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sábado, julio 07, 2012

Nadie es profeta en su tierra


Después de la manifestación de fe de Jairo y de la hemorroísa, san Marcos (6,1-6) pone como en un díptico el cuadro con la reacción de los paisanos de Jesús: Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga. Después de una serie de signos que confirmaron a sus discípulos en la fe (¿Por qué tenéis miedo?, ¿Aún no tenéis fe?, había recriminado en el episodio de la tempestad calmada; Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad, fue el reconocimiento para la hemorroísa; No temas; basta que tengas fe, las palabras de ánimo para Jairo), san Marcos ambienta la expectativa por la reacción que tendrían los parientes y vecinos de Jesús cuando regresa a su tierra natal, a su «patria».
Entre los asistentes al culto estarían los vecinos de toda la vida, de los que se había despedido un par de años atrás, al marcharse a iniciar su vida pública en Cafarnaúm. Estarían los parientes, los amigos de infancia, los compañeros de luchas de José que quizás ya había fallecido y de María. Uno esperaría el recibimiento brillante para el «hijo ilustre» de una aldea pequeña, que había alcanzado reconocimiento por ser la cuna del nuevo predicador y taumaturgo al que seguían las multitudes de toda Galilea. Sería normal el sentimiento de orgullo de sus paisanos por haber convivido con semejante personaje desde pequeño.
De hecho, el Evangelio reseña que aquellos que lo habían visto crecer entre las callecitas de aquel pequeño poblado de Nazaret, ahora se maravillaban al escuchar las palabras de sabiduría que salían de los labios de Jesús y los prodigios que obraba, por lo cual la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos?». Buscaban en su filiación biológica lo que solo puede explicar su origen divino.
Sin embargo, el mismo Jesús, que se maravillaría por encontrar mucha fe incluso fuera de Israel, ahora se asombra, se «escandaliza» por la reacción escéptica de sus conciudadanos. Algunos hasta esgrimieron el conocerlo de antes como un motivo para explicar que no podía estar haciendo lo que ahora hacía, que quizá estaba endemoniado. Aquel al que habían visto de niño no podía ser ahora Maestro, mucho menos el Mesías. Y la emoción o admiración inicial se transformaron en escándalo: «¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
No debemos extrañarnos por esta reacción adversa, pues también ese mismo camino es el que espera a los seguidores de Jesús. La envidia, la falta de fe, el miedo al compromiso y, en definitiva, el pecado original, están detrás de esa actitud burlesca o incluso persecutoria. Así lo anunciaría el Señor muchas veces (Mt 10,24): Al discípulo le basta con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! Si alguna vez el Señor permitiera que experimentásemos esas persecuciones por seguirlo y por anunciar sus doctrinas, podemos pensar que nada se pierde: creceremos en humildad, en fe, en conciencia de ser solo instrumentos. La gracia de Dios no se pierde y los méritos de esas obras fructificarán en otros terrenos.
Veamos otra dimensión de la crítica que hacen sus vecinos: «¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él. Aunque se menciona en un contexto polémico, no deja de ser significativo que a Jesús se le reconozca por su vida familiar, por su trabajo profesional, porque vivió la mayor parte de su vida una existencia normal, como la de cualquiera de nosotros. Jesús es modelo de hombre perfecto, y debemos encontrar en su ejemplo la guía para nuestra vida familiar y para nuestro trabajo profesional: «Vamos a pedir luz a Jesucristo Señor Nuestro, y rogarle que nos ayude a descubrir, en cada instante, ese sentido divino que transforma nuestra vocación profesional en el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad. En el Evangelio encontraréis que Jesús era conocido como faber, filius Mariae, el obrero, el hijo de María: pues también nosotros, con orgullo santo, tenemos que demostrar con los hechos que ¡somos trabajadores!, ¡hombres y mujeres de labor!» (AD, n.62).
Con nuestro trabajo cotidiano estamos llamados a parecernos a Jesús, a descubrir en esas ocupaciones «el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad». Y esa llamada incluye el compromiso apostólico. Hemos de dar testimonio con nuestra vida de la fe que profesamos. Una fe que se encarna en el esfuerzo por trabajar bien, por tratar bien a nuestros parientes, a nuestros compañeros, a nuestros vecinos. Y por mostrarles con nuestra alegría el espíritu que nos anima.
A Jesús no le sorprende la respuesta aprensiva de sus coterráneos, siente que le toca padecer la suerte de los profetas: les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». Aunque algunos de estos familiares y vecinos más adelante se convertirán y le seguirán de cerca, incluso estarán entre los pilares de la primitiva comunidad cristiana, este rechazo inicial sirve para conformar una nueva familia, ya no de vínculos biológicos, sino sobrenaturales. Esa nueva estirpe es el germen de la Iglesia, que tiene su origen en la obediencia de fe a las enseñanzas del Señor y que es la familia de Dios en el mundo. En esta lógica se entiende una respuesta previa de Jesús (Lc 11,27-28) cuando una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
La fe es un regalo de Dios, pero requiere que la ejercitemos. Enseña el Compendio del Catecismo que «la fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer, dado que Dios es la Verdad misma. Por la fe, el hombre se abandona libremente a Dios; por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios, ya que la fe actúa por la caridad (Ga 5,6)» (n.386). La fe en Dios incluye creer en sus palabras. No podemos asentir de modo parcial a lo que nos ha revelado, que incluye en su designio salvador la institución de la Iglesia. Se entiende el sinsentido de aquellas pancartas que algunos emplean en ocasiones: «Cristo sí, iglesia no». La fe que Dios nos regala es fe en Él, en su revelación, en su Iglesia, como vemos en el pasaje de la confesión de Cesarea de Filipo (Mt 16,18-19): tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Una fe que se abandona libremente a Dios, que se fía de Él, como el niño en brazos de su padre. Así lo explicaba un obispo del Perú: «Cuentan que unos turistas en Machu Picchu observaron un obrero que pasaba con su carretilla de un cerro al otro, sobre un simple cable de acero. Con susto observaban al hombre que caminaba tranquilo y seguro de sí mismo. ―¡Qué seguridad! exclamaron todos. El guía les preguntó: ¿Ustedes creen que aquel hombre va seguro? ―Sí, claro; si no, ya se hubiera venid abajo él y la carretilla, contestaron. ―Esto es lo que esperaba escuchar de ustedes, porque ahora el obrero volverá a pasar por el cable, pero con uno de ustedes montado en la carretilla. ¿Quién se apunta?... Nadie se apuntó. “Creían” que iba seguro. Pero no se “fiaban”». Concluye su narración Mons. Enrique Pélach: «Yo tampoco me fiaría, pero “en la carretilla de Dios” sí me monto. Sé que puedo fiarme de Él» (2005, p.61).
Fiarse de Dios, abandonarse libremente en Él. Es la apuesta más segura, por encima de cualquier otra. Incluso más que la alternativa de confiar en nosotros mismos, que nos sabemos tan débiles. Pero una fe que no se queda en palabras bonitas, sino que compromete la vida entera: «por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios». Abandonarse en Dios no tiene nada que ver con una actitud ataráxica, pasiva, cómoda. El abandono exige buscar en la oración qué quiere el Señor de nosotros y esforzarnos por llevarla a la práctica, de rechazar lo que nos aparte de Él y de cumplir lo que nos pide, por amor, como dice san Pablo: la fe actúa por la caridad.
En este caso, sin embargo, en la sinagoga de su propia tierra, Marcos concluye que no escucharon su palabra: no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. El Maestro se incorpora al largo listado de profetas rechazados por sus paisanos. Así suele narrar el Antiguo Testamento la llamada de esos elegidos: en medio de un pueblo rebelde, que no obedece a los mandatos del Señor, Dios convoca a un hombre humilde para que les recuerde su alianza. Por ejemplo, en el caso de Ezequiel, lo hace en el exilio, cuando el rey es prisionero de Nabucodonosor y el Templo está profanado y a punto de ser destruido. La figura del profeta adquiere mayor relieve. «Es el único representante de Dios en medio del pueblo; es quien tiene autoridad para exigir a sus conciudadanos atención a su mensaje» (Biblia de Navarra). Sin embargo, en la descripción de la llamada no deja de despertar interés cierto dejo de desilusión en el profeta (2,2-5): son un pueblo rebelde, pero reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos. Como el autor del salmo 123 (122), tanto Ezequiel como Jesús pueden exclamar: nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos.
Además, también nosotros tenemos que ser profetas en nuestro tiempo. Con el trabajo, el ejemplo y el abandono, como decíamos antes. Pero también con nuestras palabras. A imagen de Jesús, que recorría las aldeas de los contornos enseñando, hemos de ejercitar también el apostolado de la doctrina. Para comenzar, podemos concretar el propósito de estudiar y enseñar a nuestros amigos las riquezas de nuestra fe, que transmite con excelente didáctica el Compendio del Catecismo. Será un pequeño grano de arena en el llamado a la nueva evangelización, quizá los frutos serán abundantísimos ―solo Dios sabe―.
Acudimos a la Santísima Virgen, Madre del Verbo y Madre de la fe, Madre de los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen, para que nos alcance del Señor la gracia de creer en Él, en su Revelación y en su Iglesia. Que no seamos como aquellos paisanos de Jesús, sino que nos abandonemos en Él, que tratemos de conocer y hacer su voluntad, que la nuestra sea una fe que actúe por la caridad.

miércoles, febrero 03, 2010

vocación

En los primeros capítulos del Evangelio de Lucas vemos el inicio de la labor apostólica del Señor. Regresa a su Nazaret, el pueblo donde creció, y predica en la sinagoga: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Jesús se apropia la promesa del profeta, dice que él mismo es el Mesías prometido. Inmediatamente después vemos la reacción de los presentes, muy positiva al comienzo: “Todos daban testimonio en favor de él y se maravillaban de las palabras de gracia que procedían de su boca”.

Sin embargo, en algunos surge la duda, “y decían: —¿No es éste el hijo de José?” ¿Cómo puede ser posible –pensarían- que aquél que conocimos pequeño, que durante su infancia no hizo nada raro, resulte ser ahora el Hijo de David? Les pasaba lo que cuenta una historia popular, de un campesino que había donado un cerezo de su propiedad para que hicieran con esa madera la imagen de un santo. Pasados los años, le preguntaron por qué le tenía tan poca devoción a ese intercesor, que tenía tanta fama de milagroso. A lo que respondió: “a ese santo no le rezo, pues lo conocí cerezo”. No tuvieron fe en Jesús. Es el primer “fracaso” del Señor, el comienzo del camino de tropiezos que tendrá hasta morir en la Cruz.

“Entonces les dijo: —Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: «“Médico, cúrate a ti mismo”. Cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu tierra». El Señor les muestra la misericordia de Dios, que siempre ha enviado profetas en medio de momentos difíciles para hacerles más llevadero el camino. Y añadió: —En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, (…); y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio”. Ya desde el Antiguo Testamento el Señor había hecho ver que su salvación se dirigía a todos.

Por eso, en esta escena Jesús les hace ver que la principal causa de su enfado es un celo pueblerino: les duele que él haya ganado prestigio en otras ciudades antes que en Nazaret. No entienden que su vocación es universal, dirigida a todas las personas de todos los tiempos y todos los lugares, pero ellos quieren tener un taumaturgo al alcance de su mano: “y decían: —¿No es éste el hijo de José?”. Gnilka resume este pasaje con una sencilla frase: “Jesús no quiso hacer milagros para sus paisanos porque no encontró ninguna fe”.

Jesucristo no condesciende ante esa reacción folclórica. Al contrario, se reafirma en la universalidad de su vocación, aunque le conlleve una notoria contrariedad: “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó”.

En la primera lectura del cuarto domingo también aparece un relato vocacional: en este caso, el profeta Jeremías. A él le dice el Señor: “Antes de formarte en el seno materno, ya te conocía, y antes de que nacieses, te tenía consagrado: yo te constituí profeta de las naciones”. Así nos puede decir a cada uno, que nos conoce mejor que nuestras madres. Que nos tiene elegidos desde la eternidad –como dice san Pablo- para que seamos santos. Señor: enséñanos a asumir la vocación que nos has dado a cada uno con todas sus virtualidades, a llevarla a cabo hasta el final. Ayúdanos a ver tu voluntad y danos fuerzas –tu gracia- para cumplirla.

Al inicio de un nuevo año, es bueno pensar en lo que espera el Señor de nosotros. Como Jeremías, como el mismo Jesucristo, debemos buscar que todo el fin de nuestra vida sea cumplir la voluntad del Padre. Es normal que uno sienta un poco de miedo al plantearse cambiar los propios planes por los que el Señor le diseña. Lo expresaba muy bien Benedicto XVI: ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo – si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él –, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?


¡Cuántos ejemplos tenemos de personas que, a pesar del miedo inicial, no han hecho otra cosa que seguir al Maestro! Es la escuela de los santos. Todos tenemos presente el modelo de Juan Pablo II, al que quizá beatifiquen este año. Precisamente este Siervo de Dios insistía: “No tengáis miedo. Abrid a Cristo las puertas del corazón”. Al comienzo de su pontificado, Benedicto XVI lo recordaba, pensando no solo en su predicación, sino también en el ejemplo de toda su vida: “El Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera».

¡Cuántas decisiones de entrega a Dios han suscitado esas palabras a lo largo de estos años! Con su intercesión desde el cielo, Juan Pablo II continúa haciendo que a nosotros hoy nos interpelen: Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.

Acudamos a la Virgen Santísima, modelo de respuesta generosa al llamado del Señor. Que perdamos el miedo a abrir las puertas, a dejar el lastre que nos impide volar. Madre nuestra, haz que en este año nuevo sean muchas las personas en el mundo, comenzando por nosotros mismos, que respondamos cada día como Tú al Señor: “Hágase en mí según tu palabra”.

viernes, julio 03, 2009

Fe, santidad, vocación


En la primera lectura del XIV Domingo, Dios llama a Ezequiel (2, 2-5) como un mensajero para que sea mediador entre Él y su pueblo: “Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a ese pueblo rebelde, que se ha rebelado contra mí lo mismo que sus antepasados hasta el día de hoy. (...) Y sabrán que en medio de ellos hay un profeta". Esa es la misión del profeta: hablar al pueblo de parte del Señor.

Comenzamos el año sacerdotal y es una buena ocasión para pensar en el tema de la vocación. ¡Tenemos tantos ejemplos de personas que han sido llamadas y que han respondido generosamente! La página web de la Santa Sede pone algunos ejemplos de sacerdotes santos: el Santo cura de Ars, San Josemaría Escrivá, San Luis Alberto Hurtado, y los Beatos Ciriaco Elía, Charles de Foucauld, Bronisá Markiewicz, y Edoardo Poppe.

Vocación, llamada divina: Hijo de hombre, yo te envío. Decía Juan Pablo II, recordando su propia vida: “¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello. La vocación es el misterio de la elección divina: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16). "Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón'' (Hb 5, 4). "Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí" (Jr 1, 5). Estas palabras inspiradas estremecen profundamente toda alma sacerdotal” (Don y Misterio).

Y Benedicto XVI menciona en su carta el ejemplo de su párroco y de otros sacerdotes santos que ha conocido: “Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal”. La vocación es un regalo inmerecido del Señor a su pueblo. Desde luego, mucho más, para la persona elegida. Es una muestra de misericordia, como decía el cura de Ars: “El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”.

En el salmo 122 se menciona un símbolo propio del mundo oriental: los ojos de los siervos que vigilan las manos de sus señores para captar el más mínimo gesto de benevolencia. Se trata de una espera dura, porque la vida del orante está saciada de desprecio y de humillación por parte de los soberbios (Jünglin): “Como están los ojos de los siervos pendientes de la mano de sus señores, así nuestros ojos miran al Señor, nuestro Dios, pendientes de que se compadezca de nosotros. Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad, que estamos cansados de desprecios; estamos ya cansados de la burla de los arrogantes, del desprecio de los orgullosos”.

El orante –ahora, nosotros- pide al Señor que se apiade, que se digne hacer un guiño para superar el desprecio de los soberbios (¿hay alguien más soberbio que el demonio mismo?) El hilo que une esta petición con la primera lectura es que el gesto del Señor es llamar a un mensajero para que sea mediador entre Él y su pueblo. Cuando este hombre acepta su vocación, le comunica la misión: enviarlo como su profeta, para que hable a las gentes de parte del Señor.

La segunda lectura pone el ejemplo de uno de los más grandes profetas del Nuevo Testamento: San Pablo. Sin embargo, no lo exalta como un genio inalcanzable de santidad. Por el contrario, nos muestra un hombre débil, que debe luchar para ser fiel (2 Corintios 12, 7b-10): “Para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, y no me envanezca. Por esto, rogué tres veces al Señor que lo apartase de mí; pero Él me dijo: «Te basta mi gracia, porque la fuerza se perfecciona en la flaqueza». Por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo”. Cuánto nos llena de esperanza, saber que los grandes santos han sido seres como nosotros: con luchas, con dificultades, personas en las cuales triunfó la gracia.

Por último, el Evangelio nos habla de una virtud que ha sido recurrente en la liturgia de la Palabra de estas últimas semanas: se trata de la fe. Después de haber contemplado la fe de Jairo y de la hemorroísa en el capítulo quinto del Evangelio de Marcos, en el sexto aparece como un claro contraste la falta de fe de sus paisanos (Marcos 6, 1-6): Salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados: —¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

En este relato se recalca la condición común y corriente de Jesucristo: es un simple artesano. San Josemaría Escrivá recibió la misión profética de anunciar que precisamente el trabajo profesional es camino de santidad, de encuentro con Dios. En una de sus homilías predicaba: «Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo» (Cristo que pasa, 46).

Jesús, el artesano, se autoproclama también como profeta y, por lo tanto, sujeto al rechazo de sus paisanos, como le había sucedido a Elías y a Eliseo. Más adelante se contará entre aquellos a los que Jerusalén asesina. El Prelado del Opus Dei explicaba la importancia de la fe: ¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10,42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, «se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe?» (Amigos de Dios, n. 190). Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe –escribe el Papa–, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios» (Juan Pablo II, Don y misterio) (Conferencia publicada en Romana n. 36).

Comparando con los pasajes paralelos, Gnilka concluye que Jesús no quiso hacer allí ningún milagro, asombrado por la falta de fe de sus coterráneos. Y les decía Jesús: —No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por su incredulidad.

Un ejemplo de vida de fe es la mujer que aparece mencionada entre las críticas, casi con aire ofensivo: ¿No es éste el artesano, el hijo de María? Pidámosle a Ella que interceda ante su hijo para que nosotros crezcamos en vida de fe. Para descubrir la propia vocación, para ejercer nuestra llamada a la santidad en medio del mundo, y para valorar el inmenso don del sacerdocio en nuestro tiempo.

sábado, enero 27, 2007

La vocación o llamada


Me contaba en estos días un amigo que se había encontrado con un viejo conocido, después de varios años sin verse. Le dijo que lo notaba muy conservado, pero como si tuviera menos fuerzas. La respuesta de su amigo lo dejó pensativo: las fuerzas son las mismas, lo que me falta es un sentido para emplearlas. Falta sentido. Es un síntoma bastante frecuente en la sociedad actual. Lo dice una persona mientras se toma un capuchino, y lo dicen los filósofos que vienen estudiando al hombre actual.

Hace muchos años, un adolescente llamado Jeremías se encontraba un poco en la misma situación. Se escudaba en su poca edad pensando que ya llegaría el momento de tomarse en serio su vida. Mientras tanto, bastaba con dejarse llevar del día a día, pues trabajo no faltaba. En estas circunstancias, escuchó una voz –sintió que se trataba de la voz de Dios- que le decía: “Antes de plasmarte en el seno materno te conocí, antes de que salieras de las entrañas, te consagré; te constituí profeta de las naciones”. El primer verbo, plasmar, es el mismo que se utiliza para describir la acción del alfarero con el barro. Cuando habla de “conocer”, está usando un sinónimo de “elegir”. La “consagración” se equipara a reserva, la “constitución” o nombramiento es el mismo verbo que se utiliza para los discípulos en el Nuevo Testamento. 

Jeremías encuentra un sentido para su vida, al saberse llamado por Dios para una misión: anunciar su palabra a las naciones. El evangelista Lucas complementa esta figura profética con el cumplimiento de sus anuncios: Jesucristo. Un sábado, en la sinagoga, es el mismo Mesías quien se aplica la profecía de Isaías que acaba de leer: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos…” Con este pasaje, la promesa se cumple. Y se hace realidad, se muestra como persona: Jesús significa “Dios salva”. Como dice Juan Pablo II, en Cristo se identifican mensaje y mensajero, el decir, el actuar y el ser (RMi 13). 

En la pasada Jornada Mundial de la Juventud, el Papa nos invitaba a preguntarnos por el sentido de nuestra vida, por la misión de nuestra existencia: “Es cierto que hoy ya no buscamos a un rey (como hacían los Reyes Magos); pero estamos preocupados por la situación del mundo y preguntamos: ¿Dónde encuentro los criterios para mi vida, los criterios para colaborar de modo responsable en la edificación del presente y del futuro de nuestro mundo? ¿De quién puedo fiarme? ¿A quién confiarme? ¿Dónde está el que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón? Plantearse dichas cuestiones significa reconocer, ante todo, que el camino no termina hasta que se ha encontrado a Aquel que tiene el poder de instaurar el Reino universal de justicia y paz, al que los hombres aspiran, aunque no lo sepan construir por sí solos. Hacerse estas preguntas significa además buscar a Alguien que ni se engaña ni puede engañar, y que por eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella y, si fuera preciso, también morir por ella. Hay que saber tomar las decisiones necesarias”. 

Hay que saber tomar las decisiones necesarias. Ese puede ser el propósito de esta meditación. Seguir el ejemplo de Jeremías. Más aún: mirar la vida de Jesucristo, para tratar de imitarlo cada día. Una última anécdota, de una vocación más cercana en el tiempo: Feehery, católica poco practicante, tuvo en unas vacaciones un encuentro cercano con una labor de apostolado. Se sintió removida y decidió unirse a aquellas personas… cuando cumpliera cuarenta años. La razón es que estaba muy enamorada y estaba segura de que su futuro pasaba por el matrimonio y la maternidad. Su decisión no fue nada sencilla. A la desesperada, reconoce que hizo algo que, con su perspectiva, cree que probablemente no fuera la mejor respuesta espiritual: puso a prueba a Dios: “Dije: si de verdad quieres esto, si quieres que yo te entregue toda mi vida, tienes que darme una señal. Mi novio tiene que preguntarme: “¿No tienes nada que decirme?” Y, en efecto, su novio llamó y le hizo esa misma pregunta. Cuando Feehery le dijo lo que estaba pensando, él se enfadó y colgó el teléfono. Más tarde la llamó para decirle: “Estoy dispuesto a cederte a Dios”. No han vuelto a ponerse en contacto, pero la relación acabó sin acritud. Entonces Feehery se lo comunicó a sus padres y, un mes después, ingresó en aquella institución. (Allen J. Opus Dei. Barcelona 2006,226-7).

miércoles, enero 24, 2007

La Biblia, Palabra de vida eterna


En el discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, que fue calificado como el más importante del año por la escuela de retórica de esa universidad, el Papa defendía la tesis según la cual el patrimonio griego, purificado de modo crítico, forma parte integrante de la fe cristiana. 

A esa tesis se opone la propuesta moderna de la “deshelenización del cristianismo”, que puede observarse en tres etapas: la reforma luterana del siglo XVI, la teología liberal de los siglos XIX y XX, y la propuesta de las nuevas enculturaciones del Evangelio. Hablaremos ahora de la segunda, pues sigue totalmente en boga, como demuestran las cíclicas apariciones de fenómenos editoriales y fílmicos sobre las verdades ocultas sobre el Jesucristo histórico, que se remontan a las hipótesis de von Harnack. 

Si no es fácil encontrar católicos que lean con frecuencia los Evangelios, es más difícil aún mostrar personas que sepan explicar cómo fue el proceso de su escritura y conformación, o que sepan responder a las controversias generadas por la teología liberal. Aunque se nota un despertar del amor a la Escritura, hace falta un empeño mayor por acercarse a la Palabra, perder el miedo a encontrar en ella un sentido para nuestra vida. Al mismo tiempo, es necesario el esfuerzo por conocer también la teología de la inspiración bíblica, la cronología de la historia de la salvación, estudiar un buen manual de “Introducción a la Sagrada Escritura”.

En el libro de Nehemías (8,2-10) se cuenta la historia de este judío influyente, que recibió permiso del rey para reconstruir las murallas de Jerusalén, en medio de una gran oposición. En medio de ese trabajo encontró el libro de la ley, lo que fue un motivo de gran alegría para aquel pueblo al recuperar los textos que marcaban su identidad nacional y su alianza con el Dios vivo. Se formó una gran asamblea, para escuchar su lectura. Podemos imaginar la emoción de aquel momento, mientras se escuchaban las palabras que el Señor había transmitido a Moisés varios siglos atrás: “todo el pueblo, levantando las manos, respondió: "Amén, amén"; después se postraron y, rostro en tierra, adoraron al Señor. Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, para que pudieran entender lo que se leía”. Todos lloraban al escuchar esas palabras y contrastarlas con su conducta. Pero el escriba les recomendó hacer fiesta, por haber escuchado en ese día consagrado a Dios, las palabras de su salvación. 

El Salmo 18 es como un eco de esa historia: “Señor; Tú tienes palabras de vida eterna. La ley del Señor es perfecta: da consuelo al hombre; el mandato del Señor es verdadero: da salvación al ignorante. Los preceptos del Señor son rectos: dan alegría al corazón; el mandamiento del Señor es claro: da luz a los ojos. El temor del Señor es puro: permanece para siempre; los juicios del Señor son verdad: todos justos por igual. Que te agraden mis palabras y mis pensamientos, Señor, roca mía, mi redentor”. Y por eso se explica que la oración colecta del tercer domingo ordinario le pida a Dios: conduce nuestra vida por el camino de tus mandamientos, para que, unidos a tu Hijo amado, podamos producir frutos abundantes.

Por su parte, san Lucas presenta el inicio del ministerio de Jesús en la sinagoga de su pueblo, leyendo un texto de Isaías (gracias a este pasaje sabemos que Jesús sabía leer). El médico evangelista presenta a Jesús como el nuevo Profeta, el Profeta definitivo, en el que se cumplen las promesas antiguas. Sin embargo, es bueno considerar cómo comienza ese Evangelio, mostrando que se trata del fruto de un largo esfuerzo de historiador antiguo –no contemporáneo, como muchos colegas suyos de hoy quisieran que se hubiera escrito–: “Ilustre Teófilo: Ya que muchos se han propuesto componer un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros, según nos lo transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, también yo he creído oportuno, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribirte una exposición ordenada para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido”.

Juan Pablo II explicaba esta diferencia entre el género histórico de hace veinte siglos y la metodología contemporánea: “En realidad los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables (cf. Lc 1,3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial” (NMI, n. 18). 

El cristianismo actual necesita personas que acojan el Evangelio en su vida, y lo transmitan a los demás. Es lo que decía un poco antes el mismo papa polaco: “Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1). Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible (Cf. DV 19)”.
 
San Josemaría recomendaba a sus hijos que leyeran unos minutos cada día el Santo Evangelio (Forja, 754): “Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra -obras y dichos de Cristo- no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. -El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida. Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?..." -¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante. Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. -Así han procedido los santos”.