En el capítulo sexto del Evangelio de Mateo, el Señor explica a sus discípulos el modo de vivir los modos tradicionales de piedad judía: la limosna, la oración y el ayuno: "Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. (...) Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará". Detengámonos en el tema de la oración: cuando te pongas a orar, entra en tu aposento. La primera actitud es evitar la ostentación, como la del fariseo que se comparaba con el publicano. Entrar en nuestro aposento, con la puerta cerrada. Al aposento de nuestra intimidad, de nuestro corazón. A puerta cerrada: evitando las distracciones del día a día, de las llamadas externas –también las tecnológicas: callar por un rato el teléfono, el computador, el televisor, el video-juego, etc.-, de las citas pendientes. Con la puerta cerrada, ora a tu Padre.
En este momento pueden surgir unas trabas: ¿cómo se ora al Padre? ¡Yo no sé orar! ¿De qué le hablo al Padre? Escuchemos las respuestas que da San Josemaría en los puntos 90 y 91 de Camino, que no tienen desperdicio: “¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: "Señor, ¡que no sé hacer oración!...", está seguro de que has empezado a hacerla”.
Basta con entrar en el aposento y, con la puerta cerrada, orar al Padre. Pero… ¿de qué le hablo? “Me has escrito: "orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?" —¿De qué? De El, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: "¡tratarse!"”
Podemos concluir nuestra oración considerando un discurso reciente (18-V-2008) de Benedicto XVI a los jóvenes: “Queridos amigos, os invito a cultivar la vida espiritual. Jesús dijo: "Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5). Jesús no hace juegos de palabras; es claro y directo. Todos le entienden y toman posición. La vida del alma es encuentro con él, Rostro concreto de Dios. Es oración silenciosa y perseverante, es vida sacramental, es Evangelio meditado, es acompañamiento espiritual, es pertenencia cordial a la Iglesia, a vuestras comunidades eclesiales. Pero ¿cómo se puede amar, entrar en amistad con alguien a quien no se conoce? El conocimiento impulsa al amor y el amor estimula el conocimiento. Así sucede también con Cristo. Para encontrar el amor con Cristo, para encontrarlo realmente como compañero de nuestra vida, ante todo debemos conocerlo. Como los dos discípulos que lo siguen después de escuchar las palabras del Bautista y le dicen tímidamente: "Rabbí, ¿dónde vives?" (Jn 1, 38), quieren conocerlo de cerca".
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