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martes, febrero 21, 2012

Miércoles de ceniza


Comenzamos hoy una nueva cuaresma. El concilio resume en qué consiste este tiempo litúrgico: “el tiempo cuaresmal prepara a los fieles, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración, para que celebran el misterio pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia” (SC 109).
Este es el marco preciso: preparar la Pascua, la celebración de Cristo resucitado, con cuarenta días de escucha de la Palabra, oración, penitencia y recuerdo de nuestro bautismo.
El Evangelio nos presenta a Jesús en el Sermón del monte, el primero de los cinco grandes discursos con los que Mateo estructura su narración. Después de predicar las bienaventuranzas, el Señor expone en qué consiste la verdadera justicia y cómo hay que comportarse ante la Ley, ante Dios y en relación con el prójimo: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 6, 1-6. 16-18). Con base en las obras que el Señor menciona en este discurso se habla de las tres prácticas cuaresmales por excelencia: dar limosna, orar, hacer penitencia.
En primer lugar, dar limosna: cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Benedicto XVI escribía en un mensaje para la cuaresma que esta acción representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales.
También aclaraba que “la limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo”.
Preparar la pascua del Señor desprendiéndonos de los bienes materiales: a veces consistirá en ceder el televisor, la bicicleta, el auto; otras, en examinar cuántas cosas que nos sobran les hacen falta a otros; o disminuir los gastos suntuosos y algunos en apariencia necesarios. También podremos colaborar con las campañas de comunicación cristiana de bienes que promueve el episcopado para concretar esta invitación cuaresmal. De este modo, estaremos viviendo lo que contemplamos en el Prefacio de la Misa: “al darnos ocasión de compartir nuestros bienes con los necesitados, nos haces imitadores de tu generosidad”.
Pero es conveniente ir más al fondo: contemplar la entrega del Señor por nosotros y disponernos a ser más caritativos con los demás hijos de Dios. Allí está una de las maneras de recordar nuestro bautismo, en el que el Señor nos hizo miembros de su familia, hermanos de todos los hombres. “La práctica cuaresmal de la limosna –sigue diciendo el Papa en su mensaje- se convierte en un medio para profundizar en nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno”.
Como el ejemplo de la limosna total que dio una limosnera: cuenta San Josemaría que, en los primeros años del Opus Dei, pedía muchas oraciones a todo tipo de personas (sacerdotes, enfermos, etc.) “por una intención”: para que fuera un instrumento fiel a su vocación de fundador. Una vez se encontró con una mendiga y le dijo: “-Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!” Después dejó de verla y terminó encontrándola en un hospital, enferma terminal. Cuando la vio la saludó: “-Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?” Y le dijo que pediría al Señor por su curación en la Misa. Ella sonrió y le replicó: “-Padre, ¿cómo no entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida”.

En segundo lugar, oración: Tú, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Se trata de un tiempo para renovar el amor, para estar atentos a la voz del Padre, dispuestos a cumplir mejor su voluntad: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón. Concretemos cómo mejorar nuestras prácticas de piedad; la oración personal “entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración”, como dice el Concilio, la lectura espiritual, el Santo Rosario… pero, en primer lugar, la Santa Misa.
En palabras de San Juan Crisóstomo, “la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos. Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras; a la oración que es un don de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina. El don de semejante súplica es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma”.

Por último, penitencia: Tú, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Es lo que pedimos en la oración colecta: “Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal”.
Externamente lo manifestaremos con la imposición de la ceniza. Nos puede servir considerar la oración que pronuncia el sacerdote para bendecirla: “que el ejercicio de la penitencia cuaresmal nos obtenga el perdón de los pecados y una vida nueva a imagen de tu Hijo resucitado”.
Penitencia exterior, sacrificios, tomar la Cruz del Señor sobre nuestros hombros. Como también decimos en el Prefacio, “has querido que en nuestras privaciones voluntarias encontremos un motivo para bendecirte, ya que nos ayudan a refrenar nuestras pasiones desordenadas”. Aprovechemos este rato de oración para concretar algunas mortificacion, además de la abstinencia de carne los viernes de cuaresma y del ayuno de hoy y del Viernes Santo: sacrificios que nos ayuden a servir a los demás, a trabajar mejor, a negar nuestros caprichos…
Se trata de una muestra exterior del cambio interno que deseamos dar en estos cuarenta días, acompañando a Jesús en su camino al Calvario. Y meditemos que somos polvo y al polvo hemos de volver. Arrepintámonos y creamos en el Evangelio. Rechacemos el pecado y convirtámonos a Dios. Y pidamos no solo por nuestra conversión, sino por la de todos los pecadores. Hay quien dice que en estos cuarenta días es como si la Iglesia se pusiera de rodillas pidiendo al Señor por la conversión de todos sus hijos. Y no es casual que, por eso, en este tiempo haya largas filas en los confesonarios. Pues ayudemos en esta labor: con nuestra oración y con nuestra penitencia personal.
Cuenta J. Eugui que a Jean -Marie Lustiger, judío converso, Cardenal Arzobispo de París desde febrero de 1981, le preguntaron sobre cuál era el punto más importante de su plan pastoral para la diócesis que el Papa Juan Pablo II le había confiado. La respuesta fue sencilla y, para alguno, quizá sorprendente: “-El punto central del plan pastoral es la conversión del Obispo”.
Terminemos nuestra oración acudiendo a María Santísima, que ella nos ayude a aprovechar desde el primer momento esa trilogía cuaresmal a la que se refiere san Pedro Crisólogo: “Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente”. Que la Virgen nos alcance en esta Cuaresma la gracia de ser almas de oración, de caridad, de penitencia.

viernes, junio 27, 2008

Oración al Padre


En el capítulo sexto del Evangelio de Mateo, el Señor explica a sus discípulos el modo de vivir los modos tradicionales de piedad judía: la limosna, la oración y el ayuno: "Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. (...) Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará".

Detengámonos en el tema de la oración: cuando te pongas a orar, entra en tu aposento. La primera actitud es evitar la ostentación, como la del fariseo que se comparaba con el publicano. Entrar en nuestro aposento, con la puerta cerrada. Al aposento de nuestra intimidad, de nuestro corazón. A puerta cerrada: evitando las distracciones del día a día, de las llamadas externas –también las tecnológicas: callar por un rato el teléfono, el computador, el televisor, el video-juego, etc.-, de las citas pendientes. Con la puerta cerrada, ora a tu Padre.

En este momento pueden surgir unas trabas: ¿cómo se ora al Padre? ¡Yo no sé orar! ¿De qué le hablo al Padre? Escuchemos las respuestas que da San Josemaría en los puntos 90 y 91 de Camino, que no tienen desperdicio: “¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: "Señor, ¡que no sé hacer oración!...", está seguro de que has empezado a hacerla”.

Basta con entrar en el aposento y, con la puerta cerrada, orar al Padre. Pero… ¿de qué le hablo? “Me has escrito: "orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?" —¿De qué? De El, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: "¡tratarse!"”

Podemos concluir nuestra oración considerando un discurso reciente (18-V-2008) de Benedicto XVI a los jóvenes: “Queridos amigos, os invito a cultivar la vida espiritual. Jesús dijo: "Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5). Jesús no hace juegos de palabras; es claro y directo. Todos le entienden y toman posición. La vida del alma es encuentro con él, Rostro concreto de Dios. Es oración silenciosa y perseverante, es vida sacramental, es Evangelio meditado, es acompañamiento espiritual, es pertenencia cordial a la Iglesia, a vuestras comunidades eclesiales. Pero ¿cómo se puede amar, entrar en amistad con alguien a quien no se conoce? El conocimiento impulsa al amor y el amor estimula el conocimiento. Así sucede también con Cristo. Para encontrar el amor con Cristo, para encontrarlo realmente como compañero de nuestra vida, ante todo debemos conocerlo. Como los dos discípulos que lo siguen después de escuchar las palabras del Bautista y le dicen tímidamente: "Rabbí, ¿dónde vives?" (Jn 1, 38), quieren conocerlo de cerca".