus hijos que se han reconciliado con Él y con sus hermanos. El Papa explicaba su Exhortación apostólica sobre este don de Dios: “Sacramento de la caridad. Sí, en la Eucaristía Cristo quiso darnos su amor, que lo impulsó a ofrecer en la cruz su vida por nosotros. En la última Cena, al lavar los pies a sus discípulos, Jesús nos dejó el mandamiento del amor: Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros (Jn 13, 34). Pero, como esto sólo es posible permaneciendo unidos a él, como sarmientos a la vid (cf. Jn 15, 1-8), decidió quedarse él mismo entre nosotros en la Eucaristía, para que nosotros pudiéramos permanecer en él. Por tanto, cuando nos alimentamos con fe de su Cuerpo y de su Sangre, su amor pasa a nosotros y nos capacita para dar, también nosotros, la vida por nuestros hermanos (cf. 1Jn 3,16) y no vivir para nosotros mismos. De aquí brota la alegría cristiana, la alegría del amor y de ser amados”.

Pidámosle al Señor que la Eucaristía de este domingo de alegría nos comprometa en la decisión de convertirnos, como el hijo pródigo, y de reconciliarnos también con aquellos hermanos a los que, por causa de nuestra soberbia, no terminamos de comprender. De esta manera, purificado nuestro corazón, podremos ser apóstoles de la misericordia de Dios. Animaremos a nuestros seres queridos –parientes, amigos, compañeros- a experimentar el abrazo paternal de Dios, en el sacramento de la Reconciliación, para que puedan volver al Banquete eucarístico, a vivir con profundidad el misterio pascual en la cada vez más próxima Semana Santa.

Benedicto XVI terminaba su comentario fijándose en la Virgen y en San José: “Mujer eucarística por excelencia es María, obra maestra de la gracia divina: el amor de Dios la hizo inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1,4). Junto a ella, para custodiar al Redentor, Dios puso a san José, cuya solemnidad litúrgica celebraremos pronto. Invoco en particular a este gran santo, mi patrono, para que creyendo, celebrando y viviendo con fe el misterio eucarístico, el pueblo de Dios sea colmado del amor de Cristo y difunda sus frutos de alegría y paz a toda la humanidad”.

martes, octubre 28, 2008

Autoridad, servicio y fraternidad


En la recta final de su Evangelio, Mateo (23, 1-12) presenta a Jesús en el Templo discutiendo con las autoridades religiosas, como hemos visto antes. La parte final es muy severa: Como gusta advertir a Benedicto XVI, Jesús se sienta en la cátedra de Moisés y no recrimina el poder que ejercen los escribas y fariseos, sino el mal ejemplo de los que debían ser modelos:  

—En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen. Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con uno de sus dedos quieren moverlas. Hacen todas sus obras para que les vean los hombres. Ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Anhelan los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y que les saluden en las plazas, y que la gente les llame rabbí.

Decir y hacer. Autenticidad, unidad de vida: “Cœpit facere et docere —comenzó Jesús a hacer y luego a enseñar: tú y yo hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos llevar una doble vida: no podemos enseñar lo que no practicamos. En otras palabras, hemos de enseñar lo que, por lo menos, luchamos por practicar” (Forja, n. 694). Por eso la formación apostólica deberá llevar a mantener siempre —a no perder— el punto de mira sobrenatural en todas las actividades. No vivimos una doble vida, sino una unidad de vida, sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones” (San Josemaría,Carta 6-V-1945, n. 25).
Para explicar la autoridad con que enseña el Señor, Benedicto XVI comenta en su libro sobre Jesús de Nazaret (p. 93) que el Maestro habla “de los rabinos que se sientan en la cátedra de Moisés y, por ello, tienen autoridad; por eso sus enseñanzas deben ser escuchadas y acogidas, aunque su vida las contradiga (cf. Mt 23, 2), y aunque ellos mismos no sean autoridad, sino que la reciben de otro. Jesús se sienta en la «cátedra» como maestro de Israel y como maestro de los hombres en general”.
Nos habla de autoridad, de servicio. ¡Cuándo comprenderemos que los cargos son para servir! El ejemplo de Jesucristo es palmario: el Hijo del hombre no vino para que lo sirvieran, sino para servir, era su lema. Nosotros tenemos que acudir al mismo Señor pidiéndole ayuda para lograrlo, como lo hace la oración colecta del domingo XXXI: “Dios omnipotente y misericordioso, de cuya mano proviene el don de servirte y de alabarte, ayúdanos a vencer en esta vida cuanto pueda separarnos de ti”. Sobre todo, nuestra soberbia, que se resiste a servir. 

Ojalá pudiéramos decir, con el Salmo 130: “Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos soberbios; no pretendo grandezas que superan mis alcances. Al contrario, Señor, estoy tranquilo y en silencio, como niño recién amamantado en los brazos maternos”.
No es de ahora este problema de la soberbia que se resiste a servir. Al contrario, viene de los primeros inicios del andar humano sobre la tierra. Entre otros muchos ejemplos, Malaquías –que sí era un buen servidor de su pueblo- denunciaba: “Vosotros os apartasteis del camino, hicisteis tropezar a muchos con vuestra enseñanza, quebrantasteis la alianza con Leví —dice el Señor de los ejércitos—.
Y otro ejemplo maravilloso, ahora del Nuevo Testamento, es el del apóstol Pablo. En su primera carta a sus hijos espirituales de Tesalónica (2, 7b-9.13), les decía: “Hermanos: cuando estuvimos entre vosotros nos comportamos con dulzura. Como una madre que da alimento y calor a sus hijos, así, movidos por nuestro amor, queríamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestras propias vidas, ¡tanto os llegamos a querer! Pues recordáis, hermanos, nuestro esfuerzo y nuestra fatiga: trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el Evangelio de Dios.”
La clave para decidirse a servir podemos encontrarla en la parte final del pasaje de Mateo: somos todos igualmente hijos de Dios. No es más el que es servido, ni el servidor (aunque éste se asemeja más al Maestro). Todos somos igualmente dignos. 

Ante una sociedad en la que los discípulos de cada maestro los honraban con los títulos de “rabbí”, “Maestro” o “Padre”, el Señor les indica: “Vosotros no os hagáis llamar rabbí, porque sólo uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial. Tampoco os dejéis llamar doctores, porque vuestro doctor es uno sólo: Cristo”.
Sobre la paternidad divina, y nuestra consecuente filiación, expresa el Papa en su libro sobre Jesús estas bellas palabras (p. 176): “La paternidad de Dios es más real que la paternidad humana, porque en última instancia nuestro ser viene de El; porque El nos ha pensado y querido desde la eternidad; porque es El quien nos da la auténtica, la eterna casa del Padre. Y si la paternidad terrenal separa, la celestial une: cielo significa, pues, esa otra altura de Dios de la que todos venimos y hacia la que todos debemos encaminarnos. La paternidad «en los cielos» nos remite a ese «nosotros» más grande que supera toda frontera, derriba todos los muros y crea la paz.”
Contaba Jaime Nubiola que, “cuando a principios de los 80 British Airways quería relanzar su actividad, el consejo de administración contrató para dirigir la compañía a Colin Marshall, procedente de Sears, precisamente porque, aunque no tenía experiencia en el negocio aéreo, sostenía que la clave estaba en el servicio. De hecho, fue él quien acuñó aquel hermoso lema de British Airways: To fly, to serve ("Volar para servir"), ahora ya en desuso. En este mismo sentido, me pasaba ayer un colega unas sabias declaraciones del ex presidente de Hewlett Packard en España, Juan Soto, encabezadas por el titular —extraído de sus palabras— "Liderar es querer servir", que es una versión más general de aquel antiguo lema de la compañía aérea”.

Aprovechemos este rato de oración para renovar nuestro deseo de pensar en los demás, de servir con generosidad y olvido de nosotros mismos: “Todos los que tienen problemas personales, los tienen por el egoísmo de pensar en sí mismos. Es necesario darse a los demás, servir a los demás por amor de Dios: ése es el camino para que desaparezcan nuestras penas. La mayor parte de las contradicciones tienen su origen en que nos olvidamos del servicio que debemos a los demás hombres y nos ocupamos demasiado de nuestro yo" (San Josemaría, Carta, 24-III-1931, n. 15).
El pasaje evangélico concluye con esa otra clave para decidirnos a servir, que es la virtud de la humildad: “Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado”.