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Los diez leprosos


Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de Samaría y Galilea… En la recta final de su Evangelio, Lucas insiste en que Jesús sigue camino de Jerusalén. En el capítulo 17 (11-19) lo muestra pasando por un lugar cercano a Samaría.
Como queda claro en el episodio de la samaritana, los judíos y los samaritanos tenían una rivalidad secular, que se remontaba al siglo V a.C. En ese entonces, los persas habían poblado esa zona con personas de diversas procedencias. Aunque con el tiempo todos acogerían la religión judía, los israelitas no los reconocían como tales. Por eso tenían su propio sacerdocio y su templo y miraban mal a quienes se dirigían a Jerusalén. Esto explica la parábola del buen samaritano… Lo importante en este caso es que el Señor pasa por tierra de extranjeros… Una vez más, San Lucas insiste en la universalidad del mensaje de Cristo, que vino para que todos los hombres se salvaran, no solo una raza privilegiada.
Cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia. En ese entonces, la lepra era una enfermedad muy mal vista. Aún ahora, la Organización Mundial de la Salud tiene que hacer ingentes esfuerzos para quitar el halo de patología maldita, que hace que las personas tarde en reconocer sus síntomas y acudan al médico para recibir el tratamiento, que hoy día la cura completamente. En aquel tiempo no era así: había una legislación religiosa que exigía a los leprosos vivir separados de las ciudades, para evitar el contagio. Debían portar campanas que anunciasen su cercanía, para que los sanos, al oírlas, se alejaran. Por eso es que, en esta ocasión, se detuvieron a distancia.
Y le dijeron gritando: —¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Se dirigen al Señor con un título deferente y le piden misericordia. Confiaban en que podría curarlos. Quizá habían escuchado de Él. Es posible que alguno de ellos lo hubiera conocido antes de contagiarse y les hubiera hablado de sus milagros: corría la noticia de que había curado a un leproso que le pidió: “¡Si quieres, puedes limpiarme!” Después de las palabras “Quiero, queda limpio”, aquel hombre había adquirido una salud envidiable. Habrían albergado la esperanza de un encuentro similar, para alcanzar la limpieza y recuperar sus derechos civiles.
Tenían fe en el poder curativo de Jesús. Pero en realidad era una fe egoísta, como es la nuestra tantas veces. Solo pensaban en sí mismos, en su curación, en la ventaja que adquirirían al conocer al Señor. No se planteaban cómo retornarle el favor. En realidad no tenían verdadera fe, solo una esperanza humana de curación milagrosa.
Además, aunque vivían unidos en la adversidad, es probable que, sin embargo, conservaran las divisiones anteriores. Cuando se les unió un leproso proveniente de Samaría, lo mirarían como lo que era: un extranjero, un enemigo. Las historias de secuestrados en la selva, o de encarcelados en campos de concentración, dicen que allí sale lo peor del ser humano: las miserias, los egoísmos; pero también es posible que algunas personas resalten por superar esas limitaciones y vivan la caridad, a veces en modo heroico.
Aquella mañana, vieron que se aproximaba al pueblo aquel famoso taumaturgo y les faltó tiempo para salirle al paso, deteniéndose a distancia. Le gritaron con el tono de voz que generara la mayor compasión posible: —¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Inmediatamente escucharon su respuesta, aunque no fue la que hubieran esperado (¡queden limpios!), sino otras palabras que abrían una luz de esperanza: —Id y presentaos a los sacerdotes.
Eran ellos quienes debían dar fe de la curación. Jesús cumple una vez más la Ley, aunque Él mismo fuera su autor. Y los leprosos vencen algunas reticencias iniciales y se dirigen al Templo. Seguramente alguno con más fe los animó: ¡nada perdemos! ¡intentémoslo! Recordaría la historia de Naamán el sirio, aquel leproso que estuvo a punto de no curarse por el orgullo de no obedecer una orden simple del profeta Eliseo.
Y mientras iban quedaron limpios. ¡Qué alegría, la de aquellos ex – enfermos! ¡Qué alivio, después de tanto tiempo castigados con aquella maldición! –así consideraban esa enfermedad-. Con mayor razón correrían hacia el Templo, para recibir su certificación y regresar a casa, para abrazar a sus parientes, para recuperar los años perdidos. Cada uno pensaba en su gozo, en lo que podría hacer ahora que había sanado, incluso alguno pensaría cobrar alguna deuda pendiente. Cada uno pensaba en lo suyo…
Excepto uno, el extranjero. El samaritano. Lucas representa gráficamente su actitud, sin ningún respeto humano: Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. Uno de ellos, solo uno. En lugar de correr hacia adelante, hacia su nuevo camino, “se volvió”. El verbo habla de conversión, de regreso a Dios. Y no se volvió en silencio, mascullando su gratitud calladamente, de modo vergonzoso, político, egoísta. Se volvió glorificando a Dios a gritos. No tiene ninguna vergüenza de que todos sepan que está agradecido, que ha recibido una gracia especial. Es más: espera que todos se enteren. Quiere comunicar ese don a muchos. Glorificaba a Dios a gritos.
Dar gloria a Dios. Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible (Camino, n. 783). Se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Es un reconocimiento de la divinidad de Cristo. Aquel hombre no tiene ninguna vergüenza en postrarse a sus pies. Como todos nosotros, da gracias al Padre por el don de su Hijo. No le importa que se dirija a Jerusalén. Como su compatriota, ve que ha llegado la hora  “en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4,23).
La respuesta de Jesús incluye una dureza no con este antiguo leproso, sino con lo que no están. Ante lo cual dijo Jesús: — ¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve, ¿dónde están? El buen hombre intentaría disculparlos: fueron al Templo, como Tú les indicaste… Deben hablar antes con su sacerdote, yo es que no soy de Jerusalén, yo hablo con otros sacerdotes distintos…
Pero Jesús continúa su regaño paternal: ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: —Levántate y vete; tu fe te ha salvado. El Papa explica que" aquí, como en otras circunstancias, Jesús pronuncia la expresión:  "Tu fe te ha salvado". Es la fe la que salva al hombre, restableciendo su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se manifiesta en el agradecimiento. Quien sabe agradecer, como el samaritano curado, demuestra que no considera todo como algo debido, sino como un don que, incluso cuando llega a través de los hombres o de la naturaleza, proviene en definitiva de Dios. Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra:  "gracias"!".

¡Qué bien termina esta escena! Señor, ¡cuántas lecciones nos has dado con estas palabras! Aquellos leprosos querían y alcanzaron la purificación externa, la curación, pero este samaritano alcanzó la salvación (sozein), la liberación plena, ya no solo de las lesiones cutáneas, sino del pecado. 

Esta es una de las facetas de Cristo en las que más insiste San Lucas: lo presenta como Salvador. En este pasaje, y en el de la pecadora, y en el de la hemorroísa y en el de Zaqueo. Ya lo decían los ángeles cuando anunciaban su nacimiento: “Hoy os ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Así lo explica Benedicto XVI: " (esta escena) nos permite pensar en dos grados de curación:  uno, más superficial, concierne al cuerpo; el otro, más profundo, afecta a lo más íntimo de la persona, a lo que la Biblia llama el "corazón", y desde allí se irradia a toda la existencia. La curación completa y radical es la "salvación". Incluso el lenguaje común, distinguiendo entre "salud" y "salvación", nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud; en efecto, es una vida nueva, plena, definitiva".
También a nosotros nos quiere justificar. Basta con que nos acerquemos a Él en el sacramento de la reconciliación, nos postremos a sus pies y le pidamos como los leprosos: —¡Jesús, Maestro, ten piedad de mí!  Muchas veces lo hemos hecho y hemos quedado limpios. Pero muchas veces más hemos vuelto a ensuciar esa imagen suya que el Señor ha impreso en nuestras almas.
Hoy es un buen día para agradecer al Señor tantos dones, en primer lugar, su perdón, todo lo que sufrió para alcanzarnos la salvación. Y formulamos el propósito de rechazar la lepra del pecado, de la sensualidad, del egoísmo, de la pereza, del amor propio. Y de acudir cuantas veces haga falta, con espíritu grato al Señor, para pedir su perdón en la Confesión sacramental.
De la Virgen podemos aprender a agradecer nuestra liberación del pecado, la Salvación que el Señor nos mereció con su muerte en la Cruz: “Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;  por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”.

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