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sábado, diciembre 05, 2015

Rogad al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies

I. El profeta Isaías es el protagonista de los primeros días del Adviento. Hemos considerado esta semana, en primer lugar, el capítulo 11, cuando anuncia sus “Promesas de paz” ante la destrucción causada por la invasión asiria. La primera profecía consiste en que brotará un “nezer”, un renuevo (vivo) del tronco (seco) de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor.

Más adelante, en el capítulo 25, hemos considerado el banquete del Señor, que la liturgia relaciona claramente con el salmo 22 (Habitaré en la casa del Señor por años sin término) y con la multiplicación de los panes (Mt 15), mostrando así que la profecía se cumplió con el nacimiento de Jesús en la “casa del pan” que es Belén.

También hemos meditado sobre el cántico de acción de gracias que Isaías transcribe en el capítulo 26: Que entre un pueblo justo, que observa la lealtad. El evangelio de Mateo (7,27) anuncia en qué consiste esa lealtad exigida para entrar en la ciudad de Dios, en el reino de los cielos: El que cumple la voluntad del Padre.

En ese recorrido “a vuela pluma” por la extensa obra del profeta del adviento, hemos visto en el capítulo 29 sus promesas escatológicas: “muy pronto el Líbano se convertirá en vergel y el vergel parecerá un bosque. Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Igual que en los casos anteriores, la liturgia muestra su realización en Jesucristo, con la curación de los dos ciegos que creyeron en Él (Mt 9).

De esa manera llegamos hoy al capítulo 30 del profeta Isaías. Ante la insensatez política de Judá, el Señor promete la renovación del universo y una nueva creación: Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, se apiadará de ti al oír tu gemido. Estamos a punto de comenzar el año de la misericordia, y vemos aquí una manifestación de ese amor paternal de Dios por sus criaturas: apenas te oiga, te responderá.

Nos habla de la importancia de no rumiar nuestras quejas, de no quedarnos a solas con nuestros sufrimientos y tentaciones. Dios, Padre misericordioso, está siempre atento a nuestros gemidos. Es más, el Espíritu Santo suscita desde nuestro interior esas lamentaciones que quizá nos resistimos a expresar en voz alta. O que sí exteriorizamos por nuestra cuenta, pero sin querer dirigirlas al Señor.

II. Ya nos hemos dado cuenta de que la liturgia suele poner en diálogo la primera lectura con el Evangelio. Esto lo hace los domingos del tiempo ordinario, pero en el Adviento ocurre cada día. Veamos entonces qué pasaje ha escogido la Iglesia para ilustrar la enseñanza del profeta sobre la piedad del Señor ante sus hijos.

Se trata del Evangelio de Mateo, al final del capítulo noveno: Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Estamos preparándonos para la celebración de la Navidad y vemos por qué razón Dios quiso hacerse hombre: para recorrer nuestras sendas, para evangelizar y para curar…

Aquí vemos esbozadas tres dimensiones de la misericordia divina, que tendremos ocasión de considerar con profundidad a lo largo del próximo año: Tú, Señor, quieres acompañarnos en el camino, como hiciste con los discípulos de Emaús, para enseñarnos la clave de nuestra existencia, el camino de la felicidad eterna, y para curar nuestras enfermedades: la ignorancia de la inteligencia, el descamino de la voluntad, la inclinación desordenada de nuestra concupiscencia. 

Por ese deseo divino de curarnos, el santo Padre Francisco ha indicado en la Bula “Misericordiae vultus” que durante el próximo año el sacramento de la reconciliación ha de estar en el centro de todas las celebraciones: «Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior» (n.17).

Pero sigamos considerando cómo ejemplifica Mateo esas tres dimensiones de la misericordia de Jesús: Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». La compasión es una de las características que denominan a Dios en el Antiguo Testamento, es el nombre que Dios revela a Moisés: Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad (Ex 34,6). Jesús observa a su pueblo en desorden, disperso, desanimado. ¿Cómo hubiéramos reaccionado nosotros ante semejante panorama? Quizás con desespero y enojo, muy probablemente notorios, pero al menos desde luego difíciles de controlar por dentro.

Jesús en cambio se compadeció. Como al padre del hijo pródigo, se le conmovieron las entrañas. El diccionario tiene un sinónimo interesante para la misericordia: conmiseración. Que viene a ser algo así como hacerse cargo de la pasión, del dolor, de la miseria ajena. Pero no basta con un sentimiento interior. La verdadera compasión incluye obrar, salir al encuentro de las necesidades del otro, como intentaremos hacer el próximo año renovando el esfuerzo por vivir las obras de misericordia espirituales y corporales.

¿Cómo manifiesta Jesús su conmiseración ante el pueblo extenuado? ¿Cuál es su estrategia para superar ese abandono? ¿Cómo ejerce su pastoreo divino? –Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Para nuestra sociedad pragmática y activista, la indicación del Señor es un escándalo. ¡El gran consejo es que recemos! La compasión divina es enseñarnos a pedir… Pero de hecho fue lo que el Maestro ilustró con su propia vida: antes de los grandes momentos, de los milagros más elocuentes, del drama de la pasión y muerte, Jesús oraba. Tanto, que sus discípulos se sintieron movidos a pedirle que les enseñara a rezar, como hacía Juan Bautista para preparar su llegada. Gracias a esa petición nos llegó el Padrenuestro, que compendia todas las facetas de la oración cristiana.

Estamos en el sexto día de la novena a la Inmaculada, y hoy ha aparecido en la página web del Opus Dei la carta pastoral del Prelado sobre el Año de la misericordia. En uno de sus apartes, Mons. Echevarría recuerda un pasaje de los últimos años de san Josemaría, cuando sintió que el Señor le daba una clave para su oración en ese tiempo difícil para la Iglesia en el mundo: «Voy a deciros algo que Dios nuestro Señor quiere que sepáis. Los hijos de Dios en el Opus Dei adeámus cum fidúcia —hemos de ir con mucha fe— ad thronum glóriæ, al trono de la gloria, la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, a la que tantas veces invocamos como Sedes Sapiéntiæ, ut misericórdiam consequámur, para alcanzar misericordia» (San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 9-IX-1971, cit. en Carta pastoral, 5-XII-2015, n.8).

La Virgen aparece en el Adviento  como el conducto más apropiado para dirigir nuestra oración al Señor. Ella es modelo de persona orante: Así recibió la embajada, así permaneció al pie de la Cruz, y en Pentecostés, y hasta la Asunción al cielo, donde permanece intercediendo por sus hijos. Por esa razón, uno de los objetivos de la Novena a la Inmaculada es poner mayor diligencia en la oración con amor filial a la Santísima Virgen, madre de Dios y de la Iglesia, y Madre nuestra, porque Ella es el atajo para que el Señor escuche más prontamente nuestras peticiones; el camino expedito para alcanzar la misericordia divina: «Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia» (San Josemaría, ECP, n.174).

III. De esta manera reunimos una vez más el anuncio del profeta con el Evangelio del día. Isaías auguraba que el Señor se apiadará de ti al oír tu gemido. Y Jesús nos confirma en que debemos, ante la escasez de operarios, rogar al Señor de la mies.

Jesucristo nos enseña a rezar, nos garantiza la eficacia de la petición, y la Virgen nos ayuda a hacerlo, con su intercesión y su ejemplo. Pero ¿cuál es la intención que Jesús quiere que pidamos, para que las ovejas puedan andar como si tuvieran pastor, para que no estén extenuadas y abandonadas? -Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

En el diagnóstico está el inicio del tratamiento. El problema de siempre en la humanidad es que, por causa del pecado, muchas veces nos desentendemos del verdadero trabajo, de ayudar a nuestros hermanos los hombres a escuchar la voz del Buen Pastor, yendo nosotros por delante. Aprovechemos este rato de oración, reunidos bajo el manto de María, para pedirle a nuestra Madre que nos ayude a orar como hacía Ella, dispuestos a escuchar la Palabra de Dios y a ponerla en práctica. Jesús indica que el problema no es de escasez de medios: La mies es mucha. El problema es que los trabajadores son pocos.

Y podríamos añadir que, además, los que estamos en el campo trabajamos mal: «Cuando pensamos, hijos míos, en las hambres de verdad que hay en el mundo; en la nobleza de tantos corazones que no tienen luz; en la flaqueza mía y en la vuestra, y en la de tantos que tenemos motivos para estar deslumbrados por la luz del Señor; cuando sentimos la necesidad de sembrar la Buena Nueva de Cristo, para que se pueda hacer esa siega de vida, esa siega de flor, nos acordamos –y es cosa que hemos meditado muchas veces– de aquel andar de Cristo hambriento por los caminos de Palestina» (San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 26-III-1964, cit. por Echevarría J., Carta pastoral 1-VII-2009).

Señor: ayúdanos a despertar, en estos días previos a la fiesta de tu Madre, las ansias de trabajar en tu viña. Muéstranos cómo aprovechar mejor la jornada para dar más frutos. Ayúdanos a descubrir las ansias de tu corazón: rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

Benedicto XVI explicaba que esta petición «quiere decir también que no podemos "producir" vocaciones, sino que deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del Corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por esa intención, sacudir su Corazón, diciéndole: "Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que éste es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo"» (Discurso, 14-IX-2006).


Así podríamos concluir nuestra oración, considerando también que la misericordia divina se concreta, en este pasaje evangélico, enviándoles operarios. Sin embargo, Dios quiere que seamos parte integrante de su misión, involucrándonos en la oración por esa intención prioritaria. Padre misericordioso: te pedimos, obedeciendo a tu Hijo, y por intercesión de la Virgen, que envíes trabajadores a tu mies. 

sábado, julio 21, 2012

El descanso cristiano


Después de la misión apostólica, Marcos relata el regreso de los discípulos que le cuentan a Jesús todas las peripecias de sus correrías apostólicas: Reunidos los apóstoles con Jesús, le explicaron todo lo que habían hecho y enseñado. Le narran los milagros, las curaciones, los exorcismos; pero también la doctrina que estuvieron predicando, lo que habían aprendido a su lado.

Y les dice: —Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco. Llama la atención esta actitud paternal del Señor, su preocupación por los detalles más pequeños, su cuidado por aquel grupo de discípulos, que conforman su nueva familia, en la que Él atiende incluso lo más material, como el descanso.

Tenemos que aprender del Señor a cuidar de esos tiempos de pausa en el trabajo, tan necesarios para recuperar las fuerzas físicas pero también para no dejarnos apabullar por la barahúnda del movimiento social en el que nos movemos. Descansar es parte importante de la santificación de la vida cotidiana, del trabajo y de la familia. Puede suceder que, so capa de ser muy competentes en el trabajo, terminemos convertidos en esclavos de la profesión y echando por la borda incluso la familia o la relación con Dios.

En nuestros días es importante relativizar el trabajo. La ocupación laboral no es lo más importante. Primero está Dios, el hogar, el servicio a los demás. Desde luego, siempre hemos enseñado que el trabajo es medio para encontrarse con Dios, para sacar adelante la familia y para servir a la sociedad. Pero si deja de ser medio y se convierte en fin, estamos desenfocados. Y lamentablemente, hay una fuerte corriente social que invita a elevar el trabajo a un lugar que no le corresponde. Por eso es importante escuchar al Señor que nos recuerda: Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco.

También hemos de saber descansar. San Josemaría enseñaba que “el descanso no es no hacer nada: es distraernos en actividades que exigen menos esfuerzo” (Camino, n.357). Urge profundizar en esa antropología del descanso y de la fiesta, que tan bien ha expuesto J. Pieper (“Una teoría de la fiesta”). El cristiano es el que mejor sabe descansar, porque lo hace con Dios, celebrando su creación y su redención. 


Y se marcharon en la barca a un lugar apartado ellos solos. El Señor se dirige con los discípulos a Betsaida Julia, llamada así en honor a la hija de Augusto. Se trata de un lugar desértico, para descansar a solas, en familia, los discípulos y Él. Podríamos decir que, después de la vida austera de Juan Bautista y los cuarenta días de Jesús en el desierto, es el primer retiro espiritual del cristianismo que nos transmite el Evangelio. Estar en un lugar apartado ellos solos, con Dios. Nos habla de la importancia del recogimiento para la vida interior.

En nuestros días, parece como si la gente huyera del silencio. Hasta los sitios tradicionalmente recogidos, como los aeropuertos o los hospitales, se han llenado de pantallas que salen al encuentro de los consumidores. Es un fenómeno comercial, pero manifiestan la creciente incapacidad que tienen nuestros contemporáneos de quedarse en un lugar apartado ellos solos. Por eso cuesta tanto la lectura, el estudio individual y, cómo no, la oración personal. El Evangelio de hoy es una invitación a redescubrir la importancia de la vida interior, de la meditación, del estudio, del silencio para poder escuchar la voz de Dios.

También en nuestra vida laboral tenemos que encontrar esos momentos para estar a solas con el Señor, en la intimidad con Él, para hablar de Tú a tú, personalmente, contándole nuestras cosas. En la jornada laboral tendremos esos momentos de meditación, pero hay que preverlo además en el plan semanal, mensual y anual. Es el sentido del domingo, que el Beato Juan Pablo II explicó magistralmente en su Carta Dies Domini: día del Señor, día de Cristo, pero también día de la Iglesia y del ser humano.

Podemos sacar el propósito de recordar, en nuestro apostolado personal, la importancia del precepto dominical: ningún domingo sin Misa, puede ser una buena meta, para nosotros, para nuestra familia y para nuestros amigos. Hemos de enseñarles, ante todo con nuestro ejemplo, que conviene adelantar la asistencia a la Misa en lugar de retrasarla. Y que al programar los paseos de fin de semana debe estar prevista la Santa Misa en el mejor momento. Será manifestación de fe sacrificar la visita a algún lugar atractivo si no garantiza la participación en la Eucaristía dominical. 

También se les puede explicar que este mandamiento se cumple asistiendo a la Misa el sábado por la tarde. Otro consejo, ya no para turistas, sino para estudiantes, es que en tiempo de exámenes conviene ir a Misa temprano el domingo, para evitar las afugias de último momento, cuando no ha rendido mucho el estudio. Que no falte la Misa dominical, ningún domingo sin Misa.

El Evangelio apunta tres asuntos más. En primer lugar, el motivo del descanso, que era el trabajo extremo que caracterizaba las jornadas del Señor y sus discípulos: Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Aunque hemos hablado del descanso necesario, tampoco hemos de quejarnos si en alguna ocasión debemos trabajar un poco más de la cuenta. Siempre que tengamos las medidas de prudencia que hemos mencionado antes, debemos agradecer al Señor que nos permita identificarnos con Él en su laboriosidad. Y aprender a trabajar como Él, sin mentalidad de víctimas.

Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron deprisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Como entonces, también hoy las almas tienen necesidad de Dios y nosotros, que somos sus discípulos, debemos estar dispuestos a sacrificar incluso nuestro merecido descanso si hiciera falta en un caso extremo, para comunicarles las maravillas divinas. Vemos que así hizo el Señor, en lo que constituye el núcleo de la Liturgia de la Palabra del domingo XVI del ciclo B:

Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Una vez más, vemos a Jesús pendiente de los demás. Al comienzo, del descanso de sus apóstoles. Ahora, de la muchedumbre que salió a su encuentro en Betsaida Julia. La Liturgia nos hace considerar que se está cumpliendo una profecía de Jeremías (23,1-6): Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen; ya no temerán ni se espantarán, y ninguna se perderá. Jesús aparece como ese Buen Pastor, hijo de David, que acoge a sus ovejas y las cuida de los malos pastores.

Por eso, es lógico que el Salmo de la Misa sea el número 23: El Señor es mi pastor, nada me falta. El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. 

Llama la atención en qué consiste el pastoreo de Jesús en este pasaje. Aunque más adelante habrá una multiplicación de los panes, que consideraremos el próximo domingo, San Marcos nos dice cómo se manifiesta la compasión del Señor por sus ovejas: y se puso a enseñarles muchas cosas. El pasto que Jesús nos ofrece es su Revelación, sus enseñanzas, la doctrina que la Iglesia nos dispensa. 

 Acudimos a la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, para que nos enseñe el camino del seguimiento de su Hijo durante el trabajo y también en las horas del descanso. Que además estemos dispuestos a trabajar con esmero por el reino de su Hijo y a asimilar las enseñanzas que, como Buen Pastor, nos transmite a través de su Iglesia.

sábado, julio 25, 2009

Cinco panes y dos peces

Hacemos una pausa en el relato evangélico de San Marcos, que hace una semana nos dejó con Jesús frente a una gran multitud, de la cual sintió compasión porque andaban como ovejas que no tienen pastor. 

La misericordia se nota en que les enseña. Pero además hace un milagro portentoso. Es aquí donde cede la palabra al apóstol San Juan, que le da mayor realce al signo y una gran explicación teológica. Por eso, durante los próximos cinco domingos consideraremos el capítulo sexto del cuarto evangelio, uno de los pasajes más profundos del Nuevo Testamento.

Después de esto partió Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades. Iniciativa de Jesús, busca a la gente. Quiere que todos se salven, no se contenta con esperarlos. Así espera que nosotros salgamos al encuentro de las almas, para llevarles el tesoro de la vida divina y que también aprendamos de ellas en ese diálogo maravilloso de la amistad. 

Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos. Así somos: lo buscamos por interés, cuando lo necesitamos. Después, cuando las cosas van bien, nos olvidamos de Él; dejamos que pase a ocupar un segundo lugar. Perdón, Señor. Que no confiemos más en nuestras fuerzas. Que no sigamos contentos con nuestra mediocridad. Que no te sigamos por los signos que puedes hacer en nuestro favor, sino por amor desinteresado, para tratar de retornar en parte tu amor hasta la muerte.

Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos. La intimidad con Jesús requiere esfuerzo. Por eso es frecuente la figura del monte. Cercanía de la Pascua, que trae a la mente el sacrificio pascual de Jesús. Era una buena fecha, de tiempo fresco, lo cual nos ayuda a entender lo que a continuación nos describe San Juan:

Jesús, al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe: — ¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? –lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer. El Señor se preocupa de sus seguidores. Es previsivo: sabe lo que hará. Sin embargo, quiere contar con nuestro pobre aporte humano. Se dirige a nosotros, pone a prueba nuestra creatividad. Quiere que seamos sus instrumentos inteligentes, no simples máquinas repetidoras. Por eso pregunta a Felipe: — ¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos?

¡Cuántas veces nos habremos visto interpelados, tentados como Felipe, por cuestiones similares! El Señor pone en nuestras manos una familia, unas personas, una entidad, una labor apostólica, y parece como si todo dependiera de nuestro esfuerzo. Ante esos retos, caben varias reacciones: intentar arreglarlo todo con las propias fuerzas, o dejar que sea Dios por su cuenta el que se encargue -mientras nosotros, perezosos, nos desentendemos-, o actuar como el Evangelio de hoy:

Felipe le respondió: —Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco. Es la reacción “realista”. Se ve que Felipe era un hombre práctico, quizá cumplía con frecuencia ese papel de secretario –aunque era Judas el que llevaba la bolsa-: preveía, calculaba y daba su veredicto. En esta ocasión, su cuenta dice que, para dar a cada una de las personas de esa multitud, no alcanzarían ni doscientos jornales, unos cuatro millones de pesos colombianos de hoy.

Doscientos jornales. Un dineral. Doscientos días de trabajo, les pide el Señor a sus Apóstoles de un momento a otro. Y no para construir la sede central de su apostolado, o para prever las necesidades futuras, sino para “despilfarrarlos”, atendiendo a una muchedumbre transitoria. ¡Cuánto nos enseña el Señor! Esta escena va en la línea de la Encíclica “Caritas in veritate”: nos muestra la lógica de la gratuidad, de la generosidad, del don, que ha venido a instaurar Jesucristo, por encima de nuestra tacañería, de nuestra codicia, de nuestro egoísmo.

Los apóstoles se han ido empapando de la lógica divina, y no tienen vergüenza de plantear sus pobres aportaciones: “Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: —Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?”

Estamos hablando de una necesidad de cuatro millones de pesos en pan, y el muchacho no tiene problema en aportar unos diez o quince mil pesos… Hay que dar de comer a una muchedumbre, y él ofrece comida para dos. ¡Parece ridículo! Así es nuestra aportación en las obras de Dios: por mucho que hagamos, no deja de ser verdaderamente desproporcionado. Pero el Señor quiere que demos nuestros cinco panes y los dos peces, aunque no sea nada, comparado con la Obra de Dios.

El muchacho, que somos tú y yo en este pasaje, le entrega al Señor todo lo que tiene. Quizá era la previsión para la cena en su casa, pero tiene la fe suficiente para entregarla al Maestro. No piensa en sí mismo, ni en sus planes: lo prioritario es ayudar, hacer de cirineo en este momento para Jesús.

Señor, dinos ahora en esta oración: ¿Cuáles son esos panes y esos peces que Tú estás esperando que te entregue? ¿Cómo puedo ayudarte a tu labor de buen pastor en el mundo de hoy? – Quizá nos pides que te demos el corazón, que no lo compartamos tanto, que no te dejemos las migas… O que empleemos en tus cosas los mejores tiempos, o que sacrifiquemos un poco nuestras aficiones, nuestros planes personales, al servicio de los demás… Pregúntale tú concretamente qué panes te está pidiendo, cuáles peces le puedes dar…

Al ver Jesús que Andrés y el muchacho habían entendido su lógica, dijo: —Mandad a la gente que se siente –había en aquel lugar hierba abundante. Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. Si contamos tantas mujeres como varones –podrían ser más, pues ellas son más piadosas- y tres muchachitos en promedio por pareja –teniendo en cuenta la fecundidad judía de aquella época-, podemos hablar de unas 25.000 personas, cuatro millones de pesos en pan no bastan… ¿Qué pensarían los apóstoles ante ese mandato, ante esa locura desproporcionada? ¿Cuáles habrán sido los comentarios de Judas, a baja voz, con los que estaban a su lado?

Jesús tomó los panes y, después de dar gracias (alusión a la Eucaristía), los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron. No toca de a pan por cabeza: se trata de un banquete mesiánico, que muestra el cumplimiento de las promesas antiguas: Comerán todos hasta saciarse. O, como leíamos en la primera lectura, comerán y sobrará, según la promesa del profeta Eliseo, que también repartió panes de cebada entre un grupo grande. ¡Qué generosidad, Señor; qué magnánimo eres! ¡Cuánto tenemos que aprender de Ti! ¡Qué deseos de confiar más en tu grandeza!

Cuando quedaron saciados, les dijo a sus discípulos: —Recoged los trozos que han sobrado para que no se pierda nada. Y los recogieron, y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Dice San Josemaría: ¿Y para qué recoger los restos? ¿Para qué? Para que, con esos doce grandes cestos de pan que han sobrado, comamos nosotros ahora y nos alimentemos de la fe. De la fe en Él, que es capaz de obrar todo eso superabundantemente, por el amor que tiene a los hombres, por el amor que tiene a la Iglesia, por el deseo de redimir, de salvar a las gentes.

También nosotros podemos acudir a Jesucristo, llenos de fe como este santo sacerdote, y decirle: ¡Señor, que sobren cestos ahora mismo!¡Hazlo generosamente!¡Que se vea que eres Tú!

También la multitud aquella creyó en el Señor viendo el signo que Jesús había hecho, decían: —Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo.


El Señor nos da una última enseñanza de esperar el momento oportuno, la “hora” prevista por el Padre: Jesús, conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte él solo.