
Sin embargo, en algunos surge la duda, “y decían: —¿No es éste el hijo de José?” ¿Cómo puede ser posible –pensarían- que aquél que conocimos pequeño, que durante su infancia no hizo nada raro, resulte ser ahora el Hijo de David? Les pasaba lo que cuenta una historia popular, de un campesino que había donado un cerezo de su propiedad para que hicieran con esa madera la imagen de un santo. Pasados los años, le preguntaron por qué le tenía tan poca devoción a ese intercesor, que tenía tanta fama de milagroso. A lo que respondió: “a ese santo no le rezo, pues lo conocí cerezo”. No tuvieron fe en Jesús. Es el primer “fracaso” del Señor, el comienzo del camino de tropiezos que tendrá hasta morir en la Cruz.
“Entonces les dijo: —Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: «“Médico, cúrate a ti mismo”. Cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu tierra». El Señor les muestra la misericordia de Dios, que siempre ha enviado profetas en medio de momentos difíciles para hacerles más llevadero el camino. Y añadió: —En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, (…); y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio”. Ya desde el Antiguo Testamento el Señor había hecho ver que su salvación se dirigía a todos.
Por eso, en esta escena Jesús les hace ver que la principal causa de su enfado es un celo pueblerino: les duele que él haya ganado prestigio en otras ciudades antes que en Nazaret. No entienden que su vocación es universal, dirigida a todas las personas de todos los tiempos y todos los lugares, pero ellos quieren tener un taumaturgo al alcance de su mano: “y decían: —¿No es éste el hijo de José?”. Gnilka resume este pasaje con una sencilla frase: “Jesús no quiso hacer milagros para sus paisanos porque no encontró ninguna fe”.
Jesucristo no condesciende ante esa reacción folclórica. Al contrario, se reafirma en la universalidad de su vocación, aunque le conlleve una notoria contrariedad: “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó”.
En la primera lectura del cuarto domingo también aparece un relato vocacional: en este caso, el profeta Jeremías. A él le dice el Señor: “Antes de formarte en el seno materno, ya te conocía, y antes de que nacieses, te tenía consagrado: yo te constituí profeta de las naciones”. Así nos puede decir a cada uno, que nos conoce mejor que nuestras madres. Que nos tiene elegidos desde la eternidad –como dice san Pablo- para que seamos santos. Señor: enséñanos a asumir la vocación que nos has dado a cada uno con todas sus virtualidades, a llevarla a cabo hasta el final. Ayúdanos a ver tu voluntad y danos fuerzas –tu gracia- para cumplirla.
Al inicio de un nuevo año, es bueno pensar en lo que espera el Señor de nosotros. Como Jeremías, como el mismo Jesucristo, debemos buscar que todo el fin de nuestra vida sea cumplir la voluntad del Padre. Es normal que uno sienta un poco de miedo al plantearse cambiar los propios planes por los que el Señor le diseña. Lo expresaba muy bien Benedicto XVI: ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo – si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él –, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?
¡Cuántos ejemplos tenemos de personas que, a pesar del miedo inicial, no han hecho otra cosa que seguir al Maestro! Es la escuela de los santos. Todos tenemos presente el modelo de Juan Pablo II, al que quizá beatifiquen este año. Precisamente este Siervo de Dios insistía: “No tengáis miedo. Abrid a Cristo las puertas del corazón”. Al comienzo de su pontificado, Benedicto XVI lo recordaba, pensando no solo en su predicación, sino también en el ejemplo de toda su vida: “El Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera».
¡Cuántas decisiones de entrega a Dios han suscitado esas palabras a lo largo de estos años! Con su intercesión desde el cielo, Juan Pablo II continúa haciendo que a nosotros hoy nos interpelen: Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.
Acudamos a la Virgen Santísima, modelo de respuesta generosa al llamado del Señor. Que perdamos el miedo a abrir las puertas, a dejar el lastre que nos impide volar. Madre nuestra, haz que en este año nuevo sean muchas las personas en el mundo, comenzando por nosotros mismos, que respondamos cada día como Tú al Señor: “Hágase en mí según tu palabra”.
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