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viernes, octubre 08, 2010

Los diez leprosos


Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de Samaría y Galilea… En la recta final de su Evangelio, Lucas insiste en que Jesús sigue camino de Jerusalén. En el capítulo 17 (11-19) lo muestra pasando por un lugar cercano a Samaría.
Como queda claro en el episodio de la samaritana, los judíos y los samaritanos tenían una rivalidad secular, que se remontaba al siglo V a.C. En ese entonces, los persas habían poblado esa zona con personas de diversas procedencias. Aunque con el tiempo todos acogerían la religión judía, los israelitas no los reconocían como tales. Por eso tenían su propio sacerdocio y su templo y miraban mal a quienes se dirigían a Jerusalén. Esto explica la parábola del buen samaritano… Lo importante en este caso es que el Señor pasa por tierra de extranjeros… Una vez más, San Lucas insiste en la universalidad del mensaje de Cristo, que vino para que todos los hombres se salvaran, no solo una raza privilegiada.
Cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia. En ese entonces, la lepra era una enfermedad muy mal vista. Aún ahora, la Organización Mundial de la Salud tiene que hacer ingentes esfuerzos para quitar el halo de patología maldita, que hace que las personas tarde en reconocer sus síntomas y acudan al médico para recibir el tratamiento, que hoy día la cura completamente. En aquel tiempo no era así: había una legislación religiosa que exigía a los leprosos vivir separados de las ciudades, para evitar el contagio. Debían portar campanas que anunciasen su cercanía, para que los sanos, al oírlas, se alejaran. Por eso es que, en esta ocasión, se detuvieron a distancia.
Y le dijeron gritando: —¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Se dirigen al Señor con un título deferente y le piden misericordia. Confiaban en que podría curarlos. Quizá habían escuchado de Él. Es posible que alguno de ellos lo hubiera conocido antes de contagiarse y les hubiera hablado de sus milagros: corría la noticia de que había curado a un leproso que le pidió: “¡Si quieres, puedes limpiarme!” Después de las palabras “Quiero, queda limpio”, aquel hombre había adquirido una salud envidiable. Habrían albergado la esperanza de un encuentro similar, para alcanzar la limpieza y recuperar sus derechos civiles.
Tenían fe en el poder curativo de Jesús. Pero en realidad era una fe egoísta, como es la nuestra tantas veces. Solo pensaban en sí mismos, en su curación, en la ventaja que adquirirían al conocer al Señor. No se planteaban cómo retornarle el favor. En realidad no tenían verdadera fe, solo una esperanza humana de curación milagrosa.
Además, aunque vivían unidos en la adversidad, es probable que, sin embargo, conservaran las divisiones anteriores. Cuando se les unió un leproso proveniente de Samaría, lo mirarían como lo que era: un extranjero, un enemigo. Las historias de secuestrados en la selva, o de encarcelados en campos de concentración, dicen que allí sale lo peor del ser humano: las miserias, los egoísmos; pero también es posible que algunas personas resalten por superar esas limitaciones y vivan la caridad, a veces en modo heroico.
Aquella mañana, vieron que se aproximaba al pueblo aquel famoso taumaturgo y les faltó tiempo para salirle al paso, deteniéndose a distancia. Le gritaron con el tono de voz que generara la mayor compasión posible: —¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Inmediatamente escucharon su respuesta, aunque no fue la que hubieran esperado (¡queden limpios!), sino otras palabras que abrían una luz de esperanza: —Id y presentaos a los sacerdotes.
Eran ellos quienes debían dar fe de la curación. Jesús cumple una vez más la Ley, aunque Él mismo fuera su autor. Y los leprosos vencen algunas reticencias iniciales y se dirigen al Templo. Seguramente alguno con más fe los animó: ¡nada perdemos! ¡intentémoslo! Recordaría la historia de Naamán el sirio, aquel leproso que estuvo a punto de no curarse por el orgullo de no obedecer una orden simple del profeta Eliseo.
Y mientras iban quedaron limpios. ¡Qué alegría, la de aquellos ex – enfermos! ¡Qué alivio, después de tanto tiempo castigados con aquella maldición! –así consideraban esa enfermedad-. Con mayor razón correrían hacia el Templo, para recibir su certificación y regresar a casa, para abrazar a sus parientes, para recuperar los años perdidos. Cada uno pensaba en su gozo, en lo que podría hacer ahora que había sanado, incluso alguno pensaría cobrar alguna deuda pendiente. Cada uno pensaba en lo suyo…
Excepto uno, el extranjero. El samaritano. Lucas representa gráficamente su actitud, sin ningún respeto humano: Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. Uno de ellos, solo uno. En lugar de correr hacia adelante, hacia su nuevo camino, “se volvió”. El verbo habla de conversión, de regreso a Dios. Y no se volvió en silencio, mascullando su gratitud calladamente, de modo vergonzoso, político, egoísta. Se volvió glorificando a Dios a gritos. No tiene ninguna vergüenza de que todos sepan que está agradecido, que ha recibido una gracia especial. Es más: espera que todos se enteren. Quiere comunicar ese don a muchos. Glorificaba a Dios a gritos.
Dar gloria a Dios. Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible (Camino, n. 783). Se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Es un reconocimiento de la divinidad de Cristo. Aquel hombre no tiene ninguna vergüenza en postrarse a sus pies. Como todos nosotros, da gracias al Padre por el don de su Hijo. No le importa que se dirija a Jerusalén. Como su compatriota, ve que ha llegado la hora  “en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4,23).
La respuesta de Jesús incluye una dureza no con este antiguo leproso, sino con lo que no están. Ante lo cual dijo Jesús: — ¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve, ¿dónde están? El buen hombre intentaría disculparlos: fueron al Templo, como Tú les indicaste… Deben hablar antes con su sacerdote, yo es que no soy de Jerusalén, yo hablo con otros sacerdotes distintos…
Pero Jesús continúa su regaño paternal: ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: —Levántate y vete; tu fe te ha salvado. El Papa explica que" aquí, como en otras circunstancias, Jesús pronuncia la expresión:  "Tu fe te ha salvado". Es la fe la que salva al hombre, restableciendo su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se manifiesta en el agradecimiento. Quien sabe agradecer, como el samaritano curado, demuestra que no considera todo como algo debido, sino como un don que, incluso cuando llega a través de los hombres o de la naturaleza, proviene en definitiva de Dios. Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra:  "gracias"!".

¡Qué bien termina esta escena! Señor, ¡cuántas lecciones nos has dado con estas palabras! Aquellos leprosos querían y alcanzaron la purificación externa, la curación, pero este samaritano alcanzó la salvación (sozein), la liberación plena, ya no solo de las lesiones cutáneas, sino del pecado. 

Esta es una de las facetas de Cristo en las que más insiste San Lucas: lo presenta como Salvador. En este pasaje, y en el de la pecadora, y en el de la hemorroísa y en el de Zaqueo. Ya lo decían los ángeles cuando anunciaban su nacimiento: “Hoy os ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Así lo explica Benedicto XVI: " (esta escena) nos permite pensar en dos grados de curación:  uno, más superficial, concierne al cuerpo; el otro, más profundo, afecta a lo más íntimo de la persona, a lo que la Biblia llama el "corazón", y desde allí se irradia a toda la existencia. La curación completa y radical es la "salvación". Incluso el lenguaje común, distinguiendo entre "salud" y "salvación", nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud; en efecto, es una vida nueva, plena, definitiva".
También a nosotros nos quiere justificar. Basta con que nos acerquemos a Él en el sacramento de la reconciliación, nos postremos a sus pies y le pidamos como los leprosos: —¡Jesús, Maestro, ten piedad de mí!  Muchas veces lo hemos hecho y hemos quedado limpios. Pero muchas veces más hemos vuelto a ensuciar esa imagen suya que el Señor ha impreso en nuestras almas.
Hoy es un buen día para agradecer al Señor tantos dones, en primer lugar, su perdón, todo lo que sufrió para alcanzarnos la salvación. Y formulamos el propósito de rechazar la lepra del pecado, de la sensualidad, del egoísmo, de la pereza, del amor propio. Y de acudir cuantas veces haga falta, con espíritu grato al Señor, para pedir su perdón en la Confesión sacramental.
De la Virgen podemos aprender a agradecer nuestra liberación del pecado, la Salvación que el Señor nos mereció con su muerte en la Cruz: “Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;  por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”.

sábado, octubre 13, 2007

Gratitud


Tenía un amigo en la carrera que era conocido no solo por ser un buen jugador de fútbol y estudiante de Medicina –hoy es uno de los mejores pediatras de su ciudad- sino, sobre todo, por su nobleza. Una de las manifestaciones de esa actitud era que siempre te daba las gracias por todo. Yo, que no me caracterizaba por esas virtudes, un día intenté hacerle una broma con ese tema, preguntándole por qué razón le gustaba tanto dar las gracias a toda hora. Me respondió que se lo habían aconsejado en un curso de relaciones humanas: agradecer mucho, en todas partes, por los pequeños o grandes favores que se reciben a lo largo del día. Para continuar la broma, a partir de entonces, cada vez que me agradecía, yo le daba las gracias por darme las gracias…

Bromas aparte, está claro que la virtud de la gratitud es alabada en la Sagrada Escritura con frecuencia. Por ejemplo, en el segundo libro de los Reyes (5, 14-17) se presenta como meritorio el agradecimiento de Naamán, un rey extranjero, por la curación de la lepra: “En aquellos días Naamán, general del ejército de Siria, que estaba leproso, se bañó siete veces en el Jordán, como se lo había mandado Eliseo, el hombre de Dios, y su carne quedó limpia como la de un niño. Volvió con su comitiva adonde el hombre de Dios y se le presentó diciendo: "Ahora sé que no hay más Dios que el de Israel. Te pido que aceptes estos regalos de parte de tu servidor". Pero Eliseo contestó: "Juro por el Señor, en cuya presencia estoy, que no aceptaré nada". Y por más que Naamán insistía, Eliseo no aceptó. Entonces Naamán le dijo: "Ya que te niegas, concédeme al menos que me den unos sacos con tierra de este lugar, los que puedan llevar un par de mulas. La usaré para construir un altar al Señor tu Dios, pues a ningún otro dios volveré a ofrecer más sacrificios".

En el Evangelio de san Lucas (17,11-19) aparece un episodio que muestra la extrañeza de Jesús ante el desagradecimiento de sus connacionales, mientras un samaritano sí es agradecido: Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de Samaría y Galilea; y, cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando: — ¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Al verlos, les dijo: —Id y presentaos a los sacerdotes. Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús: — ¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: —Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

La Biblia de Navarra comenta así este pasaje: “Aquellos hombres reaccionaron con fe ante la indicación de Jesús (v. 14) pero sólo uno de ellos une el agradecimiento a la fe: un samaritano. Jesús califica esta acción como «dar gloria a Dios» (v. 18) y de ahí que sea motivo de «salvación» para este extranjero (v. 19). La escena queda así como un ejemplo de lo que Jesús había anunciado en su discurso inaugural en la sinagoga de Nazareth (“Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio”). Es también una invitación a ser agradecidos con Dios: « ¿Qué cosa mejor podemos traer en el corazón, pronunciar con la boca, escribir con la pluma, que estas palabras: “Gracias a Dios”? No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad» (S. Agustín, Epist. 41.1)”.

La gratitud está íntimamente relacionada con la humildad: solo agradece aquél que se considera indigno del servicio prestado. Por el contrario, el soberbio nunca siente que esté suficientemente reconocido, nada está a la altura de lo que él se merecería. Como el amigo de la anécdota, hemos de dar gracias con frecuencia. En primer lugar, a los que tenemos cerca, que son quienes más nos sirven: los parientes, los vecinos, los compañeros de trabajo. También los conciudadanos: en la calle, en el medio de transporte, en el supermercado… Pero sobre todo hemos de dar gracias a Dios. 

En la carta que el Prelado del Opus Dei escribió a los fieles de la prelatura en octubre de 2007, invitaba a agradecer a Dios por el aniversario de la Fundación de la Obra y por los cinco años de la canonización del Fundador: "Examinad vuestra vida, hijas e hijos míos, y descubriréis muchos otros motivos personales de agradecimiento a Dios Uno y Trino: el don de la existencia y de formar parte de la Iglesia; el tesoro de nuestra vocación cristiana en el Opus Dei; el haber sido convocados por el Señor para colaborar en la misión de la Iglesia precisamente ahora, en los albores del sigo XXI, con el encargo de configurar cristianamente la sociedad... Alcemos al Cielo nuestra oración de gratitud por las alegrías y por las penas, por las facilidades y por las dificultades que hayamos podido encontrar, pues todo concurre al bien de los que aman al Señor (cfr. Rm 8, 28).

San Josemaría, desde que era sacerdote joven, enseñó a ser muy agradecidos en todas las circunstancias. «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso... Dale gracias por todo, porque todo es bueno» (Camino, n. 268).

Casi al final de sus años en la tierra, San Josemaría exhortaba a permanecer «siempre en una continua acción de gracias a Dios, por todo: por lo que parece bueno y por lo que parece malo, por lo dulce y por lo amargo, por lo blanco y por lo negro, por lo pequeño y por lo grande, por lo poco y por lo mucho, por lo que es temporal y por lo que tiene alcance eterno. Demos gracias a Nuestro Señor por cuanto ha sucedido este año, y también en cierto modo por nuestras infidelidades, porque las hemos reconocido y nos han llevado a pedirle perdón, y a concretar el propósito —que traerá mucho bien para nuestras almas— de no ser nunca más infieles» (Apuntes tomados en una meditación, 25-XII-1972).

La mejor manera de dar gracias al Padre es uniendo nuestra alabanza a la oración de Jesucristo en el sacrificio de la Misa. Juan Pablo II lo explicaba en la Exhortación Mane nobiscum Domine, n. 26: “Un elemento fundamental de este «proyecto» aparece ya en el sentido mismo de la palabra «eucaristía»: acción de gracias. En Jesús, en su sacrificio, en su «sí» incondicional a la voluntad del Padre, está el «sí», el «gracias», el «amén» de toda la humanidad. La Iglesia está llamada a recordar a los hombres esta gran verdad. Es urgente hacerlo sobre todo en nuestra cultura secularizada, que respira el olvido de Dios y cultiva la vana autosuficiencia del hombre. (...) Esta referencia trascendente, que nos obliga a un continuo «dar gracias» —justamente a una actitud eucarística— por lo todo lo que tenemos y somos, no perjudica la legítima autonomía de las realidades terrenas, sino que la sitúa en su auténtico fundamento, marcando al mismo tiempo sus propios límites”. 

Que la Virgen presente a la Santísima Trinidad esta acción de gracias, para que se cumpla en nuestra vida la invitación de san Pablo: “Dad gracias siempre, unidos a Cristo Jesús, pues esto es lo que Dios quiere que hagáis”.