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sábado, febrero 15, 2014

El sermón del monte. La plenitud de la Ley

El Evangelio de Mateo estructura la enseñanza de Jesús en torno a cinco grandes discursos, en los que algunos han visto una alusión a los cinco primeros libros del Antiguo Testamento (el Pentateuco o Torá). El primero de estos discursos es el llamado “sermón del monte”; los otros son: el misionero, el de las parábolas, el eclesiástico y el escatológico.
Al comienzo del año meditamos en la Misa dominical el Discurso de la montaña. Iniciamos la andadura con las Bienaventuranzas y la invitación a ser sal de la tierra y luz del mundo. Hoy continuamos con el papel que cumple Jesús con respecto a la Ley (5,17-37): No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla.
Una de las características del primer Evangelio es presentar a Jesús como el Mesías prometido (y después rechazado por su pueblo). Tanto que algunos autores le llaman “el Evangelio del cumplimiento”. En este pasaje vemos a Jesús llevando a la plenitud las enseñanzas del Antiguo Testamento: Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.
Esta era una de las expectativas con respecto al Mesías esperado: debería revelar plenamente el auténtico sentido de la Ley. Y es lo que Jesús hace. No solamente refrenda esas enseñanzas, sino que se pone a la altura del Legislador divino: Habéis oído que se dijo (…) Pero yo os digo. No es un rabino más, un simple comentador. En palabras del teólogo judío Neusner, «ahora Jesús está en la montaña y ocupa el lugar de la Torá». Jesucristo es, como le gusta considerar a Benedicto XVI, «el nuevo Moisés». Por eso concluye el exordio de la escena con esta exigencia para sus discípulos: si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
Sin embargo, no se trata de la simple imposición de una nueva autoridad. Es verdad que el Evangelio dice que la gente se «asustaba» ante tal pretensión de igualarse con Dios, pero ―como dice, con hermosa intuición, el papa alemán―, «la novedad de Jesús consiste, esencialmente, en el hecho que él mismo “llena” los mandamientos con el amor de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo que habita en él». Si bien el decálogo es en sí mismo una manifestación de caridad divina, Jesús los repleta de su amor al mostrarnos con su ejemplo que se pueden vivir. Es más, que son la clave para una existencia feliz. Es lo que vemos en los tres temas que pone a nuestra consideración la liturgia del sexto domingo ordinario: la fraternidad, la pureza, y la veracidad.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Desde tiempos de Caín, la soberbia humana ha llevado al extremo de resolver las diferencias eliminando al hermano. Es un pecado gravísimo, que el quinto mandamiento prohibía para garantizar la vida en sociedad. Pero Jesús hace ver que no podemos limitar nuestro comportamiento moral a no caer en extremos. No es presentable hablar bien de sí mismo porque «yo no mato a nadie».
Jesús enseña que también se acaba la fraternidad con los odios, con el resentimiento, o si nos resistimos a perdonar. Por eso nos enseñó en el Padrenuestro a condicionar el perdón divino de nuestras culpas a la manera como nosotros perdonamos a los que nos ofenden: Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.
Hay que ir más allá, seguir las enseñanzas de Jesús hasta el extremo. No podemos olvidar que, en la última cena, después de abajarse a lavar los pies de sus discípulos ―incluido Judas, el traidor ― nos dio un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado. Recordemos las enseñanzas de san Juan, el discípulo amado: Si no amas a tu hermano a quien ves, ¿cómo amarás a Dios, a quien no ves?
Ese amor al prójimo comienza por los más cercanos, en primer lugar por la propia familia. Por eso Jesús continúa aclarando la doctrina sobre la santa pureza y el amor matrimonial: Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Jesucristo, que había prometido a los limpios de corazón que verían a Dios, refrenda ahora la importancia de esta virtud. Y anima a luchar para tener lejanas las ocasiones de pecado, para no ponerse en tentación: Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.
Por esa razón el Venerable Álvaro del Portillo nos invita a que «tengamos el orgullo santo de la práctica de la virtud de la pureza, cada uno dentro de su estado, porque así adquiere su verdadera dimensión la capacidad de amor que el Señor ha puesto en cada uno. Pensadlo bien, también a la hora de la tentación: una vida limpia, casta, animada por la caridad, orienta a Dios —a la plenitud del Amor y de la Felicidad— toda la persona humana, incluida su corporeidad». (Carta pastoral, 1-VII-1988, cit. en “Como sal y como luz”, n.358).
Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer –excepto en el caso de fornicación– la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio. El Señor corrige la legislación que había ido desdibujando el designio originario sobre la indisolubilidad del matrimonio, que también ahora es atacada, en la teoría y en la práctica, desde diversos escenarios. Recordemos lo que enseña el Catecismo (n. 2382): «El Señor Jesús insiste en la intención original del Creador que quería un matrimonio indisoluble, y abroga la tolerancia que se había introducido en la ley antigua. Entre bautizados, “el matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte” (CIC, can 1141)».
Por último, el Señor explica la importancia de la veracidad. También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno. El Catecismo (n.2153) explica que «Jesús enseña que todo juramento implica una referencia a Dios y que la presencia de Dios y de su verdad debe ser honrada en toda palabra. La discreción del recurso a Dios al hablar va unida a la atención respetuosa a su presencia, reconocida o menospreciada en cada una de nuestras afirmaciones».
Fraternidad, santa pureza, sinceridad. Tres ámbitos en los cuales Jesucristo quiso llevar a la compleción las indicaciones del Antiguo Testamento. Procuremos formular algún propósito concreto que nos ayude a encontrar más fácilmente el amor de Dios como la fuente del amor humano y de la amistad entre los hermanos. Que aterricemos a nuestra vida diaria una enseñanza específica del Evangelio que hemos considerado: que la plenitud del amor es la santidad.

Podemos concluir con una enseñanza del papa Benedicto: «quizás no es casualidad que la primera gran predicación de Jesús se llame “Sermón de la montaña”. Moisés subió al monte Sinaí para recibir la Ley de Dios y llevarla al pueblo elegido. Jesús es el Hijo de Dios que descendió del cielo para llevarnos al cielo, a la altura de Dios, por el camino del amor (…). Una sola criatura ha llegado ya a la cima de la montaña: la Virgen María. Gracias a la unión con Jesús, su justicia fue perfecta: por esto la invocamos como Espejo de la justicia. Encomendémonos a ella, para que guíe también nuestros pasos en la fidelidad a la Ley de Cristo».

sábado, febrero 01, 2014

La purificación de la Virgen

Cuarenta días después de la Navidad, celebramos uno de los primeros eventos públicos de la infancia de Jesús (después de la adoración de los Magos y de la imposición del nombre de Jesús). Pasadas cinco semanas, rememoramos ahora un ritual que estaba previsto desde el Antiguo Testamento: la purificación de la madre.
En el Levítico (12,2-8) estaba legislado que cuarenta días después del nacimiento del niño (ochenta días en el caso de una niña), las madres debían ir al templo para purificarse de la impureza legal en la que habían incurrido por el alumbramiento: Al cumplirse los días de su purificación, sea por niño o niña, presentará al sacerdote, a la entrada de la Tienda del Encuentro, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como sacrificio por el pecado. Mas si a ella no le alcanza para presentar una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones, uno como holocausto y otro como sacrificio por el pecado; y el sacerdote hará expiación por ella y quedará pura. Las leyes preveían que esa presentación podía tardar un poco, si la mujer tenía un viaje cercano a Jerusalén. O que otra persona podía presentarse en su lugar, para hacer sus veces, en el caso de que viviera lejos de la Ciudad santa.
Esta costumbre es la que contemplamos en el cuarto misterio gozoso del Rosario (Lc 2,22-40): Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor. Podemos imaginarnos a la Sagrada Familia ataviada con sus mejores trajes, dirigiéndose hacia el Templo, alegres por cumplir la voluntad de Dios y porque acudían al Lugar donde se adoraba al Padre eterno de Jesucristo. Desde Belén hasta Jerusalén se podía ir y volver en un día, lo que ahorraba gastos de alojamiento. 

Llevaban la ofrenda más humilde, como correspondía a su discreta posición social, quizás con dolor por parte de José. ¡Cuánto le hubiera gustado tener dinero suficiente para comprar un cordero y cómo sufriría por no estar en apariencia a la altura para darle lo mejor posible a su Hijo putativo, también en lo humano! Pero al mismo tiempo sacaba enseñanzas para su vida. Como escribió el papa Benedicto XVI, «Lucas, cuyo Evangelio está impregnado todo él por una teología de los pobres y de la pobreza, nos da a entender aquí, una vez más de manera inequívoca, que la familia de Jesús se contaba entre los pobres de Israel; nos hace comprender que precisamente entre ellos podía madurar el cumplimiento de la promesa» (Jesús de Nazaret).
El papa Francisco insiste en esta virtud desde el primer momento de su pontificado. En una Audiencia con jóvenes de bachillerato, les decía: «La pobreza, hoy, es un grito. Todos nosotros tenemos que pensar si podemos ser un poco más pobres: también esto todos lo debemos hacer. Cómo puedo ser un poco más pobre para parecerme mejor a Jesús, que era el Maestro pobre. De esto se trata» (Discurso, 7-VI-2013).
Volvamos a considerar aquella familia pobre venida desde Belén hasta el Templo de la Ciudad santa. En las horas de la mañana, después de la incensación y de la ofrenda del sacrificio perpetuo, esperarían en el Atrio de las mujeres, llamado así porque era el sitio más cercano al Sancta Sanctorum en que ellas podían estar. El sacerdote las rociaba con agua lustral y recitaba unas oraciones tradicionales. Después ofrecía el doble sacrificio previsto en la ley: el primero, expiatorio, en el que se degollaba a la tórtola y se derramaba su sangre al pie del altar (los sacerdotes consumían más tarde la carne en el mismo templo); el segundo, un holocausto, consistía en quemar por completo el ave sobre el altar de bronce.
De la consideración de estos hechos históricos podemos sacar consecuencias para nuestra vida. Pueden servirnos las meditaciones que hace san Josemaría: «Cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la Ley de Moisés, es preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor (Lc 2, 22). Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. ¿Te fijas? Ella -¡la Inmaculada!- se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?».
La Virgen es la Purísima, no ha tenido ninguna contaminación ni ha incurrido, por tanto, en impureza legal. Sin embargo, cumple la voluntad de Dios con alegría. Con la humildad de la que Ella mismo dijo que se había prendado el Señor: Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. Madre nuestra: ayúdanos a caminar por ese camino que Tú nos marcas. A cumplir la voluntad de Dios, aunque pensemos que no nos corresponde. A sabernos esclavos de tu Hijo, que murió para alcanzarnos la verdadera libertad de los hijos de Dios: «“Si me preguntáis qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo —escribió san Agustín—, os responderé: lo primero es la humildad, lo segundo, la humildad, y lo tercero, la humildad” (Epístola 118, 22). Y esto es así porque “la humildad es la morada de la caridad” (La santa virginidad 51): sin humildad no existe la caridad ni ninguna otra virtud y, por tanto, es imposible que haya verdadera vida cristiana» (Álvaro del Portillo, 2013, n.100).
Humildad que nos lleva a cumplir la voluntad de Dios, cueste lo que cueste. Aparece de este modo otra virtud íntimamente relacionada, y que vemos en todo momento de la vida de la Virgen y de san José: la obediencia. ¡Cuánto cuesta obedecer! ¡Y quizás más en nuestra época! El sano entusiasmo por la autonomía ha llevado a rechazar todo lo que suponga acoger el consejo o la disposición del otro. No puede ser así en las relaciones con Dios o en la Iglesia. En una de sus homilías cotidianas, el papa Francisco insistía en este punto: « Pedro dice ante el Sanedrín: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,27-33). ¿Qué significa obedecer a Dios? ¿Significa que nosotros debemos ser como esclavos, todos atados? No, porque precisamente quien obedece a Dios es libre, no es esclavo. Y no es una contradicción. En efecto, obedecer viene del latín, y significa escuchar, escuchar al otro. Obedecer a Dios es escuchar a Dios, tener el corazón abierto para ir por el camino que Dios nos indica. Y esto nos hace libres» (Homilía, 11-IV-2013). 
Volvamos a la consideración del cuarto misterio gozoso, que hacía san Josemaría en su libro sobre el santo Rosario: «¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! –Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón». Contemplar la humildad y la castidad de María nos ayuda a identificar nuestros gérmenes de soberbia y de impureza. ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación y Amor!
Como decía el venerable Álvaro del Portillo: «Guardad vuestro corazón y vuestros sentidos para Dios. Con naturalidad, sin mojigaterías, sed muy delicados en el trato con las personas con quienes os relacionáis —en el trabajo, en la vida social, en la conversación, en el modo de comportaros y de vestir—, y ayudaos unos a otros a proteger tan gran tesoro, que llevamos en vasos de barro (cfr. 2 Co4, 7) [...]. Todos hemos de afinar concretamente en la guarda de la vista: por los ojos, os suelo recordar, entran imágenes que pueden causar estragos. Si el ambiente se presenta enrarecido, con una carga cada día más grande de sensualidad, resulta lógico e imprescindible que mortifiquemos la mirada de modo habitual: en la calle, en el trabajo, en los momentos de asueto... Sin hacer cosas raras, con naturalidad, hemos de defender la fortaleza de nuestra alma. Hija mía, hijo mío, no tengamos reparos en que los demás adviertan que nos interesa ser personas limpias» (2013, n.360).
La consideración de este cuarto misterio de gozo nos llevará entonces a valorar cada día más el ejemplo de María: su pobreza, su humildad, su obediencia, su castidad. Seguramente rezaremos de manera más intensa la famosa comunión espiritual: Yo quisiera, Señor, recibiros, con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima Madre.

jueves, mayo 13, 2010

Santa pureza


Seguimos meditando el discurso de la despedida del Señor, en la última cena, que nos transmite San Juan: —Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

Guardar la palabra de Dios, como muestra de que le amamos. Si alguno me ama… Hablaremos con Dios en esta oración sobre el amor de Dios que se manifiesta en la virtud de la santa pureza. Caridad y pureza… La castidad no se explica a sí misma, sino desde el Amor, como predicaba San Josemaría (Amigos de Dios, n. 119): ¡Qué hermosa es la santa pureza! Pero no es santa, ni agradable a Dios, si la separamos de la caridad. La caridad es la semilla que crecerá y dará frutos sabrosísimos con el riego, que es la pureza. Sin caridad, la pureza es infecunda, y sus aguas estériles convierten las almas en un lodazal, en una charca inmunda, de donde salen vaharadas de soberbia.

Dios siembra en nuestra alma, con el bautismo, la semilla de las virtudes teologales. Nosotros debemos corresponder a ese amor con el riego del esfuerzo por vivir la virtud de la pureza. Así percibimos el sentido positivo de esta virtud, que no es una suma de negaciones, sino la ocasión de recomponer el equilibrio perdido por el pecado original. Así lo predica San Agustín: “Si el pecado original rompió la armonía de nuestras facultades, la continencia nos recompone; nos vuelve a llevar a esa unidad que perdimos”. Y San Josemaría explicará que es una corona triunfal (Es Cristo que pasa, n. 5): "La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa".

Pureza y caridad. Se trata de una virtud, por lo cual hace falta esforzarse cada día para que el amor de Dios crezca un poco más, quemando cosas nuevas; buscando en la oración y en el examen qué aspectos conviene purificar, cuáles otros hay que alcanzar: “¿Quieres ver a Dios? Escúchalo: bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. En primer lugar –aconseja San Agustín- piensa en la pureza de tu corazón; lo que veas en él, que desagrada a Dios, quítalo”.

Bienaventurados los limpios de corazón… J. Echevarría (Itinerarios de vida cristiana) glosa también estas palabras del Sermón del monte: “la limpieza de corazón se relaciona con la aspiración a mantenerlo abierto a los amores que ensalzan; exige la lucha por evitar que el mundo interior se enfangue, con pensamientos que traicionen la verdadera dignidad y hagan imposible una auténtica comunicación con los demás y, radicalmente, con Dios. La pureza de corazón no se reduce, pues, a la castidad, aunque ciertamente la incluye. Cristo nos enseña a custodiar una limpieza de alma y de cuerpo -cada uno en su estado- que posibilite el verdadero gozo de "ver a Dios", es decir, que mantenga activa e íntegra la capacidad de levantar la mirada hacia lo alto, hasta contemplar en todas las cosas el reflejo y la imagen del Creador".

Virtud humana y virtud sobrenatural. Por eso hay que pedirla al Señor, como hacía San Josemaría (Camino, n. 130): “Quítame, Jesús, esa corteza roñosa de podredumbre sensual que recubre mi corazón, para que sienta y siga con facilidad los toques del Paráclito en mi alma”. Se trata de una virtud imprescindible para escuchar a Dios. También San Basilio señalaba que el Espíritu Santo actúa de modo íntimo en el alma que vive con amor la santa pureza: “El Espíritu Santo ejerce una acción especial en todos los hombres que son puros en sus intenciones y afectos”.

La Virgen Santísima es intercesora para alcanzar esta virtud. Y es modelo excelso. Por eso, San Josemaría acudía a Ella y a su esposo San José, pidiendo esta virtud para él, para sus hijos espirituales y para toda la Iglesia: “Madre Inmaculada, San José -Padre y Señor-, interceded: para que seamos instrumentos, y no obstáculos”.

¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? (1 Co 6,19). "¡Cuantas veces -comentaba San Josemaría, al meditar estas palabras de San Pablo- ante la imagen de la Virgen Santa, de la Madre del Amor Hermoso, responderéis con una afirmación gozosa a la pregunta del Apóstol!: Sí, lo sabemos y queremos vivirlo con tu ayuda poderosa, oh Virgen Madre de Dios" (Conversaciones, 122).

viernes, marzo 19, 2010

San José, patrono de la vida interior

Celebramos hoy la solemnidad de San José, “patrono de la vida interior”. Podemos preguntarnos por qué es llamado de esa manera. Y me parece que la misma liturgia de la Misa nos da pistas para entenderlo. La antífona de entrada nos pone en contexto, al aplicar a José el piropo que da el Señor en una parábola a un santo: “este es el siervo prudente y fiel, a quien el Señor puso al frente de su familia”. Siervo bueno, justo, prudente, fiel, que tiene como encargo dirigir el hogar de Dios.

La oración colecta lo dice de modo más claro aún: “Dios todopoderoso, que quisiste poner bajo la protección de san José el nacimiento y la infancia de nuestro Redentor; concédele a tu Iglesia proseguir y llevar a término, bajo su patrocinio, la obra de la redención humana”. Es un gran calificativo para el Santo Patriarca: protector de las primicias de nuestra salvación, del nacimiento y la infancia de nuestro Redentor. Ya vamos captando una primera explicación de su patrocinio de la vida interior: él protegió el nacimiento y la infancia de Jesús. No alcanzamos a imaginarnos qué hubiera pasado sin su viaje a Egipto para liberar al Niño de la crueldad de Herodes, sin su apoyo material, sin su trabajo diario, sin su ejemplo y enseñanzas para Jesucristo, sin su protección. ¡Cuántos motivos para agradecerle, que nos haya cuidado el don más precioso que ha venido a la tierra!

El Prefacio resume su vocación diciendo que San José es “el hombre justo que diste por esposo a la Virgen Madre de Dios, el fiel y prudente servidor a quien constituiste jefe de tu familia para que, haciendo las veces de padre, cuidara a tu Hijo unigénito, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo, nuestro Señor”.

El Evangelio de la Misa nos presenta precisamente la historia de su vocación. El Evangelista Mateo (1, 16. 18-21. 24), que complementa al mejor narrador de la infancia de Jesús que es Lucas, nos cuenta lo siguiente: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo. De esta manera, se cumple lo que anunciaba el profeta Natán, como se lee en la primera lectura (2 Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16): «Ve y dile a mi siervo David: "Esto dice el Señor: Cuando hayas completado los días de tu vida y descanses con tus padres, suscitaré después de ti un linaje salido de tus entrañas y consolidaré su reino. Él edificará una casa en honor de mi nombre y yo mantendré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre en mi presencia y tu trono será firme también para siempre”. Esta profecía anuncia que el Mesías pertenecerá a la dinastía de David, a la cual pertenecía San José.

Volvamos al relato de Mateo: “La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo”. María estaba comprometida y, antes de que conviviesen, concibió virginalmente a Jesús. Es clara la intención de Mateo de mostrar la pureza inmaculada de María. Algunos autores, para resaltar esa idea, representan a José como un anciano. Pero a San Josemaría no le gustaba ese modo de proceder. Decía que no hace falta esperar a la vejez para vivir de modo casto.

Y predicaba, sobre la juventud y la castidad del Patriarca: “San José debía de ser joven cuando se casó con la Virgen Santísima, una mujer entonces recién salida de la adolescencia. Siendo joven, era puro, limpio, castísimo. Y lo era, justamente, por el amor. Solo llenando de amor el corazón podemos tener la seguridad de que no se encabritará ni se desviará, sino que permanecerá fiel al amor purísimo de Dios”. Patrono de la vida interior, porque nos enseña el valor de la pureza y nos alcanza del Señor la gracia para vivirla. Cuando sintamos los ramalazos de sensualidad, podremos acudir al José joven, puro, limpio, castísimo, para que nos enseñe a llenar el corazón de amor a Dios. ¡Cuánto querría José a su Esposa, al Niño, como Protector que era de las primicias de nuestra Redención!

Continúa el Evangelio: “Antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto”. La llamada del Señor no está exenta de dudas, de tentaciones, de oscuridad, de Cruz. Así le pasó también a José. Quien se sabía llamado para vivir una vocación matrimonial con la mujer más perfecta de la creación, experimenta el misterio de Dios. Sabe que sucede algo misterioso, en el género del milagro. No duda un solo momento de la integridad de su Esposa. Se siente indigno de permanecer a su lado, al experimentar que Ella participa de una situación especial con Dios. ¡Cuánto habrá sufrido, al pensar que la mejor decisión era apartarse, para que María pudiera dedicarse por completo a su nueva llamada! Por eso la piedad popular considera esta escena como el primer dolor de San José. San Josemaría lo consideraba de esta manera: “¿Os imagináis a San José, que amaba tanto a la Santísima Virgen y sabía de su integridad sin mancha? ¡Cuánto sufriría viendo que esperaba un hijo!”

“Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo”. El Señor premia la espera y la decisión generosa de José. Premia su fe y su humildad, como muchos siglos antes lo había hecho con Abraham, protagonista de la segunda lectura de la Misa de hoy, quien, “apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza”. “Solo la revelación de Dios Nuestro Señor, por medio de un Ángel, le tranquilizó. Había buscado una solución prudente: no deshonrarla, marcharse sin decir nada. Pero ¡qué dolor!, porque la amaba con toda el alma. ¿Os imagináis su alegría, cuando supo que el fruto de aquel vientre era obra del Espíritu Santo?”

El Señor premia la fe y la humildad de José, con la luz, con la revelación del ángel. Otra enseñanza más para nosotros, de nuestro Maestro de vida interior: cuando lleguen las dudas hay que tomar decisiones en la oración y contrastarlas con el consejo prudente de quien representa al Señor: la dirección espiritual. José había tomado la decisión más dura, y el Ángel le muestra por dónde quiere llevarlo Dios:

"Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". No solamente le dice que siga considerando a María como su esposa, sino que le asigna un nuevo encargo: hacer las veces de padre con Jesús, que es lo que significa ponerle el nombre. El Señor premia siempre, justo en los puntos en los que ha exigido. Si a Abraham le pidió el sacrificio de su hijo, lo hace padre de muchas naciones. Si a José le demandó su amor matrimonial, lo convierte en Esposo y Padre de María y de Jesús, en Patrono de la Iglesia universal.

Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado. Es como la última faceta del retrato de José, que nos transmite el Evangelio, su obediencia pronta. Lo comentaba el Cardenal Ratzinger, que hoy celebra su santo: “Hace poco pude ver (…) un relieve procedente de un retablo portugués de la época barroca, en el que se muestra la noche de la fuga hacia Egipto. Se ve una tienda abierta, y junto a ella un ángel en postura vertical. Dentro, José, que está durmiendo, pero vestido con la indumentaria de un peregrino, calzado con botas altas como se necesitan para una caminata difícil. Si en primera impresión resulta un tanto ingenuo que el viajero aparezca a la vez como durmiente, pensando más a fondo empezamos a comprender lo que la imagen nos quiere sugerir. Duerme José, ciertamente, pero a la vez está en disposición de oír la voz del ángel (Mt 2,13ss). Parece desprenderse de la escena lo que el Cantar de los Cantares había proclamado: Yo dormía, pero mi corazón estaba vigilante (Cant 5,2). Reposan los sentidos exteriores, pero el fondo del alma se puede franquear. En esa tienda abierta tenemos una figuración del hombre que, desde lo profundo de sí mismo, puede oír lo que resuene en su interior o se lo diga desde arriba; del hombre cuyo corazón está lo suficientemente abierto como para recibir lo que el Dios vivo y su ángel le comuniquen”.

Concluimos con una oración a San José, tomada de San Josemaría (Forja, 553): “San José, Padre y Señor nuestro, castísimo, limpísimo, que has merecido llevar a Jesús Niño en tus brazos, y lavarle y abrazarle: enséñanos a tratar a nuestro Dios, a ser limpios, dignos de ser otros Cristos. Y ayúdanos a hacer y a enseñar, como Cristo, los caminos divinos –ocultos y luminosos–, diciendo a los hombres que pueden, en la tierra, tener de continuo una eficacia espiritual extraordinaria”.

domingo, agosto 30, 2009

Limpieza de corazón



San Marcos explica, en el capítulo séptimo de su Evangelio, que los fariseos y todos los judíos nunca comen si no se lavan las manos muchas veces, observando la tradición de los mayores; y cuando llegan de la plaza no comen, si no se purifican; y hay otras muchas cosas que guardan por tradición: purificaciones de las copas y de las jarras, de las vasijas de cobre y de los lechos. Y le preguntaban los fariseos y los escribas: —¿Por qué tus discípulos no se comportan conforme a la tradición de los mayores, sino que comen el pan con manos impuras?

Se refieren a impureza (koinos) levítica. Más que “todos los judíos”, como dice aquí Marcos para explicar a sus destinatarios gentiles, se trata solo de algunos judíos, en concreto los fariseos, que promovían la extensión a los laicos de las reglas de pureza exigidas a los sacerdotes cuando celebraban el culto judío.

Él les respondió: —Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí.

Jesús no rechaza la pureza, sino la tradición farisaica sobre la Ley: hace notar cómo han terminado sustituyendo la Ley de Dios por leyes de los hombres (permitían que una persona no ayudara a sus padres –no cumpliera el cuarto mandamiento- si ofrecía ese dinero para el culto).

Y aprovecha para aclarar en qué consiste la pureza de corazón: las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre (v. 15): Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre (v. 23).

Lo que sale del corazón es lo que hace impuro al hombre: los hechos perversos y los vicios. Gnilka explica que el acento recae en cuál es la verdadera impureza: la moral. Jesucristo rechaza la piedad formal, legalista. No quiere abolir la pureza cultual, sino la deformación de la esencia de la fe. 
Por eso, estuvo dispuesto a contraer la impureza cultual cuando compartía la mesa con publicanos y pecadores. Y lo mismo sucede con el sábado: Jesús cura y hace otras transgresiones, pues “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”.

Su pensamiento acerca de la rígida piedad farisaica queda expuesto con la parábola del fariseo y el publicano: lo importante no es cumplir rigideces jurídicas, sino tener un corazón limpio, puro, contrito, humilde y reconocedor de la grandeza de Dios. Esta doctrina quedará resumida en el sermón del monte: bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Limpieza de corazón. No se trata de una serie de negaciones, sino de una labor positiva, de una afirmación gozosa, como le gustaba decir a San Josemaría. En Camino dedica un capítulo, en la cuarta parte, para meditar sobre la santa pureza. Y uno de los primeros puntos (el 123) se refiere precisamente a que la decisión de vivir la castidad –fruto de la acción del Espíritu Santo- no es una carga, sino una corona triunfal. Con ella nos llega la alegría y la paz. Por eso también aclaraba que, para una persona normal, esta lucha debe ocupar el cuarto o quinto lugar (Amigos de Dios, 179). En esa misma línea, cuando hablaba de la pureza sacerdotal, decía que es una corona de la iglesia (n. 71).

Limpieza de corazón. Muchas personas la viven por naturaleza: porque están ocupadas, porque trabajan bastante, porque están bien enamoradas, porque son “normales”. El cristiano la vive por esas mismas razones, pero sobre todo como fruto del Espíritu Santo, y porque su fe le enseña el valor del cuerpo, de la materia, de su sexualidad. El creyente se sabe creado por Dios, sabe que no “tenemos” un cuerpo, sino que “somos” cuerpo y alma.

Flannery O’Connor, famosa escritora católica estadounidense, decía (en “El hábito de ser”) que esta doctrina es es la más absolutamente espiritual de todas las posiciones de la Iglesia. Y que la raíz de estas enseñanzas “radica, tal vez, en la resurrección del cuerpo. Es nuevamente una doctrina espiritual y va más allá de nuestro entendimiento”. También explicaba que no se pueden pensar sobre este tema “en términos de conveniencia, sino a la luz de la naturaleza humana bajo Dios”.

San Josemaría resumía los medios para vencer en la lucha por esta virtud: “Hemos de ser lo más limpios que podamos, con respeto al cuerpo, sin miedo, porque el sexo es algo santo y noble –participación en el poder creador de Dios–, hecho para el matrimonio. Y, así, limpios y sin miedo, con vuestra conducta daréis el testimonio de la posibilidad y de la hermosura de la santa pureza. (…) Cuidad esmeradamente la castidad, y también aquellas otras virtudes que forman su cortejo –la modestia y el pudor–, que resultan como su salvaguarda. No paséis con ligereza por encima de esas normas que son tan eficaces para conservarse dignos de la mirada de Dios: la custodia atenta de los sentidos y del corazón; la valentía –la valentía de ser cobarde– para huir de las ocasiones; la frecuencia de los sacramentos, de modo particular la Confesión sacramental; la sinceridad plena en la dirección espiritual personal; el dolor, la contrición, la reparación después de las faltas. Y todo ungido con una tierna devoción a Nuestra Señora, para que Ella nos obtenga de Dios el don de una vida santa y limpia”. (Amigos de Dios, 180).

Precisamente así terminamos: acudiendo a Santa María, Madre del Amor Hermoso, para que nos alcance del Señor la limpieza de corazón, el don de una vida santa y limpia.

sábado, agosto 15, 2009

celibato por el reino de los cielos



En el capítulo 19 de Mateo (1-12) se presenta una insidia de los fariseos, que se acercan a Jesús preguntándole “para tentarle: —¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo? Él respondió: —¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. El Señor expone la dignidad del matrimonio, inscrito en el plan original de la creación.


También muestra las exigencias de santidad que ese sacramento conlleva, ante lo cual son sus propios discípulos quienes reaccionan diciendo: “Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse”.



La respuesta del Señor es una clase magistral sobre el celibato: “No todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; también hay eunucos que han quedado así por obra de los hombres; y los hay que se han hecho eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda”.



El contexto es claramente polémico: el primer requisito para entender esta doctrina es querer hacerlo. Si uno se acerca con predisposiciones negativas, nacidas quizá de la propia incapacidad para vivirlo, no lo entenderá nunca.



La respuesta de Jesús habla de tres clases de eunucos o de célibes: congénitos, castrados para servir en las cortes, y los voluntarios que se dedican libremente a las necesidades y exigencias del reino. Este último grupo se relaciona con las exigencias radicales que el Señor había hecho once capítulos atrás, en el mismo evangelio de Mateo (8, 22): “Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos”. También resuenan aquí las enseñanzas de San Pablo sobre la superioridad de la virginidad cristiana (1 Cor 7, 25 ss): “Quien desposa a su virgen obra bien; y quien no la desposa obra mejor”.



Gnilka cuenta que, por el uso de la palabra “eunuco”, se ve que se trataba de un insulto a Jesús: los enemigos le decían de esa forma (así como le llamaban “comedor y bebedor”), escandalizados por su celibato voluntario, que suscitaba extrañeza en el judaísmo contemporáneo. No se trata de un ideal ascético, ni tampoco de un escalafón para alcanzar el reinado de Dios, sino de una opción para dedicarse íntegramente y con todas las fuerzas a trabajar para el reino, por amor de los hombres.



El celibato por el reino de los cielos, será siempre un tema para defender en nuestro tiempo. Sigue siendo, como cuando Jesús pasó por la tierra, escandaloso y atractivo… Pero requiere una perspectiva teológica para comprenderlo, no se puede afrontar desde encuestas periodísticas o al calor de situaciones particulares que se ponen de moda de vez en cuando.



La esencia del celibato consiste, en palabras de Echevarría, en que manifiesta la completa oblación que libremente hace el sacerdote de su propia vida, para Cristo y para la Iglesia, siguiendo el ejemplo –y la llamada, y la gracia- de Jesucristo.



San Josemaría hablaba en una ocasión a la luz de su propia experiencia: «El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso... Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva».



Me parece que de esas palabras pueden sacarse muchas ideas, pero sobre todo propósitos, teniendo en cuenta que todos los cristianos somos sacerdotes -por el bautismo y la confirmación-, si bien de modo distinto al sacerdocio ministerial.



Una idea, quizá la principal, o la que más punta ofrece para un propósito concreto, es la de no sentirse solo. Incluye la receta: el cristiano que tiene vida interior no se siente nunca solo y, por eso, no se busca compensaciones. El cristiano que hace oración, que habla con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo, que acude a la intercesión de la Virgen, de los ángeles y de los santos, que visita con frecuencia a Jesús en el Sagrario, tendrá siempre un corazón enamorado, “nadie como él” podrá sentirse tan acompañado.



En ese contexto es posible decir que el sacerdote –y todo cristiano enamorado de Dios- es el Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Pensar en esas preposiciones admite mucho examen de conciencia: ¿vivimos por, para, con y en Jesucristo?...



Inmediatamente pensamos en el Ofertorio de la Misa, ese momento en que le presentamos al Padre el Cuerpo y la Sangre de Cristo, recién consagrados, ofrecidos en alto por las manos del sacerdote, que dice: “Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria…” ¿Cuántas veces nos hemos conmovido al responder “Amén”, después de esta doxología?



San Josemaría dice que se conmueve hasta las entrañas cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso... Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo.



Una objeción que puede surgir ante palabras tan encendidas, que nos permiten adentrarnos en el corazón de un santo es, precisamente, que nosotros somos pecadores. Podemos ver el ejemplo de los bienaventurados como un ideal inaccesible, para “genios de la santidad”, como decía el entonces Cardenal Ratzinger. Y para eso nos ayudan las últimas palabras de esta cita: De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva». Muestran una lucha que ha durado toda la vida, hasta la muerte. Contaba que, siendo muy joven, un profesor le había enseñado la necesidad del celibato para los curas: «porque no concuerda el salterio con la cítara». De esa manera le aclaraba que no hay lugar -ni tiempo- para un cariño humano.



Y recordamos una anécdota que trae el libro de las hermanas Toranzo acerca de “Una familia del Somontano”: refieren que, mientras era estudiante en el Seminario de Zaragoza, durante algún período, unas mujeres que san Josemaría no conocía en absoluto, con cierta frecuencia, intentaron provocarlo, pero él ni las miraba siquiera y soportó esta persecución diabólica -que no podía evitar-, poniéndose en manos de la Virgen. (...) Cuando el Abuelo le sugirió "que era mejor ser un buen padre de familia que un mal sacerdote", la respuesta del seminarista fue "que, en el mismo momento en que se había dado cuenta de la persecución de aquellas mujeres desconocidas, a las cuales, por su parte, no había ofrecido ni la más mínima consideración, se había apresurado a informar al Rector del Seminario", y le pidió al padre que estuviera tranquilo, porque aquello "no había venido a enturbiar su decisión de hacerse sacerdote, con todas las consecuencias requeridas".Cuántas anécdotas parecidas tendremos que contar nosotros si, de verdad, queremos que, a pesar de nuestras miserias, quizá por ellas, sea nuestro Amor “un amor que cada día se renueva”.



Acudimos a la Virgen Santísima, cuya Asunción celebramos, para que cada vez sean muchas más las almas que se decidan a vivir el celibato por el reino de los cielos. Y que todos los cristianos vivamos por Cristo, con Cristo, en Cristo, para Cristo y para las almas.

sábado, octubre 07, 2006

El amor plenamente humano


En el tiempo que lleva al frente de la Iglesia, Benedicto XVI ha marcado su impronta intelectual y piadosa, conciente –como lo era Juan Pablo II- de que el Señor lo ha puesto en ese lugar para cosechar y poner a disposición de la humanidad aquello que le había permitido sembrar durante su vida previa. Si bien todo su Magisterio está lleno de esa savia iluminada por una luz especial del Espíritu Santo, no cabe duda de que algunas intervenciones han tenido especial resonancia para el mundo teológico –que no siempre coincide con el ambiente mediático-. Además de las palabras dirigidas a los Cardenales poco después de su elección, la homilía de inicio de ministerio petrino, la Encíclica Deus caritas est, el discurso a la Curia para la Navidad del 2005 y la conferencia al mundo de la cultura en la Universidad de Ratisbona, me atrevo a señalar el Discurso A los participantes en la Asamblea eclesial de la diócesis de Roma (5 de junio de 2006), sobre “la alegría que proviene de la fe y su relación con la educación de las nuevas generaciones”.

Lo digo porque en esas palabras hace un diagnóstico preciso acerca de la situación contemporánea: “se pueden descubrir dos líneas de fondo de la actual cultura secularizada, claramente dependientes entre sí, que impulsan en dirección contraria al anuncio cristiano y no pueden menos de incidir en los que están madurando sus orientaciones y opciones de vida. La primera de esas líneas es el agnosticismo, que brota de la reducción de la inteligencia humana a simple razón calculadora y funcional, y que tiende a ahogar el sentido religioso inscrito en lo más íntimo de nuestra naturaleza. La segunda es el proceso de relativización y de desarraigo que destruye los vínculos más sagrados y los afectos más dignos del hombre, y como consecuencia hace frágiles a las personas, y precarias e inestables nuestras relaciones recíprocas”.

Además de ese importante retrato del panorama actual, llama la atención la propuesta que hace para enfrentarlo, a tono con la Encíclica: vivir la fe como alegría, sabiéndose amados personalmente por Dios con un amor tan grande que perdona mucho más de lo que nosotros somos capaces de fallar. Un amor que “pone a Dios contra sí mismo”, hasta llevarlo a morir en la Cruz: "Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo sigue hasta la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia con el amor" (Deus caritas est, 10). El Papa pide a la Iglesia de hoy que sea “una compañía de amigos realmente digna de confianza, cercana en todos los momentos y circunstancias de la vida, tanto en los alegres y gratificantes como en los arduos y oscuros; una compañía que no nos abandonará jamás ni siquiera en la muerte, porque lleva en sí la promesa de la eternidad”. Es una llamada a la responsabilidad y la entrega limpia, a mostrar con los hechos humanos las características del amor de Dios.

La clave de la situación actual consiste en ser testigos del amor: saberse amados y, por tanto, destinar la propia vida como amor a Dios y al prójimo. Pero el Papa se hace a sí mismo la pregunta que puede llegar de diversas partes: ¿cómo hablar de amor en la Iglesia, si parece que el cristianismo le tiene miedo al amor? ¿no será cierto que “el cristianismo, con sus mandatos y prohibiciones, pone demasiados obstáculos a la alegría del amor, y en especial impide gustar plenamente la felicidad que el hombre y la mujer encuentran en su amor mutuo”?

La respuesta de Benedicto XVI va en la línea de lo anunciado en la JMJ de un año atrás: “Al contrario, la fe y la ética cristiana no pretenden ahogar el amor, sino hacerlo sano, fuerte y realmente libre: precisamente este es el sentido de los diez Mandamientos, que no son una serie de "no", sino un gran "sí" al amor y a la vida. En efecto, el amor humano necesita ser purificado, madurar y también ir más allá de sí mismo, para poder llegar a ser plenamente humano, para ser principio de una alegría verdadera y duradera; por consiguiente, para responder al anhelo de eternidad que lleva en su interior y al que no puede renunciar sin traicionarse a sí mismo. Este es el motivo fundamental por el cual el amor entre el hombre y la mujer sólo se realiza plenamente en el matrimonio”.
 
También puede uno interrogarse, con toda la frialdad del caso, como le preguntaba un periodista a Mons. Javier Echevarría: “Ante la sucesión de casos de curas pederastas, ¿la Iglesia se siente igualmente legitimada para seguir pidiendo castidad antes del matrimonio?” A lo cual respondió el Prelado del Opus Dei: “La continencia se encuadra en la moral cristiana; es decir, en el comportamiento conforme a la dignidad de la persona y a su verdadera felicidad. La doctrina en relación con el matrimonio no cambiará nunca. Si se descubriera robando a un fiel católico –sacerdote o laico–, la Iglesia tampoco reformaría su doctrina sobre el robo. (El Correo, Bilbao, 23-II-2003. Cf. Romana, n. 36). 

Son las enseñanzas de la Sagrada Escritura, que Juan Pablo II anunció con toda profundidad en sus catequesis sobre la “Teología del cuerpo”: ya desde el capítulo segundo del Génesis se enseña el origen divino del amor humano, cuando explica la unidad de los dos géneros: “Y del costado (pleura) del hombre, Dios formó una mujer; se la presentó al hombre y éste exclamó: "¡Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Por eso será llamada Mujer, porque ha sido formada del hombre". Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne". 

Y en el Evangelio (Marcos 10, 2-16), Jesucristo lo valora de nuevo, remontándose al origen para evitar la casuística a la que había llevado la dureza del corazón: “Se acercaron a Jesús unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron: "¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?" El les respondió: "¿Qué os mandó Moisés?" Ellos contestaron: "Moisés permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la mujer". Jesús les dijo: "Moisés prescribió esa norma debido a la incapacidad para entender los planes de Dios. Pero desde el principio Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre".

Benedicto XVI invita a afrontar estos temas también hoy, sin “dejar de lado, por miedo o por vergüenza, la gran cuestión del amor: si lo hiciéramos, presentaríamos un cristianismo desencarnado, que no puede interesar de verdad al joven que se abre a la vida. Sin embargo, también debemos introducir en la dimensión integral del amor cristiano, donde el amor a Dios y el amor al hombre están indisolublemente unidos y donde el amor al prójimo es un compromiso muy concreto. El cristiano no se contenta con palabras, y tampoco con ideologías engañosas, sino que sale al encuentro de las necesidades de sus hermanos comprometiéndose de verdad a sí mismo, sin contentarse con alguna buena acción esporádica. Así pues, proponer a los muchachos y a los jóvenes experiencias prácticas de servicio al prójimo más necesitado forma parte de una auténtica y plena educación en la fe”. Inmediatamente después une el tema del amor a la búsqueda de la verdad, pero esto podremos analizarlo en otra ocasión.

sábado, septiembre 02, 2006

Sexualidad exacerbada

Dice El Colombiano de hoy 2-IX-2006 que, cuando el país aún no salía del asombro tras conocer un video grabado por agentes de policía, los cuales ("actuando de buena fe"), permitieron que un hombre de 58 años de edad abusara sexualmente de dos niñas para recolectar la prueba y luego llevarla ante un juez, una nueva infamia sacudió el alma nacional: la violación de una niña de cinco años por un suboficial del ejército.


Todos estamos conmovidos por esa serie de noticias tan cercanas en el tiempo: el abuso contra la inocencia infantil es un delito atroz. Pero surge también la pregunta por las causas últimas de esta oleada. Desde luego, debe de haber un trastorno de la personalidad en muchos de los agresores y también hay que llamar la atención de los padres de familia para que estén más atentos al cuidado de sus hijos. 


Pero vale la pena mirar si el ambiente exacerbado de sexualidad no juega también un papel importante en esta barahúnda de desatinos. No se entiende cómo, si los principales medios de comunicación se pelean la torta del mercado de lectores de revistas "masculinas" y los canales de televisión defienden la exhibición sexual como medio de alcanzar rating cuando no de "educar" a la juventud, aparecen ahora escandalizados de lo que sucede. 


No se trata de imponer censuras externas o de violar la libertad de expresión, sino de darnos cuenta de la responsabilidad que todos tenemos de promover un ambiente sano, sin mojigaterías ni excesos. Que nuestra juventud respire un aire puro, también cultural: enseñarles a valorar la sexualidad, no como ámbito del dominio machista o para la mera satisfacción de instintos, sino como lugar de encuentro amoroso y de donación total a la persona amada.