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domingo, febrero 02, 2014

La presentación del Señor

Celebramos hoy la presentación de Jesús en el Templo, fiesta intrínsecamente unida a la purificación de su Madre. Son como dos caras de la misma moneda: cristológica y mariana, como ocurre también con la Encarnación del Hijo de Dios y la Anunciación a María. Ya hemos visto antes la dimensión mariana, ahora meditaremos, de la mano de la liturgia del día, la visión cristológica.
Después de la doble ceremonia para la purificación de la madre (el sacrificio de expiación y el holocausto), venía la presentación del Niño, también llamada “rescate”, porque se remonta a la obligación de consagrar el primogénito al Señor (Éx 13,1-3): «Conságrame todo primogénito israelita; el primer parto, lo mismo de hombres que de ganados, me pertenece». Cuando se estableció que los únicos encargados del culto divino serían los descendientes de la tribu de Leví, se estableció el “rescate” a modo de compensación, pagando cinco siclos de plata (equivalente a veinte días de trabajo) para el tesoro de los sacerdotes.
La casuística tenía algunas particularidades: tenía que hacerse después del mes de nacido. Si el niño moría antes, no había que hacer el tributo. Tampoco era necesario viajar a Jerusalén para pagarlo: se podía cancelar ante el sacerdote del propio distrito. Por último, digamos que si el niño tenía las deformidades que en aquel entonces inhabilitaba para el sacerdocio, también cesaba la obligación de pagar. Como María y José estaban relativamente cerca de Jerusalén, fueron gozosos a cumplir humildemente esa exigencia legal, aunque eran conscientes de que el Verbo no tenía obligación de ser rescatado. Es lo que celebra el Himno de la Liturgia de las horas: «El que desde la sede del Padre rige la corte espléndida de los Ángeles, el mismo que estableció el cielo, la tierra y el mar, no desdeñó someterse por entero, a los preceptos ceremoniales de la Ley sagrada, ni a los mandamientos dictados a Moisés».
La Carta a los Hebreos elogia esa actitud de Jesucristo, que vivió desde la más temprana infancia (2, 14-18): Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos (…). Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo.
María y José pensarían en la profecía misteriosa de Malaquías (Ml 3,1-4), que comienza hablando de un mensajero, que Jesús mismo identificaría con Juan Bautista: Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. Pero lo extraordinario del oráculo es que anunciaba que sería el mismo Dios quien entraría en su Templo y que su llegada sería terrible: Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis. Miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos–. ¿Quién podrá resistir el día de su venida , ¿Quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. A solas, María y José comentarían el privilegio que tenían de ser los testigos del cumplimiento de esa promesa. Y quizás entonarían el antiguo salmo 24, que habla precisamente del ingreso de Dios al Templo: ¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? -El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra.
La liturgia que rememora la presentación del Señor es muy catequética. Así, la monición al comienzo de la procesión explica lo que celebramos: en primer lugar, que Jesús cumple la ley. Pero también marca la palabra clave de esta jornada: «Hoy es el día en que Jesús fue presentado en el templo para cumplir la ley, pero sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente». Encuentro del Señor con el pueblo, Hypapante. Así se llama en griego la fiesta de hoy. Jesús viene a liberarnos. Sale a nuestro encuentro en cada día, en cada persona que encontramos, en las distintas circunstancias que tenemos que enfrentar. No estamos solos. Siempre Él está con nosotros, a nuestro lado.
En medio de la narración, cuyos protagonistas son los miembros de la Sagrada Familia, aparecen dos personajes, dos profetas, que anuncian ya presente al Mesías esperado. Así lo describe la misma monición al comienzo de la Misa: «Impulsados por el Espíritu Santo, llegaron al templo los santos ancianos Simeón y Ana que, iluminados por el mismo Espíritu, conocieron al Señor y lo proclamaron con alegría». La liturgia remarca que hoy es un día pneumatológico, que un protagonista esencial de esta fiesta es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo, que había colmado de gracia a María y la había convertido en Madre de Jesús, también impulsa a esos ancianos profetas para que salgan al encuentro del Mesías. Les recompensa su santidad, su docilidad, su esperanza, mostrándoles al Salvador en persona.
Es bonito ver la relación de esas personas con el Espíritu Santo, la naturalidad con la que el evangelista narra su vida de oración, las promesas, la fidelidad, la perseverancia, y también su alegría al palpar el cumplimiento de las profecías: Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: -«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».
Simeón aparece con todo el reconocimiento de su santidad, hombre pobre como Jesús, templo del Espíritu Santo, que vivió la virtud de la esperanza en grado sumo y que pudo gozar ya de la visión del Ungido de Dios. El canto que entona, el “Nunc dimittis”, lo rezan muchos cristianos cada noche antes de acostarse, para cerrar el día como Himno de las Completas. En él se reconoce que Jesús es el Salvador, la Luz, la gloria de Israel. Por eso es que esta fiesta ha tomado esa dimensión prevalentemente cristológica, para profundizar en esos títulos que el Evangelio nos revela sobre la naturaleza de nuestro Señor
El prefacio de la Misa los resume con profunda teología: “Hoy, tu Hijo es (1) presentado en el templo y (2) es proclamado por el Espíritu como Gloria de Israel y luz de las naciones. Por eso, nosotros, llenos de alegría salimos al encuentro del Salvador, mientras te alabamos con los ángeles y los santos cantando sin cesar”. Jesús es la luz del mundo que viene a iluminar nuestras tinieblas. Nos ilumina, nos aclara el camino, nos enseña el sendero. Se nos muestra como el modelo. Y además nos trae al Espíritu Santo, que nos facilita la lucha, el esfuerzo por salir a su encuentro. Por eso en la oración colecta pedimos «que podamos presentarnos ante ti plenamente renovados en el espíritu». Y en la monición inicial concluía diciendo que «de la misma manera nosotros, congregados en una sola familia por el Espíritu Santo, vayamos a la casa de Dios, al encuentro de Cristo. Lo encontraremos y lo conoceremos en la fracción del pan, hasta que vuelva revestido de gloria». Todo esto lo celebramos con la procesión de las candelas. Esa luz simboliza al Señor que es nuestro faro y al mismo tiempo nos compromete a nosotros para que seamos instrumentos de ese Sol divino que quiere iluminar a los demás con nuestro ejemplo.
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: -«Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». No se le oculta a María el precio de la redención: la Cruz de su Hijo, que también Ella portará a su lado.
La última profetisa que aparece en la escena es otra persona que pertenece al grupo de los pobres de Israel. También con ella se cumplen todas las escrituras, por ese motivo agradecía a Dios y daba testimonio a los sencillos, a los creyentes: Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
El Catecismo (n.529) resume el sentido de la fiesta con estas palabras: «La Presentación de Jesús en el templo (cf. Lc 2,22-39) lo muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf. Ex 13,2.12-13). Con Simeón y Ana toda la expectación de Israel es la que viene al Encuentro de su Salvador (la tradición bizantina llama así a este acontecimiento). Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, “luz de las naciones” y “gloria de Israel”, pero también “signo de contradicción”. La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado “ante todos los pueblos”».

La oración para después de la comunión resume nuestras expectativas de esta vida y nos marca el talante de nuestra lucha por ser otros Cristos a lo largo del año que empieza: Señor, tú que colmaste las esperanzas del anciano Simeón de no morir antes de ver al Mesías; completa en nosotros la obra de tu gracia por medio de esta comunión. La Virgen Santísima, nuestra Señora de la Candelaria, nos ayudará para que sepamos buscar siempre a Cristo en esta vida y podamos llegar a contemplarlo en la eternidad.

sábado, febrero 01, 2014

La purificación de la Virgen

Cuarenta días después de la Navidad, celebramos uno de los primeros eventos públicos de la infancia de Jesús (después de la adoración de los Magos y de la imposición del nombre de Jesús). Pasadas cinco semanas, rememoramos ahora un ritual que estaba previsto desde el Antiguo Testamento: la purificación de la madre.
En el Levítico (12,2-8) estaba legislado que cuarenta días después del nacimiento del niño (ochenta días en el caso de una niña), las madres debían ir al templo para purificarse de la impureza legal en la que habían incurrido por el alumbramiento: Al cumplirse los días de su purificación, sea por niño o niña, presentará al sacerdote, a la entrada de la Tienda del Encuentro, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como sacrificio por el pecado. Mas si a ella no le alcanza para presentar una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones, uno como holocausto y otro como sacrificio por el pecado; y el sacerdote hará expiación por ella y quedará pura. Las leyes preveían que esa presentación podía tardar un poco, si la mujer tenía un viaje cercano a Jerusalén. O que otra persona podía presentarse en su lugar, para hacer sus veces, en el caso de que viviera lejos de la Ciudad santa.
Esta costumbre es la que contemplamos en el cuarto misterio gozoso del Rosario (Lc 2,22-40): Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor. Podemos imaginarnos a la Sagrada Familia ataviada con sus mejores trajes, dirigiéndose hacia el Templo, alegres por cumplir la voluntad de Dios y porque acudían al Lugar donde se adoraba al Padre eterno de Jesucristo. Desde Belén hasta Jerusalén se podía ir y volver en un día, lo que ahorraba gastos de alojamiento. 

Llevaban la ofrenda más humilde, como correspondía a su discreta posición social, quizás con dolor por parte de José. ¡Cuánto le hubiera gustado tener dinero suficiente para comprar un cordero y cómo sufriría por no estar en apariencia a la altura para darle lo mejor posible a su Hijo putativo, también en lo humano! Pero al mismo tiempo sacaba enseñanzas para su vida. Como escribió el papa Benedicto XVI, «Lucas, cuyo Evangelio está impregnado todo él por una teología de los pobres y de la pobreza, nos da a entender aquí, una vez más de manera inequívoca, que la familia de Jesús se contaba entre los pobres de Israel; nos hace comprender que precisamente entre ellos podía madurar el cumplimiento de la promesa» (Jesús de Nazaret).
El papa Francisco insiste en esta virtud desde el primer momento de su pontificado. En una Audiencia con jóvenes de bachillerato, les decía: «La pobreza, hoy, es un grito. Todos nosotros tenemos que pensar si podemos ser un poco más pobres: también esto todos lo debemos hacer. Cómo puedo ser un poco más pobre para parecerme mejor a Jesús, que era el Maestro pobre. De esto se trata» (Discurso, 7-VI-2013).
Volvamos a considerar aquella familia pobre venida desde Belén hasta el Templo de la Ciudad santa. En las horas de la mañana, después de la incensación y de la ofrenda del sacrificio perpetuo, esperarían en el Atrio de las mujeres, llamado así porque era el sitio más cercano al Sancta Sanctorum en que ellas podían estar. El sacerdote las rociaba con agua lustral y recitaba unas oraciones tradicionales. Después ofrecía el doble sacrificio previsto en la ley: el primero, expiatorio, en el que se degollaba a la tórtola y se derramaba su sangre al pie del altar (los sacerdotes consumían más tarde la carne en el mismo templo); el segundo, un holocausto, consistía en quemar por completo el ave sobre el altar de bronce.
De la consideración de estos hechos históricos podemos sacar consecuencias para nuestra vida. Pueden servirnos las meditaciones que hace san Josemaría: «Cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la Ley de Moisés, es preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor (Lc 2, 22). Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. ¿Te fijas? Ella -¡la Inmaculada!- se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?».
La Virgen es la Purísima, no ha tenido ninguna contaminación ni ha incurrido, por tanto, en impureza legal. Sin embargo, cumple la voluntad de Dios con alegría. Con la humildad de la que Ella mismo dijo que se había prendado el Señor: Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. Madre nuestra: ayúdanos a caminar por ese camino que Tú nos marcas. A cumplir la voluntad de Dios, aunque pensemos que no nos corresponde. A sabernos esclavos de tu Hijo, que murió para alcanzarnos la verdadera libertad de los hijos de Dios: «“Si me preguntáis qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo —escribió san Agustín—, os responderé: lo primero es la humildad, lo segundo, la humildad, y lo tercero, la humildad” (Epístola 118, 22). Y esto es así porque “la humildad es la morada de la caridad” (La santa virginidad 51): sin humildad no existe la caridad ni ninguna otra virtud y, por tanto, es imposible que haya verdadera vida cristiana» (Álvaro del Portillo, 2013, n.100).
Humildad que nos lleva a cumplir la voluntad de Dios, cueste lo que cueste. Aparece de este modo otra virtud íntimamente relacionada, y que vemos en todo momento de la vida de la Virgen y de san José: la obediencia. ¡Cuánto cuesta obedecer! ¡Y quizás más en nuestra época! El sano entusiasmo por la autonomía ha llevado a rechazar todo lo que suponga acoger el consejo o la disposición del otro. No puede ser así en las relaciones con Dios o en la Iglesia. En una de sus homilías cotidianas, el papa Francisco insistía en este punto: « Pedro dice ante el Sanedrín: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,27-33). ¿Qué significa obedecer a Dios? ¿Significa que nosotros debemos ser como esclavos, todos atados? No, porque precisamente quien obedece a Dios es libre, no es esclavo. Y no es una contradicción. En efecto, obedecer viene del latín, y significa escuchar, escuchar al otro. Obedecer a Dios es escuchar a Dios, tener el corazón abierto para ir por el camino que Dios nos indica. Y esto nos hace libres» (Homilía, 11-IV-2013). 
Volvamos a la consideración del cuarto misterio gozoso, que hacía san Josemaría en su libro sobre el santo Rosario: «¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! –Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón». Contemplar la humildad y la castidad de María nos ayuda a identificar nuestros gérmenes de soberbia y de impureza. ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación y Amor!
Como decía el venerable Álvaro del Portillo: «Guardad vuestro corazón y vuestros sentidos para Dios. Con naturalidad, sin mojigaterías, sed muy delicados en el trato con las personas con quienes os relacionáis —en el trabajo, en la vida social, en la conversación, en el modo de comportaros y de vestir—, y ayudaos unos a otros a proteger tan gran tesoro, que llevamos en vasos de barro (cfr. 2 Co4, 7) [...]. Todos hemos de afinar concretamente en la guarda de la vista: por los ojos, os suelo recordar, entran imágenes que pueden causar estragos. Si el ambiente se presenta enrarecido, con una carga cada día más grande de sensualidad, resulta lógico e imprescindible que mortifiquemos la mirada de modo habitual: en la calle, en el trabajo, en los momentos de asueto... Sin hacer cosas raras, con naturalidad, hemos de defender la fortaleza de nuestra alma. Hija mía, hijo mío, no tengamos reparos en que los demás adviertan que nos interesa ser personas limpias» (2013, n.360).
La consideración de este cuarto misterio de gozo nos llevará entonces a valorar cada día más el ejemplo de María: su pobreza, su humildad, su obediencia, su castidad. Seguramente rezaremos de manera más intensa la famosa comunión espiritual: Yo quisiera, Señor, recibiros, con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima Madre.